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Faltó Laura Victoria

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A propósito de la edición de la revista Semana dedicada a las que en su concepto son las 109 mujeres más importantes de Colombia, hace notar D´Artagnan, como días antes lo hizo El Nuevo Siglo, la ausencia de algunas figuras femeninas dignas de evocación. Es el caso, por ejemplo, de Nicolasa y Bernardina Ibáñez, que tuvieron papel notable en los días de la Independencia y en las vidas de Bolívar y Santander, según lo analiza, entre otros destacados escritores, Jaime Duarte French en su libro Las Ibáñez.

Ese es el riesgo que se corre con las antologías (o selecciones como la de Semana), las que, por ser elaboradas bajo criterio o gusto personal, a veces caprichoso, suelen desconocer otros méritos o exagerar la nota de las personas elegidas. Andrés Holguín, en su Antología crítica de la poesía colombiana (1974), excluyó a Julio Flórez por no considerarlo merecedor de ese privilegio, y no fueron pocas las objeciones que recibió. Julio Flórez ha sido el poeta más popular de Colombia, y con esa calificación no puede estar ausente de ningún escrutinio literario.

¿Por qué no clasificó Laura Victoria entre las 109 mujeres escogidas por Semana? Me atrevo a sacar la siguiente conclusión: el grupo que asesoró a la revista para dicho dictamen no sabe quién es Laura Victoria. Esto es fácil de sostener: la poetisa, muerta el año pasado, se había residenciado en Méjico desde 1939, y Colombia la había olvidado.Sin embargo, fue la pionera en nuestro país de la poesía erótica, y en los años 30 del siglo pasado conquistó renombre internacional al lado de las grandes líricas latinoamericanas: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Rosario Sansores.

El maestro Valencia calificó a Laura Victoria como una revelación de la literatura colombiana, y Rafael Maya elogió a Llamas azules como “el mejor libro poético publicado por mujer alguna en Colombia”. Calibán, en El Tiempo –donde ella publicaba sus poemas–, expresó siempre la misma opinión. Laura Victoria, con su poesía sensual, entonó el sentimiento de los colombianos y revolucionó las letras nacionales. Además, en una época de puritanismos y restricciones, liberó a la mujer de la esclavitud ancestral que no le permitía alzar el vuelo.

Murió faltándole seis meses para cumplir el centenario de vida. Pocos se dieron cuenta de su deceso. Ya el país era otro. En El Tiempo, que fue su periódico, apareció una nota solitaria, de Enrique Santos Molano, registrando la noticia y exaltando la gloria de la insigne colombiana. El olvido había empañado su nombre, después de 65 años de ausencia de la patria. Y no clasificó en la lista de Semana…

El Espectador, Bogotá, 29 de noviembre de 2005.

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El poeta en La Habana

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace poco vino a Colombia el poeta José Luis Díaz Granados, desde su exilio obligado en La Habana, y se presentó en la Casa de Poesía Silva con nueva cosecha de versos. Allí se reunió con sus viejos amigos de las letras y luego regresó a Cuba, donde reside desde febrero del 2000. Más de cinco años de destierro –a pesar de la buena acogida que ha recibido en aquel país– son el duro precio que ha tenido que pagar  por su fidelidad a sus ideas políticas.

En Bogotá dirigía desde 1992 la Casa Colombiana de Solidaridad con los Pueblos, y a fines de 1999 recibió amenazas por su simpatía con el régimen cubano. Como su vida corría peligro en Colombia, y no contando con garantías para protegerse en su patria, decidió refugiarse en la isla, donde goza de ambiente propicio para adelantar sus actividades literarias. No obstante la distancia de la patria y de los amigos, se siente satisfecho en Cuba  por el clima cultural que lo rodea.

Allí transcurren sus días actuales, rodeado de tranquilidad y dedicado a lo que sabe y siempre ha hecho: el periodismo literario, a través de crónicas que divulga en Agencia Prensa Latina, y el desarrollo de varios planes, entre ellos, el remate de dos novelas, en las que trabaja con ardor espiritual. En el Instituto de Periodismo José Martí preside la cátedra de grandes periodistas latinoamericanos y dicta clases sobre Pablo Neruda y Gabriel García Márquez.

A sus dos novelas en proceso ya les tiene nombres, según lo revela a Ricardo Rondón en reportaje aparecido en la revista Libros y Letras: “Tengo dos novelas –dice–: una sobre las luces y las sombras del exilio, titulada La noche anterior al otoño, y otra sobre mis años de adolescencia en el barrio Palermo de Bogotá, titulada El aprendiz de brujo”. En el género novelístico, ha editado otros dos títulos: Las puertas del infierno y El muro y las palabras, ganadora la última, en 1994, del Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira.

