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La inestabilidad municipal

jueves, 20 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Uno de los principales problemas que afronta la ciu­dad de Armenia y en general el municipio colombiano, cuyo mayor defecto es el de la improvisación, consiste en la poca estabilidad de sus funcionarios. ¿Qué obra podrá cumplir un alcalde en un año de gestión? Se ha­bla de un año, pero muchas veces el período es inferior. El actual Alcalde, por ejemplo, lleva apenas cuatro meses y ya se encuentra en plan de retirada porque el Gobernador renunciará en enero para no inhabilitarse políticamente.

No se entiende con qué criterio se nombraron unos cuantos gobernadores, parlamentarios en ejercicio, si de antemano se sabía que necesitaban retirarse a los pocos meses para no perder sus escaños en el Senado o en la Cámara. Pocos gobernadores lle­gan a los dos años de labor, unos por fricciones con los directorios, otros por ineficacia personal o por simple desgaste. Con el relevo de un gobernador viene el cambio de la nómina directiva del departamento. Así se van desmoronando los programas más ambiciosos de trabajo, si es que en realidad alguien llega con ese propósito a la vida pú­blica, sabiendo que la brevedad del tiempo no le permi­tirá desarrollar mayores iniciativas.

En el caso de Armenia, acosada de dificultades por todas partes, es obvio que no exista planeación si los al­caldes, de mucho tiempo atrás, apenas consiguen defenderse, y mal, de las intrigas de los políticos. Si en dos años y medio que lleva el actual Gobierno de la nación ya hemos tenido tres alcaldes, habrá que aceptar por simple lógica que somos un pueblo mal tratado.

Se necesita que se piense más en función del servicio público. Un alcalde de Armenia resulta un simple accesorio de las circunstancias, sin facilidades para trabajar. Si fuera de la cortedad de su mandato, la mayor parte del tiempo debe dedicarla a solucionar menudos enredos de la burocracia, no vemos cómo podrá responder a los apremios de una urbe necesitada de grandes so­luciones.

Hay que buscar mayor estabilidad. Y pedirles a los políticos que dejen trabajar a los alcaldes. El exceso de trabajo que se ve sobre el escritorio de cualquiera de nuestros alcaldes no significa exceso de programas. Es la burocracia disfrazada de papeles y enredos. El alcalde no logra respirar en un ambiente congestionado de intrigas y menos tendrá mente reposada e independiente para estructurar la ciudad que necesitamos.

Lo ideal es que haya un alcalde con autoridad y tiem­po para forjar una ciudad distinta. Un alcalde sin agen­da de trabajo serio no es ninguna garantía. La ciudad se deteriora porque no hay funcionarios de largo alcance. Dentro de esas condiciones, menos habrá proyección ni hechos de verdadero significado social.

La Patria, Manizales, 7-XII-1980.

 

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Un ministro quindiano

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El nombre de un ministro se une a la región de donde es oriundo. Son raíces indisolubles que se convierten en tarjeta de identidad social. Un ministro, por eso, constituye la vocería más natural de la periferia ante el alto Gobierno. Las regiones se sienten bien o mal representadas en la medida como sus dirigentes tengan acertado o me­diocre desempeño en la vida pública.

El Quindío, con el nombramiento del doctor Hugo Palacios Mejía como mi­nistro de Hacienda, experimentó la sensación de un honor bien discernido. Como hijo dilecto de la provincia a la que ha servido y ha honrado desde distintas posiciones, su investidura ministerial significa una bandera quindiana.

Al recibir la voz de aplauso que hoy se le dispensa por su ascendente carrera, es también un re­conocimiento que se tributa a su tierra natal, uno de los territorios más positivos y más forjadores del progreso colombiano.

Hombre de derecho y de sólida formación en economía, se ha especia­lizado en el conocimiento del país. Es un estudioso de los problemas sociales y económicos, los que ha sabido inter­pretar, de manera objetiva y con cri­terio especializado, desde la cátedra universitaria y a través de su expe­riencia en foros nacionales e interna­cionales y en importantes cargos.

