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Viaje de emociones

viernes, 26 de noviembre de 2010 Comments off

(Prólogo del libro Navío de arenas, de Inés Blanco)

Por: Gustavo Páez Escobar

Con el cuarto poemario de Inés Blanco vuelve a ocurrir un hecho curioso: que a partir de la aparición de su primera obra, cada tres años ha germinado una nueva cosecha en sus campiñas líricas. Paso a paso, su libro inicial de 1993, fue seguido por Piel de luna en 1996, por El tiempo y la clepsidra en 1999, y por Navío de arena en 2002. Como en el ánimo de la poetisa no ha estado prevista dicha periodicidad, puede pensarse que el tres es para ella un número cabalístico, que le ha llevado buenos vientos a su creación literaria. Siempre han existido números sagrados, como el tres y el siete, a los que las culturas primitivas atribuían especiales interpretaciones. Pitágoras no solo vio en los números los principios de todas las cosas, sino que los veneraba con sentido religioso.

También el cuatro, a propósito del número de serie del libro actual, tiene propicias coincidencias en relación con el contenido de la obra. Cuatro son las fases del día: el amanecer, el mediodía, el atardecer y la noche, y cuatro las estaciones del año: la primavera, el verano, el otoño y el invierno. Asimiladas estas etapas a las edades del hombre, corresponden a la niñez, la juventud, la madurez y el ocaso, estaciones de la vida por donde discurre la poesía de Inés Blanco. Si se trata de la orientación por el mundo, cuatro son los puntos cardinales: el Norte, el Sur, el Este y el Oeste, sin los cuales no es fácil ninguna travesía, ni humana ni poética.

Este Navío de arena, cargado de emociones y nostalgias, de llantos y esperanzas, navega por los mares del alma con arribos a cuatro puertos, que son los capítulos del libro. Al abrir sus páginas para iniciar el viaje, aparecen cuatro faros que alumbran la vida sentimental de la escritora: la abuela, el padre, la madre y los hijos. En este divertido juego de las cifras y las cábalas, no resulta aventurado afirmar que entre números y poesía existe estrecha relación. En ambas ciencias -y teniendo a la poesía como la ciencia maestra de los sentidos- existen ingredientes de magia y encantamiento.

Antes de embarcarnos en este navío poético que Inés ha armado con rigores de orfebre y artes de alquimista, deseo expresar algunas ideas sobre los hilos comunicantes que encuentro en sus libros. En ellos la primera marca común es la del amor, un amor vivo y persistente que nace en sus primeros años y la acompaña por el resto de sus días. Desde pequeña amaba las mariposas, los campos y las ilusiones, y con esta llama descubrió el amor humano.

Nadie ignora que el amor es alborozo y sorpresa, emoción y hallazgo, serenidad y paz. Pero no hay amor sin tristezas, sombras y vacíos. Siendo la manifestación suprema de la alegría, también lo es de la amargura. El hombre sufre porque ama. Quizá sufrir sea la mayor certeza del amor. Hay amores rebosantes de dicha, pero para llegar a esa plenitud hay que recorrer caminos de abrojos. Esta cantora de los sentimientos que es Inés Blanco desgrana en su obra los punzantes dolores que nacen de la nostalgia, la desilusión, la soledad, la ausencia, el olvido, y parece que llevara a flor de piel una vibrante melancolía que la hace interpretar las eternas cuitas del amor.

Escribe sus versos bajo la inspiración de metáforas refulgentes, las que no le han llegado por generación espontánea, sino que son el producto de rigurosos escrutinios sobre el valor de las palabras y la magia de la expresión. Maestra de la brevedad y del verso libre, y cuidadosa de las reglas gramaticales, enhebra pensamientos y plasma imágenes con la elocuencia que prodigan los vocablos nobles y las frases certeras. A propósito del esmero que observa con la sintaxis y la ortografía (virtud sobresaliente en su última obra), hay que lamentar el vicio bastante generalizado de los poetas modernos que sacrifican las comas, o las usan a la diabla, acaso para que el lector las ponga o las suprima a su arbitrio. Craso error.

