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El universo poético de Fernando Soto Aparicio

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Prólogo del libro Las fronteras del alma)

El público se acostumbró a ver en Fernando Soto Aparicio un novelista de clase, por encima de otras calidades. Es, sin duda, el género donde más se ha destacado ante los lectores y el que mayor beneplácito le ha traído a partir de 1960, cuando publicó su primera novela, Los bienaventurados. Desde entonces han aparecido 53 títulos, de los cuales 28 corresponden a novelas, 13 a poesía, 8 a cuentos y relatos, 4 a ensayos.

El éxito obtenido con La rebelión de las ratas (1962), su novela estelar, le abrió el horizonte hacia el campo de la narrativa, en el que cosecharía triunfos caudalosos. La mente de Soto Aparicio viene estructurada desde muy temprana edad para el arte de la novela. Esto es tan evidente, que a los diez años escribía dos novelas a la vez, que rasgaría tiempo después, privando a la literatura de conocer el mundo curioso, entre sutil y perspicaz, de aquella mente precoz. En efecto: Soto Aparicio ha sido novelista desde siempre.

Pero también es poeta, y de altos kilates. Esto ha pasado inadvertido para algunos lectores, que siempre lo han identificado como autor de excelentes enfoques sociales en el terreno de la novela y no han tenido la oportunidad de llegar a sus predios poéticos. La primera incursión que se le conoce en este género ocurrió con el poema Himno a la patria, aparecido en el suplemento literario de El Siglo, en agosto de 1950. Lo cual quiere decir que por lo menos doce años antes de salir su primera novela ya era poeta. Aquí también cabe afirmar que ha sido poeta desde siempre.

Otro hecho revelador de su talento poético es el relacionado con su Oración personal a Jesucristo, que escribió a los 20 años de edad, y cuya primera edición tuvo lugar en marzo de 1954, en la página literaria de La República, dirigida por Dolly Mejía, suplemento que dedicó al poema la totalidad de su espacio. En febrero de 1964, también el Magazín Dominical de El Espectador, dirigido por Guillermo Cano, ocupó todo el suplemento con esta producción maravillosa, calificada por el director -tan buen catador de las bellas letras- como una de las mejores obras de la literatura colombiana.

La poesía de Soto Aparicio comenzó a decantarse en los tersos paisajes boyacenses, en los que captó la claridad y la armonía de los cielos serenos. Es poesía que brota con naturalidad y frescura y fluye sin torturas de expresión para producir encanto y emoción. El caudal del pensamiento, de que es tan rica la mente del artista, forma la placidez de las aguas cristalinas y el vigor de los ríos profundos, tono que matiza toda la obra lírica del ilustre boyacense. Poesía auténtica y pura, sin barnices ni falsas pedrerías, y asperjada con el fulgor de la metáfora y la contundencia de la belleza. La sonoridad del verso, el precioso lenguaje y el rigor gramatical crean la estructura perfecta para que estos poemas posean la musicalidad y donosura de las mejores creaciones castellanas.

Para que la poesía cumpla su noble fin es necesario darle el toque de color, la cadencia, la magia, la fulguración de las imágenes, atributos fundamentales para la verdadera factura lírica. Y por supuesto, se requiere poner la propia alma para causar conmoción y asombro. Poesía que carezca de ritmo, latido, eco interior, no es poesía. “¡Ay del poeta que no responde con su canto a los tiernos o furiosos llamados del corazón!”, dijo Neruda.

Soto Aparicio ha seguido al pie de la letra estas reglas de oro, lo que le permite consolidar hoy un legado inapreciable, que entrega, para delectación de las actuales y las futuras generaciones, en la antología titulada Las fronteras del alma. No pocos de estos poemas se han reproducido en ediciones diversas y ya adquirieron el sello de piezas maestras para todos los tiempos.

Por obra clásica se considera la que a lo largo de los años se mantiene en el alma  del público, árbitro supremo que, por encima de los críticos caducos, sabe distinguir lo que es valedero de lo que es mediocre. Lo que perdura es lo que sirve. Lo demás es ripio. Nos hallamos, pues, ante el poeta clásico que ha realizado uno de los itinerarios más brillantes en las letras nacionales, y que en el género del soneto atesora verdaderas joyas, por su corte perfecto, su ritmo musical y su refulgente expresión.

Los cuatro capítulos que componen Las fronteras del alma demarcan otros tantos horizontes de lo que ha sido el trajinar sustancioso del escritor por los campos de la poesía:

En Los júbilos del fuego se reúnen 60 sonetos de la mejor estirpe, nacidos al soplo de la emoción amorosa, y en ellos se hace manifiesto el eterno hechizo que hace de la mujer la fuente suprema de la belleza, la admiración y el placer, dones que le dan calor y sentido a la existencia del hombre. Soto Aparicio es, por excelencia, escritor romántico, no solo en sus versos sino también en sus novelas. El jardín romántico regado por estos 60 sonetos que alborozan el alma, es recinto de la ternura, la emoción y la filosofía ante el discurrir de la vida.

