{"id":3211,"date":"2011-10-02T14:52:37","date_gmt":"2011-10-02T19:52:37","guid":{"rendered":"http:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/?p=3211"},"modified":"2014-04-13T12:07:30","modified_gmt":"2014-04-13T17:07:30","slug":"los-romances-de-la-princesa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.gustavopaezescobar.com\/site\/2011\/10\/02\/los-romances-de-la-princesa\/","title":{"rendered":"Los romances de la princesa"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><strong>Por: Gustavo P\u00e1ez Escobar<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Anthony Armstrong-Jones, un ignorado fot\u00f3grafo de la corte de Inglaterra, bohemio y mujeriego, demostr\u00f3 sus condiciones art\u00edsticas en la fiesta que la casa real ofreci\u00f3 cuando la princesa Margarita cumpli\u00f3 29 a\u00f1os. Nada hac\u00eda presentir que aquellas placas ir\u00edan a cambiar su destino plebeyo. Cuatro a\u00f1os atr\u00e1s Margarita hab\u00eda roto, por imposici\u00f3n de su hermana Isabel, reina de Inglaterra, su romance con el gran amor de su vida, el capit\u00e1n Peter Townsend, apuesto aviador y hombre de mundo a quien en raz\u00f3n de su divorcio no se consideraba digno de ingresar a la familia real.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Para la ortodoxa monarqu\u00eda brit\u00e1nica resultaba inconcebible que la atractiva princesa, tan pr\u00f3xima por la sangre a la corona reinante, aunque por otra parte distante para un eventual ascenso al trono, se casara con un divorciado. El arzobispo de Canterbury, influyente poder en los designios reales, no pod\u00eda menos de condenar aquella aventura rom\u00e1ntica que menoscaba el prestigio de la corona y que era una afrenta para la Iglesia. Ante tales aprietos, la joven princesa de 26 a\u00f1os rompi\u00f3, m\u00e1s por fuerza que por convicci\u00f3n, con este romance que en otras latitudes de la tierra se miraba simpat\u00eda y entusiasmo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y para hacer m\u00e1s f\u00e1cil la soluci\u00f3n, el implacable rigor de la reina conjur\u00f3 toda posibilidad de encuentro de la pareja al disponer, de la noche a la ma\u00f1ana, el \u00a0traslado de Townsend como agregado de aeron\u00e1utica a la embajada de Bruselas. Se tendi\u00f3 sobre ellos un cerco impenetrable y, por m\u00e1s intentos, aquel amor qued\u00f3 destrozado para siempre e ingres\u00f3 a las p\u00e1ginas de la historia como uno de los cap\u00edtulos m\u00e1s sensacionales donde lucharon con denuedo las fuerzas de una pareja solita\u00adria contra el poder de un imperio.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>Una vida con un gran vac\u00edo<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Margarita, desde entonces, se tom\u00f3 irritable y fr\u00edvola. Se entreg\u00f3 a la gran vida mundana en un vehemente af\u00e1n por olvidar su frustraci\u00f3n. Tertulia de clubes nocturnos y ambientes d\u00eds\u00adcolos, alternaba sus horas entre fugaces diversiones y amigos ocasionales, sin encontrar c\u00f3mo llenar el enorme vac\u00edo de su vi\u00adda. Si el episodio de su malogrado romance iba quedando cada d\u00eda m\u00e1s distante y se hab\u00eda conseguido reprimir, para gloria de su sangre azul, el esc\u00e1ndalo profano, caminaba con ella el \u00edmpetu de una insubordinaci\u00f3n que comenz\u00f3 a dibujarla como la oveja descarriada de la flamante familia real.