{"id":4867,"date":"2011-10-17T10:34:11","date_gmt":"2011-10-17T15:34:11","guid":{"rendered":"http:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/?p=4867"},"modified":"2014-06-17T20:37:51","modified_gmt":"2014-06-18T01:37:51","slug":"montana-adentro","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/2011\/10\/17\/montana-adentro\/","title":{"rendered":"Monta\u00f1a adentro"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><strong>Cuento de <\/strong><\/p>\n<p align=\"center\"><strong>Gustavo P\u00e1ez Escobar<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Dale que dale a su hacha ind\u00f3mita, dir\u00edase que Roberto Quintero, le\u00f1ador tostado por muchos soles, viv\u00eda en pugna con la naturaleza. En esto de derribar \u00e1rboles y extraer de ellos el duro sustento, nadie le ganaba. El hacha relumbraba en la espesura del monte como desaf\u00edo implacable. Herramienta terrible en sus manos encallecidas, descargaba su filo certero contra la naturaleza agresiva que se mostraba obstinada en impedir el avance del hombre.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Era un trabajador convencido de su fortaleza. Cuando el monte le cerraba el paso, m\u00e1s duro respond\u00edan sus m\u00fasculos. La naturaleza era su rival en las hura\u00f1as espesuras y su aliada en los mercados abiertos que le permit\u00edan subsistir con su mujer y sus tres hijos. Ning\u00fan oficio tan bravo como \u00e9ste, pero \u00e9l no conoc\u00eda otro que le dejara mejores ganancias.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Alguna vez que intent\u00f3 cosa distinta se le rebel\u00f3 la voluntad. Prefer\u00eda penetrar por aquellos parajes inh\u00f3spitos y proclamarse amo y se\u00f1or de la victoria diaria de verlos rendidos a sus pies. La fuerza de la monta\u00f1a, con sus intrincados caminos, era conquistada palmo a palmo por el m\u00fasculo poderoso del le\u00f1ador que hab\u00eda aprendido el secreto de las bre\u00f1as rec\u00f3nditas. Conocedor, adem\u00e1s, de los laberintos por donde echaba a rodar los cargamentos de madera, sent\u00eda hervirle la monta\u00f1a alma arriba. La monta\u00f1a era como una mujer que se anidaba en sus intimidades, lo mec\u00eda y le estimulaba las emociones.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por fortuna, el hijo mayor era \u00fatil para el trabajo. Roberto Quintero le ense\u00f1aba, a fuerza de sudores, a desbrozar los matorrales de donde proven\u00eda el pan azaroso de sus existencias. El hacha sonaba en el coraz\u00f3n del monte como grito perseverante. Reluc\u00eda bajo los rayos del sol y no se cansaba de pregonar su \u00edmpetu cotidiano. Los \u00e1rboles ind\u00f3ciles ca\u00edan vencidos por el af\u00e1n explorador, uno tras otro, sin tregua ni concesi\u00f3n. R\u00edo abajo se impulsaban las maderas en busca de compradores.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No siempre respond\u00eda el mercado. En tales momentos era preciso poner a prueba la paciencia para no desfallecer en la jornada siguiente. El viejo le\u00f1ador incitaba a su hijo a ser hombre. Este, que crec\u00eda movido por el ejemplo implacable, poco a poco se familiarizaba con el ambiente y sus complejidades. Era buen disc\u00edpulo del avezado le\u00f1ador y bravo exponente de su raza.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013Tomar\u00e1s alg\u00fan d\u00eda mi puesto \u2013le dec\u00eda, impuls\u00e1ndolo hacia el destino que ya estaba se\u00f1alado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013As\u00ed ser\u00e1, viejo \u2013le respond\u00eda el muchacho, y clavaba otro golpe en la madera.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Descansaban de trecho en trecho y solo por breves minutos, para luego proseguir la jornada con nuevos br\u00edos. El sudor les invad\u00eda el cuerpo, y el alma les ard\u00eda a golpes incesantes. Conforme descargaban sus impulsos, sent\u00edan crecer la gleba que llevaban en el coraz\u00f3n. Era un apego porfiado a la tierra, la tierra de sus sudores y agon\u00edas, sangre de su sangre. La quer\u00edan por buena, por dadivosa, por maternal. Y la sufr\u00edan cuando amenazaba irse de sus manos. Era arisca y retadora. Tal vez con el tiempo le sembrar\u00edan frutos copiosos, si las maderas lo permit\u00edan.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por ahora segu\u00edan despej\u00e1ndola de abrojos y rellenos impenetrables. No la mancillaban, sino que la descubr\u00edan. Trabajarla, como lo hac\u00edan con vigor indeclinable, con la fiebre de los le\u00f1adores audaces, era llegar a sus profundas entra\u00f1as.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Apilada buena cantidad de \u00e1rboles, comenzaba la tarea de recortarlos. Ten\u00edan instalada all\u00ed mismo, cerca del r\u00edo donde esperaba la canoa, la sierra elemental, con no muchos utensilios pero con filo suficiente para reducir la proporci\u00f3n de aquellos gigantes derribados. Cada cual tiraba de un extremo, con empe\u00f1o, con toda la fuerza del hombre, para que los dientes del aparato penetraran con \u00edmpetu en el coraz\u00f3n del monte tendido a sus pies.