Se le recuerda, siendo parlamenta­rio de la pasada legislatura, como uno de los más serios y ponderados autores de iniciativas, muchas de ellas con­vertidas en leyes de la República, y como permanente censor de los vicios públicos. Allí dio ejemplo de puntuali­dad y rendimiento y además sobresalió por la claridad y la profundidad de sus tesis. La política la entiende y la prac­tica en grande.

Ha sido además viceministro de Hacienda, presidente de la junta di­rectiva del Banco Popular, miembro del Banco Interamericano de Desarrollo, presidente del Centro, de Estudios Colombianos. Y desde comienzos del actual Gobierno, gerente del Banco de la República, posición desde la que ha intervenido en los principales orga­nismos de planeación financiera.

Toda una demostración de disciplinas y ca­pacidades que hoy, al enfrentar el reto de la cartera más compleja y la más importante en el actual momento de crisis por que atraviesa el país, le hará superar con suerte, como lo es­peramos y se lo deseamos, los apremios de la hora.

En el Quindío lo vimos haciendo po­lítica limpia y jamás se le conocieron triquiñuelas ni actos soterrados. Posee el sentido del decoro y la moral y condena, por eso, los desvíos del poder. Entra ahora a vigilar una serie de organismos vitales en la estructura fi­nanciera del país, donde tendrá oportunidad de aplicar sus principios. Es mucho lo que se espera de su gestión. Como gerente del Banco de la Repú­blica deja para Armenia y la nación una obra admirable con el Parque Museo Quimbaya, cuya financiación, que su­pera los trescientos millones de pesos, se encuentra ya presupuestada y en marcha. La hizo en silencio y sin alar­des, y sobre ella no se ha tomado todavía cabal cuenta.

Es, sin duda, un mensaje elocuente a su tierra sobre el significado de las empresas positivas.

*

El primer ministro quindiano, en la cartera de Desarrollo Económico, fue Diego Moreno Jaramillo, otra promi­nente figura de la zona cafetera. Ahora, con este segundo ministerio de Hugo Palacios Mejía, se deja constancia de que el Quindío está presente en las grandes decisiones nacionales.

Saber conciliar la cuota de los impuestos para el pueblo agobiado y confuso, que sin embargo confía en la ejecución de nuevos programas sociales, no es tarea fácil. Del desarrollo estratégico y prudente de la acción ministerial del vocero quindiano, que sin duda cum­plirá con equilibrio y sindéresis, de­pende mucho la paz social que anuncia el Gobierno para el año final de su mandato.

El Espectador, Bogotá, 10-X-1985.

 

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Las bethelemitas en Armenia

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A lomo de mula llegaron a Ar­menia, hace 75 años, ocho religio­sas de la Comunidad Bethlemita a fundar su nuevo centro educa­tivo. La pequeña aldea no había cumplido aún los 21 años de edad, o sea que se hallaba en plena ado­lescencia, y no se veía ningún sig­no que dejara entrever que en aquel silencioso cruce de caminos estaba germinando la que con el tiempo sería la Ciudad Milagro de Colombia.

Era el 4 de septiembre de 1910. Las bethlemitas llevaban apenas 25 años de establecidas en nues­tro país. Su labor misionera y edu­cadora ya se había extendido a va­rias ciudades y ahora el turno era para un sitio casi ignorado, que se mostraba atractivo por sus her­mosos paisajes y su exuberancia agrícola.

La ciudadanía recibió con albo­rozo a las ocho caminantes. Ellas fijaron su residencia en viejo caserón de la plaza de Bolívar y allí colocaron, como identificación para todos los tiempos, su lema tradicional: Virtud y Letras. El colegio arrancó con un cupo de 110 alumnas. Y 75 años después se han formado en esas aulas cin­cuenta mil estudiantes.

