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A veces llegan libros

jueves, 2 de marzo de 2023 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Recibí en el mismo sobre los dos libros que motivan esta crónica: Poemas del tiempo del silencio 2020-2022, de Carmen Cecilia Suárez, y Muertes temporales, de Guillermo Infante. Me los envía Carmen Cecilia, fundadora y gerente de la editorial La Serpiente Emplumada. Sus tamaños son muy disímiles: mientras el de Carmen Cecilia es un libro miniatura (10 x 13 cm), el de Guillermo tiene un formato grande (16 x 23 cm).

Esto me llevó a observar otros libros de tamaño mínimo que reposan en mi biblioteca: Cuando florece el llanto (1960), de Laura Victoria, mide 7½ x 11½ cm; las colecciones Crisol de Aguilar, de los años 50 y 70 del siglo pasado, 8 x 11½ y 8 x 12½ cm; Código del amor (1999), de Vicente Pérez Silva, 11½ x 13 cm., y el famoso bolsilibro de Colcultura (años 70 del siglo pasado), 12 x 16½ cm.

Carmen Cecilia escribió sus Poemas del tiempo y del silencio en la época de la pandemia y los dedicó a su nieta Ana Sofía, de 12 años, quien es autora de la portada, las pinturas y los dibujos recogidos en la obra. A ella le dice la abuela escritora: Los, las adolescentes / comienzan a desenvolverse / como crisálidas. Entonces, / empezaron a descubrir / de qué color / y de qué tamaño / son sus alas. Y al terrible virus que hizo estragos en el mundo entero le hace este reclamo dolorido: ¡Oh virus! / No nos dejas acompañar a los muertos; / ni a nuestros amigos en su matrimonio; / ni a los niños cuando nacen. / ¡No podemos celebrar la vida!

Acerca de su editorial es preciso anotar que la pandemia afectó su labor en materia seria, pero aun así se mantiene en la lucha y hoy sigue adelante con nuevas energías. En los 22 años de vida de la empresa, ha publicado alrededor de 120 títulos, y su producción personal pasa de 10 obras. ¡Enhorabuena, Carmen Cecilia!

Con Guillermo Infante, autor del otro libro, médico y escritor colombiano residente en Estados Unidos, se conoció hace 20 años en un acto literario en Bogotá, por los días en que ella se iniciaba con la editorial. Él anotó su teléfono en un papelito, y vino a acordarse de buscarlo cuando publicó en aquel país Muertes temporales. Así pues, se citaron en Bogotá a finales del año, y Carmen Cecilia hizo aquí la presentación de la novela y organizó su distribución en su propia editorial y en las librerías Lerner, Nacional y Fondo de Cultura Económica.

Novela nada común, enfocada hacia las muertes temporales que el protagonista de la narración, que es médico, atiende en diferentes ocasiones. Entre tales eventos está la catalepsia, fuera de una serie de casos extraños que impresionan al lector. La obra tiene como escenario el campo de la medicina, con tránsito por varios lugares y países, lo que lleva a pensar que el médico novelista actúa con buen conocimiento científico. Además, es autor de poemas, cuentos y artículos médicos.

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El Espectador, Bogotá, 25-II-2023. Eje 21, Manizales, 24-II-2023. La Crónica del Quindío, Armenia, 26-II-2023.

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Señora la Muerte

miércoles, 15 de febrero de 2023 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

El periodista Jorge Enrique Giraldo me pide que elabore una columna acerca de las frases célebres y los nombres populares que se relacionan con la muerte. Con gusto cumplo dicha tarea, que se convierte en el epílogo de la serie de artículos que escribí sobre el cementerio Central de Bogotá

Comienzo por rendirle sentido homenaje a Julio Flórez, que hace 100 años –7 de febrero de 1923– moría en Usiacurí. Pocos días atrás, fue coronado como poeta nacional. Con sus célebres versos “Algo se muere en mí todos los días” y “Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte”, entró a la inmortalidad. José Asunción Silva dice en su imperecedero “Nocturno”: “Esta noche / solo, el alma / llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte, / separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia, / por el infinito negro, donde nuestra voz no alcanza…” En “Futuro”, Porfirio Barba Jacob exclama: “Decid cuando yo muera… (¡y el día esté lejano!): / soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento, / en el vital deliquio por siempre insaciado, / era una llama al viento… (y el viento la apagó)”.

