{"id":2745,"date":"2011-05-22T17:59:14","date_gmt":"2011-05-22T22:59:14","guid":{"rendered":"http:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/?p=2745"},"modified":"2014-05-05T11:57:04","modified_gmt":"2014-05-05T16:57:04","slug":"la-violencia-urbana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/2011\/05\/22\/la-violencia-urbana\/","title":{"rendered":"La violencia urbana"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><strong>Por: Gustavo P\u00e1ez Escobar<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cay\u00f3 sobre los campos de la patria, en un pasa\u00addo que a\u00fan irrita la sensibilidad, el azote de la vio\u00adlencia como una maldici\u00f3n de Dios. El agro, que ha sido siempre el mayor testimonio de la Colombia pr\u00f3spera, se ti\u00f1\u00f3 de sangre y de ignominia. Las hor\u00addas del fanatismo revolvieron las entra\u00f1as de la tie\u00adrra, arrasaron las cosechas, cobraron vidas al cla\u00admor de los partidos y sembraron la desolaci\u00f3n y el odio. Era como un virus que se inoculaba, insensi\u00adblemente, en la m\u00e9dula del pueblo despavorido y que conturbaba la conciencia y estremec\u00eda el esp\u00ed\u00adritu. Panorama tr\u00e1gico aquel, no desdibujado a\u00fan del todo, donde el salvajismo, con sus m\u00e1s extrava\u00adgantes expresiones, se desboc\u00f3 por campos y vere\u00addas cual fiera ind\u00f3mita.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pasada la borrasca, como en las siniestras no\u00adches del Apocalipsis, no se desvaneci\u00f3 por completo la impresi\u00f3n de la furia que pod\u00eda despertar a cualquier momento, y las generaciones se fueron renovando con taras imposibles de remediar. Toda una \u00e9poca de choque, de trauma, segu\u00eda galopando en el recuerdo del pa\u00eds. Se hab\u00edan abierto cicatrices que marcar\u00edan la m\u00e1s sombr\u00eda imagen de la vio\u00adlencia absurda donde \u00abhermanos a hermanos ha\u00adc\u00edan la guerra\u00bb, se mutilaban y se sacrificaban al grito de la insensatez, sin causa ni intenci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Vino luego la calma, que no la paz absoluta. Los campos, que hab\u00edan quedado desolados, comenzaron a renacer. Algunos labriegos, con su fardo de heri\u00addas y de temores, regresaron a la tierra. Otros clau\u00addicaron para siempre. Se olvidaron de los montes apacibles, de los atardeceres esplendorosos y de la vida f\u00e1cil en medio de surcos y de cosechas. All\u00ed, entre aquella tierra regada con sudor, estaba parte de s\u00ed mismos al te\u00f1irse con sangre de su pro\u00adpia generaci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Muchos \u2013que nadie podr\u00e1 precisar en su mag\u00adnitud\u2013 llegaron silenciosamente, medio corridos y medio optimistas, a las ciudades. As\u00ed, de perfil, se fueron deslizando por entre las moles de cemento. Admiraron, quiz\u00e1s, los largos edificios que se empi\u00adnaban como gigantes o como seres ultraterrestres, o las chimeneas de las f\u00e1bricas que resoplaban vida industrial, o el bullicio que parec\u00eda transmitir atrac\u00adtivos mejores que los de sus suelos asustados.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Mal pod\u00edan comprender que hab\u00edan ingresado a la masa amorfa de los grandes centros. Las ciudades se fue\u00adron alargando, se fueron extenuando. Era un crecimiento atropellado que creaba naturales trauma\u00adtismos. Llegar\u00edan m\u00e1s tarde las invasiones, los cuellos de botella, los cordones de miseria.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La violencia, sin advertirlo las propias v\u00edctimas, se estaba trasladando del campo a la ciudad. La paz que se pretend\u00eda encontrar lejos de los escenarios agrestes hu\u00eda, ir\u00f3nicamente, de nuevo a ellos. Restablecidos estos en su tranquilidad tras len\u00adto proceso de reflexi\u00f3n del pa\u00eds y de firmeza de sus autoridades, sus antiguos moradores, v\u00edctimas aho\u00adra, acaso inconscientes, de los sobresaltos urbanos, nunca habr\u00edan de regresar a sus fundos. El drama no puede ser m\u00e1s pat\u00e9tico ante este \u00e9xodo que re\u00adsulta inadaptado al propio tiempo para la ciudad y el campo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El auge de las ciudades trajo a la larga una violencia peor que la rural. Los problemas socia\u00adles se multiplicaron hasta provocar la crisis que hoy soportan los centros. Los facinerosos, expertos en pescar en r\u00edo revuelto, cambiaron tambi\u00e9n de esce\u00adnario.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En lenta y casi imperceptible sangr\u00eda diaria terminaron con la paz de las ciudades. La delincuencia se engendra, crece y se multi\u00adplica en los centros. La ni\u00f1ez abandonada, la pros\u00adtituci\u00f3n, el atraco, el raponazo, la asonada nunca han germinado en los campos. Son hierbas ex\u00f3ticas que repudia la naturaleza campesina pero que estimula el urbanismo. Existe un velo de humo que no deja ver toda la densidad del drama.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ayer fueron varios agentes del orden que explotaron en una maniobra cobarde. Despu\u00e9s, el intento de volar una estaci\u00f3n de polic\u00eda. Luego, siete muertos en Cali, y la ciudad conmocionada por el alza de tarifas. Hoy, una ni\u00f1a secuestrada. Y todos los d\u00edas, a cada rato, la piedra, la v\u00edctima que grita ante el atropello, el negocio saqueado, el muerto por la violencia del tr\u00e1nsito, la adolescente violada, la madre despavorida, la pandilla que irrumpe con su mascarilla de p\u00e1nico y de muerte&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Es la \u00e9poca del desenfreno. La angustia se adue\u00ad\u00f1\u00f3 de nuestros d\u00edas. La violencia asusta en las ciu\u00addades. Lejos, sepultado quiz\u00e1 para siempre, yace el fantasma de los odios pol\u00edticos. Pero por los r\u00edos humanos de las urbes camina y se agiganta el es\u00adpectro de la violencia torpe y encarnizada. Como contrasentido, faltan brazos en el agro para las f\u00e9rtiles y tranquilas campi\u00f1as que se solazan, au\u00adsentes de cultivos y de est\u00edmulos, y que parecen llo\u00adrar de nostalgia, mientras la patria sangra por otra herida.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em><strong>El Espectador, <\/strong><\/em>Bogot\u00e1, 4-XII-1974.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Gustavo P\u00e1ez Escobar Cay\u00f3 sobre los campos de la patria, en un pasa\u00addo que a\u00fan irrita la sensibilidad, el azote de la vio\u00adlencia como una maldici\u00f3n de Dios. El agro, que ha sido siempre el mayor testimonio de la Colombia pr\u00f3spera, se ti\u00f1\u00f3 de sangre y de ignominia. 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