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Entradas Etiquetadas ‘Personajes singulares’

Mariano Salazar Giraldo

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El último viva que le escuché a don Mariano fue en la deve­lacíón del busto del maestro Guillermo Valencia, hace menos de un mes. Era ya una voz apagada, con cierto tono acusador de tragedia, pero diáfana como toda la trayectoria de este buen hombre que se dio el lujo de mantener un canto perenne a la vi­da y que se despidió de ella apenas con un murmullo, sin ningu­na lamentación y con el pecho eufórico de sanas embriagueces.

Si con el correr del tiempo a alguien se le ocurre preguntar cuál fue el hombre más enamorado de Armenia, habría que contes­tarle que lo fue Mariano Salazar Giraldo. Él no hizo grandes cosas por esta ciudad. Sus actos fueron sencillos, casi simples, pero de una dimensión espiritual que muy pocos pueden discutirle ese privilegio.

No construyó edificios, ni ar­mó puentes, ni trazó avenidas, ni consiguió auxilios en las al­tas esferas del Gobierno, ni repartió puestos ni prebendas ofi­ciales. No pronunció discursos grandilocuentes, ni coronó reinas, ni encabezó peregrinas cruzadas de falsos parroquianismos. Pero estaba presente en todo suceso importante. Fue, por sobre todo, un romántico de la amistad, y repartió amistad  con el corazón rebosante.

Era la suya una estampa imprescindible que campeaba por estos predios con el gracejo en los labios, y que sin ser los suyos, aprendió a quererlos acaso más que los propios. Los defendía con vigor y los proclamaba a los cuatro vientos.

Pocas devociones tan entrañables, tan extrañamente fieles, co­mo la que este hidalgo sentía por Armenia. Nació para ser ele­gante con la vida, y no solo en su aspecto externo de irreprochable maestro del porte airoso, sino en su irreductible condición de caballero a carta cabal, señor de la amabilidad y el gesto galante. Anclado en estos lares que lo albergaron sin condiciones, soportó con ánimo sereno, y siempre con el pecho erguido, los dardos del destino.

Jamás se le oyó quejarse de la adversa fortuna e hizo del diario vivir una parábola de resignación y dignidad. Aprendió lo que pocos hombres logran en la vida: ser distinguido en medio del infortunio.

E hizo de su existencia un canto al optimismo. Alguna vez, hace apenas pocos años, la ciudad reconoció en él a una de sus figuras más cívicas. Puso sobre su pecho el emblema de «Amor a Armenia», y él se sintió recompensado. Grandilocuente en su pala­bra sencilla, les contaba a propios y extraños que esta era la mejor tierra del universo y deambulaba por sus calles con el legítimo orgullo de ser personaje de la mejor prosapia, caballe­ro con arreos de emperador, escudero con lanza de invencible com­batiente. No se dejó arrebatar, nunca, el título de espadachín.

Allí donde hubiera ocasión de defender a su ciudad, estaba él. No permitía que nadie hablara mal de la comarca y sus gen­tes. En los actos públicos, en las tertulias íntimas, desgrana­ba sus emociones con fuertes ímpetus, para que todos las escu­charan, y con místicos arrebatos para que nadie dudara de su corazón inmenso.

Muchos se preguntarán qué aliento inspiraba sus bohemias de euforias cívicas. Acaso se confundan sus alborozadas presencias en los actos públicos con posturas advenedizas. Era esa, precisa­mente, la fisonomía más auténtica de quien consideraba estar cumpliendo con un deber en cada viva a la región y a sus persone­ros.

Se nos fue sencilla, silenciosamente. Murió, a buen seguro, cantándole a Armenia, como el cisne en su postrer alborozo emite su mejor exhalación. De ahora en adelante se echará de menos la voz que fue siempre potente para prodigar elogios. Y más que su voz, que continuará resonando en la conciencia de los quindianos, faltará la presencia física de este mensajero de la simpatía y la nobleza que ya ganó, por fortuna, puesto indis­cutible en el corazón de la gente.

La Patria, Manizales, 23-VI-1976.

