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Archivo para la categoría ‘Panorama nacional’

Ritos degradantes

miércoles, 17 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De no ser por el video que muestra el ‘bautizo’ a que fue sometido un policía aspirante a carabinero, la escena en que sus propios compañeros lo cubren de excremento de caballo y lo obligan a ingerirlo no hubiera sido conocida por la opinión pública.

Este video, grabado con un teléfono celular, fue transmitido al país por Noticias RCN y después divulgado por los periódicos. Es fácil deducir que quien tomó esas escenas estaba presente en la ceremonia de ingreso del aspirante, y al no estar de acuerdo con los métodos empleados, los denunció llevando a la emisora la prueba de ese acto de brutalidad.

Lo que exacerba el ánimo es saber que al frente de la operación se hallaba un mayor de la Policía, o sea, un oficial de alta graduación. Aunque se encuentra adecuada la reacción del general Naranjo al condenar el acto y luego destituir al oficial, queda flotando la duda sobre si tales prácticas en la institución policial, lo mismo que en las Fuerzas Militares, ha subsistido por falta de mayor claridad y energía de los mandos superiores.

Las escenas son atroces: al policía se le muestra desnudo, rapado, y es llevado a la fuerza por sus compañeros, mientras el que parece ser el superior le tapa la nariz y lo obliga a comer el excremento, como paso previo del acto final, el de la graduación, donde se le cubre por completo de boñiga. Qué horror. Podría pensarse que los hechos sucedieron en un antro de fieras y no en una dependencia de la Policía.

No todo lo que se ejecuta en los cuarteles es conocido por los superiores, y a veces procedimientos crueles como el señalado se vuelven corrientes, o reglamentarios, entre otras cosas porque esas prácticas inhumanas han sido adoptadas a través de los tiempos como sistemas de formación, dizque para enseñarle a la gente de armas a ser dura.

Qué concepto tan equivocado: en lugar de la dureza o la educación del carácter, tales despropósitos pueden inculcar la violencia, la ordinariez, los ademanes despóticos, conductas que más tarde influirán en el trato con los demás y crearán estados peligrosos en la sociedad.

Y dejan secuelas sicológicas, pues la humillación y la tortura, al degradar al individuo, crean resentimiento. Tratando de que el hombre sea ‘macho’, como sin duda es lo que pretenden estos métodos antinaturales, al ofendido se le vuelve salvaje, con un resultado desastroso: el maltrato que a él le dieron, buscará ejecutarlo en otras personas cuando tenga mando.

En el pasado reciente se ha sabido de soldados insolados bajo la orden de algún oficial o suboficial que se extralimitaron en sus funciones; o de soldados torturados, como ocurrió con veintiuno de ellos durante ejercicios de entrenamiento en el Tolima; o se ha conocido el infame capítulo, sucedido hace muy poco tiempo en Bogotá, de dos menores de edad quemados con gasolina en una estación de policía.

Ahora ocurre el ‘bautizo de sangre’ con que fue recibido este policía indefenso, pero consciente de lo que iba a sucederle (¿cómo protestar si esa era la regla establecida?), a quien, a manera de inri oprobioso, lesivo para su dignidad y su hombría, se le advirtió que “el honor de ser carabinero cuesta”.

Lección difícil de asimilar, e inexplicable dentro del grado de civilización y profesionalismo a que ha llegado la Policía Nacional, tan diferente al de viejas calendas. Por desgracia, algunas mentes retrógradas enturbian, con tales procederes apartados de la razón y prohibidos por las normas internas, la imagen de la institución.

La categórica manifestación del general Naranjo al afirmar que “la Policía Nacional se siente lastimada con la conducta de un individuo que es indigno”, deja la confianza de que en adelante, como tiene que ocurrir, no volverán a repetirse estos hechos bochornosos.

El Espectador, Bogotá, 23 de febrero de 2009.
Eje 21, Manizales, 24 de febrero de 2009.

