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Pasión y vida de El Espectador

lunes, 2 de agosto de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde su nacimiento en la Calle del Codo en Medellín, El Espectador ha recorrido largo camino sembrado de espinas, persecuciones, cárceles, atropellos, incendios, saqueos y asesinatos que han azotado su vida ejemplar, la que, con la admiración del país y el regocijo de quienes somos solidarios con su causa, llega hoy a la cumbre dorada de los 120 años.

De no ser por el carácter, el coraje y las virtudes éticas, morales y profesionales que distinguieron a las cuatro generaciones de la familia Cano que hicieron posible el milagro de la supervivencia, El Espectador hubiera naufragado hace muchos años. Es difícil que exista otro periódico, no solo en Colombia sino en el mundo, que haya padecido y resistido el sinfín de adversidades por las que ha pasado El Espectador.

Poco tiempo después de su fundación, el presidente Núñez le impone un cierre de seis meses. Al año siguiente se decreta nueva suspensión de seis meses por orden del presidente Holguín. En 1893, el gobernador de Antioquia lo clausura durante 31 meses y somete a su director a la cárcel. Reanudada la publicación en marzo de 1896,  sucede nuevo cierre en junio del mismo año, hasta abril de 1897. En octubre de 1899, al estallar la Guerra de los Mil Días, ocurre otra suspensión de cuatro años. En diciembre de 1904, bajo la dictadura del general Reyes, se presenta el cierre más prolongado, de ocho años.

El 6 de septiembre de 1952 son incendiadas y saqueadas sus oficinas. Al año siguiente aparece otra dictadura no menos funesta para la libre expresión: la del general Rojas Pinilla, en cuyo gobierno se imponen al periódico multas arbitrarias, se establece la censura de prensa y vuelve a suspenderse el diario. En sus 120 años de travesía por la historia de Colombia, el periódico ha tenido recesos obligados que suman alrededor de 17 años. Sin embargo, se ha conservado con vida, así haya sido en medio de persecuciones, turbulencias y vejámenes.

Con el paso del tiempo, El Espectador vive una época de precaria holgura. Su director de entonces, Gabriel Cano, describe con estas palabras el camino transitado: “Una historia de pobreza, de lucha, de trabajo, una batalla del esfuerzo coronada al fin de muchos años con unos pocos gajos del esquivo laurel del triunfo”.

En los años 80, bajo la dirección de Guillermo Cano, surge el bochornoso capítulo del Grupo Grancolombiano. Es entonces cuando el periodista, coloso de la moral pública –como lo hicieron sus antecesores y lo harán sus descendientes–,  denuncia la serie de maniobras y fraudes con que la entidad asalta los dineros de miles de ahorradores. En represalia, el Grupo constituye una fuerza poderosa y destructora, conocida como la “tenaza publicitaria”, mediante la cual son retirados los numerosos avisos que maneja el pulpo financiero.

Esta medida causa graves destrozos en las cifras del periódico. Pero su director nunca transige en las normas morales. Con esa bandera llega hasta las últimas consecuencias: el castigo de los responsables y el resarcimiento parcial de los daños causados a los ahorradores. El sistema bancario, de tanta honorabilidad en otras épocas, había sido infestado por la corrupción de directivos deshonestos. Sus actos dolosos representaron el mayor escándalo financiero del país.

Cuando más adelante Guillermo Cano se enfrenta a la mafia del narcotráfico y combate sus actos de corrupción y sus arremetidas sanguinarias, la lucha contra él y su periódico se vuelve encarnizada. En una mañana sosegada, que no dejaba presentir ningún signo aciago, una bomba destruye las instalaciones del periódico y busca consumirlo para siempre. Pero no lo consigue. Al día siguiente, la voz clamorosa de José Salgar lanza a los criminales esta respuesta contundente: “¡El Espectador sigue adelante!”.

Respuesta que coincide con estas palabras de Guillermo Cano: “De las cenizas de equipos calcinados surgirá siempre el fuego de la palabra”. El valiente periodista pagó con su vida la firmeza de sus ideas y el talante de su personalidad. Su espíritu crítico y combativo marcó la mejor época del periodismo investigativo de Colombia. Con el vil asesinato de Guillermo Cano nació un mártir de las causas justas y la libre expresión, al tiempo que la bandera de El Espectador flameaba por todos los confines del mundo.

