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Archivo para la categoría ‘Panorama nacional’

Salud y seguridad social

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Varios dirigentes cívicos de Ar­menia —César Hoyos Salazar, Al­berto Gómez Ceballos, Alfonso de la Cruz, Janil Avendaño y Alfonso Cardona—, que se preocupan por los asuntos nacionales, estudian, alre­dedor de la Sociedad Económica de Amigos del País, los problemas de la seguridad social.

Es conocido el general estado de deterioro admi­nistrativo y crisis económica a que han llegado las entidades encargadas de proteger a los trabajadores: el Instituto de Seguros Sociales, cuyo improvidente manejo financiero obligó en fecha reciente al reajuste de los aportes obrero-patronales y registra considerable déficit de reservas; el Fondo Nacional de Ahorro, sumido en tremenda con­fusión; la Caja Nacional de Previsión y sus homólogas de carácter depar­tamental y municipal, dominadas por la politiquería y los manejos ines­crupulosos.

El grupo de Armenia le abre campo a un proyecto de ley que busca la creación de lo que ellos denominan Banco de la Seguridad Social, que sustituiría y agruparía en un solo organismo las dependencias nom­bradas. Se alimentaría con los aportes obrero-pa­tronales y los recursos del presupuesto público y tendría las funciones de un banco de captación y crédito para administrar sus propios fondos en beneficio de los afiliados.

Aparte de seguir prestando los mismos servicios actuales, pero con mayor eficiencia y mejores sistemas de control, financiaría vivienda y establecería una fiducia para hacer rentable un fondo que proteja la época de la vejez. Y contaría con fondos especiales de redescuento en el Banco de la República destinados a reforzar la infraestructura de la sa­lud.

El nuevo molde, así esbozado en términos generales, se muestra in­teresante. Pero habría que meditar en el riesgo que representa involu­crarle al campo de la protección so­cial el azar de un ente financiero de tan difícil manejo. No creo que esto sea conveniente y por el contrario me parece peligroso.

Es aventurado atender dos especializaciones. Desmontar una empresa para mon­tar otra es tarea compleja y a veces contraproducente. Y más complicado aún es fusionar institu­ciones en bancarrota, que han de arrastrar sus propios descalabros.

Pero la idea de los amigos de Armenia, que se halla en plan de maduración, lleva implícita una inquietud que merece estudiarse más a fondo. Hay que someterla a nuevos debates y nuevas purgas para que la estructura que se propone resulte lo suficientemente sólida.

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Y ya que tocamos al Instituto de Seguros Sociales, señalemos al vuelo algunas de sus principales fallas. Los usuarios se quejan de indiferencia en el trato por parte de médicos y en­fermeras, lo que no favorece la  disposición del paciente para la cura que busca. La consulta médica se ejecuta de afán y  sin el necesario análisis. En esta congestión de masas, que ocurre sobre todo  en la capital del país, no puede ejercerse una medicina mínima.

En Bogotá las citas diarias se dan sólo por espacio de una hora, y para que la persona logre asegurar sitio en las inmensas colas que se forman, y que se cortan con rigor impresionante, debe madrugar a las cinco de la mañana. ¿Por qué no se amplía el servicio a otras horas del día? Cuando se prescribe un espe­cialista, hay que esperar 30 días. Así vistas las cosas, es prohibido enfermarse.

Las drogas se escasean de conti­nuo, y las fórmulas resulta pagándolas el usuario en una droguería particular. Otro problema es el de las incapa­cidades hasta de tres días (o sea, las que no tienen costo para el Seguro pero sí para la empresa), que se dan en forma sistemática, como por salir del paso, con serio estímulo para la holgazanería nacional y la indisciplina laboral. Y cuando se acentúa la severidad, a nadie se in­capacita aunque lo necesite. Esta falta de criterio es inexplicable.

La medicina preventiva, que de­biera ser una de las principales inquietudes del Estado, no existe. El paciente, convertido en un simple número de afiliación, se mantiene aislado de su médico (el otrora médico de familia) en este enredo de las colas y las apatías institucionales. Estos son algunos de los lunares que afean el rostro de la medicina social. Bien está, entonces, que se agite el tema para hallar soluciones.

El Espectador, Bogotá, 29-V-1986.

