{"id":3725,"date":"2011-10-04T23:20:56","date_gmt":"2011-10-05T04:20:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/?p=3725"},"modified":"2014-04-13T14:35:14","modified_gmt":"2014-04-13T19:35:14","slug":"tornasoles-de-la-realeza","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/2011\/10\/04\/tornasoles-de-la-realeza\/","title":{"rendered":"Tornasoles de la realeza"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><strong>Por: Gustavo P\u00e1ez Escobar<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Vuelven las campanas de la aristocracia a sonar en el ya estrecho marco de las bodas principescas. La sangre azul, un fluido misterioso, m\u00e1s fant\u00e1stico que explicable, parece que se vuelve acuosa y un tanto deste\u00f1ida en este agitado mundo de 1978 que cuenta con otras insignias. La sangre azul, que es m\u00e1s del pasado que del presente, se inyectaba en las arterias de los herederos sobrenaturales creando para\u00edsos m\u00e1gicos en predios donde se supon\u00eda, y a\u00fan se supone, que hadas invisibles trocaban lo ordinario de la vida por estados fascinantes, con fondo azul, el color de la ilusi\u00f3n y la placidez.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero la sangre no podr\u00e1 ser sino roja, color de la emoci\u00f3n, del deseo, del arrebato. Por eso, en las tarjetas postales, en las que todav\u00eda se embelesan las quincea\u00f1eras, aunque hayan dejado de ser tan quincea\u00f1eras, al coraz\u00f3n se le pinta entre gl\u00f3bulos rojos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Son, en fin, maneras diferentes de ver el mundo por el cristal de los colores. No importa que la sangre azul siga siendo s\u00edmbolo de nobleza si de todas maneras la pasi\u00f3n es bermeja. Estos componentes extra\u00f1os, pero jam\u00e1s antag\u00f3nicos, se mezclan en la boda de la princesa Carolina de M\u00f3naco y el banquero parisiense Philippe Junot, ella como extra\u00edda de un cuento de hadas, vaporosa y rom\u00e1ntica, y \u00e9l un <em>play-boy <\/em>vigoroso y audaz, a quien todav\u00eda se le dice plebeyo en plena decadencia de la monarqu\u00eda universal.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>Vuelve la nobleza<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Vuelve, de todas maneras, a repicar la nobleza. En el fastuoso palacio medieval de M\u00f3naco \u2013el peque\u00f1o principado de Europa que mantiene intacto su emblema real\u2013, una pareja de elevadas condiciones, y dispareja para muchos, une sus destinos y demuestra que, si bien la realeza no est\u00e1 del todo borrada, contin\u00faa extingui\u00e9ndose.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Fue una boda sigilosa que no logr\u00f3, con todo, escapar al aparato publicitario y novelero de los grandes acontecimientos. Hasta una avioneta, contra la expresa prohibici\u00f3n de los soberanos que deseaban mantener a raya la curiosidad, descendi\u00f3 a los recintos privados en intento de rastrear lo escondido a la especulaci\u00f3n. La novedad es incentivo para que la prensa rosa, que no puede resignarse a que el mundo se prive de las historias hechizadas, dispare al coraz\u00f3n de las adolescentes sus cr\u00f3nicas sentimentales.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Se \u00a0refunden en un solo impacto la nobleza y lo mundano, la sangre azul y la sangre plebeya. En el principado de M\u00f3naco mantienen su trono dos figuras respetables y admiradas que se mueven sin complicaciones dentro de l\u00edmites aristocr\u00e1ticos que sus s\u00fabditos les reconocen con generosidad y sin afectaci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>La dignidad de un Estado<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los soberanos de este bello territorio, el pr\u00edncipe Rainiero y la princesa Grace Kelly, ella a\u00f1os atr\u00e1s la esbelta estrella del cine amada por todos los p\u00fablicos, ostentan su dignidad en un Estado peque\u00f1o en sus fronteras pero inmenso en lujos y placeres, acaso el m\u00e1s apetecible del orbe. Desde luego debe ser muy agradable gobernar un Estado de apenas kil\u00f3metro y medio de superficie que conserva el sello rom\u00e1ntico de la realeza, sin las guerras y los conflictos que soportan las naciones grandes, y que est\u00e1 enmarcado por una costa paradis\u00edaca.