Llevado el periódico a la crisis financiera por las crecientes dificultades que tuvo que sortear a raíz de sus luchas contra la droga y la infiltración de esta en la política, el nuevo propietario –Grupo Bavaria– surgió de repente como la fórmula redentora para despejar el horizonte y proseguir la marcha. El Espectador cambió de dueño, pero no de espíritu. Cambió de piel, pero no de principios. Y hoy se presenta la feliz circunstancia de que un bisnieto del fundador (que también lleva el nombre de Fidel, como símbolo de garantía) sea el director de la nueva empresa.

De la lucha, el esfuerzo y el sacrificio, el periódico ha extraído energía para vencer todos los tropiezos. Sin esos instrumentos y sin la perseverancia de los ideales es imposible el éxito en cualquier actividad humana. Hoy el dueño es otro, pero por las venas de El Espectador sigue corriendo la misma sangre que le inyectaron los Cano. Mantiene la misma independencia, los mismos principios y el mismo carácter crítico y patriótico manifestados desde la cuna antioqueña.

Saneada en alto grado la situación económica y gozando de la credibilidad otorgada por el público, están dadas las condiciones para que El Espectador pase de la condición de semanario a la de diario. Este sería el mejor premio en los 120 años de su batalladora y gloriosa existencia.

El Espectador, Bogotá, 16 de marzo de 2007.

 * * *

Comentarios:

El Espectador, gracias a la inteligencia y tenacidad y a la sangre de su gente, ha podido sobrevivir, y como tú lo anotas, continuará dando la cara y enfrentando a los corruptos que no han podido destruirlo. Inés Blanco, Bogotá.

Qué maravilla, Gustavo, enterarse en una forma tan ágil y fluida de los orígenes de este diario que nos han ido quitando poco a poco. Me hiciste recordar cuando se publicó este titular en los setentas: “Salieron de El Tiempo todos los Caballeros”. Fue cuando Klim y Eduardo se pasaron a El Espectador. Marta Nalús Feres, Bogotá.

Recogiste en esta página una historia de lucha y valor. La verdad, desconocía la mayoría de las dificultades que la familia Cano ha tenido que afrontar a lo largo de 120 años. Demuestran que el patrimonio más grande es la honestidad y la defensa de los ideales. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

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Sangre de periodista

martes, 27 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La muerte de Guillermo Cano me sorprendió en Cúcuta, aquel 17 de diciembre de 1986. Al día siguiente, con mi esposa y mis tres hijos penetré en Venezuela, en vacaciones de dos semanas, en las que la imagen del mártir permaneció en el cerebro y en el alma como la visión tenebrosa de esta Colombia ensangrentada, en la peor época del narcotráfico.

Antes de ingresar a Venezuela, dirigí a El Espectador el siguiente mensaje: “Con su propia sangre, escribió Guillermo Cano su supremo editorial sobre moral, valentía y patriotismo que ojalá haga reaccionar al país en esta larga noche de horrores. Perplejo y adolorido expreso mi solidaridad con los Cano y mi fe en Colombia”. Días después, desde la Isla de Margarita, enviaba al periódico mi artículo Sangre de periodista, que me sigue estremeciendo el sentimiento, veinte años después.

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El 12 de diciembre, la víspera de salir en viaje de vacaciones, dejé en mano de don Guillermo Cano unas colaboraciones para El Espectador, con estas palabras: “Salgo en plan de descanso a Venezuela. Pero Salpicón (mi columna de entonces) se queda: él no tiene vacaciones. Le dejo estas notas anticipadas, y con ellas mis votos muy cordiales por su felicidad y la de los suyos en 1987”. Cinco días después el valiente periodista caía abatido por oscuros criminales a su salida de las instalaciones de El Espectador.

Una descarga fatal, que estremeció al país y continuará para siempre repercutiendo en el alma de este pueblo bueno e indefenso que los malhechores quieren destruir, cortaba de un tajo una de las existencias más valiosas de la patria en estos tiempos de bandidaje y de disolución social. La felicidad que yo le había deseado no llegó para él ni para los suyos, y las balas asesinas –¡ironía del destino!–, que siempre se agazapan en la sombra porque le tienen miedo a la claridad, no le permitieron siquiera presenciar el amanecer de 1987, año en que El Espectador cumplirá su centenario de vida batalladora y edificante.

