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Archivo para la categoría ‘Panorama nacional’

Mensaje al dios Baco

domingo, 10 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El alcohol vuelve a ser preocupación del día. Lo ha sido a lo largo de los siglos y dudo que ninguna otra cos­tumbre tenga mayores adeptos. El dios Baco, contagiado de inmortali­dad, se refrescará en su paraíso de uvas con el zumo de las millonadas de liba­ciones que a diario le tributan los borrachitos de todo el mundo.

Hay estadísticas escalofriantes. La última de ellas habla de un millón de alcohólicos en Colombia, que afectan el bienestar de seis millones más. Pero el insuperable inquisidor Alfonso Cas­tillo Gómez contradice categórica­mente tan precaria afirmación y anota que solo Bogotá cuenta con tres millo­nes. 0 sea que los recién nacidos llegan con su botella de aguardiente como biberón. Y el computador de «Coctele­ra» no puede equivocarse, si por algo se licuan allí toda clase de pócimas.

Nuestro Estado cantinero debe ha­cerse el de la vista gorda ante las embestidas de los últimos días. Cerrar o limitar las 18 fábricas de licores que tiene montadas en el país equivaldría a alborotar a los maestros y estos no tienen por qué sufrir los descalabros de las finanzas etílicas. Líbreme Dios de hacer la apología del licor, pero tam­poco me apunto en la lista de los abstemios.

Se dice que el trago es ingrediente de primer orden en las relaciones pú­blicas, y se abusa de su empleo en relaciones que no tienen nada de públi­cas. No se concibe un buen promotor que no sepa empinar el codo. Entonces no solo es cantinero el Estado, sino también la empresa.

Voy a echar un cuento, que es histo­ria. Un buen amigo, de esos que nacen con la botella debajo del. brazo, fue bebedor empedernido durante bue­na parte de su vida. El oficio de viajero fue cómplice de su dipsomanía. Y de tanto consumir aguardiente, la nariz se le esponjó, los cachetes se ilu­minaron, la mujer se la llevó el vecino, lo botaron de cinco puestos, se volvió neurasténico y se le afectaron el híga­do, el corazón, los riñones, el cerebro, la estabilidad emocional y varios etcéteras. Sospecho que también su po­tencia sexual, pero no me atreví a pre­guntárselo.

Cualquier día el médico le dio este ultimátum: «Deja de tomar, o se va camino  del manicomio o del cemente­rio». Al correr de los días lo encontré totalmente reformado. Me habló mara­villas de los alcohólicos anónimos y hasta me entregó una tarjeta de presentación por si pudiera serme útil con el tiempo. Se había producido el milagro. El hígado y los otros órganos que he nombrado o sugerido estaban repo­niéndose, la nariz ya no era la breva monstruosa de antaño y los cachetes habían cambiado de color; o mejor, se habían tornado desteñidos (para no mezclarle política al asunto).

Cansado de viajar, pidió que lo ubi­caran en determinada plaza, donde lle­varía nada menos que la representa­ción de la firma y sin duda le daría lustre al cargo. Se reunió la junta di­rectiva, fue examinada cuidadosa­mente la hoja de servicios, se pondera­ron múltiples virtudes del aspirante, pero se dejó una anotación en el acta, que decía: «Magnífico elemento, pero no nos sirve por abstemio».

Quería contar otra historia semejan­te, pero salgo para un coctel.

La Patria, Manizales, 26-IX-1972.

Oración por un asesino

martes, 29 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Extraño ser éste, Campo Elías Delgado Morales, ex combatiente de la guerra de Vietnam, quien en la Navidad de 1986, cuando apenas comenzaban a titilar las luces decembrinas y a prenderse las esperanzas de paz hogareña –que para muchos son mustias–, disparó 200 proyectiles sobre el corazón de Colombia y dejó fulminados, en silenciosos apartamentos y en la animación del suntuoso restaurante Pozzetto, a 30 compatriotas suyos.