En Poemas intemporales se reúnen grandes piezas que resaltan la vena social del autor, en su compromiso con las causas del hombre. Aquí están Hermano indio, Réquiem por el agua, Oración personal a Jesucristo, Himno de lo cotidiano, Carta de bienvenida a la paz, Réquien para un niño marinero, La tierra joven, entre otras páginas memorables. Tema reiterativo es el de la paz, como lo son el de la violencia humana y el de la armonización del hombre con la naturaleza, y en ellos insiste en toda su obra, bien para repudiar el odio y la guerra entre hermanos, bien para clamar por la libertad y la dignidad humana, bien para proteger el espacio y los tesoros terrenales. Esa voz solidaria con Dios y con el hombre exclama en uno de estos poemas: “Pongamos a la paz a arar la tierra, a que siembre de trigo las laderas y vista de cebada las fontanas”.

En Poemas recobrados, el escritor retorna a sus temas perennes sobre la libertad, la paz, las riquezas del alma, la ternura, los paisajes de la vida cotidiana. En este mundo de llantos y regocijos que es el tránsito del ser humano sobre el planeta, el canto de Soto Aparicio se levanta para iluminar el camino y afianzar los eternos lazos del amor y la esperanza.

En Las tentaciones de Afrodita, último capítulo del libro, fulgura la mujer plena, en todo su esplendor, su misterio y su embrujo, como la imagen más persistente del alma enamorada. Cabe aquí apropiarme de unas palabras de Vicente Landínez Castro que desde vieja data captan, de manera precisa, los recursos del poeta embelesado ante el hechizo femenino: “Ha celebrado mimosamente la belleza y los dones del cuerpo y el alma femeninos -¡oh, el eterno femenino goetheano!-, en deliciosos sonetos de clásica factura, recogidos en libros tan cercanos al afecto de las gentes como Diámetro del corazón, Palabras a una muchacha y Sonetos en forma de mujer”. Y puntualiza Landínez: “Fernando Soto Aparicio es, antes que todo, un poeta. Un enorme poeta. Un eximio cultor del idioma que en cristalinos y musicales versos ha expresado los más hondos sentimientos tanto de sí mismo como de su pueblo”.  

Este bello y radiante poemario es, en fin, un toque en el alma sensitiva, en su vuelo por las aflicciones y los goces humanos y en su peregrinar por todas las causas del hombre.

Bogotá, octubre de 2004.

Laura Victoria, sensual y mística

lunes, 23 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Comenzando el siglo XX, en Soatá, pintoresco municipio boyacense con alma agreste y sabor de dátil, nace una poetisa, el 17 de noviembre de 1904. Caso insólito en un país destrozado por las guerras civiles que siguieron al grito de la Independencia, y herido por el morbo de la política sectaria, éste de brotar una flor delicada en medio de asperezas. Colombia era entonces territorio de rústicos caminos y limitados ensueños, con más espacio para el arado y la contienda bélica, que vocación para el cultivo del verso.

Laura Victoria llega al mundo en cuna de noble estirpe, envuelta en edredones y cortejada por voces de sirena. El prestigioso abogado Simón Peñuela, su padre, combatiente de escaramuzas en la hoya del Chicamocha y al mismo tiempo lector apasionado de los libros de la Revolución Francesa, nunca llega a pensar que su hija será escritora. El canónigo Peñuela inculca en su sobrina el acatamiento rígido de las costumbres imperantes, que él acaudilla como pastor de la Iglesia Católica y vocero de su partido, una ambigüedad propia de aquellos tiempos.

Ante los ojos de la niña se levanta un muro insuperable: de una parte está la autoridad eclesiástica de su tío, cuya voz y acción enérgica se hacen sentir en todo el departamento; y de la otra, la figura protectora de su padre, que comulga con las ideas liberales que le llegan de ultramar. Los libros que él lee están prohibidos por la Iglesia, y su hermano, el canónigo, los censura con furiosos anatemas.

A los cinco años de edad inicia el estudio de las primeras letras. Su madre desea que ingrese al liceo que una parienta dirige en el pueblo, pero el padre se opone. Hay discusión familiar, mas no es posible que él cambie de idea: la niña entra a la escuela pública. El abogado explica que su hija debe tratar a la gente sencilla para aprender reglas de convivencia social.