¿Cómo escribir con ritmo y modulación -reglas fundamentales de la poesía-, pisoteando los signos ortográficos? La coma, en cualquier escrito y sobre todo en poesía, es recurso portentoso para la fluidez de la expresión y la donosura del estilo. El ritmo poético de Inés Blanco crea música en el alma. Aunque se trate de la melancolía más intensa o del dolor más lacerante, sus versos intimistas causan fascinación. Su lenguaje es diáfano y conciso, espontáneo y emotivo. Huye de las penumbras, así sean las de su propio espíritu pesaroso, para llevarles luz y consuelo a las almas enamoradas.

***

Las voces del retorno, primer capítulo de su libro navegante, es el feliz encuentro con sus raíces familiares y en él afloran íntimas sugestiones sobre genes que la habitan y le traen aromas misteriosos del Oriente legendario. Su padre el coronel, a quien no conoció y le empaña el recuerdo, vive en su sangre y en su espíritu. Su madre, la anciana-niña convertida en su guía de todas las horas, le afianza el derecho de soñar. A la abuela imborrable se dirige con humo en los ojos, entre fatigas y pesares, y le dice: “Déjame ver tu pena y tu silencio en cada surco de tu piel”.

En los hijos, en quienes ve prolongarse los ancestros que le dieron identidad en la vida, representa sus querencias cotidianas en un vuelo por el pasado, que hoy todavía es presente, para dialogar con los objetos caseros, con los sueños y las secretas pertenencias. Este regreso a sí misma es la vehemente afirmación de sus orígenes, de su nombre, de la vida y de todo cuanto quiere y no desea abandonar. En retozona familiaridad con la parca, hace este lance triunfal: “Para vivir, engañé a la muerte; la vestí de rojo, la llamé ‘señora’, y de sus manos le arrebaté mi vida”.

El ala invisible, segunda escala del itinerario, aviva la pasión amorosa tras el eco de los suspiros, de los ardores de la piel, de las ansiedades y los desengaños, de los besos fugaces, los abrazos inconclusos y el adiós irremediable. Aquí hay dolor, lágrimas, silencio, ausencia. Quizá se trate de la amante perdida en el piélago del olvido, que aún no ha naufragado y se sostiene a bordo de la esperanza. Un grito roto por  la mar bravía revela el estado del alma ardorosa, en medio del temporal: “Esta emoción que me recorre agita las olas de la sangre”. Más tarde estalla el deseo incontenible: “Voy a amarte en secreto, sin límite, sin miedo, con sentido o sin él”. Pero el amante no responde, porque “se marchó en un tren, en las ruedas del viento, o cabalgando en el lomo de la tarde”.

Viene luego Travesía en azul, tercera etapa, que es el éxtasis del espíritu ante la mar reposada del amor, tras abandonar las borrascas de las almas en pena. Debe suponerse que la poetisa buscó la palabra “azul” para acentuar el sentido de la serenidad, de la calma, de lo etéreo, del cielo sin nubes. “El arte es lo azul”, dijo Víctor Hugo, y es posible que tal expresión hubiera motivado a Rubén Darío para escribir Azul, obra de fina contextura estética donde explaya un lirismo colmado de emociones y belleza. Laura Victoria se consagró en las letras colombianas con Llamas azules, libro de delicado erotismo que estremeció en 1933 el corazón de los enamorados.

En hermosa metáfora, Inés Blanco anuncia que “sobre la piel del mar escribiré un poema con música y sirenas… Dibujaré un pentagrama con notas deshojadas a la guitarra de la luna”.  Y esto es lo que hace la navegante en su aventura marina: viajar al lomo de las olas, en plácida sucesión de amaneceres y atardeceres, de luces fugaces, de ríos que coquetean con la luna, de valles dormidos en el horizonte, de árboles que se doblan bajo la impiedad del hombre. Esta simbiosis de la poesía y la naturaleza cae como una lluvia de rocío sobre las arideces del alma.

