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Archivo para la categoría ‘Panorama nacional’

Beligerancia sin sentido

miércoles, 27 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Eludir la verdad revelada por los computadores de ‘Raúl Reyes’, como tratan de hacerlo los presidentes de Venezuela y Ecuador, es lo mismo que pretender ocultar el sol con las manos. Pruebas tan manifiestas como las presentadas por la Interpol, cuya autoridad en el mundo no puede ignorarse, dejan muy mal parados a los dos mandatarios y hacen reflexionar sobre la infiltración de las Farc más allá de nuestras fronteras.

Para nadie era un secreto que las Farc habían extendido sus redes a territorios vecinos bajo el amparo de autoridades complacientes que, como en el caso de Venezuela y Ecuador, las protegían y estimulaban. El ímpetu de los guerrilleros en esta carrera de penetración internacional comenzó a disminuir desde hace seis años con la llegada de Álvaro Uribe al Gobierno.

El mayor éxito suyo contra la subversión ha sido el ataque al campamento de las Farc en territorio ecuatoriano, donde fue abatido ‘Raúl Reyes’ y se encontraron sus tres computadores personales, todo un arsenal de datos que sacó al aire los mayores secretos de la organización, en una impresionante red de comunicaciones.

Documentos escritos, direcciones electrónicas, archivos de imágenes, sonido y video, hojas de cálculo, páginas web, todo en cantidades alarmantes, permanecían resguardados en estos computadores desde muchos años atrás. El material equivale a 39’5 millones de páginas de word, que una persona gastaría más de mil años en leer, si leyera cien por día. Algo monstruoso, claro está.

Luego de exhaustivo examen practicado por peritos de indudable competencia y credibilidad, la Interpol dictaminó que ni los computadores ni el contenido habían sido alterados o manipulados por las autoridades colombianas. Dictamen que no aceptan los presidentes Chávez y Correa, quienes atacan con virulentos calificativos a la mayor institución de policía internacional, de la que son miembros 186 países, incluidos Ecuador y Venezuela.

Al hallarse en estos archivos testimonios que comprometen a los dos presidentes en sus relaciones secretas con las Farc y delatan actos de apoyo económico a la organización guerrillera, y viceversa, Correa y Chávez vociferan en los escenarios internacionales y descalifican, por supuesto, el trabajo que no los favorece. Correa dice que lo tienen sin cuidado lo que piensen Estados Unidos, la Interpol y Colombia sobre los documentos develados, y Chávez, por su parte, compara a los investigadores con un “circo de payasos”.

Al terminar su gira por España, París y Bélgica, países escogidos para enderezar su imagen en Europa, el presidente Correa hizo énfasis en que Ecuador no era un santuario de las Farc por haberse localizado allí el campamento de ‘Raúl Reyes’, sino que se le sacrificaba como víctima, para desfigurar los hechos. Y agregó que el problema de América Latina era Colombia, donde está la guerrilla. Colombia, y no Ecuador, ni Venezuela, ni Nicaragua. ¡Vaya paradoja!

Mientras tanto, periódicos internacionales, como El País de España y el Washington Post, acogen la versión sobre el posible apoyo que las Farc recibieron del Gobierno de Chávez, y sobre el dinero que esa guerrilla habría aportado para la campaña presidencial de Correa. Hay un dicho muy certero que viene al caso: “Quien tiene rabo de paja no se arrime a la candela”.

Chávez y Correa están jugando con el fuego y para ampararse buscan desviar la atención con su sartal de ofensas y amenazas. Los computadores no han hecho otra cosa que destapar verdades ocultas. El mayor mérito de tales revelaciones es el de haber desenmascarado a los presidentes que incentivan el terrorismo en la región suramericana.

Chávez lanzó dardos contra Uribe si propiciaba el proyecto de Estados Unidos de trasladar a la Guajira la base naval de Manta (Ecuador), y precisó: “Venezuela era toda la Guajira. Ese terreno nos lo quitaron. Hay que pedirle a Uribe que reflexione, que se vaya solo por ahí, a un río”. Palabras beligerantes e injuriosas agregan otro conflicto donde no lo hay, y no hacen sino echarle fuego a la hoguera que incendia las relaciones de los países en discordia.

