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Archivo para la categoría ‘Panorama nacional’

La era de Santos

jueves, 17 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Creer que Mockus gana la elección presidencial el próximo domingo, como todavía lo pregonan algunos columnistas desenfocados y lo martillan por internet algunas voces rezagadas, es pensar con el deseo y no con la realidad.

La opinión contundente que expresó la inmensa mayoría de los sufragantes en la primera vuelta, sumada a los nuevos hechos que han ocurrido en las tres semanas siguientes, hacen presagiar el triunfo holgado de Santos. La campaña del voto verde, que se mostraba como un fenómeno político difícil de detener, y que ganó sorpresivas y voluminosas adhesiones, se fue desinflando al paso de los días por carecer de coherencia, de claridad y de la fuerza necesaria para convertirse en real fórmula de salvación nacional.

Para conquistar el voto ciudadano no es suficiente ser transparente, que tal es la divisa principal del profesor Mockus (la que de tanto repetirse se volvió machacona y perdió eficacia). Tampoco lo es arremeter contra la clase política, ni abominar de los vicios y corrupciones incrustados en el Gobierno, ni ofrecer paraísos de decoro y prosperidad. Esto de considerarse el único dueño de la verdad y el dechado absoluto de la honestidad, al tiempo que se despotrica contra el resto de los mortales y se hacen recaer en el presidente Uribe todos los males existentes, es errar la puntería.

A través de los diferentes debates, donde se escucharon ideas y propuestas, se fijaron criterios y planes de gobierno, se diferenciaron estilos e identidades, se destaparon aciertos y desaciertos, la opinión pública fue madurando sus preferencias y rechazos, hasta forjarse, más allá de los pregones y los artificios publicitarios, la imagen del candidato que más llenaba los propios ideales. El derrumbe de Mockus en la primera vuelta, después que las encuestas le daban el triunfo o el empate técnico, obedeció, sin duda, a la fragilidad de sus planes y a las imprecisiones, ambigüedades o deslices que cometió.

El candidato verde sembró desconfianza por sus planteamientos inconsistentes sobre temas neurálgicos del país, como el de su admiración por Chávez, la posibilidad de extraditar al presidente Uribe al Ecuador, el manejo de la guerrilla, el alza de impuestos. Salido de cauce, ofreció explicaciones o rectificaciones poco convincentes, y cada vez se enredaba más. Se le vio no solo impreciso y dubitativo, sino  desconectado de puntos esenciales sobre la seguridad democrática (recuérdese su anuncio de reducir las fuerzas militares), y como si fuera poco, carente de conocimientos técnicos sobre el manejo de la economía.

En la primera vuelta, las urnas registraron una notable distancia entre los dos candidatos con mayor votación. Es posible que esa diferencia se agrande en la segunda. Haber visto el país entero, la noche del escrutinio, al candidato perdedor lleno de agresividad y coreando estribillos ofensivos y viles –indignos, por supuesto, de la cultura ciudadana que él mismo predica–, le hace perder puntos en el resultado final que se aproxima.

Días después, en una confrontación televisada entre ambos candidatos, Mockus repitió su actuación retadora y pugnaz. Con el mesianismo que lo acompaña, hizo blanco de sus dardos en el presidente Uribe, en su equipo de funcionarios y, desde luego, en Santos, a quien calificó como una copia reducida del Presidente, al ser continuador de sus políticas esenciales. Mucha gente sabe que estos desbordes orales nacen del temperamento del personaje, pero no por eso considera adecuada su conducta histriónica y teme que tales gestos se reflejen en el serio manejo gubernamental.

Hay que admitir, sin embargo, que se trata de un ilustre hombre público, de un ciudadano ejemplar que en general obtuvo buena nota en sus dos alcaldías y que ha dado muestras de honradez en la vida pública. Sus críticas contra la politiquería, la corrupción, los asaltos del erario, las desviaciones éticas y morales, son válidas y le hacen bien a la democracia. Servirán de norte para que el próximo Presidente, incluso si lo fuera él mismo, sepa encauzar sus actos.

Todo parece indicar que la segunda vuelta será ganada por Juan Manuel Santos por amplia mayoría. Su paso brillante por los ministerios de Comercio, Hacienda y Defensa representa valioso ejercicio de la vida pública. Experto en economía y con alta visión sobre los graves problemas que atraviesa Colombia en los campos del empleo, la salud, el campo, la vivienda popular, la pobreza y la miseria, tendría el reto de buscarles remedio pronto y eficaz a estas calamidades.

