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El perenne tema del amor

lunes, 8 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Prólogo del libro Alba de otoño)

Se me ocurre pensar que con este poemario, compuesto por 114 sonetos de impecable factura y fulgurante belleza, Fernando Soto Aparicio corona su creación como poeta del amor. Puede asegurarse, sin duda alguna, que toda su obra literaria ha sido no sólo trabajada con amor, como la fuerza motriz de su alma romántica, sino dirigida a probar que el amor es lo único que puede salvarnos.

Por encima del novelista de renombrada prestancia, que todos conocemos a través de sus obras estelares, prevalece el poeta –poeta de alma y de convicción– que dio sus primeros pasos en las letras por medio de su Himno a la patria, publicado a la edad de 17 años, y de Oración personal a Jesucristo, a los 20. Estas cartas de presentación en el panorama nacional, cuando aún no era novelista, son mensajeras de lo que sería su destino en el campo poético.

Después, a lo largo del tiempo, vendrían títulos de gran valía en dicho género, como Diámetro del corazón, Palabras a una muchacha, Sonetos en forma de mujer, Motivos para Mariángela, Lección de amor, Las fronteras del alma. Todos ellos afirman la dimensión del sentimiento como energía vital del ser humano. Y gradúan a su autor como un perito en asuntos del corazón.

Ahora, con esta Alba de otoño, que da a la estampa en las horas de su sereno atardecer, el poeta sale de nuevo a proclamar que el amor no envejece y mueve el cielo y las estrellas. Fernando sabe, siempre lo ha sabido, que la mujer es la justificación del hombre, y sin ella no tendría sentido el ejercicio de vivir. Por eso, su constante canto a la gracia femenina está difundido a los cuatro vientos.

Es libro de júbilos, categórico, pleno de embeleso ante el eterno hechizo femenino. Sonetos sensitivos, imbuidos de encanto y de ternura, y manejados por las ansias y las esperanzas del alma romántica que no encuentra ocaso para su sed de amar. Sonetos que andan en busca de la belleza que irradia siempre la mujer, y cuentan los pesares, los deseos y las pasiones de todos los enamorados, para que ella calme sus pesadumbres y disipe sus temores.

El amor, que no tiene edad, florece aquí con toda plenitud cuando brillan las luces del otoño. Si en ocasiones aqueja la soledad o perturba la nostalgia, la fusión de las almas logra el milagro del retorno a la esperanza. El amor compartido se vuelve vivificante y destierra la tristeza. El mismo miedo a la muerte, que se advierte en algunas páginas del libro, se mitiga con la presencia de la mujer, faro luminoso que borra la angustia y restablece la claridad.

La obra recoge, además, otros enfoques ligados a percepciones sentimentales o estéticas del autor, como su canto a Tunja y su sentido de la libertad. Tales motivos se enlazan con el tema perenne del amor para señalar un itinerario marcado por el apego a las causas nobles del espíritu.

Fernando Soto Aparicio es maestro del soneto clásico. Lo ha trabajado con rigores de orfebre, en horas silenciosas de meditación y diálogo con sus dioses tutelares. Auténtico exponente del preciosismo, la magia y el destello que logra el verdadero cultor del género, reúne en Alba de otoño deslumbrantes joyas que enaltecen la literatura colombiana.

Bogotá, octubre de 2008.

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La palabra enamorada

lunes, 11 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Prólogo del libro Nostalgia de la luz)

Toda la obra poética de Inés Blanco, compuesta hoy por seis libros, converge a un solo concepto: el amor. La escritora ha hecho del amor –vivido o idealizado– un soplo mágico que explora las intimidades del alma y traduce en bellas palabras el caudal de las emociones, para su propio placer estético y el gozo de sus lectores. Desde que en 1993 inició su carrera literaria con la obra Paso a paso, hasta los días actuales, cuando entran en circulación los títulos Nostalgia de la luz y Los ojos de la noche, su producción ha sido un himno constante al amor.