También la senadora Piedad Córdoba, cuya voz arrebatada no puede faltar en estas expresiones hostiles, se va lanza en ristre contra el Gbierno colombiano, como aliada incondicional de Chávez y simpatizante ferviente de las Farc. Ella parece más venezolana en actitud bélica, que ciudadana nuestra con sentido patriótico.

Nada tan deseable como buscar los caminos de la concordia, de la sensatez y la diplomacia para zanjar conflictos y vivir como pueblos civilizados.

El Espectador, Bogotá, 28 de mayo de 2008.

Un símbolo

lunes, 2 de agosto de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Empezando el año, el país recibió un signo de esperanza con la libertad del exministro Fernando Araújo, después de permanecer cautivo de las Farc durante seis años. Este hecho representó un respiro en medio del conflicto armado que perturba la paz de los colombianos desde varias décadas atrás y mantiene sepultadas en los montes, bajo ominosos sistemas de opresión, a buen número de víctimas inocentes sacrificadas por una guerra insensata y atroz.

Un mes después de liberado Araújo, se destapó el escándalo de la ‘parapolítica’, que puso al descubierto, cada vez con mayores lastres, el grado de corrupción de varios parlamentarios en su connivencia con los paramilitares. Lo que se murmuraba en todo el país como una verdad oculta, de un momento a otro explotó como noticia nacional y se transmitió al orbe entero. La imagen de Colombia, con el desvío rampante de su clase política, ha llegado a los peores niveles de afrenta universal. Nunca el descrédito del país, desde el Proceso 8.000 hasta el capítulo actual, había sufrido tales tormentas  de indignidad.

La onda explosiva tumbó a la canciller María Consuelo Araújo, quien, a pesar de no tener mancha propia en este barrizal, queda salpicada con actos ilícitos de familiares cercanos. No sería lo mismo ser ministra de otra cartera que canciller de la República, cargo donde se muestra la cara de nuestro país ante el resto de naciones. La sombra de sospecha que caería sobre su nombre limitaría su campo de acción, y  Colombia sería la perjudicada.

Como un presagio de lo que podría ocurrir, Patrick Leahy, presidente del subcomité que autoriza los fondos para el Plan Colombia en el Congreso de Estados Unidos, hizo un fuerte pronunciamiento sobre el ‘paragate’ colombiano. Triste rótulo nos hemos ganado en los escenarios del mundo. ¿Cómo podría la canciller Araújo desvanecer ante extraños la idea de que ella, por ser pariente de personas llamadas a juicio –y acaso condenadas en el futuro– no está comprometida en tales episodios?

El presidente Uribe, hábil para dar sorpresas con nombramientos imprevistos que caen bien en la opinión pública, designó al exministro Araújo como remplazo de María Consuelo Araújo. Dos Araújos, sin ningún nexo familiar y pertenecientes a partidos contrarios: la una, enredada en problemas ajenos –pero de su órbita familiar– que tienen que ver con la parapolítica, y el otro, salido del cautiverio como símbolo de la lucha contra la subversión. Los dos son símbolos de algo.

Fernando Araújo posee aptitudes para acertar en su cargo y goza de un momento privilegiado para cambiarle el rostro al país en el exterior. Ojalá que así sea. Y que Colombia sea la ganadora.

El Espectador, Bogotá, 24 de febrero de 2007.

Lunares de Bogotá

lunes, 2 de agosto de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Lástima que en la costosa propaganda que el alcalde Garzón se está haciendo un  año antes de concluir su mandato, no pueda incluir tres renglones fundamentales para la calidad de vida de los bogotanos: el tránsito, las calles y el medio ambiente. Lástima que en la costosa propaganda que el alcalde Garzón se está haciendo un  año antes de concluir su mandato, no pueda incluir tres renglones fundamentales para la calidad de vida de los bogotanos: el tránsito, las calles y el medio ambiente. Lástima que mientras Bogotá ha obtenido prestigio internacional como atractivo centro turístico, tengamos que calificarla, por el pésimo estado de sus calles, como la ciudad de los huecos.

