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Archivo para la categoría ‘Quindío’

Adiós al Quindío

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Vine por dos meses. Y me quedé catorce años. Corría el año de 1969 cuando el Banco Popular, mi casa del trabajo, me confió la oficina de Ar­menia mientras se escogía la persona en propiedad. De entrada me reen­contré con mi gran amigo Jorge Arango Mejía, hoy embajador en Checoslovaquia, que acababa de ser nombrado gobernador del departa­mento. El Quindío tenía apenas tres años de independencia administra­tiva y ese mismo hecho lo presentaba como una región juvenil y promete­dora. Armenia era la colegiala pri­morosa y dinámica que ya se perfi­laba como una sorpresa nacional. Todo se veía crecer, todo se veía relucir.

Entré por la puerta grande, y no sólo por el encuentro armonioso con sus autoridades y su gente, sino sobre todo por la identidad con una idio­sincrasia descomplicada y con una sociedad hospitalaria y laboriosa. El quindiano, hombre de campo, o sea, de trabajo y paisaje, lleva en el alma un poema. El contacto con la tierra, esa tierra de sudores y esperanzas y también de frustraciones, le imprime un temperamento franco y una hila­ridad tonificante. Víctima quizás de la tradición ancestral que heredó del antioqueño, y que defiende con cora­je, no cambia su parcela de caturra por el motor de la factoría, así le duela, entre cosecha y cosecha, el rigor de las duras esperas.

Con la disculpa, muy conocida aquí sobre todo por los gerentes de banco, de que «la cosechita fue regular pero la próxima será muy buena», vive trasladando al futuro la convicción de su agricultura irrenunciable. Para ser habitante del Quindío hay que entender primero esta conducta. De mí sé decir que al día siguiente de mi llegada era ya quindiano integral. Lo mismo mi esposa y los hijos, el complemento indispensable para de­finir un estilo social. El varón de mis hijos lo es también de nacimiento, o sea que las raíces quedan profundas.

Estos nexos son los que hacen difícil la partida. El tiempo, como si no corriera, descubre hoy la fantástica realidad de quince años de gratísi­mas experiencias. El ejecutivo bancario, que además era escritor inédi­to, surgió a la vida regional con el doble componente del hacedor de cifras y el hacedor de ideas. Las cifras crecían a medida que las ideas se difundían. Y como me convertí en pregonero de la región desde la prensa grande, a la gente le gustó contar con el banquero pensante. Humanizar la empresa, he ahí el gran reto. Y dignificarla, el gran com­promiso.

Adel López Gómez, cantor de la tierra quindiana, así define la verdad de este banquero-escritor boyacense: «La suya ha sido una dedicación plena y generosa del corazón y de la mente al servicio de los grandes y menudos intereses regionales». Acepto, sin ánimo presuntuoso, tan generosa manifestación que repre­senta un estímulo para el complejo y a veces incomprendido ejercicio del banquero doblado de escritor que lucha entre asperezas por la noble causa de la inteligencia y el decoro. Una de las batallas más solitarias es la del escritor.

En el Quindío vieron la luz mis cinco libros publicados. Y me llevo otro inédito, en busca de editor. La cosecha es generosa y sin duda sor­prendente. El Humor a la quindia­na, título con que El Espectador bautizó mi vena jovial, y que hoy se suspende, fue un homenaje sincero, del periódico y del autor, a esta región efusiva en la amistad y positiva en su diario discurrir.

Inaplazables necesidades de fami­lia nos regresan a la capital del país. Nos despedimos con emoción de la ciudad y su gente. Aquí quedan ami­gos entrañables con quienes nunca cancelaremos la gratitud ni dejare­mos enfriar el afecto.

Y vienen muy al caso las siguientes palabras de uno de mis iniciales artículos de prensa: «Si algún día me toca desandar el camino, en el ascenso a La Línea me detendré de trecho en trecho para no irme del todo…».

