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El último encomendero

jueves, 14 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El tema de la colonización antioqueña, que cuenta con amplia bibliografía representada en textos de historia, novelas, cuentos, poemas y múltiples expresiones del folclor popular, presenta nueva versión en El último encomendero, del escritor tolimense Luis Eduardo Gallego Valencia, persona que por otra parte tiene estrechos nexos ancestrales y afectivos con los departamentos del Quindío y Caldas.

La colonización antioqueña está considerada como uno de los sucesos más notables y conflictivos del siglo XIX, que llevó a grandes masas de población a desplazarse, en busca de los terrenos baldíos, por el sur de Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío, norte del Tolima, norte del Valle, Chocó y otras regiones. Esas muchedumbres de trashumantes tuvieron que desafiar toda suerte de penalidades, como la del medio ambiente, plagado de fieras y plagas agresivas, y la de los terratenientes, que trataban a los colonos como esclavos y se rehusaban a concederles la propiedad legal de los predios trabajados en medio de  sudores y lágrimas.

Mientras los poderosos protegían con prepotencia las grandes extensiones de tierra llegadas a su poder en virtud de alguna merced real o concesión, los desheredados no conseguían una pequeña franja para morar con su familia y poder subsistir. Los primeros defendían sus títulos documentales, y los segundos reclamaban el derecho a la propiedad que les otorgaba la ley del trabajo. Pelea implacable entre ambas partes, que originó a lo largo de muchos años un permanente clima de malestar y rencor de los peones, y de represalia y hostigamiento de los potentados.

Gallego Valencia sitúa la acción de su novela en una parte de la cordillera central andina, entre los ríos Arma y Chinchiná, y mueve a sus actores (que son los mismos personajes de la realidad, pero movidos en ocasiones por los hilos de la ficción y de la probabilidad histórica) en penosas travesías que los conducen a sembrar cosechas, fundar pueblos, aglutinar a sus familias dentro de las parcelas conquistadas y crear mecanismos de defensa. Al paso de los transeúntes van apareciendo poblaciones como La Ceja, Salamina, Aranzazu, Aguadas, Pácora, Neira.

Cuenta el escritor que esta novela histórica, o historia novelada, le surgió en el viaje que hizo en compañía de su hermano Alirio por el norte de Caldas, cuna de sus antepasados, cuya geografía e historia deseaba mostrarle en el propio teatro de los acontecimientos, para que captara el espíritu de la colonización antioqueña oculto en aquellos parajes abruptos. Su hermano, fuera de profundo conocedor de esos hechos, era cifra prestante de la cultura quindiana.

Ese fue el primer toque en la sensibilidad del futuro novelista, quien a partir de ese momento se dedicó con pasión a leer numerosos libros sobre la materia, a buscar  información en enciclopedias y bibliotecas, a escuchar opiniones y a forjarse, como conclusión, su propio criterio para la escritura de El último encomendero, libro que hace parte de la trilogía de novelas que ha bautizado con el nombre general de Reminiscencias de la colonización antioqueña.  En los próximos días aparecerá el segundo título, El enigma del Nevado, memorias de un espíritu radical, que describe la colonización antioqueña en el norte del Tolima y hace una semblanza de la personalidad legendaria del general Isidro Parra.

Son tres las principales figuras históricas que actúan en la novela comentada: Juan de Dios Aranzazu, hombre de amplia cultura y gran influjo político (llegará a ser presidente encargado de la República), quien ha recibido como herencia una poderosa merced real; Cosme Elías González, el último encomendero, malvado y cruel, y que proviene de una casta de latifundistas que ejerce su poder tiránico desde mucho tiempo atrás; y Fermín López, hombre sencillo y tímido, a la vez que arrojado y valiente, que se vuelve el adalid de miles de colonizadores que a lo largo de diez años se rebelan contra los atropellos y las injusticias que los oprimen.

Los historiadores destacan a Fermín López como héroe de la gesta colonizadora y le asignan el título de “moisés antioqueño”, por encarnar al precursor de la conquista lograda para las legiones de labriegos desposeídos. Con su victoria, los campos baldíos entran a producir riqueza nacional y a beneficiar a sus trabajadores, no sin antes haber sido sometidos éstos a vejámenes sin cuento y a enredados pleitos judiciales por la posesión de la tierra.