Sobre el amor todo está dicho, pero su lenguaje nunca se agota. Jamás se agotará, porque el alma, la gran dispensadora del amor, nunca muere. La persona envejece, pero el amor, para quienes saben protegerlo y consentirlo, permanece joven a pesar de las arrugas del tiempo. Los poetas han empleado todas las palabras imaginables para expresar el idioma del corazón, y no obstante las infinitas creaciones y obras maestras que han salido de todos los idiomas, la mina de la emotividad continúa inextinguible.

Inés Blanco, que desde la edad adolescente ya incursionaba en los predios de la poesía, ha sabido afinar su inspiración en la búsqueda minuciosa de los vocablos y las imágenes que transmiten sus emociones. Prima en su obra la brevedad de la palabra, en armonioso enlace musical con la metáfora y el ritmo. Ha escogido el verso libre como un recurso –muy propio de su estilo– para elaborar con donaire las  ideas e imprimirle modulación al poema. La sola brevedad no sería suficiente para cumplir dicho propósito si no estuviera movida por la magia de la elocuencia.

Con la economía expresiva del lenguaje, que se manifiesta en su escritura desde el primer libro, se ha hecho maestra en el arte de la síntesis, quizá el mayor atributo de la poesía. Muchos poetas sacrifican a veces la fluidez y la claridad en aras de los cánones impuestos por la métrica. Creo que Inés Blanco es una buena discípula de Luis Vidales, quien en 1926, con su perdurable obra Suenan timbres, rompió los moldes tradicionales de la poesía y estableció el verso libre como un canal apropiado de comunicación, escuela que desde entonces ha conquistado numerosos adeptos.

De todos modos, sea cualquiera la pauta que se utilice para hacer poesía, si esta no tiene ritmo, embrujo y melodía y carece además de fuerza para conmover el espíritu e irradiar la belleza, deja de ser poesía. Debe anotarse, por otra parte, que si el poema no brota del corazón, su autor marcha en contravía de lo que debe ser la obra de arte. La alquimia poética, que es como un sortilegio preparado por dioses ocultos,  debe conducir al encantamiento. Si logra este objetivo, el poeta está salvado.

Leyendo el poemario Nostalgia de la luz, que Inés Blanco pone hoy en circulación luego de cinco años de silencio editorial, encuentro, para mi personal deleite, que las premisas anteriores están cumplidas. El canto al amor que brota de estas páginas etéreas es el mismo, aunque con diferentes matices, que ha marcado sus libros anteriores. El amor en su obra es persistente, delicado y diáfano. La transparencia de la palabra enamorada ilumina todas las entretelas del sentimiento humano, que van desde el placer hasta el dolor, desde la alegría hasta la pesadumbre, desde el deseo hasta la soledad. Libro hecho de presencias y ausencias, de silencios y nostalgias, de sueños y quimeras, de evocaciones y esperanzas. Ese es el amor.

Amor también son el padre, o la madre, o los hijos, o la flor que siente la cercanía del poeta, o el ave que revolotea por su entorno. Y amor es la patria, esta patria lacerada y cubierta de dolor y lágrimas, que hiere la sensibilidad de la escritora y estremece el alma nacional.

Cuando se degustan los breves cantos de Inés Blanco, se escucha como un sutil movimiento de alas que pasa sobre amantes invisibles para eternizar el sentido romántico de la vida. El amor intemporal, que puede ser también el amor inmaterial, y que los poetas saben glorificar en sus poesías sin tiempo, hacen posible hoy la Nostalgia de la luz y Los ojos de la noche, dos poemarios unidos por el mismo sentimiento.

Bogotá, 8 de junio de 2007.

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El alma social de Íngrid

lunes, 2 de agosto de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nadie puede entender cómo las Farc, que se proclaman abanderadas de las causas del pueblo, han mantenido cautiva durante cinco años a Íngrid Betancourt, cuyos actos en la vida pública se han caracterizado por sus luchas a favor de los desvalidos y sus ataques frontales contra la corrupción política.

En el libro La rabia en el corazón, publicado en el año 2001 tanto en Francia como en Colombia, Íngrid señala con dedo acusador y tono vehemente las injusticias y los abusos de que es víctima la población por culpa de los políticos deshonestos e ineficaces. El sartal de inmoralidades que campean hoy en la vida nacional, y que parecen no tocar fondo, tienen en este libro severa censura como causantes de nuestros infortunios.