El otonielismo

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

«Yo y Tú», el estupendo programa de televisión que dirige Alicia del Carpio, tiene el acierto de saber interpretar la vida colombiana, al día, como va ocurriendo. Son pocos los verdaderos programas de humor que nos quedan. Cuando se exagera en la comicidad se cae en el ridículo. Gran di­ferencia existe entre el apunte chispeante y el cuento obsceno. El ingenio bogotano, sobre todo, que es tan espontáneo, se distorsiona cuando no encuen­tra intérpretes tan agudos como estos que conforman la escuela de doña Alicita.

La sátira, género que tuvo su máxima expresión en el siglo de oro de la literatura española, fue manejada magistralmente por los críticos de la época que nos dejaron páginas de gran realismo sobre las costumbres de aquel mundo de granujas, hampones y vagos que levan­taron polvo en los anchos caminos del vicio y las bufona­das.

España, sin las carica­turas de un Lazarillo, de una Celestina, de un Fray Gerundio, se nos habría borra­do en una de sus pintores­cas fisonomías. ¿Qué habría hecho el mundo, más tarde, sin el Quijote redentor?

Se extrañan hoy los genios que en otras épocas retrataron el alma de los pueblos. El costumbrismo, caído de capa en nuestros días, no solo tiene pocos cultores, sino pocos intérpretes. La vena humorística viene en decadencia desde que a la vida se le ha dado un tono dramático. Reír, en este siglo cargado de elementos explosivos, es un don devaluado.

«Yo y Tú» ha logrado tra­ducir, a lo largo de veinte años de perseverancia en el arte de la comicidad, los sentimientos del pueblo colombiano. Sus protagonistas, que un día personifican la vida casera con su fondo de penurias y estrechas fruiciones, y que otro pintan al personaje de actualidad recorriendo el país en vísperas electorales, se mueven entre las bambalinas de la crítica social y la fina ironía para representar la tragicomedia que es siempre la vida.

Otto Greiffenstein saltó de animador a cómico de la televisión en una serie que se mantiene en el favor del público gracias a su autenticidad. Se convirtió, de pronto, al descubrir su vena humorística, en el inquieto Otoniel Jaramillo, personaje muy nuestro no solo por lo Jaramillo, sino también por lo Otoniel.

Es el clásico lagarto de la política, manzanillo consumado, que arma su oficina de influencias en persecución de prebendas y de nombradías. Eterno candidato a embajadas y ministerios, no pierde ocasión para asistir a cuanto coctel se organiza, y si no lo invitan, se cuela. Anda torcido, con todo, nuestro Otoniel Jaramillo, que, ya en vísperas de lograr la embajada, se apuntó mal al filo del bolígrafo.

Pero no desfallece, y postula su nombre para la contienda electoral. Con ímpetu se arroja a la plaza pública, monta su tolda aparte, fustiga a las oligarquías, predica días de bonanza bajo sus banderas, se va lanza en ristre contra la vida cara, la inflación, el desempleo, y como todo político que se precie forma sus comandos del otonielismo en pueblos y veredas. Infatigable en la lucha, no le da tregua a su empeño proselitista y hace fulgurar su imagen en pancar­tas y proclamas.

Pero a la hora de las definiciones sus listas quedan derrotadas en el alto panorama de la nación y apenas alcanza, en la oscura provincia, dos o tres conce­jales. Alega maniobras fraudulentas, monstruosas pa­trañas. Y el otonielismo, una institución más, con todo y verse frustrado, se repone pronto de los descalabros. Vislumbra nuevos horizontes, y aun con la cabeza magullada y el ánimo maltrecho anuncia a su fiel reducto de San Gil que se apresta a celebrar la derrota, gesto que no se da en todos los políticos.

Otoniel Jaramillo, por quien muchos votaron en la realidad, en broma o en serio, es todo un político. Más risueño que el común de ellos, que no han logrado restañar las heridas. Es el candidato que, sin demasiados cálculos, y siempre optimista, no se in­timida ante el fracaso y postula desde ahora su nombre a la campaña presidencial. Y como de derrota en derrota espera llegar al triunfo final, que no se desentiendan sus contendores.

