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Archivo para la categoría ‘Periodismo’

Titulares de prensa

lunes, 11 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La vitalidad humana se va reducien­do conforme transcurren las horas del día. Hay mayor lucidez por la mañana que al declinar la tarde. La noche es un paréntesis, un oasis de las fatigas coti­dianas. Y el sueño repara y revitaliza. Es ideal una inyección de optimismo al comenzar el nuevo día. La naturaleza, por sí sola, anima el espíritu. Y si a esto se agrega una pequeña dosis de humor, o la concentración en un pensa­miento agradable, o el cálido reencuen­tro con el hogar y la vida, la jornada se emprende con decisión y empeño.

El periódico es buen ingrediente para la salud mental. El buen artículo, o la noticia que gusta, o la caricatura picante, o el bikini que da calorías, y hasta el horóscopo de mentiras piado­sas, reconfortan el ánimo. Todo per­fecto, hasta que el mundo diáfano que nos envolvía parece distorsionarse con las tragedias de la humanidad. Hoy los titulares de prensa amanecieron fúne­bres. Cojo al vuelo solo unos pocos:

Escuadrón de la muerte. Chocan dos avionetas’. Carro fantasma mata a esposa de piloto. Terrorismo pos­tal en Bogotá. Sindicado de matar a catedrático. Eln asesinó a hacenda­do. Asesinados dos ancianos. Dra­mática explosión de gas. Se suicidó el escritor H. Montherlant. Locali­zan otro cadáver. Cruz de fuego, carretera de la muerte. El bus pare­cía una tea. Muerte bajo un trac­tor. Ahogados 155.000 pollitos…

Avanzo, retrocedo hojas. Pero todo inútil. El mundo está infestado de tra­gedia. Y hasta 155.000 pollitos sucum­ben por falta de concentrados. El opti­mismo se desmorona, no puedo evitar­lo. Prefiero no pasar al otro periódico. Salto noticias, tratando de salvar este panorama desolado. Pero no tengo suerte, pues se unen involuntariamente dos renglones, como en ciertos dobles de cine:

Control sobre 5.000 prostitutas. Qué pena tan honda me da ser mujer. Esto último lo dice Juana de Ibarbourou.

La Patria, Manizales, 26-X-1972.

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Apostilla a una nota cultural

martes, 9 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Entre las varias misivas que me han llegado en torno a mi columna Periodismo cultural, deseo mencionar la enviada desde Buenos Aires por Laura García, colombiana de 23 años que expresa su actitud crítica frente a la incultura que se vive en los tiempos actuales, que ella interpreta como  signo de decadencia del mundo contemporáneo, no solo en Colombia sino en Latinoamérica, que es preciso superar.

Maravillosa posición la de esta joven compatriota, estudiante de literatura, que aparte de rechazar la ligereza de nuestros días en cuanto a normas de formación se refiere, lucha como correctora de estilo por inculcar patrones de superación en el ejercicio literario y periodístico. Su caso, tanto en razón de su corta edad como de su estructurado criterio, resulta excepcional. Y sirve para ponerlo de ejemplo a fin de que otras personas sigan sus pasos y adquieran las bases culturales que deben distinguir al individuo como miembro de la sociedad. Sin cultura no puede existir el progreso.

Laura nació con vocación de escritora. Otros tienen la misma inclinación, acaso con superiores ventajas, pero no se cultivan. Ella se dedicó a adquirir conocimientos, a leer buenos libros, a corregir sus fallas y depurar su estilo. Por eso es quien es. En su blog, que he leído con complacencia, cuenta que su abuela Elvia, su maestra extraordinaria, le leía de niña las fábulas de Rafael Pombo, y más tarde la  hizo penetrar en novelas de notables autores colombianos, como El alférez real, La marquesa de Yolombó, María, El Cristo de espaldas.