 

El caso Duque

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Alberto Duque, llamado barón del café, fue condenado en Es­tados Unidos a 15 años de prisión, fallo que de acuerdo con las leyes norteamericanas quedaría reducido a 5 o 6 años de cárcel efectiva por no existir en el inculpado antecedentes penales. De haberse castigado en todo su rigor los diferentes delitos en que incurrió, éstos habrían signifi­cado 288 años de prisión, cifra irreal para la breve existencia del hombre. Hubo, por consiguiente, generosidad en la sentencia.

No se trata de hacer cálculos innecesarios sino de sacar algunas conclusiones, ya de estricto orden moral, sobre la delincuencia que protagonizan, con espectacularidad y arrojo, los personajes del llamado jet set internacional. Es la misma delincuencia en que caen, dentro del ambiente nacional, al­gunos ejecutivos con ánimo de fi­guración y con ansias incontenibles de poder y dinero.

Alberto Duque, empresario brillante que hubiera podido dirigir con éxito cualquiera de nuestras grandes industrias, prefirió desviarse por los caminos seductores y fantasiosos de la riqueza rápida. Dueño de enorme habilidad para moverse entre los laberintos de las cifras millonarias y extraer de éstas resultados inaccesibles al co­mún de la gente, no se conformó con el ritmo razonable de los números, que aconseja prudencia y sabiduría, sino que se dejó dominar por la am­bición más allá de lo lícito.

La ambición constituye uno de los mayores motivos de las desgracias humanas. Cuando el hombre, pudiendo disfrutar de una vida holgada y gratificadora, pierde la cabeza por el dinero concupiscente, alcanza el infortunio. Duque, a quien el éxito de los negocios llegó muy temprano, se enredó entre su propia destreza para multiplicar capitales. Como quería siempre más, vicio peculiar de los capitalistas, no midió riesgos y se dejó seducir por los dólares frenéti­cos con los que sostenía su imperio de la fastuosidad y el derroche.

Matriculado en el jet set, comen­zaron a surgir yates, automóviles, palacios y lujos principescos, todo lo cual debía alimentarse con los ne­gocios audaces y las chequeras abultadas. Esta red de riqueza, sexo, aventura y escándalo social es la que mueve a los protagonistas de la frivolidad mundana entre excentricidades y apetencias sin fin. Es un éxito caduco, porque también es deleznable.

Ese, por desgracia, es el ter­mómetro que midió la fama del playboy internacional. Así se explica la caída del tristemente cé­lebre barón del café. Se le abonan, irónicamente, su intrepidez y su in­teligencia para penetrar en los complicados círculos económicos de los Estados Unidos hasta realizar transacciones desconcertantes. Con tales recursos y conforme consoli­daba su prestigio de mago de las finanzas, deslumbró a los mayores capitalistas neoyorquinos.

Comenzó saltando simples escollos aduaneros y terminó violando los códigos más rígidos, hasta llegar al fraude al Estado, uno de los delitos más condenados por la legislación norteamericana. El imperio se de­rrumbó de un momento a otro. Y fue tal el impacto de la caída, que el es­cándalo repercutió en todo el mundo. Los abogados, claro está, buscarán la rebaja de la pena. Lo más importante no son los años de prisión sino la pérdida del honor y la afrenta para el nombre de una familia. Ju­ventud frustrada en pleno éxito por el vértigo de la notoriedad y el dinero dañino.

Queda la lección para las mentes inquietas y deslumbrantes que sa­crifican la vida de tranquila por la carrera alocada de los negocios desbordados. Duque, como tantos otros que hemos visto en nuestro país atrapados entre los señuelos del di­nero falaz, hubiera podido acometer grandes empresas de bienestar so­cial. Lo que le sobró de ambición le faltó de prudencia y madurez. Ya se ve que tanta carrera y tanto brillo no conducen a nada.

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La voz del lector. Dice Rafael Genez Prestán, desde Cartagena: «Si después de la visita del Papa sumá­ramos las inversiones realizadas, constataríamos que no menos de cien soluciones de vivienda hubiéramos podido donar a personas pobres y humildes que si desayunan no al­muerzan».

El Espectador, Bogotá, 26-V-1986.