Este solo enunciado es elocuen­te para calificar la trascendencia de esta obra. Ha sido acaso una labor silenciosa, pero positiva en alto grado. Poner a las monjas fun­dadoras a recorrer trochas enre­dadas, cuando el Quindío era apenas un territorio de espesas mon­tañas e intrincados caminos, es la manera de decir hasta qué punto se vencieron obstáculos pa­ra conquistar aquel ideal. Por eso las bethlemitas están incrustadas en el corazón mismo del Quindío.

Hablo con propiedad sobre ellas porque las conozco de cerca. Sé de sus desvelos, de su aposto­lado, de su concepción sobre la ju­ventud, de su sentido de la disci­plina y su interpretación de la cá­tedra moderna. Siempre he admi­rado su jovialidad, su sencillez, su adaptación a todos los ambientes. Ellas entienden a la mujer, la materia prima que mol­dean todos los días, como un pro­ducto social que hay que saber trabajar para que responda a las exigencias del mundo.

Bajo tales postulados han sido las maestras de varias generaciones. Damas pres­tantes se enorgullecen hoy de ex­hibir el título de exalumnas bethle­mitas, y lo recomiendan como una marca de garantía. Esto sucede, por ejemplo, con Valentina Ma­cías de Mejía, que abandera el propósito de conseguir para su co­legio el justo reconocimiento de las autoridades y la ciudadanía con ocasión de estas bodas de dia­mante.

Armenia debe otorgarles el Cordón de los Fundadores, la máxima presea que con­cede el municipio para premiar el mérito cívico. En mejores manos no podría quedar este año la me­dalla municipal. Las bethlemitas no sólo están uni­das a la vida regional sino que han contribuido, en grado sobresalien­te, a la superación de los quindianos.

El señor Alcalde de Bogotá les concedió, en abril pasado, la Or­den Civil al Mérito, la mayor distinción del Distrito Capital, para destacar los cien años de vinculación de la comunidad a nuestro país. Este reconocimiento debe hacerlo ahora Armenia. El mérito es indiscutible.

La Patria, Manizales, 22-VIII-1985.

 

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Otro periodista asesinado

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ernesto Acero Cadena, que acaba de ser ase­sinado en Armenia, era un periodista integral. Allí lo conocí durante mi estadía en aquella ciudad, donde pude apreciar de cerca y con admi­ración su trayectoria profesio­nal tanto en la radio como en los medios escritos. Vehemente en sus planteamientos, era un comentarista serio, ágil y pe­netrante. Veedor lúcido de los problemas de la comarca, frente a los cuales actuaba con valor y claridad mental.

Su labor periodística hería la sensibilidad de quienes medra­ban –y medran– en los oscuros caminos de la corrupción pú­blica. Como era implacable en la crítica social, despertaba ex­plicables reacciones. Se le te­mía, y al mismo tiempo se le respetaba. El Quindío, que en los últimos años ha sufrido per­manentes crisis, se ha vuelto terreno abonado de fuerzas so­terradas que atentan contra la estabilidad de esta región de­bilitada en su economía y azo­tada por la inmoralidad.

Ernesto Acero Cadena se ha­bía convertido, desde su revista El Informador Socio-económico del Quindío, en vigilante de la moral pública. Denunciaba cuanto desvío sucedía en la re­gión, ya fuera de los gobernan­tes o de las organizaciones clandestinas. Con lenguaje pi­cante, entre bromista y mor­daz, llevaba a la picota a quie­nes abusaban del poder y se lucraban a expensas del era­rio.

Señalaba la transformación dañina de las costumbres y cla­maba por un Quindío sin ma­fias y una sociedad libre de concupiscencias. Su largo contacto con la gente quindiana y su percepción de los ye­rros locales le permitieron amplia visión de la realidad am­biental. No era periodista del montón sino líder de su ofi­cio. Un servidor de la comu­nidad.

