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El nuevo alcalde de Armenia

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Fabio Arias Vélez ha sido uno los grandes luchadores de Armenia. Asumió como propia la causa de la vigorosa ciudad, que hoy se perfila como una de las capitales con mayor impulso nacional. Armenia, que en menos de veinte años pasó de pueblo pequeño a urbe populosa, crece todos los días. Si uno deja de verla por dos o tres años, la hallará transformada.

Uno de los autores de su civismo es el nuevo Alcalde. Como presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas, que lo ha sido durante largos años, ha liderado decididas y evidentes campañas por el embellecimiento ­y el aseo de la que el maestro Valencia, afortunado adivino del progreso, bautizó como la Ciudad Milagro. El cultivo de parques y jardines y el ornato de plazas y avenidas, que en Armenia es una insignia reconocida por los turistas sorprendidos, se ha convertido en preocupación constante de esta sociedad de damas y caballeros  que entienden la parte estética como el primer requisito del civismo.

Arias Vélez, por otra parte, y entre muchas de sus facetas de líder regional, fue rector magnífico de la Universidad del Quindío. Bajo su dirección el centro docente logró estabilidad económica y solidez académica. En las finanzas se destacó como maestro de fór­mulas mágicas, consolidadas gracias a la búsqueda infati­gable de recursos y a su sentido de la previsión. Dejó muy bien financiada la Universidad, pero otra mano —la de la politique­ría— le tumbó las reservas. Como eran abundantes las fuentes de ahorro establecidas —lo que pocas veces sucede en las universidades públicas—, la rectoría  siguiente las aprovechó para alimentar una burocracia innecesaria.

Nunca se permitió a Arias Vélez llegar por nombramiento directo ni a la Alcaldía ni a la Gobernación. Siempre se le frenaba, por quien o por quie­nes no estaban interesados en un liderazgo que hería ciertas ambiciones, aunque la sociedad  sabía que su nombre era bandera de progreso. Ahora, el querer popular tanto tiempo dilatado por culpa del gamona­lismo que ha salido mal librado en la capital quindiana, signi­fica una muestra inequívoca de liberación. Siendo elocuente el triunfo, cabe esperar que la urbe cafetera consiga superiores realizaciones.

El caso de Armenia se presta para compararlo con otros re­sultados electorales en el país. A las alcaldías llegan muchos ciudadanos ejemplares, bata­lladores de sus co­marcas, a quienes se les había negado el acceso al primer cargo de la administración. Pero el pueblo los escoge ahora como personeros de las necesidades colectivas. Un alcalde, en tales condiciones, es el producto de la comunidad. Y Fabio Arias Vélez sabe que el compromiso con su pueblo es extraordinario.

El Espectador, Bogotá, 10-V-1988.

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La leyenda de Lehder

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Cualquier día apareció en el aeropuerto El Edén, de la ciudad de Armenia, una lujosa avioneta que su propietario, un señor Lehder, deseaba obsequiar al gobernador del departamento. El aparato refulgía en la pista como un palacio encantado, al mismo tiempo temible y fascinante. Los quindianos no entendían la pre­sencia de tan extraña aparición.

El murmullo municipal creció en un instante. Por todas partes se especulaba sobre el significado del insólito mensaje, y el nombre de Lehder —que costaba trabajo pronunciarlo en tierra de Jaramillos, de Boteros, de Arangos— se volvió sonoro de la noche a la mañana. Bien pronto se divulgó que el personaje había nacido 27 años atrás en Armenia, por ac­cidente, y era hijo de un ingeniero alemán que había construido la vía férrea. Pero esto era historia del pasado y ya pocos sabían que el ingeniero residía aún en la ciudad, en un ambiente sencillo.

Su hijo, en cambio, irrumpía como un meteoro en mitad de la villa apacible. Quería que su nombre produjera estrépito para que nadie lo olvidara. El regalo millonario, que además era de contrabando, se constituía en camino propicio para el escán­dalo. Era una ofrenda con visos fantásticos que movía de sopetón la quietud de la comarca sin mayores sucesos. La noticia hacía pensar en un poderoso magnate que, generoso y filantrópico, regresaba a su pueblo cargado de fortuna y con deseos de hacer cosas grandes por la patria chica.