Su experiencia en el control de las guerrillas permitiría que los planes trazados por el presidente Uribe, que tantos éxitos han logrado para la seguridad de los colombianos, tuviera no solo continuidad en su administración, sino feliz culminación. Cabe esperar que en su gobierno se normalizarían las relaciones con Venezuela y Ecuador, como soporte para la armonía entre pueblos hermanos y como palanca para incrementar el intercambio comercial.

Sus amplias mayorías en el Congreso (todo lo contrario de lo que acontece con Mockus) sería formidable coyuntura para sacar adelante grandes reformas que favorezcan a las clases más necesitadas y engrandezcan los principios de dignidad y justicia.

Además, tendría la oportunidad de demostrar que es continuador de Uribe en lo bueno, y depurador de lo malo. Los mayores retos en este sentido están en combatir la corrupción, castigar con mano fuerte a los depredadores de la hacienda pública y a los funcionarios corruptos o incompetentes. Todo le sería propicio para hacer un gran Gobierno.

Dijo Maquiavelo: “Ninguna cosa le granjea más estimación a un príncipe que las que las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas”.

El Espectador, Bogotá, 16 de junio de 2010.
Eje 21, Manizales, 16 de junio de 2010.

* * *

Comentarios:

Es un artículo que refleja una realidad política sin ningún tipo de pasión personal, lo cual permite enfocar a quienes lo leemos en la realidad electoral que vive el país actualmente. Juan Manuel Guerrero, Miami, 16-VI-2010.

Su columna es un análisis desapasionado de la realidad política que vive el país después de las elecciones del pasado 30 de mayo, un acertado examen de por qué se desinfló en primera vuelta la ola verde. José Miguel Alzate, Manizales, 18-VI-2010.

Cuando la sal se corrompe

jueves, 9 de diciembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En reciente columna de El Tiempo, Andrés Hurtado García, oriundo de Armenia, se muestra indignado por el nivel de corrupción que vive su patria chica, y que él tuvo oportunidad de detectar con solo tomar un taxi en el aeropuerto y más tarde asistir a un acto programado dentro de las festividades aniversarias de la ciudad.

Por el radio del taxi escuchaba Andrés Hurtado una serie de defraudaciones cometidas por sus paisanos, ante lo cual no pudo ocultar su enojo. Pero el taxista, restándole importancia a esa situación que se ha vuelto rutinaria en el Quindío –y que es la misma que invade al país entero–, le dijo con la mayor tranquilidad: “¡Déjelos, no sufra, que aprovechen su cuarto de hora!”.

En un acto público, sus acompañantes le señalaban a personajes locales que se pavoneaban en la graderías y que eran autores de diversos delitos de corrupción  que permanecen sin castigo bajo la ola de impunidad que ha hecho de Colombia uno de los territorios más corruptos del mundo. Dice el columnista que él los miraba estupefacto, avergonzado de su tierra, mientras los delincuentes de cuello blanco aparecían satisfechos, sonrientes, felices.

Aquí cabe aplicar el pasaje de la Biblia en que Cristo les dice a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra, y si ustedes se corrompen, ¿cómo evitar que se corrompa el pueblo cristiano?”. Eso fue lo que le sucedió al Quindío: con la desviación de la moral pública que protagonizó Carlos Lehder en los años de su infernal imperio económico (1978-1987), las virtudes ancestrales de la región se vinieron al suelo.

Más de veinte años después de aquella nefasta noche de corrupción (que dio lugar a mi novela La noche de Zamira, publicada en 1998), el fantasma de Lehder continúa recorriendo las calles de la querida comarca. Y sobre todo, duerme aún en la conciencia de muchos ciudadanos ávidos de placeres y del dinero dañino. Qué fácil es deformar una obra buena, y qué difícil reconstruirla.

Hoy recuerdo, con el mismo estupor que refleja Andrés Hurtado en su columna, la época aquella de concupiscencia y derrumbe de los sagrados principios que guardaba la ciudad, época en que todo lo compraba el dinero y todo se pervertía bajo su influjo.