Primero –pensaba Laura– la buena literatura colombiana, y después la extranjera. Primero, colombianos; después, ciudadanos del mundo. Bajo esa brújula, es largo el camino que ha transitado, a pesar, repito, de su lozana juventud, que la mayoría derrocha en fruslerías. Hoy, en su página de presentación del blog, tiene anotada esta inscripción, vivificante para quienes nos identificamos con su causa: “Enferma terminal de literatura. No existen tratamientos ni curas científicas o mágicas para esta enfermedad. Pero no sientan lástima, ni pena: me expuse al contagio sabiendo de antemano las consecuencias”.

Laura me ha escrito la siguiente carta que no resisto el deseo de hacerla conocer de mis lectores:

“Leí por accidente, pero con especialísimo deleite, su columna titulada Periodismo cultural. Me llamo Laura García. Tengo 23 años. Nací y viví en Colombia hasta los 17 años, y desde hace 6 vivo en Santiago de Chile y actualmente en Buenos Aires, donde estudio Licenciatura en Letras en la Universidad de Buenos Aires. Desde los siete años escribo y leo con pasión, y desde esa misma edad vengo peleando, en una batalla decepcionante, con la falta de cultura en el periodismo y posteriormente en internet. Cuando empecé a leer diarios ya eran los años 90, y el periodismo empezaba a entrar en decadencia cultural.

“Si tuviera que hacer un Periodismo Cultural 2, yo diría que habría que tocar el tema, indiscutidamente, de los poquísimos jóvenes que peleamos por un uso correcto del idioma español y más allá de eso, por la demostración de educación mínima básica a la hora de escribir. No solamente las secciones de comentarios. ¡Y no solamente en Colombia!

“Yo he tenido que soportar en Chile la corrección  de los exámenes de chicos que escriben como hablan: peor que en Colombia. Acá en Buenos Aires se respira un poco más de interés en la cultura, pero el periodismo televisivo es lamentable, al igual que ciertos medios escritos. ¿Qué nos pasa? Es un mal latinoamericano. Su columna me sorprendió en un momento de mucha elaboración de este tema, de la relación periodismo-cultura, de la relación literatura-cultura, inclusive y sobre todo, el desagradable papel que me achacan muchos –y los justifico– por ser joven y relacionarme directamente con ese mundo de incultura.

“Se lo digo, además, desde la posición de alguien que trabaja como correctora de estilo, desde la posición de una lectora inquieta, no  sé si exigente, aunque puedo serlo, pero digamos que inquieta. ¡Qué molestia es leer diariamente la incultura! Yo me pregunto y comparto con usted esta pregunta, ya que elaboró tan bien este tema en su columna: ¿Por qué nos vemos obligados a escarbar y raspar hasta encontrar un poquito de cultura en lo que leemos, en lo que la gente habla, en lo que la gente escribe? Es cierto que internet ha masificado y «democratizado» el uso de la palabra, y esta se convirtió en objeto que cualquiera toma y desgasta y asesina sin compasión.

“Para mí la palabra es herramienta, material de arte, de creación artística, de cultura. A veces –y lo digo con toda la carga social, cultural y política que me puede acarrear el sólo hecho de pensarlo– creo que es necesaria la dictadura de la educación. Un gusto haber leído esta columna, en el momento preciso y con un tema que debería discutirse mucho más todavía. Si puede y tiene un tiempo, lo invito a visitar mi blog literario: www.blogarcolibris.wordpress.com». Laura García, Buenos Aires.

Eje 21, Manizales, 18 de noviembre de 2008.
El Espectador, Bogotá, 19 de noviembre de 2008.

* * *

Comentarios:

Interesante este artículo y el mensaje de esta chica. Pero es cierto que esa decadencia no solo es colombiana o latinoamericana. Es mundial. Me interesa ese diálogo. Entraré en el blog de Laura. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Siempre he seguido sus columnas con gran interés, especialmente porque marcan la diferencia con las demás. Hoy, gracias a la nota de Laura García, me animo a contactarla para hacerle llegar mis felicitaciones. Desafortunadamente en la prensa hablada, escrita y televisada, los horrores (ya que no errores) son pan diario y uno piensa si existe revisión de los textos. Es penoso que tratándose de los principales medios, paralela a su categoría va la exigencia del buen manejo idiomático, pero desafortunadamente creo que moriré engañado. Jorge F. Pérez.