De diez años es internada en el colegio de hermanas terciarias de Boavita. Dos años después es matriculada en el Colegio de la Presentación de El Cocuy. Las nieves eternas penetran en su alma con ráfagas de soledad. Apenas es una niña. Su madre, que se había ido para Bogotá a hacerse practicar una operación quirúrgica, no ha regresado. El crecimiento de la niña, en este vagar de pueblo en pueblo y en este despertar traumático de las primeras emociones, pesará para siempre en el corazón adulto de la poetisa.

El ambiente del hogar y de la comarca trae confusión a la futura cantora del romanticismo. Cuando ella tiene capacidad de pensar, se rebela contra las convenciones y las falsedades sociales. Un día el canónigo pone el grito en el cielo cuando lee el primer verso erótico, y la llama “la loca de la familia”. Démosle la razón, ya que en aquella época la mujer era solo de la casa y le estaba prohibido expresar sus ideas.

En el pueblo se habla de la selecta biblioteca de Simón Peñuela. Es él hombre de leyes y de vasta cultura. E induce a su hija a leer los tesoros que guarda en su biblioteca. Así despierta la mente de la joven hacia el hallazgo de los grandes maestros de la literatura francesa.

Por último, pasa a estudiar al Colegio de la Presentación de Tunja. Allí queda bajo la protección del canónigo, que goza de prestigio como historiador y polemista, y que por sus dotes pedagógicas ha sido nombrado rector del Colegio de Boyacá. La familia Peñuela tiene señalada prestancia tanto en Boyacá como en el país. Otro hermano del religioso, el ingeniero Sotero Peñuela, ocupa el cargo de senador de la República y más tarde será ministro de Obras Públicas. Rómulo, graduado en la Sorbona de París, goza de prestigio como médico, y está casado con la marquesa Sara del Castillo.

Por el lado materno, uno de los antecesores de su madre es Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, que se hizo famoso por haber causado la derrota de los ingleses en el ataque a Cartagena en 1741. A esta rama pertenece también la familia Villarreal, que contará con figuras notables, como la de Camilo Villarreal, jefe político de Soatá, y la de José María Villarreal, gobernador del departamento, ministro y diplomático.

Laura Victoria nace a la vida del verso cuando las mujeres en Colombia no hacían versos. A los 14 años escribe en Tunja su primer poema amoroso en el colegio de monjas, y esto escandaliza a sus compañeras. El siguiente poema, para sacarlas de la duda, es un acróstico dedicado a la más escéptica. Desde entonces esta alondra de los vientos no ha dejado de volar por los cielos de la poesía.

Su vida se volverá una novela. Una novela apasionante, manejada por el triunfo y el fracaso, el aplauso y el olvido, la disipación y el recogimiento. Su figuración en la poesía y en la sociedad es sorprendente. Investigando estos entresijos, aparecieron para el biógrafo episodios ocultos de una fantástica leyenda de amor -que es la vida toda de la poetisa-, hitos que hay que saber buscar en su obra literaria.

Esta biografía es, además, un libro de reconocimientos. Un libro-testimonio. Escritores y personalidades que rozaron la vida de la poetisa contribuyen a marcar el perfil de los tiempos idos. Esas personas resurgen hoy para darle vivacidad a la historia. El personaje más importante es su hija Beatriz -la célebre Alicia Caro del cine mejicano, protagonista estelar de La vorágine-, su compañera y confidente de todas las horas.

Luego de varios romances, un día aparece en su vida el ingeniero Eduardo Segura Archila, integrante de una comisión que va a trazar la carretera entre Soatá y Boavita. Tras un año de idilio, se casan. Y comienzan a llegar los hijos. Su amor por ellos se vuelve la luz cenital de su existencia, y a través de tiernos poemas maternales expresa los más puros afectos de su corazón.

Establecida la familia en Bogotá, se inicia para ella una larga cadena de sucesos. Su vocación literaria, hasta entonces desconocida y titubeante, encuentra en la capital del país el escenario preciso para levantar vuelo por los aires de Colombia y América. En la casa silenciosa que ocupa en la carrera 13 con calle 62, comienza a relacionarse con destacadas figuras de la poesía. Sus primeros versos despiertan interés en los círculos literarios, donde se habla de una revelación.

El primer literato en llegar a la escritora es Nicolás Bayona Posada, que goza de amplio prestigio como poeta, ensayista y crítico, y que escribe un sugestivo artículo sobre esta poesía sorprendente. De inmediato el nombre de la autora salta al primer plano de la popularidad.

Se trata de una fina entonación lírica con acento sensual, que ennoblece el sentimiento humano como nunca antes lo había hecho otra mujer, y de paso provoca una revolución en la literatura colombiana. Se escuchan gritos de protesta salidos de los estamentos más ortodoxos de la sociedad, entre los cuales figuran algunos miembros de la Iglesia Católica, quienes no pueden aceptar que una dama proveniente de respetable familia, y por añadidura sobrina de prestigioso canónigo, induzca al pecado.