Comenzó por su propia madre, con quien convivía y a quien odiaba con furor, y no contento con asesinarla a sangre fría, le prendió fuego. Así, pensaría la fiera, rasgaba las ligaduras de la sangre y removía los últimos rescoldos que aún pudieran quedarle de sensibilidad humana. Era como un estrujón que se daba en la conciencia del hombre bueno –y recuérdese que nadie es malo por completo, como tampoco es bueno en absoluto–, y ya con ese impulso quedaba fácil cometer las mayores atrocidades.

Quien tiene valor para matar a su progenitora, que destruya también el mundo, porque la madre es el supremo universo que cada cual tiene. Es un templo sagrado y de imposible profanación para la persona normal, pero hay que admitir la teoría de que Campo Elías tenía el cerebro demente. Y el corazón yerto. Un loco desenfrenado. Un monstruo de la naturaleza, que hubiera sido el verdugo ideal para las sicopatías de Hitler, de Herodes, de Atila, de Nerón, de Duvalier, de Idi Amin, de Gadaffi…

El asesino se hubiera crecido si una bala certera no acaba con su existencia en mitad del campo de batalla –otro Vietnam fantasmal–, en que había convertido el pacífico restaurante desde donde pretendía, sin contendores, exterminar a la humanidad entera. Tal el odio con que apuntaba a sus semejantes y tal la ferocidad con que jugaba a la guerra.

Hoy todos lo condenan, lo maldicen y lo aborrecen, pero pocos se detienen a estudiar las causas de su mente desviada. Como tamaño acontecimiento sirve de pábulo para el periodismo sensacionalista, no faltan, y nunca faltarán, los enfoques enfermizos que se complacen en saborear las vísceras del monstruo. Para algunos paladares el muerto es jugoso y extraen de él, como si fuera un manjar, toda la podredumbre que destila la condición humana. Y hay quienes lo idealizan como héroe y hasta desean superar, en inconfesables y fantasiosos desvaríos, la marca criminal.

Campo Elías es un producto de la sociedad. De esta sociedad que lleva en la sangre gérmenes fratricidas. De esta sociedad que incentiva sus pasiones y sus morbosidades frente a la pantalla del cine o del televisor. Consecuencia es él del hogar mal ajustado que en lugar de sembrar principios y afectos deforma la personalidad. Es, además, víctima de la guerra. Y no sólo de la de Vietnam, o la de Irán, o la de Nicaragua, o la de Colombia, sino sobre todo de la guerra alojada en la conciencia y transmitida por el odio universal.

Este sicópata de moda encarna la semblanza de una época bárbara. Campo Elías es la sociedad. Es un loco del montón que no resistió sus tensiones, estimuladas por los despotismos, los rencores, las crueldades del medio ambiente, y con cerebro enceguecido sacrificó a quienes se atravesaron en su mira tenebrosa. Se vengaba así, torpemente, de la humanidad que le había enseñado a ser perverso.

El asesino ha muerto. Un neurótico menos, pero el mundo está poblado de ellos. Colombia está grave de demencia. Por la calle, en el hogar, en el trabajo pululan infinidad de Campo Elías furiosos, listos para volarles los sesos a quienes se expongan a sus arrebatos. ¿Acaso los amos supremos del mundo no mantienen a la mano la palanca, en Estados Unidos y en Rusia, para hacer explotar este planeta desequilibrado si el hombre insiste en sus necedades?

Nadie quería hacerse cargo del cadáver hasta que un sacerdote valiente, que también fue calificado de loco e irrespetuoso con la sociedad, recordó la lección cristiana de enterrar a los muertos. Se enfrentó al dolor nacional y pronunció una plegaria silenciosa por el hombre a quien todos repudian.

La ocasión da pie para escrutar en las cavernas de la propia conciencia, en las profundidades del hombre lobo, para ver si no brotan sustancias malignas. Y recemos una oración por nosotros mismos.