En 1968 fue el ganador del concurso de poesía Carabela, en Barcelona (España), y en 1990 le fue conferido el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En el campo de la poesía es autor de El laberinto, que ha tenido varias ediciones y ha sido ampliada con el paso del tiempo, y Cantoral, con su producción entre 1988 y 1992. La Universidad del Magdalena publicó en 2003 toda su obra poética en 40 años (1962-2002), bajo el título La fiesta perpetua. Uno de sus cuentos, La metamorfosis del saltimbanqui, fue laureado en concurso de 1980.

Díaz Granados vive en función de la literatura. Es su razón de ser. En Colombia ha colaborado con diversos diarios y revistas y su nombre goza de prestigio. Su fibra romántica –que gana nuevos acentos con su exilio en Cuba– ha plasmado obra valiosa. El amor es la savia de sus sueños. La mujer preside su mundo sensorial, tanto en la creación literaria como en su ámbito cotidiano. “La mujer –dice– es la fuerza motriz de mi alegría y de la totalidad de mi obra literaria”.

Ha sido hombre discreto, sereno y silencioso. Hombre de paz. Su única arma es la inteligencia. Y su haber, su acervo de versos y prosas. ¿Por qué, entonces, se le persigue y obliga a refugiarse en otro país? Cuando alguien me dijo que por sus ideas, trabajo me costó –y me cuesta– admitir que el modo de pensar de este ciudadano sosegado y caballeroso, con derecho a la libre opinión que garantiza la democracia, pueda significarle el destierro, por ironía en un sitio donde la libertad de expresión está restringida.

Al preguntársele en el reportaje atrás citado por su posición frente a la figura de Fidel Castro, respondió: “Es difícil encontrar a alguien de la generación de los 60 que no sienta algún estremecimiento afectivo hacia Fidel o el Che”. Esa circunstancia tiene hoy al poeta lejos de Colombia. Cuando sale al malecón de La Habana y conversa con las mulatas, en plan de averiguar por las honduras de los seres humildes, siente que su alma exorciza los demonios de la soledad. Y se acuerda de Colombia. Evoca la calle 45, la de su tránsito familiar durante tantos años, y el dolor de patria le aflige el recuerdo.

Díaz Granados es amante visceral de su cuna. Su poesía contiene hermosas expresiones de apego a sus lares nativos, la ardiente tierra samaria que le inyectó bríos de poeta. Hoy siente nostalgia por su gente, por los paisajes de Colombia, por los fríos y las lloviznas bogotanas, por las tertulias bohemias bajo el calor de la poesía. Todo esto le tortura el recuerdo. Dice que volverá pronto a Colombia. ¿Cuándo? La patria lo espera. La literatura nacional lo necesita.

El Espectador, Bogotá, 6 de diciembre de 2005.

 * * *

Comentarios:

Inmensamente emocionado y conmovido he leído tu hermosa y generosa nota sobre mi exilio cubano. No tengo palabras para expresarte mi infinita gratitud por tan generoso gesto de solidaridad y amistad. José Luis Díaz-Granados, La Habana.

Soy, por fortuna, un viejo amigo de José Luis Díaz Granados. Ahora que estuvo en Colombia lo invitamos a Manizales y estuvimos una larga noche, alrededor de unos rones de la Licorera de Caldas, hablando de literatura y de viejos amigos. Hace unos cuatro años lo visité en La Habana. Carlos Arboleda González, Manizales.

Muchas felicitaciones por su artículo sobre el poeta José Luis Díaz Granados, exiliado en Cuba. Es un hombre sencillo, valiente y honesto. Me gustaría referirle que no es el único poeta en el exilio (cita el caso Armando Rodríguez Ballesteros, refugiado en Costa Rica). Andrés de la Hoz.

Encuentro de dos poetas

miércoles, 30 de junio de 2010 Comments off

Guiomar y Alfredo.  Ella,  oriunda de Medellín y con nexos ancestrales en el municipio caldense de Riosucio, es una delicada dama que en 1978 nació en el mundo literario con el libro Mujer América – América Mujer. Él, natural de Cali, ha sido caballero andante por diversos países, sobre todo Estados Unidos, y en 1968 apareció en el mismo escenario con el título Poemas, motetes y cantos.