Lástima que mientras el New York Times la define como un “lugar fabuloso para visitar”, la polución del medio ambiente sea cada vez más lesiva para la salud. Lástima que mientras Bogotá conquista el premio de la X Bienal de Arquitectura de Venecia (Italia), el caos del transporte vuelva neurótica a la gente en medio del floreciente urbanismo. Lástima que mientras la Unesco la declara como “Capital Mundial del Libro”, los vándalos se roben las tapas de las alcantarillas, creando verdaderas trampas mortales a lo largo y ancho de la ciudad, y nada les pase

Con el emblema de “Bogotá sin indiferencia”, la Alcaldía ha contratado una inmensa y reiterativa campaña para mostrar a los contribuyentes –que somos quienes pagamos los avisos– los lados positivos de la administración. En páginas enteras que se repiten en periódicos y revistas, y que de tanto publicarse ya no se leen, se comunica la reducción de homicidios, de accidentes de tránsito, del robo de carros y de residencias.  

Además, se citan los programas dirigidos a la educación y se resalta que buena parte del presupuesto del distrito ha tenido carácter social. Estos logros, que son evidentes y que la opinión pública ha recibido con beneplácito, no necesitan de semejante despliegue publicitario, similar al de una campaña política. Ojalá se supiera el monto de esa crecida erogación. Al Alcalde se le ha ido la mano en este gasto innecesario. Lleras Camargo, tan pulcro en sus actos de gobierno, decía que las obras se acreditan por sí solas y prohibió que tuvieran ninguna placa de reconocimiento. 

Bogotá está destrozada: no le cabe un hueco más. Los 362 mil millones que aprobó el Concejo para dicha finalidad, y que sumados a recursos del IDU aumentan la cifra a cerca de un billón de pesos, apenas significan un baño de agua tibia para reparar toda la malla vial (7,2 billones de pesos). Y al Alcalde se le termina el período.

Lástima que Bogotá continúe paralizada por el desesperante caos vehicular. Hay que sacar de circulación 8.000 buses viejos, que aparte de congestionar el tránsito contaminan la atmósfera. Pero como los empresarios del transporte tienen poder político e imponen su voluntad, el problema sigue sin solución. Ojalá la recién creada Secretaría de Movilidad no se convierta en una nueva dependencia inoperante.

El Espectador, Bogotá, 2 de febrero de 2007.   

* * *

Comentario:

Jaime Castro cuando fue alcalde se inventó la sobretasa a la gasolina para tener unas impecables vías, tasa que se generalizó por todo el país, y las vías son horribles, con unas pocas excepciones. La sobretasa de Jaime Castro tuvo un nuevo incremento de 5 puntos, y las vías son un desastre. ¿Dónde está el dinero de rodamiento, que es mucho, el dinero de operación de los vehículos de servicio público, el dinero que cobran por matricular un carro, el dinero de las infracciones de tránsito que debe destinarse solamente a la seguridad vial?

Lo más triste es que esos recursos frescos son para tapar huecos, trabajo que solo dura mientras entra el invierno. El asunto no es botar la plata tapando huecos: es levantando toda la capa y repavimentando, y aprovechar esta coyuntura para quitar esos separadores tan mal instalados técnicamente, que reducen la movilidad, generan muchos trancones y una elevadísima accidentalidad. La contaminación del transporte público es una verdadera vergüenza, no hay chatarrización, los carros viejos se varan, contaminan, hacen lento el tráfico.

Una publicación de una página, en un día domingo en El Tiempo, está costando cerca de 20 millones. Qué forma de despilfarrar nuestros impuestos. Estamos mal gobernados. General Orlando Páez Barón.    