* * *

Comentarios:

Tu página es una denuncia frente a la violación de los derechos humanos, de la dignidad. Todos los días me decepciona más la degradación que alcanzan algunas personas cuando llegan a tener poder. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Yo detesto profundamente este tipo de rituales. El mundo está plagado de rituales absurdos que se defienden culturalmente. Por ejemplo, el caso de la tortura de toros que llaman corridas de toros y que enloquece a millones de personas. Es un ritual horroroso, donde la gente goza con la tortura en diferentes formas de un pobre animal que se ha entrenado para atacar sin casi ninguna posibilidad de salir vivo y cuyo mejor triunfo es morir asesinado por un torero al que toda una plaza endiosa como un héroe. Universitario.profesor (correo a El Espectador).

Este no es un hecho aislado, y confirma que se trata de una “rutina normal” de estos héroes de la patria. Estos sujetos son los encargados de salir a las calles a imponer autoridad, ante un ciudadano inerme y desarmado. Los atropellos que a diario cometen con el ciudadano de a pie son un fiel reflejo del trato que reciben de sus compañeros y jefes castrenses. Alejandro Santiago (correo a El Espectador).

¡Qué hecho tan bochornoso! Esto y la quemada con gasolina de dos muchachos desnudan una verdad: si no la institución policial, sí hay enfermos mentales de alta peligrosidad allí infiltrados. Ramiro Quiroga Ariza (correo a El Espectador).

El asunto no debe agotarse con la destitución del oficial, sino que son menester dos respuestas y acciones: una, investigación disciplinaria por ofensa a la dignidad de la persona; otra, revisión total de la política de formación de policías. Eliaschacon (correo a El Espectador).

Terriblemente aberrante el bautizo del carabinero; queda muy mal parada la Policía. María Mercedes Ayala (correo a El Espectador). 

Estos ritos se llevan a cabo en las “fraternidades” universitarias o en las academias militares. Se han documentado muchas desgracias a raíz de esas prácticas enfermizas. El ser humano llega a muchos extremos bajo el nombre de rituales que llevan a la conclusión de que hay mucho margen para el sadismo. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

El ángel de los ojos tristes

lunes, 8 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En ninguna de las fotos de Luis Santiago Lozano, de 11 meses de edad, que en estos días ha publicado la prensa con ocasión de su asesinato a manos de su padre, en las condiciones más bárbaras de crueldad, aparece la sonrisa del niño.

Por el contrario, la expresión de su rostro tenso transmite la idea de que en su niñez  no existía ningún motivo para jugar y reír. El ambiente que rodeó los 11 meses de su existencia desolada y de su niñez inútil, carentes de ternura y complacencias, era de absoluta dureza: por una parte, estaba el padre despiadado que hizo de la sevicia un canal para vomitar la bilis de sus entrañas, y para quien su propio hijo representaba un estorbo; y de la otra, la madre asustada por el trato salvaje del hombre, la cual luchaba, en medio de la pobreza y la nimiedad de su destino, por infundir alegría a su ángel de los ojos tristes.

Imposible pretender que un hogar en tales condiciones pueda traer al mundo niños para la felicidad, y ni siquiera para eventuales instantes de contento, ya que en las almas mustias de esos infantes castigados por el desequilibrio de sus padres no puede germinar la legítima flor de la alegría. Esos niños no poseen aún capacidad para comprender la realidad, pero sienten la maldad humana. El corazón es el mayor receptáculo de las emociones.

Tanto el alma del niño como el alma del adulto saben distinguir los sentimientos de amor o de odio de las personas que los rodean. Para el niño de Chía estaba cerrado el manantial de la risa, porque su mundo estaba constreñido por la presencia de un sicópata.

Su padre no lo quería, y el bebé lo sabía. Lo escuchaba vociferar, y maldecir, y ultrajar, y él lo miraba con esos ojos inmensos de pequeñez, de estupor y miedo que muestran las fotos de los diarios. Luis Santiago sabía que su padre lo odiaba. Palpaba el odio sembrado en el aire de todos los días. Su tierna edad chocaba contra la rudeza del padre inexistente y brutal, que entraba y salía por la casa campesina de Chía como un ventarrón y una maldición, sin dispensarle un mimo, o llevarle un juguete, o mirarlo a sus ojitos entenebrecidos por el abandono, el miedo y la impotencia.

El padre ficticio era un ser desalmado, en los peores grados del término. Ni siquiera le había dado a su hijo el apellido, porque por su sangre no corrían genes de nobleza, sino torrentes de iniquidad. La misión del hombre responsable que engendra seres para consentirlos, educarlos y hacerlos ciudadanos de bien, estaba ausente del instinto ruin de Orlando Pelayo. Mujeriego irredimible, buscó siempre mujeres de ocasión, a las que seducía con sus maneras falsas, les dejaba hijos a la deriva y luego corría detrás de otra aventura fácil, evitando ataduras económicas y nexos sentimentales.