Ella ha descubierto el territorio libre de las emociones. Sabe que por encima de su ilustre apellido y de la censura social o eclesiástica está su derecho a ser escritora. Ese es su destino. Vino al mundo para pulsar en su lira la pasión amorosa, connatural al hombre como lo es el agua a la sed. Su corazón de fuego es receptivo a lo más sagrado que tiene el ser humano: el amor.

Despega en un escenario grande, pero debe luchar contra las críticas de la gente retrógrada, si bien son muchas las personas que aplauden su osadía y su fibra romántica. Esta mujer inesperada escandaliza con sus poemas a la pacata sociedad, por expresar el lenguaje ardiente del amor. Colombia no estaba preparada para esta revelación. A Laura Victoria hay que considerarla, sin duda alguna, como la abanderada de la emancipación femenina en Colombia.

La salida de su primer libro, Llamas azules, constituye en 1933 todo un suceso editorial. Libro que se agota en ocho días. Se reedita y vuelve a agotarse. El éxito es arrollador. El país se pone de pie para escuchar la palabra iluminada. Las correrías líricas se suceden unas tras otras en ciudades diversas, tanto de Colombia como del exterior. Juan Lozano y Lozano escribe en la revista Política: “A la poesía femenina de la América Latina ha aportado Laura Victoria muchas notas originales: un hondo acento de pasión, una versificación fluyente y cristalina, extraordinarios acentos de expresión y una delicadeza magistral de gran dama”.

La pasión que corre por sus poemas viene de ella misma. Emana de la mujer, porque Dios creó el género humano con alma y sentimientos. Algunos censores despistados confuden el “divino soplo de la sangre”, de que habla Rafael Ortiz González, con la acción pecaminosa. Vuelven obsceno lo que es diáfano. En la serena capital de trescientas mil almas que es Bogotá por los días en que Laura Victoria inicia su carrera literaria, el poema En secreto repercute como una explosión en el ambiente recoleto de la urbe.

A partir de 1933 su fama vuela por los aires de Colombia y América como un meteoro. Y recibe los aplausos más calurosos de su carrera. Es la mujer fulgurante que vive en los jardines del elogio y en los cielos de la fascinación. Eduardo Segura Archila, introvertido y suspicaz, termina hastiado de la vida huidiza de su consorte. Un día le dice que debe alejarse de los poetas y abandonar las tertulias y los recitales. Pero ella no puede renunciar a la poesía. Es su razón de ser. Las grietas del desamor comienzan a horadar la relación conyugal.

Es preciso hacer alguna reflexión sobre la gloria. La fama trae soledad, frío, obnubilación. No permite ver el mundo verdadero, sino el mundo vaporoso. Las alturas marean. Producen vértigo. Terrible realidad humana. Afirma Dante: “Vuestra fama es como la flor, que tan pronto como brota muere, y la marchita el mismo sol que la hizo nacer de la tierra ingrata”.

Numerosos amigos y simpatizantes surgen en sus días gloriosos. Todos quieren conocerla, tenerla cerca, obtener algún miramiento suyo. Grandes personajes de las letras, la sociedad y la política integran la nómina egregia. Se le denomina la “amada ideal” de la poesía colombiana. Guillermo Valencia declara: “En su manera de escribir no hay artificio, ni rebuscamiento, ni alarde ni falsía, ni engañoso brillo, ni tortura de formas: es el libre fluir de la vena poética”.

La cadena de triunfos termina en 1938. Este año le propina serios reveses. Representa el final de sus giras y le da un fuerte viraje a su existencia. Varios golpes la derrumban: la separación conyugal, la lucha por sus hijos, la muerte de su madre, la huida a Méjico. La vida ha destrozado su gloria. El recuerdo de su marido es glacial, estremecedor. Desde el barco contempla el mar rugiente, y a lo lejos una gaviota se pierde en la inmensidad. El mar y la gaviota: dos símbolos para el poema que no ha escrito. Más tarde ese poema dibujará el estado de su alma herida por la soledad y la ventisca.

El mes de febrero de 1939, cuando desembarca en Acapulco, significa para ella el comienzo de una nueva vida. Huyendo de su marido, llega a Méjico con un objetivo claro: proteger y educar a sus hijos. Ha logrado un puesto diplomático gracias al cual podrá subsistir. Luego se vincula al periodismo, labor a la que se dedica por más de veinte años. No corta con la poesía, sino que la dosifica.

