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Historia de una Cruz de Boyacá

jueves, 14 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace poco me contaba Óscar Pérez Gutiérrez la curiosa historia de una Cruz de Boyacá que encontró, cuando fue embajador en Méjico, en una caja fuerte de la Embajada. El favorecido con la distinción fue el poeta Germán Pardo García, que el 23 de septiembre de 1983 la recibió en solemne ceremonia en el Palacio de Bellas Artes de Méjico, y luego la devolvió al embajador de entonces, que llevó en el acto la representación oficial de nuestro país.

Pasados los años, el diplomático Pérez Gutiérrez instó al poeta a que conservara la insignia, la más preciada que otorga nuestra patria, y él le contestó que ya había sido exaltado con el honor y eso bastaba. No siendo su reino de este mundo –agregó-, no estaba atado a las cosas materiales. Pero ante la insistencia del embajador, que se había convertido en gran amigo suyo, Pardo García aceptó recibirla de nuevo, en sencilla ceremonia que se llevó a cabo en el apartamento del poeta. Es la única persona que ha sido condecorado dos veces con el mismo galardón. O sea, dos veces glorificada.

¿Y qué camino cogió la Cruz de Boyacá a la muerte del ilustre colombiano? Fue la pregunta inmediata que me formulé. Yo había conocido el inventario exacto de sus pocos enseres, y en ninguna parte vi mencionada la insignia. Me lancé a indagar. Y a los pocos días recibí respuesta de Méjico, con esta noticia: el poeta, recibida de nuevo la condecoración, la regaló, a espaldas del embajador, a un par de amigos. A su compatriota Aristomeno Porras, su ángel tutelar, le obsequió la presea; y al profesor norteamericano James Alstrum, que por esos días había viajado de Estados Unidos a hacerle una entrevista, el respectivo decreto (que lleva el número 1750 de fecha 22 de junio de 1983 y está firmado por el presidente Betancur y por Rodrigo Lloreda Caicedo como ministro de Relaciones Exteriores).

Revisando papeles, hallé en mis archivos un testimonio elocuente sobre este suceso. Se trata de un cuadernillo de lujo, en 16 páginas y 10.000 ejemplares, que el poeta publicó al mes siguiente de recibida la condecoración. Allí recoge su grandioso poema Las voces del abismo, considerado por los críticos como una joya de la poesía universal, y lo dedica al presidente Betancur como constancia de gratitud por el honor conferido.

¿Por qué no conservó Germán Pardo García la Cruz de Boyacá, en cuya búsqueda se desvelan y se frustran tantos políticos y gente grande de nuestro país? Esta genial excentricidad, como es preciso calificarla, me la había revelado el propio poeta en documentos que poseo sobre él. Uno es el reportaje Diálogo entre sombras (mayo de 1986), donde me dice:

“No creo en los poetas académicos, en los premios Nobel, en las condecoraciones. Una condecoración que me dio mi entrañable amigo el presidente Betancur, y que me fue impuesta por el embajador de Colombia aquí, al terminar la ceremonia me la quité y se la regalé al mismo embajador. Soy incapaz de portar sobre mi pecho desolado algo que me distinga”.

Y en carta de junio de 1987 me cuenta que lo condecoraron cinco veces, y luego se deshizo de las insignias, “porque soy incapaz de llevar sobre mi pecho distinciones de esa clase, que me recuerdan las que conceden a las reses en los certámenes pecuarios”.

Museo Germán Pardo García

He rescatado, por gentil cesión que hizo Aristomeno Porras, esta Cruz de Boyacá para la excelente casa de cultura que se construye en Choachí con el nombre del poeta. Es un sitio digno de conservarla. El profesor Alstrum entregó el diploma con el decreto a la Casa de Poesía Silva. En Choachí se conformará un museo con los libros, la revista Nivel, correspondencia y objetos personales del poeta.

El Espectador, Bogotá, 20 de mayo de 1992.