El Espectador, Bogotá, 27-VIII-1983.

Historia de una Piper Navajo

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

 Artículo publicado en El Espectador el 29 de agosto de 1983 y que adquiere vigencia al salir Carlos Lehder de la prisión donde estuvo recluido 33 años. La irrupción de Lehder en el Quindío comenzó con el regalo de una avioneta al gobernador. Aquí está la historia.

Sobre la pista del aeropuerto El Edén, de Armenia, apareció un día, hace cuatro años, una avioneta abandonada. Traía una tarjeta, o sea un rumbo cierto: de Carlos para Mario. Mario (Gómez) era el gobernador del Quindío. Carlos, el dadivoso remi­tente, venía seguido de un apellido extranjero que sonó curioso y enig­mático: Lehder.

Algún viejo, haciendo memoria, se acordó de un ingeniero Lehder que en lejanas épocas había trabajado en la cons­trucción del ferrocarril de Armenia. Y  corriendo el tiempo, su hijo Carlos, un joven de 27 años, quemado por soles tropicales y oloroso a dólares y otras sustancias, a quien nadie conocía y a quien su propio progenitor vendría a desconocer, hacía noticia en la escasa crónica municipal.

Y es que regalar una avioneta, cuando su precio es de doce millones de pesos, produce impacto en cualquier parte y a cualquier desti­natario. En Armenia, sitio tranquilo —la ciudad de los milagros y las cosas raras—, donde se ignoran, o se ignoraban, presentes de esa magnitud, hubo alboroto parroquial. El gobernador, que al principio su­puso que se trataba de una de las tantas bromas que acostumbran sus paisanos, quedó confundido al ver que la cosa era en serio.

No se trataba de un juguete inofensivo, sino de una avioneta ejecutiva —Piper Navajo—, apta para todos los vientos y aperada para todas las emergencias. Mario no sabía si tocar el extraño aparato o devolverlo. Pero al fin se decidió a abrir el paquete, y ya metido en la grande, o sea en la grande navegadora de rutas insospechadas, descansó o se decep­cionó al notar que el obsequio no era para él, en persona, sino para el gobierno que representaba.

El encarte, no obstante que Mario ya no tendría que recibir las clases de pilotaje que alcanzó a presentir, seguía siendo mayúsculo. Llamó al jefe supremo, y Turbay creyó des­pertar en medio de un guayabo es­pantoso. La noticia pronto irrumpió en el alto Gobierno, y después de muchas cavilaciones y dudas jurídi­cas se aceptó la ofrenda. La ofrenda de un descendiente de alemán que por una historia de ferrocarril había nacido en la hermosa tierra que ahora se proponía agasajar. Y conquistar, como se verá. Agasajar, por lo menos materialmente.

El regalo moral ya es otra cosa, y hoy los quindianos se preguntan si no hubiera sido mejor devolver aquel pájaro exótico que habría de partir en dos la historia de Armenia. Pero como el aparato era de contrabando, el ave se quedó en casa. Un ave con plumas relucientes y pico acerado que pe­netraría en todas partes, hasta en los intersticios más secretos de ciertas conciencias.

Silvio (Ceballos), el siguiente gobernador, consideró que para sus despla­zamientos por un territorio reducido y de fácil acceso no necesitaba de águilas imperiales. Legalizado el contrabando, la dádiva (llámese carnada) salió a remate público. Nadie ofreció la base. ¿A quién, que no fuera mafioso o potentado (términos afines), iba a interesarle la Piper Navajo? (En principio se creyó que esta era una vedete internacional, y el símil fue bien logrado).

De todas maneras, doña Piper Na­vajo quedó en poder del público en la tercera sesión del remate. La vedete internacional, que ya muchos habían idealizado, fue conquistada (rematada) por un solitario oferente, a quien más tarde se señalaría como el piloto de Lehder. Harina para el mismo costal. Así, el ave descarriada volvía a casa, ya legalizada y a mitad de precio.