Pocas cosas han cambiado desde que Íngrid inició su carrera política. Antes fue el Proceso 8.000, y hoy es la ‘parapolítica’. En esta danza de la concupiscencia del dinero y el poder, que ella fustigó con enardecidos discursos parlamentarios, salió a relucir la endemia moral de este país que camina hacia el abismo. Primero se opuso a la absolución de Samper dentro del proceso dominado por sus amigos incondicionales, y luego rompió con Pastrana cuando incumplió el pacto que habían convenido para frenar la corrupción.

Las acciones de Íngrid estuvieron siempre encaminadas hacia la defensa de la moral y la depuración de los vicios públicos, generadores de pobreza para el pueblo. Como sus palabras pisaban muchos callos, sus propios colegas le propinaron denuestos y obstaculizaron su labor. Al sentirse sola en los debates y escuchar apenas alguna voz lánguida de apoyo, se decepcionó de la clase política. Su modelo de gobernante era Galán, y a él lo asesinaron las balas mafiosas.

En una de sus campañas acudió al condón como símbolo del sida (clara referencia a la corrupción política). Ella misma repartía preservativos en semáforos y vehículos. Cambiaba condones por votos. Después se inventó la campaña del oxígeno. Estas señales le imprimían identidad social y así obtuvo en dos ocasiones los mayores votos dentro de su partido para llegar al Congreso. La gente creía en ella. Y sigue creyendo, tras los cinco años que han corrido desde su secuestro.

Cuenta en su libro que la primera misión realizada como funcionaria del Ministerio de Hacienda –en 1991– fue la relacionada con un estudio sobre Tumaco, puerto donde se compenetró durante varios días del drama de 30.000 familias amontonadas en las peores condiciones de vida, a merced del hambre, la humedad y la acumulación de basuras. Esta escena conmovió su entraña social. Desde entonces supo que había que redimir al pueblo. Y luchó por hacerlo, aunque con poca suerte, como se ve.

En 1997 gestionó el patrocinio de la Cámara de Representantes para la publicación del libro titulado El olvido no tiene palabra, del poeta quindiano Javier Huérfano, hijo del pueblo que luchaba, y lucha, entre penurias y sofocos por la subsistencia digna, y cuya voz de angustia clama en dicha obra, lo mismo que en otras del mismo autor, como un dedo en la llaga de la desprotección social.

Y ella misma escribió el prólogo, que vale la pena leer hoy, después de diez años de la edición del libro, y de cinco del inicuo cautiverio de la dirigente política. Ayer y hoy he encontrado deslumbrantes y conmovedoras esas palabras, escritas con bello acento poético –que yo llamaría “poesía de la miseria”– y que se convierten en fiel reflejo de la sensibilidad humana de la autora:

* * *

“Ad portas del tercer milenio, cuando la tecnología lo ha invadido todo, ser poeta resulta ser un lujo exquisito. Cuando ese lujo se lo concede a sí mismo quien nada ha tenido, la poesía se torna heroica, un grito del alma en rescate de la dignidad de ser hombre, antes que máquina.

“Aquí, en Ciudad Bolívar, en medio de los cerros pelados por la crudeza de vivir, nace el olvido. Ejercicio supremo de libertad, el olvido teje su terapia sobre la desesperanza y el rechazo y anida –con letras– entre los labios humedecidos de un hombre con voz de niño. El poeta ha descubierto otra forma de protesta. No es la de las marchas sindicales, no es la de las reivindicaciones salariales, ni la de demandas en estratos judiciales. Es la del alma que no se conforma con menos por el hecho de poseer muy poco.

“Mágica expresión que convierte en clamor universal el canto del desplazado de la dulce Colombia. Aquí termina el tiempo, se desvanecen las fronteras. Se agota la diferencia. Las palabras nos curvan el alma a todos. Nos suavizan el dolor, como el último beso antes del hechizo nocturno en brazos de Morfeo. Aquí, con el olvido a cuestas, estamos desnudos ante la muerte. A ella le traemos la esencia de nuestro recorrido, donde más ha contado la fugacidad de una mirada de ternura, que las horas dedicadas a calmar el hambre y el frío.