 

El ocaso de Belisario

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Lo bueno y lo malo del mandato de Belisario debe servir de aviso para los próximos gobiernos. Sobre todo del gobierno entrante. Cualquier Presidente deja lecciones para la posteridad. Al fin y al cabo un pre­sidente de la República encarna una época, con sus conflictos, fracasos y aciertos, y hacia ella mirará la opinión del futuro, libre de presiones y ofuscamientos.

El ciclo próximo a cerrarse ha sido de los más agitados y controvertidos de los últimos tiempos. Y de los más difíciles de interpretar. Belisario rompe en dos la historia contemporánea del país. Ya dijo López Michelsen, el de las frases incisivas, que después de este gobierno todo es diferente. No precisó si mejor o peor, sino que el molde belisarista no se repetirá. Se copiarán algunas de sus fórmulas y se condenarán algunas de sus actuaciones, como acontece siempre alrededor de los hombres importantes. Y es indudable que el ritmo paisa tiene autor exclusivo.

Belisario significó la mayor espe­ranza para el pueblo agobiado de impuestos y carestías y castigado por las maquinarias políticas y los grupos financieros. Sus tesis, que ofrecían soluciones ideales para estos males, recibieron entusiasta adhesión y así, vigorosamente, se inició el gobierno con mayor respaldo popular de los últimos años. Gobierno afortunado en sus comienzos.

Se destapa­ron las ollas podridas de la inmoralidad, fueron puestos a buen recaudo peces gordos (aunque otros huyeron y hoy gozan de cómoda impunidad en el exterior), se demostró independencia frente a presiones de los políticos y se frenaron los impuestos. Mayores realizaciones no se habían visto en muchos años y en tan corto tiempo.

Todo comenzó a desmoronarse cuando el Presidente accedió a las intrigas políticas. Ahí comenzó a deteriorarse su imagen. Ahí comenzó la pérdida de la credibilidad pública. Después los impuestos se desbor­daron, vino el desempleo y entró en bancarrota la producción nacional. Los esfuerzos presidenciales no eran suficientes para atajar la crisis económica que todos los días se agravaba.

Sus implacables batallas contra la corrupción, sin duda su mayor logro, serán aplaudidas en el decurso del tiempo. Los gobiernos sucesivos ya de hecho están beneficiados por ellas. Con esa sola bandera estuvo a punto de hacerse un gran período. Pero sobrevino el fenómeno de la narcoguerrilla. Azote siniestro que per­petró los peores atentados y deses­tabilizó el imperio de las institucio­nes.

El Presidente, gran apóstol de la paz, como es posible que no vuelva a haber otro de su mismo temple y su porfía, buscó por todos los caminos la reconciliación de los colombianos. Pero se equivocó de tácticas. La mano tendida se volvió paternalista y quedó sin aliado. Puestos en libertad los mayores ac­tores de la violencia, impusieron éstos su mandato de terror.

Un ministro cayó inmolado por defender la legalidad. Se incendió el Palacio de Justicia y sus magistrados fueron masacrados. La justicia ardió ante el mundo entero, en un país colmado de injusticias. Del programa de la paz sólo se salvaron las buenas intenciones. Pero per­manecen algunos resquicios para buscar otras luces.

La hora actual de efervescencia electoral y arrebato sectario no permite el juicio sereno sobre este Gobierno. Ahora todo anda tergi­versado en el remolino de las pa­siones. La gente se duele de las carestías, los impuestos, la inseguridad, el desempleo. Y lanza guijarros contra Belisario, a quien se tilda de tole­rante, de iluso, de disperso.

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Sin embargo, los tiempos futuros darán otro veredicto. Dirán que tu­vimos un Presidente esforzado, gran patriota, carente de vanidad y con permanente ánimo de acertar. Respetuoso de las libertades, pero no siempre receptivo a los clamores del pueblo. Desoyó las fórmulas de la paz cuando se le pedía que no soltara a los delincuentes.

Más tarde se verán las obras materiales y sobre todo las obras morales, que ahora se diluyen en la refriega partidista. La historia también reconocerá que la mala suerte —la estrella negra del Go­bierno— se encarnizó con este hombre bien intencionado que pretendió cambiarle el rumbo a Colombia. Un mártir del destino.

Su sencillez, su espíritu didáctico, su capacidad de trabajo serán segu­ramente inimitables. Nunca fue un Gobierno arrogante, pero sí tuvo ministros arrogantes. Cometió equivocaciones, pero tal vez los aciertos son superiores. Y es posible que al paso de los días se le eche de menos. El ritmo paisa es ya un reto histórico.

