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Laura Victoria, sensual y mística

sábado, 26 de septiembre de 2009 Comments off

L_sensual_místicaEn la historia de la literatura nacional son muchos los poetas que han recibido grandes muestras de simpatía del público, pero ninguno en la forma ardorosa y persistente que se dispensaron a la cantora del amor erótico. A ella hay que abonarle el hecho de ser la exponente más brillante de este género en Colombia y reconocerle la forma valiente y desenfadada como supo expresar su sentimiento y despertar el ánimo apagado de la feminidad.

cenefitaPrólogo

A MODO DE PROEMIO

Desde hace muchos años, los devotos de las letras nacionales echábamos de menos un estudio biográfico sobre Laura Victoria, la emotiva y corajuda poetisa boyacense, figura representativa de la literatura colombiana. Hoy, por fortuna, ha venido a satisfacer plenamente nuestro anhelo la obra Laura Victoria, sensual y mística, cuyo autor es el notable novelista y biógrafo Gustavo Páez Escobar.

Este es el caso, bastante raro y excepcional, de un escritor dedicado con suma paciencia y con abnegación suprema a estudiar con el mayor cuidado y minuciosidad la vida y la obra de otros autores, dándolas luego a conocer profusamente de los demás, aun a costa del adelanto de la propia obra y del sacrificio de buena parte de su vida y de su tiempo.

En esta forma el escritor ha actuado con el gran poeta colombiano Germán Pardo García, en Biografía de una angustia (publicaciones del Instituto Caro y Cuervo), y ahora con Laura Victoria, oriunda, como el autor, de la pintoresca ciudad boyacense de Soatá, Señora de los silencios, como Páez Escobar la apellida felizmente en sus páginas.

Nuestra poetisa ha vivido gran parte de su vida en México, el hospitalario país, verdadera tierra de promisión, que tan generosa y afectuosamente ha acogido a nuestras gentes de letras, como Porfirio Barba Jacob, Leopoldo de la Rosa, Octavio Amórtegui, Germán Pardo García, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo y nuestro premio nóbel Gabriel García Márquez.

Laura Victoria tiene el inmenso mérito de haber descubierto en Colombia y en sí misma la belleza del cuerpo femenino. De haberlo celebrado luego hermosa y férvidamente, en la plenitud de sus mórbidas curvas y de sus aterciopeladas hondonadas. Y de haber ayudado definitivamente también a la independencia de alma de la mujer colombiana, preparándola para la conquista completa de todos sus derechos.

Sí. Laura Victoria fue la precursora de una poesía liberada de atávicos prejuicios religiosos y sociales; evadida por primera vez de una asfixiante tradición, que con pesados ropajes de convencionalismo estuvo hasta aquel momento ahogando la voz lírica de la mujer colombiana. Ella supo, con un gran valor civil, romper las ataduras de toda una tradición hipócrita y pacata, logrando conmovernos y entusiasmarnos con sus cantos, henchidos como nunca de una virginal música sensual.

El alma de la mujer colombiana, que permanecía como un cráter sellado, se convirtió, gracias a Laura Victoria, en un volcán lírico en plena combustión. Y con igual intensidad e inspiración ha cantado al amor humano y al amor divino (tema éste exclusivo de sus últimas obras), como a los ríos, las montañas, los valles, el árbol, el mar y los crepúsculos arrebolados de la patria.

La agitada y novelesca vida de Laura Victoria, signada no solamente por el numen, sino por la maternidad y la felina y celosa defensa de los hijos, amén de la permanente compañía de crueles vicisitudes y de congojas casi cruentas, ha sido, como pocas, rica en acaeceres sociales y políticos de la más diversa índole; en dolorosos conflictos conyugales, en palmas y apoteósicos triunfos poéticos, en éxitos literarios y editoriales de significación continental, que la hermanan con las más altas voces líricas de Indoamérica, como Gabriela Mistral, Juana de América, Delmira Agustini y Alfonsina Storni.

Sus libros fueron acogidos con verdadera avidez por sus contemporáneos; y su obra, en general, elogiada por los pontífices de la crítica literaria, así como por los hombres y mujeres más prestigiosos de toda nuestra América; entre otros, por Antonio Gómez Restrepo, Octavio Méndez Pereira, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Rafael Maya, Enrique Gómez Martínez, Guillermo Valencia y Juana de Ibarbourou.

Como nuestro coterráneo Julio Flórez, Laura Victoria fue también una excelente declamadora; y, por ende, supo decir sus versos con una inefable voz cadenciosa, que poseía un completo registro de fascinantes tonos.

Todos los avatares sufridos en el corazón y la existencia conmocionada de esta noble poetisa han sido narrados vívidamente en la presente biografía, gracias a la conocida penetración psicológica y a la sutileza y donosura del lenguaje de Gustavo Páez Escobar, quien mediante un estilo llano y directo, que tiene a la vez la agilidad y desenvoltura del periodista y la severidad informativa del historiador, logra trazarnos el retrato del alma de esta singular mujer y poetisa boyacense y, por consiguiente, colombiana.