“Dios ha querido, para fortuna mía, que conozca al poeta. De su mano he caminado por el túnel sin luz de la injusticia, a ciegas pero mordiendo siempre el tallo amargo de la rosa, mientras me contaba, con las palabras que transcribo de memoria, el relato de su vida:

“Escribir sobre el olvido es tan difícil, es rasgar más la piel de una historia que descubierta siempre no ha tenido quien la cuide, tal vez no tiene la insinuación de los ángeles del sueño en la pesadilla diaria del poeta de estos últimos años. El extraño mundo del poema posee su propio patio en la desesperanza de escribir, ahora que nos arrullan las balas y los insultos.

“Este libro es la colección de pérdidas del poeta, o mejor la negación como premio que da el tiempo, tal vez la añoranza de una tía pobre con siete hijos, o la otra que empaca arepas para sus sobrinos, retrata a Nina empeñando sus muebles para comprar mercado, o cuando Yolanda llega triste y cansada del trabajo con la muerte ahí como criatura que se reproduce por dentro sin palabras y con rosas.

“El olvido no tiene palabra. Cumple con la misión de negar, deja al descuido poemas cortos pero profundos, toca la magia que el poeta recoge de las calles desmanteladas de una ciudad forastera. Enamora sitios que inventa el mismo verso, y ofrece palabras diseñadas en la desnudez de un hombre de este tiempo, nada fácil para cruzar los días.

“Estos sentidos poemas fueron escritos en una humilde casa de inquilino y en el barro del barrio Lucero Medio del suburbio bogotano de Ciudad Bolívar, todo en el bello tiempo cuando el poeta llamaba con cariñosos apodos a sus tres hijos, hoy ya jovencitos con nombres propios.

“Ahora el olvido sí tiene palabra, tiene sitio en la biblioteca de los postergados que con la tierra y el polvo todos los días tenemos que ganarnos la vida con la venta de unos poemas, y bienvenido el grito con los ojos alegres de un poeta casi cuarentón que posa de joven, con risa de hombre que vaga por las calles en la melodía del odio de una sociedad adversa. Por la ventana pasa una tempestad y el mundo le resta números a la muerte”. Íngrid Betancourt Pulecio, Representante a la Cámara.

El Espectador, Bogotá, 9 de marzo de 2007.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 15, abril de 2007.

* * *

Comentarios:

Conocí en su momento el prólogo para el libro de Javier. Me conmovió mucho porque he vivido muy de cerca la trayectoria de este poeta, todas sus privaciones y miserias. Les tengo mucho afecto a él y a Yolanda, su esposa. Cuando leí las palabras de Íngrid, empecé a admirar su lucha. Tenía la impresión de que todas sus demostraciones eran quizá una fachada, un medio para atraer la atención de la gente. En ese momento conocí al ser humano y empecé a admirarla. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Definitivamente la fuerza de Íngrid Betancourt la debe acompañar estos años. Por ese gran espíritu, lo que se vive es más sencillo, como también pasa con Fernando Araújo. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Me llegaron al alma no solo sus palabras sino también lo escrito por Íngrid, que no conocía. Ya envié a mi hija Astrid (a París) y a los niños su mensaje. El 23 de marzo se cumplieron cinco años de la muerte de Gabriel, quien era un papá extraordinario. Él no soportó el dolor del secuestro de Íngrid. A veces prefiero que no vea el desinterés con que se trata la única posibilidad de que ella y los otros secuestrados por las Farc puedan salir con vida. Ha sido una lucha muy dura. Ella no merece todo este horror. Yolanda Pulecio, Bogotá.

Todas las intenciones humanas posibles por no olvidar a Íngrid son válidas, ya que parte de nuestra historia es un gran costalado de olvidos. Mil gracias, amigo Gustavo Páez, por recordar que desde mi corazón esa amarga huella del secuestro nos deja un profundo vacío. Tenemos la palabra poética como la mágica llave que no pierde la luz de unos días que dolidos y con algo de vida no soltamos la fuerza para que la poesía alumbre nuestros silencios. Todo es un clamor desde mi sencilla existencia por un mundo mejor. Javier Huérfano, Bogotá.

