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Momentos con Belisario

miércoles, 26 de diciembre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Mis encuentros con el presidente Belisario Betancur fueron siempre amables y efusivos. Ese era su talante. A veces una sola entrevista es suficiente para producir impacto. Hay momentos que nunca se olvidan. Desde mi época juvenil en Tunja, por los días de la dictadura de Rojas Pinilla, percibí su imagen como la de un político osado y valiente, de ideas avanzadas.

Mientras muchos colombianos se deshacían en elogios hacia el nuevo régimen y gozaban de sus prebendas, él seguía firme en la oposición. Lideraba el famoso Batallón Suicida, integrado por otras 6 figuras notables de su partido. Esa actitud equivalía a un suicidio. Colosal ejemplo de carácter, coraje y dignidad.

Belisario se hizo a puro pulso. Campesino nato, salido de las breñas antioqueñas de Amagá, sus  primeros años fueron de pobreza absoluta. Con el pie al suelo asistió a la escuela pública. Luego  ingresó al seminario misional de Yarumal, de donde lo expulsaron por carecer de vocación para la vida religiosa. Mediante una beca para la gente pobre obtuvo el grado de abogado en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.

En 1945, de 22 años, se casó con Rosa Helena Álvarez. Ese mismo año inició su carrera política como diputado a la Asamblea de Antioquia. Fue el único diputado que no abandonó a Laureano Gómez como presidente constitucional. En 1950 ingresó a la Cámara de Representantes. Entre 1953 y 1957 fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente convocada por Rojas Pinilla. Carrera fulminante y admirable, producto de su aptitud y su ética en el campo de la política.

En el Frente Nacional fue ministro de Trabajo, senador y embajador ante España. En 1970 se postuló como candidato presidencial y perdió la contienda. En 1978 se enfrentó a Turbay Ayala, quien le ganó por estrecha diferencia. Y llegó el tercer intento, el de 1982, cuando  todo parecía indicar que el vencedor sería López Michelsen, que buscaba la reelección con fuerte maquinaria electoral. Pero Belisario, experto en derrotas, convenció al país de que él era la carta cabal para ese momento, y días después acarició las mieles del triunfo.

López Michelsen había puesto como símbolo de su campaña al gallo ‘colorao’, y ubicó en el otro extremo al gallo plebeyo. A la gente no le gustó la actitud arrogante de López, y la votación por el candidato de aparente minoría fue aplastante. De entrada, el día de la posesión pronunció estas palabras que se volverían la mayor enseña de su gobierno: “Ante el pueblo de Colombia levanto una alta y blanca bandera de paz: la levanto ante los oprimidos, la levanto ante los perseguidos, la levanto ante los alzados en armas, ante mis compatriotas de todos los partidos y de los de sin partido”.

Fue el gran abanderado de la paz, mucho antes que Juan Manuel Santos. Los guerrilleros acogieron la invitación a la concordia, y hubo avances significativos. Más tarde, se aprovecharon de la magnanimidad presidencial, y vino el rompimiento. La inmolación del ministro Lara Bonilla fue decisiva para que el presidente tomara medidas drásticas. Como respuesta, el M-19 se tomó el Palacio de Justicia y declaró al presidente objetivo militar. La recuperación del edificio por el Ejército implicó una dantesca operación de sangre y terror, que la Historia no podrá olvidar.

Todo fue confusión los días 6 y 7 de noviembre de 1985. Los hechos hacen pensar que en esa encrucijada hubo vacío de poder. Más tarde Belisario asumió toda la responsabilidad por lo que había sucedido y ofreció que dejaría su propio testimonio sobre la realidad, para que se conociera después de su muerte. Apenas habían pasado 6 días de sofocada la rebelión, cuando se presentó la catástrofe del Nevado del Ruiz que destruyó a Armero y dejó más de 20.000 muertos.

El 31 de marzo de 1983 un sismo había devastado la ciudad de Popayán y dejado un saldo de 300 muertos y 10.000 damnificados. Ningún otro presidente de Colombia ha afrontado tantas adversidades como las ocurridas en el gobierno de Belisario.

