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Archivo para la categoría ‘Evocaciones’

Centenario de Tulio Bayer

sábado, 16 de marzo de 2024 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nació el 18 de enero de 1924 en Riosucio, Caldas. Al presentar una grave anomalía en el momento del parto, que mostraba un peligro inminente de muerte, su abuelo paterno le aplicó el agua bautismal. El niño sobrevivió, y ante la duda de que el acto había sido imperfecto, tres días después fue bautizado por segunda vez en la iglesia del pueblo.

Más adelante se descubrió que había nacido con el síndrome de Marfan, que se caracteriza por el aumento desmedido de los miembros. Cuando lo conocí en Puerto Leguízamo, en 1958 –él como jefe del puesto de salud y yo como ejecutivo bancario–, me impresionó su figura monumental. Detrás de esa apariencia había un hombre simpático, culto, estupendo conversador, que se convertía en el centro de cualquier reunión.

Cuando nos hicimos amigos en Puerto Leguízamo, ignoraba yo que había sido secretario de Higiene y Educación de Manizales, se había graduado en Harvard en Farmacología y Toxicología y había librado duros enfrentamientos contra los adulteradores de la leche y los corruptos del sector oficial, que terminaron hostigándolo y lo obligaron a salir de la ciudad.

Y se fue a buscar suerte en un pueblo remoto, donde descubrió la miseria y el abandono en que vivían los pobladores. Allí se encontró con otra Colombia. Se solidarizó con la gente desprotegida, entendió la dimensión del hambre y la pobreza y acentuó la rebeldía que llevaba incrustada en su sensibilidad desde la capital caldense.

De vuelta en Bogotá, fue nombrado director técnico de los laboratorios CUP. Al poco tiempo salió a flote otra adulteración: la de los medicamentos. Se enfrentó con los directivos de la entidad, y la respuesta fue el despido fulminante de su cargo. Pero no se detuvo: denunció en la prensa la grave infracción que cometía el laboratorio, hecho que produjo escándalo en el país.

Bayer no podía permanecer callado ante el atropello, el abuso o la sinrazón. Luchó siempre por la justicia y el equilibrio social. Esto lo he analizado en los varios artículos que he escrito sobre él. Además, es el protagonista de mi novela Ráfagas de silencio (2007). Dada la vehemencia de sus protestas, se le calificaba de “conflictivo, revoltoso, locato, comunista”… La prensa le creó esta imagen falsa. Un día se levantó en armas, cuando se vio cercado por la clase influyente del país, y fue capturado en las selvas del Vichada.

Duró detenido un año en la cárcel Modelo de Bogotá sin que se le hubiera comprobado ningún delito. Luego de visitar varios países, se radicó en París y nunca regresó a Colombia. Allí murió, a los 58 años, el 27 de junio de 1982. Se cumple ahora el centenario de su nacimiento, y la ocasión es propicia para resaltar el sentido de sus luchas, que nunca se valoraron en su época. Hoy su nombre está revaluado, entre otros, por el historiador Orlando Villanueva Martínez, autor de los libros Tulio Bayer, el luchador solitario, y Tulio Bayer, una vida contra el dogma.

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Eje 21, Manizales, 26-I-2024. Nueva Crónica del Quindío, Armenia, 28-I-2024.

Comentarios

Qué bueno que no hayas dejado pasar desapercibida esta grandiosa fecha, 100 años del nacimiento del gran luchador que hoy sigue tan solitario y casi olvidado por la Historia y la Literatura colombianas. Solo un par de quijotes como tú y yo nos atrevimos a sacarlo del olvido y rescatarlo del muladar donde lo tenían sus enemigos. Orlando Villanueva Martínez, Bogotá.  