Ese fue el tono de su ejercicio profesional. Había lle­gado al Quindío por los mismos días en que aparecí allí en el campo bancario, lo que equivale a decir que llevaba 27 años de vinculación a la región. Su presencia activa en los medios de comunicación hace suponer que se trata de nueva re­presalia contra el poder de la palabra.

En 1977 hice parte del jurado que escogió en Armenia al me­jor periodista del año. El elegido fue Ernesto Acero Cadena. Hoy repaso en mis archivos aquel suceso y encuentro que las pa­labras con que entonces defi­nimos la figura del ganador, pintan con exactitud lo que él continuó siendo durante los 18 años que han seguido a aquel fallo:

«Sabemos de la lucha tremen­da, noble, valerosa y desinte­resada del periodista de pro­vincia, constante y abnegado servidor del núcleo social en el cual actúa, y ese conocimiento nos lleva a palpar la dificultad que existe para la designación que ustedes buscan, porque to­dos son acreedores a ella. No obstante, sugerimos el nombre de Ernesto Acero Cadena, ras­treador tenaz de la noticia, pe­riodista de tiempo completo, buen colega, imparcial e inte­ligente».

El Espectador, Bogotá, 15-XII-1995.

 

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El cuento en el Quindío

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Fue en esta ciudad de Armenia donde escribí mi primer cuento en el año de 1971. Confieso que no tenía entonces la noción exacta de que me hallaba en predio de cuentistas, y sólo al paso de los días, cuando siguieron brotando nuevas producciones y me familiaricé con la literatura quindiana, descubrí dicha realidad.

Aparte de ser el Quindío tierra fértil para el cuento, ya las antologías habían consagrado verdaderos maestros oriundos de la región, que sobresalían no sólo en Colombia sino en otros países. En 1981 publiqué mi primer libro de cuentos, y así quedaban asimilados los aires de esta provincia de narradores.

Hoy, 14 años después de aquella inicial incursión en una disciplina que me  apasiona, y no por ser un practicante aventajado como por admirar a quienes sí dominan tan difícil técnica, puedo presentarme en este foro con el caudal de las experiencias acumuladas tras perseverantes lecturas y provechosas indagaciones.

Modesto es mi equipaje, porque soy apenas un aprendiz de cuentista, pero el solo hecho de contribuir a estos actos culturales con que la Universidad del Quindío celebra los 25 años de su fundación, disculpa mi atrevimiento.

No vengo a sentar cátedra, y mi osadía no puede ser tanta, sino a exponer unas ideas que he madurado al aceptar la honrosa invitación que recibí del doctor Horacio Salazar Montoya, rector de la universidad, para comunicarme con la población estudiosa que forja el mañana de una comarca progresista.

Primero que todo rindo cálido y sincero homenaje a quienes hicieron posible la creación del alma máter de los quindianos. Era un proyecto que parecía utópico hace cinco décadas, cuando el Quindío no era aún departamento, y que se concebía como una terapia contra la ola de violencia que azotaba la región.

Gracias al entusiasmo de un destacado grupo de damas y caballeros de Armenia, deseosos de lograr un mejor futuro para las nuevas generaciones, y a la valiosa y en este caso definitiva gestión del doctor Otto Morales Benítez, entonces ministro de Agricultura, la idea se hizo realidad y así esta Universidad nació en 1960 con buena estrella e inmejorable intención.

Origen del cuento

El cuento es quizá la primera manifestación inteligente que ha tenido la humanidad y puede decirse que él existe desde el propio inicio de las lenguas. El hombre es por naturaleza comunicador social, y el cuento, que en sus orígenes era un medio de registrar la historia, se impuso como el sistema más natural de transmitir las costumbres, las características y la evolución de los tiempos primitivos.

Cuando no se había inventado la escritura, ya existía el cuento verbal, y aquí puede afirmarse que es la lengua el atributo más espontáneo que Dios le otorgó al hombre.