El Espectador, Bogotá, 5-V-1986.

 

La visita del Papa

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Son muchas las ideas que suscita la venida del Papa a Colombia en estos momentos de desorientación religiosa y descomposición social. Siendo el nuestro un país católico, le correspondería el privilegio de al­bergar, con la alegría de otros pue­blos creyentes, al máximo jerarca de la Iglesia romana. Pero Colombia, que en los últimos tiempos se ha desviado de los postulados cristianos y ha protagonizado ante la faz del mundo las mayores atrocidades que caben en el ser humano, no merece esta distinción.

La sola guerra fratricida que diezma en acto continuado la vida de los colombianos, sin saberse a ciencia cierta qué se persigue con tanta sevicia, nos coloca como una nación de caníbales. Valerosos sol­dados, humildes campesinos, enlo­quecidos criminales, trenzados en el sordo y frenético caldero de la in­sensatez, los unos defendiendo la legalidad y los otros atacándola —mientras todos caen acribillados—, tienen convertido el mapa de la pa­tria en una sola y gigantesca mancha de sangre que nos humilla y nos re­baja a la condición de fieras.

No se ha oscurecido aún el triste espectáculo del Palacio de Justicia ardiendo bajo el crepitante amasijo de los odios y las pasiones, ante la mirada adolorida de familiares y compatriotas que tal vez llegaron a dudar de la misericordia divina. Ni se ha borrado el reguero de vida de un ministro, capitán de la justicia y las causas nobles, que de­fendió, en encrucijada tendida por el hampa —hasta caer abatido por los enemigos de la civilización—, lo poco que todavía nos quedaba de­fendible en este país de narcoguerrilleros. (Exacta fusión ésta del narcotráfico con la guerrilla para calificar la vocación que anima a las juventudes modernas que buscan en la aventura y el enriquecimiento el fácil sendero de liberación, que sin embargo no encuentran).

El propio Papa, que ha sido blanco del odio universal y que conoce en todas sus honduras la maledicencia humana, se erizará cuando las noticias le cuentan que en un país tropical de América del Sur her­manos a hermanos se hacen la gue­rra, se mutilan, se destruyen, y allí se asesinan magistrados, ministros, sacerdotes, alcaldes… se incendian palacios de justicia y se atenta, en fin, a toda hora y sin ningún escrú­pulo, contra el sagrado derecho a la vida.

Políticos y gobernantes in­morales saquean los bienes de la comunidad, se apoderan de las prebendas del Estado, pisotean a los humildes, manipulan las elecciones, imponen maquinarias, pervierten las costumbres, se enriquecen a sus anchas y manejan, como amos y se­ñores, la suerte de este país adorme­cido que perdió la capacidad de pro­testar.

Pero el Papa nos visita. Nos da el honor de acercarnos a quien representa todo lo contrario de lo que somos. Él, como Pontífice de la cristiandad, trae su mensaje de paz, de esperanza, de confraternidad, de amor. Y lo va a depositar en esta tierra que vive en guerra, que ignora las igualdades sociales, que hace del odio su arma cotidiana.

Colombia, admitámoslo sin equí­vocos, no merece la visita papal. Pero la necesita. Quizá por eso se pro­gramó. Tal vez en ningún momento de la historia colombiana como en este de angustia y de animadversión general son más urgentes los men­sajes de la fe, la tolerancia, el amor. Y el conductor de almas, que así lo ha comprendido, viene a difundirlos en este pueblo que se ha apartado de Dios.

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Antes de recibir al Pontífice pro­curemos, más que arreglar calles y enlucir fachadas, que es lo que ahora se hace precipitadamente, limpiar la conciencia. Que los asesinos sus­pendan el fragor de las balas a ver si se acostumbran al reposo de la con­vivencia. Que los apátridas depongan sus criminales instintos de destruc­ción para vislumbrar una nación más generosa. Que el afán de lucro, de explotación y despojo, tan anidado en las cavernas de los malos dirigentes, cambie por el sentido del servicio público y la armonía social.

Preparemos primero el corazón, que las avenidas, y los edificios, y las obras suntuarias imprimen ornato pero no curan las heridas del alma. Ojalá Colombia –que somos todos– recapacite en sus yerros y en sus pecados y busque, en medio de tanta oscuridad y al olor de la Semana Santa, la luz y la esperanza que significa la visita pastoral.