De ahí en adelante Carlos Lehder llenaría muchas páginas de la crónica municipal. Con semejante carta de presentación, todos los caminos se le abrieron. Fue tocando, una por una, las fibras más sensibles de la socie­dad. Su dinero se mostró dadi­voso para remediar penurias y construir fuentes de empleo.

Haciendo obras pías se ganó el corazón de mucha gente. Se oía hablar del auxilio que entregaba a la Iglesia o a la casa de benefi­cencia. Patrocinador de deportes, en poco tiempo tenía un ejército de jovenzuelos detrás de su figura magnética. Montó un gran mer­cado popular y a quienes mos­traban el carné de su movimiento político les vendía las mercancías a precios irrisorios.

Algún periodista se atrevió a hablar del mafioso de la coca y de los dólares concupiscentes, pero en seguida calló: su gremio re­cibía un significativo aporte económico. Y los periodistas lo proclamaban benefactor ilustre. De ellos y de la ciudad. La Posada Alemana, paraíso turístico, resonaba en el país como un emblema quindiano.

Crecía ver­tiginosamente la imagen del hombre inesperado, especie de dios omnipotente que trans­formaba a pasos acelerados la vida regional. No era posible denigrar de él, aunque ya se co­nocía su carrera de capo inter­nacional de estupefacientes, si su capital llegaba con tanta abun­dancia.

Cuando compró la hacienda más preciada del Quindío, que se creía invendible, hubo natural sorpresa. Anexarle luego los predios vecinos, siempre con el lenguaje definitivo de la plata avasalladora, ya era labor se­cundaria. Allí instaló su campo privado de aviación y estableció su imperio de orgías. Comenzó negociando tierras y terminó comprando conciencias. Unas y otras obtenían el precio exacto para hacer tambalear la moral.

*

Así entró la corrupción en una sociedad honorable. Así se des­viaron muchos jóvenes, de uno y otro sexo, que se fueron detrás de la vida fácil, de la vida turbulenta. La dolce vita atraía las juventu­des ansiosas de dinero y aven­turas y producía heridas incu­rables. Ciertos personajes lo­cales, que se consideraban in­vulnerables, también se dejaron convencer por los halagos del capital. Este deslumbramiento colectivo ocasionó cataclismos.

Con la llegada de Leh­der a Armenia, la ciudad no volvería a ser la misma. La his­toria se partió en dos: antes de Lehder y después de Lehder. Resulta doloroso que esto haya sucedido con una urbe sana, de tan noble y ejemplar trayectoria. Lehder pisa hoy los tribunales de la justicia norteamericana y vuelve a ser personaje triste­mente célebre. En el Quindío se escuchan lamentaciones. La Posada Alemana, mientras tanto, saqueada y derruida, parece el símbolo de un imperio caído.

*

Esto les pasa a las sociedades cuando se dejan anestesiar. Armenia ha reaccionado, pero ya las lesiones son delicadas. Es importante tomar el caso Lehder como motivo de reflexión moral.  Recuérdese que todo comenzó con una Piper Navajo, la fla­mante avioneta ejecutiva que por poco acaba con la ciudad. Que dejó destrozados muchos hoga­res.

El Espectador, Bogotá, 12-X-1987.

 

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La colonización del Quindío

lunes, 31 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El Quindío es todavía un territo­rio sin explotar a la luz de los histo­riadores. No son muchas, en efecto, las páginas escritas sobre lo que puede llamarse el mito quindiano, que lo constituye una zona estrecha en geografía y densa en aconteci­mientos, surgida a golpes de hacha y bajo el afán descubridor del caucho y de las riquezas escondidas por los quimbayas en el fondo de una natu­raleza encantada.

Toda historia arranca de algo mí­tico, sobre todo cuando el paso de los tiempos se encarga de cubrir las le­yendas de toques de fantasía y re­toques de poesía. Explorar en los inicios de una civilización, como con habilidad y espíritu crítico lo hace Jaime Lopera Gutiérrez en este breve y al mismo tiempo penetrante ensayo, es buscar la explicación de una raza, de una cultura. Aquí es preciso hablar de cultura quindiana como algo propio, la que habiendo brotado de la madre Antioquia y luego tomado ciertas variantes en el entorno caldense, adquirió caracte­rísticas independientes.