Situémonos en América y tendremos que el cuento llega a nuestro continente con los primeros pobladores. El cuento hispanoamericano está incrustado en los más remotos momentos de comunicación de los aborígenes. Y como el hombre es, en su carácter más recóndito, un ser fabulador por excelencia, a los sucesos corrientes les ponía sal y pimienta, o sea, el condimento indispensable para que la vida fuera algo más que una serie de acontecimientos insípidos.

Es de presumir que los chibchas, los mayas, los incas, los aztecas, los quimbayas y demás aborígenes pasaban sus noches de jolgorio en gratas reuniones donde se relataban sus impresiones íntimas, sus hazañas y proyectos, y ahí se creaban leyendas y fantasías que, bien vistas hoy, significaban el nacimiento de nuestros garcías márquez.

Como en esos tiempos no había libros ni periódicos, han quedado perdidas para siempre aquellas tertulias literarias, pero la imaginación se encarga de suponer que allí estaban los primeros maestros del cuento latinoamericano. No hicieron boom de escritores, pero sí magníficas narraciones.

El cuento en Colombia

En Colombia arranca el cuento, propiamente dicho, con Juan Rodríguez Freile, nacido en Santafé en 1556 y a quien se considera el iniciador de la crónica animada en América. Dueño de portentosa malicia indígena y de gran habilidad mental, las anécdotas, aventuras y lances amorosos que recoge en El Carnero representan la más grande demostración del género picaresco de la Colonia. Era narrador espontáneo y de gran objetividad, que supo plasmar con exactitud y gracia las particularidades de su época.

En Rodríguez Freile es superior el narrador que el historiador, pero debe admitirse que el mejor historiador es el que logra pintar el ambiente y reconstruir el tono de los tiempos, y él lo hizo con el trazo de sus personajes y el vigor de sus relatos.

El Carnero fue escrito en 1638 y sólo vino a editarse en 1859. Es entonces cuando el cuento inicia su auge, refundido a veces, como lo ubica Eduardo Pachón Padilla, con la novela corta, la crónica, el artículo periodístico y, sobre todo, con el cuadro de costumbres.

Qué es el cuento

Es difícil definir qué es el cuento. Javier Arango Ferrer manifiesta que en él «hay un estado de gracia particular, excepcional, que guía a los privilegiados con el instinto de la medida». Y agrega que «fácilmente el escritor planea el cuento y sale con un mal relato, o planea un relato y sale con un buen cuento». De todas maneras, el cuento exige brevedad, amenidad y fluidez, y rechaza las digresiones y los adornos eruditos.

Fue divorciándose poco a poco del cuadro de costumbres dentro del cual se mantuvo rígido en sus comienzos, y en las últimas décadas del siglo XIX, al surgir el cambio impuesto por el desarrollo industrial, comercial y agrícola del país, y en general de Hispanoamérica, adquiere vida propia. Sin dejar de dibujar las costumbres, se mete más objetivamente en las facetas del hombre y se vuelve portador de conflictos sociales, suscitando los más variados reflejos de la sociedad y los más bellos sentimientos humanos.

Con el paso del tiempo y hasta nuestros días, y conforme han ocurrido nuevos fenómenos sociales, el cuento ha vivido cerca de los brotes de la injusticia, el hambre, la miseria, la violencia, de la pasión en todos sus abismos y del amor en todas sus grandezas. Es materia literaria de muy compleja demarcación. Linda de cerca los predios de la novela, el relato y la crónica, pero conserva su propia independencia. El cuento tiene magia, misterio, fascinación.

Se diferencia de la novela no sólo por su brevedad sino porque ha de moverse dentro de una unidad estrecha y con un propósito único, mientras que la novela permite diversidad de situaciones. En él la acción es ajustada y sus elementos  deben manejarse casi con milimetría para que produzcan tensión y sorpresa.