Lo que sientes ahora lo sentí hace 21 años cuando llegué a New York y me enfrenté a una desfiguración total del español en los medios de comunicación de esa ciudad (…) Culpa de toda esta locura cultural la tienen los mismos medios de comunicación que se han “relajado”, y las casas editoriales que apuestan todo por historias e historietas momentáneas cuyos dividendos los benefician. Ya poco caso se hace a las buenas plumas que encienden la maquinaria de la dialéctica en los lectores. Colombia Páez, Miami.

No solo es una Laura García la que nota que nuestra cultura agoniza: como ella, soy un joven (19 años) educado para cualquier lidia (…) Entre tanto factor que generó este abandono cultural al que estamos siendo sometidos, quiero resaltar por encima de todos la educación formal como agente responsable de esta situación: hablando de las letras, en mi educación secundaria encontré en los profesores todo tipo de matiz anticultural, incluso tuve un nefasto profesor que amenazaba a los estudiantes con ponerlos a leer “Papá Goriot” de Honorato de Balzac si no cambiaban su actitud disciplinaria. Nothus.

Laura: con jóvenes como tú todavía hay lugar para el optimismo. Así se hace patria con cultura y no con gritos y chabacanería. Laurentk65.

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Periodismo cultural

martes, 9 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A propósito de mi anterior columna, de tipo cultural, el lector que se presenta como Ignacio Peña dirige a El Espectador esta comunicación: “Qué bien, ¡gracias!, enseñar tanto en tan poco espacio; de las mejores cosas de El Espectador son los columnistas que no hablan de política o que lo hacen desde el saber artístico (Ospina, Vásquez, Chinchilla, este man…)”.

“Este man”, por supuesto, soy yo. El término “man”, robado al inglés como equivalente de hombre, persona, sujeto, que cada vez se extiende más en nuestro país dentro del habla popular, y sobre todo dentro de la población juvenil, es una de esas degeneraciones de la lengua que a lo largo de los años terminarán ingresando al Diccionario de la Real Academia. Ya lo verán. Hoy el vocablo –me parece–, por más que se aplique a toda clase de personas, tiene cierto sentido deferente y suena como trato familiar, desprovisto de solemnidad y muy propio de los nuevos tiempos.

Hoy usted ya no es señor, ni doctor, ni general, ni político, ni presidente, ni periodista, y tampoco embolador, ni pordiosero, ni azotacalles, ni desplazado por la violencia: es “man”. La evolución del idioma en las capas populares consigue a veces, como se ve, el trato igualitario que propugnan los sociólogos y que no prodigan los gobiernos.

Yo no me sentí mal cuando mi anónimo lector Ignacio Peña me señaló con el “man” de los tiempos actuales. No por ese trato entre afectuoso y corriente, sino por el tributo que le rinde a la cultura expuesta en mi columna de opinión. Eso es lo extraño. Hoy el periodismo cultural anda de capa caída, y es poco lo que hacen los periódicos por reconquistar ese espacio perdido, que fue antaño (recordemos a Fidel Cano, el fundador, y a sus ilustres sucesores) bandera intelectual que, agitando al mismo tiempo principios ideológicos, fomentaba la cultura como base fundamental para el progreso de la sociedad.

Encontrar entre los lectores al “man” Ignacio Peña que se acerca a la prensa con fastidio por los temas políticos, no solo resulta gratificante para los columnistas que todavía hacemos periodismo cultural, sino que el caso es insólito. Hoy a los propios periódicos les interesa más contar el número de lectores de cualquier índole, que preocuparse por los lectores de los temas culturales (quienes, debido a su minoría vergonzante, no favorecen el conteo). Por eso el país se ha deshumanizado. El espacio para las bellas artes, las bellas letras, las expresiones del pensamiento humanístico, dejó de ser afán prioritario de las casas de periodismo. La cultura está arrinconada.

