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Matilde Espinosa y la causa social

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En Luis Carlos Pérez, distinguido jurisconsulto y primer rector marxista de la Universidad Nacional, encontró Matilde Espinosa la fórmula precisa para armonizar su vida sentimental y compartir sus ideas de izquierda, luego de la ruptura de su primer matrimonio. A la edad de 18 años se había casado con el pintor Efraim Martínez, con quien se fue a vivir a París y tuvo sus dos hijos, hoy fallecidos. Allí le sirvió al artista de modelo e inspiración –dada su exquisita belleza– para los cuadros de desnudos elaborados durante los siete años de residencia en París.

El matrimonio se separó, por el carácter irascible de él, según lo manifiesta Matilde, y ésta se trasladó a vivir a Cali con sus hijos, circunstancia determinante para que fuera demandada por abandono del hogar  y rapto de los menores. Por poco termina en la cárcel. Este mismo caso se había presentado poco tiempo antes en el matrimonio de la poetisa Laura Victoria, que también fue demandada por abandono del hogar y tuvo que huir a Méjico para proteger a sus hijos. Ambas mujeres son símbolos de la liberación femenina y cumplieron destacados papeles en las letras nacionales. Laura Victoria falleció en Méjico en mayo del año pasado.

Matilde Espinosa contrató los servicios del penalista Luis Carlos Pérez, quien, fuera de hacerle ganar la causa judicial, se enamoró de ella. En 1948 se casaron por lo civil en Ecuador, y convivieron en absoluta felicidad hasta la muerte de Luis Carlos Pérez, ocurrida en 1998. El deceso de su compañero durante 50 años le produjo profunda conmoción, y su poesía adquirió otros acentos líricos.

En febrero de 2004, en vibrantes versos, exclama: “Nada más cierto / que tu ausencia / y este incansable viento. / Revestido de sombras / el color de los días / se recoge en silencio / los tuyos y los míos / y toco tu pensamiento”. Las palabras “viento” y “sombra” tienen en su producción especiales connotaciones y están incorporadas a los títulos de cuatro de sus trece libros publicados:  Pasa el viento, Memoria del viento, Señales en la sombra, La sombra en el muro.

Matilde Espinosa nació en un caserío de Tierradentro, Cauca, donde su madre ejercía el oficio de maestra. Allí permaneció hasta los seis años. Luego se trasladó a Santander de Quilichao y después a Popayán. Siendo apenas una adolescente sintió el despertar de las ideas sociales y se comprometió con la suerte de los humildes. Sus libros de poesía están orientados, en su mayoría, hacia las reivindicaciones sociales y los derechos femeninos, temas que la han apasionado y han puesto un tinte de lucha a su obra y a su itinerario humano. Comenzó siendo comunista y agitadora, y en los años 50 se le bautizó como la “camarada Ternura”.

Pasados los años, y luego de haber conocido los países comunistas, de los que se desencantó, abandonó la militancia activa y se situó en otro terreno: el de la mujer intelectual, de ideas liberadas y claras convicciones, que mediante el ejercicio de la palabra podía librar eficaces combates a favor de los desequilibrios de la sociedad. En la órbita comunista descubrió que el hombre había perdido la libertad, y se dijo que sin ella no podía existir felicidad ni justicia. Se volvió librepensadora al lado de su segundo esposo, aunque quizá esta disposición la llevaba latente desde la juventud y vino a manifestarse con mayor fuerza al hallar la pareja ideal.

Comenzando la segunda parte del siglo XX se rebeló contra ciertos moldes tradicionales de las letras, como treinta años atrás lo había hecho Luis Vidales, y adquirió su propio estilo. Se apartó de la métrica y se fue por los caminos del verso libre, y su poesía se caracterizó por la solidaridad con el dolor de la gente marginada y el amor por la humanidad. No manejó en sus poemas el tema romántico, a pesar de las dosis de sensibilidad que se evidencian en su obra, y prefirió, en cambio, adoptar una postura de denuncia ante la miseria, los atropellos y las injusticias. Ha sido defensora vigorosa de los valores fundamentales de la vida y ha repudiado la disolución de las costumbres y el imperio de la superficialidad, tan comunes en nuestros días.

De cierto tiempo para acá su tono se ha vuelto intimista, y de esta manera ha explayado su mundo afectivo, el de las emociones y las nostalgias, sin incurrir en la queja o el abatimiento, sino animada por la esperanza y la firmeza del espíritu. No se ha dejado hundir en los desiertos de la soledad y la congoja, que a veces son propios del avance de los años, sino que se ha detenido ante las maravillas del agua, del árbol y la nube y ha decantado los efluvios de la naturaleza y los sonidos vivificantes del otoño.