Suceso que don Guillermo Cano preparaba con especial diligencia y entrañable sentimiento. Por más muerto que haya quedado a bordo de la nave, la efeméride será grandiosa y suscitará mayor solemnidad y emoción con la presencia del mártir, que hace más respetable, ya con la sangre del héroe, la recia estirpe de los Cano.

Ignoran los asesinos que las balas, por más mortíferas que sean, no lograrán jamás silenciar el imperio de la palabra. Son balas que se vuelven contra ellos mismos, porque en los pueblos libres que como Colombia cuentan con una prensa digna y vigilante, la sangre de los periodistas, y sobre todo de periodistas de las dimensiones humanas e intelectuales de quien acaba de caer atacando la inmoralidad y defendiendo sus rectos principios, abona mejor el terreno de las causas justas.

Detrás de cada periodista eminente marcha una legión de seguidores. El país se identifica con el  apostolado de la denuncia pública. Y Colombia, que sobresale en el continente como modelo de periodismo valeroso, combativo y de firmes estructuras, ha dado múltiples demostraciones, en medio de las peores turbulencias, de que no es posible amordazar el pensamiento.

Nuestra prensa, de tan meritoria tradición y tan dignamente capitaneada en todos los tiempos, es el eco de la Nación. En los periódicos está encarnada el alma popular, con sus angustias, sus clamores, sus esperanzas. Cuando se mata a un periodista se conmueve el país. Por eso las balas que terminaron con la existencia de don Guillermo Cano fueron lanzadas contra el pueblo. Crimen de lesa patria que los matones nunca podrán borrarse de la conciencia. A todas partes los seguirá una luz enjuiciadora que les cobrará el execrable delito. Ese es su castigo.

Don Guillermo Cano era un hombre bueno. Ciudadano ejemplar, esposo y padre bondadoso, periodista íntegro. Nunca transigió con la deshonestidad y fue censor implacable del narcotráfico y de las corrupciones públicas. Era el fiscal de la Nación. En su Libreta de Apuntes denunciaba, con meridiana claridad y sin igual arrojo, los desvíos públicos y los peligros de los revoltosos y de los traficantes de la droga.

Siempre se guió por la verdad, por la razón, por la justicia. Conciencias como la suya, movida por sólidas convicciones, son como murallas que se levantan contra el avance de las deshonestidades, cualesquiera que ellas sean. Por eso lo asesinaron. Lo mató la sinrazón.

Con su propia sangre escribió su mejor editorial. Su célebre Libreta no se ha cerrado. Al revés, ahora quedará más abierta que nunca. En ella habrán de repasarse los códigos sobre moral pública, sobre periodismo constructivo, sobre comportamiento social, sobre hermosura idiomática, escritos por el agudo crítico y el formidable humanista, cuya sombra crece entre el fragor de las balas y los horrores de esta Colombia vilipendiada. El país reflexionará sobre la sangre del periodista pulquérrimo y es posible que aparezcan soluciones para tantos atropellos.

Dejo una flor sobre la Libreta de Apuntes, como discreto homenaje de quien, perplejo y adolorido, sabe sin embargo que su amigo y su maestro –que hace 15 años le abrió con generosidad inigualable las puertas de El Espectador– seguirá vivo con su ejemplo y su palabra inmarchitables. Una flor que llevarán también, en el alma, su esposa y sus hijos y la familia toda que pertenece a la casa periodística. Una flor que hará brotar esperanzas sobre el desolado panorama de Colombia, porque la sangre de los justos es la que nos salvará de la hecatombe.

El Espectador, Bogotá, 8 de enero de 1987 y 17 de diciembre de 2006.
Revista Vía, Nueva York, abril de 1987.
Eje 21, Manizales, 30 de octubre de 2016.

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Comentarios:

Excelente evocación y magnífica calidad literaria de la nota, admirado Gustavo. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

Muy conmovedor el artículo. Evoca de muy buena forma lo que ocurrió ese 17 de diciembre de 1986, y lo que ha seguido pasando después de la muerte de Guillermo Cano, que no es muy diferente a la situación de aquella época. Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Gracias por tu bella página sobre el doloroso y nunca redimido golpe a la vida, a los derechos humanos, a la familia, a Colombia, a la sociedad, en fin, al corazón de todos, por el vil asesinato de la palabra en la persona del distinguido periodista don Guillermo Cano. En medio de tanta impotencia, se alza la voz adolorida del amigo y el colega. He llorado de indignación con tu página. Cómo nos duele la patria, la familia y el hecho de que no pase nada ante atrocidades de esta magnitud, de esta miseria humana de la que se nutren los vampiros del alma. Inés Blanco, Bogotá.

