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El banquero humanista

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Reportaje de Gonzalo Villegas Jaramillo a Gustavo Páez Escobar, gerente del Banco Popular de Armenia

¿En qué estado se encuentra la labor literaria, en su concepto, dentro de las viejas y nuevas generaciones del Quindío?

El Quindío es tierra fértil para el campo literario. Siempre que se haga un inventario real de la cultura del país, habrá que incluir al Quindío como universidad de escritores, poetas, cuentistas, novelistas, periodistas, quienes les dan renombre a las letras nacionales y mantienen, a pesar de los pocos estímulos existentes, un nivel destacado como tierra de literatos. Se extraña que organismos como Colcultura no incluyan en sus tirajes a representantes de la inteligencia quindiana, y cuando lo hacen, solo sea de paso y no con la profundidad que merecen nuestros escritores.

¿Cree usted que es compatible la afición o vocación literaria dentro de la actividad bancaria?

No es muy frecuente el escritor en el campo bancario. Por el contrario, es muy escaso. Cuando alguien de la banca escribe, generalmente es sobre economía y temas fríos. Eso obedece a que el empleado bancario, y digamos más bien el gerente –que esa es la intención de su pregunta–, se maquiniza entre el rigor de cuadros estadísticos, encajes, créditos, lo que termina esterilizando la mente para producir ideas alejadas de la frialdad de un despacho de finanzas. El dinero deshumaniza. Por experiencia sé, sin embargo, que con disciplina es posible atender el mundo de las cifras y el mundo de las letras, y más aún, ser humanista a pesar de las rigideces y limitaciones de un campo tan árido como el bancario.

¿Para usted cuáles serían los autores de cabecera del Viejo Caldas?

El Viejo Caldas cuenta con una nómina preclara de escritores. No en vano se dice que el meridiano de la cultura pasa por estas latitudes. Y seamos justos. No es tan sólo Manizales, como se proclama, la cuna de la cultura. Es todo el territorio entregado a los afanes de la inteligencia y que da muestras de superioridad en el país. No quiero, por miedo a las omisiones, hacer nóminas de cabecera. Pero sí deseo manifestar que he pasado horas entrañables, de inmensas satisfacciones espirituales, leyendo a los escritores de los tres departamentos y viendo el ímpetu de una nueva generación que no deja decaer la cultura. Hay grandes talentos ocultos que deben rescatarse, como Jaime Buitrago Cardona, calarqueño, que dejó obra valiosa en tres novelas indigenistas que pocos conocen, o el de Eduardo Arias Suárez, de Armenia, maestro insuperable del cuento y vertido a otros idiomas, cuya obra anda dispersa y debe revaluarse.

¿Entre los géneros de ensayo, crónica, poesía, novela, etc., cuál es el de su predilección?

Todos los géneros de la literatura me seducen. Ojalá no se entienda esto  como presunción o vanagloria. No es una evasiva ni la respuesta de una reina de belleza. Para ser humanista hay que apasionarse por la literatura en general. Para aclarar el concepto, le manifiesto que para mi gusto no hay preferencias acentuadas entre los distintos géneros de lectura, sino buenos o malos escritores, buenos o malos poetas. Tengo como hábito el de leer varios libros en serie, que voy alternando, de acuerdo con mi estado de ánimo. Tanto sabor, por ejemplo, le tomo a una crónica de Luis Tejada que a un cuento de Maupassant, y lo mismo a los Carnets de José Umaña Bernal, que leo ahora con verdadero deleite, que a Tiempo inmóvil de Carmelina Soto, que releo con igual complacencia. Me gusta la poesía profunda, la romántica, y detesto la moderna en general, la que pretende expresar el sentimiento con contorsiones más que con palabras. El gusto es el que manda. Lo importante no está en leer mucho sino en saber digerir. Yo saboreo los manjares para mi propio paladar, y rechazo los que me disgusten. Por fortuna, hace mucho tiempo que dejé de creer en los críticos. Mejor: en los seudocríticos, de que está poblado el mundo de las letras.

