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Archivo para la categoría ‘Panorama nacional’

Empalmes y desempalmes

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Por algo el nuevo Ministro de Hacienda, doctor Alfonso Palacio Rudas, ostenta el título de los que «no tragan entero», según palabras que ha popularizado y que recuerda a cada momento con el propósito de que la gente reflexione en sus actos y no siga incurriendo en los desastrosos lugares comunes que están asfixiando al país.

Su posesión fue modelo de sobriedad. Cuando se esperaba el  despliegue aparatoso, con comisiones del Tolima y acaso con el toque populachero de los barrios bogotanos, llegó solo a su despacho. Ni siquiera lo acompañó su esposa, porque, según inteligente expresión suya, no era ella la que se iba a posesionar.

Solo llevaba en el bolsillo el certificado de paz y salvo obtenido contra la decisión de sus propios colabora­dores de la Administración de Impuestos que resolvieron voltearle la espalda al país con una huelga preocupante; las estampillas de timbre nacional para demostrar su aporte a las arcas públicas y el bolígrafo para firmar el acta de posesión. El bolígrafo, que tanto se usa y del que tanto se abusa, no era para cambiar a medio ministerio, como es la fórmula consagrada en estos sucesos de la administración. Los periodistas se quedaron sin chivas y parece que el país respiró mejor.

La costumbre de que un ministro o alto funcionario, así sepan que van a durar poco, deban desmontar la nómina de sus colaboradores y descender hasta los pobres ascensoristas y barrenderos, se rompe con el ilustre cofrade. Sabe él que con sacrificar la burocracia ya encajada, para sustituirla por otra más improductiva, no cambiará la suerte de los colombianos. Los contribuyentes, con estas demostraciones, no van a pagar menos impuestos. Lo que desean realmente es menos rigor del Estado.

Consideró el doctor Palacio Rudas que no existe motivo para hacer cambios en las altas posiciones de su ministerio, con el gesto muy intencionado de romper costumbres absurdas y sentirse de paso más seguro con quienes ya están familiarizados con los problemas.

Hay que lamentar que los empalmes de que tanto hacen gala los altos ejecutivos solo sean una manera de poder cavilar para enganchar a sus paisanos y amigos en cuanto recoveco descubran. El país está cansado de estos espectáculos y desea continuidad en los escritorios oficiales. La eficiencia de la administración no puede asegurarse con la falta de estabilidad de los funcionarios. Al revés, existe una sangría presupuestal incalculable con tanta rotación.

La empresa privada, que conoce el verdadero valor del dinero, sabe que el empleado nuevo representa un alto costo y por eso se preocupa por seleccionar bien a su gente, ambientarla, capacitarla y abrirle horizontes para que prolongue su estadía.

Antes que empalmes, lo que hay en la mayoría de los casos son reales desempalmes. Esta última palabra no ha entrado al diccionario, que yo sepa, pero bien se comprende la fuerza que adquiere en los actuales momentos. Se necesita continuidad, y no solo de políticas equivocadas, sino de servicio en los despachos públicos.

Si no hay buen servicio, que vengan otros a prestarlo. Cambiar por cambiar no tiene sentido. Estos desempalmes, que traducidos a otras palabras son desajustes, falta de lógica, de engranaje y de  sensatez, son vicios que están acabando con la paciencia del país.

Hay que aplaudir la entrada del doctor Palacio Rudas rompiendo protocolos y pecados de la administración. Es mucho lo que hay por hacer. Cabe al dedillo, para matizar su llegada al ministerio más neurálgico del país, la definición que el caricaturista Mingote formula sobre el economista:

«Un economista es el hombre que distingue perfectamente entre las cosas que no se deben hacer de ninguna manera, porque probablemente no sirven para nada, y las que se deben hacer a toda costa, aunque no se sepa con seguridad si servirán para algo”.

El Espectador, Bogotá, 25-X-1977.

Paraíso de usureros

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Insistir sobre el flagelo de la usura en este país donde dicha actividad se ha convertido en otra mafia, es casi llover sobre mojado. No sobra, con todo, repudiar una vez más tan monstruoso atentado contra la seguridad de la familia y esperar que acaso nuestros legisladores consigan al fin mecanismos para erradicar este delito que desafía la ley penal y que sin embargo parece protegido por ella.