Con el producto de la subasta se hizo una obra social. ¿Dinero calien­te, como ahora han dado en llamarlo? Sea lo que fuere, don Carlos Lehder, hijo de Armenia, con 27 años mal contados (y bien vividos, en su ca­lenturiento mundo de aventuras in­ternacionales), hacía su presentación al pueblo que lo vio nacer. Su nombre, al principio indescifrable, se multi­plicaría de boca en boca, como en la cena de los panes increíbles.

Comenzó comprando tierras. Y pasó a comprar conciencias. Tanto las unas como las otras tienen precio, y para eso la capacidad de nuestro magnate es incalculable. Abundaban, mientras tanto, los donativos generosos a cuanta obra social —eclesiástica o mundana— se le presentaba, y en los entreactos les hacía guiños a los periodistas.

Terminó regalando a los periodistas una significativa contribución eco­nómica, que naturalmente también era publicitaria (a lo Piper Navajo), y estos, bandeja de gratitud en mano, se hicieron retratar, muy sonrientes y muy emocionados, con el nuevo líder de la comunidad. Hoy nadie quiere acordarse de aquella foto histórica.

Entre sonrisas, coqueteos, do­naciones y audacias, o sea, con sutil inteligencia, crecía el personaje. Un Corleone colombiano. Como don Carlos hablaba en dólares, movía tierras y maquinarias, construía pa­rajes turísticos, organizaba actos deportivos, hacía obras de caridad, pagaba los mejores sueldos del país, emocionaba a la juventud y destro­naba a los viejos, le llovían ins­cripciones para sus listas. Señoritos y señoritas, comerciantes, ejecutivos, doctores, poetas, escritores, políticos desubicados, aventureros… fueron subiendo al tren de la alegría.

Lehder, que ya tiene periódico propio y periodistas in­condicionales, fundó su movimiento político. Aspira a llegar a los cuerpos legislativos. Y no tiene empacho en declararse miembro respetable de la mafia internacional. Anota, además, que el país está lleno de pequeños y grandes mafiosos, lo cual no es ningún secreto para nadie. Desde Cayo Norman —su isla de la cocaína— muchos peces se han engordado. Al narcotráfico lo llama “bonanza colombiana”, y esto estimula a los perseguidores de fortuna fácil.

La gente fue llegando. Se habla de comilonas y bacanales, rociadas de extrañas bebidas y frenéticas yerbas. El paraíso de los paganos ha abierto sus puertas en la tierra del café, y todos, chicos y grandes, se empujan para entrar. Algunos quedarán desgarrados de por vida, pero esto ya es otro capítulo. A Mario, el gobernador, le ofreció nombrarlo gerente general de su imperio, con sueldo y prebendas monumentales, pero el elegido no mordió el anzuelo. Lo mordió, en cambio, su joven secretario de Gobierno, hoy otro de los nuevos ricos de la ciudad.

Los políticos tradicionales, puestos por él en jaque, le enrostran los dineros calientes (o sucios, en lenguaje franco) con los que está pervirtiendo la política colombiana. ¿Acaso, pregunta alguien, no son igualmente sucios los desviados au­xilios parlamentarios? ¿Con unos y otros no se está asaltando la concien­cia pública y sobre todo la conciencia privada?

Lehder tiene asustados a los polí­ticos del Quindío y del país entero. Les advierte que sus curules están en peligro. Estos lo acusan de mafioso y él se ríe de ellos en sus dominios ilimitados del poder económico y la provocación desdeñosa.

El caso Lehder es un grito en la conciencia, un reto a la moral pública del país. Que no se contrarrestará con estériles reproches ni tontos lamentos. Es una ficha floja en la conducta de gobernantes y políticos, de padres y educadores, de capitalistas y empresarios, de eclesiásticos y ciudadanos rasos. Nunca el fariseísmo, tan de moda en estos días, ha remediado los problemas sociales ni los problemas de familia.