Al convertirse Luis Santiago en un obstáculo, tanto para él como para la nueva amante que mantenía oculta, decidió desaparecerlo de su vida errátil. Así de fácil jugó con la existencia de una criatura desvalida, sangre de su sangre, pero no pedazo de su corazón. Y además, blanco de su odio satánico, que no cabe ni en el instinto de los animales.

No veamos en este odio nada distinto a un resentimiento social inoculado en la psique quizá desde la cuna por quién sabe qué extraños genes, y que al paso de los días hace que la persona desfogue su pasión criminal en los seres que la rodean.

Un caso más de la demencia que tantas víctimas cobra y que hace clamar a los cielos por la injusticia abismal que, como en el caso de Luis Santiago, cubre de dolor y de sangre a una familia humilde. En esa familia está representada la sociedad entera. Todos somos víctimas, cuando no responsables, de esas fieras sueltas que con apariencia de ovejas son capaces de perpetrar tales acciones monstruosas.

Yo veo en los ojos inmensos con que Luis Santiago nos mira desde las páginas de los periódicos, una mirada enjuiciadora sobre los desvíos del hogar y la maldad de los padres que no asumen su papel de verdaderos guías y defensores de las criaturas que traen al mundo. Son los ojos de un ángel que pagó con su propia sangre ese drama dantesco de la desprotección infantil, que crece en infinidad de hogares pertenecientes a todos los rangos de la sociedad.

El Espectador, Bogotá, 6 de octubre de 2008.
Eje 21, Manizales, 7 de octubre de 2008.

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Comentario:

A mí también me impresionaron los ojos del niño. Pobrecito, cómo debió de haber sufrido en el momento de la muerte. Yo lo vi en los correos horribles que manda la gente, y los ojitos se le cerraron, pero por los golpes que le dieron. ¡Muy lindo poder escribir con tanta sensibilidad! Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Crece la convicción

martes, 2 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A propósito de mi columna La recta final de Uribe, publicada el pasado 9 de junio, un distinguido y apreciado amigo –sociólogo, escritor y periodista, y por otra parte antiuribista visceral– me envió una vehemente carta de rechazo a las tesis expuestas en mi columna, carta en la que además me invita a reflexionar sobre mi postura ideológica y me llama la atención “sobre la necesidad de que generadores de opinión como tú –me dice– piensen más en las dolamas de los pobres y las medidas draconianas que inciden en la vida de las clases medias y pobres, que en el aplauso inmerecido a quienes son causa eficiente de nuestros problemas”.

El reproche de mi viejo amigo no hizo otra cosa que reafirmar mi convicción sobre el magnífico desempeño del presidente Uribe en el manejo de la Seguridad Democrática, y por consiguiente del país –que tal fue el enfoque principal de mi artículo–, y avivar la confianza íntima que abrigo sobre el resultado final de ese programa bandera del Gobierno, incluso mediante la segunda reelección, de ser preciso llegar a esa fórmula combatida por muchos contradictores del Presidente, pero respaldada por la inmensa mayoría de los colombianos.

La respuesta que di en carta del 17 de junio a las aludidas críticas sobre mi columna, cobraría mayor fuerza días después, luego de conocido el fulgurante rescate, que asombró al mundo entero, de Íngrid Betancourt y de 14 rehenes más en poder de las Farc, por el Ejército Nacional. Sería inconcebible suponer este operativo –muy bien bautizado con el nombre de “Jaque Mate”– dentro de las políticas flojas o indecisas de los gobiernos anteriores, y el que solo pudo lograrse gracias a la firmeza, la audacia, la valentía y el liderazgo del presidente Uribe, apoyado, con esos mismos ingredientes, por el Ministro de Defensa y los altos mandos militares.