Es el Quindío, bajo muchos as­pectos, territorio de epopeyas. Primero fue la república de los quimbayas, hombres laboriosos y forjadores de riqueza, artífices del oro y maestros de la cerámica, que dejaron oculto su tesoro como un reto para la voracidad de otras genera­ciones. Son ellos inspiradores de leyendas fantásticas, como la laguna de Maraveles, la hermana de Guatavita, o el Tesoro de Pipintá, que supone impenetrables caminos; una y otro, al igual que el Pozo de Donato en Tunja, se hicieron sin fondo para que el nombre sea víctima de su in­saciable sed de fortuna.

Vino luego la época de los enco­menderos, piratas de la abundancia y despojadores de la riqueza bien ha­bida, que finalmente se extinguieron por consunción luego de feroces enfrentamientos con los quimbayas. Más tarde irrumpiría el ímpetu antioqueño, la verdadera fuerza colo­nizadora de todo el territorio caldense, la cual, bajo el deseo de tie­rras, caucho y oro y atraída por la tentación de los cementerios indígenas, creó un imperio. Un im­perio de tales proporciones que se dividiría años después, como una aventura más de la sangre antioqueña, en lo que hoy son los depar­tamentos de Caldas, Quindío y Risaralda. Tres ramas del mismo árbol, pero de diferente contextura.

El café, que es otra epopeya, vendría luego como el mago prodi­gioso que habría de sustituir las ri­quezas de los quimbayas. Una aventura, esta del café, que parece brotar de la propia personalidad del antioqueño cuando no se detiene en una sola solución y se vuelve multi­plicador de economías.

Una aventura que, para bien o para mal, representa hoy el motor más poderoso de las finanzas colombianas y que, ya en el ámbito del Quindío, le pondría cimientos a una idiosincrasia, a un estilo de vida único en el país. El café es para los quindianos su credo, su sangre, su dios, su razón de existir. Y parece que también su razón de morir.

Jaime Lopera Gutiérrez, estudioso de tiempo completo y autor de obras diversas (cuento, sociología, historia), acomete en su ponderado libro La colonización del Quindío, publicado por el Banco de la Repú­blica, la magna tarea de aportar da­tos para nuevas incursiones sobre esta historia alucinante. Exgobernador del departamento, es un ob­servador atento del proceso histórico que se llama el Quindío, tierra mítica, horizonte abierto para más investigaciones.

*

Sea bienvenido su libro a la bibliografía de la región. Se trata de una obra polémica, de agudos enfoques, que se presta para mover inquietudes. A Calarcá, su pueblo, víctima de lo que él denomina localismo —»el idealismo en desuso de los grecocaldenses»—, la urge para que salga de la inercia, estado que significa, utilizando sus propias palabras, «el más auténtico y definitivo  conformismo».

Bien visto el reto, este es un aguijón que se clava sensibilidad de todo el pueblo quindiano, para que reaccione ante la inmovilidad, para que busque otros horizontes, para que se libere del tradicionalismo conformista.

El libro está dedicado a Calarcá en el primer centenario de su fundación (1986). Es un homenaje y un motivo de de reflexión. Para Calarcá y todo el Quindío.

El Espectador, Bogotá, 28-II-1987.

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Mi pequeña bonanza

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando escucho hablar de bonan­za cafetera se me eriza el recuerdo. Algún día, si la vida me lo permite, escribiré una novela sobre los sucesos que a la sombra de los cafetales me tocó presenciar en el Quindío. Yo, que nunca he tenido una mata de café, viví, sin embargo, mi pequeña bonanza.

Entiéndase por bonanza, en mi caso, la experiencia extraordi­naria que como escritor coseché en aquel festín colectivo de la región, que no supo aprovechar para el fu­turo la lluvia de billetes milagrosos y por el contrario malbarató tan  privilegiada oportunidad.