Obsérvese bien y se verá que los males no llegan solos, por generación espontánea. El episodio Lehder, si se quiere, es un episodio moralizador. Hay tratamientos médicos que se aplican con éxito amputando miembros atrofiados.

Y todo comenzó con una Piper Navajo —de Carlos para Mario–,   abandonada un día en el aeropuerto de Armenia, naturalmente con carta de navegación…

El Espectador, Bogotá, 29-VII-1983 y 27-VI-2020.
Eje 21, Manizales, 23-VI-2020.

Comentarios
(junio/2020)

Yo era secretario privado del gobernador; en efecto, un día que abrí la correspondencia del despacho, apareció una carta de Carlos Lehder en inglés. Inmediatamente se la llevé al gobernador Mario Gómez, quien alertado por el ofrecimiento que ella contenía –no para él sino para el departamento– llamó al ministro de gobierno de la época, Germán Zea Hernández, y desde luego al presidente. Lo demás se conoce, y después llegó la famosa avioneta, no antes. Gabriel Echeverri González, Armenia.

Maloliente pasaje protagonizado por Carlos Lehder y una estúpida sociedad. Gustavo Valencia García, Armenia.

Excelente anécdota histórica de hace 37 años. Dejaste para el futuro la narración de uno de los episodios iniciales de esta funesta feria de narcotráfico que ha vuelto patas arriba a nuestra querida Colombia. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Recordé momentos vividos por aquellas calendas, y aunque son otros los protagonistas sin avionetas de por medio, hoy hay personas de dudosa reputación rondando los pasillo palaciegos y entregando dádivas para merecer favores. La política no ha cambiado, se ha envilecido, y las mafias continúan merodeando alrededor del poder local. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

 

 

 

 

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El Quindío en marcha

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La principal característica del doctor Jesús Antonio Niño Díaz, gobernador del Quindío, es la de ser ejecutor de obras. Durante su primer gobierno, en 1973, se inició la construcción del Palacio Departamental, proyecto de envergadura que de ahí en adelante iba a marchar a paso de tortuga. Nueve años han transcurrido y la obra no ha sido terminada.

Fue necesario el segundo gobierno del doctor Niño Díaz para darle el impulso final. Ya fue adecuada, para el funciona­miento de la Asamblea Departamental, parte del edificio, y en los próximos días se trasladará la Gobernación en pleno. La obra está adelantada   en el 70 por ciento.

A Niño Díaz le gusta forzar el desarrollo para que la administración pública no se anquilose. Su primera regla es la del rendimiento. A sus programas les imprime dinamismo y en sus ejecuciones se nota el afán de plasmar realidades. Busca además la forma de comprometer otros entusiasmos, como ha sucedido con el Palacio Nacional, proyecto dormido hace mucho tiempo y que se ahora ha puesto ahora en marcha.

El Gobernador prometió hace un año, al tomar posesión de su cargo, que construiría un segundo hospital, más a la mano de la gente pobre del sur de la ciudad. Su palabra está cum­plida. Es una obra funcional, de gran beneficio público. Sorprende, desde luego, que en un año logre construirse un hospital. Niño Díaz, el urbanizador más grande que ha tenido Armenia, sabe encontrar fórmulas prodigiosas. También en el sur se ha establecido una moderna estación de policía que prestará grandes servicios a una zona urgida de mayores seguridades.

Parece que no se ha conformado con ser únicamente el Gobernador, sino que ha intervenido en la vida municipal. Ojalá que algún día tuviera Armenia un alcalde de las capacidades del doctor Niño Díaz. La capital, tan postrada en los últimos tiempos, necesita un remezón.