Guiomar ha publicado 13 libros de poesía y Alfredo, 17. Ambos transitan por los predios líricos desde sus tempranas mocedades y han hecho de las letras y la cultura su razón de ser. Su entrega a las causas del arte y del espíritu ha sido absoluta, y en sus itinerarios han conquistado aplausos y galardones. Se trata de Guiomar Cuesta Escobar y Alfredo Ocampo Zamorano, hasta hace poco dos astros independientes en el cosmos de la poesía. Hoy, unidas sus existencias por los lazos del afecto, han refundido sus destinos en una sola ilusión.

En la pasada Feria Internacional del Libro presentaron la obra conjunta bautizada Concierto de amor a dos voces, la que, como su nombre lo señala, fue escrita a cuatro manos y con clara motivación: el amor de pareja. Obra pulcra y de atrayente diseño, elaborada en fino papel y con maestría artística. Salió de los talleres de Apidama Ediciones, empresa que dirigen los esposos y que en poco tiempo ha producido 22 volúmenes poéticos de diversos autores, y dos de la serie “Pintemos este cuento”, de la libretista y productora de televisión Lucila Navia Rinck.

Isaías Peña Gutiérrez, prologuista del libro, anota: “Mientras el sol nace y cae cada día, se cruzan poemas como cartas que se suceden en un tiempo de reflexión y de coraje”. Y agrega que “van descubriendo (a ellos y a nosotros) las inmensas posibilidades que surgen del encuentro de dos ausentes”.  Es el suyo, en efecto, un enlace poco común en esta época de vacíos sentimentales, desarmonías y desencuentros. Por eso mismo, es un vínculo sorprendente. A sus edades adultas, cuando funcionan mejor las cuerdas de la serenidad y de la percepción, cualquiera puede suponer que se trata de una unión perdurable. Los protagonistas han llegado a la etapa de la vida donde el corazón responde con mayor certeza a los pálpitos de la intuición y la fantasía.

En este Concierto de amor a dos voces se captan los vértigos de la pasión que en el cielo lírico –el mejor  escenario para el ideal amoroso– describen las sutilezas del corazón y recogen el coloquio de las almas, más allá del tiempo y las circunstancias personales. Lo que permanece es la poesía: lo demás es transitorio. El lector hallará en este libro un delicioso diálogo poético. Conozca o no a los interlocutores, se olvidará de ellos para percibir los gozos de la estación otoñal. Aquí palpita el lenguaje universal que a través de los siglos ha conmovido el alma de los enamorados.

La poesía amorosa es un sistema musical que no entiende la razón, pero que suena encantado. Y se expresa en suspiros, murmullos misteriosos, vuelos mágicos. Los vasos comunicantes de este poemario llevan a un mismo lugar: la idealización del amor. Ya no es el frenesí primaveral, el de las iniciales sorpresas y las turbadoras borrascas, sino la emotividad consciente que ha aprendido el juego apacible de las emociones.

Amor que cabalga en el viento, en los océanos, en la epidermis de las alcobas. Amor sensual y etéreo. En alguna parte, Alfredo le dice a Guiomar: “Me crecen tus pupilas para lograr hallarte cerca del universo con profundo quejido de salmo que explosiona detrás de las palabras”. Y ella exclama: “Ebrio está mi cuerpo desde la mañana en que llegaste a descubrir en mis ojeras un río de luz”. 

El libro, inflamado de erotismo y rutilante de metáforas, es un festín de los sentidos y un canto a la alegría. La fusión de los cuerpos y el fragor de las palabras magnifican el significado de conquista y posesión. Rara obra, además, en estos tiempos descreídos y frívolos, en los que los poetas, dispensadores y destinatarios de la pasión enlazada, hacen vibrar en su concierto las voces de un idilio fuera de moda. Idilio que ya no existe en nuestros días, pero que es posible. Y al volverse palpable, como lo sentimos en la obra, se rescata el amor como llama inextinguible del planeta. Dichosa poesía.

El Espectador, 16 de junio de 2005.

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El poeta del mar

martes, 29 de junio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Jorge Marel, el poeta del mar, ha publicado su libro número 16: Exilios y soledades. A través de los años, el amigo de Sincelejo me ha favorecido con el envío de sus obras, que leo con fervor por estar elaboradas con sustancias marinas y contener esa expresión surrealista, muy propia de Marel, que se remonta sobre las olas para elevar el alma y enaltecer el sentimiento en versos llenos de emotividad y filosofía.