Armenia, junio de 1978.

(Este reportaje fue tomado para una revista bogotana que anunció una edición especial dedicada al Antiguo Caldas. No supe si salió dicho número. Pero quedó el reportaje. GPE).

 

 

 

 

Charla con un nadaísta

viernes, 5 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Varias notas de prensa han recordado el nacimiento del nadaísmo en el país hace 50 años. Una de ellas, la publicada por Augusto León Restrepo en el diario caldense Eje 21, rememora la presencia en Manizales de Gonzalo Arango y su estado mayor por los días en que Luz Marina Zuluaga conquistaba la corona de Miss Universo. No es accidental que belleza y poesía vayan de la mano.

Los nadaístas, a pesar de las muertes notables que se han producido en sus filas, mantienen en alto sus pendones como grupo desafiante de batallas riesgosas, que lejos de sacarlos del campo de combate, les han hecho ganar los trofeos de la inteligencia rebelde y de la libertad ideológica. En los albores del nadaísmo, se dieron cita Gonzalo Arango y Fernando González en la casa del filósofo de Envigado y allí supieron que tenían la misma sangre. “Fernando vio en Gonzalo Arango –dice Eduardo Escobar– la viva estampa de su primera juventud ruidosa”.

Esto de “ruidosa”, para calificar la temperatura alborotada que hacía vibrar al grupo poético, es oportuno situarlo en Manizales (ciudad de nieblas y de fríos eternos) cuando ellos irrumpieron como diablos sueltos que escandalizaron a la comarca conventual y levantaron una llamarada en las conciencias puritanas. Algunos literatos en embrión, y a pesar de ello espabilados dentro del estrecho marco local –como Augusto León Restrepo y su primo William Ramírez Tobón–, avivaron el escándalo y de paso se ganaron unos cuantos anatemas por su manifestación satánica.

En la Universidad de Caldas, los nadaístas leyeron su manifiesto revolucionario, que antes habían proclamado en el Parque Berrío de Medellín, y arremetieron contra los escritores católicos, que eran la flor y nata de la intelectualidad caldense. Esto le valió la destitución al decano que les había prestado el aula máxima. Y cogieron a piedra las instalaciones de La Patria, por alguna nota que los censuraba. Llegó la policía, y los poetas fueron a dar a la cárcel con sus proclamas irreverentes. Con ese motivo, Jotamario escribió su célebre poema sobre los policías de Manizales.

Ahora, al celebrarse los 50 años de aquellos sucesos, he tenido un diálogo veloz con Eduardo Escobar, uno de los sobrevivientes de la barahúnda en Manizales, hoy sereno escritor de El Tiempo y voz cantante del credo nadaísta. Oriundo de Envigado como su filósofo consejero, seminarista en sus mocedades (hubiera podido llegar a ser obispo), hoy un sesentón nostálgico y pleno de vivencias, Escobar ve correr las horas del crepúsculo en su predio rural de San Francisco (Cundinamarca).

De entrada, me dice: “No sé si los cincuenta años de jorobar merezcan felicitaciones o lástima. No es posible enorgullecerse de haber envejecido al amparo de una de las más negativas y la más fructífera de las palabras, y de convertirse poco a poco en la figura de salvedades, de ensayos de vivir y del esfuerzo de pensar, para lograr al cabo de todo no entender”.

Comenta que la última vez que vio a Ebel Botero, entusiasta admirador suyo en las calles de Manizales (ambos jóvenes y con ganas de gozar), fue en Medellín. Así lo describe: “Yo estaba seguro de que moriría de calor, pues rodaba por las ardientes calles de la ciudad de la eterna primavera, de gabardina, con bufanda de seda y sombrero”. Me veo en el caso de contarle que no murió de calor ambiental, sino a consecuencia del veneno que se tomó en el hotel donde residía.