Escritores y críticos como Dickens o Sainte-Beuve eran los que les daban vida a los diarios de su época. Entre nosotros, Luis Tejada fue una luminaria que, prendida a toda hora en las rotativas de El Espectador, hacía florecer la inteligencia nacional. Aquellos días maravillosos se prolongaron, con otras plumas que cultivaban el noble estilo y les rendían culto permanente a las artes, durante mucho tiempo más, hasta que llegó el huracán devastador de esta época que barrió con las simientes de cultura sembradas por los precursores del periodismo.

Cabe exclamar con Jorge Robledo Ortiz: ¡Siquiera se murieron los abuelos! Y surgió la era de la superficialidad, de la ligereza, de la chabacanería, de la pasión morbosa, del sensacionalismo y la poca profundidad, que trastocó las sanas costumbres e implantó el sello de la frivolidad y la ordinariez.

No es sino ver, en los periódicos que abrieron espacios para los llamados foros de lectores, el sartal de denuestos y vulgaridades que llueven sobre los columnistas de opinión cuando tratan temas que no agradan a los furibundos corresponsales (protegidos por el incomprensible anonimato que se les dispensa).

Buscando que por ese medio se ampliaran canales para la sana controversia y la libre expresión, lo que se obtuvo fue un manto de protección para el libertinaje de la palabra y la explosión de abyectas pasiones. La anarquía no puede ser democracia. Gloria Chávez Vásquez, escritora y periodista colombiana residente en Estados Unidos, me comenta que en ese país los periódicos no publican nada anónimo, y cuando la persona pide por especiales circunstancias que se oculte su nombre, puede permitírsele hacerlo, pero con plena identificación y siempre que la crítica sea responsable.

Pero no todo entre nosotros es procaz. La mayoría de los periódicos preservan las reglas del bien decir y cuentan con columnistas de categoría que les dan brillo a sus páginas. Lo extraño es el desfogue que se permite a personas resentidas que abusan de la generosidad que se les concede. Esto no lo entiendo yo. Ni lo entienden periodistas como Daniel Samper Pizano, Óscar Collazos y Felipe Zuleta, que pidieron que se les suspendiera el espacio para las manifestaciones de los lectores, en vista de los desvíos a que da lugar esa excesiva apertura conceptual.

En medio de la turbiedad de ciertos lenguajes y de ciertas pasiones rastreras, tonifica leer cartas como la antes señalada. De esta manera, así sea buscando con la linterna de Diógenes, hay que aplaudir a lectores anónimos como Ignacio Peña, ese “man” refundido en la multitud, que se detienen ante mi columna cultural. Que los hay, los hay.

Eje 21, Manizales, 9 de noviembre de 2008.
El Espectador, Bogotá, 10 de noviembre de 2008.

* * *

Comentarios:

Muy interesante tu artículo. Qué tal la filosofía de los que dicen que el mejor gancho para vender periódicos o revistas es poner “un pollo” en la portada, refiriéndose a una chica entre más desnuda mejor. Yo pensé de optimista alguna vez que esa “filosofía” desaparecería con la civilización, pero veo que en lugar de evolucionar la sociedad desenvoluciona. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Columnas como la tuya son lo que hace falta en esta aridez de periodismo que soportamos. Maruja Vieira, Bogotá.

Leí con entusiasmo tu columna. Y en cuanto a ella, estoy de acuerdo contigo, y en particular, puntualmente hablando, con lo de que “La cultura está arrinconada”. Y sobre el “man”, parece buen “man”. Admiro tu buena forma de escribir. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

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Maestro de periodistas

sábado, 23 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

José Salgar agrega, a las muchas preseas que se le han otorgado, el Premio al Mérito Periodístico que acaba de conferirle el Círculo de Periodistas de Bogotá. “El hombre de la calle”, como él mismo se nombra en la columna que escribe en El Espectador desde hace largos años, se ha ganado a pulso la valía profesional que le reconoce la opinión pública.