Reafirmo mis votos porque tu inteligencia honda y penetrante siga recordando iniciativas útiles a la comunidad y a los amigos. En este campo como en el de las letras has iniciado y concluido en este año una vasta tarea que sería grandioso que se repitiera para el próximo año. Héctor Ocampo Marín, Bogotá, 23 de diciembre de 2006.

Muy hermoso e impecable testimonio a la memoria de Guillermo Cano. Muchísimos colombianos lamentamos el inaudito asesinato de este periodista íntegro y ejemplar y rechazamos las oscuras fuerzas que en esa época hicieron de nuestro país una gran tumba. Ojalá no vuelva a repetirse esa historia. Eduardo Lozano Torres, Bogotá, 31 de octubre de 2016. 

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Premio al esfuerzo

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Fidel Cano Correa ha obtenido, como cabeza de El Espectador y director de un eficiente equipo de colaboradores, el Premio Simón Bolívar que lo distingue como el Periodista del Año. Con este hecho se reconocen las altas calidades que el periodista –el único de los Cano vinculado hoy a El Espectador– ha puesto en evidencia desde que asumió el difícil reto de hacer viable la vida del periódico.

El jurado calificador tuvo en cuenta varias circunstancias para conferir el galardón: destacar el sello singular e independiente con que el periódico se desempeña en su nuevo espacio semanal; el estilo particular que lo diferencia de los otros medios de comunicación; su actitud crítica y profesional, que le permite buscar enfoques diversos y muchas veces diferir de los criterios oficiales; el sentido de investigación, análisis y novedad que caracteriza la edición de fin de semana; la pluralidad y la calidad de opiniones que mueven sus columnistas.

Estos logros han sido posibles gracias al espíritu de “precisión y creatividad”, como lo califica el jurado, con que  Fidel Cano ha dirigido el nuevo programa periodístico. De esta manera se enaltecen el empuje y acierto con que el bisnieto del fundador –el tercer Fidel periodista de la familia– impulsa la centenaria publicación que varias veces ha estado a punto de cerrarse, en unas ocasiones por persecución de los gobiernos y en todos los casos por sus campañas moralizadoras.

En los años 60 del siglo pasado, varias empresas se unieron para quitarle la publicidad,  y en los 80, el Grupo Grancolombiano tuvo la misma actitud, aunque más acentuada y atrofiante, por las denuncias contra las maniobras que ejecutaba el pulpo financiero. En el auge del narcotráfico, la voz clamorosa de Guillermo Cano enjuició los actos criminales con que los capos atropellaban la moral pública, asesinaban a la gente e incrementaban sus fortunas ilícitas.

De no haber sido por la vigilante actitud de El Espectador, el país se hubiera hundido en un desastre más grave aún que el vivido en aquellos días de terror. Esto le costó la vida a Guillermo Cano el 17 de diciembre de 1986, por orden de Pablo Escobar, y al mismo tiempo sacudió la conciencia nacional en busca de soluciones. Tres años después, el 2 de diciembre de 1989, una bomba arrasó las instalaciones del periódico, mientras de los escombros salía la voz invencible de José Salgar, fiel escudero de la casa, que se encaraba a los malhechores con esta advertencia perentoria: “Seguimos adelante”.

Mientras el mundo se enteraba del estallido de la dinamita, una vez más El Espectador lograba sobrevivir. Las naciones se solidarizaron con el diario valeroso que no se dejaba ganar la partida y que, por el contrario, ponía las energías que aún le quedaban para combatir la corrupción y frenar las hordas destructoras. Días después, la Unesco creaba el Premio Mundial a la Libertad de Expresión Guillermo Cano, en honor del héroe inmolado a la salida del periódico, quien por toda arma portaba su célebre Libreta de apuntes, en la que acababa de escribir su última columna, titulada Navidades negras. Irónico y doloroso presagio.