El poeta recuerda a otros escritores de la época, como Mario Escobar Ortiz, que también tuvo final trágico. Y anota que un hijo de Escobar Ortiz, que vive en Pereira y se le perdió de vista, se quedó con algunos papeles de Gonzalo Arango, que ahora quiere publicar un editor inesperado.  “Ojalá no haya hecho lo que hizo Angelita con el archivo de nuestro Gonzalo: echarlo a la candela por estorboso”.

A la Manizales sosegada que los enchiqueró por unas horas le rinde este tributo: “Mis amigos todavía se asustan cuando les digo que en los sesenta la mejor página de opinión del país la tenía La Patria. Un montón de señores mucho más viejos que nosotros, godos, pero algunos proustianos, cultos y con unas prosas muy inteligentes las más de las veces. Recuerdo también esa tristeza del diablo que andaba junto a Fernando Mejía Mejía (poeta de Salamina, muerto en 1986). Y que a Baudilio Montoya (el rapsoda del Quindío) me lo presentaron como diez mil veces, como una figura de museo, que nunca se acordaba de haberme visto”.

Hablamos de Pereira, donde contrajo matrimonio por el rito católico, y luego se separó: “Al fin entendí por qué se dice ‘contraer’ matrimonio, como si fuera igual que ‘contraer’ la gripa, o la hepatitis. Antes de Gaviria, Pereira era más manejable, cuando no se había llenado de traquetos ni tenía viaducto… Viaducto: una palabra cara a Amílcar Osorio”.

Sobre el poeta de la ruana, otra de las figuras literarias que Eduardo Escobar trató durante su estadía en Pereira, le cuento que yo estuve presente en el homenaje que se le tributó al final de su vida y que le ocasionó la muerte. La emoción de ver y de sentir a tanta gente aplaudiéndolo, le produjo un infarto fulminante. Como muestra de aprecio, el Club Rialto le había dispensado el carácter de socio de honor, agrego. “Bueno –interviene Escobar–, pero estoy seguro de que al poeta Luis Carlos González no lo dejaban entrar con ruana en el Rialto…”

Para finalizar esta charla al vuelo que surgió a raíz de la crónica de Augusto León Restrepo, le pregunto cómo se siente hoy en la vida rural de San Francisco, luego de su larga estadía en La Calera y sobre todo de la frenética acción de los manifiestos  y las agitaciones ideológicas (en ese juego arrebatado con la palabra): “San Francisco –afirma– es un lugar de clima medio, cafeterito, que llamamos. Aquí me dedico a tratar de aprender a leer y a mis ejercicios eternos de mecanografía. Una de las cosas buenas de vivir en el campo es que los amigos son siempre bienvenidos. La soledad es un espacio para los amigos”.

El Espectador, Bogotá, 29 de septiembre de 2008.
Eje 21, Manizales, 29 de septiembre de 2008.

Reportaje de Alfredo Iriarte

lunes, 11 de octubre de 2010 Comments off

Revista Magazín al Día
Bogotá, 30 de marzo de 1982

Sala de citas
Por: Alfredo Iriarte

“Hubo una ocasión en que las vacas sagradas de Manizales
dieron leche adulterada”, narra Gustavo Páez Escobar

La coincidencia en una misma persona del intelectual y el banquero es un raro y feliz azar. Pidiendo perdón anticipado por las injustas omisiones en que pueda incurrir, pienso en Germán Botero de los Ríos, en Eduardo Nieto Calderón y en mi banquero de cabecera, Roberto Villar Gaviria, quien después del árido ajetreo de balances, listados, remesas y sobregiros, se dedica con “Bodoque” Caro, su hermano Bernardo y otros amigos, a ejecutar las más exquisitas y refinadas producciones de la música renacentista y medieval.

Pues resulta que otro de esos extraños ejemplares que se destacan en medio de aquella fauna de filisteos sin entrañas está en Armenia, capital del Quindío, es gerente del Banco Popular y se llama Gustavo Páez Escobar, ampliamente conocido por su estupenda columna de El Espectador.