Germán Pardo García, el poeta de la angustia, se abrió las venas en septiembre de 1979, y fue salvado por un vecino que observó el hilo de sangre que salía de su apartamento. Con ese motivo, escribió en 1980 el estremecedor poemario “Tempestad”, en el cual anota: “Vi al cuervo de Édgar Poe barrenándome la nuca / con su taladro córneo / y me abrí las arterias para el trance infinito”.

El insigne poeta caldense Fernando Mejía Mejía afirma en “Elegía sin tiempo” (1987): “Los muertos son movidos, / dentro de su quietud sin cielo, / por un oscuro tránsito / de inconsistentes silencios”. Jorge Eliécer Ruiz, notable intelectual santandereano, edita el libro “Memoria de la muerte” (1973) como homenaje a su fallecida esposa, y manifiesta en el poema que lleva el título de “Final”: “Pone la tarde su color de tiza / en el rostro sin rostro. Un profundo / silencio de piedra se eterniza / en el llanto sin voz en que me inundo”.

En “Naufragio”, que hace parte del libro “Cuando florece el llanto” (1960), Laura Victoria llora la muerte de su amado: “Esto es más hondo que todos los abismos, / más ancho que el espacio. / Es como si el mar entrara por mis sienes / anegando de sal mi pensamiento. / Como si en cada poro me clavaran / una espina de erizo / y el sol me calcinara las retinas”.

Juan Rulfo crea el pueblo de Comala, un eco de la Guerra Cristera, y allí no se sabe en ocasiones si se está hablando con los habitantes o con las almas de los muertos. Veamos esta escena recogida en la alucinante novela “Pedro Páramo”: “¿Creíste que era yo? Ha de ser la que habla sola. La de la sepultura grande. Doña Susanita. Está aquí enterrada a nuestro lado. Le ha de haber llegado la humedad y estará removiéndose entre el sueño”. Podría reproducir otras referencias literarias sobre el trance de la muerte, pero se agotó el espacio.

Veamos ahora algunas frases célebres: “La muerte solo puede causar pavor a quien no sabe llenar el tiempo que le es dado para vivir” (Viktor Frankl). “A los muertos no les importa cómo son sus funerales. Las exequias suntuosas sirven para satisfacer la vanidad de los vivos” (Eurípides). “La muerte no llega con la vejez sino con el olvido” (Gabriel García Márquez). “Una vez terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja” (Proverbio italiano). “Una muerte honrada es mejor que una vida vergonzosa” (Tácito). “En esta vida es fácil morir. Construir la vida es mucho más difícil” (Vladimir Mayakovski).

“En este mundo no hay nada cierto, salvo la muerte y los impuestos” (Benjamín Franklin). “Todos estamos en fila delante de la parca. Felizmente no sabemos en qué lugar de la fila” (Ernest B. Black). “Lo malo de la inmortalidad es que hay que morir para alcanzarla” (Víctor Hugo). “Me gustaría suprimir las honras fúnebres. Hay que llorar cuando los hombres nacen y no cuando mueren” (Montesquieu). “Cuando las vigas se rompen, se reconstruyen; cuando los hombres mueren, se los sustituye” (Proverbio vietnamita). “Me voy acercando lentamente a ese momento en el que los filósofos y los imbéciles tienen el mismo destino” (Voltaire).

Ahora, algunos sinónimos de la palabra “muerte”: “parca, pelona, fallecimiento, defunción, óbito, deceso, fin, trance, expiración, hora suprema, postrimería, acabamiento, tránsito, partida, sueño eterno, agonía, aniquilación, eliminación, extinción, desaparición”. Tánatos es el dios de la muerte en la mitología griega. El vocablo “tánatos” abarca la idea de la muerte. De ahí se deriva “tanatología”, la ciencia de la muerte. Misión cumplida, Jorge Enrique.

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El Espectador, 11-II-2023. Eje 21, Manizales, 10-II-2023. La Crónica del Quindío, Armenia, 12-II-2023.

Comentarios

He leído con mucho agrado esas frases maravillosas sobre la muerte; siempre la tenemos de frente y no sabemos nunca cuándo será su ataque certero. Le agregaría el verso de Santa Teresa de Jesús, que siempre he admirado:

Ven, muerte, tan escondida,

que no te sienta venir,

porque el placer de morir

no me vuelva a dar la vida.