Laura Victoria, como pocas de su género, ha vivido, luchado y padecido un abrupto itinerario que se inicia en la remota infancia, transcurrida sosegadamente en la idílica y geórgica población de Soatá, hasta, finalmente, reposar en el regazo maternal de Ciudad de México, no sin antes –como buena viajera impenitente, y espíritu insaciable de paisajes, ambientes y sabiduría– haber visitado y residido en las antañonas ciudades europeas, somnolientas de siglos y de glorias, como Madrid, Venecia, Florencia, Roma y París; en las alucinantes urbes del remoto Oriente; y en otras, de ascendencia bíblica, Nazaret y Jerusalén, que tanto color y sabor místico han aportado a sus últimas obras.

Laura Victoria está próxima a cumplir 100 años de su existencia. Providencial longevidad la suya, que ninguna otra poetisa, en nuestro medio, ha conseguido envanecerse de tenerla; y tal fenómeno es, además, un índice de la fortaleza de la raza y un ejemplo de desconcertante vigor y de asombrosa lucidez mental.

Mediante su amplia y fervorosa comprensión de amigo y coterráneo, Gustavo Páez Escobar ha logrado reencender en el pecho de esta legendaria mujer, auténtica sacerdotisa de la eterna Poesía, su “lámpara apagada”, para escribir, a la luz de aquella llama declinante, este hermoso, clásico y estremecedor soneto –quizás uno de sus últimos gorjeos– donde palpita el estado de ánimo, un tanto desencantado y lleno de melancolías, de la más grande poetisa boyacense:

A GUSTAVO

¿En qué minuto azul, en qué momento
encendiste mi lámpara apagada
y llegaste al final de mi jornada
para llenar de luz mi pensamiento?

¿Qué clima fiel, qué misterioso viento
te trajo hasta mi alma desolada,
para cambiar mi sombra en alborada
y en frescor mi crepúsculo sediento?

Yo sé que ya para el amor es tarde
y que el fulgor que en mis canciones arde
ilumina desiertos de amargura.

Por eso a tu cariño sólo pido
que defienda mi nombre del olvido
y sostenga mi fe con su ternura.

La vida de Laura Victoria es, pues, una vida de contrastes: gozó como nadie del fulgor de la belleza de su cuerpo, para padecer más tarde las repulsivas arrugas de la vejez y soportar, estoicamente, el irreparable ultraje de los años.

Amó y cantó a la patria cual ningún otro coetáneo suyo; y, sin embargo, ha tenido que pasar más de la mitad de su larga existencia lejos, muy lejos de su tierra, evocando día tras día, para consolarse, las dulzuras de su casa solariega, allá en su Soatá de ensueño, y reviviendo nostálgicamente en la memoria los cálidos paisajes y las risueñas escenas de su infancia. Saboreó con morosa delectación las mieles de la gloria literaria, para llevar más luego, sobre la piel del alma, las cicatrices de la ingratitud, y sufrir la pavura del silencio, presagio del olvido.

Gustavo Páez Escobar ha sabido, en esta estremecedora biografía, interpretar, para solaz e ilustración de los lectores, la procelosa vida y los infinitos paisajes del alma de Laura Victoria; y en cada una de sus páginas está patente su afán por comprender a la mujer y a la poetisa, a fin de lograr entregarnos la llave maestra que nos permita penetrar en las estancias interiores de la personalidad de su protagonista, para conocer tanto la compleja estructura de su carácter, como el mecanismo secreto de sus virtudes y sus pasiones. Y a decir verdad, el autor ha conseguido realizar airosamente su propósito.

Finalmente, felicitamos de manera efusiva y repetida al escritor Gustavo Páez Escobar por haber rescatado del silencio, la ingratitud y el olvido, la extraordinaria vida de una de las figuras simbólicas de la cultura boyacense y nacional; y a la benemérita Academia Boyacense de Historia, cifrada en los nombres ilustres de su presidente, doctor Javier Ocampo López, y en los de su atareada Junta de Publicaciones, conformada por los doctores Pedro Gustavo Huertas Ramírez, Enrique Medina Flórez y Gustavo Mateus Cortés, por haber dado a la estampa esta valiosa obra que viene a enriquecer oportunamente la bibliografía de las bellas letras, tanto de Boyacá como de Colombia.

VICENTE LANDÍNEZ CASTRO

cenefitaUn fragmento de la obra

EL METEORO

A partir de 1933 –cuando se publica Llamas azules–, pasando por el año 37 –cuando es la ganadora de los Juegos Florales realizados en Girardot– y llegando a finales de la década del treinta –cuando se traslada a vivir a Méjico–, su carrera vuela por los aires de Colombia y América como un meteoro. En sentido figurado, el término meteoro se aplica a la persona que brilla con resplandor vivo y fugaz. Esa es Laura Victoria.