En efecto, tenemos que sentirnos muy satisfechos por ser los defensores y difusores de este gran colombiano que hizo de la justicia y la reivindicación social el motivo de sus luchas sin cuartel, que lo llevaron a la cárcel y luego al destierro. Desde muchos años atrás he sido implacable en mi adhesión a la causa de Tulio Bayer. Luego viniste tú con los dos excelentes libros biográficos que seguirán pregonando esta personalidad solitaria y justiciera, cuyo significado, no lo dudemos, tiene lectores comprensivos de este hecho histórico. GPE

Creo que con este son tres artículos de tu autoría que he leído sobre la vida de Tulio Bayer y tu amistad con él. Lo desconocido para mí es el episodio de su despido de los laboratorios CUP por haber denunciado adulteración de medicamentos. Ese laboratorio fue fundado por el doctor César Uribe Piedrahita (otra vida interesante), que fue su propietario. Desconozco los detalles, pues él, hasta donde llega mi información, fue un científico y hombre recto. Busqué por internet información sobre este caso pero no encontré nada. Si tienes referencias acerca de ello o fuentes en donde yo pueda leer, te agradecería. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

César Uribe Piedrahíta murió en 1951, y Tulio Bayer llegó al laboratorio siete años después, cuando ya la empresa había perdido los principios inculcados por su fundador. Esto lo narra Bayer en forma muy detallada en su libro Carta abierta a un analfabeto político, y hace lo mismo el historiador Orlando Villanueva Martínez en las dos obras que cito en mi artículo. Por otra parte, comento dicho suceso en el prólogo Los motivos del insurgente que escribí para la biografía sobre Bayer de que es autor Villanueva Martínez. GPE

 Gracias por compartir los comentarios acerca de la vida y obra del doctor Tulio Bayer. Los amigos y estudiosos de él, especialmente tú, hacen posible que conozcamos la importante trayectoria y el maltrato de que fue víctima todo un científico que luchó en procura de la justicia y el bienestar común. Inés Blanco, Bogotá.

 

César Hoyos, amigo del alma

viernes, 15 de marzo de 2024 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

 A César Hoyos Salazar, que ejercía el cargo de secretario de Gobierno de Armenia, lo conocí en 1969, cuando llegué a la ciudad como gerente del Banco Popular. Han corrido 54 años. Desde entonces nos unió estrecha y sincera amistad. Lo recuerdo como persona sencilla, simpática y amable, que poseía además un don inapreciable que solo exhibía en grupos íntimos de amigos: el fino humor.

Con esta faceta gozábamos en alegres tertulias. Una de sus geniales actuaciones era la del culebrero de las plazas de mercado, que él interpretaba a la perfección. Nunca perdió el sentido de la hilaridad, de la gracia tonificante, del desdoble de la personalidad, no obstante el rigor y la circunspección con que manejaba las altas posiciones que ocupó en la región y en el país.

Cuando lo conocí, le faltaba graduarse de jurista. Le propuse que al obtener el título me aceptara ser abogado de mi oficina bancaria. Tiempo después me encontré con él en Bogotá frente a un despacho postal, y repasando unos sobres que llevaba en la mano, me pasó el que estaba dirigido a mí. Era la participación que hacía del grado que acababa de conferirle la Universidad Nacional. Me dijo, sonriendo, que no había olvidado mi oferta. Y fue desde entonces el asesor jurídico del banco.

En Armenia actuó como director de Fenalco, profesor de la Universidad del Quindío y de la Gran Colombia y decano de la facultad de Derecho de esta última. Llegó a ser el abogado más prestigioso de la ciudad. Trasladado a Bogotá, estuvo al frente de la dirección jurídica de la Federación Nacional de Cafeteros, y más tarde pasó al Consejo de Estado, cuya presidencia desempeñó tiempo después.

Fue el segundo alcalde de Armenia por elección popular. Sacó a la capital de serias dificultades económicas y emprendió obras de vasto alcance. Su espíritu moralista dejó huellas memorables, como la destitución fulminante del secretario de Obras Públicas por utilizar maquinaria del municipio en trabajos personales, y la devolución de la parte de los viáticos que no utilizaba en gestiones oficiales. Difícil hallar un funcionario de semejante probidad, rectitud y ética. Practicando la moral, enseñaba a los demás a ser honrados, si bien esta pauta vive desterrada de las oficinas públicas. Pero algún efecto dejan.