A los 17 años de edad, Gustavo ya tenía que ganarse la vida como empleado de la burocracia oficial. Ya por entonces, en una piecita de alquiler donde vivía en Tunja, escribió en la mesa de noche y a la luz de una esperma, su novela Destinos cruzados, que sólo vino a publicar en 1971. Desde entonces, su producción intelectual no ha parado. Vino luego otra novela, Alborada en penumbra, Alas de papel, una antología de escritos, El sapo burlón, colección de cuentos, y Caminos, que es una selección de ensayos.

Gustavo hace en este reportaje unas semblanzas apasionantes de gentes que han pasado por su vida y que han sido objeto de su admiración y afecto. Curiosamente, estas semblanzas son un péndulo que va desde la izquierda más encarnizada hasta la derecha total.

Hace muchos años el joven banquero Gustavo Páez recibió la misión de trasladarse al extremo Sur, exactamente a Puerto Leguízamo. Allí conoció al médico y escritor Tulio Bayer, cuya indómita rebeldía iba a dar para mucha crónica y mucha historia en las décadas de los cincuentas y sesentas. En las infinitas veladas de la manigua, estos dos intelectuales hicieron una honda amistad que aún persiste.

Poco después, durante el gobierno del general Rojas Pinilla, el gobernador Sierra Ochoa, de Caldas, nombró a Bayer secretario de Salud del departamento. Poco tardó Tulio en comprobar que las más intocables vacas sagradas de Manizales se daban alegremente a la nada loable tarea de vender a la ciudadanía leche adulterada. El secretario se valió de la ayuda de intrépidos estudiantes, creó retenes en las entradas de la ciudad y sorprendió in fraganti a los adulteradores, a quienes sancionó sin contemplaciones. Desde luego, la revancha de los aristocráticos lactotraficantes no se hizo esperar. Pagaron malhechores para que saquearan el apartamento de Bayer y lo amenazaron y acosaron hasta que lo obligaron a salir de Manizales.

Después de muchas peripecias amargas, Bayer fue nombrado en Bogotá director científico de Laboratorios CUP. Al poco tiempo, este implacable sabueso de iniquidades y corruptelas empezó a descubrir toda suerte de negociados y atentados contra la salud de los usuarios. Obviamente, no tardaron en despedirlo.

A raíz del despido de CUP, Bayer padeció físicas hambres. En esas deplorables condiciones, logró colocarse en cierta agencia de noticias como traductor de cables con un estipendio misérrimo. Al terminar la jornada del primer día, el gerente lo invitó a un sandwich. Bayer, que tenía una hambruna acumulada de semanas y que además mide dos metros, se engulló una cena de cerveza, sopa, seco y postre. El gerente pagó la cuenta pero al día siguiente lo despidió por glotón. Luego vinieron más penurias, la rebeldía final, la cárcel y el exilio en París, donde, según me cuenta Gustavo, vive cómodamente pero con una incurable nostalgia del “olor de la guayaba” y añorando aquellos tiempos juveniles de Manizales en que acabó de manera fulminante con una peligrosa invasión de ratas pagando un peso a todo portador de una rata muerta.

Como contraste con la vida azarosa y quijotesca de Tulio Bayer, me cuenta Gustavo que hay un hermano suyo que vive en la opulencia y con quien Tulio sostuvo una querella mortal cuando descubrió que los obreros de una fábrica de baldosas de su hermanito oligarca se estaban envenenando los pulmones con el polvillo letal que resultaba de la elaboración de las cerámicas.

“Eduardo Caballero Calderón
fue el libertador de Tipacoque”

Saliendo de la izquierda, el péndulo de las semblanzas que traza Gustavo pasa brevemente por el centro para detenerse en la figura hidalga de Eduardo Caballero Calderón, a quien Páez, que es boyacense de Soatá, y por ende vecino de Tipacoque, conoció dentro del marco de sus tradicionales dominios. “Eduardo Caballero Calderón fue el emancipador de Tipacoque”, me dice Gustavo. Y la afirmación es exacta si se tiene en cuenta que Tipacoque fue corregimiento de Soatá hasta que Eduardo logró que lo hicieran municipio. Soatá es archigodo y Tipacoque liberal y en tiempos pasados no fueron pocos los muertos y contusos que resultaron de esta acre rivalidad.

