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Archivo para la categoría ‘Panorama nacional’

La solución es por Salento

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Siempre que se interrumpe el paso por La Línea nos acordamos de que hace muchos años han debido iniciarse los trabajos para abrir la carretera por Salento. Entre los tantos proyectos importantes que se encuen­tran congelados en el país, es éste uno de los que recla­man mayor urgencia. La Línea ha sido un peligro permanente, y esto lo saben todos los Gobier­nos. Ninguno, sin embargo, se ha atrevido a acometer la iniciación de la carretera por Salento, quizá por sa­ber que es una obra gigante que no se terminaría en los cuatro años que dura su Gobierno.

La carretera actual, sostenida entre abismos como un reto a la naturaleza, seguirá expuesta a deslizamientos por más que las maquinarías oficiales salven cualquier emergencia.

Pero no es sensato seguir invirtiendo cuantiosas su­mas en el sostenimiento de una vía que no resiste un invierno duro y que hasta en buen tiempo corre el ries­go de ser devorada por la erosión. Como es tierra de po­ca consistencia, el tráfico pesado contribuye a deterio­rar el piso y, lo que es peor, a causar tragedias impredecibles.

Es una de las vías más congestionadas de Colombia por la afluencia de vehículos a Buenaventura y de este puerto al interior, por donde se desliza el grueso de nuestras importaciones y exportaciones. Camina por allí, día y noche, la economía grande del país, que debe trepar la  cordillera casi inaccesible para poder abas­tecer los mercados. Esta sola consideración debería obligar a buscar, así fuera a largo plazo, una solución radical.

Cuando los inviernos imponen su rigor, es casi auto­mático el cierre de La Línea. Pero, además, en forma perma­nente quedan atravesados en mitad de la vía pe­sados camiones que obstruyen la circulación por horas y días enteros. Un deslizamiento de proporciones deter­minaría una catástrofe incalculable, como la ocurrida hace pocos años en la vía al Llano.

Estudios serios que se iniciaron siendo ministro de Obras Públicas el doctor Jorge Leiva indican la necesi­dad, y no la simple conveniencia, de abrir túneles por la región de Salento para conseguir una carretera firme entre Armenia e Ibagué. La obra cuestaun dineral, pero no es tarde para iniciarla.

Ese era el camino lógico de épocas viejas. Por allí pa­só el Libertador con sus ejércitos patriotas. A veces in­sistimos en luchar contra lo natural,  y esto es una ter­quedad. Se gastan, como en este caso, sumas ingen­tes en la conservación de unos kilómetros que atentan contra las leyes de la naturaleza y contra la vida de los colombianos.

Ojalá algún Gobierno entienda, al fin, que continuar sosteniendo una carretera ilógica como esta que se prende a la cordillera que la rechaza, no es ningún plan razonable.

La solución es por Salento. Mientras más se aplace su comienzo, más ineficacia habrá para manejar con mejor suerte los impuestos de los colombianos.

La Patria, Manizales, 22-XI-1980.

* * *

Comentarios:

Apartes de un comentario editorial de Ovidio Rincón en Tribuna del Quindío, La Patria, Manizales, 13-XII-1980:

No conocemos y habría de reclamarse la abnegada presencia de Gustavo Páez Escobar cuyo reciente comentario sobre la unidad vial entre el Tolima, y desde luego el centro del país y el occidente de Colombia, es página magistral por lo que sugiere y reclama (…)  Hay, pues, entre quienes plantean soluciones sobre la carretera Armenia-Ibagué, una apreciación errónea. No es tan grave el estado geológico entre Calarcá y Cajamarca no obstante la situación poco satisfactoria de ciertos tramos, como el de Cajamara a Ibagué, que no tiene enmienda posible. No sabríamos decir si la construcción por Salento modifique, como parece que modificará, el itinerario de los vehículos el que sería desvío injustificable por Ibagué. Al fin y al cabo, no se puede traicionar impunemente la geografía. La ruta normal en las comunicaciones entre el occidente y el centro y oriente del país será la que cruce la cordillera por Salento, y el río Magdalena por Cambao. Todo lo demás, siendo importante, se ha hecho a fruto de la naturaleza que ni olvida ni perdona (…)  Lo que resta es la demanda pertinaz de los quindianos ante el Ministerio de Obras Públicas para que dé a la nueva vía la prelación necesaria (…)