El país de hoy, tan diferente al que le tocó vivir en los inicios de su carrera, está, sin embargo, adherido a su alma de periodista, oficio que nunca ha dejado de ejercer a partir de los 13 años de edad. En las siete décadas transcurridas desde entonces, ha sido testigo excepcional de buena parte de los sucesos de la vida colombiana del siglo veinte, y se ha asomado al despertar del nuevo siglo con mente fresca y analítica. Su espíritu nunca ha dejado de ser joven.

Todo cuanto ha acontecido en Colombia durante este considerable espacio de tiempo, lo ha sopesado José Salgar con la mirada atenta del periodista comprometido con la suerte del país. Aprendió a medir los hechos y juzgar las personas de manera pragmática, con los méritos y las fallas que ostenta cada caso.

Como testigo del tiempo, ha sabido interpretar, tanto dentro de su tarea profesional como en el ámbito nacional, los cambios, los conflictos, las grandezas y miserias que presenta la vida cotidiana. Bien distantes están aquellos días en que comenzó a fundir las barras de plomo para alimentar el mecanismo de los linotipos, labor elemental para la que fue contratado en la que sería su casa espiritual para el resto de sus días.

Con su pulso juvenil, con el que más tarde teclearía las letras de la máquina de escribir –lejos de suponer que la metamorfosis de los tiempos lo llevaría al reto del procesador de palabras, de la internet y de los complejos sistemas de esta época enredada–, José Salgar se abrió las puertas del periódico y desafió,  a partir de 1933, todos los escollos que le salieron al paso, hasta llegar a ser jefe de redacción, subdirector y dos veces director encargado de El Espectador, y durante 15 años director de El Vespertino, diario alterno del mismo periódico.

Guillermo Cano lo definió a la perfección en su Libreta de apuntes: “Se hizo a sí mismo, en todos los sentidos. Se educó, se capacitó, se perfeccionó por su propio esfuerzo, sin ayuda externa, en razón de su inteligencia y del alma de periodista que nació con su alma”.

Con semejante bagaje, se volvió maestro de periodistas. Bajo su orientación se formaron grandes figuras de esa actividad, entre ellos Gabriel García Márquez, que siempre le reconoció sus especiales dotes para la enseñanza y la corrección, para la creatividad y el ingenio, para el estilo y el desempeño cabal. El Espectador era semillero de vocaciones autodidactas, donde la universidad estaba en el esfuerzo diario, en la convicción, en el ánimo de superación, en la cátedra de los maestros propios. Los mayores les enseñaban a los menores a seguir sus pasos, y entre todos formaban –y formaron a lo largo de varias generaciones, sin pausa y con miras indeclinables– la escuela de vencedores.

Benditos tiempos aquellos que le mostraron al país las excelencias de este periodismo ejemplar, a la vez orientador y censor, imbuido de principios éticos, vigilante de la moral pública e implacable contra los abusos y las corruptelas. Periodismo practicante de las mejores pautas literarias, descubridor de escritores, tribuna de ideas y sanas controversias.

Ese es El Espectador que lleva en la sangre y en el alma el decano del periodismo nacional, José Salgar, el mayor exponente de aquella época memorable e insuperable.

El Espectador, Bogotá, 7 de febrero de 2008.

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Comentario:

Su columna sobre el maestro José Salgar es una página ponderada. Usted reconoce los valores periodísticos de un profesional de la información que se formó en la vieja escuela de los Cano, que fue columna dorsal de un periódico que ha sido símbolo de independencia y que contribuyó a formar periodistas de vocación. Su caso demuestra que los mejores periodistas del país han sido los empíricos, aquellos que no salieron de una universidad llenos de teoría, sino que se hicieron a través de la práctica, manejando un elevado nivel cultural. José Miguel Alzate, Manizales.