El agiotista, que se esconde de las más diversas maneras para exprimir al prójimo, siempre logra salir airoso de sus fechorías. Un día se presenta como el cambiador de cheques que bajo el pretexto del cierre bancario facilita el dinero, con deducción de un alto porcentaje que no se discute ante la premura del momento. Estos tales servidores del público caminan sobre seguro en el negocio de cheques oficiales o de reconocida solvencia, que dominan con su desarrollado instinto de sabuesos. Otro día es el dispensador del pequeño crédito para solventar el apremio doméstico que no da espera, con intereses tan exagerados como la codicia del explotador.

En apuros de extrema urgencia, cuando la persona no está para reparar en desventajas, siempre aparecerá el prestamista comprándole la quincena o la cesantía, y nunca, desde luego, con intereses corrientes. Por los pasillos de las empresas circulan en los días de pagos, provistos de la indefectible libranza, estas aves de mal agüero que nacieron con apetito de sanguijuela. El pobre em­pleado, exprimido por su mar de calamidades, no se fija que entrega al usurero parte de su sudor, hasta que terminará triturado como cualquier Simeón Torrente.

La mejor representación que tengo sobre el a agiotista es la del  rubicundo demonio encaramado sobre su víctima, con la nariz encurvada, la respiración jadeante, el colmillo afilado y los ojos sanguinolentos. Como quien dice, un elemento sanguinario.

Las compraventas, verdaderos latrocinios públicos donde el artículo que se deja en prenda se pierde en el común do los casos, son un azote social. Electrodomésticos, joyas, vestuarios y un sinnúmero de objetos que representan medios de trabajo y símbolos de afecto, deben sacrificarse ante afanes que no tienen otra salida. Con la disfrazada fórmula de la rotroventa, el dueño de la prendería, que ya ha cobrado su consabida tarifa, dispondrá del artículo en corto tiempo, al no regresar el usuario.

Son artimañas que se cometen implacablemente ante el estupor de un público indefenso. Si el interés razonable es una protección del capital que todos tienen derecho de trabajar honestamente, el usurero representa la ruina moral y física para numerosos despro­tegidos por la suerte. Los agiotistas se enriquecen a sus anchas ante la ineficacia de leyes que no logran desbaratar la conspiración.

Es inexplicable cómo, a pesar de saber las autoridades que se trata de ejercicios deshonestos, pululan las prenderías, solo por tener apariencias de negocios lícitos. Este cáncer que ataca la paz de los hogares debe extirparse para que no termine destru­yendo las propias raíces de la sociedad.

Aparte de medidas fuertes se necesitan instituciones de gran sentido humanitario, como los montepíos de Méjico y otros sitios del mundo, manejadas por personas de sensibilidad social y por sistemas flexibles que hagan segura su eficacia. El Banco Popular alivia en parte, con su sección prendaria, esta dolencia pública, aunque la órbita de sus servicios no alcanza a conjurar el mal general.

La usura es explotación tan arraigada en el medio, que para combatirla se requieren poderosas herramientas. De lo contrario, como se dijo al principio, será llover sobre mojado. Los traficantes del agio, con su fisonomía funesta y el alma depravada, bien ganado se tienen el repudio de la sociedad. Viven en olor de maldad y se solazan con el infortunio ajeno.

Repito aquí lo comentado en otro artículo sobre el rey que en la Edad Media hizo prisionero a un opíparo prestamista y para castigarle sus fechorías ordenó que le sacaran un diente por día. ¿No será posible extraerles a las sanguijuelas nuestras los dientes y algo más? Si usted es víctima de algún usurero, le aconsejo entregarle los intereses envueltos en esta nota.

El Espectador, Bogotá, 10-IX-1977.

* * *

Comentario:

En El Espectador aprendí a leer, ya que no tuve el privilegio de conocer la puerta de un plantel educativo, y siendo sordo de nacimiento, ni lo uno ni lo otro me ha acobardado para que Dios me haya sacado al otro lado. Puedo considerarme  lector asiduo del periódico desde hace ya 30 años. En El Es­pectador encuentra uno siempre los más serios y concisos comentarios escritos en la mayoría de las veces por los mejores columnistas. Hoy he visto con gran placer el magnífico comentario es­crito por el columnista Gustavo Páez Escobar, de Armenia —mi ciudad natal— y actual gerente del Banco Popular de esa ciudad, bajo el título Paraíso de usureros.  Sirvan estas modestas pero sinceras líneas para hacerle llegar el señor Páez mi humilde voz de felicitación.  Jaime Ramírez Gómez («El Sordito»), Palmira.