Se llega así al final de la jornada, entre gozos y dolores, entre sueños y recuerdos, entre frustraciones y anhelos, en el capítulo llamado Momentos. Son éstos, en efecto, instantes de reflexión, perplejidad o encanto ante las menudas y las grandes cosas de todos los días, que una vez nos invaden el espíritu de luces y esperanzas, y otras, de sombras. Mundo loco o hechizado que una vez lleva a la poetisa a sorber una “porción de soledad” en el tráfago de un aeropuerto, y al día siguiente saborea el néctar del colibrí o se conmueve con el llanto de la guitarra y el fulgor de la acuarela. Es, además, el espacio de las vacilaciones, de las preguntas sin respuesta, de la sorprendente metamorfosis de todas las horas, donde el hombre aparece como un fantasma undívago y pertinaz, y también se viste por momentos de ángel o de mago. “El porqué de esta guerra lo ignoran las palomas”, es una definición tan sutil como perspicaz con que Inés Blanco desgarra su alma herida en medio del cataclismo. Pero acto seguido, bajo la lluvia de Saigón, danzará “bajo la música del agua”.

En fin, la travesía ha terminado. Este Navío de arena ha cumplido su tránsito completo por las aguas -tormentosas o apacibles- de la vida. Es un viaje por los sentimientos del hombre, y no tenemos por qué preguntarnos si la capitana de la nave ha buceado en sus propias intimidades para ofrecernos estos cuadros patéticos de la condición humana, si el alma es universal e inmutable.

Bogotá, 2002.

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Martínez Mutis

martes, 23 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La amnesia de los tiempos permite que las nuevas generaciones ignoren importantes personajes que en su época fueron honra y prez de la patria. Tal el caso de Aurelio Martínez Mutis, nacido en Bucaramanga en 1884 y muerto en París 70 años después. Está catalogado como una de las figuras más notables de la lírica colombiana, que se ganó el título de “poeta de las epopeyas” por el acento  con que forjó grandes páginas de su producción magistral.

La epopeya del cóndor fue ganadora de un concurso patrocinado en París por Rubén Darío, en competencia con más de 500 participantes. En igual forma, son sobresalientes  La epopeya de la espiga, La esfera conquistada, La Religión y la Independencia, Salve, España gloriosa, entre muchos otros poemas que enaltecen su obra perdurable.

Sin embargo, poco es lo que se sabe hoy de este bardo trascendental. Otros afanes y otros estilos dominan hoy la actividad cultural del país. En este terreno, suele acontecer que lo clásico se cambie por lo aparente, lo frívolo o lo ostentoso. Perduran, por fortuna, mentes inquietas y creadoras, como la del escritor y académico Antonio Cacua Prada, que cuidan la Historia y rescatan valores que no pueden quedar sepultados en el silencio.

En la amplia bibliografía de Cacua Prada son dignos de elogio los volúmenes dedicados a la valoración de insignes personalidades del pasado. Ahora, con el patrocinio de la Universidad Central y en preciosa edición de dos tomos, el  escritor recoge la obra dispersa de su paisano Martínez Mutis -quien va a cumplir 50 años de muerto- y la entrega a las nuevas generaciones para afianzar el patrimonio cultural de la patria.

Leyendo estos poemas, me he acordado de un episodio memorable que menciono en mi recién terminada biografía de Laura Victoria. Tanto Martínez Mutis como Laura Victoria, que no se conocían personalmente, ocupaban la atención de los colombianos por sus brillantes carreras líricas. Ambos tenían renombre internacional y recibían calurosos aplausos de los públicos de América. Corrían los años 30.

En el cuarto de un hotel de Barranquilla, una guitarra trasnochadora no cesa de gemir sus notas sentimentales, y ya empieza la madrugada. La poetisa envía a su hijo Mario, de cortos años de edad, a tocar en la puerta del incómodo pasajero que, bajo la inspiración de las musas nocturnas, le saca tonalidades a su guitarra viajera, sin importarle en absoluto la paz del vecindario.

“Vengo de parte de mi mamá a decirle que nos deje dormir”, balbuce el pequeño. “Dígale a su mamá que soy el poeta Martínez Mutis”, responde el cantante. “Pues ha de saber usted que mi mamá es la poetisa Laura Victoria”, responde el niño con gesto ufano y categórico.

Asunto concluido. El poeta-guitarrista traslada sus instrumentos a otra parte: el propio cuarto de la vecina. Solo una pared separaba a dos grandes de la poesía que desde tiempo atrás deseaban conocerse. El destino caprichoso permite que esto suceda en una fría pieza de hotel, donde amanecen enhebrando ensueños. “Así conocí a este inmenso poeta santandereano que desde ese momento fue uno de mis mejores amigos”, recuerda Laura Victoria.