El siguiente personaje que retrata Gustavo al pasar el péndulo a la derecha ya murió. Se trata de otro personaje incorruptible. De una rectitud moral procera. Se trata del boyacense Eduardo Torres Quintero.

En la rica personalidad de Torres Quintero se daban unos contrastes y unas características sorprendentes (*). Era un laureanista idólatra. Paupérrimo y padre de once hijos. Hombre de una vasta cultura, madrugador y laborioso, no obstante que era a la vez adicto al aguardiente y a las cartas y mujeriego irreductible. Bajito y canijo, lo llamaban “el burro” por su notable fealdad, no obstante lo cual, vivió siempre rodeado del respeto unánime de la ciudadanía por su talento luminoso, su probidad ejemplar y su honda calidad humana. Era áspero y taciturno pero poseía un corazón de monja. Una vez, siendo contralor del departamento, estaba embebido en el dictado de una resolución feroz en la cual castigaba con todo el rigor algún prevaricato o concusión. Estando en ello, alcanzó a ver por la ventana a una niña que lloraba sin consuelo porque se le había roto una botella de leche. Enseguida suspendió el dictado, llamó al portero, le dio la plata y le ordenó que sin tardanza le repusiera la botella a la niña.

Lógicamente, Torres Quintero era de una lealtad rabiosa a sus creencias políticas. Cuando Rojas Pinilla subió al poder, Torres, como todos los laureanistas, cayó en desgracia y en el ostracismo burocrático. Ello no obstó para que, sin temor alguno, levantara tribuna laureanista en los cafés de Tunja cuando se tomaba sus aguardientes, pero a pesar de todo ello, dada su prestancia social y familiar, sus amigos lograron que fuera nombrado personero de Tunja. A la sazón, los acuciosos burócratas rojistas andaban repartiendo retratos del Supremo por todas las oficinas públicas. A Torres le llegó el suyo. Lo echó a un rincón y conservó en su sitio el de su derrocado jefe con una ostensible leyenda que decía: “Laureano Gómez, Presidente constitucional de Colombia”. Un día que estaba ausente de su despacho, unos empleados lambones y medrosos por la suerte de sus míseros destinos, retiraron la efigie de Laureano y colocaron la de Rojas. Torres regresó y se encolerizó. Llamó a los burócratas, los cubrió de insultos y los amenazó con pedir una investigación por hurto de bienes del Estado. Les dio un plazo de diez minutos para devolver el retrato perdido y salió a tomarse un tinto. Cuando volvió, de nuevo Laureano presidía el recinto y Gurropín había regresado al rincón. No le duró mucho el disfrute del triunfo. Al día siguiente estaba destituido.

Este coloquio termina con el grato sabor que deja la hermosa evocación que hace Gustavo Páez Escobar de tres varones esencialmente disímiles pero identificados por el común denominador de una rectitud insobornable y unas virtudes morales de esas que ya en este país no podría localizar ni Diógenes con su linterna mítica.


(*) Aclaración de Gustavo Páez Escobar. En mi charla con Alfredo Iriarte, sin micrófono de por medio, le describí algunas características de Torres Quintero y él las tradujo a su manera. Ciertos términos empleados por el entrevistador, que suenan peyorativos, corresponden a su propio léxico y yo no los pronuncié ni los di a entender. Por lo tanto, me veo en el caso de rectificar estas expresiones: paupérrimo (la situación económica de Eduardo Torres Quintero no era holgada, y tampoco de suma pobreza); adicto al aguardiente (sus bebidas predilectas eran el brandy y el whisky); bajito y canijo (era delgado y de mediana estatura, nunca “canijo”); mujeriego irreductible (su alma romántica y poética lo convertía en ferviente admirador de la gracia femenina); áspero y taciturno (sobra el término “áspero”: por el contrario, era uno de los seres más amables y bondadosos que yo haya conocido).