Dijo Borges: “El mar es un antiguo lenguaje que yo no alcanzo a descifrar”. Marel, tratando de interpretarlo, ha escrito todos sus libros con la mira puesta en ese horizonte mágico que a toda hora lo asombra y lo perturba. Tanta es la compenetración que mantiene con su entorno de horizontes y ecos marinos, que un día se despojó de su nombre propio –Jorge Hernández Gómez– para revestirse de mar: Jorge Marel. Desde entonces ambos son una sola consonancia que vibra bajo los mismos impulsos y las mismas conmociones. “Los hombres nacidos junto al mar –dice el poeta– aprendimos el olvido mirando sobre las playas todo cuanto las olas se empeñan en borrar”.

En su último libro recuerda a sus amigos fallecidos, y con ese pensamiento se sumerge en las oquedades de la muerte, del olvido y la tristeza. La soledad, la nostalgia y el ensueño son expresiones connaturales al ámbito de su alma estremecida por el dolor de las ausencias irreparables. En su recuerdo brotan las figuras de sus parientes Luis Carlos López y Raúl Gómez Jattin y siente que algo se ha roto en sus entrañas.

En 1982, cuando Marel publicó su segundo libro, Nocturnos del mar, recibió desde Cereté una hermosa carta-poema que le enviaba Gómez Jattin con Leopoldo Berdella de La Espriella, amigo de ambos y también suicida. Hoy lo estremecen esas imágenes lúgubres. El poema Nuevo credo del hombre está dedicado a Fernando Charry Lara, que fallecería poco tiempo después de publicado el libro. Sin presentirse el desenlace inminente, la obra en camino albergaba a otro poeta que meses más tarde penetraría también en el destino inescrutable de la muerte.

Marel recuerda con nostalgia los días venturosos que a sus 22 años pasó en Bogotá como estudiante de Derecho y Sociología, en entrañable vida social y literaria, al lado de grandes figuras de las letras: Fernando Charry Lara, Aurelio Arturo, Maruja Vieira, Rogelio Echevarría, Andrés Holguín, Eduardo Carranza… El mar, el mar cotidiano de sus evocaciones, regocijos y pesares, baña estos rostros ligados a la amistad imborrable. Esto es su libro: añoranza, afectos perennes, solidaridad, dolor y lágrimas. El título de la obra proclama el latido del corazón: Exilios y soledades.  

Marel, a lo largo de los años, ha sido una bandera cultural del departamento de Sucre. Dirigió la Casa de Cultura de Sincelejo y la Biblioteca Pública de Sucre. En Sincelejo creó la Casa de Poesía y Artes “Héctor Rojas Herazo”, y fuera de su tierra fue profesor de español y literatura en la Universidad del Norte, en Barranquilla, y jefe de publicaciones de la Universidad de Cartagena. Bajo su liderazgo se realizan frecuentes encuentros de escritores y artistas costeños y nacionales.

Lleva incrustado el mar como parte esencial de su existencia. Frente a él conjuga el dolor humano y reflexiona sobre los conflictos del universo. Poeta del amor, el olvido, la soledad y la ecología, con sus versos libres, de delicada factura, ennoblece el ejercicio de vivir y se mantiene en comunión con Dios y con la naturaleza. El mar lo absorbe y lo eleva sobre las miserias del mundo.

El Espectador, 10 de marzo de 2005.

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Verano de emociones

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Diversas facetas conforman el itinerario intelectual de Héctor Ocampo Marín: ensayista, académico, historiador, periodista, profesor, cuentista, novelista,  poeta. Esta última vocación, cultivada desde sus propios inicios como escritor, viene a conocerse en época reciente: primero, con el libro Sinfonía de los árboles viejos, ganador de un certamen de poesía realizado en Villa de Bornos, España, en octubre de 2001, y luego con Memorias del verano, silenciosa labor realizada durante largos años y que sólo ahora ve la luz pública.

El Ayuntamiento de Bornos, por motivos inexplicables, dejó de publicar el libro triunfador y tampoco entregó los otros premios ofrecidos, ni dio explicación sobre tan insólita conducta. Sin embargo, este hecho curioso, muy propio de la picaresca literaria, le ha hecho conquistar al escritor una credencial legítima: la del éxito obtenido en franca lid.