César Hoyos era un estudioso de tiempo completo. Vivía metido entre códigos y textos especializados. El conocimiento era su mejor arma de superación y progreso. De esta manera conquistó las altas dignidades a que llegó. Poseía profunda sabiduría jurídica y humana, y en todas partes dejaba rastros de su disciplina y autoridad. El culebrero que llevaba oculto en sus intimidades era un recurso para reírse de la vida ceremoniosa.

Al conocer la triste noticia, llamé a su propio celular, por el que tantas veces me comuniqué con él. En los últimos meses, su voz era tenue, apagada, pero efusiva. No me contestó él, sino Elsa Marina, su fiel y valiente compañera de todas las horas. Me hice la ficción de que hablaba con el propio César. Quizás así se mitigaba la amargura de la despedida.

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Eje 21, Manizales, 8-IX-2023. Nueva Crónica del Quindío, Armenia, 10-IX-2023.

Comentarios

 Comparto el sentimiento de pesar que expresas por el fallecimiento del doctor César Hoyos, a quien tuve oportunidad de conocer y tratar. Y disfrutar de su parla, matizada de sencillos brotes de humor pero también de serios conceptos políticos y jurídicos. Sensible pérdida para el país y para el Quindío su desaparición, y para ti que disfrutaste de su amistad cotidiana. Augusto León Restrepo, Bogotá.

Los dos temperamentos y los valores inquebrantables del dúo entrañable de amigos hicieron clic desde el inicio de una amistad que sobrepasó los 50 años de compartir la vida. Viene a mi mente el verlos hablando largas horas cuando se encontraban.  Entendí que personalidades con características como las de mi papá y su gran amigo son las que aportan y son espejo imitable en el saber vivir. A César lo llevaremos en el corazón por siempre. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Su muerte me conmueve y duele en el alma. Siempre fue tan cercano a la familia “banpopular”. Ser humano excepcional. Raquel Martínez Aguirre, Armenia.

Muy bello homenaje a un extraordinario ser humano. Josué López Jaramillo, Bogotá.

Un bonito recuerdo de tu amistad con César. Un hombre íntegro y un caballero; la partida de amigos como él nos produce mucha nostalgia. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Qué bueno y merecido tu recuerdo del gran ciudadano y amigo que fue César. Diego Moreno Jaramillo, Bogotá.

Bella página de amistad sobre el doctor Hoyos. Armenia y el Quindío no se han enterado aún de todo lo que han perdido con su muerte. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

He leído con mucho interés tu página de despedida al amigo César Hoyos. Ha sido conmovedor leer y sentir el pálpito de una gran amistad; además de conocer logros importantísimos de su vida. Cuando los amigos se van, dejan un vacío que permanece y se colma, a la vez, de bellos recuerdos. Inés Blanco, Armenia.

Encuentro con Guillermo Cano

jueves, 6 de julio de 2023 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

En 1971 se inició en Armenia mi carrera periodística en El Espectador, la que se traduce en 1.235 artículos de los 2.026 que he escrito en la prensa nacional. En nota de estos días comenté a mis lectores el motivo que tuve para retirarme este mes de dicha labor.

Desde mucho antes de pertenecer a la nómina de escritores del diario sentía profunda admiración por la figura de su director, Guillermo Cano, el periodista magistral que pasó a la historia por sus valientes actuaciones y vibrantes editoriales en los que defendía a todo trance la moral y atacaba los abusos de políticos y gobernantes. Fue un incansable jinete de la democracia, la justicia y el humanismo. Con su inmolación por Pablo Escobar conquistó la gloria eterna. Su brazo derecho era José Salgar, subdirector del diario, otro maestro de periodistas y practicante desde muy joven de las reglas de la comunicación.

Dentro de un concurso promovido por el Magazín Dominical tuve la suerte de ver, en mayo de 1971, galardonado en sus páginas el cuento que elaboré para dicho efecto, el cual me abrió las puertas de la literatura. A partir de entonces vieron la luz en el Magazín continuos escritos de mi autoría que alternaban con mis notas de opinión en la página editorial.