El otonielismo es la nueva corriente que se abre paso con su inmenso público que se mantiene firme a lo ancho y largo del país. Tiene carisma. Es calculador de su propia imagen. Sabe que el humor es arma peligrosa que solo pocos políticos, como él, saben mane­jar con destreza para mantener conquistadas las masas. ¡Que viva el otonielismo!

El Espectador, Bogotá, 25-V-1976.

¡Adiós, mi General!

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Pocos días antes de su muerte, el 23 de diciem­bre, lo llamé a su pieza de enfermo del Hospital Mi­litar a desearle feliz Navidad. No era fácil poder ha­blar con él. Dos operaciones seguidas lo mantenían aislado y apenas se le permitían bre­ves visitas de sus familiares.

Mientras la línea tele­fónica hacía el primer contacto con el conmutador del hospital, yo pensaba en las hazañas del ilustre hombre que un día ya lejano había hecho tremo­lar nuestros colores patrios en las cúspides belige­rantes de Corea. Por mi mente desfilaban las conde­coraciones y símbolos de su brillante carrera mili­tar que él mantenía con discreto orgullo en el museo abierto en la intimidad de su hogar.

En ese momento oí el retumbar de la artillería atronando los cielos de la Corea convulsionada por el turbión de la guerra. Allí, en pleno campo de batalla, jadeante e intrépido, como coloso enfada­do, nuestro glorioso Batallón Colombia ganaba posi­ciones con el ardor de un puñado de valientes que bajo el mando del entonces teniente coronel Jaime Polanía Puyo había traspuesto los mares y desafiado el peligro para luchar por la libertad.

A paso de tita­nes este grupo de hombres aguerridos se abrió cam­po por entre brigadas enfurecidas que pretendían sembrar la barbarie en un planeta todavía convaleciente de la última hecatombe mundial. La mayor nostalgia del soldado es, sin duda, la ausencia de su patria y de su hogar. Recuerdo que alguna vez me contaba Jaime Polanía Puyo las penalidades que se viven al pie del cañón de guerra, lejos de lo que más se ama.

Y este 23 de diciembre, mientras el hilo telefó­nico buscaba contacto con el héroe de Corea, ahora reducido al duro lecho del hospital —¡él, que había sido todo vigor!—, pensaba yo en lo efí­mero de la gloria. Trabajo me costaba admitir que este hombre templado en los rigores del campo de batalla y que había clavado en lo más alto de la cumbre la bandera del heroísmo, tuviera que acep­tar su propia inexorable decadencia ante el asedio de la tenaz enfermedad.

Un pariente suyo me había advertido que era difícil hablar con él. La buena suerte me per­mitió, sin embargo, que le expresara de viva voz el saludo navideño. Algo me decía que era el adiós definitivo. Supe que sus compañeros de armas lo habían visitado y, como en sus tiempos de comba­tientes, habían hermanado sus emociones y rememorado las gestas de sus días glo­riosos. El soldado muere reposado cuando puede acu­mular al final de la jornada los recuerdos fortifi­cantes de la misión bien cumplida.

Viajero de los caminos del mundo, un día se estableció en Armenia. Había concluido su eximia carrera militar que le hizo ganar los más altos ho­nores no solo de su patria sino de otras naciones. El presidente Truman le otorgó la Estrella de Pla­ta, por «extraordinario heroísmo», y la Legión del Mérito, en grado de Legionario, las dos distin­ciones más altas que otorgan los Estados Unidos a oficiales extranjeros. A su regreso de Corea pasó a comandar importantes guarniciones del país y fue gobernador del Valle en el final del régimen militar.

Condecoraciones, documentos y un acervo de libros, cartas y fotografías con personalidades del mundo los guarda hoy celosamente su familia y fueron mantenidos por él con entrañable afecto, y nunca con vanidad, de no ser el sano orgullo de haber sido el hombre que les dio lustre a su patria y a los suyos. Amante de las disciplinas humanísti­cas, era asiduo lector de historia y él mismo escribió importantes trabajos sobre la materia.