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Su hermana Isabel, due\u00ad\u00f1a de la corona y de mayor circunspecci\u00f3n, miraba con disi\u00admulo pero con impaciencia las correr\u00edas de la princesa por si\u00adtios cada vez m\u00e1s abiertos al modernismo y dominados por largas noches de devaneos y\u00a0 m\u00fasicas desafiantes. Los Beatles, revo\u00adlucionarlos de la \u00e9poca, atronaban los escenarios nocturnos con las estridencias de una generaci\u00f3n que comenzaba a surgir den\u00adtro de las r\u00edgidas y recatadas costumbres inglesas. Nubes de fot\u00f3grafos invad\u00edan los establecimientos detr\u00e1s de la desenvuelta princesa que no escond\u00eda y, por el contrario, proclamaba su libertad ante los ojos del mundo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En este medio liviano compart\u00eda con sus amigos los arrebatos de su despecho sentimental, y si era figura descollante de los c\u00edrculos sociales, se le ve\u00eda con frecuencia ausente y nost\u00e1lgi\u00adca. \u00abLa princesa est\u00e1 triste\u2026 \u00bfqu\u00e9 tendr\u00e1 la princesa?\u00bb. Un d\u00eda se apareci\u00f3 ante la reina con el fot\u00f3grafo y le anunci\u00f3 su intenci\u00f3n de casarse con \u00e9l. Otra polvareda, acaso m\u00e1s fuerte que la provocada a\u00f1os atr\u00e1s, se desat\u00f3 en los medios reales. No solo se trataba de un plebeyo, sino de un plebeyo desconocido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los cortesanos se preguntaban at\u00f3nitos qui\u00e9n pod\u00eda ser aquel Anthony Armstrong-Jones que hab\u00eda logrado impresionar el coraz\u00f3n de Margarita. Y el mundo, por segunda vez, se entusiasm\u00f3 con esta clase de sucesos que her\u00edan la sensibilidad de la nobleza brit\u00e1nica. Los devaneos de una princesa de tanta alcurnia con un plebeyo insignificante no pod\u00edan menos de despertar inter\u00e9s y convertir\u00adse en comidilla para los cables internacionales.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La reina Isabel, recelosa al comienzo, termin\u00f3 venci\u00e9ndose ante la realidad. La voluntad de su hermana se mostraba inque\u00adbrantable y esta vez, por m\u00e1s esfuerzos que ejerci\u00f3 para persuadirla, no logr\u00f3 convencerla de que pospusiera sus inten\u00adciones. El aspirante a la mano real, el plebeyo-fot\u00f3grafo que repentinamente llen\u00f3 las p\u00e1ginas de los peri\u00f3dicos del mundo, comenzaba a danzar en este juego de hadas, ignorante de que la felicidad es algo m\u00e1s serio que atrapar a una princesa melanc\u00f3lica. Armstrong-Jones llevaba una rutina licenciosa entre amor\u00edos con actrices y modelos y en completa expansi\u00f3n para disfrutar la vida a su manera, sin reglas ni t\u00edtulos nobiliarios.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Se le recuerda como el alegre y desprevenido tenorio con acceso a los salones de la corte, sin m\u00e1s exigencias que dispa\u00adrar bien sus placas fotogr\u00e1ficas y sin m\u00e1s complicaciones que vestir prendas presentables para no desentonar en los pasillos palaciegos. Su vida, desprovista de obst\u00e1culos, se reduc\u00eda a una m\u00e1quina de retratar que administraba con pericia, y a un relajado ambiente bohemio que tambi\u00e9n sab\u00eda manejar a su gusto, con sabor a aventuras rom\u00e1nticas que estaban muy le\u00adjos de despertar ignotas curiosidades.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La reina Isabel, que por mandato de la constituci\u00f3n real deb\u00eda dar el consentimiento para la boda, lo hizo de mala gana. El matrimonio se celebr\u00f3 en la solemne abad\u00eda de Westiminster, en el a\u00f1o de 1960, ante la mirada discreta de los cortesanos euro\u00adpeos, tan observadores de los reflujos de que no ha estado exen\u00adta la rancia casa brit\u00e1nica, y ante el solaz de los lun\u00e1ticos so\u00f1adores de uno y otro sexo que en todos los confines del uni\u00adverso ve\u00edan en aquel enlace la ocasi\u00f3n para alimentar tontas fantas\u00edas.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>El plebeyo se mare\u00f3<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Han transcurrido 16 a\u00f1os. Camino demasiado largo para que el matrimonio, que naci\u00f3 disparejo, haya resisti\u00addo las desavenencias que pronto comenzaron a da\u00f1ar este cuento de hadas. El muchacho que en otras \u00e9pocas recorr\u00eda las avenidas en motocicleta y con una linda chica al lado, deb\u00eda atemperarse al d\u00eda siguiente del regreso de la luna de miel. Cambi\u00f3, en efecto, por un golpe de suerte, la vida para el afor\u00adtunado \u2013\u00bfo infortunado?