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Dispuestos los maderos en piezas largas y de similar tama\u00f1o, quedaba f\u00e1cil componer la armad\u00eda. R\u00edo abajo, se iban directo a los aserraderos organizados, que eran cicateros para los buenos precios. Las gentes de las orillas, al contemplar el tr\u00e1nsito por el r\u00edo, comentaban:<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013Ah\u00ed pasa Roberto Quintero.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013Con su hijo \u2013agregaba alguien\u2013, que ya es todo un hombre.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No se entregaban al primer aserradero, sino que segu\u00edan en busca de mejor suerte. Era poco lo que sub\u00eda la cotizaci\u00f3n, pues aquellos pulpos parec\u00edan puestos de acuerdo para tasarles el hambre. Cansados de insistir, terminaban entreg\u00e1ndose al que se mostraba menos explotador, con m\u00ednimos puntos de diferencia sobre la mejor oferta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013Otro d\u00eda sacaremos m\u00e1s ganancia \u2013se resignaba Roberto, guard\u00e1ndose los pesos en el bolsillo del pantal\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013Otro d\u00eda ser\u00e1 \u2013murmuraba su hijo, y se dec\u00eda para sus adentros que aquellos miserables los manten\u00edan acorralados.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero hab\u00eda que sudar la vida, sin desfallecer, con la fe del monta\u00f1ero. De lo contrario morir\u00edan de hambre. En el rancho los esperaban Luisa, la mujer de Roberto, y los dos peque\u00f1os hijos que a\u00fan distaban mucho de poder manejar el hacha. El mayor, que ten\u00eda catorce a\u00f1os, era ya otra esperanza. Pero tres o cuatro a\u00f1os m\u00e1s ser\u00edan demasiado tiempo para las urgencias del padre, que se sent\u00eda cansado. Hab\u00eda que continuar. Y as\u00ed, d\u00eda tras d\u00eda, \u00e1rbol tras \u00e1rbol, peso tras peso.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Un d\u00eda se rebel\u00f3 el hijo mayor, el socio que Roberto lleg\u00f3 a considerar su aliado para el resto de su vida. Se fue del rancho, en secreto, sin d\u00e1rsele nada. Andando suerte, consigui\u00f3 mujer. Se neg\u00f3 a seguir de le\u00f1ador y prefiri\u00f3 alquilar sus m\u00fasculos como pe\u00f3n de caballerizas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013T\u00fa sigues \u2013le dijo Roberto al de los quince a\u00f1os, que ya los ten\u00eda cumplidos y se jactaba de su dudosa hombr\u00eda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013\u00a1Listo para la lucha, viejo! \u2013respondi\u00f3 el muchacho.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013\u00a1M\u00e1s fuerte! \u2013no cesaba de gritar su padre d\u00edas despu\u00e9s, del otro lado de la sierra, a punto de desistir.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Algo se hac\u00eda, por supuesto. Era una boca menos, pero el dinero escaseaba. Contrat\u00f3 un le\u00f1ador profesional y al poco tiempo lo despidi\u00f3 porque los rendimientos se reduc\u00edan. La monta\u00f1a le era adversa. Pero segu\u00eda queri\u00e9ndola. Era como una pasi\u00f3n que le chupaba la sangre. En ella estaba su vida, su raz\u00f3n de ser.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Roberto trabajaba ahora m\u00e1s duro, con mayor nervio. De lejos lo espiaba su hijo, que procuraba hacer lo mismo. Era posible que alg\u00fan d\u00eda llegara tambi\u00e9n a ser monta\u00f1ero completo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El hacha segu\u00eda gritando en la espesura. La mara\u00f1a del bosque se despejaba con golpes decididos, casi que rabiosos. De pronto la herramienta se desvi\u00f3 para hundirse en la pierna derecha del le\u00f1ador. Qued\u00f3 la carne viva, como testimonio del trabajo despiadado. Una mueca se dibuj\u00f3 en el rostro. Roberto detuvo la hemorragia y se fue a rastras, sosteni\u00e9ndose del brazo del muchacho. Se esforzaba por no gritar. \u00abMaldita hacha\u00bb, fue todo lo que dijo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">D\u00edas despu\u00e9s, con la pierna amputada, volvi\u00f3 al rancho. El mu\u00f1\u00f3n le colgaba como si fuera un \u00e1rbol derribado. Su hijo ya cortaba la madera con mayor destreza. Hab\u00eda madurado en pocos d\u00edas. Y Roberto Quintero se dijo, mientras pasaba la cerca, que no era posible retroceder, si la monta\u00f1a era como una arteria palpitante.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em><strong>Revista Fabularia, <\/strong><\/em>Manizales, 7-II-1982.<br \/>\n<strong><em>La Patria, Revista Dominical,<\/em> <\/strong>28-II-1982.<br \/>\n<em><strong>Revista Manizales, <\/strong><\/em>enero de 1990. <strong>\u00a0\u00a0<\/strong><\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuento de Gustavo P\u00e1ez Escobar Dale que dale a su hacha ind\u00f3mita, dir\u00edase que Roberto Quintero, le\u00f1ador tostado por muchos soles, viv\u00eda en pugna con la naturaleza. En esto de derribar \u00e1rboles y extraer de ellos el duro sustento, nadie le ganaba. 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