En pocos años conquista la celebridad. Cuando sale Llamas azules, ya su nombre goza de prestigio por los poemas divulgados en la revista Cromos. El más paladeado de todos –En secreto– es uno de esos cantos hechizados que entran en las zonas del misterio y se quedan en el alma popular.

En estos años recibe los aplausos más calurosos de su carrera, que tal vez ningún otro poeta ha tenido en Colombia. Por desgracia, este hecho está olvidado en los días actuales, por la inevitable amnesia de los tiempos y la oscura ingratitud de los hombres. Basta repasar los numerosos artículos de prensa de la época, la nutrida correspondencia enviada a la artista, los cálidos homenajes que se le rindieron, para no tener dudas al respecto.

En la historia de la literatura nacional son muchos los poetas que han recibido grandes muestras de simpatía del público, pero ninguno en la forma ardorosa y persistente que se dispensaron a la cantora del amor erótico. A ella hay que abonarle el hecho de ser la exponente más brillante de este género en Colombia y reconocerle la forma valiente y desenfadada como supo expresar su sentimiento y despertar el ánimo apagado de la feminidad.

Margarita Gamboa, nacida cinco años antes que mi coterránea, también se inició desde joven en el mismo campo lírico, en la ciudad de Cali, pero su voz se quedó en el ámbito de la provincia. A propósito de Margarita, en octubre de 1999 apareció en Cali un libro suyo titulado Cien años de amor, con prólogo de Vicente Pérez Silva, obra que recogió su olvidada producción erótica. Ella –en palabras del prologuista– “dejó huellas imborrables de su clara inteligencia, de su voz armoniosa y de su ingénita sensibilidad artística”.

Las ráfagas luminosas que como verdadero meteoro deja Laura Victoria en el horizonte de la patria, y que llevan su nombre a las cumbres del elogio, pueden ser al mismo tiempo lesivas para la personalidad. La alabanza excedida trastorna el carácter y afecta la naturalidad. La persona demasiado ponderada corre el riesgo de perder la sencillez. La fama es dañina si nos saca de la realidad. Si nos transporta a mundos ilusorios y deleznables, contrarios a lo que necesita el individuo para su desarrollo espiritual. ¿Logrará Laura Victoria vencer estas barreras en los caminos que conducen a la gloria?

La fama trae soledad, frío, obnubilación. No permite ver el mundo verdadero, sino el mundo vaporoso. Una cortina de humo cae sobre los ojos. Las alturas marean. Producen vértigo. La fama es espuma que se lleva el río. Por río hay se entiende la corriente de la vida, esa masa voluble que nos hace creer que somos importantes, o atractivos, o poderosos, o grandes escritores, y esos mismos apologistas nos desprecian o dicen lo contrario al paso de los días. Terrible realidad humana. Afirma Dante: “Vuestra fama es como la flor, que tan pronto como brota muere, y la marchita el mismo sol que la hizo nacer de la tierra ingrata”.

Ojalá Laura Victoria no se deje engañar por la fama. Ojalá no se deje hipnotizar por su popularidad y arrastrar por los caudales de la lisonja, tan envolventes como falaces. En el ambiente placentero es fácil ser permeables al encomio y caer en el engaño de la vida muelle, embriagados por la adulación. La vanidad y el desdén, unidos a la frivolidad, son productos de la fama. Somos vanidosos porque somos humanos.

Este símil del meteoro, que dibuja a la perfección la refulgente carrera de la poetisa en los años treinta, recoge el caso de la sutil muchacha de provincia que irrumpe en la capital con su maleta de versos y se encuentra con el éxito arrollador. Éxito desconcertante, que la saca de quicio, le daña el matrimonio y le transforma la vida. Acerca de los meteoros, los antiguos creían que eran elementos destructores que el iracundo Júpiter lanzaba contra los hombres.

La fama es ilusoria. Lo cual no significa que el elogio sea siempre perjudicial. Trato de decir, en el caso de Laura Victoria, que tanto sahumerio puede oscurecerle la vista. Tal vez esto lo compruebe ella misma años después, en la etapa de la meditación y el reposo. Ahora, en las calendas que recorremos, es la mujer fulgurante que vive en los jardines del elogio y en los cielos de la fascinación, después de descubrir el arte del canto.

El escritor y crítico literario Adel López Gómez, uno de los contertulios de la poetisa en estos días, expresa lo siguiente en una columna de prensa:

“La poesía generosa y vehemente, sacramental y pura de Laura Victoria, está hecha con tan nobles elementos, con una emoción tal de belleza y espontaneidad, que sus acentos aprisionan toda la comprensiva armonía de la vida.

“Es preciso confesar sinceramente que antes de la aparición de esta mujer delicadísima no teníamos verdaderas poetisas en Colombia. El verso trémulo, la auténtica musicalidad interior, sin artificios, desnuda y vehemente, a veces sombría y trascendental, a veces nerviosa y ágil, sólo ahora se expresa con todos sus matices por boca de Laura Victoria, que posee la virtud instintiva del canto.