* * *

En agosto de 1990, 4 años después de que entregó el poder, publiqué en El Espectador el artículo titulado Presidente: ¡salve usted al poeta! Me refería a la crisis económica que atravesaba en Méjico el poeta Germán Pardo García. El recién posesionado presidente era César Gaviria, y quizás por eso el artículo no tuvo eco en su despacho. El que se apersonó de la situación fue Belisario, quien como presidente de la Casa de Poesía Silva consiguió un auxilio para el poeta en apuros.     

En un acto cultural, 2 años después, lo saludé en un grupo de amigos. Acababa yo de escribir un artículo sobre la muerte de Pablo Echeverri, mi excolega de la banca en Armenia, víctima de un infarto en una calle de París. Narraba en esa nota la maravillosa atención que María Clara Betancur, cónsul general de Colombia en aquella ciudad, había prestado a la viuda. Belisario, con gran emoción, me presentó a su esposa Rosa Helena y me manifestó que el mismo día del artículo había llamado por teléfono a su hija a contarle el reconocimiento que se le hacía por su noble acción en la columna de El Espectador. Eso era él: emotivo, sincero, deferente. Dicho en otra forma, montañero puro.

Tengo otros recuerdos gratos sobre el hijo de Amagá que la brevedad del espacio no me permite incluir aquí. Cuando supe la noticia de su muerte, sentí que se había ido un gran colombiano. Entre tantos títulos conquistados está el de evangelista de la cultura. Desde antes de morir, ya había ingresado a la galería de los hombres ilustres. Saltó de los barrizales de su tierra al palacio de los presidentes.

El Espectador, Bogotá, 22-XII-2018.
Eje 21, Manizales, 21-XII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 23-XII-2018.
Mirador del Suroeste, n.° 67, Medellín/2019.

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Magnífico artículo sobre nuestro admirado paisano. Amagá, su tierra natal, pertenece a la subregión del Suroeste Antioqueño, por lo que te pido autorización para publicarlo en la edición # 67. Considero a Belisario  el más importante personaje nacido en esta subregión. Jaime Vásquez Restrepo, fundador de la revista Mirador del Suroeste, Medellín.

Ha sido para mí el presidente más admirado, no por sus realizaciones políticas ni por su condición de gobernante, que también, sino por el talante humano y cultural que lo caracterizaba y que tanta falta le hace al político contemporáneo. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

Muy gratos los recuerdos y muy bien traído el breve, pero sentido, homenaje que en su amena prosa hace del presidente Belisario Betancur, prohombre salido de las breñas antioqueñas. Es justo y merecido el reconocimiento, pues fue un luchador denodado, un hombre sencillo y poseedor de una cultura superior. Gustavo Valencia García, Armenia.

Curiosa anécdota

viernes, 19 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La muerte de mi ilustre amigo Jorge Arango Mejía, exgobernador del Quindío y expresidente de la Corte Constitucional, me hace recordar un curioso suceso que viví a su lado hace 58 años. Por aquellos días de 1960 ambos llegamos a Cartagena desde el interior del país, vinculados con contrato de trabajo al Banco Popular.

Yo había sido nombrado secretario de la sucursal, con una misión compleja: reformar la parte administrativa de la oficina, que registraba alto grado de desorganización. Tras dos años de ardua labor, logré cumplir esa finalidad y esto me significó alzar vuelo en mi carrera bancaria, en la que cumpliría 36 años de servicio en diversas posiciones.

El otro lado flaco de la oficina de Cartagena estaba en el índice anormal de la cartera morosa. Como los abogados locales eran permisivos con sus paisanos, esta cartera se había desbordado. Por tal motivo, la Dirección General dispuso contratar un abogado de otro lugar para  intensificar dicha acción. Aquí aparece Jorge Arango Mejía, de Armenia, recién graduado en el Externado de Colombia. De la nómina de la oficina, éramos los únicos del interior del país.