Por eso comprendo el nerviosismo del actual ministro de Hacienda que ante el solo anuncio de la prosperidad que se avecina, se apresuró a pedir el estado de emergencia económica. Como quindiano que es, conoce el doctor Palacios Mejía los estragos que en su región y en Colombia en­tera produjo tal fenómeno en los tiempos del doctor López Michelsen.

No tuvo, empero, suerte inicial en sus propósitos, primero al no haberse puesto de acuerdo con el gremio en el manejo de ciertos mecanismos de la operación, y luego al ser negada por el Consejo de Estado la declaratoria de emergencia económica. Las de­rrotas del Ministro no serán óbice para que Colombia encuentre, en el ámbito del Congreso, los caminos indicados para superar la perturba­ción económica.

Pero quería hablar de mis vivencias como observador, en pleno territorio cafetero, de la pasada bonanza.

*

Cuando este término resuena en mis oídos, de inmediato lo asocio con los viajes por el mundo de una po­blación que no sabía qué hacer con los dólares millonarios que entraban al país, y por consiguiente al bolsillo de los cafeteros, como consecuencia de las heladas en el Brasil y de la copiosa producción de las fincas.

En aquel entonces la cuadra de café pasó de sesenta mil a cuatro­cientos mil pesos. Una casa que en Armenia valía setecientos mil pesos subió a tres millones. Esta valori­zación súbita –un maná del cielo– permitía no sólo los viajes por el ex­terior sino el cambio continuo de vehículos y residencias y la satis­facción de toda suerte de caprichos y fantasías.

Atraídas por este olor a billetes, de todas partes comenzaron a llegar muchedumbres de trabajadores. Y mezclados entre los obreros, el Quindío se pobló de vagos, locos, marihuaneros, atracadores y pros­titutas. Entre todos estaban jalo­nando la bonanza. El Partido Co­munista repartía en los campos abundante propaganda de incitación a jornales superiores, con esta lógica incontrastable: si los dueños ganan más, los recolectores no pueden quedar a la zaga.

Todo se trepaba en esta ola alcista. Voy a poner ejemplos simples: el radio de transistores —elemento imprescindible del trabajador cam­pesino— aumentaba de precio todos los días en razón de la demanda (principio fundamental de la eco­nomía); y cuando el obrero escuchaba por el mismo aparato que Colombia ganaba nuevos puntos en los mer­cados internacionales, pedía de in­mediato nuevo estipendio.

La comida subía a mañana y tarde. La botella de aguardiente, por la que se pagaba doscientos pesos a las siete de la noche, valía mil quinientos a las dos de la mañana. La prostituta —re­ceptora indispensable de tanta abundancia— aumentaba la tarifa a medida que corría la noche y crecía la concurrencia.

En el Quindío se vendían normalmente 60.000 botellas mensuales de aguardiente, las que se dispararon a 125.000 en la bonanza. Bajo los efectos alcohólicos se multiplicaron las riñas callejeras, las puñaladas, los tiros, las trifulcas entre damiselas, las muertes violentas. Una noche se bailó en un prostíbulo de Calcedonia la cumbia más productiva del mundo alrededor de una llama lujuriosa, cuando los parejos –pobres asala­riados, pero millonarios en potencia bajo la acción del dinero fantasioso– pasaban quemando billetes en la fogata del arrebato, en demostración de poderío.

Todo lo elevó la bonanza: la tierra, los jornales, los insumos, la vivienda, la comida, las mujeres públicas… Como en economía los precios no regresan, el Quindío se quedó inflado. Vino después la destorcida, y como los quindianos habían sido imprevisivos, todavía hoy pagan las consecuencias del derroche.

Eso es lo que puede sucederle a Colombia si no sabe manejar la bo­nanza que se avizora. Hay que temerle a la inflación, de graves per­juicios para las clases pobres. Hallar fórmulas sabias para superar estos efectos es el reto de la hora.