Gallego Valencia pinta en su novela, con colorido y el empleo de  lenguaje castizo y vigoroso (que a veces parece no permitir resuello en la lectura, sujeta a párrafos extensos y a la ausencia de diálogos), el clima de perturbación, penuria y sacrificio que sufrieron los primitivos pobladores en busca de una esperanza de vida. La obra define con propiedad los lugares, objetos y costumbres reinantes. Hay viveza en la narración y tino para plasmar el temperamento de los personajes. Sin duda, es la fiel interpretación del ambiente de aquella época borrascosa. Esa debe ser la novela histórica en su reto de reflejar la temperatura de los tiempos.

Parece como si el autor hubiera conocido palmo a palmo los ásperos caminos transitados hace dos siglos por miles de héroes anónimos. Son los mismos caminos, ya ‘civilizados’ en la época moderna, que el escritor recorrió para husmear las huellas de la historia, como lo hizo Flaubert sobre las ruinas de Cartago antes de escribir Salambó.

El Espectador, Bogotá, 26 de octubre de 2007

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Comentarios:

Me latió deprisa el corazón mientras leía tu artículo signado del bello estilo literario, la capacidad de síntesis y la ilustración del ensayista consumado. Luis Eduardo Gallego Valencia.

Al leer tu reseña magnífica dan ganas de salir corriendo a leer esa novela que narra las peripecias de nuestros antepasados. Yo nací en Cali, pero mi padre era de Jericó (Antioquia), y mi madre de Risaralda (Caldas); así que me tocan en el corazón estos temas de la colonización antioqueña en el Viejo Caldas. Alfredo Arango, Miami.

Excelente análisis de la novela sobre un tema apasionante y casi siempre mal interpretado. Jorge Mario Eastman, Bogotá.

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Letras de Tuluá

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Por gesto amable de Óscar Londoño Pineda, el cronista de Tuluá, he conocido algunas obras de escritores de su tierra, a las que dedico esta columna. Ante todo, registro la salida del cuarto tomo de la serie Tuluá, visión personal, en la que el propio Londoño, con alma emotiva y memoriosa, viene concatenando menudos y grandes sucesos de su patria chica, con especial mención de los personajes literarios y sus realizaciones. Este trabajo constituye pieza valiosa para el estudio de la historia regional.

Durante la violencia partidista que se recrudeció en el país en los años 50 del siglo pasado, Tuluá fue escenario de horrendos sucesos protagonizados por los llamados “pájaros” (sinónimo de matones). Etapa turbulenta que movió a Gustavo Álvarez Gardeazábal a escribir su novela Cóndores no entierran todos los días. Con el fondo de aquella violencia fratricida que dejó en el país una mortandad escalofriante, Fernando Charry Lara elaboró uno de sus más bellos poemas: Llanura de Tuluá.

Hay otro libro que dibuja con agilidad y crudeza aquellos episodios: Horizontes cerrados, de Fernán Muñoz Jiménez, nacido en Tuluá en 1932 y muerto de manera prematura en 1978. Es una breve obra –de 124 páginas– que se publicó en 1954. Al comienzo aparecen unas palabras de Camilo José Cela, futuro nóbel de literatura, quien visitó a Cali en 1953, y dice lo siguiente sobre el autor: “Un artista de la prosa y un desvelado cantor de emociones. Salud, prosista condenado a tu puebluco para expresar el encanto de su monotonía”.

Muñoz Jiménez ofrece capítulos patéticos sobre la barbarie que le correspondió vivir en medio de disparos, carros fantasmas, asesinatos,  cadáveres tirados a los ríos o colgados de los árboles, desolación y miedo. Los zarpazos del sectarismo político mantenían asustada a la población, y la respuesta a tanto salvajismo era la impunidad. Colombia era una hoguera de odios y terror. La novela, conocida hoy por poca gente, y que es el testimonio de una época demencial, merece ser reeditada.

La Unidad Central del Valle del Cauca ha rescatado otro libro valioso –y olvidado–, de Mercedes Gómez Victoria, nacida en Tuluá en 1837 y quien en 1889 –hace 116 años– editó dicha obra con el título Misterios de la vida. Siempre se ha dicho que Soledad Acosta de Samper fue la primera mujer colombiana que puso en circulación una novela. Esto no es así: Soledad publicó su primer libro de ensayos en 1895 y su obra novelística apareció en los inicios del siglo XX. Se le adelantó la escritora tulueña.