Apostilla del columnista:

Finalmente, en el Gobierno del presidente Álvaro Uribe se decidió la solución por Salento. La obra se inició en el año 2009. La construcción del túnel que conectará a Calarcá con Cajamarca, en una extensión de 8.6 kilómetros, fue contratada por 629.000 millones de pesos. Esto permitirá reducir el tiempo de recorrido en 40 minutos, aumentando la velocidad de 20 km/h a 60 km/h. El contratista ha recibido 317.000 millones de pesos y registra un atraso del 42% en la ejecución del programa (dato de la Contraloría General de la Nación). Desde que escribí el presente artículo, hasta el día de hoy (4 febrero de 2011), han pasado 30 años. Y desde la propuesta de Jorge Leiva en el Gobierno de Laureano Gómez, cerca de 60 años. Falta saber en cuánto tiempo se concluirán los trabajos. ¡Así caminan las obras públicas en el país! GPE

La guillotina existe

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Necesita guillotina la sociedad moderna? Parece que sí. Cuando en días pasados leímos en la prensa que serían ajusticiados en ella Jean-Luc Riviere y Mohammed Chara como asesinos de una señora de 35 años y una niña de 8, sentimos que resurgía la Francia de los Luises y las revoluciones.

Este temible aparato, que en unas ocasiones se empleó para hacer justicia y en otras para tomar vengan­za, sacudió la vida francesa hace 200 años. No hay du­da de que se cometieron muchas injusticias. Pero tam­bién se corrigieron muchos abusos. Si la pena de muerte se encuentra hoy abolida en la mayoría de los países por prestarse a represalias y equivocaciones, sería de­seable para no pocos casos atroces que sacuden la con­ciencia pública y corrompen la sociedad.

Cuando vemos que las mafias mantienen en jaque al pueblo antioqueño y al país entero y sacrifican sin escrúpulo a jueces y honrados ciudadanos, en abierto reto del atropello y la degradación contra el orden y la ley, quisiéramos trasladar a nuestro país a ese verdugo moralizador.

Unas bandas de facinerosos que parecen amasadas con instintos cavernarios tratan de destruir lo bueno que tenemos, en manifiesto y al propio tiempo logra­do propósito de socavar los cimientos del Estado. Lo hacen en las más diversas y horrendas manifestaciones de sevicia y provocación, sin que la ley consiga preser­var la moral.

Si a los asesinos de Francia los pasaron por la guillo­tina por crímenes horrendos,  ¿qué decir de los asesinatos que en Colombia se ejecutan a sangre fría y con aviesas intenciones? Hoy es el juez que cae acribillado en cumplimiento de sus deberes. Mañana será el hombre de empresa, o el funcionario del Estado, o el humilde labriego, a quienes es preciso eliminar para sembrar confusión e implantar la anarquía.

La guillotina cometió errores. También a nombre de la justicia suceden muchos desaciertos. Pero la sociedad necesita a veces escarmientos para cambiar de rumbo. En Francia la guillotina trabajaba todas las horas del día, implacablemente. El pueblo huía de ella como de un monstruo. Cortaba cabezas como en un proceso industrial. Era, en alguna forma, un sistema higiénico.

Marat, el sanguinario, quería guillotinar a 250.000 personas más, ya en el colmo de la obsesión. Para que eso no sucediera, lo guillotinaron a él. Luis XVI fue condenado a muerte por abusos del poder, y lo siguió gran parte de la nobleza y el alto clero. María Antonieta, símbolo universal de la liviandad, la intriga y la corrupción, pagó con su cabeza los desatinos de su reinado. Grandes y chicos rindieron su vida ante el bárbaro potro del suplicio.

En Colombia tendríamos que inventarnos nuestra propia guillotina. Hay que depurar las costumbres y detener el desenfreno. Primero habría que limpiar la concupiscencia de los políticos y de los funcionarios públicos que pervierten la moral del país. Dicen que en Pereira hay ahora tranquilidad porque unos comandos fantasmas se encargaron de aplicar su propia justicia.

La Patria, Manizales, 6-XI-1980.