“En los últimos años han aparecido fugaces firmas femeninas. Pocas veces se lee un nombre significativo como el de Ligia Angulo Peláez, una muchacha desconocida de Antioquia, pero con mucho talento poético. Esos nombres corresponden a lectoras, no a escritoras de versos.

“Bebieron muchas de ellas los filtros tenebrosos e inquietantes de Delmira Agustini y los vinos férvidos de Juana de Ibarbourou; vieron los paisajes saudosos de Raquel Sáenz; leyeron la poesía cruel de Alfonsina Storni. Muy pocas dijeron su propio afán. Se limitaron a falsificar, aunque de buena fe, su propia emoción. Casi ninguna dijo su verdad ni expresó valerosamente sus reacciones cordiales. Tenían abiertas las ventanas hacia horizontes de cromo. De semejantes fuentes no podía venir una inspiración fuerte ni personal. Por eso que nadie hizo antes, y ella hace ahora con largueza y audacia, como si sus motivos –los viejos motivos – fueran por primera vez material lírico, Laura Victoria es la poetisa de Colombia…”

cenefitaComentarios

Fragmentos

Gustavo Páez Escobar, escritor polifacético y denodado investigador literario, se constituye en el mayor homenaje a Laura Victoria, la letrada colombiana residente en México. En esta obra, como en una minuciosa película, aparece la ya larga y fecunda vida literaria de esta autora boyacense, cuyos poemarios Llamas azules, Cráter sellado, Cuando florece el llanto y Crepúsculo son ya patrimonio de las bellas letras castellanas. Héctor Ocampo Marín, El Nuevo Siglo, Bogotá, 8 de enero de 2004. El Diario del Otún, Pereira, 11 de enero de 2004.

El libro es apasionante. Además, rescata del olvido a este personaje ilustre de las letras colombianas, una mujer que se rebela contra todas las circunstancias pacatas de su época, contra todos los parámetros religiosos, afectivos, sociales y morales que le eran impuestos y decide, desde su condición adolescente, que será poetisa, a pesar de todo y de todos. Su poesía será el reflejo de sus emociones: abierta, erótica, sensual, amorosa y finalmente mística. Su estilo, el ritmo, el manejo del lenguaje, las metáforas y las imágenes de su obra la colocan a muy alto nivel en el reino de la poesía colombiana. No le tiemblan la mano ni la pluma a Laura Victoria para entregar en versos toda su capacidad emotiva y física; para amar, con su cuerpo y con su espíritu, al hombre, para hacer del amor un monumento de palabras exquisitamente eróticas, impensables para su época. Inés Blanco, periódico Acorpol (Asociación Colombiana de Oficiales en Retiro, Policía Nacional), Bogotá, abril de 2004.

La pionera de la poesía erótica en el país fue Laura Victoria, quien desafió prejuicios sociales y religiosos para dar rienda suelta a su imaginación, a sus sentimientos y a la sensualidad de la mujer. Hablar del erotismo humano es hablar de la capacidad de sentir, conmoverse y fluir. Aun así, los comentarios y críticas de la sociedad conservadora de mediados del siglo pasado reflejaban una cultura que desvalorizaba lo profundamente humano: los afectos, el cuerpo, la sensualidad. Pero Laura Victoria dio la batalla contra los esquemas internos que le impedían ser ella misma. A mediados del siglo pasado gozó de la fama y de altos elogios de los intelectuales hispanoamericanos, que no se cansaron de proclamarla como una de las poetisas destacadas del continente. Carolina Abad, editora de Arte & Gente de El Espectador, Bogotá, 2 de mayo de 2004.

El académico boyacense Gustavo Páez Escobar acaba de publicar el libro titulado Laura Victoria, sensual y mística, una amplia biografía de una mujer extraordinaria por su obra, por su lucha y por todo lo que hizo por el buen nombre de Colombia. Páez Escobar es sin lugar a dudas la persona más indicada para producir una obra sobre Laura Victoria, pues paisano de la biografiada, su amigo personal y un hombre de clara sensibilidad, disponía de las herramientas suficientes para un libro que recupera para las letras nacionales a uno de sus valores. Jorge Eliécer Zapata, La Patria –Papel Salmón–, Manizales, 30 de enero de 2005.

Laura Victoria causó en Colombia una verdadera revolución, pues, por primera vez, una mujer se atrevía a tocar el tema erótico con total frescura, sinceridad y autenticidad. Ella inauguró su ascendente y luminosa carrera con Llamas azules (1933), un conjunto de encendidos poemas que pusieron a vibrar los corazones enamorados y abrieron un nuevo camino para las demás poetisas. En medio de las críticas feroces de los hipócritas, retrógrados y oscurantistas, tan singular obra llegó también, naturalmente, a las manos de espíritus selectos como el maestro Rafael Maya, quien lo calificó como “el mejor libro poético publicado por mujer alguna en Colombia”. Hernando García Mejía, Boletín Informativo de la Universidad Autónoma Latinoamericana, No. 257, Medellín, mayo-junio de 2005.

