{"id":5068,"date":"2011-10-17T21:01:54","date_gmt":"2011-10-18T02:01:54","guid":{"rendered":"http:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/?p=5068"},"modified":"2014-06-04T19:30:29","modified_gmt":"2014-06-05T00:30:29","slug":"el-nombre-de-la-rosa","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/2011\/10\/17\/el-nombre-de-la-rosa\/","title":{"rendered":"El nombre de la rosa"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><strong>Por: Gustavo P\u00e1ez Escobar<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Tras una semana de intensa y apasionante lectura le he dado vuelta a la \u00faltima p\u00e1gina de <em>El nombre de la rosa<\/em>, de Umberto Eco, su novela muy nombrada que consigue conquistar el in\u00adter\u00e9s del mundo a poco tiempo de su publicaci\u00f3n en 1980. Admirable el hecho de que, trat\u00e1ndose de su primera novela, si bien ya hab\u00eda difundido cuatro libros anteriores de ensayos diversos, el \u00e9xito desbordante le llegue en este inicial despegue como narrador.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Esa suele ser la fama: sor\u00adpresiva y traicionera. El autor es un hombre maduro, de 48 a\u00f1os de edad, que demuestra la consis\u00adtencia de su mente estructurada entre estudios de semi\u00f3tica y el escrutinio sobre el hombre como ser org\u00e1nico y pensante.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En su deseo de estudiar una conflictiva \u00e9poca religiosa, la del siglo XIV, se va por los caminos tortuosos de la iglesia italiana dominada por monjes ligeros y logra pintar el ambiente corrupto de aquellas calendas. Ya Clemente V hab\u00eda trasladado la Santa Sede a Avi\u00f1\u00f3n y hab\u00eda disuelto la orden de los tem\u00adplarios para darle satisfacci\u00f3n a su protector, Felipe el Hermoso de Fran\u00adcia. En esta forma escapaba de la Roma movida por ambiciones, intrigas y concupiscencias.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Vendr\u00eda m\u00e1s tarde el imperio de Juan XXII, papa ambicioso, de 72 a\u00f1os, de ingrato recuerdo, cuyo af\u00e1n mercantilista lo lleva a amasar cuantiosas fortunas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En este per\u00edodo abunda la peor simon\u00eda. Los pecados sexuales de los cl\u00e9rigos se absolv\u00edan con dinero tarifado, seg\u00fan la gravedad de las faltas, y las monjas, que tambi\u00e9n pecaban, consegu\u00edan incluso ser nombradas abadesas si su peculio se mostraba generoso. Tal era el clima moral de Avi\u00f1\u00f3n: mercado persa, con es\u00adtatuas de oro y sepulcros blanqueados<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En esa atm\u00f3sfera descompuesta, que parece inveros\u00edmil, el novelista urde una red polic\u00edaca, vali\u00e9ndose de las dotes detectivescas de un monje con pasado de inquisidor, y le imprime el tono exacto a aquella etapa medieval de hondos conflictos sociales y religiosos. No es l\u00edcito esconder la verdad de la historia, si ella, como orien\u00adtadora de la vida, escribe lecciones para los tiempos futuros. Ya se sabe que la Iglesia, para preservar la fe y mantener su categor\u00eda espiritual, ha tenido que vencer grandes tempestades.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El \u00e9xito de Eco en su novela consiste en haber retratado con fidelidad unos hechos escabrosos. El novelista es historiador cuando sabe dibujar el ambiente y reconstruir la tempera\u00adtura social. Los cr\u00edmenes sucedidos en la abad\u00eda benedictina, que describe poblada de fantasmas, brujer\u00edas, pasiones y monjes perversos, corres\u00adponden a una maravillosa ficci\u00f3n novelada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La biblioteca del saber, defendida con celo contra posibles invasores, es el centro neur\u00e1lgico de la abad\u00eda alrededor del que giran los mayores sucesos. All\u00ed se guarda la inc\u00f3gnita de los misterios inaccesibles. Este tesoro tiene que quemarse y pulverizarse para hacer m\u00e1s humillantes la apetencia y la incapacidad del hombre. Dij\u00e9rase que las llamas depuradoras limpian el alma e iluminan el recto camino.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">*<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Las menti\u00adras religiosas, que las habr\u00e1 siempre, arden all\u00ed como pavesas de la rectifica\u00adci\u00f3n. Ya el monje detective ha encon\u00adtrado su anticristo en el rostro deforme y sat\u00e1nico de uno de su cong\u00e9neres, y bien est\u00e1 que luego estalle el drama apocal\u00edptico de la destrucci\u00f3n. La abad\u00eda, que se deja sin nombre, apenas como referencia de la ignominia universal que no necesita identidad precisa, queda perdida en el polvo de los siglos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El lenguaje crudo y la dureza de algunas escenas, por m\u00e1s descarnados que sean, o por eso mismo, reflejan la autenticidad de la \u00e9poca. Umberto Eco, que parece un eco del pasado, no se equivoca con los s\u00edmbolos que utiliza al ponernos a meditar sobre la dis\u00adtorsi\u00f3n de los tiempos y las reconditeces del alma. Quiz\u00e1 no vuelva a escribir otra novela, porque no conseguir\u00e1 superar la actual. Por lo pronto, la fama le ha medido y le ha recortado la oportunidad para nuevos proyectos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em><strong>El Espectador, <\/strong><\/em>2-V-1985.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong><em>\u00a0<\/em><\/strong><\/p>\n<p align=\"center\"><strong><em>\u00a0<\/em><\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Gustavo P\u00e1ez Escobar Tras una semana de intensa y apasionante lectura le he dado vuelta a la \u00faltima p\u00e1gina de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, su novela muy nombrada que consigue conquistar el in\u00adter\u00e9s del mundo a poco tiempo de su publicaci\u00f3n en 1980. 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