Cuando desea regresar a Colombia, ya no es posible. Ha echado tan hondas raíces en el suelo azteca, que no le resulta fácil alzar el vuelo. Su arraigo allí es poderoso, pero su alma gira alrededor de su tierra colombiana.

La dama refulgente, que tanto ha amado con sus versos de fuego, un día se detiene cual otro Alberto Ángel Montoya y se encuentra con Cristo. Cual otra Teresa de Jesús, o Juana de la Cruz, o Francisca Josefa del Castillo, se va en busca de la vida contemplativa y se sumerge en los temas bíblicos. ¿Desde cuándo siente la vocación mística? Desde el momento en que se desencanta del mundo y sus vanidades. Esto ocurre a finales de la década del 30, cuando saborea las mieles más apetitosas del triunfo y al mismo tiempo sufre la acidez más amarga de la vida conyugal.

La “cortesana”, como ella misma se nombra en sus versos, se detiene y se va detrás del Salvador de almas. La pecadora queda embelesada cuando oye el toque de la oración, y se dice que sus caminos están desviados. Nunca conoce el amor ideal. Una vez un periodista le pregunta si ha hallado el amor verdadero, y ella responde: “Desgraciadamente no. Me consagré entonces al estudio bíblico para lograr el conocimiento de Dios. Y ese amor verdadero lo encontré al fin en Cristo”.

En 1963, el doctor Guillermo León Valencia, presidente de Colombia, la nombra agregada cultural en Italia, misión que se prolonga por tres años, hasta febrero de 1966, cuando regresa a Méjico. Valencia, captando la fibra mística de su amiga, sabe que llevarla a Roma es el galardón preciso que la hará sentir en el corazón de la cristiandad.

Su palabra febril recorre todos los senderos de la poesía, desde el soneto hasta el verso libre. Su obra está manejada por la armonía de la expresión y la fulguración de las metáforas, y sus cantos son aromas que excitan el deseo y fortalecen el alma. La biografía de Laura Victoria, que hoy tengo el honor de presentar en la Academia Colombiana de la Lengua, es un tratado de los sentimientos. Cuando me propuse escribirla, la primera idea que me brotó, fuera de rescatar del olvido a una mujer admirable, fue la de incursionar en las experiencias que ofrece su vida en el plano sentimental, para extraer temas de reflexión sobre el amor.

Es una vida tan rica en sucesos, que se vuelve inabarcable. Vida que posee ingredientes de aventura y suspenso, pasión y entrega, dolor y desengaño. El amor enriquece la existencia del personaje y vuelve fascinante su obra.

El amor es inevitable, porque el hombre nació para amar. Perder el amor, o degradarlo, o ajarlo, es lo mismo que envilecer la dignidad humana. “Ama y haz lo que quieras”, dijo San Agustín. Es decir, ama y engrandécete, ama y conquista el mundo, ama y encuéntrate con Dios. El amor une, el desamor destruye.

En España, Montaner y Simón le edita en 1960 el libro Cuando florece el llanto. Hermosa edición, tanto por la maestría editorial como por el contenido poético. Han pasado 22 años desde el último poemario. Ahora sus cantos son melancólicos y expresan acentos de soledad y olvido. Con Crepúsculo (1989) finaliza su obra poética. El título lo dice todo: crepúsculo es el tiempo en que el sol se oculta y comienzan a entrar las sombras de la noche.

Y es, en la vida de Laura Victoria, el período donde aumenta la tristeza con ráfagas de frío. Es posible que desde Méjico perciba la ingratitud de los nuevos tiempos hacia su obra. Ya su nombre no se menciona en Colombia, y a los pontífices de las letras no se les ocurre difundirlo. Admitamos esta cruel realidad: los 64 años de ausencia de la patria han borrado sus rastros. Los que ahora recuperamos al cumplirse este año el centenario de su nacimiento.

La Academia Colombiana de la Lengua la eligió académica correspondiente en la sesión del primero de junio de 1998, atendiendo la solicitud presentada por Dora Castellanos. Aprovechando un viaje de Maruja Vieira a Méjico, la entidad la comisionó para hacerle entrega del título académico, acto que se realizó el 17 de noviembre de 1999 en el apartamento de la poetisa, donde su familia le celebraba los 95 años de vida.

Beatriz presencia hoy, con angustia, el lento declinar de la alondra. “A veces -me dice en carta reciente- he pensado que mamá va resbalando hacia un abismo, y yo, en mi afán de detenerla, voy resbalando con ella”.