Sin embargo, yo no conocía a nadie en el periódico ni contaba con padrino alguno que me impulsara. Mis escritos se abrían camino por sí solos, y a la larga me permitieron asegurar bases firmes para afianzarme en la historia de El Espectador durante más de medio siglo. Los años 70 y 80 representan mi época dorada en el periodismo, y toda esta amplia trayectoria está ennoblecida por la entrega vital –ejercida con toda disciplina, rigor, ética y carácter– al que Albert Camus llamó “el oficio más bello del mundo”.

Dos o tres escritores envidiosos de Armenia –elementos que no faltan en ninguna parte–, al ver el éxito de mis artículos, se dieron a la tarea de difundir el infundio de que ese hecho obedecía a la palanca que yo tenía con los directivos del periódico. Ese rumor maligno llegaba con frecuencia a mis oídos, y yo lo dejaba pasar. No tenía por qué inmutarme.

Después de dos o tres años de incursionar en las páginas del diario, le pedí a Otto Morales Benítez, en un viaje que hice a Bogotá, que me consiguiera una entrevista con Guillermo Cano. Ardía en deseos de conocerlo, y las condiciones no se habían dado. Él me mandó decir que, aunque sufría un quebranto de salud en su residencia, con el mayor gusto me esperaba en su oficina del periódico. Por supuesto, me sentí apenado con su gentileza, y al mismo tiempo honrado con semejante gesto de generosidad.

Fue un encuentro hermoso, sensible e inolvidable, en el cual Guillermo Cano me manifestó que el periódico era el mío y que se sentía grato con mis colaboraciones. Al despedirme, sentí que algo grandioso había ocurrido.

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Eje 21, Manizales, 1-VII-2023. Nueva Crónica del Quindío, 2-VII-2023.

Comentarios 

Gracias por este lindo recuerdo que hoy nos compartes. Felicitaciones, y honra a tus escritos y al gran Guillermo Cano. Eduardo Arcila Rivera, Bogotá.

Desde todo punto de vista eres merecedor de una enorme felicitación por la actividad periodística y cultural que por espacio de cincuenta y dos años realizaste en El Espectador. Los temas de tus columnas siempre gozaron de gran acogida por los lectores, como lo comprueba este hecho de haber permanecido vigente más de medio siglo. Siempre recibo tus escritos con placer de lector agradecido. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Bernardo Nieto Quijano

martes, 15 de febrero de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Hace seis décadas conocí en La Dorada, Caldas, a Bernardo Nieto Quijano, y desde entonces nos unió entrañable amistad. Nació en Líbano, Tolima, territorio azotado por la violencia, circunstancia que llevó a su familia a desplazarse a La Dorada, joven y floreciente población que crecía en la ribera del río Magdalena. Hoy es el segundo municipio ganadero del país, después de Montería, y el segundo más importante de Caldas, después de Manizales.

Concluido su bachillerato en Líbano, Bernardo acudió a la Universidad de Cartagena para solicitar su ingreso a la carrera de odontología. Como tímido provinciano, se sentía inseguro de ser admitido en ese plantel histórico. Cuando fue a enterarse de los resultados, comenzó a leer la lista de atrás hacia adelante, esperando encontrarse, si bien le iba, en los últimos puestos. Avanzó varios renglones, y como por ninguna parte aparecía su nombre, se dijo que había sido rechazado. Sin embargo, siguió leyendo, ya con la esperanza rota, hasta que con la natural perplejidad se encontró… en el primer puesto. Años después, con la tesis laureada, obtenía con honores el grado de odontólogo en dicha universidad.

Por aquella época yo trabajaba en La Dorada, en el sector financiero, y luego me trasladé a Cartagena, donde permanecí dos años antes de volver a Bogotá. Mi reencuentro con Bernardo en la Ciudad Heroica estrechó nuestra  fraternal amistad de toda la vida. En una Semana Santa, me invitó a que hiciéramos un viaje por el Magdalena Medio, hasta llegar a Caracolicito. Nos embarcamos en semejante aventura sin reparar en nada distinto a que íbamos a encontrarnos con un territorio alucinante.