 

Mentiras de las encuestas

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La imaginación callejera fábrica fantasías. Hoy están de moda las encuestas. Y hay quienes ponen en ellas demasiado entusiasmo. Los expertos en publicidad buscan conquistar imagen para su produc­to poniendo al público a hablar bellezas, por ejemplo, sobre las virtudes del jabón sacamanchas que deja limpias y relucientes las ollas en un segundo. La alegre ama de casa aparecerá en la televisión despercudiendo los implementos de cocina a medida que les aplica la par­tícula milagrosa. Si usted hace lo mismo, no conseguirá iguales resultados porque el brillo era más de la televi­sión que de la cacerola.

Hemos escuchado, hasta la fatiga, la encuesta de RCN acerca del fallo político de los concejales del país a favor de Alberto Santofimio Botero. El agraciado se siente presidente de la República. No es improbable, desde luego, que lo sea. Ya sacó página entera en los periódicos del país pregonando su imagen. Las encuestas, peligrosas a veces, son también motivadoras.

Muy pocos concejales dejaron de opinar. Los que ex­presaron su opinión a favor de otro candidato, lo hicie­ron con timidez y medio corridos. Fue una encuesta gigante que puso al país a sintonizar la cadena. Y ésta, antes que interesada en ningún candidato del partido contrario al suyo, vendía sus propios canales.

El primer requisito para que un sondeo de opinión sea confiable, si acaso lo es, está en su oportunidad. También debe existir simultaneidad en la consulta. La opinión de hoy puede ser totalmente contraria dentro de un año. Si la gente va conceptuando por entregas y en voz alta, la opinión de los primeros influye en la de los demás.

Si la misma pregunta se hubiera formulado a todos los concejales, en voto secreto y a un mismo tiempo, el resultado sería distinto. Por lo menos habrían cambiado los porcentajes. Esto no significa que la persona no cuenta con grandes simpatías entre los actuales concejales. A esto lo llaman clientelismo. La opinión en política es muy movediza. La lealtad de hoy, mañana puede ser traición. En política todo es posible y esto lo saben con mayor razón los mismos políticos.

Una encuesta de Anif insinúa que hay un 42% de liberales frente a un 14% de conservadores en las cuatro grandes ciudades del país. Para saber que es en esas ciudades, hay que entrar al texto. La “noticia” aparece divulgada con gran despliegue en los periódicos liberales y disminuida o ignorada en los periódicos  conservadores. Es lo corriente. Líneas más abajo se habla de un 32% de indecisos. La pregunta es obvia: ¿estos indecisos se inclinarán hacia el partido conservador o hacia el partido liberal? ¡Que lo averigüe la encuesta!

Todas las encuestas sobre elecciones presidenciales de los últimos años han fallado. Están, por tanto, llamadas a recoger. Pero siguen creando ficciones y otras veces impulsando programas.

En el mundo entero las encuestas andan despistadas. El premio Nóbel de Literatura no fue para Jorge Luis Borges, el eterno candidato, ni para García Márquez (que lo desprecia en público y lo acaricia en secreto), predilectos ambos, de todas maneras, en los oráculos suramericanos.

Los opcionados en todo el mundo eran numerosos. Pero en ninguna lista aparecía Milosz, la oculta revelación que no sólo tumbó ídolos sino que demostró que las encuestas no sirven para nada.

La Patria, Manizales, 2-XI-1980.

Compromiso contra la corrupción

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En reciente entrevista radial se le preguntó al doctor Carlos Lleras Restrepo su pensamiento sobre el sentido de los partidos, cuando ninguna diferencia de programas se nota frente a los problemas nacionales. Él contestó que, existiendo diversos matices en la organización de los partidos, los hombres se encargan de desviar la aplicación de las normas de trabajo.

Y pidió que, sean cuales fueren las matrículas de quienes dirigen la opinión pública, se haga un compromiso contra la corrupción. Es, por lo demás, la ya conocida postura de quien desde hace mucho tiempo viene luchando por depurar las costumbres de esta nación que cada día se entrega más a las mafias porque se ha olvido del sentido de vivir decentemente.

Esta voz clamorosa del doctor Lleras Restrepo parece perderse en el turbión de la vida arrebatada que se ha convertido en la pauta de los tiempos modernos. El carácter no se educa porque es más lisonjera la idea de los ambientes cómodos, pintados de tentadoras provocacio­nes, que la vida esforzada, donde hay que luchar para preservar el decoro. Y el decoro es para la mayoría un don caduco.