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Los tres caballeros

martes, 5 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Colombia debe sentirse orgullosa de contar con escritores de la calidad de Lucas Caballero Calderón, Eduardo Caballero Calderón y Enrique Caballero Escovar, protagonistas los tres, en los últimos días, de sonados acontecimientos que hicieron acrecentar más aún el prestigio de sus nombres.

Estos tres caballeros se han mantenido en el primer plano de la cultura del país por espacio de largos años. Son carreras paralelas, cada una encajada en su estilo particular, que tiene como común denominador la lucidez de pensamiento y el vigor de ideas que se esgrimen con vehemencia y convicción.

Era común en los tiempos pretéritos que los caballeros se presentaran con arreos distintivos de su condición de hidalgos, título que en la antigüedad era sinónimo de persona distinguida, y que debían demostrar especiales atributos de nobleza, generosidad, gallardía y temple. Don Quijote, caminante de largas travesías y héroe de aventuras y lances grandiosos, con la lanza y el escudo, como armadura visible, y con la pluma manejada con denuedo en sus insomnios por entre posadas y vericuetos, como estigma espiritual, exterminó a sus enemigos y conquistó el mundo.

Los tiempos actuales no son propicios para esos seres idealistas que otrora recorrían los polvorientos caminos y los dorados salones defendiendo postulados de moral y entereza y dispuestos a sacrificarse por sus convicciones. Hoy la humanidad prefiere vivir sin caballeros, porque quiere olvidarse de los principios éticos que trata de pisotear.

Pero siempre que los tiempos se distorsionan y que las costumbres se deterioran, se echan de menos la lanza y el escudo de don Quijote, listos para el ataque, y su pluma vigilante y altiva que nunca dejó enmohecer bajo el rigor de tortuosos senderos.

Los tres caballeros ostentan eximias virtudes de auténticos paladines de la democracia y la intelectualidad del país. Son las suyas plumas aceradas en el diario ejercicio de pulir ideas, censurar vicios, repeler ataques, reprobar arbitrariedades, delinear patrones morales. Cada cual en su estilo, estos precursores de la palabra se destacan como líderes de la libertad.

Los tres, periodistas de la mejor estirpe, no se han dado tregua en el empeño de señalar yerros y desbarajustes del país, y a la vez que denuncian las maniobras que ocurren en los altos estamentos del Estado, descienden a los menudos engranajes de la administración para enjuiciar rudas maquinaciones que frenan la eficiencia de un país tropical como el nuestro. Esas actitudes son las que permiten la supervivencia de los pueblos libres y que dan al traste con las dictaduras, como sucedió en el pasado inmediato con otro insigne caballero, el gran Lenc.

Cuando en recientes episodios los tres caballeros protestaron por actitudes que no compartían y prefirieron retirarse del periódico en el que durante largos años venían librando sus campañas, antes que permitir que sus ideas no tuvieran absoluta libertad de expresión, estaban afirmando que no en vano llevaban el talante de los caballeros de antaño que escogían el propio sacrificio a la entrega de sus arreos.

La fortaleza, la intrepidez, el coraje, el honor, eran emblemas que en aquellos tiempos de aventuras y caballerías se defendían a como diera lugar. Con la metamorfosis de los días, tales principios han venido en decadencia y cada vez resultan más escasos estos personajes que no se conforman con la mediocridad.

Por eso es motivo de orgullo nacional la demostración que los tres escritores hicieron de su integridad. Estimula hallar todavía caballeros no dispuestos a entregar sus armaduras y listos a defender los principios con la bizarría de sus plumas.

El Espectador, Bogotá, 27 de mayo de 1977 y 26 de marzo de 2007.

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Comentario:

Siempre, en todo tiempo y lugar, se han necesitado, se necesitan y se necesitarán espíritus libertarios que luchen por las ideas, que hagan respetar los principios y que no traguen entero. Y más en un país de pusilánimes y arrodillados como Colombia. Andando el tiempo, la historia reivindicará a los rebeldes y denostará a los conformistas o a los que se limitan a bajar la cabeza, cuidando, muchas veces, sus propios intereses. Hernando García Mejía, Medellín.

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