Laura Victoria se atrevió a romper los esquemas pacatos de su entorno social, en el que alternaban las influencias del padre, intelectual y librepensador, y del tío cura, de estirpe inquisidora. Ella es para la poesía, ubicada en su tiempo y reconocida en su rebeldía, lo que Débora Arango para la pintura. La primera se despojó de recatos y gazmoñerías para reconocer, en forma pública y bellamente expresada, su sensualidad; y no sólo eso, sino practicarla con desenfado, gracias a su belleza, elegancia, inteligencia y distinción, atributos con los que dominaba los escenarios que pisaba. José Jaramillo Mejía, La Patria, Manizales, 8 de agosto de 2005.

¡Qué obra tan bien lograda! Conjunto armónico y prosa cargada de datos y valiosas informaciones, transparente y “agarradora”, como dicen por ahí. Napoleón Peralta Barrera, Bogotá, 29 de agosto de 2005.

Pocos biógrafos restituyen con tanta vida, tanta sensibilidad, a una mujer difícil de reducir a un texto. La admiramos, la queremos y para siempre. Tuvo una vida de muchas riquezas, de altibajos, y sabiamente una adaptación al paso del tiempo y el logro de una búsqueda interior. La muestra poética de Laura Victoria nos conduce al disfrute de sus libros, la re-lectura. Gloria Inés Palomino Londoño, directora de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, 20 de febrero de 2006.

Admiro su atrayente estilo de atildado escritor, pulcro, elegante, de reminiscencias juiciosas y acertadas en el vasto recorrido temporal a través de la vida procelosa de la ilustre dama. Laura Victoria sintió su alma en los versos que usted ha sabido escoger y editar. Al leer el poema En secreto recuerdo al gran vate payanés Carlos López Narváez cuando escribió con emoción semejante: “El amor pasa y crea la sangre sin hacerla llamear”. Libardo Valencia Quintero, Palmira, 19 de marzo de 2006.

Luego de que sus poemas comenzaron a conocerse, con muchas dificultades porque una mujer que escribiera poesía era un caso rarísimo, y una muchacha joven que tratara temas eróticos era digna poco menos que de la hoguera, Laura Victoria abandonó el país (mojigato, hipócrita, que peca en privado y reza en público) y empezó a viajar por el mundo. A México llegó en 1939, y ahí se quedó; y ahí murió, en el 2004, poco antes de cumplir sus cien años. El caso de esta mujer es singular. La poetisa se alejó de las críticas cristianamente parroquiales, y siguió cantando en otras ramas y en otras latitudes. Y mantuvo su libertad de escribir y su anhelo de vivir, y de compartir con millones de lectores la emoción del amor plenificante. Volvió algunas veces a Colombia, y fue capaz de romper esa barrera de hielo con que los “defensores de la moral y los adalides de las buenas costumbres” la querían mantener aislada. Hubo unos pocos hombres de letras que reconocieron el valor estremecedor y bellísimo de su poesía. Pero fueron una excepción. Ahora, la crítica mundial ha reconocido que los poemas de Laura Victoria son un canto a la vida en todo su maravilloso significado. Gustavo Páez Escobar, novelista, periodista, crítico, ha escrito una obra muy completa y muy emotiva: Laura Victoria, sensual y mística, que es un homenaje a esta mujer excepcional. Este libro reúne sesenta poemas de amor. No hay uno solo pasajero, descartable, candidato al olvido. Todos son luminosos, todos abren los caminos del sentimiento, todos ensanchan el horizonte de la felicidad que produce el amor compartido y pleno. No se le puede pedir más a un libro. Fernando Soto Aparicio, Ver Bien, Bogotá, 29 de febrero de 2008.

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Alborada en penumbra

martes, 22 de septiembre de 2009 Comments off

nov_alborada Quedó dueña de todo. Los enemigos tuvieron que rendirse ante la evidencia. Aquello resultó sorpresivo, pero irrefutable. Cuando menos imaginaban, apareció la persona que aplastó la avaricia. Quedaron burlados. Y ella, satisfecha. Estaba defendiendo el capital que compartía, su propio capital. Era una propiedad de familia. Y sentimental. Haciéndolo, honraba al mismo tiempo la memoria de su madre.

cenefitaPrólogo

EL AUTOR Y LA OBRA

Cuando un amigo nos solicita que le saquemos de pila un hijo, nos hace un honor y nos proporciona la oportunidad de acercarnos más a él en cariño. Y si ese hijo es un libro, más grande es el honor y el cometido se hace de obligatoria aceptación.