Un día me acerqué a un grupo que dialogaba en una esquina de la ciudad. Se hablaba de Lehder. Uno de los contertulios, médico muy prestante, se ufanaba de que el capo le estuviera enviando numerosos pacientes a su consultorio, ante lo cual alguien del grupo le preguntó por la tarifa establecida. El médico le repuso, con visible satisfacción, que era abierta, al precio que él quisiera, y que además la cobraría en dólares, como se lo había indicado la organización de Lehder.

“Yo no soy ningún bobo”, agregó el galeno. Estaba en el cuarto de hora que acentuó el taxista del aeropuerto de El Edén, y que al columnista de El Tiempo lo estremeció.

Ese cuarto de hora fue el que acabó con la moral pública en el Quindío. En aquel banquete opíparo se sirvieron los platos y los vinos más suculentos de la perversión, que se pasaban con las drogas más sofisticadas. Amparado por el falso emblema de benefactor público que fomentaba obras sociales, abría supermercados para las gentes pobres, apoyaba obras pías, dispensaba auxilios al deporte y a los periodistas, compraba gente “incomprable” y se apoderaba de todos los hilos de la ciudad, Lehder montó su imperio desestabilizador y monstruoso.

La corrupción se apoderó de toda Colombia. La moda es hacer dinero rápido, antes de que pase el cuarto de hora. La clase política, antigua guardiana de la heredad, hoy vive ausente de principios. El delito de cuello blanco se pasea por las altas posiciones del Estado.

De los 1.115 municipios del país, 870 están investigados. Se compran y se venden notarías, y gana el mejor postor. Se va a la cárcel, y se sale de ella para seguir en las mismas. El poder es para poder: para delinquir y enriquecerse.

La conciencia colectiva duerme la deliciosa modorra de esas caras satisfechas que vio Andrés Hurtado en Armenia. Mientras tanto, vibra en las almas buenas la sentencia bíblica, que destroza los oídos: Si la sal se corrompe, ¿cómo evitar que se corrompa el pueblo colombiano?

El Espectador, Bogotá, 7-IX-2009.
Eje 21, Manizales, 7-XI-2009.

* * *

Comentarios:

Conocí a Andrés Hurtado desde que era yo muy niño. Entré a estudiar al Colegio Champagnat (antiguo Instituto del Carmen de los hermanos Maristas) a hacer kínder. Andrés siempre ha tenido un temperamento crítico, activo, altruista, ambientalista, en fin, un personaje con tantas cualidades que el ser contestatario se suma a las mencionadas, ya que lo hace de forma directa, sin tapujos, altivo y con la justa razón de las cosas. Ando un poco desconcertado, algo confuso y con mucho desánimo por la cantidad de corrupción existente. Todo el mundo quiere llegar a los 40 con casa, carro, beca, y no hacer nada más en la vida, cuando lo más bello es poder construir una vida honesta. Ricardo Hernández Rodríguez, Bogotá.

Tu columna es como la punta de la flecha clavada en el corazón, sin posibilidades de liberarse de ella. Cómo nos duele la patria sumida en la corrupción. Inés Blanco, Bogotá.

 

¡Qué difícil gobernar a Colombia!

jueves, 9 de diciembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Alpher Rojas Carvajal, director de la Corporación de Estudios Sociopolíticos y Culturales Colombia Plural –y años atrás, director del Instituto del Pensamiento Liberal durante el período 2003-2007–, pide mi opinión sobre su artículo La responsabilidad política de un presidente, publicado en la página virtual del organismo que él preside.

Tuve con Alpher Rojas Carvajal franca amistad durante los años 70 y 80 del siglo pasado, durante mi estadía en Armenia, cuando él era destacado periodista e ideólogo político. En tal carácter invitaba a la ciudad a controversiales figuras nacionales que dictaban conferencias sobre temas de interés público. Recuerdo, entre ellos, a Hernando Agudelo Villa y Fabio Lozano Simonelli.

Años después –en el 90–, Alpher era el secretario privado del alcalde mayor de Bogotá, Juan Martín Caicedo Ferrer. El amigo de provincia había alzado vuelo en el panorama nacional. Después iría a dar a las Naciones Unidas. Estudioso de tiempo completo, se había graduado en periodismo, administración pública, sociología, literatura e historia.

Una vez que nos entrevistamos en la Alcaldía Mayor de Bogotá, salí cargado de su despacho con un tesoro inestimable: tres tomos gigantes de la Historia de Bogotá, redactada por Alfredo Iriarte, y cuatro tomos de la llamada Biblioteca de Bogotá, con textos históricos de José María Caballero, Mario Germán Romero, Eduardo Caballero Calderón y Andrés Samper Gnecco. Siempre he conocido a Alpher como hombre de cultura.