Matilde Espinosa es figura brillante de nuestra poesía. Así se lo han testimoniado el Ministerio de Cultura, la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer y el Encuentro de Escritoras, en el homenaje que acaban de rendirle en el Museo Nacional.

El Espectador, Bogotá, 17 de marzo de 2005.

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Laura Victoria, en el centenario de su nacimiento

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Laura Victoria nace el 17 de noviembre de 1904, en Soatá, departamento de Boyacá. Al año de nacida, la familia se traslada a Bucaramanga, donde su padre, Simón Peñuela, se posesiona como magistrado del Tribunal Superior. Tres años después, la familia regresa a Soatá. A los cinco años de edad, la niña inicia en su pueblo el estudio de las primeras letras. Los estudios secundarios los concluye en el Colegio de la Presentación de Tunja.

A los 14 años escribe allí su primer poema amoroso, y esto escandaliza a sus compañeras. El siguiente poema, para sacarlas de la duda, es un acróstico dedicado a la más escéptica. Laura Victoria nace a la vida del verso cuando las mujeres en Colombia no hacían versos. Desde entonces esta alondra de los vientos no deja de volar por los cielos de la poesía.

En Soatá se habla de la selecta biblioteca que su padre ha formado a través del tiempo. Es hombre de leyes y de vasta cultura. Ha militado con pasión en las lides guerreras de la época y se mantiene enterado del desarrollo social del mundo. Lee cuanto texto cae en sus manos, sobre todo los que tienen que ver con el pensamiento político que encarna la Revolución Francesa.

El siglo en Colombia arranca con un pesado ambiente político entre ambos partidos. La guerra ha sido el común denominador del país. Simón Peñuela la induce a leer los tesoros que guarda en su biblioteca. Así, poco a poco, despierta la mente de la poetisa hacia el hallazgo de los grandes maestros de la literatura francesa. Su padre descubre en ella una mente accesible a las ideas progresistas. Le abre las puertas de la inteligencia francesa, y Laura Victoria aprende a pensar. “Esa fue la causa de mi carácter independiente”, confesará años después.

Ya casada, se establece en la capital del país. El primer literato en llegar a la escritora es Nicolás Bayona Posada, que goza de amplio prestigio como poeta, ensayista y crítico, y escribe sugestivo artículo sobre esta poesía encantada. De inmediato el nombre de la autora salta al primer plano de la popularidad. La revista Cromos publica su poema más audaz: En secreto, rebosante de fino erotismo, que sacude el alma de los enamorados y a ella le significa el ingreso a la fama.

Numerosos amigos y simpatizantes surgen en sus días gloriosos. Es un público extasiado que camina en pos de sus huellas, la aclama en calles y teatros, se enardece con el símbolo que representa y sueña con sus poesías incitantes. Todos quieren conocerla, tenerla cerca, obtener algún miramiento suyo. Están maravillados con sus versos de pasión, con su belleza de sílfide, con su audacia y su juventud. Grandes personajes de las letras, la sociedad y la política integran la nómina selecta. Se le denomina la “amada ideal” de la poesía colombiana.

Aún no ha cumplido los treinta años cuando aparece Llamas azules, que Rafael Maya considera “el mejor libro poético publicado por mujer alguna en Colombia”. La poetisa viaja como un meteoro por los escenarios de América, donde recibe calurosos aplausos de los públicos delirantes. Su alta calidad la hace sobresalir entre las grandes líricas latinoamericanas: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Rosario Sansores.

Se trata, sin duda, de una fina entonación lírica con acento sensual, que ennoblece el sentimiento humano como nunca antes lo había hecho otra mujer, y de paso provoca una revolución en la literatura colombiana.

Laura Victoria ha descubierto el territorio libre de las emociones. Sabe que por encima de su ilustre apellido y de la censura social o eclesiástica está su derecho a ser escritora. Ese es su destino. Vino al mundo para pulsar en su lira la pasión amorosa, connatural al hombre como lo es el agua a la sed. Su corazón de fuego es receptivo a lo más sagrado que tiene el ser humano: el amor.