Dice así mi respetuosa y categórica carta al amigo opositor, cuyo nombre no viene al caso –para evitar inútiles reyertas–, pues de lo que se trata es de sostener unas ideas firmes:

«Con la mayor atención he tomado nota de tus críticas contra el presidente Uribe, las cuales no son nuevas, pues esos o parecidos enfoques los vienes presentando en tus artículos de prensa desde buen tiempo atrás. Soy receptivo a toda clase de planteamientos y controversias, respeto la opinión ajena (incluso la virulenta o la apasionada), defiendo mis propios principios, y aspiro a que los demás los respeten aunque no los compartan, como es el caso tuyo.

«No siento que mi prosa sea forzada cuando trato asuntos políticos. Lo que pasa es que me fluyen más los temas literarios o culturales, pero no soy ajeno a la cuestión social del país. Por el contrario, me duele que exista tanta distorsión de los hechos y que dejen de reconocerse los aportes a la paz hechos por Uribe, una de las figuras más polémicas de los últimos tiempos, y también más emprendedora, más firme en sus ideas y en sus realizaciones, y con mayor criterio sobre las graves falencias de este país violento y tropical que nos tocó en suerte.

«Tiene muchas fallas, claro está. Se le imputan muchas acciones desviadas, del pasado y del presente, que son materia de investigación, y solo el paso de los días habrá de determinar si son ciertas o infundadas. El verdadero dictamen sobre los hombres públicos –de la dimensión de Uribe– solo lo da la Historia veinte o treinta años después.

«Fíjate que Rafael Núñez, más de un siglo después de su fallecimiento, continúa siendo una de las personalidades más controvertidas del país, sobre todo dentro de los liberales. Sin embargo, Indalecio Liévano Aguirre –uno de los caudillos más brillantes de esa colectividad– salió en defensa de Núñez e hizo un concienzudo análisis sobre las circunstancias que lo llevaron a ejecutar actos políticos por los que muchos todavía lo enjuician.

«Por encima de simpatías o adhesiones en el caso de Uribe, está el bien de la Patria. Nadie ha hecho más que él por la paz del país. Eso es lo que le gusta a la gente. De ahí el respaldo abrumador que mantiene en las encuestas. Pongamos en una balanza sus hechos negativos y positivos, para ver qué pesa más, y en qué proporción.

«Bajo esa convicción, apreciado amigo, fue que escribí mi reciente columna en El Espectador, cuya prosa, según anotas, la encuentras “forzada”. Esa es tu interpretación, y yo la respeto. Sin embargo, mi criterio es maduro. Tú me conoces muy bien y sabes que mis ideas nunca han sido vacilantes. Puedo equivocarme, pero soy leal con mis principios y mi conciencia. Te envío un gran abrazo», GPE.

El Espectador, Bogotá, 7 de julio de 2008.

Respaldo a Uribe

martes, 2 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde Miami, el general retirado Manuel J. Guerrero Paz, ex comandante de las Fuerzas Militares y ex ministro de Defensa del presidente Virgilio Barco, me envía la siguiente comunicación a propósito de mi columna La recta final de Uribe. El ilustre ex comandante militar afirma que lo que falta en Colombia es decisión política para acabar con la subversión:

“Durante mi tránsito por la vida pública y particularmente por el Alto Mando Militar, reiteradamente manifesté, también públicamente, que la única vía para derrotar la virulenta violencia que azota desde hace más de cinco décadas a nuestra patria, era la de tomar la ‘decisión política’ de acabar con la subversión, decisión que a lo largo de nuestra vida independiente solamente la tomaron los siguientes mandatarios:

“El general Rafael Reyes en los albores del siglo XX con la fundación de la Escuela Militar de Cadetes y la creación de un ejército regular permanente. Con esto acabó de tajo el enfrentamiento armado entre liberales y conservadores, cada uno de los cuales tenía su ejército político.

“Sesenta años más tarde, el presidente Guillermo León Valencia tomó la ‘decisión política’ para acabar con el bandolerismo que afectaba prósperas regiones del país y a juro que lo logró; su decisión le mereció el título de Presidente de la Paz.