Por aquellos días publicó, con prólogo de Daniel Samper Pizano y la presentación de Antanas Mockus en un escenario bogotano, el formidable libro de su autoría, de ensayos y crónicas, que lleva por título “Grandes imágenes”. Esta incursión en la literatura, que en ese momento tenía impulso en el ánimo de mi caro amigo, quedó trunca. Temo que su tarea en el campo ideológico, que le absorbe buena parte de su tiempo, lo haya alejado de las letras.

Ahora me solicita, como arriba dije, un comentario sobre su reciente nota periodística. Aquí va la respuesta con que contesto su correo electrónico:

* * *

He leído con mucha atención tu importante artículo. Tus ideas son respetables. Mantengo alto concepto sobre tu capacidad intelectual. Lamento sí que te hayas alejado de los predios de la literatura, en los que tuviste notable desempeño. Hoy tu prioridad es la ideología política, y por cierto ocupas alto nivel en este terreno, que te admiro. En lo concerniente a los juicios que haces –y vienes haciendo– sobre el estado actual del país, habría que mirar hacia atrás para ver si los gobiernos anteriores fueron mejores. Dices en tu ensayo:

“Colombia, en lo que va corrido de este siglo ha metabolizado modelos depredadores, normatividades complacientes y jurisprudencias exculpatorias que, de alguna manera, son extrañas a nuestra personalidad histórica y que generan las condiciones de exclusión y fractura social en que se asienta el modelo de desarrollo violento actualmente en boga”.

De esta manera, enfocas la lente solo hacia lo que ha ocurrido en los años recientes, y sitúas la responsabilidad de los problemas nacionales en el gobierno de Uribe. ¿Y los otros gobiernos?

Hay una cosa cierta: el deterioro de la clase política viene desde hace largo tiempo, y esta decadencia se ha sentido, también desde hace muchos años, en todos los gobiernos. La corresponsabilidad es de todos. Y la víctima, el pueblo colombiano. ¿Soluciones? Qué difícil proponer medidas salvadoras cuando la moral pública está tan degradada. Qué difícil diseñar un modelo presidencial cuando los principios han caído hasta abismos tan insondables.

Qué difícil forjarse un líder ideal para que salve la patria, si de lo que carecemos es de líderes. La falta de liderazgo es uno de los problemas más serios del país. Nadie puede negar que Álvaro Uribe Vélez es uno de los grandes líderes que ha tenido Colombia. Muchos países quisieran darse el lujo de un Presidente de las calidades del nuestro. La inmensa mayoría de los colombianos así lo aprecia, pero la pasión política de muchos que se oponen a su mandato y buscan por todos los medios  impedir su reelección, distorsiona la realidad y oscurece el panorama nacional.

Bolívar, el gran líder de la emancipación americana, sufrió iguales injurias, odios, deslealtades y deformaciones de la verdad que los que se le infligen a Uribe. Los  adversarios del Libertador, movidos casi siempre por la venganza, la ambición, las intrigas, la idea de destrucción, se confabularon, como ahora ocurre con Uribe, para no dejarlo gobernar. Sin embargo, todos sabían, hasta sus más virulentos enemigos, que en momentos de grandes crisis era el único que podía salvar a la República. Él era consciente de esas conductas malsanas, y por eso se llamó “el hombre de las dificultades”. La calificación también le cabe a Uribe.

La democracia colombiana y los seguidores de Uribe no pueden periclitar ante el sectarismo político que invade la hora actual. Se volvió moda hablar mal de Uribe. Y negarle todo mérito. Por desgracia, la moda es contagiosa. Mientras tanto, hay que seguir luchando. Y hacer de la esperanza un tónico de vida.

No nos salgamos, Alpher, de esta triste verdad, que estoy seguro que tú compartes: ¡Qué difícil es gobernar a Colombia! La encrucijada no solo es de Uribe: es, sobre todo, de la gente de bien –la inmensa mayoría del pueblo colombiano–, que busca el mejor camino en medio de tantos programas ilusorios que se proponen, y que no llevan a puerto seguro. Esto, por supuesto, no se opone a la sana lucha ideológica. Lo importante es que la controversia se ejerza con altura y sentido patriótico.