Despega en un escenario grande, pero debe luchar contra las críticas de la gente retrógrada, si bien son muchas las personas que aplauden su arte y su independencia. Escandaliza a la pacata sociedad con sus poemas, por expresar el lenguaje ardiente del amor. Ninguna otra mujer se ha atrevido a tanto. Colombia no estaba preparada para una escritora de tal calidad.

Una de las grandes atracciones literarias y orientador insuperable de su carrera es el maestro Guillermo Valencia, que expresa franco reconocimiento hacia el sorprendente suceso que Laura Victoria representa en el mundo poético. “En su manera de escribir -dice- no hay artificio, ni rebuscamiento, ni alarde ni falsía, ni engañoso brillo, ni tortura de formas: es el libre fluir de la vena poética”.

La cadena de triunfos termina en 1938, año que le produce serios reveses. Representa el final de sus giras. Con Cráter sellado, publicado este año, concluye su poesía sensorial. Varios golpes la derrumban por aquellos días: la separación conyugal, la muerte de su madre, la huida a Méjico con el propósito de proteger a sus hijos, que su marido pretende arrebatarle. En este país ocupa por varios años el cargo de agregada cultural de la embajada colombiana, el que también ejercerá en Roma años después.

En Méjico se vincula al periodismo, labor que desempeña por más de veinte años. Allí escribirá el resto de su obra, y su vida dará un viraje al misticismo y a los temas bíblicos, en los que se vuelve erudita. Siete títulos conforman el total de su producción literaria, fuera de numerosos artículos en periódicos y revistas.

Nunca conoce el amor ideal. En las escaramuzas del amor, la dama del erotismo se entretiene con sus admiradores. Los toma y los deja. Los disfruta y los distancia. A veces se enamora del que no es. Los hombres se sienten seducidos por la diosa de la poesía y la asedian con ardor. Muchos se imaginan que lo que dicen sus versos es lo que ella practica en la intimidad de su propia vida. Sobre estos vaivenes de su alma escribe uno de los poemas más bellos de su obra: Otro rumbo. Pasado el tiempo, un periodista le pregunta si ha hallado el amor verdadero, y ella responde: «Desgraciadamente no. Me consagré entonces al estudio bíblico para lograr el conocimiento de Dios. Y ese amor verdadero lo encontré al fin en Cristo”. 

En España, Montaner y Simón le edita en 1960 el libro Cuando florece el llanto. Ahora sus poemas son melancólicos y expresan acentos de soledad y olvido. Con Crepúsculo (1989) finaliza su obra poética. Muere en Ciudad de Méjico el 15 de mayo de 2004, faltándole seis meses para cumplir cien años de vida. La Academia de la Lengua, de la que era miembro desde varios años atrás, dispone rendirle un homenaje con motivo del centenario de su nacimiento, este mes de noviembre, ocasión en  que se presenta la biografía titulada Laura Victoria, sensual y mística, de mi autoría. Obra auspiciada por la Academia Boyacense de Historia.

Olvidada en Colombia en los últimos tiempos debido a su estadía de 65 años en Méjico, la noticia de su muerte ha hecho revaluar su nombre como una de las figuras ilustres de las letras nacionales.

Bogotá, 2-XI-2004

Julio Flórez, poeta esencial

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

Gustavo Páez Escobar

En el año 1909, bajo el sofoco de tórrida temperatura superior a los 30 grados, avanza Julio Flórez por la vía polvorienta que va de Barranquilla a Usiacurí. Se dirige a este caserío en busca de una cura medicinal para el cáncer que le ha aparecido en el rostro, del que espera curarse en las aguas azufradas, famosas en el país, de que es rico el lugar. Además, el desengaño del mundo y sus vanidades, que ha seguido a sus resonantes días de gloria y a sus bohemias memorables, lo lleva, en secreto, a buscar refugio seguro en aquel pueblo oculto de la Costa Atlántica. “Ya poco o nada de mi gloria queda”, confiesa.

Tiene 42 años de edad, y morirá en cercanía de los 56, el 7 de febrero de 1923, en la misma estrecha aldea (hoy de 8.000 habitantes) escogida como residencia bucólica para el resto de sus días, después de haber probado el alboroto y la embriaguez de las ciudades. Había nacido en Chiquinquirá, el 22 de mayo de 1867. Su época dorada la vivió en Bogotá, en largas noches de bohemia, de tristeza y soledad, si bien allí se le confundía con un alma alegre, por ser el centro y la chispa mayor de la Gruta Simbólica. Había viajado por Guatemala, Méjico, España, París, en aparentes excursiones de placer. Pero su mundo era Colombia. Su gente lo esperaba en los bares de la capital.