Gustavo Páez Escobar, un joven que con éxito se está asomando a la literatura nacional, me ha entregado el manuscrito de su segunda novela, Alborada en penumbra, para que yo la presente a los lectores. Mi tarea quedaría bien cumplida manifestando lo que me sucedió con el conocimiento de los originales: que recibidos éstos inicié su lectura y tres horas después, tres inolvidables y cortas horas, la suspendí cuando le di vuelta a la última página. Esto quiere decir que la novela se lee, como comúnmente se dice, de un tirón. ¿Por qué? Porque se trata de una obra amena, interesante y muy bien concebida, con unos personajes que apasionan por la perfecta pintura que de ellos hace el autor, y una trama que no deja decaer el interés del lector un solo instante.

El autor ha cumplido, en estas páginas, la misión del buen novelista: entretener y, entre líneas y sin pedanterías ni alardes de catedrático, llevarle un mensaje a la comunidad. Líbreme Dios de ser yo un puritano. Pero me produce asco la aplaudida novela moderna plagada de vocablos gruesos, groserías absurdas y porquería en todas sus páginas.

Si se gusta de sensualismo en la literatura, más agradable es buscar ese sensualismo en el delicioso estilo del Marqués de Bradomín, por ejemplo, que en las alcantarillas de Henry Miller. Escribo esto porque la obra de Páez Escobar, con un telón de fondo escabroso, no contiene un solo mal decir, una sola palabra de mal gusto. Y sí un desenvolvimiento que presenta al autor como un profundo conocedor del alma humana y del comportamiento social, ya que todo aparece aquí como calcado de una realidad que él debió conocer plenamente.

La novela costumbrista, un poco pasada de moda, es grata para los viejos porque su lectura nos hace rememorar, y ya se dijo que rememorar es vivir. La histórica ya no se lee, porque las gentes comprendieron que en ella casi siempre se pierde la verdad de la historia sin que se halle el interés de la novela. La policíaca distrae a determinados lectores que van con la seguridad de que al final hallarán una sorpresa, que por esa seguridad ya no lo es. La rosa proporciona llanto a las quinceañeras que ya saben, desde la primera página, el feliz desenlace. La novela social, como ésta de Páez Escobar, es para todos los públicos que la admiran y la gustan.

Pero más que la obra de Páez Escobar, que es muy buena, me llama la atención la persona del autor. Porque entre nosotros, como tuve oportunidad de manifestarlo en alguna ocasión refiriéndome a él mismo, conocemos ingenieros humanistas, médicos poetas, abogados ensayistas, pero no habíamos estado frente al caso de un banquero novelista.

Un banquero que del aterrador ajetreo de los números que maquiniza la inteligencia, y de la tremenda responsabilidad de ser jefe de finanzas, toma tiempo para escribir cuentos y novelas mostrando con ello no sólo una envidiable capacidad para el trabajo, sino un exquisito gusto por las cosas del espíritu a través de su devota consagración intelectual. Y esto lo presenta como una personalidad subyugante. Dejo al lector con Alborada en penumbra y seguro estoy de que él, como yo, no saldrá defraudado de su lectura.

EUCLIDES JARAMILLO ARANGO

cenefita

Un fragmento de la obra

Sonó el teléfono.

–Es para usted, señora –indicó la criada.

–Necesito hablar urgentemente contigo –expresó Horacio–. Deseo que vengas en seguida a mi oficina.

–¿No podría ser otro día? Tengo proyectado hacer unas compras para el matrimonio de Virginia.

–¡Por favor, Raquel, te necesito hoy mismo!

Raquel ascendió los trece pisos del edificio. Horacio, preocupado, recorría la oficina de extremo a extremo. Su rostro se veía fatigado. En un momento de furor, lanzó al suelo el símbolo de su poderío, la inseparable varita.

Raquel se inclinó y recogió el adminículo.

–¿Qué te sucede?

–No te había visto –se sorprendió–. Siéntate. Tengo problemas.

Tomaron asiento. Horacio no podía estar tranquilo. Quería iniciar la conversación, pero se reprimía. Repasaba la figura de su amante, la analizaba con cuidado y seguía meditando.

–Te noto intranquilo. ¿Qué sucede?

–Algo delicado.

–Tómate un coñac

–No es mala idea.

Bebieron. El licor produjo alivio. Y Horacio se sintió más animado para hablar:

–Voy a formularte una pregunta delicada, que debes contestar con toda sinceridad.

–La espero, Horacio.

–¿Puedo confiar plenamente en ti?

–¿Lo dudas?

–¡Dímelo con más firmeza!

Raquel pareció encararse a la duda y así se expresó:

–Mi vida se ha arruinado a tu lado. Contigo se fueron a pique muchas ilusiones. Te busqué. Me aferro a tu protección. Y ahora te pertenezco por completo. Mi suerte está a tu lado. Soy una mujer repudiada. ¿Qué más quieres que te diga?