El Espectador, Bogotá, 24 de octubre de 2009.
Eje 21, Manizales, 25 de octubre de 2009.

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Comentarios:

Ciertamente, qué difícil gobernar a Colombia cuando hay tanta corrupción oficial.  Sobre este tema de la corrupción, no de ahora, sino de antes, ya había hablado nuestro común amigo Otto Morales Benítez. Se refería a la anterior Constituyente cuyos textos pasaron a un Congreso corrupto que le cambió  su conveniencia, como ocurre en Honduras. Ramiro Lagos, Greensbore (Estados Unidos).

La controversia actual sobre una nueva reelección del presidente Uribe es que lo llevaría a completar 12 años continuos de gobierno, los cuales se podrían prolongar a 16 o 20.  Mi pensamiento liberal y mi condición de observador político riñen con la idea de un nuevo período presidencial del doctor Uribe. No estoy de acuerdo en que si las encuestas señalan la popularidad del presidente alrededor del 65 por ciento, esa sea razón suficiente para su pretensión de mantenerse en el poder. No deja de ser un poco desconcertante que un presidente que llegó al poder luego de una corta, pero rápida carrera política, frustre  la posibilidad de otros compatriotas de su misma generación.  Gustavo Valencia García, Armenia.

Para mí Uribe más que un salvador es un presidente que le cabe el país en la cabeza. Es un gran gerente. Le veo algunos problemas, pero no puedo dejar de desconocer que es un trabajador incansable y que pone todo su empeño en lograr lo mejor. Ha tenido fallas. Mientras sigamos pensando, y eso no es culpa de él, que las cosas se consiguen por la vía más fácil, vamos a ser un país estancado y con los problemas de siempre. Eso que usted llama corresponsabilidad no se tiene en cuenta y vivimos con daños sucesivos y quizás progresivos. Ricardo Hernández Rodríguez, Bogotá.

Es importante manifestarte que en mi nota no hay «juicios al presidente Uribe», sólo análisis sociológicos y enfoques politológicos que intentan prescribir situaciones generadas en acciones de gobierno. En relación con nuevos libros, en efecto he escrito alrededor de cuatro, que son ensayos académicos de circulación institucional. Y estoy concluyendo una larga investigación que pretendo denominar «La ciudad desnuda o la destrucción de la experiencia», en relación con los impactos sociales, culturales y éticos del terremoto de 1999, en el Eje Cafetero. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

El artículo hace en forma elocuente, sencilla y a la vez profunda, una radiografía de la situación actual que se vive en torno a nuestro Presidente y cómo existen motivaciones originadas en al afán del poder de los políticos, que es lo que motiva la mayoría de los ataques al único y verdadero líder que ha tenido Colombia por lo menos desde que yo tengo conciencia. Pedro Galvis Castillo, Bogotá.

Dos operaciones históricas

lunes, 22 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Las Operaciones Fénix y Jaque, realizadas contra las Farc en marzo y julio del año pasado, se convirtieron en el detonante mayor para que los presidentes Correa y Chávez enfilaran sus baterías contra Colombia. Desde entonces no han dejado de agredir al presidente Uribe con toda suerte de oprobios, insultos y amenazas, como si fueran ellos mismos los blancos atacados.

Por supuesto que ambos mandatarios, como simpatizantes de la filosofía del grupo guerrillero y protectores suyos en sus respectivos países, sintieron en carne viva los demoledores golpes propinados por la inteligencia militar colombiana y la Fuerza Aérea. Y han rebuscado cuanto argumento maquiavélico les ha venido en mente para obstruir la labor de nuestro mandatario, y de paso causan hondas grietas en la economía fronteriza de los dos países. Así de fácil se juega contra los intereses de ambas comunidades hermanas.

No solo se sitúan en el perverso campo de enemigos de nuestra soberanía, sino que incitan a otros países, fáciles para acatar sus intentos disociadores, a fin de que se sumen a su causa, como en efecto ha sucedido, cada vez con mayor saña y sinrazón. El grupo de países que gira bajo la presión petrolera del presidente Chávez lo hace más por conveniencias económicas que por causas ideológicas. Pero revolviendo ambas circunstancias, como lo hace Chávez con fines aviesos, se obtiene mayor provecho.

Lo que existe en el fondo, y la sensata opinión pública internacional no lo ignora, es el empeño expansionista de la llamada política bolivariana de que  tanta gala hace nuestro vecino belicoso que se autoproclama, sin pudor, como el segundo Bolívar. ¡Qué diferencia abismal existe entre los dos personajes!