Mozart, genio irrepetible

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A Salzburgo, refrescada por las aguas del río Salzach y que cuenta entre sus  tesoros históricos con una famosa catedral barroca, le cupo la suerte de ser la cuna de Wolfgan Amadeus Mozart. Desde el siglo VIII funcionaba en dicha ciudad un poderoso principado eclesiástico, cuya sede fue arrasada por Napoleón en 1803. Medio siglo antes, el 27 de enero de 1756, había nacido Mozart, hijo de Leopold Mozart, violinista que prestaba sus servicios en la corte arzobispal.

Advirtiendo Leopold que su hijo, de tan sólo cuatro años, mostraba una precocidad sorprendente en el arte musical, le dio las primeras clases y encontró en el alumno el campo abonado para el desarrollo de su vocación. A medida que corrían los días, la superación del pequeño era cada vez más asombrosa, como su padre nunca la había hallado en otra persona. Un fulgurante presentimiento le decía que su hijo sería un genio.

A los seis años, Mozart hace en Munich su primera presentación pública y luego actúa ante la emperatriz María Teresa. Su destreza para el pianoforte, el órgano y el clave se traslada a la composición, donde se inicia con un minueto. Más tarde ensaya un concierto para piano. Con esta suma de pericias, donde se nota la mano del padre, al niño prodigio se le abre el horizonte europeo. Años después, el mundo entero aclamará su nombre.

Nadie ha podido explicar el enigma que rodea esta maestría insólita para componer partituras de calidad desde los primeros años de vida. En contacto con los grandes maestros de la música, todos reconocieron su genio. Su fama, en corto tiempo, vuela por el orbe entero. Un día, nimbado de gloria, sale del apacible recinto de Salzburgo y se establece, para el resto de sus días, en Viena, capital mundial de la música. Esta ciudad es un imán para renombrados compositores, como Strauss (padre e hijo), Liszt, Brahms, Beethoven, Schubert, Schuman, Gluck, Haydn. Ahora llega Mozart.

La suerte económica es esquiva para el genio. En Viena pasa enormes penurias, de las que nunca logra recuperarse. En agosto de 1782 contrae matrimonio con Constanza Weber, mujer egoísta y exigente, con quien lleva una vida sin atractivos. Cambia con frecuencia de vivienda (se dice que Mozart residió en Viena en treinta casas), debido a los apremios económicos y a los conflictos que, derivados de su mal genio, formaba con sus vecinos. Trabajaba con mucha intensidad. Su salud era precaria, y a esto se agregaba la crisis religiosa que lo llevó a adherirse a la francmasonería.

En el campo del arte, sus logros eran cada vez superiores. La música sacra, la sinfonía, el cuarteto, el concierto, que conquistaban emocionados aplausos, impulsaron su nombre a las cúspides de la perfección. Abarcó todos los géneroscon portentosa originalidad, y su producción fue inmensa. Mientras tanto, sus enemigos, entre ellos el palaciego Salieri, realizaban secretas intrigas para debilitar el nombre de Mozart en Viena. Cuando estrena Las bodas de Fígaro, su obra más reconocida, las malquerencias tienen que rendirse ante la realidad del talento musical. Sus obras más famosas las compuso en la época de mayores dificultades.

Por aquellos días lo asalta la idea de la muerte, que se le vuelve obsesiva. Su salud va en franca decadencia y sus inquietudes religiosas lo atormentan cada día más. Sus ingresos son deplorables, en medio del encomio. Las deudas lo ahogan. No ha conocido la felicidad conyugal. A su padre le hace esta confesión desesperada: “Nunca me voy a la cama sin pensar que, aunque soy joven, puedo no llegar a ver la aurora”.

A partir de abril de 1791 se ve precisado a aceptar trabajos modestos para poder subsistir. Se siente más agotado y la pobreza amenaza devorarlo. Hace esfuerzos supremos para terminar La flauta mágica y siente próxima la llegada de la muerte. En julio de ese año, un extraño personaje le encarga la elaboración de una misa de difuntos, ocasión que le hace concebir a Mozart su propio Réquiem, que deja inconcluso.