–Eso quería escuchar. Necesito esa convicción. Se me presentan dificultades y tú vas a ayudarme a salir del aprieto. –¡Explícate de una vez!

–Tengo problemas económicos.

–No te entiendo.

–Sirve otro coñac…

Bebieron de nuevo. Raquel, sin dejar conocer su curiosidad, apuró la bebida de un sorbo.

–Ahora te voy a hablar con reposo. Coinciden varias cosas. He hecho un negocio que vale un dineral. Mi capital peligra. Alguien persigue mi fortuna. Está en camino un embargo que pretende por lo menos traumatizar mis negocios. Viene de la competencia. No será difícil que nadie me arruine, pero no puedo permitir que se menoscabe el capital, ni que el escándalo merme mi prestigio. Por otra parte, mi esposa ha iniciado juicio de separación de bienes. Eso me debilitaría. Debo insolventarme… Para eso es preciso obrar pronto. El traspaso de bienes es la solución. Pero debe ser rápido, muy rápido. No puedo darles gusto a mis enemigos. ¡Y no se lo daré, miserables!

Hubo una pausa. Raquel entendió la dificultad, pero se conservó serena. Y Horacio, analizándola, se preguntaba si ella sería la persona indicada.
Sin pensarlo más, exclamó:

–¡Vas a recibir todas mis propiedades! Debo insolventarme. A tus manos llegará mi capital. ¡Mi capital, íntegro!

–No entiendo…

–Mi abogado lo tiene todo preparado. Sólo se requiere tu decisión. Debes firmar unos papeles y… ¡todo perfecto!

–Explícate, Horacio.

–Aparecerás como la dueña oculta de mis propiedades. El caso resultará normal. Habrá algunas dificultades, pero la lógica nos favorece. Mucha gente sabe que me enriquecí a costa de tu madre. Se murmura que me apoderé de su fortuna. Tú, como hija, eres la propietaria de esa herencia. Yo no había hecho otra cosa que ser el depositario. Ahora que se aproxima un ejército de abogados, los destruiremos a todos… ¡A todos! Ante la presencia de unos documentos, no haré otra cosa que entregar lo que no me pertenece. ¡Eres la dueña absoluta de todo! ¡Y huirán los miserables!…

Raquel, medio confusa, medio asustada, preguntó:

–¿No confabularán que se trata de una maniobra fraudulenta?

–Los abogados saben más…

–¿Y no te da miedo que me quede con tu fortuna?

Horacio se impresionó. Pero reaccionó pronto:

–No tendría sentido. Te conozco muy bien. Para ti ha dejado de tener importancia el dinero. Sólo aspiras a la cantidad necesaria para vivir bien. Cuidas el hogar y con eso te basta. Aceptas que el dinero está bien en mis manos y lo compartes conmigo.

–Sólo quería probarte, Horacio. Has sido generoso conmigo y complaces todos mis gustos. Nunca podría traicionarte. ¿Para qué el maldito dinero? He recibido de él grandes lecciones, para que a estas alturas me impresione.

–No se conoce, por otra parte, nuestro concubinato –prosiguió Horacio–. Hemos sido prudentes. Eso favorece más la maniobra. Un día te propuse que vivieras conmigo, a los ojos del mundo. Aplazaste la decisión. Eres mujer inteligente

–¡Y astuta! –concluyó ella.

Media hora más tarde se presentó el abogado. Portaba numerosos papeles que fue extendiendo sobre el escritorio. Raquel, con pulso firme y mente lúcida, firmó con solemnidad cada documento que le presentaba el profesional y poco le importó no conocer su contenido. Se sentía segura de lo que hacía.

Quedó dueña de todo. Los enemigos tuvieron que rendirse ante la evidencia. Aquello resultó sorpresivo, pero irrefutable. Cuando menos imaginaban, apareció la persona que aplastó la avaricia. Quedaron burlados. Y ella, satisfecha. Estaba defendiendo el capital que compartía, su propio capital. Era una propiedad de familia. Y sentimental. Haciéndolo, honraba al mismo tiempo la memoria de su madre.

cenefita

Comentarios

Fragmentos

Es una excelente obra narrativa en cuya estructura no falta un solo detalle primordial. Personajes que se mueven, con entera libertad, en su mundo. Cada actor vive su propia vida y es dueño de su propia libertad y de sus propios actos. Juan Ramón Segovia, La Patria, Manizales, 14 de octubre de 1974.

Sus novelas tienen excelentes cualidades en sus varios aspectos: orientación recta, ambientes adecuados, vivacidad en los personajes, animación en las escenas. Cuanto se haga por enriquecer el género de la novela en Colombia es digno de alabanza. Manuel José Forero, Academia Colombiana de la Lengua, Bogotá, 24 de octubre de 1974.