El municipio de Cartagena era deudor de una obligación vencida años atrás, la que por algún hecho extraño carecía de instrumento de pago. El nuevo abogado consideró que la medida indicada consistía en la aprobación por el Concejo de un acuerdo que reconociera la deuda. Hizo contacto con los concejales y obtuvo de ellos la mejor actitud para colaborar en la solución del caso. Se sentían encantados con la simpatía y el don de gentes del abogado. Y entendieron que esa era la fórmula precisa.

Mientras tanto, el abogado enviaba cartas de cobro a los deudores cuyas obligaciones le habían sido confiadas. Una de ellas fue para un destacado político liberal de la región. ¡Y quién dijo miedo! Este lo llamó indignado por ese gesto que consideraba ofensivo para su alta dignidad, y le preguntó si sabía con quién trataba (el trillado “¿no sabe quién soy yo?” de la actualidad). Y lo enteró de que como miembro del Congreso había votado la ley de reestructuración del Banco Popular.

Jorge Arango Mejía, ni corto ni perezoso, le respondió que por eso mismo debía dar ejemplo de moral. Le recordó que el banco había quebrado durante la dictadura de Rojas Pinilla, entre otras cosas, por el incumplimiento financiero de miles de deudores, como el gamonal lo era en ese momento. Ya en esta encrucijada, el político le pidió el saldo de la deuda y le hizo llegar el respectivo cheque.         

Días después, dialogábamos Arango Mejía y yo con el grupo de concejales en una muralla de Cartagena. De pronto, todos se pusieron de pie para saludar al personaje que acababa de llegar, al que le rendían pleitesía. Era el político de marras. Los concejales se sentían orgullosos de presentarle al abogado foráneo. Y el político, con risa irónica, les dijo que ya lo conocía. Al día siguiente, mi amigo renunció al banco y regresó a su tierra. Sabía que el gamonal bloquearía el proyecto de los concejales y le incomodaría su trabajo. En ese episodio está reflejado al vivo lo que constituye la politiquería en el país.

Los únicos honorarios que recibió Jorge Arango Mejía durante el mes de estadía en Cartagena fueron los del dirigente político. Poco después supe que había sido nombrado alcalde de Armenia. Y por esas cosas raras que suceden en la vida, volvimos a encontrarnos, nueve años después de la anécdota que dejo narrada, al posesionarme ante él mismo como gerente del Banco Popular en Armenia, cuando ejercía el cargo de gobernador del Quindío.

El Espectador, Bogotá, 3-VIII-2018.
Eje 21, Manizales, 3-VIII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-VIII-2018.

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Excelente relato. Felicitaciones por esa capacidad para estructurar la anécdota, siempre llena de imágenes que la hacen expectante y atractiva. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

De Jorge Arango Mejía quedan ya las anécdotas. Su esfuerzo para recuperar el espacio público de Armenia hizo agua, se deslizó por entre los dedos, los vendedores ambulantes están ocupando de nuevos las aceras, cantidades de distribuidores de verduras, frutas, legumbres y hortalizas se ven parados frente a los principales negocios formales de la ciudad, y como no hay alcalde titular, aprovechan más. Cesáreo Herrera Castro (La Crónica del Quindío).

Jorge Arango Mejía

martes, 24 de julio de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con el fallecimiento de Jorge Arango Mejía, el Quindío pierde a uno de sus líderes más destacados en los campos social, político y jurídico. Siempre estuvo atento al desarrollo de la región y se convirtió en censor implacable de los errores cometidos por los gobiernos locales.  Enfocó sus críticas contra los actos de corrupción de los alcaldes de Armenia. Y atacó el desgreño administrativo que sufre la ciudad con la invasión del espacio público y con otros puntos esenciales que frenan su progreso.