Compra en Usiacurí una pequeña tierra poblada de frondosa vegetación tropical y se dedica, con amoroso empeño, a reparar la casita rústica que habrá de compartir con su esposa y sus hijos. En los alrededores florecen las matas de florón, los mamoncillos, los olivos, las ceibas y los árboles cargados de frutos generosos, donde escucha desde las primeras horas del día los arpegios de las aves congregadas en torno al santuario de la poesía. Feliz en la vida pastoril, alterna sus horas entre el laboreo agrícola y el cultivo poético. Tanta es su identidad con su nuevo hábitat, que un día exclama: “Oculta entre los árboles mi casa / bajo denso ramaje florecido / aparece a los ojos del que pasa / como un fragante y delicioso nido”. 

Julio Flórez está catalogado como el más representativo de nuestros poetas. Poeta esencial e íntegro. O, como lo define Jorge Rojas, “poeta de la cabeza a los pies”. Era uno de esos trovadores espontáneos que, al igual que en la época medieval, iba por los caminos derramando su cosecha de versos. Sin mayores años de escolaridad (se dice que apenas adelantó estudios mínimos en una escuela o colegio de Puente Nacional), el lenguaje le fluía como de manantial puro, lleno de murmullos y resonancias.

Como nació con alma romántica, al igual que Byron, la inspiración le venía por soplos mágicos, algo indescifrable para los profanos, y que sólo conocen las almas predestinadas para tan noble quehacer. Julio Flórez no era un gramático, ni poseía grandes conocimientos literarios, pero tenía alma sensitiva. Eso es el poeta: una caja de vibración de los amores y pesares del ser humano. La sensibilidad, por encima de los cánones académicos, es la que determina el arte lírico.

Y era gran lector. Desde joven se apasionó por los poetas franceses, y de 16 años le hizo una oda a Víctor Hugo, su ídolo mayor. ¿Qué importa que no fuera culto? ¡Era poeta! Uno de los poetas más populares que ha tenido Colombia. Su genialidad se manifestó en lenguaje sencillo y tierno, sentimental y melancólico, que supo interpretar las alegrías y pesares del pueblo. Por eso estremecía el corazón de las multitudes. Sus cantos movían el amor y el desencanto, la tristeza y la añoranza, la sinceridad y la humildad, el dolor y la nostalgia. La poesía era para él rito sagrado, donde el poeta actúa como ser divino.

Guillermo Valencia, en reportaje a Martín Pomala, en 1928, anota: “Respecto de Flórez le diré que lo he admirado siempre por su inspiración sin igual. Julio fue a mis ojos el poeta por esencia”. Otras figuras destacadas han expresado elogiosos conceptos sobre este personaje bohemio (el legítimo bohemio intelectual de comienzos del siglo XX), que permanece en el tiempo como leyenda romántica y acaso fantasmal.

Se dice de él que acostumbraba irse con sus compañeros de libaciones a darles serenatas a los muertos en el Cementerio Central. Su inclinación a la tristeza y las sombras se advierte en buena parte de su obra, y de ello han quedado claros rastros en poemas como Mis flores negras, Todo nos llega tarde, Boda negra, Resurrecciones. Sus versos son el reflejo del alma desolada y sombría que deambulaba por las calles bogotanas en medio de dolores y amarguras. Fue a dar a Usiacurí para seguir con su sombra a cuestas.

El 14 de enero de 1923, días antes de su muerte, fue coronado poeta nacional en su propio terruño. Todo el país volvió los ojos hacia el escondido refugio sentimental que el ilustre boyacense había elegido como su última morada en la tierra. Con él desapareció el último de los poetas románticos. Años después, la humilde vivienda sería declarada patrimonio cultural de la nación. Y hoy, según dan cuenta las noticias de prensa, está a punto de derrumbarse por falta de recursos para sostenerla.

Mientras tanto, por los contornos sigue vibrando la voz pesarosa del poeta: “Todo nos llega tarde, hasta la muerte…”

El Espectador, 23 de junio de 2005.

 * * * * *

El artículo sobre Julio Flórez no solo es encomiable por la calidad proverbial de tu estilo, sino por algunos datos y aristas del poeta que no he leído en otros textos. Napoleón Peralta Barrera, Bogotá.