En llave con otro gran quindiano, Gustavo Fajardo Molina, secretario general del Ministerio de Obras Públicas, se han realizado trabajos tan importantes como la conclusión de la carretera de Montenegro a Quimbaya, el adelanto de una parte fundamental de la vía a Zarzal, la terminación del segundo carril de la Avenida 19, que pronto quedará en servicio. Es justo  aplaudir de paso la magnífica gestión del doctor Fajardo Molina, ciudadano ejemplar que trabaja en silencio y esqui­vo a la ostentación, pero con resultados positivos.

Manifiesta el doctor Niño Díaz que el controvertido estadio de Armenia será una realidad para el próximo campeonato mundial de fútbol. Hay bases para creerle. Hemos visto, en efecto, una vigorosa acción de máquinas haciendo surgir este proyecto tan buscado por los quindianos.

En materia de cultura, publicó ocho libros de autores quindianos. Le falló la imprenta. Ya se ve que Quingráficas no marcha al mismo ritmo del gobernante. Es una lástima, y lo sentimos por la cultura. En los próximos días se entregarán dos nuevos libros. Queda el compromiso de seguir estimulando el arte.

Este, en líneas generales, es el balance de un año de gobierno del Quindío. Los aciertos son superiores a las fallas. El rasgo primordial fue el de la dinámica. Ese es el temperamento del istinguido hombre público,  gran realizador de obras. La muestra es elocuente.

La Patria, Manizales, 2-VII-1982.

 

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El Quindío también puede

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Es el doctor Hugo Palacios Mejía una de las personalidades más notables del Quindío, luchador del progreso de su tierra y reconocida figu­ra nacional. Como estudioso consa­grado que es de los problemas públicos, desde el Parlamento adelantó importantes proyectos que le hicieron ganar la admiración de sus colegas y que lo catalogaron como uno de los voceros de la provincia con mayor iniciativa y mayor espíritu reformador.

Varios de sus trabajos son hoy leyes de la República, y en todos ellos, incluso en los que no alcanza­ron a convertirse en actos legislativos, sobresalió el acierto de su gestor, por las luces de su inteli­gencia y su ponderado raciocinio. Su acción en la Cámara de Representantes, de las mejor calificadas por la  seriedad y eficiencia, contrasta con el bajo rendimiento de la mayo­ría, quienes muy poco o nada aportaron para el mejoramiento de la sociedad.

Hugo Palacios Mejía no se conformó con ser un ganador de honorarios, sino un verdade­ro legislador. Formado en exigentes disciplinas, donde alterna con bri­llo y altura la cátedra universitaria con su presencia en foros naciona­les y en su provincia quindiana, es figura que envidiarían otras regiones. Se le conoce como hombre razonador y ecuánime, buen exposi­tor y excelente intérprete de la co­munidad.

Sus proyectos son novedo­sos, bien estructurados y sólida­mente forjados para actualizar el anacronismo de los códigos. Ya de­mostró magníficas dotes como vice­ministro de Hacienda, presidente de la junta directiva del Banco Popular, representante por Colombia y Perú ante el Banco In­teramericano de Desarrollo, y otros encargos que se escapan en esta rápida reseña.

Cuando el Quindío deja perder, por reyertas menores de la políti­ca que no alcanzamos a entender ni a justificar, la brillante vocería que tenía en el doctor Palacios Me­jía, nos encontramos ante un hecho insólito. Habría que aceptar, con desilusión, que esa es la política parroquial de Colombia. Apenas unos pocos votos le faltaron para asegurar su continuación como par­lamentario, y de todas maneras que­da una lección pública, que ojalá no se repita en el futuro.

No es sen­sato que por estos forcejeos alrede­dor de las curules se prive a las re­giones del concurso de hombres de superiores capacidades, y en cam­bio subsistan en todas las esferas públicas la ineficiencia y la mediocridad. Colombia necesita las luces de su gente preparada y las virtudes de los ciudadanos honorables.