\u2013 plebeyo, quien de pronto se vio rodea\u00addo de lacayos y comodidades que \u00e9l no hab\u00eda so\u00f1ado y tampoco lo llenaban. El mundo fastuoso al que ingresaba de la mano de una princesa, lejos de deslumbrarlo, lo incomodaba. Quiso mantener su autenticidad, pero no pudo. Amante de su pro\u00adfesi\u00f3n y acostumbrado a ganarse la vida con sus placas, se vin\u00adcul\u00f3 a un diario, sin duda con buenos estipendios, pero a dis\u00adgusto de su pr\u00f3spera consorte.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">R\u00e1pido la sangre plebeya qued\u00f3 desvanecida con el t\u00edtulo de conde de Snowdon que le otorg\u00f3 la reina. \u00c9l cambi\u00f3 los pantalones ajados y su tradicional chaqueta de gamuza por serios vestuarios. Adquiri\u00f3 ademanes burgueses, se acical\u00f3, aprendi\u00f3 a jugar golf y administrar su propio yate, y m\u00e1s tarde colg\u00f3 su m\u00e1quina de fotografiar princesas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero tanto embeleco termin\u00f3 mare\u00e1ndolo. Aparecieron las primeras fricciones matrimoniales. El tenorio no hab\u00eda podido ser dominado por los lujos de la corte y pron\u00adto comenz\u00f3 a salir con dudosas compa\u00f1\u00edas femeninas. Vinieron las reprimendas, los choques y las pasajeras reconciliaciones.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y as\u00ed volaron 16 a\u00f1os. El conde Snowdon es hoy un maduro hombre de 46 a\u00f1os, y la princesa Margarita una rolliza dama de 45. De nuevo, dentro de esta azarosa vida principesca donde no todos son sue\u00f1os encantados, hay revuelo en el mundo con el anuncio de la separaci\u00f3n, que esta vez se dice definitiva. El matrimonio ven\u00eda roto desde mucho tiempo atr\u00e1s, pero la discreci\u00f3n lo manten\u00eda unido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Parece que el esc\u00e1ndalo estall\u00f3 por iniciativa del se\u00f1or conde, cuyas aventuras amorosas bien pod\u00edan disculparse, no as\u00ed las de la princesa, que tiene tambi\u00e9n sus caprichos. Se habla de un arist\u00f3crata muchacho de 28 a\u00f1os con quien pasa continuos fines de semana en una isla del Caribe. La diferencia de \u00a0edades no ha sido barrera para que Margarita, que ya no es la mujer interesante de otras \u00e9pocas, sino la se\u00f1orona pasada de carnes y con una silueta deslucida, busque fr\u00e1giles escapes a su soledad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Entre tanto, el vizconde Linley y lady Sarah, de 14 y 11 a\u00f1os, los hijos del matrimonio, se vuelven personajes a la fuer\u00adza de un drama que hubiera podido evitarse con mayor enfoque de sus protagonistas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Podr\u00eda agregarse, como moraleja, si queda algo por agregar, que el fracaso de una princesa desencantada y el azoramiento de un fot\u00f3grafo plebeyo, movidos por caprichos palaciegos, crearon un mundo vac\u00edo, contradictorio, incompatible, que termin\u00f3 ahog\u00e1ndolos. Esta vez los crespones de la realeza fueron incapaces de impedir el naufragio.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em><strong>El Espectador, <\/strong><\/em>Bogot\u00e1, 28-III-1976.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Gustavo P\u00e1ez Escobar Anthony Armstrong-Jones, un ignorado fot\u00f3grafo de la corte de Inglaterra, bohemio y mujeriego, demostr\u00f3 sus condiciones art\u00edsticas en la fiesta que la casa real ofreci\u00f3 cuando la princesa Margarita cumpli\u00f3 29 a\u00f1os. Nada hac\u00eda presentir que aquellas placas ir\u00edan a cambiar su destino plebeyo. 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