El 10 de junio, en su último artículo de prensa, decía: “Armenia pasa por la peor situación de su historia: nunca la ciudad había caído tan bajo. Tener el alcalde en la cárcel, acompañado por algunos de sus colaboradores más cercanos; y dos exalcaldes en similar situación, causa vergüenza”. El deterioro moral del Quindío le producía indignación. Jorge Arango Mejía era, por encima de todo, ciudadano de intachable moralidad. La reciedumbre de su carácter lo llevaba a señalar los desaciertos de frente, sin dobleces ni medias tintas.

Se graduó de abogado en el Externado de Colombia. Poseía vasta cultura humanística, como da cuenta el libro Las palabras maravillosas del Quijote, editado por el Fondo Cultural Cafetero. Autor de tres obras más, entre ellas una sobre Derecho Civil, publicada por las universidades del Rosario y Nacional, con prólogo de Carlos Lleras Restrepo, y de numerosos textos jurídicos y artículos para los diarios en los que era columnista.

Después de pasar por La Dorada como juez civil fue alcalde de Armenia en 1961, antes de cumplir los 25 años. Por una feliz circunstancia, nos habíamos hecho amigos en Cartagena, y en 1969 me posesioné ante él mismo, siendo gobernador del Quindío, como gerente del Banco Popular en su tierra natal. Desde entonces nos unió cordial amistad.

Fue embajador en Checoslovaquia en 1983. Esta labor le significó formidable desempeño en la vida diplomática, según me escribe por aquellos días: “Los checos, cordiales, amables, sin problemas. Praga, extraordinaria. La vida cultural, soberbia. Nosotros viajamos un poco, tratamos de almacenar recuerdos, experiencias, comparaciones. Y por sobre todo, buscamos mejorar la imagen de Colombia, tan venida a menos en años recientes. Lo vamos logrando”.

A su vuelta al país ocupó los cargos de secretario general y director jurídico de la Federación Nacional de Cafeteros. Luego, se dedicó al ejercicio de la abogacía, haciendo gala de su reconocida pulcritud, dignidad e idoneidad. Además, actuaba como conferencista de diversas materias, y se dispensaba a sus amigos en agradables tertulias armonizadas con su simpatía y su don de gentes. Era excelente conversador. Así lo conocí en Cartagena, y así lo disfruté en su tierra.

Coronó su carrera jurídica como magistrado de la Corte Constitucional, de la que fue presidente en 1994. Sus últimos años los pasó –dedicado al estudio, la lectura y la escritura, y desde luego al encanto de la naturaleza– en el predio campestre que tenía en el Quindío. Y alternaba el tiempo en su apartamento de Bogotá, siempre rodeado del afecto de Lucero, sus hijos y sus nietos, a quienes expreso nuestra sentida voz de solidaridad. Murió en paz con la vida.

Hermosas estas palabras de Jorge Arango Mejía citadas en estos días por el también ilustre quindiano Óscar Jiménez Leal, exmagistrado del Consejo Nacional Electoral: “Cuando quise formar una familia, volví a Manizales, tierra de mis mayores, y de sus jardines tomé la más bella de sus flores: María Lucía Isaza Londoño”.

El Espectador, Bogotá, 20-VII-2018.
Eje 21, Manizales, 20-VII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 22-VII-2018.

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Acertada semblanza de Jorge Arango Mejía, un quindiano que nos honra y un amigo y colega que nos enorgullece. César Hoyos Salazar, Armenia (expresidente del Consejo de Estado).

Recuerdo que Jorge Arango Mejía también fue veedor del Partido Liberal y –en su pulcro y exigente ejercicio– no dejó colar ni paras ni mafiosos. Esos personajes llegaron después con el  nuevo veedor paisa: el «Ciego Llano», como le dicen las bases populares. Alpher Rojas, Bogotá.

Para quienes gozamos el privilegio de la amistad de Jorge y de su hermana Amalia, este artículo/obituario nos llega al alma. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Jorge Arango Mejía fue un ejemplar hombre a quien conocí en su paso por la Gobernación del Quindío, elegido por el presidente Carlos Lleras Restrepo, de quien era su discípulo y el más importante representante de su ideario político en nuestro Quindío. Su fallecimiento es una pérdida sensible, pero atenuada por el recuerdo de su fecundo paso por la vida. Gustavo Valencia, Armenia.  