Laura Victoria, dos años después

jueves, 22 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Una importante revista me llamó en estos días, como biógrafo de Laura Victoria, para preguntarme algunos datos sobre ella. Y me informó que pensaba destacarla en próxima edición como pionera de la poesía erótica en el país. Este hecho coincide con los dos años de su muerte en Ciudad de Méjico, ocurrida el 15 de mayo de 2004, cuando le faltaban seis meses para cumplir el centenario de vida.

Me llamó la atención que dicha revista se ocupara de registrar el mérito de Laura Victoria, cuando su nombre ha sido olvidado por los nuevos tiempos, sin duda como consecuencia de su larga ausencia del país (65 años), a partir de 1939, cuando se radicó en Méjico por asuntos familiares. Allí se quedó por el resto de su vida.

En las décadas del veinte y el treinta fue nuestra poetisa más importante. Conquistó clamorosos éxitos en los escenarios internacionales y su obra mereció los mejores elogios de reconocidos personajes de las letras. En 1960 fue publicado en España, por la editorial Montaner y Simón, de Barcelona, quizá su libro más importante: Cuando florece el llanto, prologado por José María Valverde, una de las figuras más valiosas de la literatura española. En este libro se acentúa el dolor sentido por la lejanía de la patria y se estremece la vena amorosa, que hace de los poemas de la colombiana verdaderas joyas del lirismo sentimental.

“Ciertamente –dice Valverde–, aparece aquí el perenne tema inmediato de la mujer: el grito por la ausencia del amado. Pero, por ser de mujer, esta voz lleva detrás una conexión inmediata, poderosa, con la Naturaleza, que le confiere su legitimidad (…) Gabriela Mistral ha hecho inolvidables ‘Cantos a América’; su amiga Laura Victoria da voz a este sentir en una intimidad más íntima: canta a Colombia desde su ausencia de Méjico, que le da esa ‘distancia creadora’, posibilitadora de la palabra poética, según dijo Antonio Machado”.

Cuando Laura Victoria murió hace dos años, fueron pocos los que la recordaron. Algunas noticias aisladas registraron el hecho. El Tiempo, que antaño fue su casa editora, donde publicó sus maravillosos poemas iniciales que la llevaron a la celebridad (recogidos en sus dos primeras obras, Llamas azules y Cráter sellado), ha debido brindarle una página especial con motivo del deceso. Apenas apareció en el diario una breve, aunque enaltecedora nota, de autoría personal de Enrique Santos Molano.

Por eso me sorprende, con gran regocijo, que dicha revista me haya llamado para anunciarme el homenaje que piensa rendir a la pionera de la poesía erótica. Esta  manifestación se suma a otras que he recibido en torno a mi libro Laura Victoria, sensual y mística, publicado poco tiempo antes de su muerte, y que se convirtió en puente de solidaridad hacia la ilustre escritora olvidada.

Una de esas expresiones, emotiva y definidora, que deseo transcribir como justo tributo al nombre de Lara Victoria en el segundo aniversario de su muerte, está contenida en reciente carta que me remite Gloria Inés Palomino Londoño, directora de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Dice así:

“Pocos biógrafos restituyen con tanta vida, tanta sensibilidad, a una mujer difícil de reducir a un texto. De estar tan presente en su memoria, en la investigación extensa de su contexto histórico, social, geográfico –en el norte de Boyacá, Bucaramanga, Méjico–, de su familia, sus afectos, del tránsito intelectual de su pensamiento, nos llega como un ser humano valiente, sincero, confiable, frágil. La admiramos, la queremos y para siempre. Gracias a su libro la tendremos cerca como la amiga que añoramos no haber conocido.