En el Quindío, tierra de cafetales y de ensoña­ciones, se volvió soñador. Labró la tierra y apelma­zó su sensibilidad en estos predios de la exuberan­cia. El héroe busca siempre el reposo del atardecer. Por eso, cambiado el fusil por la herramienta de trabajo, rastrilló las entrañas de la tierra y dis­trajo sus horas entre crepúsculos y arrobamientos.

Persona sencilla, dadivoso y envuel­to en radiante campechanía que le abrió el aprecio de estas gentes que rechazan los modales afectados, discurrió con naturalidad por entre sur­cos y minerías, siempre con el gracejo en los labios y el ánimo abierto a la camaradería.

Le dio por volverse minero. Y como minero que se respete, nunca hizo capital. Pero al lado de la minería montó su mundo de anchas vivencias, aca­so irreal, pero siempre eufórico. Los estudios que levantó sobre yacimientos de la zona de Salento, que algún día serán realidad, constituyen valiosos puntales que deben ser aprovechados para explotar esta riqueza.

A Jaime Polanía Puyo se le recuerda rodeado de funcionarios del Gobierno, a cuyas puer­tas vivía tocando para despertar el interés oficial, de misiones extranjeras, de mapas, de gruesos volú­menes en varias lenguas y de misteriosas pedrerías que, junto a sus blasones, constituían su razón de ser.

Espíritu inquieto, nunca se conformó con la improductividad. Al abrigo de sus ilusiones, ilusio­nes de hombre visionario y tenaz, recorría el país con inusitada obstinación —¡la quijotesca terque­dad del minero!— y estaba pronto para opinar y aconsejar siempre que sabía de la aparición de un nuevo filón. Era invitado principal en toda reunión o congreso sobre minería.

Nunca se dejó vencer por los incrédulos. Y mu­rió en su ley, batallando al pie de las minas y aca­riciando sus glorias pretéritas. Su casa es hoy un baluarte de grandezas, que guarda con igual auten­ticidad las medallas ganadas en buena lid que los filones de la vigorosa personalidad que lo mantu­vo alerta, en el reposo del guerrero, ante las perspectivas de un horizonte vivificante. Su mejor bla­són, la familia envidiable, se levanta hoy como testimonio elocuente de las andanzas del héroe que supo ser grande para hacer grandes a los suyos.

La Patria, Manizales, 2-II-1976.

El artista colombiano

domingo, 22 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Este típico personaje de las calles bo­gotanas, que improvisaba fáciles escenarios en cualquier sitio de la ciudad y que llegó a convertirse en auténtico intérprete del pueblo, está ahora pos­trado en un hospital de caridad. Sus admiradores desaparecieron como por encanto. Ya no desfila ante sus ojos ese errátil mundo bogotano que detenía la marcha, entre curioso y sugestionado, atraído por la lengua picante y a veces prohibida del legítimo «cachaco”, y desde su lecho repasará con impaciencia tanto recuerdo, ahora medio desdibujado, de su incontenible re­pertorio.

Fue, a lo largo de treinta o de cua­renta años, el mejor remedador de la farándula política, lo mismo que del pequeño o del gran acontecimiento, y gozaba, al igual que su auditorio, per­sonificando a los protagonistas de la actualidad, a quienes fustigaba con fina ironía y ademán bufón, aunque también les concedía a veces el honor de la alabanza, cuando lo merecían en su veredicto implacable.

Dotado de aguda receptividad, siempre comprendió cuál era el proble­ma o el tema del momento y desde su tribuna callejera llegó a convertirse, sin proponérselo, en crítico de la vida cotidiana No siempre nos damos cuenta de la importancia de estos tribunos del pueblo que logran mantener, mejor que tanto político envanecido, la simpatía de las inmensas masas que se deslizan por los ríos humanos de las urbes.

El “artista colombiano» sufre ahora la inclemencia de una lesión a la columna  vertebral. Necesita médicos y drogas. Por allá, en el frío y solitario cuartucho del hospital, un perio­dista descubrió que el talento colom­biano estaba derritiéndose entre una enfermedad voraz, alejado por fuerza de su teatro y sufriendo la ausencia y la indiferencia de su público.