Hay una definición de Euclides Jaramillo Arango, tan simplista y al mismo tiempo tan condicionada, que me parece estupenda. Oigámosla: «El cuento es hoy cualquier cosa. Pero debe ser bien contado. Ya no es necesario, para que el cuento sea bueno, que haya mucha intriga, mucho adorno, mucho suspenso. Hoy lo importante es contar cualquier cosa, pero en forma correcta y de fácil lectura».

El Quindío cuentista

Y con esta mención de Jaramillo Arango, el excelente escritor de costumbres a la par que egregio cuentista y novelista, a quien un día le dio por abrir los ojos en Pereira pero luego se quedó para siempre en el Quindío, y que desde aquí ha hecho literatura y de la buena, entramos en el fondo de mi enfoque regional.

Si el café le ha dado al Quindío prosperidad económica, el cuento le ha conquistado renombre internacional, y es más fácil que el grano desaparezca a que un Eduardo Arias Suárez, un Antonio Cardona Jaramillo, un Adel López Gómez o un Euclides Jaramillo Arango, por ejemplo, dejen de mencionarse en los textos de literatura. Cito de entrada esta pléyade de artistas apenas como un abrebocas de mi exploración, y bien se verá en seguida hasta qué grado el Quindío es rico en cuentistas.

El cuento y el campo

Los quimbayas, como dije atrás, fueron quienes trabaron los primeros hilos de esta tradición. Con el correr del tiempo descenderían de la Montaña los colonizadores antioqueños que, movidos par la fiebre del oro y del caucho, descubrirían un edén.

Bajo el símbolo del machete y del hacha nacía a la actual civilización este Quindío de las exuberancias cafeteras y los talentos literarios. Desde entonces el café y la literatura han vivido pegados a la madre terrígena, como una necesidad, y se han dado la mano para crear grandeza.

La cosecha de cuentistas, ya en la época de la palabra escrita, brota desde comienzos del siglo actual. O sea,  desde que el Quindío tuvo edad de pensar. No es ningún descubrimiento afirmar que el cuento quindiano está amasado con tierra, y quizá esto suene más bien a redundancia. Y es que el Quindío, en su más honda significación, es tierra, paisaje y espíritu.

Eduardo Arias Suárez, el precursor

Cuando se habla de cuento regional, siempre hay que mencionar a Eduardo Arias Suárez, el precursor. Esa es la primera gloria del Quindío, y también fue en el género la primera gloria de Colombia, con resonancia en otros países y en otros continentes. Sus cuentos fueron traducidos al ruso, portugués, francés, inglés e italiano.

Los estudiosos le han encontrado paralelos con Gorki, Balzac, Maupassant y Dostoievski. Fue un explorador del alma y su mérito está en la fuerza interior de sus personajes. Con seres corrientes y situaciones comunes logró construir pasajes de inmensa ternura y de profundo sentido social. Su mente intranquila, en pugna contra el mundo materialista que él pretendía reformar, cosechó las mejores posibilidades del alma. Su propia generación no lo entendió. Eso les pasa a los genios.

Arias Suárez fue el maestro por excelencia de una escuela que surgió bajo su inspiración. Adel López Gómez, el discípulo aprovechado, no ha dejado de mirar en su obra hacia las cimas de este faro luminoso. Y aunque los tiempos actuales han olvidado a Eduardo Arias Suárez, y muchos ni siquiera saben quién es en las letras, habrá que recordarles que para hacer cuento, y cuento de verdad, es necesario aprender sus fórmulas.

Escuela de cuentistas

Hay cuentistas quindianos, todos notables, que le pisan los talones al precursor. Diríase que él los motivó y los incitó, con su ejemplo como desafío.  El secreto de Eduardo Arias Suárez reside en su sensibilidad artística y en su simplicidad asombrosa, que otros han imitado y sin duda han asimilado. Saber si alguien lo ha superado, ya no sería yo quien lo defina y es mejor no herir susceptibilidades.