“Laura Victoria y Jorge Eliécer Gaitán, ‘erudito en arte y literatura’: un encuentro conmovedor porque percibimos aspectos distintos a los que creemos conocer. Aparece Fidel Castro y la ayuda encubierta de la poetisa, además periodista, para que los cubanos no sean expulsados del barco que salía de Méjico para la isla. Barba-Jacob también está protegido por ella en sus momentos de enfermedad y necesidades. Hacer el bien, sin publicidad: la verdadera generosidad. Tuvo una vida de muchas riquezas, de altibajos, y sabiamente una adaptación al paso del tiempo y el logro de una búsqueda interior. Tal vez la paz”.

El Espectador, Bogotá, 15 de mayo de 2006.

 * * *

 Comentarios:

En cuanto a tu comentario sobre el olvido de El Tiempo con Laura Victoria, no es de extrañar que eso suceda en un periódico que se comercializó al extremo. Lo de los domingos en manos de Roberto Posada es voluminoso y trae mucho que leer, pero nunca de la calidad de las épocas de Eduardo Mendoza Varela y otros de su estirpe. Para mí, por ejemplo, cambiar el suplemento literario por ese petardo de New York Times es una lobería. “Costumbres tan distintas y edades diferentes”, como dijo Luis Carlos González. José Jaramillo Mejía, Manizales.

Nos pareció excelente la columna sobre Laura Victoria, la cual retransmitimos para su divulgación con los parientes de Estados Unidos. Pensamos que su quijotesca pero grata y noble labor se sigue viendo recompensada. Liderar un motivo, ideal u obra como la liderada durante tantos años, tiene satisfacciones íntimas que orgullosamente sentimos y compartimos. Jorge Alberto Páez Escobar, Rebeca, familia.

 

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Sueño sellado

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De Medellín me llamó Hernando García Mejía a decirme que acababa de enterarse, por artículo de Óscar Domínguez en El Nuevo Siglo, de la muerte de Óscar Echeverri Mejía. Según esa columna, que a mi turno leí en la edición dominical del citado periódico, el poeta falleció el pasado 11 de diciembre en su predio campestre “Aguasabrosa”, situado en Calima-El Darién.

Desde hacía tres años no había vuelto yo a recibir correspondencia suya. En diciembre del 2002, al acusarme recibo de un libro, me ofreció remitirme copia de la nota que publicaría en un diario caleño. Ese artículo nunca me llegó. Una de sus exquisitas muestras de amistad era la de enviar a los autores los recortes de prensa donde comentaba las obras recibidas. Yo sabía que su salud venía en franco deterioro. Por supuesto, su silencio posterior lo interpreté como un signo funesto.

Desde que en agosto del mismo año donó a la ciudad de Pereira su biblioteca particular, que tanto había consentido –conformada por cerca de 8.000 volúmenes–, comenzó a asaltarme el triste presagio de que el poeta se estaba despidiendo de la vida. Hizo coincidir dicho acto con los 60 años de la aparición de su primer libro, Destino de la voz.

A pesar de no haber nacido en Pereira, sino en Ibagué (en mayo de 1918), fue llevado a aquella ciudad a los tres meses de nacido. Allí vivió hasta los 20 años, cuando sus padres se trasladaron en forma definitiva a Cali. En Pereira recibió el hálito de su inspiración poética, y siempre la consideró su cuna sentimental.

En la ceremonia de entrega de su biblioteca fue presentada su última obra: que recopila los poemas dedicados a la muerte en las seis décadas de su laboriosa producción. Profeta de su propio destino, maestro del soneto clásico, le dice a la parca: “No tiene ojos pero nos acecha. / Ignora el almanaque, mas la fecha / que nos asigna nunca se le olvida. / Es la derrota, mas con ella empieza / el duradero triunfo de la vida”. Y en reportaje a Óscar Domínguez le decía poco tiempo atrás: “Yo no pienso en la muerte, convivo con ella”.

Su obra, representada en más de 20 volúmenes, contiene diversas facetas (la romántica, la patriótica, la telúrica, entre ellas) y está movida por profunda  sensibilidad y precioso lenguaje. Fuera de su libro inaugural, editado a los 24 años, su labor deja títulos de gran valía, como Las cuatro estaciones, Escrito en el agua, Humo del tiempo, España vertebrada, La piel de la patria, Duelos y quebrantos.