En un viaje que realicé a Méjico hace varios años, comenzó a perfilarse el libro que hoy ve la luz gracias al patrocinio de la Gobernación de Boyacá, dentro de la serie bibliográfica de la Academia Boyacense de Historia, y que lleva por título Laura Victoria, sensual y mística. Aquí está retratada en cuerpo y alma, así lo espero, la mujer valerosa y la brillante poetisa que se fue contra las hipocresías sociales y la esclavitud femenina, y que con sus poemas ardientes estremeció el sentimiento de los colombianos y llevó el nombre de Colombia por los aires de América.

(Palabras en un acto cultural. Bogotá, 5 de abril de 2004).

Javier Huérfano, poeta del dolor

lunes, 23 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En 1984, a los 25 años de edad, Javier Huérfano publica su primer libro, Visiones, con prólogo de Luis Vidales, donde éste manifiesta que el nuevo poeta es “huérfano, pero no de poesía”. Refiriéndose a la brevedad elocuente de sus poemas, hace este vaticinio: “Si persiste en esta modalidad de su ahorro poético, no es aventurado el pronóstico de que alcanzará las excelsas rutas del canto”. Veinte años después, la obra de Javier Huérfano sobrepasa la docena de libros, varios de ellos inéditos. Además, escribe en silencio una prosa bien estructurada, con vuelo poético, que pocos conocen. Su nombre ha conquistado notoriedad en el mundo de las letras. El presagio está cumplido.

Huérfano elabora sus primeros poemas a los 11 años de edad, en medio de la burla de sus ocho hermanos. En 1981 conoce a Luis Vidales, su maestro, de quien se convierte en secretario. En 1990 conduce las cenizas de Vidales a la casa de cultura de Calarcá. Allí reposan en la paz de la comarca quindiana, como testimonio de perennidad lírica. En 1994 funda en el barrio Ciudad Bolívar de Bogotá, donde con gran esfuerzo ha construido su vivienda, la biblioteca pública Luis Vidales. Esta unión de los dos poetas calarqueños establece nexos indisolubles entre ellos, más allá de la muerte: Huérfano se ha encargado de salvaguardar la memoria de su maestro y protector, a través de escritos, recitales, talleres literarios y de su imitación en el arte poético.

El discípulo no heredó la vena de humor que exhibe Luis Vidales en sus versos, pero sí la fibra social, con la cual canta al dolor, la injusticia, el desequilibrio de la sociedad, la tristeza y el abandono. Ambas poesías llevan tinte de protesta, rebeldía y clamor ante el mundo, pero la de Huérfano está marcada por el pesimismo, el tedio vivencial, la desesperanza y la obsesión de la muerte, sin duda bajo el influjo de su vida atormentada. Se diferencian, además, en que la de Huérfano es más reiterativa en el plano romántico (siempre bajo la inspiración de Yolanda, su compañera ideal), tal vez como una necesidad de oxigenar el espíritu conturbado por el peso de sus cotidianos agobios.

Javier Huérfano nace en humilde casa de Calarcá, en 1959. A los tres años le diagnostican asma, y cuando asiste a la escuela pública debe retirarse por problemas de salud. Abandonado por su madre a corta edad,  en un inquilinato, inicia el recorrido por las sendas del desamparo. En Bogotá se emplea como ayudante de zapatería y comienza a estudiar de noche, hasta conseguir una mediana formación. Y se vuelve autodidacta, disciplina con la que supera todos los escollos del aprendizaje.

Aparecida su primera obra con el impulso de Luis Vidales, se le abren muchos horizontes y siente que su destino irrevocable es el de ser poeta. Más tarde funda Narka, revista de poesía. Ha nacido poeta, y poeta morirá. Al lado de esta vocación surge la de pintor, oficios que alterna como regalos del cielo y recursos de ingrata subsistencia, siempre en lucha denodada contra las mezquindades de la gente y la adversidad del medio colombiano. Algunos títulos de sus libros denuncian su calvario: Presencia de las sombras, Uno está en el día como dormido, El olvido no tiene palabra.

Este último (1998) es editado con auspicio de la Cámara de Representantes, y en él Íngrid Betancourt, la prologuista, expresa estas bellas palabras: “Dios ha querido, para fortuna mía, que conozca al poeta. De su mano he caminado por el túnel sin luz de la injusticia, a ciegas pero mordiendo siempre el tallo amargo de la rosa”. Maruja Vieira traza este perfil perfecto del poeta abrumado por sus horas desoladas: “Muchas puertas que se abren para otros, están cerradas para Javier Huérfano. Pero él serenamente se retira en la noche y se va para su mundo, despojado de bienes terrenales pero pleno de estrellas. En la semioscuridad de la madrugada, cuando van los obreros al trabajo en las fábricas, sería difícil distinguir entre ellos al obrero del verso”.