El Espectador, Bogotá, 10-IV-1986.

 

El reto de Resurgir

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Una monja amiga mía me conta­ba en estos días, a propósito de la tragedia producida por el Nevado del Ruiz, algunas experiencias que vivió dentro de la catástrofe del terremoto de Cúcuta, siendo colaboradora social en un centro hospitalario de esa ciudad.

En aquella emergencia, al igual que ocurre ahora, se puso en evidencia la solidaridad humana con los damnificados a través de auxilios económicos, drogas, alimentos, co­bijas y diversidad de artículos indi­cados para la ocasión, que llegaban procedentes de colombianos y de gobiernos del mundo entero. Y a pesar de la abundancia que se veía llover sobre la zona del desastre, muchas cosas escaseaban.

En el hospital donde trabajaba la religiosa no se conseguían cobijas para gran cantidad de enfermos, y recursos tan elementales como los antisépticos y los calmantes, recibidos en profusión, no aparecían en los momentos de mayor angustia.

Con el tiempo se vio surtido el almacén de un alto funcionario del gobierno local con frazadas de di­ferentes marcas y procedencias, y las droguerías exhibían los medica­mentos que buscaba la monjita para aliviar el dolor de los heridos, muchos de los cuales habían fallecido por falta de recursos oportunos. Ella fue testigo, desde su discreta posición, del desvío de auxilios y del enrique­cimiento de los esquilmadores que nunca faltarán en las grandes ca­lamidades.

Es el mismo riesgo que ahora se presenta con la catástrofe del Ruiz, esta vez en mayores proporciones dada la voluminosa afluencia de todo género de aportes —incluidos los sonoros dólares— que han llegado y siguen llegando. Es explicable el caos que se origina por la dimensión del problema, del que nacen la vo­racidad y la rapacidad de quienes tratan de medrar a la sombra de las desgracias públicas. De ahí la tarea titánica que significa controlar el gigantismo y desenmascarar a los avivatos.

Para administrar la situación ac­tual el Gobierno fundó a Resurgir, presidida por el doctor Pedro Gómez Barrero y conformada por otros elementos que como él representan una garantía cívica y moral de la mayor prestancia. Es la entidad encargada de calmar la angustia de los desheredados. Entre sus planes de mayor alcance está el de la re­construcción de viviendas y la crea­ción de lo que podrían ser los prin­cipios de una nueva civilización.

Tarea nada fácil, por cierto. Manejar el caos no es empresa deseable para nadie. Para eso se necesita enorme capacidad de sacrificio y esa es sin duda la primera virtud que están demostrando los miembros de la junta.

Los damnificados de Armero, la población más afectada, hoy borrada del mapa, han comenzado a quejarse por la lentitud con que se atienden sus clamores. Piden que haya mayor rapidez para darles vivienda y que ésta, además, constituya solu­ción efectiva. Hay inconformidad por el reparto de los auxilios y se oye hablar de la aparición de los explo­tadores que pescan en este río re­vuelto. Los trámites aduaneros, tan engorrosos y a veces insalvables en este país de trabas, determinan que muchas mercancías se pierdan o se deterioren, como los alimentos y ciertas medicinas.

Por las calles de Bogotá acaba de desfilar una nutrida manifestación que protesta por la ineficacia de Resurgir y pide la aceleración de los remedios sociales, sobre todo la construcción del nuevo pueblo. Tal vez se exige demasiado en tan poco tiempo. Pero son explicables el dolor y la desesperanza de estas familias que se quedaron sin nada.

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Al doctor Pedro Gómez Barrero, el apóstol de la hora calamitosa, se le enjuicia con exceso de rigor, y sin duda de incomprensión, pero él ha sabido entender las circunstancias y se enfrenta con estoicismo al reto social que supone esta empresa de dolor y desmesura, superior a sus propias empresas urbanísticas. Ante todo sabe que está prestando un servicio desinteresado a su patria y a su comunidad.

Y para él, sobre todo, queda el mensaje del terremoto de Cúcuta, donde una monja, hoy anciana, pre­senció los abusos, los desvíos, el en­riquecimiento de personas inescru­pulosas, la confusión y la anarquía.

El Espectador, Bogotá, 24-II-1986.