Carta Conservadora, Tunja, 28 de febrero de 1987.
Revista Nivel, Ciudad de Méjico, 30 de junio de 1987.

* * *

Comentarios:

Yo no había tenido oportunidad de leer este articulo y permítame manifestar mi admiración por la forma como plasmó un hecho que conmocionó a toda la sociedad de su época, especialmente la bogotana. La forma sencilla, dúctil y hasta poética como describe el hecho y el análisis certero que hace de la persona que lo cometió, dan cuenta de su habilidad como escritor. Al  leer el artículo me trasladé en el tiempo hasta la fecha en que ocurrieron los hechos y pude apreciar con claridad, sólo hasta ahora y por su escrito, que este señor tenía profundamente trastornada su mente y que sólo así uno se puede explicar cómo un ser humano llega a cometer un acto tan abominable. Pedro Galvis Castillo, Bogotá, 13-VIII-2010.

Los años de Otto

viernes, 25 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En estos días llamé temprano a Otto Morales Benítez a su oficina (en su casa me informaron que ya había salido a trabajar), y al preguntarle cómo estaba, me respondió con alegría: “Feliz, mañaneando en mi oficina”. Hacía mucho tiempo que no escuchaba el término “mañanear”, verbo de grato sabor que transmite aire fresco, vitalidad y optimismo.

En tan cortas líneas, he mencionado los tres rasgos fundamentales que  definen el temperamento de Morales Benítez: la alegría, la vitalidad y el optimismo. Con esas prerrogativas que le dio la vida, y que él ha fortalecido con su vasta cultura intelectual y el ejercicio de un humanismo integral, llega este 7 de agosto a la cumbre de los 90 años.

Vida plena la suya que le permite disfrutar de una salud de roble, sin duda enriquecida por su interminable carcajada, y de una exuberante lucidez mental que no le da tregua en el oficio de escribir libros y más libros, sin marginar el hábito impenitente de la lectura. Y como si fuera poco, asiste con regularidad a las academias de que hace parte, patrocina infinidad de actos culturales, pronuncia conferencias en cuanto sitio requiera su presencia, y escribe una columna semanal para el periódico El Mundo de Medellín.

Alguna vez le oí decir que él nunca se preparó para la etapa del jubilado. No concibe la quietud ni el ocio. Por eso, desde su retiro del último ministerio se dedicó de lleno a su oficina de abogado, sin preocuparse por fomentar una pensión de jubilación. Es trabajador independiente e incansable que se da el lujo de “mañanear” –a sus 90 años– para hacer crecer los negocios, estar en sintonía con sus amigos y con el país, y no dejarse deteriorar. Lo salvan su espíritu jovial y su mente fresca y laboriosa. Además, todo lo ve con ojos optimistas.

Siempre ha sido madrugador a toda prueba. Eso determina que no se haya dejado atropellar por los años. Una vez, residente yo en Armenia, me invitó a su hacienda Don Olimpo, en Filadelfia (Caldas), y muy temprano me llamó a su alcoba para que nos tomáramos un café y… dialogáramos.

Otto no ha hecho otra cosa en la vida que dialogar. Dialoga con sus libros, con sus ensayos, con sus amigos, con el país, con su alma. El diálogo es su savia vital. Esa entrega a la gente, trátese de altas personalidades o de seres humildes, le imprime el carácter abierto y generoso que le hace ganar amigos al instante.

Aquella vez en Filadelfia, lo encontré dedicado a la lectura de los periódicos, con unas tijeras a su lado. Conforme encontraba un artículo o noticia de interés para alguno de sus amigos, lo recortaba y escribía a mano el nombre del destinatario, con su cordial saludo, para que a su regreso a Bogotá la secretaria lo pusiera al correo. Yo mismo había sido muchas veces favorecido con ese gesto de sin igual gentileza. Y recordé una memorable referencia suya: que la amistad había que merecerla y se ganaba con el detalle oportuno, y en su caso, utilizaba los adjetivos para encomiar a sus amigos.