“En los años 80, el presidente Julio César Turbay Ayala, secundado magistralmente por su ministro de Defensa, general Luis Carlos Camacho Leiva, firmó contra viento y marea el Estatuto de Seguridad y con esta ‘decisión política’ aniquiló la insurgencia en el territorio nacional, pero desafortunadamente por maniobras políticas no se explotó el éxito estratégico, y con el mandato de Betancur Cuartas la guerrilla volvió a su reales, envalentonada por la debilidad política del establecimiento

“Uribe, desde que asumió el mando de la nación, tomó la ‘decisión política’ de acabar con la subversión, de izquierda y de derecha,  que prometió en su campaña política, y el pueblo colombiano sin titubear lo eligió con votación abrumadora, que creció en la reelección, porque objetivamente comprobó que Álvaro Uribe Vélez era diferente a los jefes políticos de los partidos tradicionales que no cumplen una sola promesa y lo que han hecho, como resultado de su desidia, ha sido permitir el fortalecimiento de estos facinerosos terroristas que flagelan inmisericordemente a Colombia.

“Por otra parte, es lamentable que no haya un hombre en Colombia de la talla y calibre de Álvaro Uribe Vélez para sucederlo en la Presidencia. Así las cosas, la solución democrática es reelegirlo tantas veces como sea necesario para que le devuelva la paz a Colombia y para que,  como decía el maestro Echandía, ‘podamos pescar de noche’. Manuel J. Guerrero Paz”.

El Espectador, Bogotá, 16 de junio de 2008.

La recta final de Uribe

miércoles, 27 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No se equivoca Osuna en su caricatura de este domingo en El Espectador, titulada Opinión de sobra, en la que pone en labios del presidente Uribe la siguiente frase que dirige a los aspirantes a sucederlo: “Repártanse ustedes el 17% que me sobra”. No podría entenderse esta frase como un acto de jactancia del mandatario, sino que interpreta lo que pensarían los colombianos en caso de consultarles su voto sobre el tema de la reelección.

Varios factores llevan a pensar que si Uribe decide aceptar esta opción que comienza a agitarse con ardor en la vida nacional, su éxito sería holgado. No ahora, sino a lo largo de sus dos mandatos, e incluso en momentos políticos muy difíciles para él, ha obtenido el mayor índice de respaldo popular que ningún otro gobernante haya logrado en mucho tiempo atrás.

El país no olvida lo que hace seis años significaba la inseguridad en las carreteras, en las regiones apartadas y en los propios cascos urbanos. Bajo la constante amenaza del terrorismo, los colombianos no se atrevían a desplazarse de sus lugares de residencia, si no querían exponerse a los atentados y los secuestros, muchas veces con pérdida de la vía. Las ‘pescas milagrosas’, uno de los sistemas más horrendos de intimidación y explotación que ha sufrido la población civil, se volvieron corrientes durante muchos años, sin que las autoridades consiguieran reprimirlas.

Para citar un solo caso que conozco muy bien, la gente dejó de viajar por carretera desde Bogotá hasta las provincias boyacenses del Norte y de Gutiérrez por miedo de ser asaltada en el camino o privada de la libertad por los guerrilleros. Varias de esas poblaciones fueron tomadas por la fuerza, bajo el imperio de la bala y de los cilindros cargados de explosivos.

Cerca de Soatá se dinamitó el puente Próspero Pinzón sobre el río Chicamocha, obra vital para el tránsito automotor y peatonal en aquella lejana geografía, y así quedó incomunicada durante largos meses una extensa región habitada por sufridos ciudadanos que no encontraban respuesta a su desamparo. Hasta que en el gobierno de Uribe se reconstruyó el puente, se instaló un batallón de alta montaña en el nevado de El Cocuy, se exterminó la guerrilla que durante años había sembrado el terror en pueblos y veredas, y se recuperó la tranquilidad hasta el día de hoy.

La lucha sin tregua contra las Farc deja evidentes avances. Desarticulada la acción guerrillera gracias a golpes contundentes de la Fuerza Pública, luego de cinco décadas de violencia desatada a lo largo y ancho del país, se avizora, si no el final de esa guerrilla, sí su deterioro cada vez más palpable. El país respira hoy aires de optimismo y sosiego que nunca antes se habían vivido frente a esta calamidad pública.

El ejercicio que en este campo ha hecho el presidente Uribe de una autoridad nítida, firme y valerosa, sin aceptar condiciones claudicantes que irían en menoscabo de la tranquilidad pública, es el que ha arrojado este triunfo manifiesto que se les fue de las manos a sus antecesores. La guerra no está ganada, pero falta poco para lograrlo.