Pero sabemos que Hugo Palacios Mejía seguirá trabajando por su tierra. Nada tan desea­ble como que en el nuevo gobierno sea llamado, como parece que suce­derá, a una alta investidura. Es bien conocida su lealtad con las tesis del doctor Belisario Betancur y su lucha por sacar adelante esa candidatura. Si se pierde la mejor representación que teníamos en el Parlamento, es hora de conquistar un ministerio. El Quindío se lo merece, y el candidato es inobjetable.

La Patria, Manizales, 24-VI-1982.

* * *

Misiva:

Agradezco muchísimo tus generosos comentarios y el respaldo que desde hace tanto tiempo vienes dando a mi modesta labor. Sin embargo, debes estar seguro de que el presidente Betancur demostrará al país que los nombramientos los hace él y no los periódicos. Hugo Palacios Mejía, Bogotá.

(En el gobierno de Belisario Betancur fue nombrado gerente del Banco de la República y ministro de Hacienda).

 

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Monografía de Quimbaya

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hugo Galvis Valenzuela, empleado público que hace esporádicas apari­ciones en el periodismo re­gional, acaba de publicar una monografía de su pueblo natal, el unicipio de Quim­baya que ahora estrena re­luciente carretera a Montene­gro, lograda luego de in­gentes esfuerzos y sobre todo de las sofocantes promesas de los políticos.

La carretera ha quedado concluida como la coronación de un viejo anhelo de la provincia que re­seña Hugo Galvis Valenzue­la en las 270 páginas de su li­bro. Si la vía asfaltada, que tu­vo que romper montaña y afirmarse sobre difícil terreno, se proclama hoy como una conquista regional, el libro, que demandó  años de investigación y muchas vi­gilias mentales del escritor, hace su entrada triunfal, sobre la senda del progreso, al bello municipio cafetero que gana al mismo tiempo en ade­lanto material y en impor­tancia cultural.

Arranca el estudio desde la aparición de la tribu, en 1539, pasa por la fundación de la aldea, en 1911, y termina en el surgimiento de la ciudad actual, en 1960.  Hay un dete­nido repaso de la colonización, donde aparece la raza pri­mitiva y laboriosa que hace brotar la aldea promisoria, luchadora y progresista. Fue en esta región donde los indios quimbayas establecieron sus reales.

Se dice de ellos que eran tra­bajadores y artistas. Su patrimonio se preserva en valiosas piezas de orfebrería que para fortuna de las nuevas generaciones han conseguido rescatarse como una de las referencias más importantes de dicha  cultura

Galvis Valenzuela escarbó libros y archivos, ordenó datos, sacó conclusiones, hasta lograr este libro que entrega a sus paisanos como su mejor ofrenda y su mejor testimonio histórico. Consultó las fuentes de la historia en boca de los  fundadores del pueblo, tomó estadísticas, ana­lizó cifras y rescató persona­jes. El pulso de la historia está en los hechos que el tiempo desmenuza y ter­minan sepultados en el olvido Estos trozos huidizos y muchas veces ignotos son los que dan perfiles a las regiones.

Galvis Valenzuela tocó en muchas puer­tas en demanda del auxilio oficial que  debería estar presto para premiar el esfuerzo que sig­nifica escribir un libro. No tu­vo suerte, porque no se le oyó con atención, y de to­das maneras porque la cultura es huérfana, y acometió con sus propios recursos la empre­sa quijotesca de editar su obra.

Reto ingratos de la inteligencia, pero aquí lo vemos cabal­gando como chalán convencido de que a la cultura hay que aguijonearla para que produz­ca frutos. Y satisfacciones, que se hicieron evidentes la noche en que el pueblo le reconoció el mérito en la Casa de la Cultura.

Quimbaya, floreciente municipio quindiano rodeado de cafetales e impulsado con el tesón de sus antepasados, ahora con carretera pavimentada y aires modernistas, y que tiene en Bernardo Pareja la inspiración poética, cuenta también con su historiador. El pueblo puede sentirse ufa­no entre la cultura del asfalto y la cultura de las letras.

La Patria, Manizales, 21-VI-1982.