Se fue José Chalarca

jueves, 8 de octubre de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Mi conocimiento sobre José Chalarca viene de la época en que publicó su primera obra, Color de hormiga (1973). Dicho trabajo corresponde al número 109 de la serie de bolsilibros del Instituto Colombiano de Cultura. Por aquellos días nos conocimos en Armenia. Nació en Manizales el 25 de abril de 1941, y acaba de morir en Bogotá, este 29 de septiembre, a la edad de 74 años.

Con su libro inaugural se dio a conocer como cuentista talentoso. Del mismo género son Contador de cuentos (1980), Las muertes de Caín (1993) y Trilogio (2001). Se distinguió como ensayista con El oficio de preguntar, Marguerite Yourcenar o la profundidad, La escritura como pasión y El biblionavegante, su último libro, publicado en 2014. Otros títulos de su autoría son Diario de una infancia, Aventuras ilustradas del café, Colombia: café y paisaje. También era pintor, y sus obras fueron divulgadas en exposiciones individuales y colectivas.

En su tierra natal se graduó de bachiller en el Instituto Universitario, en 1962, y en Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas. Ejerció la docencia y durante 3 años dirigió la revista Siglo XX, gran promotora de cultura. Al mismo tiempo era columnista de La Patria y de diversos periódicos y revistas.

Su ingreso a la Federación Nacional de Cafeteros, a la que estuvo vinculado durante largos años, hasta jubilarse, se debió a un hecho fortuito. Pedro Felipe Valencia, alto directivo de la entidad, le encomendó la escritura de un libro sobre un personaje cafetero. Dicha obra le dio auge en la Federación de Cafeteros. A partir de entonces se vinculó a la vida laboral del organismo, y tiempo después fue nombrado jefe de Publicaciones, donde ejerció reconocida labor como investigador y editor.

En dicho contexto, José Chalarca publicó 10 libros sobre el sector cafetero. Su pasión por el grano le incentivó el espíritu de la investigación, hasta el punto de convertirse en la persona que tenía mayor conocimiento sobre la vida cafetera.

En 1989, siendo Jorge Cárdenas Gutiérrez gerente de la Federación, fue publicado el libro Don Manuel, Mister Coffee, en dos tomos de lujo, y 872 páginas en total, como homenaje a Manuel Mejía en el centenario de su nacimiento. La obra fue dirigida por Otto Morales Benítez y Diego Pizano Salazar. El aporte de José Chalarca en el campo investigativo fue fundamental. Sin embargo, no se le dio ningún crédito en la  obra. Lamentable omisión. Yo supe de su frustración.

Hombre prudente, amable y silencioso, mientras más ciencia acumulaba, y más páginas escribía, y mayor bagaje poseía, más huía de la ponderación y de los honores. Lector empedernido, dedicaba todo su tiempo del retiro a los grandes temas que lo apasionaban. Su tierra natal dejó de tributarle el reconocimiento que merecía.

En carta dirigida a Augusto León Restrepo y publicada en Eje 21 de Manizales, el escritor caldense Eduardo García Aguilar, residente en París, dice al respecto: “Deberíamos comprender que a los autores como él hay que escucharlos y difundirlos en vida. Propiciar encuentros, escribir sobre sus obras. Y no condenarlos al silencio”.

Cuando presentía su muerte cercana, decidió obsequiar gran parte de su biblioteca a la Universidad Tecnológica de Pereira, que le puso el nombre de José Chalarca a una de las salas de lectura. Es preciso exaltar la valía de este señor escritor que honra las letras de su comarca y del país.

El Espectador, Bogotá, 2-X-2015.
Eje 21, Bogotá, 2-X-2015.