Me fascinó aprender un poco más sobre Flórez, a quien aprendí a amar a través de mi padre. Siempre me pregunto qué sería de las letras boyacenses sin este juiciosísimo periodista que les enseña a los colombianos dentro y fuera de las fronteras que Boyacá no sólo es “sumercé”. Colombia Páez, Miami.

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Sylvia Lorenzo

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con La flauta del juglar, obra publicada por la Gobernación del Huila y que he tenido el gusto de conocer por gentileza de su autora, Sylvia Lorenzo completa siete libros de poemas y una novela. Su vida es fecunda en el arte poético, al que está dedicada desde temprana edad. Sus otros poemarios son: Preludio, Poemas, El pozo de Síquem, Sólo el viento, Arcilla y lumbre, El sol de los venados, en todos los cuales prevalece la emoción del alma nacida para ennoblecer la existencia con el esplendor de la expresión.

Cinceladora de la palabra como fruto de sus estudios de Lingüística y Filosofía en el Instituto Caro y Cuervo, cada obra suya es un dechado de preciosismo literario y de belleza lírica. En la Universidad Javeriana adelantó estudios de francés y cultura francesa, gracias a los cuales amplió sus horizontes culturales y obtuvo diploma de enseñanza en el extranjero.

Fue el maestro Luis López de Mesa quien le insinuó el cambio de su nombre civil (Sofía Molano de Sicard) por el seudónimo literario que exhibe desde sus primeras producciones, con las siguientes palabras: “El nombre que le conviene es el de Sylvia Lorenzo, que nos trae la evolución del viento, selva, bosque de laureles”. En efecto, toda la obra poética de Sylvia ha estado movida por el aura romántica que, alimentada por su propia alma enternecida por la belleza, parece venir desde la floresta que avizoró el humanista antioqueño.

Eduardo Caballero Calderón, al leer en 1984 Arcilla y lumbre, le dijo:  “Realmente es usted una gran poetisa, y me recordó a viejos maestros de la Edad de Oro de la lengua. Hay sonetos preciosos que leí y volví a leer y que despertaron en mi espíritu viejas resonancias de nuestros clásicos”. Ya se quisieran muchas de nuestras figuras literarias contar con el beneplácito que Sylvia ha recibido de grandes maestros de las letras nacionales.

Pero ella ha manejado su mérito con discreción y sin alardes publicitarios, y menos con vanidad, si bien cada uno de sus libros ha suscitado el aplauso de un amplio círculo de literatos y lectores. Le basta saber que la obra literaria vale por sí sola, y lo que es más importante, que el oficio de escribir es un acto solitario y gratificante que obtiene los verdaderos laureles en el secreto de las ejecuciones bien cimentadas, para que sean, como las suyas, perdurables.

Sus versos son diáfanos, fluidos, espontáneos, entrañables, evocadores, y están inspirados por honda sensibilidad frente al amor, la naturaleza y el recuerdo. Su estilo es fresco y limpio, virtud que le imprime tono armonioso a su obra. Elabora con destreza el soneto, y en este campo ha logrado exquisitas joyas clásicas. En algunas partes aparece la fibra mística, donde la serenidad del espíritu se explaya con la misma fuerza de la pasión romántica. Talla las palabras, abrillanta las imágenes, engrandece las ideas.

La flauta del juglar, su última obra, es un recinto de amores, remembranzas y despedidas. Con nostalgia, la poetisa de Agrado (Huila), donde nació en 1918,  evoca las cosas idas y agradece los dones de la existencia. Es un recorrido por los paisajes de su tierra, por las alegrías y los sinsabores, por los rostros y los afectos de los seres amados. Se advierte en estas páginas el recóndito deseo del retorno, del reencuentro con el árbol perdido, la montaña fraterna y la quebrada inmóvil, para gozar más de las maravillas que llegan con las horas crepusculares y fascinarse al mismo tiempo, como en sus años jóvenes, con el panorama inmutable que sembró en su corazón la semilla de la poesía. Eso es el último libro de Sylvia Lorenzo: recuerdo y testimonio. Dicho en otras palabras, legítima poesía.

El Espectador, Bogotá, 21 de octubre de 2004.

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Luis Vidales y su magia poética

miércoles, 25 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando en 1926 apareció Suenan timbres, Luis Vidales era un joven de 22 años que se ganaba la vida como empleado del Banco de Londres y América del Sud. El contacto con el mundo de las cifras lo llevaría años después a ser director nacional de Estadística, campo en que se volvió una autoridad. Frutos de esa experiencia son el libro Historia de la estadística en Colombia y dos textos sobre censos de población. ¿Qué relación hay entre las cifras y la poesía? Ninguna, en apariencia. Aunque puede pensarse que la magia de los números es la misma magia que mueve el arte de los versos.