Misterios de la vida, basada en la propia realidad de la autora, es una crítica contra la irresponsabilidad de los padres que descuidan a sus hijos. Los tres personajes centrales de la narración son hijos expósitos, como lo fue la novelista. Con tal condición, ésta plantea pautas de comportamiento social como soporte de la familia.

Omar Franco Duque, escritor, periodista y elemento cívico de amplia trayectoria en sus lares nativos, recoge una sabrosa muestra de la idiosincrasia local en el libro El humor en las letras de Tuluá. Por este trabajo me entero de que su comarca ha sido favorecida con grandes humoristas que, al igual que los miembros de la Gruta Simbólica, conjugan la existencia con gotas de gracia y sapiencia, como píldoras de buena vida.

Eminente personaje del pasado tulueño es Carlos E. Martínez Martínez, muerto en 1960 a la temprana edad de 44 años, y que cumplió destacada actividad cívica, pedagógica, periodística y literaria. Escritor culto y castizo, dejó obra refinada que no alcanzó a publicar en su totalidad, y que con el paso del tiempo, de modo inexplicable, se perdió en buena parte. Dos de sus poemas son de antología: In memoriam y En un álbum. Además, compuso la letra del himno de Tuluá.

Su sobrino Carlos Ochoa Martínez acaba de publicar una obra esmerada donde describe el itinerario de su tío y recoge una selección de su quehacer poético, programa que contó con el patrocinio de la Alcaldía de Tuluá y la vinculación de la Cámara de Comercio. Libro de grata lectura, que permite valorar el desempeño humano e intelectual de una figura olvidada.

Tuluá muestra con estos y otros libros, al igual que con revistas y otras expresiones, permanente afán cultural, que realizan con brillo sus hombres de letras y fomentan las autoridades con amor al arte.

El Espectador, 11 de octubre de 2005.

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Comentarios:

Tuve el día de hoy la fortuna de encontrar su columna titulada Letras de Tuluá. Quería solicitarle su autorización para reproducirla en nuestro periódico La Variante. Somos un medio nuevo, de circulación semanal en más de 20 municipios del Valle del Cauca. No me cabe la menor duda de que su magnífica columna tendría el mayor interés en nuestra comunidad. Ivanov Russi Urbano, Tuluá.

He leído con enorme fruición su admirable artículo. Gracias por Tuluá y por todos los escritores cuyas obras comentas con excepcional maestría y prodigioso poder de síntesis. Carlos Ochoa Martínez, Bogotá.

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García Márquez, ¿plagiario?

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Germán López Velásquez, director de la revista Mefisto, escribe un vehemente ensayo donde sostiene que Memoria de mis putas tristes, la última obra de  Gabriel García Márquez, es un plagio de la novela La casa de las bellas durmientes, del japonés Yasunari Kawabata, premio nóbel 1968. Y formula graves afirmaciones, como las siguientes:

“García Márquez, con Memoria de mis putas tristes, estafa conciencias literarias. Muy bueno que se diera el dato de las utilidades de esa estafa por parte de la Editorial Norma. El libro es un hijo bastardo de Gabo… El argumento de Memoria de mis putas tristes es exactamente el mismo de La casa de las bellas durmientes”.

Leí el ensayo con interés y desazón. Frente a la inquietud que despierta la  acusación de López Velásquez, lo indicado es conocer la obra del japonés para confrontarla con la del colombiano. Sin embargo, aplacé la compra del libro por ser hoy exagerado su precio: por el breve volumen de 150 páginas, publicado en España, las librerías están cobrando $ 53.000. Si la edición fuera colombiana, no valdría más de $ 15.000.

Por supuesto, quedé estupefacto ante la posibilidad de que García Márquez pudiera incurrir en el exabrupto del plagio. De todos modos, la controversia es interesante y merece que se ventile en centros académicos y foros literarios. Para contribuir a dicho propósito, retransmití a varios de mis amigos el ensayo de marras, y algunos me expresaron valiosas opiniones.

Desde Medellín, el escritor y periodista Hernando García Mejía, gran lector de literatura colombiana y mundial, dice: “Lo de la última novela de Gabo es cuento viejo. Desde el principio se sabía que se inspiró en La casa de las bellas durmientes del japonés. Lo de plagio es excesivo y, personalmente, no le doy ninguna trascendencia a ese debate trasnochado.