Chávez pretende convertirse en el jefe supremo de los países afines a sus ideas y propósitos, labor que se le facilita por la irrigación de su riqueza petrolera –hoy en declive, pero aún con fuerza suficiente para causar daño–. Para eso acude al manido expediente de las adhesiones antiimperialistas que hacen carrera en el continente. Proclamando la lucha contra el imperio, que tal es su lenguaje fogoso de los últimos días frente a la presunta instalación en Colombia de las bases militares, comete toda clase de desafueros, sin freno en la provocación ni temperancia en el lenguaje.

Correa y Chávez no podrán dejar de reconocer el profesionalismo demostrado por nuestros organismos de inteligencia en la ejecución de las dos Operaciones maestras, que pasarán a la historia y que han desarticulado, de qué manera, el vigor del movimiento guerrillero. Desde luego, no lo hacen en público, porque no conviene a sus tácticas secretas. El mundo entero aplaudió estas acciones valerosas, inteligentes y certeras, difíciles de cumplir en cualquier latitud.

No hay antecedentes de una misión tan perfecta como la Operación Jaque, descrita en forma estremecedora y fidedigna por el abogado y escritor Juan Carlos Torres, cuyo libro ha tenido amplia difusión en varios países. Lo que sucede ahora con la arremetida que Chávez y sus presidentes incondicionales ejercen contra Colombia por el convenio que adelanta el Gobierno respecto a la cooperación militar de Estados Unidos para controlar el terrorismo y el narcotráfico, es consecuencia indudable del éxito logrado por Uribe en su política de seguridad.

Hay que repetirlo: de estas dos Operaciones históricas, que pisaron callos en la vecindad, nace la malquerencia desatada contra el país. Si bien es inaceptable que los presidentes que agitan “vientos de guerra” acudan a procederes de tanta ruindad como los que ahora se viven, la actitud de Colombia debe ser prudente y conciliadora. La diplomacia por encima de la vulgaridad.

La grandeza de Álvaro Uribe debe imponerse sobre estas bajas trapisondas. La historia se encargará de decir dónde estaba la razón.

El Espectador, Bogotá, 13 de agosto de 2009.
Eje 21, Manizales, 12 de agosto de 2009.

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Comentarios:

Muy buen análisis de todo este proceso que vivimos con dolor los que queremos a Colombia y nos damos cuenta de los equívocos de los gobernantes vecinos. Ustedes los periodistas, que son los voceros del silencio del colombiano común, llevan nuestras voces de inconformismo. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Me gustó mucho esta página, y más aún sus últimas líneas: “La diplomacia por encima de la vulgaridad”. Estamos muy mal de vecinos. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Leí con mucho interés y placer su columna sobre las dos operaciones históricas, con la cual no podría estar más de acuerdo. “La diplomacia por encima de la vulgaridad” es un lema que vale la pena atesorar. Por supuesto, me sentí muy honrado por su generosa mención a mi libro sobre la Operación Jaque, que le agradezco de corazón. Le cuento que el 22 de julio pasado lanzamos en Madrid, en el inmejorable escenario del Palacio de Linares (Casa de América), la edición española del libro, que ha tenido muy buena acogida en los medios hispanos y ya está comenzando a leerse en el viejo continente. Juan Carlos Torres, Bogotá.

De hostilidad en hostilidad

lunes, 22 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A tal extremo ha llegado el ánimo ofensivo del presidente ecuatoriano Rafael Correa contra Colombia, que su furia se le volvió una obsesión patológica de difícil sanación. Ya no sabe qué hacer para vengarse de nuestro país por los efectos de la Operación ‘Fénix’, la que  desenmascaró su apoyo flagrante a la guerrilla de las Farc.

Correa aprovecha cuanto motivo le sea propicio (o cree que le es propicio) para vociferar contra Colombia. Pero sus alaridos no producen otro efecto que el de retratarlo como un gobernante desmesurado que, perseguido  por sus propios problemas domésticos y carente de razones para sostener su falacia anticolombiana, escupe a los cuatro vientos su saña rabiosa. De tumbo en tumbo, como lo hemos visto actuar en los últimos meses, su figura se debilita a nivel internacional y local por culpa de sus propios yerros.