Muere el 5 de diciembre de 1791 a causa de una inflamación cerebral. Apenas había cumplido 35 años. Al día siguiente es sepultado en el cementerio de San Marcos, en la fosa común, debido a que una tormenta de nieve impide la presencia de sus familiares y amigos. Su cadáver nunca fue rescatado, por no haberse podido localizar la tumba, aunque se ha especulado en sentido contrario: en la Fundación Mozart, ubicada en Salzburgo, se conserva desde 1902 un cráneo que se decía era el de Mozart. Pero un estudio de ADN desmintió esa versión.

Sólo después de muerto, Constanza llega a comprender que estaba casada con un genio. De esta efímera existencia nació, hace 250 años, una historia inmortal.

El Espectador, Bogotá, 24 de enero de 2007.

De la humildad a la grandeza

miércoles, 2 de diciembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A 150 años del natalicio de Marco Fidel Suárez y 78 de su muerte, el tiempo se ha encargado de mantener su nombre como el de uno de los hombres más ilustres del país en los campos de las letras, la cultura y la política. Su período presidencial se vio afectado por serios contratiempos, muy propios de aquella época –como la ferocidad de las guerras civiles, las discordias de los partidos y la crisis económica de 1921–, pero la historia le reconocería sus dotes de gobernante y sus acendradas virtudes humanas, intelectuales y patrióticas.

Nace el 23 de abril de 1855 en Hatoviejo, hoy municipio de Bello, en una desmantelada choza donde su madre, Rosalía Suárez, se gana la vida en el oficio de lavandera. Con los precarios ingresos que recibe, y que años después incrementa con el amasijo de galletas que el propio Marco Fidel vende antes de ir a la escuela, la humilde mujer atraviesa una etapa amarga, que no logra superar a pesar de sus esfuerzos por obtener otro nivel de vida.

Este ambiente de pobreza y abandono ensombrece los primeros años del infante y le transmite acerbas sensaciones sobre la sociedad. La condición de hijo natural, tan grave en aquella época, es un estigma que lacera su juventud. Ya en la cumbre del poder, superado con su férrea voluntad aquel maltrato social, y orgulloso con ser el hijo de la lavandera, siente agrado al llamarse a sí mismo el “presidente paria”, y se refiere a su madre como “mi abejita diligente”.

El amor por Rosalía es tan arraigado, limpio y noble, que la ha entronizado en el corazón como su reina irrenunciable. El padre de Marco Fidel, José María Barrientos, esclarecido miembro de la sociedad antioqueña, que no había reconocido a su hijo por gazmoñerías de la época, un día le propone que use su apellido. Pero él le contesta que, si durante tanto tiempo se ha dado a conocer con el sólo apellido de su madre y así ha adquirido notoriedad, no tiene por qué cambiar de denominación, y por tanto conservará su autenticidad.

De las experiencias de la niñez y la juventud se deriva el temperamento tímido y nervioso, movido por ocultos brotes de insatisfacción e hiperestesia, que tendrá toda la vida. Ciertos gestos sombríos y actitudes hostiles nacen de su carácter inseguro y le crean inestabilidad emocional, circunstancia que en la edad adulta, tal vez como una represalia contra la desigualdad humana, lo lleva a empuñar la pluma mordaz contra sus detractores. Esta conducta se refleja con mayor acento en varios pasajes de los Sueños de Luciano Pulgar, obra deslumbrante sobre las letras, la filosofía, la historia y la condición humana, donde campean la sátira, la crítica política y el bello estilo, dones que motivan a don Juan Valera para declararlo como “el Cervantes de nuestro siglo”.