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Comentarios

Muy justa y ponderada nota sobre José. Te agradezco que la hayas compartido. Permíteme, ahora, distribuirla entre los tantos amigos comunes que siempre exaltaron la labor literaria de Chalarca. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

Acabo de leer tu columna con pesar. Llegamos a Roma esta mañana. Conocí a José cuando era una niña. Un hombre y un escritor muy valioso. Hacía muchos años que no lo veía, pero seguí el curso de su vida. Esperanza Jaramillo,  Roma.

Me duele mucho la ida de José, quien antes que escritor y pintor era un ser humano íntegro. Muchos recuerdos vienen a mi mente de cuando éramos compañeros de estudios en el Seminario San Pablo, en Itagüí, contiguo a la finca de los Ospina  Pérez, llamada El Ranchito, donde cursamos Filosofía, y era para esos efectos dependencia de la Universidad de San Buenaventura. Allí buscábamos prepararnos para el sacerdocio como franciscanos, pero la vida nos llevó por diferentes senderos. Tengo la certeza de que José está viviendo en el cielo a plenitud y con los reconocimientos reales que se merecía. Luis Carlos Gómez Jaramillo, Cali.

Nos criamos en el Barrio Sáenz, en Manizales. Después lo encontré en Bogotá, cuando se desempeñaba como alfabetizador en el Plan OCA. Luego pasó a la Federación de Cafeteros. Conversábamos con frecuencia, y nos reíamos de nosotros recordando las duras y las maduras de la infancia y adolescencia. Recuerdo nuestra última reunión en el Colombo Americano de la 19 con Avenida Jiménez, en Bogotá. Recibí en casa una invitación a la exposición de pinturas de José Chalarca, en el Centro Colombo Americano. Entonces llamé a José a contarle de su homónimo pintor. Soltó su carcajada de rigor y me dijo: «No, Javier, ese pintor José Chalarca soy yo, el mismo que conoces y con quien estás hablando. Pintar es mi gran oficio, de él vivo… y sobrevivo de lo que hago en la Federación. Te espero allí, tomamos café y seguiremos con el tema». Javier González Quintero, Bogotá.

Otto en anécdotas

lunes, 24 de agosto de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Este 23 de agosto se cumplen 3 meses del fallecimiento de Otto Morales Benítez. Decía él que el mejor homenaje que puede tributársele a la persona después de muerta no es en la funeraria, donde parientes y amigos se reúnen a charlar de todo menos del muerto, sino en un lugar placentero, donde se recuerden sus episodios   amables.

Eso es lo que pretende esta columna: evocar al personaje a través de su optimismo y su simpatía. Pocos, como él, han gozado tanto de la existencia. Su sola carcajada era una incitación al regocijo. Su vida está llena de anécdotas aleccionadoras, tonificantes, ingeniosas, penetradas de fino humor. Haré memoria de algunos sucesos graciosos ocurridos durante nuestra larga amistad de más de 40 años.

Cuando nos conocimos en Armenia, me pidió que lo acompañara a Foto Club, librería muy acreditada en la ciudad. En el recorrido por los estantes, donde Otto separaba las obras que le llamaban la atención, vi de pronto Destinos cruzados, mi novela inicial, que ya le había enviado a Bogotá, y con disimulo la escondí en el fondo de una montaña de libros. Y seguí adelante. Escritor incipiente, me sentía acomplejado ante el autor de numerosas obras. Cuando nos encontramos en la caja, pasó uno por uno los títulos escogidos, y al llegar al último, me miró con ojos pícaros y en medio de una carcajada me dijo: ¡Tu libro! (Había visto mi movimiento cuando oculté la novela).

Después de 15 años de estadía en el Quindío regresé a Bogotá y me sentí confuso ante la urbe alborotada, llena de carros, de puentes, de gente impetuosa, de enredo por todas partes. Le hice conocer mi desconcierto ante la nueva ciudad, y él me respondió: “En tantos años que llevo aquí nada malo me ha pasado. Bogotá es una ciudad amable. Quiérela, y te será grata. Pero si la miras mal, te será hostil”.