El Espectador, Bogotá, 20 de julio de 2001.

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El tiempo y la clepsidra

martes, 23 de noviembre de 2010 Comments off

(Palabras de presentación de esta obra de Inés Blanco, en la Casa de España de Bogotá)

Por: Gustavo Páez Escobar

En la portada del primer libro de Inés Blanco, titulado Paso a paso, aparece el rostro radiante de una hermosa mujer. La mirada ensoñadora, los labios sensuales, el cutis nacarado, el rizo seductor, que se entrelazan con cierto hálito de sortilegio, dibujan en esta figura los sutiles encantos de una mujer enamorada. Ese rostro, más allá de reflejar una dulce feminidad, es el rostro del amor, y fulgura en las páginas del libro bajo sugestivas imágenes itinerantes.

Tal parece que Inés, desde que publicó su primer poemario, ya sabía que el amor iba a ser la constante de toda su obra. De ese tono no se ha separado, ni se separará nunca. Para ella el amor es inevitable, como el agua para la rosa. “Ama y haz lo que quieras”, declaró san Agustín, el gran sabio de la Iglesia, primero pecador y después santo, que tenía por qué saber lo que expresaba.

Inés nació poetisa, y desde los jardines de su niñez ya jugaba con las mariposas de la ilusión. Con esa llama en el alma, no le quedaría difícil ennoblecer la existencia y convertir las personas y los elementos de la naturaleza en criaturas vitales. Primero se enamoró de la poesía y después del alma humana. La poesía, como atributo espontáneo de los seres sensibles, es camino seguro hacia el hombre. No puede haber poeta verdadero si sus cantos no son una afirmación de la vida y una sublimación del espíritu.

La obra de Inés Blanco, en continuo ascenso, la conforman tres títulos, todos de la década del noventa: Paso a paso (1993), Piel de luna (1996) y El tiempo y la clepsidra (1999). Cada tres años la amiga generosa nos ha regalado una grata sorpresa. Obra valiosa la suya, de postrimerías del siglo XX -tan caracterizado hoy por el desamor y la desnaturalización del hombre-, que lleva impulso suficiente para recorrer el nuevo milenio con el mensaje del amor y la esperanza, que serán siempre la justificación de la vida. La poetisa, sin salirse de su tiempo y, por el contrario, recogiendo los destrozos de esta época deshumanizada, ha escrito para los días futuros. Y también para países remotos, ya que varios de sus poemas han sido traducidos al inglés y al italiano.

Esto de que el amor sea el cemento con que están armados sus libros, lo dicen, sin excepción, los testimonios escritos que se recogen en las tres ediciones. Criterios convergentes que no sólo enaltecen lo más destacable de la vena lírica de Inés Blanco, sino que proclaman la necesidad de amar como el único camino para la salvación del hombre. Su poesía brota de sus corrientes interiores y se derrama en alborozos y tristezas, soledad y silencio, evocación y distancia. El efluvio de los sentimientos no sería posible fuera de la emoción que dispensa el amor, tanto en el gozo como en el sufrimiento.

Como corolario hay que decir que nuestra distinguida escritora ha hecho de su obra un canto a la vida, lo cual supone la fusión inseparable del hombre y la naturaleza, aliados para proclamar el sentido de la existencia humana. Regresa ella a sus primeros años para encontrarse con los recuerdos que quedaron dormidos en la casa paterna y en los caminos transitados, y surgen diáfanas las iniciales sorpresas y las jubilosas y a veces turbadas sensaciones de la niña y de la adolescente que despertaba al mundo y se enternecía con el concierto maravilloso del universo. Paso a paso recorre sendas secretas y confiesa asombros y plenitudes ante el amor naciente. Amor que es al mismo tiempo confusión y certidumbre, alborozo y pena, misterio y esperanza. En sus otros dos libros no hace cosa distinta que reafirmar el destino irrevocable del corazón.