Enemigos acérrimos de Uribe lo atacan argumentando nexos suyos –en el pasado e incluso en el presente– con el paramilitarismo, pero no han podido demostrar que esa versión sea cierta. En cambio, está a la luz pública que fue él quien le propinó un golpe fulminante a la parapolítica, casi hasta exterminarla.

¿Cómo se entenderían sus supuestas simpatías con los paramilitares si fue él quien extraditó a la cúpula de esa organización a Estados Unidos, cuando continuó delinquiendo desde la cárcel?

La vergüenza que sufre Colombia ante el mundo con un Congreso postrado en el mayor extremo de la corrupción (65 de sus miembros investigados y 30 en la cárcel), es un lastre que se ha generado a lo largo de los años gracias a la acción tolerante de los partidos y de los gobiernos. Destapada la olla, es preciso que venga la depuración moral mediante los correctivos que sea preciso ejecutar,  para que en el futuro las costumbres políticas conquisten el terreno perdido.

En el Gobierno actual, la economía ha tenido saludable resurgimiento. Se restableció la confianza de los inversionistas extranjeros y se han visto programas de envergadura que empujan nuestro progreso. Sin embargo, algunos signos preocupantes, como el de la inflación creciente y el deterioro de algunos renglones de la agricultura, traen malestar y un reto para el gobierno. Además, la llamada ‘yidispolítica’ acarreará no poco malestar para el presidente Uribe, cuando el caso produzca los efectos tempestuosos que se ven llegar.

Hoy la gran incógnita nacional tiene que ver con la segunda reelección de Uribe. Tema candente que no ha encontrado respuesta clara, entre otras cosas por el silencio que guarda el mandatario. Sus opositores, asumiendo que él buscará el nuevo período, esgrimen la teoría de que al prolongarse su mandato se fomentará el poder dictatorial, frenando el desarrollo de la democracia y frustrando la legítima aspiración de otras figuras que esperan el turno.

En la parte constructiva, difícil de aceptar por los críticos acerbos, está la conveniencia de alargar el mandato para que pueda culminarse el programa de liquidar a la guerrilla, o por lo menos atomizarla. Una interrupción en la política de seguridad democrática, que tan buenos resultados ha dado, sería funesta. Nadie mejor para llevarla hasta la recta final que su propio artífice, el presidente Uribe.

Si al pueblo se le presenta esta disyuntiva, a buen seguro que respaldará al líder con alta votación, a sabiendas de que el índice que lo favorece supera, en forma sostenida durante hace buen tiempo, el ochenta por ciento. El pueblo es el que manda.

El Espectador, Bogotá, 9 de junio de 2008.

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Comentarios:

Durante mi tránsito por la vida pública y particularmente por el Alto Mando Militar, reiteradamente manifesté, también públicamente, que la única vía para derrotar la virulenta violencia que azota desde hace más de cinco décadas a nuestra patria era la de tomar la “decisión política” de acabar con la subversión. Uribe, desde que asumió el mando de la nación, tomo la “decisión política” de acabar con la subversión, de izquierda y de derecha, que prometió en su campaña política, y el pueblo colombiano sin titubeos lo eligió con votación abrumadora, que creció con la reelección, porque objetivamente comprobó que Álvaro Uribe Vélez era diferente a los jefes políticos de los partidos tradicionales. Es lamentable que no haya un hombre en Colombia de la talla y calibre de Álvaro Uribe Vélez para sucederlo en la Presidencia. Así las cosas, la solución democrática es reelegirlo tantas veces como sea necesario para que le devuelva la paz a Colombia y para que, como decía el maestro Echandía, “podamos pescar de noche”. General (r) Manuel Guerrero Paz, Miami.

Los colombianos de bien pensamos que debe continuar Uribe y su política de seguridad democrática hasta lograr la derrota final de los enemigos de Colombia y obtener así una paz real que sea duradera. Capitán de navío (r) Jorge Alberto Páez Escobar, Bogotá.

Si una dictadura fuera como es el mandato del señor Uribe, bienvenida sea. El país estuvo secuestrado por la guerrilla y nadie se atrevía a salir de su ciudad por físico miedo a ser secuestrado y ningún otro gobierno se preocupaba por eso. Yo ya firmé por la lista para la futura reelección de este superpresidente, lo mismo toda mi familia. Daniel Ramírez Londoño, Armenia.