Y también te comparto la expresión del poeta Rafael Ortiz González, cuando dijo: Por eso hoy bien puedo decir: pasa de largo mi señora muerte, porque hoy no tengo tiempo de morir. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

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Me encantó tu artículo sobre la muerte. Y te quería reprochar afectuosamente el olvido del poema de León de Greiff, poeta de todos mis afectos, que comienza:

¡Señora Muerte que se va llevando

todo lo bueno que en nosotros topa!…

Alberto Gómez Mejía, Armenia.

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Me encantó esta colección de frases que diferentes personajes de la literatura y la poesía han expresado acerca de la muerte. La que más me gustó fue la de Laura Victoria. ¡Qué metáforas! Entre las frases, la de Eurípides y la de García Márquez me parecieron geniales.

Al margen, me permito añadir algo referente a Tánatos, el dios de la muerte según la mitología griega. Este dios era la personificación de la muerte no violenta, porque también en esa mitología existen las Keres, deidades malignas, representadas a veces como aves negras de rapiña con poderosas garras. Según Hesíodo, vestían de negro y con ropas ensangrentadas. Su morada habitual era el Tártaro. Eran hermanas de Hipnos –el dios del sueño– y de Tánatos. Personifican la muerte violenta (en contraposición a Tánatos) y se hacían presentes en los campos de batalla para atrapar entre sus garras a los moribundos y llevarlos al Hades (inframundo). Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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Encuentro que todos los escritores, y en su mayoría los poetas, hemos tratado en algún momento el tema de la muerte. Las referencias que copias son geniales. Nuestros más cercanos escritores han dejado un hilo irrompible para referirse a la muerte. Vale resaltar al siempre admirado Juan Rulfo. Cada frase suya en Pedro Páramo o en cualquiera de sus cuentos es arrolladora y deja en el ánimo una sensación de eternidad. Esta página tuya cierra con broche de oro o abre senderos e inquietudes en la literatura de la muerte y de los cementerios. Inés Blanco, Bogotá.

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Por el territorio de los muertos (6)

miércoles, 1 de febrero de 2023 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Con esta entrega termino el recorrido por el cementerio Central de Bogotá. Esta visión panorámica me ha permitido apreciar el estado de las tumbas y transmitir las impresiones que surgieron ante algunos hechos que reclaman mayor atención de las autoridades, para hacer de este espacio público un verdadero centro cultural y turístico, como sucede en grandes ciudades del mundo.

Coincide esta visita con la información suministrada por El Tiempo el 13 de este mes, en página que lleva por título “El manejo poco claro de recursos captados por los cementerios”. A raíz de presuntas irregularidades en el contrato de concesión de cementerios por 41.000 millones de pesos, renunció a su cargo Luz Amanda Camacho, directora de la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (Uaesp). Se espera, por supuesto, que esta situación se despeje cuanto antes.

No quiero finalizar este trabajo sin dejar de citar algunas tumbas o monumentos que se han convertido en íconos y constituyen notables lugares de atracción, rodeados como se hallan de leyendas y mitos. En los 186 años que lleva de existencia el cementerio Central, reposan allí infinidad de historias no solo de celebridades de la vida nacional, sino también de gente del común. La verdadera democracia está en las necrópolis, donde la igualdad rige para todos. Otra cosa es el abandono de muchas sepulturas.

Entre esos íconos está el sepulcro de Leo Sigifredo Kopp, fundador de Bavaria, que está enterrado con su esposa y sus dos hijos, y a cuya estatua acude la gente a pedirle favores por el oído izquierdo, y luego pasa al derecho a darle las gracias. Como fue hombre bondadoso por excelencia, adquirió el carácter de la santidad. Y la leyenda perdura a lo largo del tiempo. Ante su tumba vi a una familia entera que con todo fervor cumplía dicha función.

Cerca de este sepulcro se encuentra el del astrónomo Julio Garavito Armero, cuya imagen fue impresa en el billete de $ 20.000 puesto en circulación en 1996. En este caso ocurre un ritual curioso: los visitantes frotan sus billetes en la lápida, con la esperanza de tener bienestar económico en sus actividades. La familia a que me refiero en el caso de Kopp pasó en seguida a la tumba de Garavito, es decir, se aseguró por partida doble.

Y está la estatua de las hermanitas Bodmer, a quienes la leyenda atribuye el poder de intercesión por la salud de los niños y de las madres embarazadas. Como un medio para lograrlo, les llevan juguetes, dulces y flores. Estos tres casos reflejan aspectos típicos que le dan colorido a la oscuridad de la muerte.