Los poemas de Inés Blanco poseen, en mi sentir, dos altas calidades que deseo destacar. Son, en primer lugar, poemas intimistas que ahondan en las fibras más secretas del alma  y permiten descubrir los sentimientos con fulgurante realismo. Es como si los versos perforaran con cinceles mágicos las pasiones recónditas que se anidan en el alma humana, y que sólo los poetas consiguen captar con autenticidad y belleza. La otra calidad, muy ligada a la anterior, es la sensibilidad para percibir, más allá de lo que acontece con el común de la gente -y también de algunos poetas- los latidos del corazón y los ecos de la naturaleza. Bajo el poder de las emociones y el conjuro de la palabra surgen en su obra poemas embrujados por delicado y exquisito sensualismo, el cual se hace más deleitoso y de superior estirpe con el fulgor de las metáforas.

Inés, por encima de otras excelencias, es cantora vibrante del alma y de la naturaleza. En sus libros palpita el mundo elemental y se engrandece la vida cotidiana bajo el hechizo de la metamorfosis encantada. Es una maestra del verso libre, tendencia moderna que a simple vista no obedece ninguna regla métrica, pero que desentona y mortifica cuando carece de emoción y ritmo. No puede haber ritmo en la poesía si el ritmo no se lleva en el alma. Además, la brevedad fascinante con que la artista cincela sus versos se hermana con la brevedad del colibrí, el milagro alado de los vientos.

Con esa brevedad ha fabricado sus tres libros. Desde luego, la poesía tiene poder de síntesis, pero la síntesis no puede ser válida si carece de profundidad y belleza. Las publicaciones de Inés Blanco se destacan por su elegancia y cuidadosa confección editorial. No sólo es ella una artesana de la palabra sino la directora artística de sus propias ediciones, y como tal le señala pautas a la casa impresora, ejerce una vigilancia implacable de los textos y las carátulas, y sufre cuando algo sale imperfecto. Dicho en otras palabras, se entrega a sus libros como lo que en realidad son: sus hijos espirituales.

Oportuno señalar este don estético para entender por qué los títulos de sus obras y de muchos de sus poemas han sido, por lo certeros y expresivos, el  resultado  de severas pesquisas. Tal, por ejemplo, el rótulo de su segundo libro: Piel de luna. Tal vez no ha habido poeta en el mundo que no le haya cantado a la luna como fuente de inspiración, ni enamorado que no haya buscado en ella una fuerza magnética para sus cuitas y ansiedades. Piel de luna es una metáfora afortunada, una metáfora que se vuelve mujer y pasión. La propia autora se oculta a veces bajo el seudónimo insinuante de Luna de Abril, nombre poético con el que ha querido proclamar el mes triunfal de su nacimiento -el cual tiene a Aries como signo zodiacal generador de fuego, energía y creatividad- y de paso compenetrarse con la luna como astro del amor.

Su tercer libro, alrededor del  cual estamos esta noche reunidos, recibe otro nombre elocuente: El tiempo y la clepsidra. En él la poetisa insiste en el hallazgo de sus caminos, sólo que esta vez pone mayor acento en la melancolía, la soledad, la ausencia, el olvido y la muerte, como lo expresa en el poema Búsqueda incesante: “Así, oculto entre latidos breves, compartías mi lecho primigenio y esta búsqueda incesante de encontrarnos, cara a cara con la vida, trecho a trecho con la muerte”.

Inés Blanco es la sensible tejedora de los sentimientos del hombre en todas las temperaturas de la emoción. Sabe medir la vida, gota a gota, como si el tiempo se deslizara por la clepsidra de su propia existencia. Resalta las conquistas y placeres del amor con la misma densidad con que describe el dolor y la nostalgia, el desencanto y el vacío, la amargura y la desilusión, ya que los sentimientos son tornadizos, como es cambiante la naturaleza humana.

La música que lleva en el espíritu le permite percibir con autenticidad las resonancias del mundo y las pasiones del hombre, que luego interpreta con palabras enamoradas, como un himno a la vida. En todos sus libros surge palpitante el tema eterno del amor, movido a veces por delicado erotismo, siempre luminoso, porque ella sabe que sólo con amor es posible vivir.

Bogotá, 29 de agosto de 1999.