Ese es Otto Morales: conocedor, como el que más, de la vida nacional; denodado luchador de las causas sociales; escritor interminable –como su tonificante carcajada– que se ha ocupado de los grandes temas de la historia colombiana y del quehacer literario; brillante estadista que le ha prestado invaluables servicios al país, y que ha debido ocupar la Presidencia de la República; y ante todo, amigo de sus amigos.

Qué mejor homenaje, en sus 90 años, que acompañarlo a “mañanear” con estas letras colmadas de vieja amistad y de perenne admiración.

El Espectador, Bogotá, 2 de agosto de 2010.
Eje 21, Manizales, 3 de agosto de 2010.
Noti20 del Quindío, Armenia, 5 de agosto de 2010.
Impronta, Academia Caldense de Historia, Manizales, noviembre de 2010.

* * *

Comentarios:

Qué bien merecido homenaje a quien considero por su moral y trayectoria el “Presidente honorario de Colombia”. Ramiro Lagos, Greensbore (Estados Unidos).

Ese es él, de cuerpo entero, incansable, alegre, comprometido hasta la médula con él, con los suyos, con el país y con las letras. El sólo hecho de ser un madrugador impenitente a su edad es un ejemplo para muchas generaciones. Ya quisiéramos alcanzarlo al alba con un café, un libro, papel, lápiz y tijeras y un rato de exquisita e enriquecedora conversación. Inés Blanco, Bogotá.

Estoy de acuerdo con usted en que el doctor Otto debió ser presidente de Colombia.  Es un personaje de grandes valores y usted los destaca. Esta columna es una de las mejores, de las que he tenido el agrado de leerle. Gustavo Valencia García, Armenia.

He mañaneado leyendo la estupenda nota que con ocasión de los 90 años de Otto has publicado. Me uno en un todo a ella y a esa vitalidad sin límites que ha mantenido el gran amigo. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Estupendo homenaje al maestro Otto. Te felicito por tu afortunada pluma. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

Qué señor tan admirable es Otto. Más que por sus libros, se convierte en una enseñanza para todos nosotros por su saber vivir. Ha sido un privilegiado, sobre todo porque se les concede a muy pocos arribar a esa edad tan vivos y activos. Yo apenas lo conocí, lo vi un par de veces en el apartamentico de Gonzalo Arango, en La Raqueta, pero siempre sentí una gran simpatía por él, y por su hermano Omar, otro hombre que irradia optimismo, entusiasmo, ganas. Eduardo Escobar (nadaísta),  San Francisco (Cundinamarca).

Esta hermosa columna nos entusiasma y alegra, así como el doctor Otto nos ha llenado la vida con su generosidad y afecto. Sonia Cárdenas, Bogotá.

Muy oportuno tu homenaje a nuestro común amigo el doctor Otto Morales Benítez. Yo no sabía que él también era un Leo como el que esto escribe. Te ruego el gran favor de saludarlo de mi parte cuando vuelvas a llamarlo, y que siga optimizando a sus amigos con sus  carcajadas «mañaneantes». Tu artículo me hizo recordar a mi papá quien nos hacía acostar temprano porque «tenemos que mañanear». La «mañaneada» era a las cuatro de la madrugada con un frío de cero grados o menos. José Antonio Vergel. Ibagué.

¡Qué hermosa página y qué merecido homenaje! Jamás dejaremos de admirar a ese pensador, dueño de una alegría desbordante, de un alma demasiado noble. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Qué hombre estupendo es Otto Morales Benítez y cómo lo retratas de adecuadamente en esa nota que me enviaste.  90 años y sigue teniendo esa voz bella, fuerte, animosa y cálida de toda la vida y, por lo que tú dices, no es solo la voz sino que él mismo sigue siendo ese incansable trabajador de siempre. Diana López de Zumaya, Ciudad de Méjico.