Con él despega una generación. Nacido en Armenia en 1897, le siguen, por orden de nacimientos hasta 1914, los siguientes exponentes del género: Adel López Gómez, Jaime Buitrago Cardona, Fernando Arias Ramírez, Humberto Jaramillo Ángel, Rodolfo Jaramillo Ángel, Euclides Jaramillo Arango y Antonio Cardona Jaramillo (Antocar).

Todos ellos tienen obra valiosa. Es de lamentar, empero, que el paso del tiempo, en el caso de los muertos, haya enterrado sus mejores producciones. Aquí el concepto de tierra parece que también lo es de ingratitud.

Legado cultural

Revisemos el significado y los aportes de estos caballeros de la narrativa corta:

Eduardo Arias Suárez: A pesar de tratarse de un cuentista fuera de serie, sus obras no volvieron a publicarse. Ninguna editorial se ha preocupado por reeditar libros tan ejemplares como Cuentos espirituales, Envejecer y Cuentos de selección.  Hay algo más. Sus Cuentos heteróclitos permanecen inéditos, no obstante que el autor lleva 27 años de muerto. Cabe exclamar con Bécque:  ¡Qué solos se quedan los muertos!

Adel López Gómez: Uno de los mejores cuentistas del país y el más fecundo. Traducido a otros idiomas. Es gran narrador popular, que ha sabido traducir la densidad de la tierra cafetera y ha tomado sus personajes de los bajos fondos para imprimirles carácter sicológico. Es el cantor indudable de la aldea colombiana. Sus libros de cuentos llegan a la docena y su obra total pasa de 20 volúmenes, lo que certifica una producción sorprendente.

Jaime Buitrago Cardona: Supo manejar la realidad social de su tiempo. Autor de tres novelas indígenas, que el Quindío está en mora de recuperar. Sus  narraciones quedaron perdidas en hojas de periódico. En poder de su familia se encuentra inédito un libro de cuentos folclóricos.

Fernando Arias Ramírez: Narrador ágil y de temática social. Autor de los libros Tierra y Hombres y sombras. Tiene cuentos excelentes.

Humberto Jaramillo Ángel: Escritor de la rebeldía, el amor y la pasión. En sus relatos prevalecen la amargura y la soledad. Buen paisajista. El ambiente neblinoso de Nabarco, donde transcurrió su juventud, marcó la temperatura de sus cuentos.

Rodolfo Jaramillo Ángel: Buen manejador de temas sociales y de la atmósfera de Calarcá, su pueblo. Autor de los libros Aguas turbias y Culto sacrílego. También dejó importante material inédito.

Euclides Jaramillo Arango: Escritor costumbrista, maestro del folclor, autor de relatos humorísticos e infantiles, novelista de violencia. Su estilo, en cualquier circunstancia, es ameno y coloquial. Es un escritor que le da calor a la vida.  Son famosos sus libros de cuentos Memorias de Simoncito, Cosas de paisas, Los cuentos del pícaro tío conejo, La extraordinaria vida de Sebastián de las Gracias.

Antonio Cardona Jaramillo: Cuentista terrígeno y lírico vigoroso. Sus relatos saben a montaña, a pueblo, a conflictos sociales y amores campesinos. Su único libro publicado es Cordillera, que hace años reclama reedición. Están inéditos Juanito el soñador y Barbasco. Es  uno de los escritores que mejor han interpretado al Quindío, y éste en cambio ha sido ingrato con su memoria. Antocar lleva 20 años de muerto. ¡Qué solos se quedan los muertos!

Es preciso que el Quindío rescate sus valores. Ya se ve la cantidad de tesoros inéditos que tiene. Señalo apenas un muestrario somero de lo que tiene y ha dejado perder, como motivo de preocupación. Y ojalá sea su Universidad la que tome la iniciativa de salvar del olvido el talento regional.