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El último piedracielista

jueves, 11 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con Carlos Martín, muerto en Tarragona (España) el 13 de este mes –a la edad de 94 años–, desaparece el último de los integrantes del grupo poético Piedra y Cielo, del que hicieron parte Arturo Camacho Ramírez, Tomás Vargas Osorio, Gerardo Valencia, Darío Samper, Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Antonio Llanos y Aurelio Arturo.

El municipio de Chiquinquirá, de donde era oriundo, le rindió en septiembre pasado cálido homenaje a través de la Fundación Jetón Ferro, dirigida por Raúl Ospina. Elaborado por el escultor chiquinquireño César Gustavo García, fue descubierto en el parque Julio Flórez el busto de Carlos Martín, que entró a enaltecer la galería de otros ilustres bardos de la ciudad: Julio Flórez, José Joaquín Casas, Pío Alberto Ferro, Antonio “Jetón” Ferro. Significativo homenaje que siquiera se le tributó en vida, si bien no le fue posible concurrir al acto en razón de su avanzada edad.

En 1961, Carlos Martín se trasladó a Holanda al ganar mediante concurso la cátedra de literatura hispanoamericana en la Universidad de Utrecht. La reina Juliana dictó un decreto nombrándolo profesor vitalicio. Desde entonces se quedó viviendo en Europa, y siempre mantuvo el espíritu en Colombia, a donde viajaba con relativa frecuencia. Cada venida constituía motivo de  júbilo tanto para él como para sus numerosos amigos.

Estudió Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad Javeriana. Fue profesor de literatura, y además secretario general, del Colegio de Boyacá. En Tunja dirigió la revista Altiplano. Se desempeñó como jefe de redacción de la revista Sábado. Durante largo tiempo trabajó como abogado del Ministerio de Educación. También fue abogado de la compañía Shell.

Como rector del Colegio Nacional de Zipaquirá tuvo como alumno a Gabriel García Márquez, que le hace un vivo reconocimiento en su libro de memorias. A la edad de 47 años, Martín interrumpe su vida laboral para dedicarse por completo a la cátedra universitaria y al ejercicio poético.

En la Radio Nederland realizó amplia difusión de las letras hispanoamericanas, materia en la que era verdadero experto. Siempre vivió pendiente del desarrollo literario de Colombia y preocupado por enaltecer a sus escritores. Dice Pedro Gómez Valderrama: “Enseñó a Colombia, enseñó a América Latina a toda una expresión literaria que retrata un continente; y dejó una maravillosa huella, un camino poético que hoy conduce a su casa cercana a Madrid”.

El piedracielismo tuvo alta figuración en la década de los años 30 y 40. Después, sus miembros tomaron diferentes caminos, pero siempre conservaron su esencia como líricos influidos por Juan Ramón Jiménez, autor del libro Piedra y Cielo, y por la generación española de 1927. Martín era el benjamín del grupo, aunque los demás lo llamaban “el viejo”, tal vez por su porte atlético. Sin embargo, su espíritu festivo y su exquisito trato le imprimían aire fresco.

En este sentido, Otto Morales Benítez lo define así: “Como persona era un hombre muy grato, tenía un humor suave y fino. Nunca incomodaba a la gente ni se refería con malos términos, sino que era viendo el lado amable de la vida”.

Deja una obra de profundas resonancias, con énfasis en el amor, el dolor, el placer, el pecado, el misterio de la vida. Hay versos angustiados, a la vez que imbuidos de embrujo y ascetismo, y marcados por la donosura y la diafanidad de la expresión y la profundidad del pensamiento. La mujer es su norte permanente.

Entre su producción se destacan títulos como Territorio amoroso, Travesía terrestre, Es la hora,  La sombra de los días, Epitafio de Piedra y Cielo y otros poemas, Hacia el último asombro, El sonido del hombre, Vida en amor y poesía (suma poética, publicada en 1995, en 614 páginas, por el Instituto Caro y Cuervo).

En el poema Me acerco a ti, que hace notar su tránsito amoroso entre la patria colombiana y el Viejo Mundo, exclama: “Te amo entre nubes fugitivas. Rachas / de viento norte cruzan sobre arenas, / colinas, prados, pueblos y ciudades / del Viejo Mundo donde tú me esperas. / Vengo, no obstante, con la patria dentro, / rumorosa de bosques en la sangre / y aún las frutas de sus huertos saben / al sabor de tus labios y tus pechos”.