Acabo de leer un nuevo libro del amigo quindiano: La noche como pájaro viudo, publicado con el generoso apoyo de la editorial Códice y el sentido prólogo de la poetisa Inés Blanco, que anota: “Javier se ha enfrentado a sus molinos de viento, reales e imaginarios, con la espada de su pluma, teñida con su propia sangre”. Libro desgarrador el suyo, como lo fue Tempestad tras la salida de Germán Pardo García de las fauces de la muerte, luego del intento de suicidio. Sé que el poeta calarqueño ha tenido que librar duras batallas contra inclemente enfermedad. Esta circunstancia le hace lanzar, recordando sus noches de terror en una clínica yerta, las exclamaciones más vehementes y patéticas sobre la realidad de la muerte, que él parece esperar con la ansiedad de los poetas predestinados para el dolor. Y exclama: “Soy apenas un solo dolor que atraviesa el día con su sombra de negra compañía”.

Los cantos de Javier Huérfano, transidos de goces sensoriales en medio de las tristezas de su destino, le permitirán, sin duda, apurar con placer las copas amargas preparadas por los dioses del Olimpo. ¡Oh, bendita poesía!

El Espectador, Bogotá, 16 de diciembre de 2004.

Hombre de mar

miércoles, 18 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde niño, y lejos del mar, Jorge Alberto comenzó a sentir el murmullo de las olas en los labios musicales del ángel tutelar que entonaba con ternura, como una canción de cuna, la hermosa melodía Torna a Sorrento. Años después, de esos mismos labios escucharía en repetidas ocasiones el himno marcial Soy pirata, que nuestra madre enseñaba siempre a sus alumnos como una materia fundamental. Por eso, diría el futuro marinero: “Es que mi madre tenía, sin saberlo, la estirpe de un vikingo”.

Yo nunca me había detenido a indagar los motivos por los que mi hermano, en plena juventud, alzó el vuelo para remontarse por los confines de Cartagena, y vine a saberlo por la página autobiográfica que incorpora en su libro de poemas.  Jorge Alberto, por supuesto, llevaba en el alma la sangre de vikingo que le había sido transmitida en la cuna, ante la cual la madre soñadora rezaba en secreto la oración del mañana: Hazlo digno y altanero, / valeroso, noble, fino, / que represente a su raza, / en tierra como llanero / y en la mar como marino.

Nacido en los Llanos Orientales, cambió el verde infinito de las pampas por la inmensidad azul de los océanos. Ambos, el mar y la llanura, se hermanan por su magnitud y majestad, por su profundidad y misterio, por su belleza y fantasía. Erguidos los dos, infunden en el hombre la verticalidad del carácter. Ondulantes, pregonan la regla del criterio flexible y la visión amplia de la existencia, tan necesarias al marino como al habitante de la tierra.

Y se hizo hombre de mar. Hombre de mar y pecho que años después surcaba horizontes fantásticos con su cargamento de principios y ensueños. Conforme los mares se agrandaban en su continuo navegar por latitudes propias y ajenas, veía aumentar en su espíritu la fe en la vida y el amor por la madre ausente que un día le abrió los ojos ante las marejadas del mundo y le inculcó normas diáfanas de dignidad y decoro. Al contacto con las olas, nuestro vikingo colombiano, doblado de poeta, pulsaba en sus travesías la lira sentimental de su alma viajera: Deja, marino, deja en puerto tus pesares / y eleva en la cubierta los mágicos cantares / pues ya suena impasible la cítara del viento.

A bordo de balleneras, veleros, patrulleras, cañoneras, remolcadores, buques científicos, petroleros, destructores, submarinos y toda suerte de navíos, se sumergió en las profundidades de su sueño dorado. Y supo que allí todo es colosal, inalcanzable, inexplicable. La pequeñez no puede refugiarse en la vastedad de los océanos. Aprendió que la vida tiene la dimensión de las olas. Y se volvió soñador y poeta. Hizo de su destino marinero un canto a la vida. Una justificación del hombre-agua que convierte en ideales los embrujos de la mar.

¡La mar! Este vocablo de género ambiguo deja de ser masculino en el uso de la gente marinera, conocedora de que el océano, con su alma y encanto femeninos, no puede ser sino mujer. Por lo tanto, dirá siempre: alta mar, mar picada, mar rizada. El poeta tiene la misma certeza: una declaración de Rafael Alberti a su esposa, la también poetisa María Teresa León, contiene este símil afortunado: Allí surgió ante mí, rubia, hermosa, sólida y levantada, como la ola que una mar imprevista me arrojara de un golpe contra el pecho.