La gente ha olvidado los principios éticos. Pero no se olvida de enriquecerse a toda prisa y a como dé lugar. Vivimos en permanente venta de la conciencia. La corrupción mina todos los ámbitos, hasta los que antes se consideraban invulnerables. Los políticos deben transitar caminos sinuosos para conquistar los vo­tos que de otra manera no hubieran sido espontá­neos. Después se van en alegres excursiones turísticas pagadas por el mismo pueblo que los eligió, pero no au­torizadas por él. Mal puede autorizarlas, si esto significa el olvido de las angustias populares.

Contra este estado pide el doctor Lleras una alianza. Pero apenas se escuchan y se escucharán voces tenues, de esas que no tienen muchas ganas de hacerse sentir. Es un melancólico cuadro de decadencia que oscurece el panorama de Colombia. En la administración públi­ca no hay motivadores eficaces para cambiar de hábitos.

El «serrucho», herramienta siniestra que se volvió un símbolo de nuestras desgracias, cercena las profundidades del alma. Aún quedan, por fortuna, personas preocupadas por la moral, pero sus banderas se pierden por falta de seguidores. Aquí debe reconocerse la presencia de un virus violento que se niega a rendirse.

La concentración de riquezas en poder de una casta privilegiada, mientras las grandes masas escasamente logran subsistir, pone de presente un gran desequili­brio contra el que nuestros legisladores y políticos debe­rían luchar, si realmente son abanderados de la justicia social.

La Patria, Manizales, 23-X-1980.

 

Arremetida de las alzas

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El bus ha subido en dos años el 130 por ciento. La ga­solina en esos mismos dos años, el 270 por ciento. La pregunta es obvia: ¿Cuánto se ha encarecido el costo de la vida? Si nos atenemos a las conclusiones del Dane, apenas el 50 por ciento. Pero la realidad es distinta.

Todos los colombianos saben que el producto más sensible para empujar la carestía es la gasolina. Las alzas van enlazadas. Si la ga­solina ha subido el 270 por ciento, piénsese en las rea­les repercusiones de estos impactos.

La conocida explicación de que la gasolina es en Co­lombia un artículo barato y que la guerra del petróleo en el mundo determina reajustes razonables, es válida, pero su realidad se vuelve explosiva. Se acaba de decretar un nuevo reajuste, en esta recta final que es de por sí de especulación, y desde ahora nos ha­llamos ante el sombrío panorama decembrino. Si di­ciembre es por tradición mes de sacrificios, este año lo será mucho más.

Todos los artículos, aun antes de oficializarse los nue­vos costos, ya habían cambiado de precio. El anuncio incierto de que se aproximaban nuevas tarifas encareció la vida. Cuando se promulgó la medida oficial, la canasta familiar, que es la más vulnerable, tomó ma­yor altura.

No habrá renglón que se quede sin reajustar. Toda la economía se mueve cuando el transporte se encarece. Y como los salarios pierden cada vez mayor capacidad de compra, por más reajuste que tengan, el cinturón de la resistencia no va a tener a dónde correrse. Al pueblo se le pide comprensión, pero esta no basta. ¿Quién frenará, de aquí en adelante, la ola de especulación?

Volverá a revisarse el salario mínimo. Las peticiones laborales incrementarán con nuevos y audaces puntos sus intentos reivindicatorios, y algo habrán de conseguir, pero ya para entonces existirán otros hechos que disminuyen las llamadas conquistas del trabajo.

La industria y el comercio empujan a su vez la ola alcista, porque son los más afectados con cualquier modificación de precios. Todo va desembocando en el bolsillo del consumidor final, o sea, el pueblo. La inflación libra una guerra frontal, y las autoridades monetarias acudirán a conocidos y trajinados sistemas restrictivos para castigar los abusos. Los abusos de todas maneras son incontrolables, por más drasticidad que se practique.

El impacto social del alza en los combustibles debería analizarse mejor. El bienestar de los hogares se perturba con estos remezones, y el pueblo, que no sale del asombro cuando tras un alza llega otra, mira con desconcierto su ya insostenible situación de penuria.

La Patria, Manizales, 24-X-1980.