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Sin demasiadas preocupaciones por las finanzas, viven rodeados del\u00a0 pueblo feliz que los ama y respeta. Dir\u00edase que alrededor del mayor centro de juego de la tierra, el c\u00e9lebre Casino de Montecarlo, no es posible que exista la felicidad. Lo cual es cierto en parte, pero solo para los turistas internacionales que liquidan sus fortunas y sus honras bajo el mandato implacable del <em>croupier<\/em>, pues de otro modo el pueblo que se nutre de turismo y peque\u00f1as industrias, y que ni siquiera se impresiona por el fasto circundante, no conoce el da\u00f1o del juego y sabe que de \u00e9l depende su prosperidad.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>El novio<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Tentado, sin duda, por el brillo del casino, Philippe se acerc\u00f3 a la familia real, y no queda dif\u00edcil calcular que este <em>play-boy<\/em> experto en los salones parisienses y h\u00e1bil para las finanzas, encontrara en la hermosa princesa de 21 a\u00f1os un objetivo paro a sus andanzas mundanas. Fr\u00e1gil y adorable, como la describen los cronistas de la prensa rosa, y formada adem\u00e1s en rigurosas disciplinas, era asediada por nobles caballeros de la aristocracia europea, a quienes rechaz\u00f3 para atender las pretensiones del audaz y apuesto banquero que desafi\u00f3 los pergaminos de la sangre azul.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y no fue por el dinero que Philippe maneja con habilidad, sino por atractivo y no sabemos si por aut\u00e9ntico amor, como Carolina fue dej\u00e1ndose conquistar por el obstinado pretendiente. Dotada la princesa de buena fortuna y orgullosa de su rango real, hubiera podido huir del asedio para atender los galanteos del pr\u00edncipe Carlos de Inglaterra, por ejemplo, a quien se se\u00f1ala como enamorado suyo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>Los dictados del coraz\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero los dictados del coraz\u00f3n no escuchan razones diferentes a las propias de la emoci\u00f3n. Sus padres, que desde el principio del romance se mostraron contrariados por la presencia do un personaje a quien se atribuye un pasado oscuro, no consiguieron desviar las preferencias de la princesa y de pronto terminaron impulsando la boda. No ser\u00eda motivo para la oposici\u00f3n la diferencia de edad, por m\u00e1s que \u00e9l, con 38 a\u00f1os bien vividos, casi la dobla en edad, sino el temor ante un futuro dudoso. No conceb\u00edan, a buen seguro, que la sangre azul se licuara en arrebatos plebeyos, y quiz\u00e1 en sus cavilaciones surgi\u00f3 el ejemplo de la princesa Margarita de Inglaterra y su plebeyo consorte, hoy divorciados y maltrechos entre abismos insuperables.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Sea lo que fuere, nadie pudo impedir que las campanas reales anunciaran una boda que se realiz\u00f3 con cierto pesimismo. Se quiso evitar el aparato circense, de gran colorido mundial, que revisti\u00f3 el enlace en 1956 de una de las parejas m\u00e1s llamativas de los \u00faltimos tiempos, la del pr\u00edncipe Rainiero y la luminaria del cine Grace Kelly. No podr\u00edan compararse las dos bodas en el concepto de romper tradiciones, ya que Grace era reina en el coraz\u00f3n del mundo desde antes de ingresar a la nobleza de M\u00f3naco, y en cambio Philippe Junot representa apenas un afortunado tenorio de la \u00e9poca.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquella tenue y esplendorosa diosa del cine de la que todos nos enamoramos alguna vez, por lo menos en la pantalla, ostenta hoy con dignidad y se\u00f1or\u00edo una corona que tiene luz propia. Su hija Carolina, tan hermosa como ella, admirada y apetecida, sale caprichosamente, para unirse a un plebeyo, de la misma casa que un d\u00eda otorg\u00f3 t\u00edtulo de nobleza a una estrella del cine, su rutilante progenitora.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00bfS\u00ed tendr\u00e1 sentido la calificaci\u00f3n de plebeyo en este mundo de iconoclastas? La monarqu\u00eda huele hoy a cosa anticuada, cuando la humanidad tiene af\u00e1n y estilos diferentes. Ya hasta los reyes de Espa\u00f1a, de tan leg\u00edtimo ancestro, se quitan sus coronas para dar paso a la evoluci\u00f3n social.