Y pasaron los hijos del director, Juan Guillermo y Fernando, a tomar las riendas del diario. Pocos años después estalló la peor crisis económica que sufría El Espectador, a raíz de los atentados y la consiguiente estrechez de recursos. Ante el dilema de cerrarlo o volverlo semanario, el nuevo dueño, Julio Mario Santodomingo, que en forma prodigiosa había entrado a salvar las cifras, optó por la segunda fórmula. Vinieron luego directores que no pertenecían a la familia Cano. Ya la empresa no era suya, pero por sus venas corría la sangre que le había inyectado su fundador en 1887 y que habían mantenido sus descendientes sin dar un paso atrás en los principios tutelares.

Hoy, en proximidades de los 120 años de su nacimiento en humilde imprenta de Medellín, mucha agua ha corrido bajo los puentes de El Espectador. Tras los ajustes de los últimos años, es evidente su saneamiento financiero como resultado de la buena administración que ha tenido para posicionarlo, como ha sucedido, dentro del periodismo moderno, veraz e independiente, premisa que ha gobernado sus actos. Aparte de recuperar la pérdida acumulada en los años de adversidad, las cifras crecientes, tanto en las finanzas como en el número de suscriptores, lo consolidan hoy, vencida la tormenta, como un organismo confiable y promisorio.

El triunfo de Fidel Cano es el triunfo de El Espectador. Abuelo y bisnieto, situados en los dos extremos del periplo cronológico, se unen dentro del mismo empeño que ha sido norma invariable del periódico: trabajar por Colombia y por la moral pública.

El Espectador, Bogotá, 5 de diciembre de 2006.

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Comentario:

Muy oportuna tu columna y muy justo el homenaje que has rendido a todos los Cano, pues se trata de la familia que más méritos puede mostrar en el ejercicio del periodismo colombiano. Eduardo Durán Gómez,  Bogotá.

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Las guerras de Oriana Fallaci

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Comenzando la adolescencia, Oriana Fallaci conoció la guerra. Esto sucedía en el régimen fascista de Mussolini. Su padre, activo combatiente de la resistencia contra el nazismo, influyó en el pensamiento de la joven bajo los postulados de la libertad. Oriana se vinculó al movimiento armado que luchaba contra la ocupación nazi en Toscana, su región natal. De ahí en adelante su vida estuvo marcada por la guerra.

A los 17 años se inició en el diario Corriere della Sera, donde escribió innumerables artículos a lo largo de su vida. Como corresponsal de guerra estuvo presente en grandes conflagraciones, como la guerra del Vietnam en los años 60 y la del Golfo Pérsico en los 90. En 1968, cuando adelantaba su labor de prensa dentro del conflicto estudiantil que se cumplía en la Plaza de las Tres Culturas de Méjico, fue herida de gravedad y tuvo que abandonar el trabajo durante varios meses.

Cubriendo los sucesos bélicos en numerosos lugares del planeta, se acrecentó su sensibilidad hacia todo lo que significara tortura y oprobio para el hombre. Los actos de tiranía los censuraba con su palabra encendida, virulenta a veces, en la que no cabían términos medios para condenar la maldad y reclamar la justicia. Oriana Fallaci no transigía frente a sus principios. Con esa bandera se hizo conocer en el mundo y temer de los poderosos.

Disparó sus mayores dardos contra los gobernantes transgresores de los derechos humanos. Se volvió maestra del reportaje, desempeñado con altura y mordacidad crítica. Con esta facultad llegó a grandes líderes del mundo, que sabían de antemano que la reportera no tenía inhibición para formular preguntas desenfadadas y audaces, que solían poner en calzas prietas a los entrevistados, o dicho de otro modo, ponerlos contra la pared.

En Entrevista con la historia, publicado en 1974, recoge reportajes realizados a gente célebre, como Henry Kissinger, Golda Meir, el ayatola Jomeini, el sha de Persia, Gadafi, Yacer Arafat, Indira Gandhi, Mao Tse Tung, Federico Fellini, Robert Kennedy, entre otros. Al ayatola Jomeini lo tildó de tirano y en señal de protesta, que también era irrespeto y provocación, se quitó el chador (velo que cubre la cabeza), con el qque había sido obligada a realizar la entrevista. Kissinger, fustigado con las preguntas, manifestó después del reportaje: “Jamás entenderé por qué acepté”.