“Lo que sí me parece es que Yasunari Kawabata, a quien leo desde la juventud, es superior a Gabo como escritor. Gabo es hojarasca efectista y retórica, y Kawabata, esencialidad trascendida en profundidad. Yo plantearía la discusión desde el estilo, aunque tampoco parece admisible, habida cuenta de que, como reza el aforismo, ‘El estilo es el hombre’. Y un hombre que escribió El coronel no tiene quien le escriba –¡qué envidia, por Dios!– merece respeto”.

Jorge Consuegra, reconocido crítico literario y promotor cultural, manifiesta: “Siempre he creído en la opción de la crítica, y el reclamo, el comentario, son válidos en todos los campos. Y creo que García Márquez no ha plagiado. Él, antes de Cien años de soledad, lo dijo: ‘Me encanta La casa de las bellas durmientes y me gustaría hacerle un homenaje’. Y lo hizo”.

Desde Armenia, Carlos Fernando Gutiérrez, columnista de La Crónica del Quindío y literato, dice: “Pienso que hay que leer la novela del nobel japonés, para hacerse un criterio más personal y menos apasionado que el escrito por el director de Mefisto. Algunos han planteado que la mejor literatura son reescrituras”.

Por su parte, Borges recomienda evitar “la confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulises de Joyce y la Odisea de Homero”.

Hernando García Mejía tuvo la gentileza de facilitarme una novela exquisita de Kawabata: Lo bello y lo triste –edición de Ultramar Editores, Barcelona, 1985–. Obra que, junto con País de nieve –que leí hace mucho tiempo–, me permiten corroborar el concepto de que el autor es un enorme novelista, tal vez el más representativo de Japón.

Nació en Osaka en 1899 y se suicidó en Zushi en 1972, en el pequeño apartamento que poseía frente al mar. Cuatro años antes de su muerte había obtenido el Premio Nóbel de Literatura. Antes de los 15 años de edad murieron, en forma sucesiva, sus padres, su única hermana y sus abuelos. A raíz de su juventud desolada, fue un ser solitario e introvertido.

Su estilo se caracteriza por la sutileza con que maneja las historias, la agilidad de los relatos, la técnica de los diálogos, las dosis de sicología con que actúan los personajes. Y como aspecto fundamental de la buena novela, la trama excitante de los argumentos, urdidos con habilidad y delicadeza, para que el suceso atrape al lector y lo mantenga en suspenso hasta la última página.

Artífice de la “novela miniatura”, es un placer leerlo. La brevedad y dinámica de sus relatos es todo un monumento en las letras japonesas. Aprendió que el vigor de la acción narrativa se consigue con ahorro de palabras innecesarias, por más bellas que suenen al oído (lo cual es más propio de la poesía), y con precisión y gallardía del estilo. Para Kawabata, la hojarasca literaria no existe. Ahí está su gloria.

El Espectador, Bogotá, 6 de septiembre de 2005.

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Comentarios:

Muy buena tu columna. Yo tengo las bellas durmientes y aunque el tema es el mismo, no puede considerarse un plagio. Y eso que a mí García Márquez, como persona, no me gusta. Carlos Arboleda González, Manizales.

Plenamente sensato y pertinente tu artículo sobre Gabo y sus tristísimos putas tristes. Como tú sabes, los idólatras de Gabo son muchos, pero sospecho que la gran mayoría ni siquiera lo han leído como se merece. Espero no haber sido  demasiado injusto con él, pero, qué diablos, eso es lo que pienso después del deslumbramiento de El coronel no tiene quien le escriba. Hernando García Mejía, Medellín.

Desde un principio supe que no todo el mundo iba a estar de acuerdo. Eso es normal. De todas maneras, lo importante es continuar un análisis, una evaluación. Borges dijo que una cosa es recrear una historia literaria y una muy distinta calcar. Decía que un escritor nunca debía calcar a otro, que el escritor surgía de su propio interior. Sostengo que García Márquez calcó. Su escrito enriquece sobremanera el debate. Germán López Velásquez, director de la revista Mefisto, Pereira.

La verdad, me encanta García Márquez, pero esta novela en particular me decepcionó. Además, considero que el título no tiene nada que ver con el contenido. Creo que las palabras grotescas le encantan a mucha gente hoy en día: quizá se trató de una alternativa publicitaria para llegar a muchísimas personas. Para mí su obra cumbre por excelencia, conmovedora, es El amor en los tiempos del cólera. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Sanín Echeverri: 5 en conduca

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Alguna dama pudibunda le bajó la nota que Jaime Sanín Echeverri le dio a Helena, la protagonista de Una mujer de 4 en conducta, y le puso 2. Por mi parte, leída la novela muchos años después que lo hizo la dama inconforme (y debo confesar que es imperdonable mi tardanza en llegar al libro del notable escritor antioqueño), no dudo en asignarles, tanto a él como a su novela, un 5 redondo.