A los 14 años se matricula en el Seminario de Medellín, donde se descubre su precoz inteligencia. No sólo sobresale en la gramática y el arte, las matemáticas y la física, la teología y el derecho canónigo, sino que abriga la firme ilusión de ser sacerdote. Deseo que se trunca al negársele ese destino. En vista de lo cual, ingresa como maestro a la escuela de varones de Hatoviejo. En 1879 se alista en la guerra y es nombrado teniente en el campo de batalla. Derrotado su ejército, regresa a la vida civil con tres frustraciones: la de no haber podido ser sacerdote, la del fracaso militar y la de haber perdido el puesto de maestro.

Resuelve entonces irse para Bogotá. Un año después irrumpe en el mundo de las letras con un ensayo sobre la Gramática Castellana, que resulta premiado por la Academia Colombiana de la Lengua. A partir de entonces su nombre vuela como un meteoro en el panorama cultural: reemplaza a Miguel Antonio Caro como director de la Biblioteca Nacional, se desempeña como amanuense de Rufino José Cuervo, es elegido miembro de varias academias y escribe eruditos ensayos sobre diversas materias. Con Caro, Carrasquilla y Marroquín integra la nómina  de los retóricos, que tanto lustre le dará al país.

Alterna las tareas académicas y literarias con la penetración en el derecho internacional, y un día descubre la política, que no es su campo de acción, pero que llega a seducirlo. En 1885 es nombrado funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, organismo del que será ministro en tres ocasiones, lo mismo que ministro de Instrucción Pública y encargado del Ministerio de Hacienda. En 1914 es presidente del Congreso y director de su partido. Y en 1918 es elegido Presidente. En este mismo año fallece en Estados Unidos su hijo Gabriel, de 19 años, pena de la que, junto con la pérdida de su esposa en 1899, nunca se repondrá.

El cadáver de su hijo es traído en barco al año siguiente, y para atender los costos de la repatriación ha tenido que vender sus sueldos. Esto da lugar a furiosas manifestaciones de protesta, a la cabeza de las cuales está Laureano Gómez, que tilda el acto como una indignidad. En noviembre de 1921 renuncia a la Presidencia, forzado, ante todo, por las presiones políticas que recibe a raíz de la aguda crisis económica y financiera que vive Colombia, de la que no es responsable, y en segundo lugar, por los ataques de Laureano Gómez a raíz de la venta de los sueldos. En acto de decoro –y al mismo tiempo de humildad–, Marco Fidel Suárez, al dejar la Presidencia, devuelve las condecoraciones que le habían sido conferidas por varias naciones.

Ya por fuera del poder, se suscitan encendidas controversias bajo el fragor de las pasiones políticas. Pero el devenir de los años hace fulgurar su figura como la del gran estadista que tuvo que ejercer el gobierno en medio de un país destrozado por la guerra y carcomido por el sectarismo. Se le escarnece hasta extremos inauditos, incluso por parte de sus secuaces. Sufre la adversidad con temple espartano, y al mismo tiempo con inmensa tristeza. Su honradez y dignidad son superiores a su tiempo. Una personalidad de su época, situado en terreno contrario –Luis Eduardo Nieto Caballero–, proclama, apartándose del montón, que Suárez “es un excelso patriota”. Este juicio lo redime de la iniquidad.

Marco Fidel Suárez muere en Bogotá el 3 de abril de 1927, a los 72 años de edad. En Bello, convertida en monumento nacional, se conserva la modesta choza, visitada todos los años por miles de turistas e intelectuales, donde el personaje llegó al mundo y engrandeció la historia.

El Espectador, Bogotá, 2 de agosto de 2005.

 * * *

Comentarios:

Bello y bien documentado tu artículo sobre Suárez, una de las figuras humanas más puras y apasionantes de la historia colombiana. Hernando García Mejía, Medellín.

Leí sus artículos sobre Laureano Gómez y Marco Fidel Suárez. Magnífica labor desarrolla usted tratando de rescatar la verdadera historia de Colombia. Ojalá todos los colombianos pudiéramos, más temprano que tarde, llegar a conocerla. Alberto Segura Rojas, Lima (Perú).