No le bastó que los computadores de ‘Raúl Reyes’ revelaran su cercanía y apoyo al grupo guerrillero. Para distraer a la opinión pública, táctica en la que el presidente Correa se muestra como consumado malabarista, se valió de un juez de Sucumbíos que dictó orden de prisión (como si se tratara de un residente en dicho país) contra el ex ministro Juan Manuel Santos como  responsable de la incursión militar, el primero de marzo de 2008, en el campamento de las Farc montado en territorio ecuatoriano. La solicitud elevada en tal sentido ante la Interpol fue denegada por dicho organismo por el claro espíritu político que contiene.

Vino luego el video del ‘Mono Jojoy’ que devela el apoyo económico prestado por las Farc para la campaña presidencial de Correa. Video que, a pesar de su contundente evidencia, el pugnaz mandatario pretende desvirtuar con el manido argumento de que se trata de un montaje. Y busca que el pueblo le crea. Pero la opinión pública sabe distinguir lo que es cierto de lo que es engañoso. En esto no puede existir duda.

Este pueblo hermano de Ecuador, con el que nos unen tantas cosas buenas, tantos ideales e intereses mutuos, mira estupefacto, al igual que nosotros, esta etapa distorsionada de la historia contemporánea que se ha salido de madre a merced de la intolerancia y la insensatez de ciertos gobernantes. No se está luchando por causas justas, sino que se obra con la sinrazón dictada por el egocentrismo y el odio visceral.

En los ojos de la historia ha quedado nítida la mirada rencorosa del presidente Correa frente al gesto gallardo del presidente Uribe, en célebre reunión internacional. Los tiempos futuros se encargarán de dilucidar esta actitud agresiva, que lejos de aminorar, su protagonista ha acrecentado al máximo, incluso con el castigo humillante para las exportaciones colombianas a su país.

Y como si fuera poco, nuestro fortuito enemigo se viene lanza en ristre contra el acuerdo de cooperación militar, en trámite de suscribirse con Estados Unidos, mediante el cual se favorecerá la política de control del narcotráfico y el terrorismo. Nada nuevo ha sucedido, ni va a suceder, diferente a mantener puntos estratégicos para contrarrestar, con la asesoría norteamericana, tales flagelos sociales. Cerrada la base de Manta en Ecuador, se opera su traslado a Colombia, sin que ello implique una amenaza para los países vecinos.

Lo que pasa es que existen presidentes recelosos, siempre en plan de buscar problemas donde no los hay, como Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua. Sus voces se orquestan en contra de Colombia cuando en sus alianzas antiimperialistas confunden los actos de la autodeterminación de los gobiernos con políticas desafiantes para la región, que en este caso no existen.

Y nos amenazan con las armas y la guerra, como si se tratara de un juego infantil. Esta atmósfera movida por el resentimiento y la hostilidad es el peor detonante contra la paz de las naciones. Se espera, por supuesto, que los ánimos exaltados bajen de tono; que haya sentido de convivencia; que se fortalezcan los vínculos diplomáticos y que lleguemos a conquistar los lazos de unión forjados por el Libertador.

La figura histórica de Bolívar, que tanto apasiona a Chávez, ojalá pase de lo teórico a lo real, como emblema y motor para la paz y el progreso regionales.

El Espectador, Bogotá, 27 de julio de 2009.
Eje 21, Manizales, 28 de julio de 2009.

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Comentarios:

Esta clase de artículos ayudan a que tus lectores tengamos la oportunidad de mirar aún más claro el conflicto que estamos viviendo con países hermanos. Olga Lucía Reyes, Bogotá.

Leí tu artículo y fue muy interesante conocer datos que, con tantos detalles políticos, desconocía. Ramiro Lagos, Madrid (España).

Lo que sucede con Correa es que quedó descubierto, o como decimos en Venezuela, “lo agarraron con las manos en la masa”, y ya no puede seguir mintiendo, ni tratar de parecer lo que no es. Todo el mundo sabe que la pandilla de Chávez, Morales, Correa y Ortega es un grupo de narcotraficantes que tienen sus nexos y apoyan a las Farc. Zelaya estaba en lo mismo y ahora se le enredó la cuerda. Imposible que a Correa y demás miembros del clan les gusten las bases norteamericanas en Colombia, porque les harán el tráfico mucho más difícil, pero Colombia tiene el derecho a hacerlo. Además me imagino que los colombianos querrán que llegue al país la paz integral. Mercedes Montero, Nueva York.