No pide ayuda económica, según sus palabras, por más que se encuentre en absoluta indigencia, pero está espe­rando desde hace cinco meses que de su gran auditorio salgan personas que le lleven alivio para su tormento físico y moral.

En la cama del hospital sufre el «artista colombiano». Es, infortuna­damente, el mismo destino del artista colombiano en general. Aquel, el que borró su nombre de pila para con­vertirse en un bien de inventario de la ciudad, y también de Colombia, ha pasado al olvido. Es el mismo que hizo gozar al pueblo durante largas tempo­radas. Ha sido quizás el mayor censor del acontecer nacional.

Con él se va algo, todos los días, del Bogotá de antaño. Cada sitio tiene su propio artista, su personaje au­tóctono, que se va desmembrando de la sociedad con dolor, como aquel que está arrinconado en Bogotá con su tra­gedia a cuestas.

Después del descubrimiento, varias cámaras de televisión y reporteros de periódicos lo visitaron y lo exhibieron con cierto toque de noticia, con cierto afán de actualizarlo, pero no todos con el enfoque real ante el hombre de­caído, ante el artista que hizo las ale­grías del público heterogéneo y que ahora declina después de haber cum­plido el inevitable ciclo de la comedia humana.

El «artista colombiano» es patri­monio de la ciudad. Y esta debe hacer­le menos ingrata la decadencia. Para su público, ese amorfo espectro de las grandes ciudades, es posible que esté preparando nuevas actuaciones pa­ra cuando pueda estirar, en cualquier vía pública, como lo espera y nosotros lo deseamos, su esqueleto remendado.

La Patria, Manizales, 1-III-1975.

De la gloria a la desdicha

lunes, 22 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Si al final de su vida estrepitosa y traumática a Michael Jackson le hubiera sido dado escoger entre la fama y la tranquilidad, supongo que no lo habría dudado: hubiera preferido ser un hombre del montón, alejado del vértigo de los aplausos y las lisonjas de la ponderación, con tal de ser feliz.

La fama tiene un precio alto, a veces demasiado alto, y Jackson lo pagó desde muy joven. Nunca fue feliz. Alguien que lo conoció de cerca afirma que desde los 20 años estaba deprimido. Y agrega: “Pasé mucho tiempo con él en la habitación del hotel Mountcalm y vi cómo lo explotaban sus productores”. Como un sonámbulo cargado de dinero, y al mismo tiempo idolatrado y vitoreado por sus incansables multitudes de fanáticos, transcurrió toda su vida.

Esos fanáticos, ignorantes de lo que el ídolo tenía que soportar y padecer, nunca lo dejaron vivir en paz. Lo elevaban como un cohete a las altas esferas del elogio y a las atronadoras atmósferas del aplauso, sin permitirle que viviera su propia vida. Pero su propia vida ya no era suya, sino del público delirante. No se pertenecía a él mismo, sino al capricho de las multitudes. Le gustaba, por supuesto, sentirse idolatrado.

Desde su más tierna edad fue niño desprotegido. Su padre lo maltrataba por su bajo rendimiento en las clases de canto y coreografía. Esa niñez desamparada del afecto paterno le dejó un trauma insuperable. Y se apegó al calor de la madre. A su lado se sentía un niño mimado, así no lo fuera. Y se quedó niño para toda la vida.

Este niño grande que fue Michael Jackson le creó una morbosa atracción por la niñez. En su palacio de Neverland, sostenido a costos exorbitantes, instauró la figura de Peter Pan como una desviación de su mente protectora de los niños con quienes convivía, en quienes volcó todos sus afectos. De tal modo acrecentó y falseó ese sentimiento, que no establecía límites entre la ternura y el abuso sexual.

Una vez pagó entre quince y cuarenta millones de dólares (nunca pudo conocerse la cifra exacta) para solucionar un pleito por el atropello de un menor de edad. Hace menos de cinco años el mundo lo vio con las manos esposadas frente a una comisaría de Las Vegas, acusado por otro abuso sexual. Una hora después abandonó victorioso el despacho judicial, luego de pagar una fianza de tres millones de dólares. Con el poder de su bolsa millonaria tapaba todos los escándalos que producía.