Me ha conmovido mucho lo que escribiste sobre Marco Fidel Suárez porque desde niña mis padres me enseñaron a quererlo y a apreciarlo. Admito tu ecuanimidad para narrar los sucesos y las desdichas de este compatriota sin igual. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

Dolorosa pérdida quindiana

miércoles, 2 de diciembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

El título de la novela de César Hincapié Silva, Un veterano encuentra su destino –cuya presentación realicé hace un año en Armenia ante una nutrida concurrencia–, parece premonitorio de la tragedia que habría de sobrevenirle al autor. Nunca, por supuesto, el novelista pensaría que manos criminales, guiadas por los peores instintos de bajeza y salvajismo, pudieran perpetrar semejante atrocidad. El hecho ha estremecido las fibras más sensibles de la sociedad quindiana.

En Hincapié Silva se conjugaban acrisoladas dotes de caballerosidad, cultura y civismo. Trabajador incansable de su región, hizo de la abogacía y la política las herramientas adecuadas para mantenerse en diálogo constante con sus paisanos y buscar caminos de progreso para la comunidad. Siempre estuvo comprometido con el bien común, unas veces como funcionario público, otras como concejal de Armenia o diputado a la Asamblea del Quindío, otras como catedrático o agudo e inteligente periodista.

Fue el primer jefe de Planeación del Quindío y desde allí impulsó el desarrollo de la comarca emprendedora que emergía en el concierto nacional, gracias a su espíritu de progreso y su sentido de organización, como el “Departamento Piloto de Colombia”. El joven abogado y economista, que se había especializado en Brasil en Administración y Planeamiento, contaba no sólo con el vigor de la juventud sino con el apoyo de los conocimientos, y su vocación de servicio le permitió el exitoso desempeño de su cometido.

Fue en aquellos días de 1969 cuando, llegado yo a la ciudad como gerente de un banco, conocí al personaje y entablé con él perdurable amistad. Después se radicó en la capital del país, donde ocupó algunos cargos y fue docente en varias universidades. De regreso en Armenia, abrió su oficina de abogado y comenzó a intervenir, como conferencista, escritor y periodista, en la vida pública de la región. Sus actuaciones provocaban polémica, y con ese motor se debatían muchos asuntos de interés local. El periodismo lo llevaba en la sangre y lo ejercía como instrumento de combate y tribuna cultural.

Se inició en dicha labor bajo la orientación de Gilberto Alzate Avendaño, su ídolo político, de quien sacó la garra del gladiador y el talante del intelectual. Sus primeras notas las escribió en el Diario de Colombia, cuando lo dirigía el caudillo caldense. En el Viejo Caldas fundó el periódico Desarrollo y Cultura, donde hizo famosa la columna El muro de las lamentaciones. Dirigió la publicación Hoy Quindío, adscrita a La Patria, y por último fundó el Correo de Occidente, quincenario de esmerada edición y fino contenido cultural y político. Para él la cultura y la política eran inseparables.

La tarea literaria, que se le acentuó en la última década, y que en el momento de su muerte lo tenía consagrado a la elaboración de una nueva novela, se tradujo en varias obras que enriquecen el patrimonio cultural del departamento: El camello de la planeación, Inmigrantes extranjeros en el desarrollo del Quindío, Cuentos sobre el tapete, La historia después del terremoto y Un veterano encuentra su destino. Pocos días antes de su muerte, declaró: “Me siento satisfecho porque además de mis actividades profesionales, sociales y públicas tuve tiempo para la parte intelectual. Me siento satisfecho de tener una capacidad permanente de trabajo”.

La escritura le surgía a borbotones, como cascada incontenible, y él se jactaba de su capacidad para producir libros voluminosos. Así mismo era su conversación: fluida, ágil, amena, rica en ideas, a veces torrencial. Gran conversador. De la misma manera, las cuartillas le brotaban a granel. Era como si la muerte lo estuviera apurando. Le faltó vida para realizar una serie de proyectos que le bullían en la mente. Se los frustró el torvo destino, que a veces se agazapa en la punta de un puñal.