Al concluir esta gira fúnebre me viene a la mente el poema Señora la Muerte, del escritor boyacense Guillermo Torres Quintero (1904-1932), que así comienza: Señora la Muerte que estás meditando / en la noche negra, la mano en la sien: / hace mucho tiempo te estoy esperando, / divina enlutada de ojos que no ven…

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El Espectador, Bogotá, 28-I-2023. Eje 21, 26-I-2023. La Crónica del Quindío, 29-I-2023.

Comentario

Esta serie de artículos representa una visión amable y esperanzadora sobre un lugar tan importante para nuestra ciudad. Durante varios años me pregunté por el escultor del maravilloso bronce que recuerda la vida y obra de don Leo Kopp y al cual le rinden tributo de gratitud y esperanza muchas familias que saben de sus obras de generosidad como fundador de Bavaria. Uno de los primeros grandes empresarios de nuestro país.

Finalmente, con el apoyo de Margarita Mariño von Hildebrand pudimos encontrar en la base la firma del escultor. Se trata, ni más ni menos, del importante escultor español, palentino, Victorio Macho, autor de varios monumentos fundamentales en nuestro país: las estatuas de Belalcázar en Cali y Popayán, el monumento a Rafael Uribe Uribe en el Parque Nacional de Bogotá y la cabeza alegórica de Bolívar en el Parque del Salitre de Bogotá. Tengo lindos libros e historias sobre la obra de Victorio Macho. Eduardo Arcila Rivera, Bogotá.

Por el territorio de los muertos (5)

martes, 20 de diciembre de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

En la fila hacia el cementerio Central vimos a la senadora María José Pizarro, que llevaba un ramo de flores y esperaba, como nosotros, que el vigilante abriera la maciza puerta de acceso. Iba sola. Era fácil identificarla, ya que fue la encargada de imponerle la banda presidencial a Gustavo Petro y aparece con frecuencia en la televisión y los periódicos.

Después encontramos depositadas las flores en la tumba de su padre, Carlos Pizarro Leongómez, el legendario comandante del grupo guerrillero M-19, quien luego de dejar las armas y firmar la paz con el Gobierno fue asesinado, siendo candidato presidencial por su movimiento político, en abril de 1990. Es uno de los mausoleos más bellos del cementerio.  Representa la memoria de una de las tantas etapas turbulentas del país y evoca el símbolo de la guerra y la paz –que hace recordar la inmortal novela de León Tolstói–.

Más adelante vimos una placa en mármol blanco, muy bien conservada, con esta leyenda en español y polaco: “En este lugar, descansa en paz el coronel Felipe Mauricio Martín (Filip Maurycy Marcinkowsi), hijo de Polonia, prócer de la Independencia de Colombia”. Y agrega que la embajada de Polonia en Bogotá “erige esta placa como testimonio de los lazos de amistad entre ambas naciones”. En efecto, el coronel Martín (1786-1853) cumplió valerosos actos en la causa libertadora de Colombia. Hoy su nombre está perdido en el decurso del tiempo, pero perdura esta insignia memorable en la necrópolis bogotana. Falleció hace 169 años. ¡Honor al mérito!

La tumba de Luis Carlos Galán Sarmiento (1943-1989), asesinado en Soacha cuando era el más probable vencedor de las elecciones presidenciales de 1990, es otro vestigio de la guerra atroz que ha azotado al país desde los propios inicios de la Independencia. Está cubierta en mármol blanco. En ella hay una inscripción que dice: “Quiero que el país me recuerde como el hombre que ayudó a cambiar el modo de pensar de la Nación”. Aquí y allá, y sin que lleváramos un rumbo fijo, fueron surgiendo las sepulturas de grandes líderes del país en épocas remotas y recientes, mezcladas a veces con sepulturas incógnitas. Este es el ambiente de los cementerios.

Como parte de esta crónica que se mueve en el ámbito de las armas, de las guerras y del sacrificio de vidas en los campos de batalla, y en defensa de la patria, cabe resaltar los panteones del Ejército de Colombia y de la Policía Nacional. Son edificaciones antiguas y espaciosas que sobrecogen el ánimo al hacer pensar en la cantidad de historias y de hechos heroicos que encierran esas paredes. Ambos panteones muestran la vejez derivada del paso de los años y hoy ya están clausurados al haber llegado al tope de su capacidad.

En la época moderna, estos recintos funcionan en los Jardines de Paz ubicados en el norte de la ciudad, en amplias extensiones de terreno, y están destinados además a los miembros de la Fuerza Aérea y de la Armada Nacional.