*

Mi pequeña bonanza, que se con­virtió en gran experiencia, es el re­flejo óptico que dejó, en quien nunca ha sido cafetero y aprendió a ser cronista, la vida accidentada de una región que se enriqueció de la noche a la mañana. Que se dejó engañar por el espejismo de las cifras fugaces. Que administró mal la prosperidad, conforme sucedió con el país. Que derrochó en lugar de ahorrar. Y que al despertar de este sueño efímero se halló pobre y, lo que es peor, inflada como si hubiera digerido mal una comida opípara.

El Espectador, Bogotá, 28-I-1986.

 

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Armenia en quiebra

jueves, 20 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El alcalde municipal, doctor Alberto Gómez  Mejía, puso de presente en la inauguración del Concejo la crisis financiera que afronta su administración. No es noticia nueva. Bien vale la pena que se tome mayor conciencia del problema y se defina la estrategia necesaria para superar ese estado de quiebra.

Habla el Alcalde de un déficit mensual y crónico de $ 600.000, coyuntura que significa un freno para el ejercicio fiscal, el que, de no solucionarse, continuará desmejorando la buena imagen de esta capital que merece mejor suerte. Nula puede considerarse la función de la entidad  en permanente bancarrota, que escasamente alcanza a cubrir los gastos de la burocracia.

El saqueo de los bienes públicos, que menciona Gómez Mejía en su mensaje al Concejo, es uno de los graves lastres que afectan a la administración desde hace muchos años. Es una afrenta pública sobre la que de vez en cuando alguien se pronuncia, se es­candaliza y hasta intenta medidas correctivas, sin que el cáncer deje de avanzar. Las noticias locales dan cuenta de los desfalcos, los despilfarros, las triquiñuelas de todo orden como funcio­narios inescrupulosos atentan contra los bienes municipales.

A veces se conocen los nom­bres de esas personas, a quienes más tarde vemos encasilladas en otros predios. Se pone el grito en el cielo cuando alguien comete un peculado, pero poco es lo que se hace para prevenir, resguardar y mantener la moral pública.

Tanta culpa puede haber en el acto físico de la pi­ratería como en la tole­rancia que permite el desorden administrativo y contable. A las situaciones de bancarrota, sean financieras o morales, se llega por etapas, nunca de sopetón. Un peculado es el resultado, en no pocas ocasiones, del desgreño imperante en el rodaje de la administración. Bien es sabido que el municipio de Armenia adolece de serios defectos de es­tructuración que entor­pecen los mecanismos necesarios para que los asuntos públicos se manejen con prudencia y eficacia. Aun los propósitos más sanos suelen naufragar en medio de estos laberintos donde la gente no sabe para dón­de camina.

Ha llegado la ciudad a su peor crisis económica. La tesorería ya no responde ni a los bancos ni a los parti­culares, y casi ni a sus fun­cionarios. Es el momento del gran viraje. Se nece­sitan medidas extremas, capaces de darle un vuelco a la oxidada maquinaria. Es indispensable ponerle freno a tanto despropósito, a tanta politiquería, a tanta inmoralidad. Habrá que comenzar por arreglar la casa por dentro.

Conseguir sistemas contables moder­nos, depurar las costum­bres, inyectar técnicas fun­cionales, enseñar a los em­pleados buenas maneras e inculcarles sentido de ser­vicio público son apenas unas maneras de destrabar el rompeca­bezas.

Tenemos una encomiable voluntad en el joven burgomaestre, a quien acompaña una nómina de colaboradores empeñados igualmente en prestarle su servicio a la ciudad. No puede perderse el esfuerzo de este equipo dispuesto a acometer la tarea de reconstrucción del andamiaje carcomido.

En el Concejo ocupan puesto cuatro ex ­gobernadores: Ancízar López, Jorge Arango Mejía, Jesús Antonio Niño Díaz y Rogelio Gon­zález Ceballos. Son personas de altos atributos cívicos y conocedoras de las dolencias de la ciudad capital. A ellos debe dolerles esta postración de Armenia. Su ubicación en el Concejo, más que un honor, que de todas ma­neras lo es, y que un rótulo político, debe entenderse como el reto que les presenta la ciudad para que no dilapiden esta hora his­tórica que reclama gran­des capacidades de ser­vicio publico.

Satanás, Armenia, 22-IV-1977.

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