Fraudes bancarios

viernes, 25 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Noticias de prensa e informes policivos dan cuenta del alarmante incremento de fraudes bancarios cometidos por bandas especializadas en el manejo de equipos de clonación (“skiming”), mini cámaras de video, falsas lectoras, instalación de dispositivos en cajeros e interceptaciones por internet.

En el último semestre, el número de clonaciones pasó de 7.000. Mientras tanto, las entidades bancarias han extremado sus sistemas de seguridad, tomado seguros y aplicado rectos criterios para proteger los intereses del cliente y responder por los daños causados. Pero esto no sucede en todos los institutos financieros. En el suceso personal que voy a relatar, que hace relación con retiros fraudulentos de una cuenta de ahorros abierta en Colmena BCSC., otras personas que lean esta nota sentirán que su situación es similar a la tratada en esta columna.

Hace cinco meses se realizaron cuatro retiros continuos de la citada cuenta, hasta agotar su saldo, en el cajero automático de una lejana población de Antioquia, cuando el lugar de mi residencia es Bogotá. Dos meses después volví a ser objeto de otro fraude en la misma corporación, esta vez por internet.

En este nuevo caso pequé de ingenuo al no haber suspendido la cuenta, con lo que me hubiera evitado el segundo robo, pero confié que Colmena, una entidad considerada seria –y propiedad de los jesuitas–, respondería por el ilícito cometido por fallas de sus sistemas.

En el primer hecho, o sea, el de los retiros por cajero automático, manifiesta Colmena que las operaciones fueron realizadas exitosamente con la información contenida en la banda magnética de la tarjeta débito que me entregó, y con el conocimiento de la clave. Es decir, se me atribuye toda la culpa, a pesar de que no estuve en la ciudad donde se retiró el dinero, manejo la tarjeta y su clave con absolutas medidas de seguridad (esto tengo que saberlo como gerente de banco que fui durante largos años) y nadie más conoce la clave o utiliza mi tarjeta.

En la segunda situación, o sea, el fraude por internet, Colmena esgrime un argumento similar. Tesis sin ninguna validez y que parece ser, como en el hecho anterior, la respuesta automática para todos los clientes reclamantes. Además, manejo la clave de internet en forma exclusiva, la conservo con toda seguridad y permanezco buena parte del día en mi apartamento, dedicado a las labores de escritor y periodista. Este doble fraude (por cajero automático y por internet) pone de presente cuán vulnerables son los sistemas de Colmena.

Habría que concluir que el cliente de esta entidad está desprotegido. Aun así, los mandos medios que dan respuestas recursivas a las quejas que presenta la clientela  parecen ignorar que la mayoría de los fraudes son ejecutados por bandas que usan sistemas muy sofisticados para llevar a cabo sus propósitos criminales. También parecen ignorar que algunos ilícitos se realizan con complicidad de empleados de las propias entidades financieras.

Entre los derechos de los consumidores financieros consagrados en la ley 1328 de 2009, se establece el siguiente: “Recibir productos y servicios con estándares de seguridad y calidad”. A los bancos, por supuesto, les corresponde brindar sistemas confiables para que los usuarios no sean asaltados en su buena fe cuando confían a un banco la guarda de sus depósitos.

Conozco varios casos idénticos al mío en los que la entidad (Banco de Bogotá, Davivienda, BBVA., que recuerde) ha respondido por la defraudación, sin someter al cliente al tortuoso y penoso camino que he tenido que recorrer en Colmena por espacio de cinco meses. El de malas fui yo.

El Espectador, Bogotá, 8 de julio de 2010.
Eje 21, Manizales, 9 de julio de 2010.
La Crónica del Quindío, Armenia, 11 de julio de 2010.
Noti20 del Quindío, Armenia, 12 de julio de 2010.

* * *

Comentarios:

A mi esposa le sucedió lo mismo que a usted con el Banco Colmena. Le hicieron  cuatro retiros de su cuenta de ahorros por cajero electrónico de Barranquilla, cuando la cuenta es de Bogotá. Procedimos de inmediato a hacer el reclamo y nos contestaron de la misma manera que a usted. Como usted lo dice, es una proforma dado que esto al parecer se presenta con muchos clientes. Carlos Orlando Ramírez Santana.