La Medellín de comienzos del siglo XX, donde se desarrollan los sucesos, apenas comenzaba a romper los moldes de la aldea. Sus costumbres sociales se movían dentro de estrechos linderos parroquiales, bajo la severidad religiosa que gobernaba la vida de la tradicional familia antioqueña. Esto determinó que la irrupción de una mujer de la vida airada, llena de garbo, seducción y peligroso desenfado, provocara escándalo en aquella puritana sociedad de rezo diario y pecados ocultos.

Retrocediendo en el tiempo, y sin salirnos de los cánones exagerados que marcaron la pauta en otras épocas de ingrata recordación, podemos recordar el caso de Virginia, la protagonista de la única novela de Barba Jacob. El borrador de la obra fue confiscado por el alcalde de Angostura –y luego quemado, se supone–, al considerar que los amores de la bella e ingenua campesina atentaban contra la moral pública. Por Dios: se trataba de amores castos, pero que fueron deformados por la lente inquisitorial de un alcalde burdo, incapaz de entender la obra literaria.

Sanín Echeverri enfrentó también la censura de su época, pero por fortuna no se le atravesó ninguna autoridad mojigata y pirómana. Que si así hubiera ocurrido, lamentaríamos hoy, como en el caso de su paisano Barba Jacob, la pérdida de una joya literaria. El creador de Una mujer de 4 en conducta, fuera del acto de valor que tuvo al publicar la novela, lanzó con ella un mensaje contra las injusticias y desequilibrios imperantes en aquellos días. Se adelantó a su época.

Su libro es un retrato de la Medellín de antaño, rodeada de campos edénicos y hábitos sencillos, de donde brota una linda campesina, candorosa como las flores silvestres de la tierra, que se vuelve la provocación de los hombres. Ignorante de letras y desprevenida contra la maldad humana, su fragilidad es aprovechada para sembrarle embarazos indeseados y dejarla rodando por los caminos de la pobreza y la prostitución.

 Helena conoce la vida borrascosa, trocando la paz de la vereda por la turbulencia de la ciudad. Surge en la Medellín de las ficciones y los nacientes esplendores como testimonio vivo de la comedia humana. Esa comedia la han ofrecido en sus obras los grandes novelistas del mundo en su compromiso perenne con la sociedad. Nada nuevo descubre el escritor antioqueño, pero lo hace con novedad y bello estilo, dotes que le dan vida a un relato sencillo, primoroso y de apasionante interés.

Los dramas sociales son los mismos en cualquier latitud y en cualquier época de la historia. La prostitución, la miseria, el vicio, la usura, la explotación, la crueldad del hombre caminan por todos los escenarios del planeta. Y se disfrazan, lo mismo que en la cristiana sociedad pintada por el novelista antioqueño, entre conventos, misas, imágenes de santos, golpes de pecho, licores finos y los  refinados oropeles de la burguesía.

Ese fue el ambiente que retó Sanín Echeverri, y por eso algunas voces de protesta se dejaron sentir al aparecer su denuncia, que contenía –y contiene– verdades rotundas. Por esa razón una dama timorata le bajó a 2 la nota a Helena.  (Bien ha podido, claro está, castigarla con el 0 absoluto. ¿Por qué no lo hizo? Tal vez su conciencia vacilante, con algún asomo de piedad religiosa, no se lo permitió).

Helena Restrepo –su borrado nombre de pila– encarna a cualquier ramera del mundo. Es la linda campesina de otro tiempo que ha tenido que encubrirse, para falsear su identidad pisoteada por los hombres, con los alias de Carmen Bedoya, o María Restrepo, o Doris de La Fontaine, o la Nena, a secas. Rótulos pasajeros, tan cambiantes como la propia rotación de su clientela itinerante: un espejo de la sociedad envilecida que le permitió a Jaime Sanín Echeverri escribir su novela ejemplar.

El Espectador, 17 de agosto de 2005.
Academia Colombiana de la Lengua, No. 217-218, Bogotá, 2005.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 9, febrero de 2006.