Su formación académica lo alejaba de mezquinos intereses, y con el intelecto libraba todas sus batallas. Su trono estaba en la sapiencia y su campo de batalla, en la crítica social. Era un espíritu burlón y, como Voltaire, manejaba la sátira corrosiva y la pluma urticante. Con ese talante desplegó sus ideas moralistas. Sus críticas levantaban ampollas en el vecindario, pero se recibían con respeto y fomentaban la moral pública. Siempre transitó por los senderos de la verdad y la justicia.

Mucho me temo que el vacío que queda en su residencia al desaparecer la célebre Tertulia de César, donde todos los viernes y desde hace 30 años se reunía con sus amigos a hablar de cultura y de temas sociales, no lo llenará nadie en la ciudad. Con su muerte infame, otro terremoto ha sacudido la comarca quindiana. Pero aceptemos este consuelo: las ideas no se asesinan, porque las ideas nunca mueren.

El Espectador, Bogotá, 26 de mayo de 2005.

* * *

Comentarios:

He quedado estupefacta por la noticia. Esta semana vi las películas La Virgen de los sicarios y María, llena eres de gracia. Y parece que los mensajes de estas películas no son exagerados. Colombia está enferma de un cáncer social demasiado grave. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Tu columna toca todas las facetas relevantes del genio y personalidad del gran quindiano. Me han conmovido la sinceridad y nobleza de tu manera de expresarte sobre un amigo cuya generosidad de corazón y honda humanidad quizá no supe interpretar en su valor trascendente y puro. Héctor Ocampo Marín, Bogotá.

Mi más sincero pésame por la muerte de tu buen amigo. Uno se va quedando solo y al final mira hacia atrás y no ve sino cruces. Linda la nota que le dedicaste. Hernando García Mejía, Medellín.

Qué tristeza la muerte trágica de César Hincapié. A través de tu artículo y de las noticias de prensa pude darme cuenta de su vida meritoria y valiosa. En mi juventud conocí a sus padres y fui amiga de su mamá, doña Rina, profesora de música en el conservatorio de Manizales, y persona muy apreciada y querida en la ciudad. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

¡Qué pena que estas cosas ocurran en Colombia y en nuestra querida Armenia, y a una cuadra de la catedral! Hugo Palacios Mejía, Bogotá.

Comparto plenamente tu homenaje a César Hincapié, descendiente de dos insignes maestros de la música y el canto, fundadores de conservatorios de música en Manizales y Armenia. Pienso que con la muerte de César se apaga no solo su vida sino, también, el vigoroso liderazgo cultural de una familia que sirvió con inmensa generosidad a la región quindiana. César Hoyos Salazar, Bogotá.

Un pastor benemérito

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace 70 años, el 20 de abril de 1935, nacía en Bogotá, dentro de un hogar boyacense de acendrados principios religiosos, el presbítero Jorge Medina Escobar. Terminado su bachillerato en el Colegio San Bartolomé-La Merced, cursó dos años de derecho civil, carrera que abandonó para adelantar   estudios de filosofía, teología y derecho canónigo, disciplinas desarrolladas en la Universidad Javeriana, el Colegio Eclesiástico Aloisiano y la Universidad Gregoriana.

Su vocación, que al principio se inclinó por la abogacía, estaba equivocada: sería sacerdote, título que obtuvo luego de sólida preparación y firme convicción acerca del destino que le correspondía cumplir en la sociedad.

En 1963 recibió la ordenación sacerdotal de manos de monseñor Baltasar Álvarez Restrepo, obispo de la diócesis de Pereira, donde inició su ministerio católico. El joven clérigo llegaba a conocer en el Antiguo Caldas la comarca floreciente, de gente sencilla, laboriosa y acogedora, cuyo espíritu abierto y franca simpatía cuadraban con la manera de ser del nuevo pastor de almas. Ese ‘bautizo’, como he de llamarlo a fin de situarme en el clima  apropiado para ambientar esta nota, significó el feliz comienzo de su vida eclesiástica.