Su fortuna, calculada entonces en 750 millones de dólares, se mostraba inagotable. Pero la realidad era desastrosa: cada vez se debilitaba más el imperio económico a merced de los pleitos, del declive de sus negocios como cantante y del costo ruinoso de las extravagancias que cometía. En las Vegas pagó perfumes por diez millones de dólares para su gran amiga Elizabeth Taylor, y para él compró un reloj de dos millones de dólares. Al final de la vida, estaba quebrado.

El derroche era uno de sus signos vitales. De esto no tenía plena conciencia, porque nunca aprendió a manejar el dinero: otros lo hacían por él y –lo que es más triste– saqueaban sus arcas sin control. Cuenta Grace Rwaramba, empleada suya durante 17 años, que Jackson no conocía con exactitud los negocios que firmaba. Sobre los 50 conciertos que iba a realizar en Londres, y que le dejarían una ganancia enorme, el cantante creía que había firmado el contrato por diez actuaciones.

La misma Grace revela que su patrono era drogadicto crónico. No ahora, sino desde mucho tiempo atrás. Murió de un infarto final, a los 50 años de edad, enflaquecido y presa de infinita soledad. Todo hace suponer que la ingestión permanente de medicamentos contra el dolor le produjo la muerte.

Vida desventurada la suya, que alcanzó la fama arrolladora y nunca conoció la dicha. Buscándola, llegó a la negación de sí mismo, de su raza negra, mediante la pigmentación de la piel. Dicen los siquiatras que la falta de identidad lo conducía a sentirse a veces hombre y a veces mujer. En virtud de ese conflicto patológico, desconocía la realidad. De ahí que se comportara  como un niño, pero como un niño traumatizado.

Más allá de sus frustraciones y extravagancias queda el genio de la música. Ser superdotado para el arte musical, que le aporta a la humanidad una leyenda que pocos mortales logran conquistar. Tal vez sin tantas limitaciones en su niñez y sin tantas excentricidades en su edad mayor, no hubiera conseguido coronar la altura del mito. Del mito indefinible. Todo a costa del tesoro más grande: la felicidad.

El Espectador, Bogotá, 30 junio de 2009.
Eje 21, Manizales, 30 de junio de 2009.

* * *

Comentarios:

Qué dolorosa realidad la de Jackson, pero a veces en la vida real pasa lo mismo cuando nos engolosinamos con la gloria (sea la que sea). En menos del canto del gallo, llega la desdicha. Qué difícil es atinar en el verdadero sentir de la vida y de quienes nos rodean. Qué efímera es la dicha para quienes viven, o mejor, sobreviven, en la pendiente de la vida. Marta Nalús Feres, Bogotá.

Este ídolo de muchos deja el legado de su música, de ser quien rompió récords como nadie, y la lección es que la felicidad está dentro de los seres humanos, no en la plata ni en la fama sino en esa espiritualidad que nos hace poner los pies en la tierra y el alma en la tranquilidad, que muy seguramente siempre añoró Michael Jackson. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Gracias por tu artículo. Lo disfruto por tu estilo y también por el hilo magistralmente tejido del relato. Ramiro Lagos, Madrid (España).

Tu bella página señala el epílogo de un gran ídolo, maltratado, frustrado y sin norte, que deja a la humanidad un gran legado artístico, y quedan la leyenda y el mito en que se convirtió. Inés Blanco, Bogotá.

He leído muchos de los artículos que se han escrito y en ninguno he hallado que este ser humano haya sido feliz. Esa tranquilidad espiritual que todo ser humano anhela, le fue esquiva. Sus triunfos lo gozaron más quienes veían sus conciertos. Nos deja una lección bien clara: la riqueza, la gloria, los aplausos y todo el boom que el mundo nos da y en que creemos por haber alcanzado la gloria, no es otra cosa que basura. Toribio (correo a El Espectador).