El gigantismo

lunes, 3 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El adelanto tecnológico es un mal que todo lo invade. Digo que se trata de un mal, aunque esta fiebre esté creando insospechados avances científicos, pues es tan atrevida su audacia que fue capaz de despersonalizar al hombre.

Suena a ironía que el hombre, poseedor de la ciencia que está transformando a la humanidad, deba someterse a ser dominado por ella. Grandes complejos industriales y empresas de toda índole surgen del vértigo que pretende desarmar al andamiaje anterior para entronizar el imperio de lo ostentoso, lo mágico y lo inve­rosímil.

Vivimos deslumbrados por la irrupción de la técnica capaz de trasladar edificios enteros y que pone en fun­cionamiento lo mismo increíbles naves aéreas que computadores y cerebros de desconcertante sabiduría.

Por primera vez la mente del hombre, que antes se creía única para manejar el laberinto de los números, se ve sustituida por aparatos que disparan soluciones con solo oprimir unas teclas. Hoy no se conciben herramientas menudas, ni caminos pausados, ni edificios moderados, porque la ciencia, que es vanidosa, pretende medirlo todo en términos descomunales que impresionen y aplasten la arrogancia del hombre, el más orgulloso de todos los animales, sobre todo cuando le da por ser irracional.

Es la eterna lucha entre el ser humano, autor de todos los avances de la civilización, y la tecnología, que se vuelve asombrosa y hasta absurda y que en no pocas ocasiones se voltea contra su propio inspirador para fustigarlo y abatirlo.

Las obras se planean dentro de marcos descomunales y en su ejecu­ción se consumen dinerales que casi siempre se quedan cortos. El país, al igual que el mundo, sufre de una enfermedad de los tiempos modernos que se llama gigantismo. Nuestros vistosos y deformes institutos descentralizados son, en su mayoría, producto de ambi­ciones desbordadas que han querido abarcar tanto y tan de prisa, que terminaron engendrando monstruos sin pies ni cabeza.

Las grandes ciudades del país, donde el hombre es cada vez más insignificante, no se conforman con vivir dentro de límites ra­zonables. El campesino, apegado antes al rastrillo y productor de riqueza, se deja tentar por los halagos de la ciudad y cambia la placidez rural o aldeana por la mentira urbana. La vocación agrícola de Colombia desvía su destino, no con­tenta con la prosperidad de las tierras, y ocasiona inmensos traumas a una economía que es campesina por excelencia.

Los proyectos menores no se acometen porque nos acostumbramos a pensar en términos exagerados. Es el actual un mundo ampuloso que ignora la simplicidad y forja despropósitos. Las «sinfonías inconclusas», que significan un vergonzoso itinerario de derroche e irresponsabilidad, claman por una rectificación a la locura colectiva que se apoderó de la época. Es preciso que se frenen los intentos descabellados. El gigantismo le hace mal a Colombia. Solo así podrá edificarse un futuro más sensato.

El Espectador, Bogotá, 12-IX-1977.

*  *  *

Comentario:

El Espectador publica tu artículo El gigantismo que comparto íntegramente. Y evoco nuestra apacible aldea tunjana de los años cincuenta. Jaime Jaramillo Cogollos, Bogotá.

Una ciudad en apuros

lunes, 3 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El Dane, una de las mayores mentiras que hay en Colombia, le “inventó” a Armenia menos de ciento cincuenta mil habitantes en el ultimo censo. No valieron las protestas que por todas partes se dejaron sentir para tratar de persuadir a los computadores de una realidad que no puede ser más evidente.

En efecto, la pujante capital del Quindío no podía haber disminuido frente al censo anterior y, bien por el contrario, resultaba visible que había aumentado en forma considerable.

No sabemos cuántos habitantes tiene en realidad Armenia. Se desaprovechó una oportunidad excepcional. Pero a ojo de buen cubero, bien puede estimarse que el número es cercano a 300.000. Acaso superior.