Figura grande la de Carlos Martín. Boyacense de primera línea, colombiano destacado en los escenarios literarios del mundo. Muere en olor de poesía, de su perenne poesía que lo acompañó y lo vivificó hasta el último momento de su existencia, y con ella honró a Colombia.

El Espectador, Bogotá, 19 de diciembre de 2008.
Eje 21, Manizales, 21 de diciembre de 2008.

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Comentarios:

Inolvidable poeta. Se fue a tirarnos piedrecillas de numen desde el cielo. Ramiro Quiroga Ariza.

Buena nota sobre el poeta bogotano (1914), bartolino y javeriano, abogado de corta travesía y maestro en Zipaquirá antes de serlo en escenarios europeos, cuya obra no es bien conocida fuera de círculos cultos. Pereque43.

Comparto con placer y con nostalgia la columna sobre Carlos Martín, mi gran amigo con quien di recitales en la plaza de Colón de Madrid. No sabía que estuviera en España. Ramiro Lagos, Bogotá.

Muy merecida y muy linda esta nota tuya de despedida para Carlos Martín. La estoy compartiendo con los amigos de la Revista Escarabeo, con los cuales en una época leíamos con verdadero deleite y admiración a los piedracielistas. Alfredo Arango, Miami.

Excelente artículo. Yo lo conocí una vez en la oficina del doctor Otto, en Bogotá. Lástima que la gran prensa no haya destacado su muerte. Carlos Arboleda González, Manizales.

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Salvado por la poesía

jueves, 11 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A su salida como prisioneros en la selva, tres de las personas secuestradas por las Farc se encontraron con una realidad dolorosa y abismal, tal vez nunca pensada durante los largos años de su cautiverio: la disolución de sus matrimonios, que no pudieron evitar al quedar libres, debido a estados traumáticos del alma que a veces hacen trastocar los sentimientos en el infierno selvático (o más allá de él).

Tales personas, de alta posición social, son el exministro y luego canciller Fernando Araújo, la excandidata presidencial Íngrid Betancourt y el excongresista Jorge Eduardo Géchem. Esto, sin descartar que pueden existir otros sucesos similares en el grupo de suboficiales y soldados liberados, que tal vez nunca lleguen a conocerse.

No siempre es el síndrome de Estocolmo –mediante el cual un rehén se enamora de su captor– el que produce esta distorsión de la conducta. En ninguno de estos casos puede afirmarse, hasta el momento, la existencia del renombrado síndrome (el que puede también, por extensión lógica, abarcar la atracción del cautivo hacia uno de sus compañeros de infortunio).

Los signos visibles que se han revelado indican que en los tres casos dejó de existir el amor de uno de los cónyuges hacia su pareja. Y en todos ellos se puso de presente un drama sentimental, indicativo de que el alma es voluble y el amor, perecedero. No siempre es así, por supuesto, pero nadie está exento de que esto suceda, bien como autor del rompimiento, o bien como víctima.

Fernando Araújo sufrió tremendo desengaño al saber que Mónica, el amor que había dejado en Cartagena cuando cayó en manos de la guerrilla, y que él suponía que le seguía siendo fiel, se había ido con otro hombre. Cuando Íngrid se reencontró a la bajada del avión con su esposo Juan Carlos Lecompte, todo el mundo presenció  el trato distante con que ella lo saludó. Pocos días después se sabría que la unión estaba rota. Por su parte, Jorge Eduardo Géchem manifestó en un comunicado entregado a la prensa poco tiempo después de su liberación: “De común acuerdo y en los mejores términos hemos decidido separarnos”, medida que ponía fin a 17 años de matrimonio con su esposa Lucy.