Con la siguiente frase, alguien dibuja la actitud crítica de la reportera: “Las preguntas de Oriana eran arañazos en el rostro de la mentira para descubrir la verdad”. Su posición incisiva y beligerante le acarreó oprobios y enemistades, y al mismo tiempo le hizo ganar alto prestigio mundial. Un analista la califica como “guerrillera del mejor periodismo del siglo XX, casi siempre frente al poder”.

Libró encarnizado combate contra el fundamentalismo islámico, con motivo de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. A raíz de sus críticas implacables contra ese movimiento, recibió agravios y fue involucrada en procesos judiciales. Pero nunca se intimidó ni dejó de decir su verdad.

En sus libros La rabia y el orgullo (2002) y La fuerza de la razón (2004) arremete contra el radicalismo islámico, considerado por ella el mayor peligro para la paz del planeta. En el primer libro analiza la intención del Islam de quebrar el equilibrio de Europa para luego dominar el mundo. Y denuncia un proceso de islamización de Occidente, temor que le hizo crear el término Eurabia, con el cual llama la atención a las democracias del mundo a fin de que sus dirigentes, sobre todo los de las grandes potencias, adopten políticas eficaces para frenar la ola de violencia que se vive desde el atentado a las Torres Gemelas. En el libro Oriana Fallaci entrevista a Oriana Fallaci, editado en agosto de 2004, que es su último reportaje, hace serias advertencias sobre el “cáncer moral que devora a Occidente”.

Durante años fue la periodista más amada y odiada del mundo. Su estilo fogoso y sus escritos polémicos provocaron reacciones encontradas. Pero ganó la periodista de garra, la valiente reportera, la escritora de prestigio, que por encima de todo defendía la dignidad del ser humano y combatía el despotismo. Sus obras fueron traducidas en numerosos países y tuvieron ventas formidables.

La guerra fue un fantasma que la persiguió hasta el último momento. Siempre estuvo en plan de combate. Su última guerra fue contra “El otro” (como denominaba al cáncer). Descubierta la enfermedad en 1991, la manejó con amplias dosis de filosofía por espacio de quince años. Manifestaba que no le tenía miedo a la muerte, pero que no podía evitar “una cierta sensación de melancolía. Me desagrada morir, sí, porque la vida es bella, incluso cuando es fea”.

Al presentir que llegaba su hora final,  en forma discreta se trasladó de Nueva York a Florencia, su solar nativo, donde buscó y encontró el descanso eterno. Murió con la  bandera en alto y satisfecha de sus convicciones. Vivió la guerra y la escribió para la historia. En Carta a un niño que no nació (1975) existe un párrafo de impacto que pinta la descomposición humana que ella trató de remediar:

“En cualquier sistema que nazcas, bajo cualquier ideología, siempre hay un fulano que limpia la alfombra de otro, hay siempre una niña humillada por un deseo de bombones. Nunca encontrarás un sistema, una ideología, que pueda cambiar el corazón de los hombres y borrar de él la maldad”.

El Espectador, Bogotá, 25 de septiembre de 2005.

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Comentarios:

Desaparece así la encarnación de la rebeldía romántica e inteligente, de la cual deberían aprender los actuales periodistas nacionales, salvo contadas excepciones. Jairo Fernando Castillo González.

Lo que tal vez Oriana supo y no contó fue que el sistema sin amor no era vida, así la ideología y los fulanos que limpien alfombras o las niñas que se humillaron por los bombones no lo conocieran. Pero al conocerlo y vivirlo se encuentra el verdadero sistema de vida. Muy buen artículo. Juan Carlos Campuzano, Bogotá.

Fidel Castro, en prisión

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Entre los documentos que me suministró Laura Victoria para elaborar su biografía, encontré uno que me produjo especial atención y es el reportaje concedido por ella a Excelsior, de Méjico, el 22 de abril de 1985, donde narra el encuentro casual que tuvo con Fidel Castro poco tiempo antes de triunfar la revolución cubana.

La poetisa, redactora en aquellos días de un diario capitalino, era llamada por el director de la cárcel de Miguel Shultz cuando algún colombiano requería ayuda. El centro de reclusión funcionaba en vieja casa colonial, y en cuarto del primer piso estaba enferma la colombiana a quien Laura Victoria fue a visitar aquella vez. Más que necesitarla para su propio beneficio, la presa le informó que un grupo de cubanos, con quienes había entablado momentánea amistad, y que estaban próximos a ser expulsados del país, querían hablar con ella. Entre los detenidos se encontraban Fidel, su hermano Raúl, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos.