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Tierra mojada

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Manuel Zapata Olivella nació en Lorica (Córdoba) el 17 de marzo de 1920 y murió en Bogotá el 19 de noviembre de 2004. Se graduó de médico, pero encauzó sus energías vitales hacia el cultivo de las letras, en los géneros del cuento, la novela y la dramaturgia, campos en que dejó obras valiosas, varias de ellas ganadoras de destacados galardones. Su pasión fue la antropología, ciencia que le permitió interpretar al hombre en sus más amplios aspectos y proclamar los orígenes de su raza negra.

Fue gran defensor de los negros. El nervio de su obra está movido por los dramas de los seres desamparados que vegetan, en medio de penurias, enfermedades y humillaciones, en las riberas de los ríos que él mismo, como habitante de esas latitudes brutales, vivió con intensidad. Antes de morir, dispuso que sus cenizas fueran tiradas al Sinú, el río tutelar de su tierra, a fin de que las aguas proletarias se encargaran de llevar sus restos hasta el África remota, de donde provienen sus orígenes. Con ese rito, a la vez poético y religioso, volvió a encontrarse con sus ancestros y así reafirmó la perennidad de su linaje.

Una de sus novelas más representativas es Tierra mojada, que he releído en estos días como homenaje silencioso al autor con motivo de su fallecimiento. El libro reposa en mi poder desde 1972, cuando fue publicado por Bedout, y ahora encuentro en esas páginas otra dimensión de la historia narrada y mayor acento de la protesta social lanzada por el novelista como vocero de los hombres oprimidos. Duro territorio el del Sinú, donde una legión de pequeños agricultores lucha por sobrevivir en medio de las enfermedades, la pobreza y el hambre, y por retener un pedazo de tierra bajo la tiranía del gamonal, que cada vez los cerca más entre los garfios de la miseria, los extermina y los hace desaparecer en las aguas borrascosas de los ríos.

Esa tierra poblada de arrozales, caimanes y mosquitos y explotada con el sudor de la raza negra, es un retrato de la América india adonde no ha llegado todavía ningún recurso de liberación y se mantiene, por lo tanto, como zona de esclavitud en pleno auge de las libertades. Hombres famélicos y taciturnos, desposeídos de sus parcelas y trashumantes de cosechas oprobiosas, deambulan por esas riberas con sus pesares y sus familias a cuestas, sin manera de levantar sus propios ranchos ni poseer sus propias siembras, ya que el latifundista despojador no puede admitir competencia en sus dominios. El mismo río nutricio, por donde se deslizan los cadáveres, se convierte en un tirano del desamparo.

Zapata Olivella presenta en Tierra mojada un mundo duro, dramático, movido por personajes fuertes y por situaciones patéticas, acordes con la realidad que el narrador presenció y vivió en aquellos cenagales. Esa es su tierra sufrida, pintada como un rostro del dolor universal que padece la gente desprotegida en la defensa de la vida, imagen que el escritor transplanta a otros de sus libros: Chambacú, corral de negros, Changó, el gran putas, Hotel de vagabundos, El retorno de Caín, Pasión vagabunda, Cuentos de muerte y libertad, Las raíces de la furia negra…

La vagancia es una idea obsesiva en la obra de Zapata Olivella, y nace de su propia juventud menesterosa. Rodeado de pobreza, un día toma una chalupa y se marcha a Cartagena, y de allí a Panamá, donde es detenido por vago y sospechoso. Liberado, continúa su viaje sin brújula hacia países incógnitos: Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, Méjico… En esos recorridos azarosos, duerme en los vagones del ferrocarril, en los parques solitarios o en los campos abiertos, donde lo coja la noche y descubra un escondite para ocultar su ruina. Es la senda del caminante de la vida y del futuro novelista que vagabundea por todas partes y en todas encuentra miseria, desolación e injusticia.

Por fortuna, lee las novelas de Gorki y de otros escritores desprotegidos de la suerte, y esas lecturas le dan ánimos para no desfallecer. A medida que recorre mundo, desempeña cuanta ocupación se le presenta: ayudante de mecánica, portero, pintor de brocha gorda, empleado de un manicomio… Cuando a lo largo del tiempo estudia medicina y obtiene el título profesional, ya el mundo ha penetrado en la sensibilidad de este intérprete de la condición humana. Con tal bagaje, estructura su obra literaria. Y se vuelve, al igual que Nicolás Guillén, el gran cantor de la raza negra.

El Espectador, Bogotá, 24 de febrero de 2005.
Libros y letras, boletín No. 1.671, Bogotá, 12 de marzo de 2005.

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