El resto de su ejercicio lo cumplió en Bogotá, con ejemplar entrega a sus actividades, en las que dejó huellas de su dinamismo y entusiasmo, don de gentes y destacadas ejecutorias. Comenzó como notario del Tribunal Eclesiástico, y a lo largo del tiempo ha sido capellán de los colegios Teresiano y La Enseñanza; capellán-profesor de las universidades de La Salle y Jorge Tadeo Lozano; capellán de la Industria Militar, del Batallón Miguel Antonio Caro, del Batallón Guardia Presidencial, de la Escuela Logística y del Batallón de Mantenimiento del Ejército, y profesor de la Escuela Militar de Cadetes.

En esta labor desarrollada entre la docencia y la capellanía corrieron más de 30 años, y conforme avanzaba el tiempo y surgían otros compromisos, iban quedando atrás algunos de los nexos adquiridos con planteles de enseñanza e instituciones castrenses, hasta que a la postre, con la satisfacción del deber cumplido, entró alborozado a la época gratificante del retiro.

Pero no del retiro absoluto, porque continúa desempeñando una de las funciones más preciadas de su apostolado: la de celebrar durante los 20 primeros días del mes la misa de mediodía en la parroquia de Santa Ana, barrio de Teusaquillo, oficio que cumple desde hace 36 años. Y también la de realizar en la misma parroquia las exequias de la una de la tarde. Además, en el conjunto residencial donde reside celebra los domingos, desde hace 16 años, misas a las 10 y a las 12 del día, de las que se benefician los vecinos de los sectores aledaños.

En el territorio de Santa Ana, este clérigo simpático y encantador (a quien en familia le damos el diminutivo cariñoso de Jorgito, por su afabilidad, sencillez y espíritu de servicio) es todo un personaje. Podría decirse que el mismo aprecio de que goza entre los vivos, también lo tiene entre los muertos, pues son incontables las almas que han recibido de sus manos, con una palabra de consuelo y esperanza, la despedida hacia el otro mundo.

En nuestro ámbito familiar, su ministerio ha estado presente en cuanto bautizo, enfermedad, matrimonio o defunción se le llame: esa es la ventaja de contar con sacerdote propio, dispuesto siempre a dispensar el bien.

En medio de su itinerario entre militares y estudiantes, que le ha absorbido gran parte de su vida, las anécdotas que han surgido son numerosas. Poseedor de exquisito sentido del humor, en las reuniones sociales sobresale por su vena chispeante y sus cuentos picantes. Acostumbrado a tratar presidentes y altos personajes y a conocer lo mismo las cumbres del poder que los abismos de la miseria, su visión humana no puede estar mejor cimentada. Por eso, en sus homilías resuenan los problemas sociales con el vigor y la elocuencia del gran orador sagrado que siempre ha sido.

La Presidencia de la República, en los gobiernos de Belisario Betancur y Virgilio Barco, le otorgó brillantes condecoraciones, como también lo hizo el Comando General de las Fuerzas Militares. Y las universidades donde estuvo vinculado reconocieron sus servicios con muestras de gratitud.

Tras largos años de investigación, en 1992 publicó el libro Raíces familiares, que recoge nuestros ancestros Medina, Calderón, Escobar y Corso, obra que motivó nuestra primera reunión de familia, con más de 400 asistentes. Por dicho trabajo supe que la palabra “Medina” viene del árabe y significa “Ciudad”.

Se me ocurre pensar que el padre Jorge Medina Escobar, obediente a su apellido, representa el pastor auténtico del mundo moderno alojado en los territorios de cemento, donde se agitan las grandes desigualdades sociales. Ahora entiendo por qué prefirió ser sacerdote y no abogado.

El Espectador, Bogotá, 14 de abril de 2005.