Archivo

Archivo para la categoría ‘Quindío’

Control de carros oficiales

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Buena medida la adoptada por la Gobernación sobre los vehículos oficiales.  Deseamos que se mantenga firmemente. No hay razón para el turismo de los funcionarios en los días no laborales. Se abusa mucho en este sentido y ha llegado el momento de frenar las libertades que altos empleados se toman durante los fines de semana.

Los bienes del Estado deben cuidarse como patrimonio de la comunidad. Si determinados oficios exigen vehículo para la movilización del funcionario y su adecuada representación, no está bien que durante los días de ocio se utilice con fines personales y con exhibición de actitudes antipáticas que no pueden ser bien vistas por la opinión pública.

Al desgaste de la maquinaria en excursiones fuera del perímetro urbano se suma el consumo de combus­tibles y también el mal uso de la parte mecánica. El confort no ha de consistir en exagerar lo que debe usarse con sentido moderado y práctico. Los bienes ajenos, si en realidad fuéramos considerados, han de usarse con mayor prudencia que si fueran propios. Pero sucede todo lo contrario.

Guardar los vehículos en los recesos del trabajo es una sabia disposición del Gobernador, que ojalá tenga cabal cumplimiento durante su mandato y más allá de él. Debe ser una norma permanente. Bien está que el Gobernador o el Alcalde de la ciudad, en razón de sus investiduras y por ser los personeros de la comunidad, tengan a su servicio el vehículo asignado, pero no es tolerable que otros funcionarios hagan lo mismo.

Lo que por lo general falla es la tergiversación que se da a las disposiciones. Lo que ahora comienza con rigidez, más tarde se puede desviar al mediar las excepciones o la injerencia de ciertos privilegiados que suelen dañar la disciplina oficial. En el sector particular esto no ocurre. Allí hay sentido de la responsabilidad y por eso las empresas son más organizadas y rentables.

Los talleres del departamento deben hacerse responsa­bles de la guarda, sin excepciones, de los vehículos de los mandos medios. Si esto se cumple, se dará un ejemplo de dignidad administrativa. Por lo pronto, aplaudimos el gesto del Gobernador al demostrar que desea preservar los bienes del Estado. Es actitud prudente y ejemplarizante. Si se comienza desde la cabeza, lo demás es fácil. Muchos de los pecados de la vida pública residen en el mal ejemplo que se recibe desde las altas esferas.

Estamos seguros de que este ejercicio de la austeri­dad oficial va a mantenerse y extenderse a otros campos. Que sigan el cumplimiento del horario y la permanencia en los despachos. Así podrá el Gobernador ganar mucho terreno.

La Patria, Manizales, 17-V-1981.

 

 

Categories: Quindío Tags:

El documento de los exalcaldes

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En el foro de ex alcaldes convocado en esta ciudad por el diario El Tiempo se debatieron los más candentes problemas que agitan la vida de la ciudad de Armenia, y ahora, como corolario de aquel encuentro, varios dis­tinguidos ex mandatarios municipales se dirigen al señor Presidente de la República denunciando algunos de los vicios crónicos que frenan nuestro desarrollo.

En lo que es, al mismo tiempo que una denuncia, un clamor, se pide la intervención presidencial para redimir a las Empresas Públicas de la politización en que ha caído y que significa el principal escollo para salvarlas de su inoperancia y rescatarlas de su actual iliquidez. Es un do­cumento serio, de indudable intención moralizadora. Salta un primer interrogante: ¿por qué los firmantes no lo hicieron cuando ocuparon la Alcaldía y lo propiciaron cuando varios de ellos fueron gobernadores del departamento?

Es un examen retrospectivo sobre sus propias experiencias, que debe mirarse con la seriedad que tiene. Si en su momento estos dirigentes, que sufrieron en carne propia la garra de la politiquería, fueron acaso in­capaces de modificar un caótico estado de degeneración ad­ministrativa, ello no le quita hoy vigor a su denuncia pública para que bajo otros enfoques se procure llegar a la solución que la sociedad reclama para superar la actual encrucijada.

Lo que el momento exige es una total rees­tructuración de las Empresas Públicas, las que según el documento están «abocadas a una delicada crisis técnica, administrativa y financiera». Esto lo conoce muy bien la ciudadanía, testigo impotente para remediar tan precaria situación. Si las Empresas se han convertido en un nido de la politiquería y es preciso buscarles otros cauces, ¿por qué no desarrollar la fórmula redentora?

Tenemos el anuncio del actual gobernador, doctor Niño Díaz, de ejercer su mandato al margen de las influencias políti­cas, como en parte lo ha hecho; y también la voluntad del bien intencionado burgomaestre, doctor Agudelo Zuluaga, de trabajar por los intereses de la ciudad, con destierro de los hábitos clientelistas. Podría­mos, entonces, suponer que el ambiente no puede ser más favorable. ¿Qué se espera?