Fue brillante periodista cultural y gran divulgador de las letras. Su escritura es modelo de casticidad. Con esa virtud, ejerció cátedra ejemplar en las columnas que sobre el idioma –como jefe de relaciones públicas y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua– escribía en diversos diarios y revistas.

Como diplomático visitó España, Méjico, Venezuela y Panamá, y como alma andariega descubrió amplios horizontes. Pertenecía a distintas entidades académicas y literarias de Colombia y del exterior. En 1994 el escritor y periodista español Severino Cardeñosa Álvarez le rindió espléndido tributo de admiración al recoger en edición de 400 páginas buena parte de su obra poética.

“Aguasabrosa”, su reino terrenal, conoció sus horas de sosiego –y al mismo tiempo de infatigable creación– en la mejor etapa de su vida. Dicho rótulo era como una insignia ambulante de su espíritu, pues primero se lo asignó al predio rural donde residía en Buga, y al trasladarse años después a su nuevo domicilio en Calima-El Darién, con el mismo nombre bautizó esa morada. Su amor por el campo se lo transmitió su padre, que además, como poeta elemental que era, alentó la visión literaria del futuro escritor.

Ha muerto un inmenso poeta. El nombre de Echeverri Mejía entra a engrandecer el acervo cultural de la patria.

El Espectador, Bogotá, 20 de diciembre de 2005.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 11, junio de 2006.

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Comentarios:

Le escribo a nombre de Lourdes Carrasco de Echeverri, la esposa del poeta Óscar Echeverri Mejía. Desafortunadamente, al poeta le repitió el derrame que lo aquejaba a comienzo de los años noventa. Fue tratado en Buga y remitido a Cali por lo delicado de su estado. El miércoles 7 de diciembre entró en coma. El domingo 11 de diciembre había fallecido. Por disposición de la familia se programó todo lo necesario de manera rápida (…) Pedro Henao Montes, Cali.

Desde el invernal Madrid, mi cordial abrazo de navidad y año nuevo. Y gracias por tu homenaje al poeta Echeverri Mejía, de cuyo fallecimiento la prensa ha hecho un silencio, este sí, sepulcral. Luego te enviaré uno de sus poemas que más aprecio. Comparto tu criterio de que fue un gran poeta. Augusto León Restrepo, España.

No supe de la muerte del poeta Óscar Echeverri. Ni siquiera en La Patria, donde escribió durante tantos años, se dijo nada. Me duele la partida de un buen amigo y de un excelente poeta. Yo le publiqué un libro de poesía. Era, además, un excelente conversador y muy grato. Carlos Arboleda González, Manizales.

Acabo de recibir por medio del amigo Pedro Henao la columna que usted le ha dedicado en El Espectador a Óscar Echeverri Mejía, en la que incluso se alude a mi trabajo de 1994; muchas gracias por sus palabras. La verdad es que para mí ha sido un duro golpe. Este acontecimiento me ha producido gran tristeza, se marchó algo de mí. Severino Cardeñoso Álvarez, Madrid (España).

Mi amiga Aída Jaramillo Isaza, quien en el silencio de su hogar y lejos del mundanal ruido mantiene permanente comunicación con el mundo cultural, me ha enviado este “Sueño sellado”, única información que tengo de la muerte de Óscar Echeverri Mejía. Otro grande que se fue en su romántica “Aguasabrosa”. Gloria López de Robledo, Manizales.

Nos ha llegado, por el poeta Hernando García Mejía, el artículo “Sueño sellado”, que usted escribió para nuestro común amigo Óscar Echeverri Mejía. Estoy preparando un documento para el poeta de “Aguasabrosa”, en el que quisiera que figurase su trabajo. Le pido permiso para reproducirlo, dándole crédito, claro, a usted, como periodista y escritor colombiano. Reciba un cordial saludo desde Madrid de alguien que aprendió en Cali (1960-1965) a amar a Colombia. Juan Ruiz de Torres, Asociación Prometeo de Poesía, Madrid. (Julio 21/2006: El artículo quedó registrado en la revista Prometeo, de manera permanente, en la sección “Fondo Documental).

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