Mensaje de optimismo

martes, 27 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Comienza el año con un signo promisorio para el país: la salida a la libertad del exministro Fernando Araújo tras seis años de permanecer prisionero de las Farc en los Montes de María. Según la cuenta rigurosa que llevaba en la selva, su martirio se prolongó por espacio de seis años, un mes y un día, cifra que parece cabalística. Día a día, hasta completar el guarismo señalado, abrigó la esperanza de que su cautiverio encontraría al fin la liberación de las atroces torturas a que era sometido.

Con la fe del montañero, que está bien calificada en su caso, vislumbraba el regreso a la vida, a su familia y a la sociedad, si era capaz de superar el infortunio y mantener la serenidad en el momento que le llegara la hora del rescate o de la fuga. Como practicante del ejercicio físico –disciplina en que fue secuestrado en una vía de Cartagena–, todos los días ejercitaba los músculos y fortalecía el espíritu, pensando siempre que debía desafiar cualquier obstáculo para salir de su cárcel sembrada de espinos y de abrupta vegetación.

El hecho de emprender la huida cuando irrumpieron los disparos del ataque aéreo que buscaba rescatarlo, y luego caminar durante varios días sin contar con agua ni comida y en medio de toda suerte de penalidades, hasta llegar a sitio seguro, representa una verdadera odisea en la historia de las luchas guerrilleras. Cuando para Fernando Araújo todo parecía terminado, su coraje y ganas de sobrevivir rompieron las cadenas bárbaras de su esclavitud.

Llegó extenuado, casi con el último aliento de vida, y se presentó ante el país como la constancia asombrosa de un acto de heroísmo que pocos colombianos pueden realizar en esta guerra fratricida que parece no tener fin, empeñada en la tortura y la destrucción. Los otros 58 secuestrados políticos sienten una lejana esperanza para que su suerte se resuelva con la fórmula del intercambio humanitario. El derecho a la vida debe primar por encima de cualquier otra consideración.

La odisea de Fernando Araújo, en pleno despertar del nuevo año, escribe un mensaje de optimismo que el país debe recibir como presagio esperanzador en medio de las calamidades que nos agobian. Algún hado prodigioso vuela hoy por el horizonte de la patria para animarnos a ser resistentes en la desdicha, hasta conseguir –con la cábala del 6-1-1 que no dejó desfallecer al exministro– derrotar las cadenas que nos oprimen.

El Espectador, Bogotá, 11 de enero de 2007.

El rostro de Omayra

lunes, 19 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Recorrido por Armero un año después de su destrucción (13 de noviembre de 1985). Homenaje perenne a Omayra.

Presentí que me hallaba en proximidades de Armero por una tumba que apareció al borde de la carretera. Me detuve ante ella y me sentí sobrecogido. Estaba revestida de flores rojas recién colocadas. La pequeña cruz, clavada sobre lo que una vez fue terreno fértil y ahora se había convertido en erial impresionante, parecía una oración solitaria que iniciaba el clamor por los 25.000 muertos que había dejado la tragedia.

Tierra reseca y resquebrajada, poblada por árboles carcomidos y envuelta en denso silencio, comenzó a surgir al paso del vehículo como un espectáculo macabro. A lado y lado de la deteriorada carretera, ahora en plan de rectificación, la Cruz Roja tiene instaladas varias vallas que anuncian las obras en marcha para rehabilitar la región. Una valla con el nombre de una hacienda desaparecida llora por sus trabajadores muertos y proclama su solidaridad con Armero.

Pero Armero ya no existe. Cuando me situé frente a la gigantesca cruz de cemento levantada en medio del camposanto en que quedó convertido el pueblo, y ante la que oró el Papa el 6 de julio de 1986, recibí el latigazo de la soledad. Apenas un vehículo recorría en ese momento la morada de los muertos, y yo, desde lejos, lo veía avanzar por entre cruces y detenerse de trecho en trecho frente a los innumerables testimonios de la población evaporada. Unos árboles mutilados y ennegrecidos enmarcaban el cuadro dantesco.