Estos capítulos contrastan –¡y de qué manera!– con el del exrepresentante a la Cámara Óscar Tulio Lizcano y su esposa Martha Arango, a quien él no dejó de invocar como su “barquerita” durante los ocho años que duró privado de la libertad. El amor insólito de esta pareja, que parece sacado de alguna novela romántica del siglo XIX, lejos de debilitarse por los latigazos de la selva, se fortaleció durante la adversidad. Cuando volvieron a verse bajo un torrente de lágrimas, postrado él en un serio estado de salud, y abatida ella por el suplicio sin cuento de ocho años de separación, sintieron que volvían a ser novios como en su lejana juventud.

Óscar Tulio Lizcano mantuvo en el corazón la imagen fulgente de su esposa, y ella no cesaba de enviarle por la radio mensajes de apoyo y esperanza, de amor y firmeza espiritual, con los cuales él nunca se sintió desprotegido. Y al mismo tiempo sentía cercana a Martha en sus terribles horas de soledad y oprobio. Con esa unión permanente, que retó todas las barreras de la distancia y de los imposibles, las torturas de la pareja se hicieron más llevaderas.

Amante de la poesía, Óscar Tulio Lizcano le escribía a su esposa ardientes sonetos que acumulaba en el cuaderno que le entregaría a su regreso a casa. Cuando llegó el momento de la fuga, aquellas hojas quedaron perdidas en manos de algún guerrillero, o acaso de la propia selva, que no restituye la poesía, pero de memoria pudo reconstruir varios de esos poemas de amor. La memoria en la selva, de tanto afinarse por la fuerza del silencio y el vigor del pensamiento, se vuelve penetrante.

Hubo momentos abrumadores en que el prisionero pensó que moriría en la selva. Pero moriría penetrado de poesía. Al principio, logró conseguir 40 libros de poetas favoritos, como Onetti, Neruda y Miguel Hernández. Después, a medida que lo cambiaban de sitio en sitio, como un tránsfuga de la muerte, su equipaje literario se fue aligerando para hacer más livianos los recorridos.

A la postre, el poeta Miguel Hernández, que en 1942 –de 31 años de edad– murió bajo el terror de la guerra civil española, surgió como su inspiración constante para soportar la otra guerra, la colombiana, que había convertido la selva en el más infamante teatro de crueldad. Y halló entre ambas historias pasmosos puntos de similitud.

Hernández murió en la cárcel de Alicante, víctima del tifo y la tuberculosis, y Lizcano, en la cárcel selvática colombiana, llevaba el mismo destino a merced del paludismo, la desnutrición y otras endemias tropicales. Hernández se aferró desde la cárcel a la imagen de Josefina Manresa, el amor de su vida –a quien llamaba “mi carcelera”–, y le escribió numerosos versos y cartas de amor que engrandecieron la vida de ambos. Lizcano, apasionado por el recuerdo de Martha Arango –“mi barquerita”–, y también el amor de su vida, con 36 años de casados, le dedicó incesantes poemas que iluminaron las sombras del encierro, hasta abrirle a la pareja el camino de la claridad.

En Sentado sobre los muertos, dice el poeta español: “Acércate a mi clamor / pueblo de mi misma leche, / árbol que con tus raíces / encarcelado me tienes, / que aquí estoy yo para amarte / y estoy para defenderte / con la sangre y con la boca / como dos fusiles fieles”.

Hay que considerar a la poesía como antídoto contra la guerra y la maldad humana. La poesía salva al hombre de las tinieblas. Por ella se salvó del exterminio este valiente hombre, Óscar Tulio Lizcano, que se empeñó en romper las cadenas de la barbarie con las luces del espíritu y la fuerza demoledora del amor.

El Espectador, Bogotá, 30 de noviembre de 2008.
Eje 21, Manizales, 30 de noviembre de 2008.

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Comentarios:

Es que el amor es como los buenos vinos: los buenos se mejoran y los malos se vinagran. Madre de Certero33.

Muy bella esta columna. Gracias en nombre de la poesía. Maruja Vieira, Bogotá.

La poesía, como la lectura, libera, salva, enriquece. Sonia Cárdenas, Bogotá.

Aunque nadie está exento, como dice el artículo, me atrevería a decir que en los otros casos el amor no era lo suficientemente sólido para resistir las vicisitudes a las cuales tuvieron que enfrentarse y que de pronto, sin este capítulo tan duro, algo en menor proporción también podría haber afectado las relaciones. Liliana Páez Silva, Bogotá.

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