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>La gran boda<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La noticia dice que Carolina estaba radiante y Junot p\u00e1lido. El blanco y negro de las fotos de ultramar no permiten notar la palidez del novio, y s\u00ed la frescura de la princesa. Junot se mostraba contrariado en medio de la curiosidad que segu\u00eda sus huellas por las calles de M\u00f3naco, y razones no le faltar\u00edan.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Quiso \u00e9l una ceremonia sencilla y privada, secundado en sus prop\u00f3sitos por sus suegros, que no deseaban exhibir demasiado el acontecimiento, pero no fue f\u00e1cil esconderse al af\u00e1n publicitario y menos a los c\u00e1nones de la realeza. Bien puede ser explicable su disgusto hacia los ilustres padres que se opusieron a considerarlo un yerno principesco, sin fijarse en sus pr\u00f3speros negocios.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Todo estuvo representado en la gran boda. Desde lo real hasta lo plebeyo, desde lo rom\u00e1ntico hasta lo fr\u00edvolo, desde lo espectacular hasta lo circense. La comedia humana, con todos sus fulgores y oropeles, tiene sus propios escenarios en los c\u00edrculos palaciegos. En el dominio del cresp\u00f3n y la muselina, del tafet\u00e1n y la seda di\u00e1fana, con fondos dorados y perfumes et\u00e9reos, los diablejos de la veleidad se sienten a su acomodo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>Asistentes varios<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No faltaron representantes de la monarqu\u00eda, como el conde y la condesa de Barcelona, el duque y la duquesa de C\u00e1diz, la Begum Aga Khan, el duque y la duquesa de Orleans y la princesa Mar\u00eda-Gabriela de Saboya. Los viejos astros (\u00bfo los astros viejos?) que compartieron las glorias del celuloide: Ava Gardner, Frank Sinatra y Gregory Peck, engalanaron la ceremonia. Stavros Niarchos, colega de Onassis, tuvo que detenerse por 20 minutos en la fila de invitados, mientras los guardas revisaban las tarjetas en busca de ladrones y falsificadores.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>La sangre azul<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No son posibles las limitaciones en estos episodios de la realeza. Por eso, Junot, que prefiere los aires de sus salas parisienses, debi\u00f3 mandar al diablo tanto protocolo mientras se esforzaba por parecer aut\u00e9ntico al lado de una de las princesas m\u00e1s bellas de la \u00e9poca. La sangre azul, que solo existe hoy en la falsificaci\u00f3n de tiempos que renunciaron a ser solemnes para tornarse desenvueltos, no deja, con todo, de seducir la imaginaci\u00f3n un tanto enamoradiza y un mucho rom\u00e1ntica de quienes todav\u00eda so\u00f1amos (\u00bfusted tambi\u00e9n?) con princesas encantadas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Este ant\u00eddoto que impone nuestro mundo fren\u00e9tico es un recurso contra la desaz\u00f3n y un pretexto para suponernos h\u00e9roes de ficciones. Pero a fuer de realista tengo que protestar por estos enlaces funambulescos, cuando a la sangre, elemento te\u00f1ido de gl\u00f3bulos rojos para que inyecte pasi\u00f3n, se pretende volverla an\u00e9mica.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los envidiados novios, tan due\u00f1os de sus decisiones al seguir sus propios deseos, pulsan el mundo contempor\u00e1neo y se proponen ser felices. Aqu\u00ed se acabar\u00eda el cuento, pero es mejor dejarlo en suspenso a la espera de que Carolina y Philippe nos demuestren que una receta ideal para ser felices est\u00e1 en saber mezclar la sangre azul, color de la ilusi\u00f3n, con la sangre roja, propulsora de los genes amatorios.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em><strong>El Espectador,<\/strong><\/em> Bogot\u00e1, 12-VII-1978.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Gustavo P\u00e1ez Escobar Vuelven las campanas de la aristocracia a sonar en el ya estrecho marco de las bodas principescas. La sangre azul, un fluido misterioso, m\u00e1s fant\u00e1stico que explicable, parece que se vuelve acuosa y un tanto deste\u00f1ida en este agitado mundo de 1978 que cuenta con otras insignias. 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