Las calles de la ciudad, cada vez más estrechas para albergar a este enjambre en que se ha convertido la plácida villa de años atrás, reflejan un nervio populoso que rompió el cordón umbilical que la ataba a su fisonomía aldeana.

Hoy en Armenia todo es insuficiente. Los servicios públicos se quedaron atrás frente al empuje de una urbe que pide más todos los días. La luz, sometida hace poco a reducciones permanentes, alumbra todavía, pero no lo suficiente, y a cualquier momento se verá castigada por redes y equipos deteriorados que no se han renovado a tiempo. Los teléfonos se acabaron. Solo se consiguen en el mercado negro a $ 20.000 o $ 25.000 (a lo que el explotador quiera imponer). El agua llega a las residencias con lentitud, con parsimonia, como filosofando en medio de tantas dificultades.

Las calles y avenidas (¿cuáles avenidas?) no tienen orden ni control. Los vehículos ruedan atropelladamente tratando de abrirse paso por entre el endiablado tráfico que está acabando con la paciencia ciudadana. Ruidos, estrépitos, enredos callejeros son el signo cotidiano de esta ciudad desvertebrada.

Las motocicletas retumban en el ambiente con su estruendo insoportable. El policía de la esquina prefiere distraerse con los contornos femeninos. Las autoridades discurren, mientras tanto, con las cifras que no alcanzan para pagar los sueldos. El director de la cárcel devuelve los presos ppues el municipio no paga la alimentación.

Calles y andenes están incompletos y deformados. Hay huecos por todas partes. Los pedigüeños y vendedores de lotería no dejan la vida en paz. La carrera 19, por donde debería desplazarse el tráfico pesado, permanece cerrada. Sobre la vía pública se tiran materiales de construcción. Las basuras se riegan olímpicamente por doquier.

Los locos hacen de las suyas con los incautos transeúntes que no saben cómo defenderse y que tampoco tienen quién los defienda. Se dice que de otras ciudades nos depositan cargamentos de locos expertos en maltratar a la gente y en protagonizar espectáculos de nudismo.

La ciudad no respira. Está ahogada entre graves crisis. La prostitución, la delincuencia, la desocupación van en continuo aumento. Es un maremágnum que se salió de cauce. La ciudadanía pone el grito en el cielo. Pero no se escucha en medio de tanta confusión. Pocos meses atrás, el Alcalde entusiasta ofrecía remediar tanto desgreño. Pero los problemas crecen.

El horizonte se ve oscuro. No podemos siquiera echarle la culpa al Dane por no   habernos contado bien. Todos somos conscientes de que Armenia, con Dane  o sin él, es una realidad viva que reclama ingentes esfuerzos para sobrevivir. Las soluciones, por lo pronto, no se ven.

Satanás, Armenia, 23-VII-1977.

* * *

Respuesta del Alcalde:

Su comentario Una ciudad en apuros es una radiografía amarga y pesimista de la situación real por la cual atraviesa nuestra ciudad. Pero es también inexacta. El problema medular que es causa de muchos otros consiste  principalmente en que el ejercicio de la política corresponde a una clase muy reducida y que los gobernantes trabajan, por lo mismo, aislados y distantes de los ciudadanos y de las realidades sociales.

El pro­blema de Armenia no es un problema del ciudadano que está transitoriamente desempeñando la Alcaldía, o de aquel que la ocupó hace veinte años. Es un problema de todos. Ha habido, es cierto, falta de seriedad administrativa, de­sorden y principalmente de­terioro del principio de auto­ridad. La ciudad tiene uno de los más vigorosos índices de crecimiento urbano del país, y está ubicada en medio del sec­tor de la producción en mayor expansión de la economía colombiana. La consecuencia de uno y otro fenómeno es la indisciplina social, si no se cuenta con los mecanismos de control lo suficientemente aptos (…)

A pesar de las verdades dolorosas de su escrito, hay algunas cosas que no son ciertas. Lo invito a que se lea el documento que le anexo especialmente en lo que se refiere a servicios públicos y allí podrá darse cuenta de la extraordinaria recuperación de las Empresas Públicas en los úl­timos años (…)

El Municipio ha perdido toda su eficacia. No es un mal inter­no: es un mal nacional. Por eso hemos centrado nuestros es­fuerzos en los tres institutos descentralizados del Municipio (…) Lo demás, debemos reconocerlo con sinceridad, está fuera de nuestro alcance y de nuestro propósito. Alberto Gómez Mejía, Alcalde de Armenia.