Fueron muchos los recorridos que hicimos por la Séptima. Más que dialogar conmigo,  se dedicaba a responder a cada paso, entre abrazos, besos y carcajadas, al saludo afectuoso de los transeúntes. Una vez me llevó a una confitería cercana a la avenida Jiménez y me dijo que allí sí podríamos hablar. Su objetivo era probar las golosinas de que era adicto clandestino. Desde entonces, muchas veces aterrizamos en el mismo sitio. Sospecho que allí comenzó mi carrera de los triglicéridos.

Un día me propuso reunirnos en el Oma de la carrera 15 con calle 82 para tratar un asunto que traíamos entre manos. Para evitar interrupciones, buscaríamos una mesa oculta situada al fondo. Tan pronto entramos al lugar, se pararon a saludarlo varios amigos de Medellín. Eran parientes de Noemí Sanín y hacía mucho tiempo no se veían. ¡Qué cantidad de anécdotas y reminiscencias brotaron en aquel encuentro entrañable! ¡Qué risas, y qué efusión, y qué familiaridad animaron la reunión! Así se consumió toda la mañana, sin haber tratado nada, en absoluto, sobre el trabajo convenido. Pero nos prometimos un nuevo encuentro.

Varias veces fui invitado en unión de mi esposa y otros amigos a su hacienda Don Olimpo, en Filadelfia (Caldas). La primera, le llevé de obsequio un par de botellas de whisky, sin acordarme de que él no tomaba licor. Su hijo Olympo estudiaba en Europa y le había enviado un casete donde narraba sus experiencias turísticas. Al escuchar su voz, sintió profunda emoción y para armonizar el momento destapó la primera botella. La alegre velada etílica se prolongó por varias horas, con Otto a la cabeza. Fue la primera vez en la vida que lo vi consumir licor. Y fue, por supuesto, una noche memorable.

Al día siguiente, me hizo llamar a su dormitorio para dialogar –su pasión visceral–. Un trabajador le había traído todos los periódicos que llegaban a Filadelfia, y él, tijera en mano, se enteraba de su contenido. Cuando hallaba algo especial, lo recortaba y en la parte superior escribía el nombre del amigo a quien interesaría el escrito. A su regreso a Bogotá, la secretaria se encargaba de remitir los recortes a los destinatarios, junto con una tarjeta manuscrita por Otto.

Esta deferencia, que practicó toda la vida, le hizo ganar muchos amigos. De hecho, así lo conocí cuando daba en Armenia mis primeros pasos en las letras y el periodismo. Difícil encontrar una persona tan detallista como él. Decía que los adjetivos los usaba para alabar a sus amigos.

En recorrido a caballo por la hacienda, llegamos hasta el sitio donde se pesaba el ganado, y nos preguntó si queríamos pasar por la báscula. Claro que sí. Pero mi esposa, no contenta con el peso –sutileza muy femenina y muy respetable–, argumentó que la cuenta estaba equivocada debido a la ropa. Y Otto le respondió: “Entonces, te quitas la ropa y te vuelvo a pesar”.

El Espectador, Bogotá, 21-VIII-2015.
Eje 21, Bogotá, 21-VIII-2015.

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 Comentarios

Espectacular crónica. Verdadero reservorio de presencias con el hombre de la carcajada sorprendente. Carlos A. Villegas Uribe, Medellín.

No solo disfruté tu excelente prosa sino las anécdotas allí narradas. Qué bueno es recordar cosas agradables, amenas y reconfortantes. Y mejor si están salpicadas de buen humor. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Otto Morales Benítez tal vez fue el más auténtico liberal de los colombianos, después de Carlos Lleras Restrepo. Su cultura universal haría enrojecer de pena y envidia a la piara de ineptos hijos de papi que pululan en el Congreso. Comentandoj (correo a El Espectador.com).

Mil gracias, Gustavo, por recordar tantos aspectos de don Otto y siempre ennoblecidos con tu generosa y precisa pluma. Olympo Morales Benítez, Bogotá.

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