Alborada en penumbra ratifica y da preeminencia a la labor intelectual y literaria de Páez Escobar. Hay allí afán de perfección y robustos logros en la búsqueda de un estilo y en la creación de un universo. Personajes acosados por la egolatría y juventudes decididas por el hedonismo. Víctimas todos de la droga, de la envidia y de la superficialidad, de la ausencia de principios rectores. Héctor Ocampo Marín, La República, Bogotá, 27 de octubre de 1974.

Las vidas de Alborada en penumbra son veraces y humanas y están trabajadas en materia de verdad y con anclaje firme dentro del medio y las costumbres. Relato fácil, de grata fluidez, sin rellenos innecesarios, este de Páez Escobar, se sigue del principio al fin sin decaer un momento y sin que la acción pierda nada de su interés. Adel López Gómez, La Patria, Manizales, 27 de octubre de 1974.

La tesis de la novela está bien expuesta, los diálogos se suceden en forma natural, y el lector va de capítulo en capítulo interesándose más y más en los actos que describe. Gustavo Páez Escobar tiene facilidad muy notoria para novelar. Juan Bautista Jaramillo Meza, La Patria, Manizales, 2 de noviembre de 1974.

Nunca pensamos que en esta obra encontráramos tantos elementos de juicio como para saludarla como una verdadera revelación en la literatura colombiana. El final, sin la truculencia de las novelas policíacas, es uno de los más sorprendes, y en él se nota la maestría y el conocimiento de la condición humana que tiene Páez Escobar. Es una de las nuevas novelas colombianas que muestran a uno de los cultores más serios, concisos y conocedores de la narrativa y del suspenso. Mario Escobar Ortiz, La Patria –Revista Dominical–, Manizales, 27 de julio de 1975.

No había tenido la oportunidad de leer Ventisca y luego de hacerlo, se ubica dentro de mis novelas preferidas. La forma como mi papá logró describir la ambición, pérdida de valores e ironía de la vida, me pareció sorprendente. Durante toda la lectura pude identificar la sabiduría que mi papá tiene sobre la vida. Gustavo Páez Silva, Bogotá, 4 de marzo de 2008.

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De Euclides Jaramillo Arango

lunes, 14 de septiembre de 2009 Comments off

(El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 13 de junio de 1971)

Se dice que en todo pecho de mujer existe un niño dormido. Yo diría que en cada cerebro de hombre hay un chiquillo despierto. Tonterías que se me ocurren leyendo, en el Magazine de El Espectador del domingo último, el cuento conyugal El sapo burlón, del banquero Gustavo Páez Escobar.

Cito el oficio del autor porque me parece extraordinario que un hombre dedicado a las finanzas, seguramente contagiado de la frialdad de los números y en un despacho de gerencia a la espera de las grandes mentiras de los buscadores de crédito, escriba una narración tan simpática, tan deliciosamente ingenua y al mismo tiempo deliciosa y agradable como el cuento que trato de comentar.

El médico esto me recuerda al lejano Chéjov y al Bonilla Naar nuestro está más propenso a caer en la literatura narrativa porque su profesión lo inunda de temas tristes, reales, crueles y hasta risibles; quizás el abogado lo esté por sus historietas de intrigas, delitos y maldades; y así mismo, otros profesionales.

Pero un economista, un banquero intoxicado de intereses, redescuentos, encajes, etc., necesita llevar en su cerebro un chiquillo despierto para llegar a la travesura de una narración tan deliciosa como El sapo burlón, la mejor que trae el Magazine Dominical en su última edición.

El cuento hoy es cualquier cosa. Pero debe ser bien contado. Ya no es necesario, para que el cuento sea bueno, que haya mucha intriga, mucho adorno, mucho suspenso. Hoy lo importante es contar cualquier cosa, pero en forma correcta y de fácil lectura. Me explico: no tener nada que contarse, pero contarlo todo muy bien.

Personalmente no conozco al autor de El sapo burlón. Pero veo que ha escrito un buen cuento, con un final de una ingenuidad que le proporciona más encanto a lo narrado. Véase que perderse el sapito porque lo botaron al río. Me hace recordar al pescador aquel que llevó a su hogar una sabaletica, y se amañó tanto el animalito, que dormía en la cama de los niños, jugaba con estos, se subía a la mesa a comerse las moronas durante las comidas, y hasta acompañaba al señor al portón cuando se iba a la oficina. Desgraciadamente cosas del servicio doméstico, que es tan bruto una criada nueva, acuciosa y compadecida, echó al pescadito al tanque del lavadero que estaba lleno de agua y, naturalmente, la sabaletica se ahogó.

En El sapo burlón, los personajes son magníficos. El pobre marido, borracho; la mujer, rezandera y gruñona; el sapito, el más humano de todos; el cura pueblerino y esa estupenda Dolores que todo marido lleva en la angustia de la soledad de hogar, aun sin conocerla. Dolores, a pesar de que en el cuento no se la describa, aparece perfectamente dibujada como otra apetitosa Canchelo. Por lo demás, el cuento es de gran sentido humano, y el sapito, un personaje adorable.

 

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