Jorge Alberto es, sin duda, sensible cantor de la mar. Poemas alejados del ambiente de su carrera exhalan también reminiscencias marinas. En sus versos abundan imágenes como las siguientes, que no son otra cosa que finas perlas -vueltas metáforas- pescadas en la mar: la blanca vela de tu encanto… la jarcia de tu pelo… la mar la llevo en las venas… podré entonces anclar en tu camino y arriar feliz mi vela errante en la suave bahía de tus brazos… que la brisa en altamar lleve en su seno mi pena… yo no olvido su penacho de espumas, sal e inclemencias…

El mismo título del libro señala la identidad de su alma romántica: Bitácora de ensueños. Con su retiro de la Armada Colombiana, luego de 38 años de navegar por las rutas seguras de sus convicciones íntimas, corona su carrera con esta cosecha de poemas. Y queda en paz con su alma marinera. Ya lo dijo Pablo Neruda: La poesía es siempre un acto de paz. El poeta nace de la paz como el pan nace de la harina.

(Palabras en la carátula del libro Bitácora de ensueños, Bogotá, julio de 2001).

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Lírica y humor boyacenses

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No es frecuente que por su propia cuenta un escritor publique dos libros a la vez. Esto es lo que hace el abogado y poeta Homero Villamil Peralta al poner en circulación los  títulos Mi Boyacá lírico y Pa’totiarnos de la risa. El autor sabe muy bien que aspirar al patrocinio de las editoriales es una utopía, ya que ellas sólo funcionan para unos pocos nombres que garanticen rentabilidad, más que buena literatura. En su programa radial, Jorge Consuegra citaba en estos días el texto rutinario que recibe el escritor cuando no cuenta con la voluntad editorial: “Leímos con interés su obra y no dudamos de su calidad, pero lamentamos devolvérsela debido a que nuestro presupuesto se encuentra agotado”.

El escritor chiquinquireño, autor de ocho libros más, ha querido rendirle a Boyacá sentido homenaje por medio de sus nuevas creaciones. Trabajadas con sentimiento y espíritu boyacense, estas obras exaltan los paisajes y los valores terrígenos, y al mismo tiempo ponen una nota de humor e ironía, de que es tan rica la comarca. Armando Solano analiza en páginas memorables la malicia indígena de sus paisanos, y otros distinguidos escritores del pasado, como Juan C. Hernández y Eduardo Torres Quintero, enaltecen de igual modo las virtudes de la raza boyacense.

La mayoría de los libros de Villamil Peralta son de tono romántico, como Mientras crecen los árboles, Espacios del amor y Al paso de los días. En Hoy es el día de cantarle a todo aflora la crítica social, zurcida con ingenio y dedo acusador. En Mi canta por Boyacá surge el humorista del folclor, que exhibe la vena del coplero y el florete del espadachín, para quitarle seriedad al acaecer cotidiano y dulcificar la existencia.

En el terreno del calambur y el repentismo, el escritor le sigue los pasos a su paisano chiquinquireño Antonio Ferro, que hubiera deseado tenerlo como contertulio de La Gruta Simbólica, que tanta falta hace hoy para limpiar las asperezas del ambiente. De Chiquinquirá son también los poetas Julio Flórez, José Joaquín Casas y Gloria Dall, y allí se realizan, desde hace 24 años, encuentros de escritores alrededor de la figura del célebre ‘Jetón Ferro’.

En Mi Boyacá lírico aparece el alma sensible del poeta frente a los prodigios de la naturaleza, el tesoro de los templos parroquiales, el encanto de la aldea y la riqueza cultural que aflora por doquier. Los pueblos resplandecen con sus joyas coloniales, sus rasgos distintivos, sus hechos notables y su gente famosa. Es un libro para conservar como fuente de belleza y de consulta. Este recorrido al vuelo, que no pretende ser un texto de geografía ni un tratado de historia, refresca el alma boyacense y hace fulgurar la belleza ambiental. Boyacá, que es paisaje y oración, es también magia y asombro.

Este itinerario poético refleja la idiosincrasia regional y rescata el pasado. Las nieblas del tiempo pasan con alas de eternidad. Nada ha desaparecido y todo permanece. La historia está viva, crepita en todas partes. Los pueblos cuidan sus recuerdos. Las entidades preservan la memoria histórica. La heroicidad y la epopeya, que liberaron la esclavitud e iluminan el futuro, se conservan en los archivos locales y en el alma de la gente como faros perennes para sobrevivir y andar. Cuando la leyenda perdura, el alma se vigoriza.

Con estas páginas de evocación y poesía, algunas matizadas de delicioso humor, Villamil Peralta incrementa el cariño por la tierra. Boyacá, tan postrada en los últimos tiempos y tan olvidada por los gobiernos nacionales, necesita esta declaración de afecto y solidaridad, que nos hace sentir más boyacenses.

El Espectador, Bogotá, 31 de julio de 2003.