En dos ocasiones hemos sido robados a través de internet. La cuenta es de Bancolombia, quien «previa investigación» ha devuelto la totalidad del fraude a nuestra empresa. Sin embargo es muy importante que usted alerte a los lectores, porque este fenómeno aumenta cada día. Jorge Iván Arango H.

Yo perdí en el 2008 $ 19 millones de pesos de mi cuenta en el BBVA. Pagaron durante tres días cuentas de teléfonos celulares por ese monto. Yo nunca había efectuado un pago en línea. No valió todo lo que reclamé. Y tiré la toalla, como se dice en el argot popular. Me dijeron en todos los tonos que yo le había dado a alguien la clave porque todas las operaciones se habían realizado exitosamente. Esta es la frase de cajón. La gerente de la oficina  donde tenía mi cuenta sabía que soy pensionada del Banco de Bogotá y los últimos seis años fui gerente de una oficina de Granahorrar. Así que mal podría no saber las condiciones de confidencialidad y cuidado con las claves y las tarjetas. Qué injusticia. A. Bornacelli.

En el BBVA me robaron la suma de $2,3 millones a través de internet, transfiriéndola de mi cuenta a una cuenta de Santa Marta del mismo banco. Coloqué la denunca en la Fiscalía,  coloqué reclamación en el BBVA y en la Superintendencia Bancaria. La Fiscalía no ha hecho nada, y el BBVA me respondió que la culpa era mía y no me devolvió nada. La Superintendencia le dio la razón al BBVA. Por lo tanto esa platica se perdió. Ricosblanc.

Parece ser que los reclamos son respondidos por personas sin criterio, debido a que las respuestas son tan superficiales. Esas respuestas no tienen en cuenta que los dineros están asegurados y que la entidad solo perdería el deducible, pero las entidades no quieren perder ni el deducible. Se las quieren ganar todas. Yilain.

Yo también he sido víctima de un robo a través de cajeros electrónicos y tenía mi cuenta en Colmena. El robo se llevó a cabo en una ciudad que dista mucho de la ciudad donde resido y que no he visitado. Colmena me respondió haciéndome saber que la culpa es mía. Es muy probable que haya complicidad de funcionarios de la misma entidad. Andrés Vinasco Lalinde.

El legado de Uribe

viernes, 25 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No serán los tiempos actuales, cargados de sectarismos y de odios políticos, los que den el veredicto justo sobre el presidente Álvaro Uribe Vélez. La Historia verdadera, la que permite definir con nitidez la imagen de una época o de un personaje, solo se decanta después de largos años.

Siendo uno de los presidentes más controvertidos de la historia colombiana, su gobierno ha estado sometido, a veces bajo el impulso de ciegas pasiones, a diatribas, injurias, falsedades y toda suerte de ataques exaltados, cuando no agresivos. Zaherir la dignidad de su investidura y de su persona se volvió una moda nacional. Cuando el país (hablemos más bien de una masa de la opinión pública) llega a tales extremos, es porque algo grave le está sucediendo a la sociedad.

Pero por encima de torpes y apasionadas ofensivas, está el sano sentir de la inmensa mayoría de los colombianos. Pocos presidentes terminan su función –en este caso tras ocho años de infatigable y digno desempeño– con más del 80 por ciento de popularidad. Si así se expresa el país, es porque la excelencia no admite duda. Este dictamen no es de última hora, sino que ha sido la nota constante, con ligeros altibajos, a lo largo de todo el mandato.

Resulta irónico que mientras algunos ciudadanos vienen dedicados a censurar al Presidente, imputándole cuanto entuerto sea dado enrostrarle, otros países ponderan y envidian los éxitos logrados por Colombia. Este voto sale lo mismo de pequeñas que de grandes naciones, y esto lo saben los detractores que en el propio suelo colombiano se empeñan en sostener lo contrario.