Éramos jóvenes y visionarios, hecho que explica el entusiasmo y el arrojo con que afrontamos los riesgos y los misterios de aquel recorrido cargado de ansiedad y aventura. Y nos deslizamos horas y horas por los ríos torrentosos, bajo los soles tórridos, el bramido de la selva y la infernal invasión de mosquitos que todavía me conmueven el recuerdo. Realizamos la travesía en cinco o seis etapas, hasta que ya finalizando el día y muertos de hambre y cansancio entramos triunfantes a nuestro destino épico: ¡Caracolicito!

Bernardo fue de los primeros odontólogos en llegar a La Dorada, hacia el año 1969.

Sobresalió por su don de gentes, su deferencia humana y exquisita personalidad. La sonrisa y el humor fueron signos vitales de su carácter. El sentido de pertenencia le hizo ganar el aprecio de la gente. No solo sobresalió en su campo profesional, sino que se vinculó a diversas empresas cívicas, médicas, culturales y educativas que propendían al progreso de la ciudad. Y se convirtió en líder de la comunidad.

Fue socio fundador del gimnasio Palma Real, donde actuó como gerente varios años; fundó el jardín infantil Pequeños Exploradores en asocio de su hija María Isabel; inició en una abandonada casa inglesa el Museo Histórico y Cultural de La Dorada, y prestó sus servicios de odontólogo en la base aérea de Palanquero, hospital regional y otras entidades.

Ese fue Bernardo Nieto Quijano, hombre de acción, de principios y altos ideales. Cuando Beatriz, su fiel esposa y entusiasta aliada de todos sus programas, me contó  la enfermedad paralizante que comenzaba a debilitarlo, me sentí abrumado. Hoy  he querido evocar su imagen a través de nuestro alegre viaje por el Magdalena Medio, cuando éramos jóvenes y osados. Es esta una manera de dulcificar la vida y engrandecer el recuerdo.

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El Espectador, Bogotá, 12-II-2022.
Eje 21, Manizales, 8 y 11-II-2022.
La Crónica del Quindío, 13-II-2022.

Comentarios 

Me llegó al alma este hermoso homenaje a mi esposo. Beatriz Arango de Nieto, La Dorada.

Me hiciste llorar de alegría. Qué bello escrito. Con esas palabras me embarqué en ese viaje en compañía de papá. María Isabel Nieto Arango, La Dorada.

Acabo de leer con verdadero placer tu página dedicada al recuerdo del amigo doctor Bernardo Nieto Quijano. Es un elogio a la amistad, una exaltación al tiempo compartido, un recuerdo de aventuras juveniles. No hay forma de borrar de la memoria tantos años de fraternidad y afecto. Amistades como estas nos acompañan toda la vida y son muy pocas las que permanecen nítidas, vivas, y alumbran sin nubarrones la existencia. Maravilloso relato. Inés Blanco, Bogotá.

Esta nota me ha parecido un bello homenaje, grata y dulce manera de dulcificar una noticia amarga, que es de esas que lo aplastan a uno por completo. Preciosa la evocación, más preciosa la aventura por el Magdalena Medio. La disfrutaste cuando ambos eran jóvenes y cuando el Magdalena era ese gran río, inmenso, lleno de cocodrilos que tomaban el sol a las orillas. Tuve la infinita suerte, siendo muy chiquita, de que mis papás me llevaran en el buque David Arango desde La Dorada hasta Bocas de Ceniza. Diana López de Zumaya (colombiana residente en Méjico).

Cartas a Antonia

jueves, 13 de mayo de 2021 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Cuando Alfredo Molano Bravo falleció, era uno de los 11 comisionados de la Verdad, entidad constituida dentro del Acuerdo de Paz suscrito en La Habana. Se trataba de uno de los colombianos con mayor conocimiento sobre el conflicto armado y la perturbación de la vida campesina, y que podía, por lo tanto, aportar muchas luces para esclarecer lo que había sucedido en Colombia durante más de medio siglo de violencia.