(Sobre este mismo caso se publica, el 13 de agosto de 1977, el artículo Verdades dolorosas).   

 

 

La carretera: un atropello

lunes, 3 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Un pavoroso accidente acaba de ocurrir en la carretera entre Viterbo y Pereira, con  saldo, hasta el momento, de catorce muertos y numerosos heridos graves. La excursión que un grupo de estudiantes de las universidades Tecnológica y Libre de Pereira había organizado para disfrutar del sano esparcimiento dominguero, se cortó bruscamente cuando el bus donde viajaban, conducido a velocidades absurdas por el chofer ebrio, perdió el control y quedó convertido en llamas.

Algunos sobrevivientes informan que desde el primer momento el chofer desarrolló altas velocidades, sin importarle las protestas de los varios pasajeros y estimulado por el ambiente festivo que reinaba en el bus y que hace confundir, en ocasiones como esta, la alegría con la muerte.

Es un nuevo y doloroso episodio que protagoniza un chofer irresponsable. Nuestras carreteras son escenario continuo de estos bárbaros del timón para quienes poco o nada interesa la suerte de las personas que no han tenido alternativa distinta a la de ocupar un medio masivo de transporte convertido hoy en uno de los mayores suplicios.

Cuando no es la guerra del centavo, que atropella toda norma de tránsito, es la insensatez de los conductores perturbados por el alcohol o la fatiga, que se lanzan sin freno y sin ley por nuestras maltrechas carreteras, considerándose dueños absolutos de la vía.

Vehículos no sometidos a controles frecuentes, pero ni siquiera a ninguna revisión antes de emprender el viaje, juegan con la vida de los pasajeros y en no pocas ocasiones disponen de ella a la menor falla. Hay tres causas que, de tanto repetirse, son ya monótonas: cuando no son las fallas mecánicas, es el exceso de velocidad o la embriaguez del conductor. O todo junto. ¿Quién es castigado por estas irregularidades? ¿Quién paga los muertos?

Muertos, heridos, lisiados de por vida, hogares destrozados suele ser el epílogo de estos desastres. Los sobrevivientes terminan confesando su disgusto por el abuso del conductor y describen todo un itinerario de tortura, en presencia de la catástrofe irreparable, pero no se conocen actos de solidaridad, de protesta colectiva, de defensa ciudadana, que dominarían los ímpetus del asesino en potencia. No es posible que una persona en tales condiciones juegue con la vida de treinta, cincuenta o más viajeros, y que nadie proteste.

El deterioro de las carreteras contribuyea la inseguridad sobre ruedas. Vías de tráfico pesado que requieren, en razón de su importancia y de su desgaste natural, adecuada conservación, quedan olvidadas de la protección oficial, convir­tiéndose en verdaderas trampas mortales. Esto para no hablar de tramos menores que por falta de mantenimiento terminan en caminos veredales. Uno de los mayores avances de la civilización consiste en abrir vías de enlace con la humanidad. Y a más de abrirlas, en sostenerlas, pero que sean seguras y confortables.

Viajar por las carreteras de Colombia no es ninguna comodidad, como en otros países. El placer de los paisajes se menoscaba con los sobresaltos del camino. Las reglas de circulación están relegadas y los encargados de hacerlas cumplir se vuelven indi­ferentes, o sea, cómplices del atropello. Los policías viales, cuando aparecen, se muestran más complacidos en mortificar al conductor honrado que en frenar la alegre irresponsabilidad.

El luto que embarga a la ciudad de Pereira con esta tragedia que aflige a no pocos hogares se suma al impresionante drama de las vías, que casi no se nota por su inusitada frecuencia. Diríase que nos acostumbramos al infortunio. Y es preciso reaccionar.

El vistoso accidente de aviación, en primera página, no es menos sensible que la cadena de percances en carretera, reducidos estos a hechos parroquiales que casi no se notan, pero que al igual que aquel causa hondas heridas.

El Espectador, Bogotá, 17-VII-1977.