A Héctor Ocampo Marín lo descubrí como poeta al tener la suerte, por amable deferencia suya, de leer (mejor: de sentir) su Sinfonía de los árboles viejos. Con dicho motivo expresé lo siguiente en columna de El Espectador: “Es un delicado opúsculo movido por el lirismo, la filosofía, el sensualismo, el amor a la naturaleza y a la vida. El autor les pone alma y sentimiento a sus árboles y los transforma en seres animados que, al igual que los hombres, aman y sufren, gozan y lloran. Conversan con Dios, con el viento y la floresta. Sufren la intemperie y se refrescan con la lluvia. Tienen horas de hastío y también de alborozo. Los hay sensuales, y hedonistas, y tiernos. Otros cargan con la soledad de los años y se les enfría el corazón. En medio del universo telúrico, disfrutan la cantata del agua y perforan el alma de la piedra”.

El mismo tono, con diferentes matices según los temas que aborda el poeta, lo encuentro en Memorias del verano. Titulo sugerente que hace pensar en la entrega del escritor al diálogo memorioso con su alma lírica. El verano, en las estaciones de la vida (que algún parecido guarda con la temporada climática), implica un estado de entusiasmo y energía, de fuego y pasión, donde el hombre reflexivo explaya sus vivencias bajo la sombra de la  serenidad y el impulso de las emociones. Así, llegamos a un verano de éxtasis frente a la belleza, dentro de un canto armonioso a las riquezas del universo y del espíritu.

En estas memorias se escucha el latido constante de la naturaleza, del amor y del recuerdo. Tres conceptos que, manejados con donaire y sutileza, enlazan toda la obra del poeta. En el primer capítulo, Bucólica sin edad (eso, en efecto, es la naturaleza inmutable), las palabras susurran bajo la hierba su canción mística, y en fulgurante explosión estallan con júbilo entre las brasas del solsticio. En el hallazgo del árbol sensual, o de la fuente perdida entre la maleza y el olvido, o del viento impetuoso y rebelde, o del apacible fulgor del amanecer y el sensitivo camino de la noche, hay embrujo y emoción. “¡Soy el árbol de las orgías y los silencios!”, grita en la espesura del monte la voz milenaria del deseo.

Ocampo Marín sabe interpretar el espíritu de la montaña. No en vano su propio espíritu creció entre las brisas agrestes de su Risaralda natal y se tonificó en la radiante campiña quindiana. Y eso es lo que recoge en su obra: el eco de las tierras generosas por donde transitó en gratas jornadas de contemplación y ensueño. Desde sus primeros años lo deslumbró el colorido de los paisajes bucólicos. Su fusión con Dios y la naturaleza lo llevó a compenetrarse con los dones elementales de la vida. Hoy su evocación se remonta a los alegres campos de la infancia y a la aldea lejana, con la casona solariega, que recreó su juventud. En este recorrido por el tiempo y la distancia, que incita la añoranza y acrecienta el goce de la intimidad, salen a su vera las palabras de Antonio Machado: “Yo voy soñando caminos de la tarde”.   

En Cantata de amor, segunda etapa de este itinerario, el pasado se vuelve melodía y nostalgia. El recuerdo romántico desata vientos de fragancias y despierta remotos idilios. El rostro del amor juvenil emerge entre la floración de las praderas que enmarcaron la conquista temprana, cuando el corazón comenzaba apenas a murmurar sus primeros anhelos. En medio de ese pasado de brumas perdura todavía la silueta de la fresca muchacha de provincia, cándida y tenue como una aurora fugaz. En esa imprecisión de los sentidos que brota del amor primigenio, la placidez se diluye en lontananza y hace resurgir la idea luminosa del corazón asombrado.

En Esclusas del tiempo, capítulo final, se percibe, con acento épico en algunos de sus poemas, un énfasis hacia los valores legendarios o autóctonos que debe proteger el individuo tanto en su comarca como en las zonas del espíritu. El poeta clama por la pertenencia a la provincia y a cuanto ella representa, es decir, al medio ambiente, al río tutelar, a los huertos pródigos, a las tradiciones domésticas, al patrimonio ancestral, al pasado histórico. Los versos aquí reunidos, forjados con ricas gotas de lirismo, son una afirmación de la vida y un canto a la ternura.

Esta conjunción de afecto, nostalgia, deleite del paisaje y recuerdos íntimos hará placentero para el lector este verano emocional que todos hemos vivido alguna vez, y que los poetas se encargan de ensanchar y embellecer con su alma enamorada. Los ecos del corazón no conocen tiempos, razas ni fronteras, y por eso Ocampo Marín ha escrito su poesía con el sello de lo intemporal, que en este caso traduce el universo de las emociones. Y nos entrega un bello poemario elaborado con delectación y precioso estilo, en versos diáfanos y bien cincelados, con esa enjundia y esa concreción de que son maestros los orfebres de la palabra.

Bogotá, abril de 2005

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