Nació el 26 de julio de 1904. Criado en el ambiente agrícola de la finca Río Azul (o Rioazul, como también se le nombra), que estaba situada en las altas estribaciones andinas que caen sobre el municipio de Calarcá, de allí salió un día Luis Vidales y se encontró con el sosiego de la Bogotá de aquellos días, ciudad que se convirtió en el centro donde desarrolló su vocación intelectual. Nunca la magia, tan ligada al milagro poético, abandonó al escritor en su tránsito existencial.

Desde muy temprano se manifestó su temperamento literario, bajo la tutela de su padre, que ejercía el oficio de educador. En Bogotá, como alumno del Colegio del Rosario, aprendió la retórica al lado de futuros personajes de las letras: José Camacho Carreño, Guillermo Amaya Ramírez y José Gnecco Mozo. El inquieto calarqueño, hijo de la cordillera, los relámpagos y la niebla, leía cuanto libro  caía en sus manos.

Más tarde apareció el primer milagro: el cronista Luis Tejada, de gran peso en la vida cultural del país, conoció la obra del incipiente literato y lo lanzó a la fama. Cuando un día Vidales llegó al café Windsor, teatro de célebres tertulias literarias, Tejada lo recibió con estas palabras consagratorias: “Carajo, todo el mundo a descubrirse: acaba de nacer un gran poeta en Colombia”.

Y Alberto Lleras afirmaba en artículo de prensa: “Vidales se creó su propio universo y ya no podrá salirse de él”. Voces premonitorias, la de Tejada y la de Lleras, que señalaron su destino irreversible: el del poeta de la rebeldía, el humor, la protesta social, la ruptura literaria. Con él nacía el surrealismo en nuestro país, y con él moriría. Cuando el nuevo poeta publicó Suenan timbres, fue atacado, despreciado, vejado. Y le llovieron toda clase de epítetos: dadaísta, ultraísta, maxjacobista, prosaico, desarticulado, irreverente, surrealista

Fueron pocos los que se detuvieron a considerar que había surgido el renovador de la literatura colombiana, movimiento que avanzaba desde ultramar como ola creciente impulsada por Rimbaud, Apollinaire y Kafka, y que en 1924 tomó fuerza después del manifiesto de André Breton. Temerosos del nuevo estilo, los solemnes escritores de la vieja guardia prefirieron ignorar la aparición de este fenómeno que atentaba, con ímpetu demoledor, contra los moldes tradicionales. Para ellos, ese brote representaba la antipoesía. Algo sacrílego.

Los jóvenes, en cambio, aclamaron al nuevo poeta por hallar en él un aire fresco dentro del ámbito acartonado y rancio de las letras nacionales. Y se alineó la generación de “Los nuevos”: Luis Tejada, Luis Vidales, León de Greiff, Jorge Zalamea, José Mar, Rafael Maya, entre otros que entraron a modificar la vida intelectual y política de Colombia. En Suenan timbres resonaba el eco nacional que en la década del veinte pedía cambios en el país, bajo la pluma de sus escritores más rebeldes y más audaces.

Se aglutinaba la conciencia marxista, con Tejada y Vidales a la cabeza, que rechazaban el espíritu burgués y buscaban la igualdad social. Tejada murió en 1924, a la temprana edad de 26 años. Vidales fue uno de los fundadores del Partido Comunista de Colombia y dirigió, en 1930, el primer periódico comunista del país: Vox Populi, de Bucaramanga

Luis Vidales protagonizó en 1926, con su osado poemario, una insurrección intelectual contra las formas poéticas que venían del siglo anterior, y que debían evolucionar. Y al mismo tiempo exasperó los ánimos de una generación que se había apoderado de la literatura nacional. Ese es el mayor significado del vate quindiano, cuyo centenario natalicio celebramos, y cuya muerte ocurrió en Bogotá, el 14 de junio de 1990.

En su obra campean el humor, la ironía, la irreverencia. Y está manejada por la gracia, el ingenio, la brevedad, el lirismo, las ideas singulares. Poeta contradictorio, ilógico, burlón, a la par que tierno y romántico, se pintó de cuerpo entero en sus páginas memorables. Hoy lo recordamos como el auténtico revolucionario de la poesía colombiana.

El Espectador, Bogotá, 29 de julio de 2004.

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