Fidel, a quien Laura Victoria conoció aquel día (“muy joven y muy guapo”, como lo describe), se paseaba nervioso por el patio, a la espera de hablar con la colombiana. Al saludarse, ella le manifestó que, aunque nunca lo había visto en persona, ya lo conocía por charlas con Alberto Bayo, militar español que daba instrucción a los guerrilleros cubanos, y con quien se vería horas más tarde en la casa del pintor Luis Marín Busquets.

El súbito descubrimiento se convirtió en puente de aproximación hacia la inesperada periodista colombiana, a quien Fidel le preguntó, todavía dominado por los nervios y tras un instante de titubeo, si podía confiar en ella. Al invitarlo Laura Victoria a que lo hiciera sin ningún temor, al guerrillero se le iluminó el cerebro y le renació la esperanza. Entró al baño y escribió unas líneas veloces para Bayo, considerado su tabla de salvación en la encrucijada en que se hallaba. Y le pidió que recogiera una misiva para Bayo, que encontraría debajo de la almohada de la enferma.

Más tarde el militar recibía el correo secreto, que había logrado traspasar la puerta del penal con la complicidad del ángel caído del cielo para salvar la revolución. Abriendo tamaños ojos ante el hallazgo de su amigo, por más preso que estuviera –y a quien llevaba varios días buscando por todo Méjico–, Bayo predijo con emoción que estaba ganada la guerra.

La historia de Cuba pudo haber cambiado aquel día si la periodista no visita la cárcel de Miguel Shultz. Aquella misiva mínima, que ojalá se hubiera guardado para la historia, permitió a Bayo mover sus influencias para que el grupo insurgente no fuera expulsado a la isla y para que Fidel Castro dejara el presidio para comandar la expedición que cantaría victoria en la Sierra Maestra.

Laura Victoria no volvería a verse con Fidel Castro. En el reportaje de Excelsior aclara que nunca sintió simpatía por la causa comunista y la atraía en cambio el postulado que Fidel encarnaba en ese momento como paladín de la libertad de Cuba. Tras el derrocamiento de Batista en 1959, la poetisa escribió el poema El caudillo, donde expresa:

“Es un hombre sin tiempo; / se gestó en la matriz de las edades / con la sustancia de las lágrimas / y vio la luz en el dolor de Cuba, / junto al sollozo de las olas / y a la batalla de los vientos (…) / Yo lo he visto / con la frente surcada de futuros / y las barbas nocturnas / empapadas de siglos; / lo he mirado delgado como el agua, / señalando jornadas redentoras / en un mapa de incendio”.

Este poema, junto con la acción desarrollada en la cárcel, le hicieron ganar la Orden de Martí, la que le fue entregada en la Embajada de Méjico. Hasta donde sé, este episodio es ignorado en las biografías de Fidel Castro y tiene, por supuesto, honda significación dentro de las incidencias que llevaron a la toma del poder en la isla. Si Bayo, como atrás se dijo, no hubiera ejercido los actos que permitieron la llegada de los rebeldes a Cuba, otra habría sido la suerte de la revolución.

Bajo dicha hipótesis, no es aventurado pensar que Batista habría ajusticiado a los dirigentes rebeldes para fortalecer la dictadura, quién sabe hasta cuándo. Desaparecidos los hermanos Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos, la insurrección habría quedado aplastada y el dictador hubiera podido morir en su trono, al igual que Franco, que se apoderó de España por espacio de 36 años, y del propio Castro, que ha hecho lo mismo con Cuba durante casi medio siglo. Período que parece haber llegado a su fin con la grave enfermedad del caudillo.

El Espectador, Bogotá, 14 de agosto de 2006.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 13, diciembre de 2006.
Eje 21, Manizales, 27 de noviembre de 2016 (con motivo de la muerte de Fidel).

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Comentario:

Página histórica que bien merece la pena de ser ampliamente conocida. Me hace pensar en que uno nunca sabe la trascendencia que puedan tener sus actos más espontáneos, como en este caso el comentario de Laura Victoria sobre su relación amistosa con el militar español. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

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