Hay que tecnificar la entidad hasta convertirla en instrumento útil para las necesidades colectivas. Hoy el deterio­ro de los servicios públicos postra a la ciudad en uno de sus más lamentables estados de ineficiencia. El agua, la luz,  el alcantarillado, los teléfonos, el aseo, el matadero son verdaderos lastres para la ciudad en progreso.

La burocracia que se acomoda en las casillas presupuestales absor­be la capacidad que se requiere para impulsar los servicios públicos. Con un déficit  crónico no se pueden emprender obras. La voz de los ex alcaldes, varios de ellos ex gobernadores, merece un juicioso análisis.

La Patria, Manizales, 16-V-1981.

 

Categories: Quindío Tags:

Una región deprimida

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Un día los billetes cayeron abun­dantes sobre el suelo quindiano y sus habitantes se sintieron ricos de la noche a la mañana. Vientos propicios empujaban grandes días de prosperi­dad. Lo mismo que en las épocas del maná milagroso, hubo jolgorio en las campiñas y en los corazones cuando el café parecía descender del cielo anunciando la abundancia. La región se llenó de recolectores y de noveleros, porque el Quindío todo, al unísono, despuntaba como un solo cafetal.

No eran suficientes las manos de miles de trabajadores venidos de todos los sitios del país para recoger el grano promisorio que debía llenar los mer­cados del mundo. Conforme corrían los billetes, los precios se volvían coléri­cos. Una cuadra valía, antes de la abundancia, $ 60.000, para llegar a $ 300.000 en corto tiempo. Las casas en Armenia pasaban de $ 500.000 a $ 2’000.000. Ahí quedan sólo dos referencias de los efectos de la bonanza cafetera. En igual pro­porción subían los jornales, los im­plementos agrícolas, los radios, la ropa, los alimentos, y desde  luego, el aguardiente y las mujeres públicas.

De un momento a otro el finquero se sintió con tantos pesos juntos que, sin saber qué hacer con ellos, cambió varias veces de carro y se propuso gastar el dinero excedente en viajes internacionales y en placeres compensatorios de sus exhaustas jornadas campesinas. Era la época de las vacas gordas, que se mostraba interminable. En el Brasil las heladas continuaban haciendo estragos y pro­nosticaban largas penurias. Aquí, en cambio, con vientos propicios, el cielo continuaba dispensando el maná de los israelitas. No se calculó que al cabo de los años llegaría la destorcida, esta que hoy azota los campos y muestra la dura cara de la realidad.

La bonanza se evaporó. Con el mismo ímpetu que vino, desapareció. No hubo previsión. En cambio de residencias, en carros suntuosos, en viajes por el mundo, en regocijos y jaranas se fue buena parte de la abundancia. ¿Qué quedó de aquella profusión de bienes? Una áspera lección. La comarca albergó a toda clase de huéspedes indeseables: marihuaneros, atraca­dores, vagos, prostitutas, bobos, de­lincuentes… La ciudad y el campo se llenaban de vicios y bajo su impulso se cometían crímenes y se atentaba contra la paz de las conciencias.

La vida se trepaba hasta niveles in­sospechados. Todo se iba quedando inflado, y así permanece hoy. La finca raíz se volvió imposible. Los artículos de primera necesidad registraban cada vez mayores precios. Los jorna­les subían, pero sólo en el campo, porque el salario urbano, aparte de seguir estático, se mostraba insu­ficiente para abastecer la canasta familiar.

El Quindío, que no cuidó sus vacas gordas, padece hoy uno de sus peores momentos. No hay producción agrí­cola y muchos quieren salir de sus fincas. Pero no hay compradores.

Sin industria, y por añadidura sin el halago de una compensatoria satis­facción agrícola, es una región de­primida. Se quedó con la fama y sin los pesos, y bien vale la pena que bajo este diag­nóstico agudo y amargo, pero real, se intente desde el alto Gobierno la apli­cación de medidas que le recompensen su valiosa contribución de los mo­mentos pletóricos, que definitiva­mente ya se fueron.

La Patria, Manizales, 26-V-1981.
El Espectador, Bogotá, 29-V-1981.

 

Categories: Quindío, Regiones Tags: ,

Nuestra plaza principal

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Quizá la referencia más propia de una ciudad sea su plaza principal. La gente considera que es su centro de gravitación. Es como una arteria del corazón que se siente en todas las direcciones. El visitante, antes que en parques y en avenidas, quiere estar en el centro de la ciudad. Busca primero el alma, luego  la cabeza. Eso es la plaza: el corazón del pueblo.

Las fotografías de cualquier sitio muestran, como semblante inocultable, su plaza mayor. Los pueblos y ciu­dades se preocupan por mantenerla aseada y reluciente. Siem­bran en ella árboles y establecen referencias amables. Acaso la pileta o el árbol frondoso (en Pereira, sus célebres mangos) resulten facetas  atractivas. Le colocan fuentes y fa­rolas. Destierran de allí los signos grotescos. Unas bancas artísticas sue­len invitar a la contemplación y el diálogo.