Como sociólogo, periodista y escritor fue un crítico vehemente de los desastres de la guerra y la desidia de gobernantes y políticos para obtener reales medidas de solución social. En tal carácter, se dedicó a conocer la entraña del conflicto armado mediante entrevistas con diversos colombianos residentes en todos los confines del país.

Era un viajero impenitente que a bordo de su campero se desplazaba por la geografía colombiana, provisto de libros, libretas de apuntes y pocos atuendos personales, y recorría a pie los sitios más remotos y abruptos, siempre con el afán de dialogar con la gente y entender sus problemas. Cuando murió, quedaron 126 pares de tenis, según cuenta su hijo Alfredo. Y dejó publicados 27 libros, otro de relatos sin concluir y 3 más sin editar. En ellos está el testimonio de toda una vida de estudio, análisis, denuncia y protesta social.

Entendió las angustias del campesino, los despojos de la tierra y la injusticia con que siempre se le ha tratado. Supo que las guerrillas nacieron como un método de defensa contra los terratenientes y los políticos usurpadores, si bien con el tiempo surgió en los guerrilleros el apetito de riqueza con los narcóticos y desfiguraron su causa. Todo esto comenzó a relatarlo como periodista estrella de El Espectador, y después lo plasmó en sus libros. Sufrió el destierro, y nunca se apartó de la verdad. Su labor le mereció el Premio Nacional de Periodismo y el título de doctor honoris causa de la Universidad Nacional.

Cartas a Antonia es su libro póstumo, editado por Aguilar en agosto de 2020. Lleva el prólogo de su hijo Alfredo y la enternecedora imagen de su nieta Antonia, la adoración de su vida, quien desde niña lo acompañó en muchas de sus correrías, recibió sus enseñanzas, compartió sus penas y alegrías y entendió el sentido de sus luchas. Este libro es un recorrido por Colombia en el que el abuelo lleva de la mano a su nieta, le muestra paisajes y maravillas ecológicas, le señala la miseria humana, le resalta los valores de la vida y le inculca el amor a la patria.

Cuando un día aparecen los primeros síntomas del cáncer, el abuelo presiente que se aproxima el final de la jornada. Pero no pierde la esperanza de sobrevivir. Tiene la valentía de describir por escrito, paso a paso, el proceso de la enfermedad, como si se tratara de una historia clínica. Y siente miedo y confusión ante el tratamiento médico, cada vez más perverso y extenuante. Todo esto se lo narra a su nieta perpleja, ahora ya una adolescente de 14 años que adquirió asombrosa madurez bajo la guía y el cariño de su abuelo.

Alfredo Molano murió en Bogotá el 31 de octubre de 2019, a los 75 años de edad. En el cementerio, Antonia se despidió de él con palabras entrañables y serenas. Y más tarde hizo una evocación del saco rojo que él siempre llevaba puesto: “No me hallo sin ti y solo veo ese saco rojo que abrazo cuando me haces falta”.

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El Espectador, Bogotá, 8-V-2021.
Eje 21, Manizales, 7-V-2021.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-V-2021.
Aristos Internacional, n.° 42, Alicante (España), junio/2021.

Comentarios 

Preciosa remembranza de este soldado de la paz, quien la buscó con ahínco y fue un viajero incansable y conocedor como nadie de las carencias y angustias de las comunidades más pobres de nuestro territorio. La bella relación con su nieta Antonia es hermoso ejemplo de un ser que desborda cariño y afecto en medio de su infatigable labor. Gustavo Valencia García, Armenia.

Excelente libro. Nos lleva por la historia de Colombia, nos permite entender el problema de la tierra, el despojo, la usurpación por parte de los terratenientes, problema vigente y causa de la violencia en el país. La relación con su nieta, llena de ternura; su enfermedad lleva a las lágrimas. Martha (en El Espectador).

Bella semblanza. Todos los libros del señor Molano son hermosos, pero este es el que deja a flor de piel todo el amor que siente por su nieta y la tristeza de morir sin haber terminado la tarea que le había sido encomendada en la Comisión de la Verdad. Ana Celina (en El Espectador).