Hace apenas pocos días, The Washington Post calificó a Uribe “como uno de los presidentes más exitosos de Latinoamérica, que levantó la economía, fortaleció al Ejército y aplastó a las Farc. Y que, al aceptar la sentencia de la Corte sobre el no a la tercera reelección, deja tras de sí un sistema democrático sólido”.

Cuando Uribe asumió el poder hace ocho años, Colombia estaba al borde de la hecatombe (palabra suya muy apreciada), con la inseguridad pública adueñada de todo el país, las carreteras tomadas por las guerrillas, la economía postrada, el prestigio internacional deteriorado, y como si esto fuera poco, con las Farc a punto de apoderarse del Gobierno.

Habíamos perdido la fe en las autoridades, y con ella, la esperanza. No puede haber nada peor para la democracia que un país desesperanzado. De la desesperanza a la desesperación hay corto trecho.

Y llegó el líder decidido a salvar a Colombia de la hecatombe, con la mira muy clara sobre la ruta que debía seguir. No le temblaron la voz ni el pulso para poner contra la pared a los subversivos, medida prioritaria –e inaplazable– que era preciso acometer para rescatar el territorio nacional y devolver la confianza a los colombianos. Sus acciones, a partir del propio día de su posesión, fueron no solo fulminantes e intrépidas, sino certeras y contundentes. Operaciones milimétricas como Fénix, Jaque y Camaleón (esta última realizada en postrimerías del mandato) demuestran hasta qué punto llegaron el profesionalismo y la firmeza militares que se habían dejado debilitar.

El rescate de prisioneros, la captura y deserción de guerrilleros, el cerco y atrofia de los mandos subversivos –cada vez más apocados– son clara demostración de que la guerra está llegando a su final. “Su tiempo se ha agotado”, advirtió Santos a los subversivos: el presidente electo y continuador de la política de seguridad democrática. De 16.000 o 18.000 guerrilleros que existían en 2002, se ha pasado a 6.000 u 8.000 en la actualidad.

Sin embargo, la fiera sigue viva. Busca cualquier descuido, vacilación o debilidad para recuperar el terreno. De hecho, ya se ha visto un resurgimiento guerrillero en algunas partes del país. No se puede bajar la guardia. Las bases están puestas por el gobierno de Uribe para que su sucesor continúe la tarea. Lo cierto es que el país respira hoy con mucha mayor tranquilidad que hace ocho años, cuando llegó un Presidente providencial que habló claro y con valentía, quiso la paz y extenuó a la guerrilla.

Se equivocó en algunos aspectos, pero nunca obró de mala fe. Ejerció actos claros y enérgicos, a la par que prudentes y reflexivos, ante países hermanos que le declararon hostilidades por el solo hecho de defender nuestra soberanía. Hoy, el ambiente es propicio para que las relaciones se restablezcan en el futuro inmediato. Por otra parte, se mantuvo en permanente contacto con el país a través de los consejos comunitarios, donde escuchaba quejas y resolvía necesidades.

Fue un Presidente sin fatiga ni descanso. Tal vez esto lo llevó en ocasiones a la excitación y a las salidas de tono. Su imagen impactó al mundo. Por encima de todo, estaban para él la salud de la patria y el bienestar de los colombianos. Juan Manuel Santos tendrá que buscar, por supuesto, correctivos para algunas fallas, y marcar otro estilo. Gobernar no solo es acertar: también lo es equivocarse, pero reconociendo y enmendando los errores.

Uribe entra a la galería de los grandes presidentes de Colombia. Su liderazgo es incuestionable. Y su legado, trascendental para todos los tiempos.

El Espectador, Bogotá, 29 de junio de 2010.
Noti20 Quindío, Armenia, 30 de junio de 2010.
Eje 21, Manizales, 1° de septiembre de 2010.