Un vendedor de paletas esperaba la llegada de los turistas. Me acerqué y le compré un helado. Era el primer ser vivo que se me presentaba en aquel campo funerario. Parecía un contrasentido que algún mortal fuera capaz de establecer su negocio para vivir, en alguna forma, a expensas de la muerte. La atmósfera era incendiara: 42 grados.

El buen hombre se las había ingeniado para subsistir. Ancho sombrero de paja le protegía la cara rojiza contra la inclemencia canicular. Le pedí que me contara algo. “Ya lo ve usted –respondió–: cruces y soledad”. Le pregunté por la plaza y me dijo que estábamos en ella. Todo se había borrado. Sólo aparecía en pie, como salida de un bombardeo, la bóveda del Banco de Colombia, que había sido volada con dinamita para rescatar cifras millonarias. La única bóveda, por cierto, en medio de la fosa común donde hoy duermen 25.000 almas aglutinadas por el peor desastre de Colombia.

Ernesto Alcalá, el vendedor de las paletas, me dejó hablando con los difuntos cuando notó la presencia de otro carro. Corrió presuroso con su pequeña caja de madera, su respetable herramienta de trabajo –marcada con el nombre de Heladería Koky –, y de seguro se sintió contento con los nuevos visitantes que no rehusaron su mercancía elemental.

Me acordé, entonces, de la sed de Omayra, la niña que permaneció durante tres días y tres noches –noches pavorosas– luchando con la muerte y desintegrándose a dentelladas por el fango. El rostro de Omayra, que un fotógrafo captó en todo su dramatismo, es el rostro de Armero. Omayra encarna el dolor colectivo del pueblo castigado por la naturaleza.

La niña, que había quedado dominada por ríos de barro, sin modo de salir de su prisión, es el mayor símbolo de la catástrofe. Como ni después de muerta fue posible rescatarla, se le consumió cubriéndola con puertas de madera y tejas de barro.

Con Omayra se consumió también la población. Murió rodeada de fango y de pepas de café. Parece como si se hubiera llevado consigo las 25.000 hectáreas de producción agrícola arrasadas por la furia del volcán. Lo que yo realmente vi en mi peregrinación fue la mirada juvenil y languidecente de la niña. Mirada de angustia que se reproduce en miles y miles de cruces que hoy cubren la planicie desolada.

El rostro de Omayra Sánchez vaga por el territorio de las sombras frente al espectacular nevado del Ruiz que se divisa de frente, en la distancia, cual majestuoso Olimpo castigador.

Aún se notan los vestigios de la llovizna de ceniza que cayó sobre la tierra pavorida. El río Lagunilla, si todavía existe –mensajero de la adversidad y la destrucción–, está escondido. Tal vez se siente apenado y prefiere llorar entre pedregones, sin que nadie lo vea, su equivocación siniestra. Los árboles retorcidos que quedan en la llanura de la muerte parecen el último rastro de una naturaleza que, antes viva y floreciente, es ahora un desierto de lágrimas.

El Espectador, Bogotá, 30 de marzo de 1987, 16 de noviembre de 2005, 16 de noviembre de 2015.
Eje 21, Manizales, 16 de noviembre de 2015.

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Comentarios
(30 años después: noviembre de 2015)

Bella crónica, humana, triste y real como el barro que sepultó a Armero. Los momentos de soledad y de dolor hacen brotar páginas como esta. Todos recordamos la tragedia –anunciada,  dicen– y el rostro de la niña que no lo borrará la historia. Inés Blanco, Bogotá.

Excelente y sentido artículo sobre la tragedia de Armero. Sobre Omayra, siempre me quedó la inmensa inquietud de que no se hizo lo suficiente para salvarla de su angustiosa y lenta muerte. Si ella hubiese sido la hija de algún político o personaje importante… ¿la hubieran dejado morir allí atrapada?  Yo creo que no. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Este es un recuerdo muy triste, ojalá aprendamos de nuestros errores para que no se vuelvan a repetir. Joaquín Gómez Merlano, Bogotá, noviembre/2015.