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El Espectador, Bogotá, 17-XII-2022. Eje 21, Manizales, 15-XII-2022. La Crónica del Quindío, Armenia, 18-XII-2022.

Comentarios 

No pierdo interés en las crónicas acerca de tus visitas a diferentes cementerios. En esta última me sorprendiste con la aparición de un personaje que desconocía (Felipe Mauricio Martín) a pesar de que mis lecturas sobre la historia de la campaña libertadora y épocas posteriores ha sido intensa. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Respuesta. En Google se encuentra alguna información sobre él, contenida sobre todo en una pequeña biografía escrita en 1882 por Ánjel (con j) María Galán para “Papel Periódico de Bogotá”, obra que da buena visión sobre este prócer de la Independencia colombiana que descubrí en el cementerio Central de Bogotá Gustavo Páez Escobar.

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Por el territorio de los muertos (4)

jueves, 8 de diciembre de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Yo no había visto en ningún cementerio la fijación de un documento judicial. Es en estos lugares en los que más significado tiene el tradicional “descanse en paz”. De hecho, la frase se menciona cuando una persona muere, y es muy propia de los avisos funerarios de prensa. Con el tiempo, los viejos cementerios han venido cerrándose para dar lugar a los modernos jardines de paz, cuyo nombre sugiere un ambiente de reposo y de belleza ecológica. Con todo, hay almas que no consiguen la paz ni en la última morada.

Cuán no sería mi sorpresa al encontrar en este recorrido un aviso judicial fijado en uno de los mausoleos más elegantes del cementerio Central de Bogotá, por medio del cual un juzgado emplaza, en junio de 2019, a varios herederos de un deudor fallecido. La demanda es de Beatriz Dávila de Santo Domingo en asocio de otras personas. Cabe suponer que entre los bienes que se persiguen está el mausoleo citado. De lo contrario, ¿qué sentido tiene dicho aviso en este suntuoso mausoleo? ¡Cosas extrañas se ven en los cementerios!

En una vieja tumba deteriorada por el tiempo, los trabajadores del tranvía de Bogotá le rinden honores al doctor Gustavo Lobo Guerrero. Como anoté en mi crónica anterior, el tranvía de tracción de mulas, que rodaba sobre rieles de madera revestidos de zunchos, fue inaugurado en diciembre de 1884 por el alcalde Higinio Cualla. Ocho años después se instalaron rieles de acero traídos de Inglaterra.

Este primitivo medio de transporte salía de la plaza de Bolívar, pasaba por San Diego y concluía en Chapinero. Se prolongó hasta 1951, cuando el alcalde Mazuera Villegas lo eliminó para implantar los buses. Y se transformó, durante la primera mitad del siglo XX, en el tranvía eléctrico, uno de los mayores símbolos de la urbe en marcha. Ahora bien, ¿quién era el doctor Gustavo Lobo Guerrero, a quien los trabajadores le rinden este significativo homenaje? Lo ignoro. Ojalá algún lector nos ilustre al respecto.

En este viaje veloz, apareció de repente la sepultura de mi paisano Luis Martín Mancipe Briceño, nacido en Soatá en 1908, y muerto en Bogotá en 1992. Por muchos años residió en Santa Rosa de Viterbo. Es uno de los grandes músicos boyacenses, con fama nacional. Fundador y director de numerosas bandas. En el campo creativo, su obra es muy prolífica y representa un gran tesoro de la región y del arte musical.

Una partitura alegre embellece la bóveda de Luis Martín, ocasión propicia para darles una serenata a nuestros muertos, suavizando de paso el ambiente fúnebre que ensombrece la visita a los cementerios. Él fue el suegro de Fernando Soto Aparicio, fallecido en mayo de 2016, a quien dedicó el pasillo Sotico –trato cariñoso–.  

Con este recuento veloz, quiero resaltar la importancia de los cementerios como templos del recuerdo, de la cultura y las tradiciones. Mi libreta de apuntes contiene otros datos curiosos, que espero desarrollar en un par de columnas más.

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El Espectador, Bogotá, 3-XII-2022. Eje 21, Manizales, 1-XII-2022. La Crónica del Quindío, Armenia, 4-XII-2022.

Comentarios

Estupenda columna, llena como siempre de datos y anécdotas que nos enseñan mucho. Eduardo Arcila Rivera, Bogotá.

La muerte. Siempre presente; tema que usted maneja muy bien, y yo, aun cuando no temo a ella, encuentro difícil. Gustavo Valencia García, Armenia.