Vidales, un cuentista extraviado

Pocos saben que Luis Vidales, que ya conquistó los laureles de la poesía, incursionó en sus mocedades por los senderos del cuento. Ignoro si de aquella distracción de su destino lírico quedaron rastros mayores, pero con Tragedia en un rostro, estupendo cuento sicológico que escribió en 1925, queda absuelto de su aventura. Se dice que todos hemos pecado alguna vez en poesía, y con Vidales sucede lo contrario: él pecó en cuento. Y lo hizo muy bien.

Cuando prende la semilla

Y así hemos llegado a los tiempos actuales. En el panorama del Quindío aparecen hoy otras figuras que prosiguen por los caminos de los antepasados. La semilla del cuento ya prendió.

Hay gentes jóvenes y estilos nuevos que trabajan su porvenir literario. Se notan empeños significativos que, por incipientes que sean en algunos casos, demuestran un propósito claro. El tiempo se encargará de despejar esas perspectivas. Por lo pronto, hay que recomendar a los aspirantes que cultiven la palabra perseverancia.

Armenios y calarqueños han emulado siempre en estas lides. También hay personas que, sin ser oriundas de la región, se consideran quindianas por su vinculación y sobre todo por su afecto a la tierra. Entre todos impulsan –mejor, impulsamos– la literatura quindiana. Los talleres literarios, invento de las épocas modernas, contribuyen en buena forma al surgimiento de nuevas vocaciones.

En este campo ya sobresalen nombres como el del exgobernador Jaime Lopera Gutiérrez, autor de los libros La perorata y Minotauro insólito; el de Humberto Senegal, con su libro de protesta Desventurados los mansos; el de Gloria Chávez Vásquez, con Las termitas; el de Luis Fernando Patiño Gómez, catedrático de esta universidad, con el trabajo finalista en reciente concurso Enka de literatura infantil.

Con frecuencia suelo encontrarme con escritores de mérito que no han publicado su primer libro, bien por modestia o bien por falta de oportunidades.  Esto sucede, aquí en Armenia, con Miguel A. Capacho, autor de buena  serie de cuentos que mantiene escondidos y que merecen imprenta. Alguien tendrá que aportarla.

Con este inventario del cuento, que no aspira a ser completo, he querido demostrar que el Quindío puede sentirse orgulloso de sus narradores. Además, seguro de su identidad como pueblo culto, que es el mayor rótulo de la civilización. Seremos civilizados en la medida en que seamos cultos. Los escritores y poetas, como los artistas en general, son los que definen el progreso de los pueblos.

Se requiere mayor decisión del Quindío, tanto del sector oficial como del privado, para preservar su patrimonio cultural. La Gobernación, el Comité de Cafeteros, la Lotería, las universidades, para citar apenas algunos organismos  representativos, deben abanderar esta inquietud. El apoyo a los escritores es escaso. Sólo de tarde en tarde se patrocina algún libro. Y se necesita que las rotativas alcancen para todos.

Lástima que la literatura se convierta a veces en bien mostrenco. Ojalá que mis palabras contribuyan en algo a salir de esta indiferencia.

Lectura en la Universidad del Quindío, 21-VI-1985.
Dominical La República, Bogotá, 7-VII-1985.
El Quindío y Colombia en el siglo XXI –libro de Horacio Gómez Aristizábal–, 1989.

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Misiva:

El significado que tú le asignas a los nombres más representativos, me parece inteligente, justiciero y penetrante. Sobre Eduardo Arias Suárez a quien asignas con mucho acierto la jerarquía de “precursor”, yo vengo desde hace 20 años o más hablando y escribiendo sobre sus calidades magistrales y sobre la injusticia de su destino que en algunos rasgos se parece al de Horacio Quiroga. Tu visión de nuestra cuentística me ha encantado. Ya lo diré en mi columna de La Patria. En hablando de los cuentistas quindianos, te faltó uno de los más quindianos y más importantes. Uno a quien nuestra amada comarca le debe mucho por la lealtad de su afecto y la permanencia y constancia y nobleza con que lo ha proclamado: Gustavo Páez Escobar. Adel López Gómez, Manizales.

 

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