He visto, en distintas épocas y desde diferentes ángulos, esta plaza nuestra que guardan los archivos de la ciudad. La he visto señorial y majestuosa. Acogedora y silente. La he contemplado llena de vegetación, como una invitación a la vida tropical.

En épocas lejanas, cuando existía mayor sosiego, los armenios salían todos los días en excursión a su plaza. Por allí circulaban las mujeres bonitas, mostrando  su exquisita majestad. Era el lugar para el ga­lanteo y el ademán caballeresco. Algunas filas de automóviles, bellamente conservados, delineaban un conjunto armonioso. Eran los coches de la ciudad reposada, que casi no se movían, porque entonces la vida era más de observación que de alboroto.

Hablar de una plaza es como reburujar en las intimida­des de los pueblos. Es como tratar de detener el tiempo que ya se fue, ese tiempo amable para la mayoría –porque recordar es vivir–, y sacar de la memoria confortantes vivencias. Los tiempos, conforme cambian, mutilan y destruyen. Quizá no ha debido cambiarse nunca nuestra plaza principal. Fue tanto como cambiar el alma.

Pero, en fin de cuentas, estamos en otra época. Y cada época tiene su propia fisonomía. Poco a poco nuestra plaza mayor, esta plaza de Bolívar que debemos seguir consintiendo, varió su perfil. Le tumbaron las viejas casonas y en su remplazo se erigieron bonitos edifi­cios, los de la nueva moda. Por uno de sus flancos se interrumpió el paso de vehículos. Al frente se armó una cate­dral moderna y extraña. Y se levantó un imponente monumento a la raza quindiana.

El maestro Arenas Betancur se lució con su obra. Hoy es una plaza moderna.  Está otra vez reluciente, encuadrada en una época nueva. Sólo desentona un edifi­cio desproporcionado –el de la Gobernación–, que nadie sabe por qué se erigió allí, con­trariando la armonía del lugar.

Esta plaza, la de 1981, es la nuestra, la que de­bemos cuidar y hermosear. Es nuestra propia alma expuesta a los vientos y a la admiración de los extraños.

La Patria, Manizales, 24-IV-1981.

Categories: Quindío Tags:

El costo de la muerte

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Que me perdonen algunos periodistas de la ciudad que en los últimos días, al decaer el prestigio del alcalde de Armenia, doctor Hugo Gómez Gómez, se fueron lanza en ristre contra su idea del homo crematorio. En el momento de la noticia, o mejor, del impacto de la noticia, la ciudadanía ponderó esa idea avanzada, pero cuando el burgomaestre se disminuyó ante algunos órganos periodísticos, se le censuró por no darles prelación a otros planes municipales.

Defiendo el acto de valor del doctor Gómez Gómez no sólo por lo que significa como programa de original ocurrencia y de indudable perso­nalidad, sino por llevar implícito un avance social.

El costo de la muerte, cuya incidencia nadie ignora, es uno de los mayores impuestos que debe sufragar el ciudadano. La funeraria, negocio voraz y usurero, sin medio de contrarrestarse ante la poca competencia de las empresas que ejercen en Armenia esa actividad, sale campante en sus ataques desmedidos contra el presu­puesto de las familias.

La funeraria es símbolo de carestía, pero sobre todo de especulación, y es aquí donde es preci­so valorar el acto administrativo del ex alcalde Gómez Gómez, quien sobreponiéndose a la resistencia de la propia Iglesia, dio un paso adelante en esta necesidad colectiva.

Si cada alcalde manda en su año, el nuestro también lo hizo con un aporte sustantivo. Demostró sentido común para hacerle ganar fuerza a una iniciativa nada fácil y, desoyen­do opiniones adversas y venciendo sus propios temores, fue capaz de dejar establecido un puntal para el futuro. Que no se continúe diciendo que el costo de un funeral está al alcance del bolsillo común, y ni siquiera del pudiente, porque esto es un sofisma de distracción.

Puede que el hor­no crematorio, establecimiento ya organizado en muchos sitios del mundo, y que en nuestro país se abre paso cada día más, no sea un programa para el futuro inmediato. Pero no hay duda de que se impondrá en poco tiempo.

Abaratar el costo del funeral es una obra social. La muerte es hoy una de las más gravosas cargas que pesan sobre la comunidad. La ciudad, no sobra repetirlo, carece de control sobre las casas de pompas fúne­bres, y el pobre ciudadano no ha hallado eco en las autoridades para que se le defienda en el agobiante trance de enterrar los muertos.

Aplaudo el gesto del ex alcalde al comprometerse, como lo hizo con gran éxito, en una planeación de tanta enverga­dura. Otros continuarán su idea. No se sabe si la actual administración, que ensaya diferentes derroteros, frenará o no dicha iniciativa. Pero la semilla ha quedado sem­brada.

La Patria, Manizales, 22-IV-1981.

Categories: Quindío Tags: