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Las letras de monseñor

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Por el diario La Crónica del Quindío me entero de que monseñor Libardo Ramírez Gómez, que fue obispo de Armenia entre 1972 y 1986, se hizo presente en dicha ciudad para recibir varios homenajes que se le tributaron con motivo de sus 50 años de vida sacerdotal. Ordenado sacerdote, se radicó en Roma durante tres años, en cuya Universidad Lateranense obtuvo el doctorado en Derecho Canónigo.

Entre 1986 y 2003 fue obispo de Garzón (Huila), su ciudad natal, en cuyo seminario había sido profesor por espacio de cinco años. Hoy preside, desde hace tres años, el Tribunal Eclesiástico de Colombia. En líneas generales, tal es el itinerario de monseñor Libardo Ramírez Gómez, donde se refleja su brillante carrera religiosa.

Lo conocí en Armenia y tuve ocasión de mantener con él cordial amistad en la época de su obispado. Allí remplazó a monseñor Jesús Martínez Vargas,  fundador de la diócesis (1952), quien durante 20 años dirigió el organismo eclesiástico. La entidad había sido creada 14 años antes de que el Quindío fuera departamento, privilegio que se consiguió por solicitud de los sacerdotes de la región, quienes, ante la ola de violencia que se vivía en aquellos días, expusieron la conveniencia de contar con su propio centro religioso, para evitar los viajes a Pereira y Manizales.

De paso, se logró un adelanto (como sucedió con otras instituciones de índole civil, militar, judicial y educativa) dentro de la campaña que buscaba la independencia administrativa del Quindío. Cuando dicho propósito se hizo realidad en 1966, ya la región contaba con la plataforma adecuada para crear el nuevo ente territorial.

Fue en el Quindío donde descubrí, seis años después de su fundación, una interesante faceta de monseñor Ramírez Gómez: la de escritor y periodista. Así, coincidimos en el mismo terreno y en la misma época: ambos escribíamos artículos de opinión en El Espectador y ambos editábamos libros en la ciudad de Armenia.

Monseñor me sorprendió un día con la llamada telefónica en que me pedía que escribiera unas palabras de presentación para el libro Sus santuarios, que se hallaba listo en Quingráficas. Sólo le faltaba el prólogo. En esta empresa de grato recuerdo, los escritores publicábamos nuestras obras y competíamos por los turnos. Aquella vez supe que, aparte de periodista, el eclesiástico era mi colega como autor de libros.

En la obra citada, el religioso ventila una crónica de viajes por varias ermitas de la Virgen en Colombia y en el mundo. Allí expresa su admiración hacia la soberana universal y recrea su vena de turista, que lo ha llenado de asombro y gozo ante las múltiples muestras de arte visitadas en el planeta. Confundido con el honor, me dediqué esa misma noche a buscar ideas para responder a semejante reto, y al día siguiente dejé en la editorial el sufrido –y por ventura bien enfocado– prólogo, que sudé en la comprensión del tema y en la persecución del vocabulario apropiado.

Pasados más de 20 años desde nuestra última entrevista en el Quindío, vuelvo a encontrarme con monseñor en la capital del país. Ahora es el presidente del Tribunal Eclesiástico, cima de su carrera, a sus 72 años de edad. Y me entero de su progreso como escritor y de su perseverancia en el periodismo, que luego de su regreso a Garzón continuó como colaborador del Diario del Huila, con una columna semanal titulada Mi comentario.

Su obra se compone de diez libros, entre los cuales menciono estos títulos: Un esfuerzo al servicio de la comunidad, Sus santuarios, Pensando en voz alta (dos tomos), Mis recuerdos, Mis personajes, Curiosidades pontificias. Parte de sus escritos de prensa en el Huila los ha convertido en libros, y así les da mayor relevancia a sus ideas.

En su función de periodista ha tocado innumerables temas de interés regional y nacional, que van desde problemas comunes del Huila, como el mal estado de las carreteras, los caminos de la paz, o el drama de los campesinos, hasta grandes conflictos nacionales, políticos y religiosos, como el sentido de patria, la moralidad y la política, los procesos de paz, el desamparo de la niñez, la ética en la vida pública, o la dignidad del hogar. Sus enfoques contienen eminente fondo cívico y moral.

Hay quienes lo critican por su injerencia en asuntos políticos, que suena extraño en un miembro de la Iglesia Católica. “El ser obispo –comenta– no me quita el querer ser un buen ciudadano. Por eso, hablar como obispo y como ciudadano es lo que a veces se siente un poco mal y no deja de producir ciertas reacciones”.

Ahora, en su visita a Armenia, se refirió con estas palabras a un capítulo brumoso de la sociedad quindiana: “Con valor, claridad y contra la corriente, cuando muchos halagaban al señor Lehder a pesar de que sabían el origen de sus recursos, yo me negué rotundamente a recibir su ayuda para obras sociales”. Recuerdo, a propósito, que monseñor Ramírez Gómez no aceptó la invitación que le formuló Carlos Lehder para que bendijera la Posada Alemana, ante lo cual éste obtuvo la presencia en el acto del obispo de Pereira, monseñor Darío Castrillón.

El hoy presidente del Tribunal Eclesiástico ha sido un jerarca agitador de ideas desde sus escritos en la prensa y en los libros. Suele tomar posiciones abiertas y radicales, y ortodoxas en materia religiosa. Esto lo convierte en figura singular que crea polémica y hace reflexionar. Por encima de todo, priman su espíritu eclesiástico y su amor por la patria. Esa es su mayor insignia en sus 50 años de sacerdocio, suceso que celebro con gran complacencia.

El Espectador, Bogotá, 10 de julio de 2006.
El Catolicismo, Bogotá, 28 de julio de 2006.
Documentos que hacen historia (revista publicada por monseñor Libardo Ramírez Gómez con motivo de sus bodas de oro sacerdotales), Bogotá, septiembre de 2006.

 * * *

Misiva:

He leído su artículo en el cual se refiere a mi persona, a mis escritos y a mis posiciones de verdad claras en los momentos de dificultad, como creo se deben decir las cosas.

Recuerdo muy agradecido también su presentación a mi libro Sus santuarios en el que vertí mi amor a María Santísima y a los lugares y corazones en los que ha tenido especial presencia. Gracias, Gustavo, por su especial presencia en esta época que ha circundado mis bodas de oro sacerdotales. Al recopilar algunos de los escritos que se han hecho en torno a esta tan especial circunstancia colocaré su noble y estimulante escrito. Dios lo bendiga en su vida, en sus actividades, en su delicada transmisión de pensamiento en sus escritos. Un cordial abrazo, Libardo Ramírez Gómez.

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Periodista de alta fidelidad

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Conservo una foto memorable donde varios amigos compartíamos con Arturo Abella el vino ofrecido dentro de la realización de un acto académico. Ahora, al conocer la muerte del ilustre historiador y periodista, busqué mi álbum de recuerdos para repasar aquel momento grato, que no creía tan remoto. Sin embargo, habían corrido 18 años.

Con esta mención, quiero hacer notar el paso veloz del tiempo y el declive inexorable de la vida. Arturo Abella, en aquel entonces de 72 años, aparece en el registro fotográfico lleno de vitalidad y exhibiendo su exquisito don de gentes. Siempre se distinguió como el perfecto caballero, obsequioso con las damas y dueño de trato amable con todo el mundo. Era el auténtico “cachaco”, de porte sereno y reposado y sonrisa espontánea, que exhibía el sello aristocrático de los caballeros de antaño.

De aquella estampa vital, frente al estado de postración física de sus últimos días, permanecía el ser superior que soportaba en silencio, lleno de dignidad y fortaleza, la amputación de una pierna y sentía en su soledad las ráfagas del abandono y el olvido. Del brillante comentarista de los años 60 y 70, pionero de los noticieros de televisión y que marcó una época en el periodismo político del país, poco quedaba. Pero lo sostenía la fe. En medio de los avatares de su destino cruel, nunca perdió el humor ni dejó de sonreír.

El senador Enrique Gómez Hurtado, uno de sus amigos más preciados, que lo visitaba con frecuencia y con él discutía los sucesos nacionales, dice que siempre salía fortalecido al encontrarlo eufórico, dotado de mente reflexiva y rebosante de chispa, como en sus mejores días. En el año 2001, amputada la pierna para salvarle la vida, llamó por teléfono a su hija María Mercedes y le dijo: “Perdí una pierna pero no la cabeza”.

A finales de los 60, Arturo Abella  adquirió gran popularidad con el famoso Telediario 7 en punto, espacio que manejó durante ocho años en compañía de Juan Álvaro Castellanos y las Teresitas (apelativo cariñoso asignado a las simpáticas damas): Teresa Macía y María Teresa del Castillo. El periodista creó una frase ingeniosa para dar las chivas que había obtenido de los personajes del gobierno o la política: “Una fuente de alta fidelidad contó…”

Telediario se convirtió en termómetro de la vida colombiana. El televidente no sólo quedaba bien enterado de los últimos sucesos, sino que recibía recta orientación gracias a los ponderados editoriales con que el director expresaba sus puntos de vista y glosaba el acontecer nacional. Riguroso con las noticias, recomendaba a sus colaboradores no dejarse manejar por el afán ni por los rumores, e investigar, en cambio, la veracidad y el color de los hechos.

En otras palabras, les decía que no debían “tragar entero”, sino digerir los detalles y presentar el caso con objetividad y en buen castellano. El equilibrio, información y seriedad, ejes donde reposaba su fuerza profesional, le crearon una atmósfera de respeto y confianza. “El periodismo hay que ejercerlo –dijo una vez– con guantes de seda y oído de violinista”.

Elegido miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, se convirtió en uno de los pregoneros más conspicuos del bien decir. No sólo enriquecía sus propios conocimientos mediante lecturas selectas, sino que era una cátedra erudita y amena: en la televisión dirigió el programa Diga… y no diga, donde corregía yerros gramaticales e irradiaba sabias lecciones.

Su bagaje intelectual provenía de sus estudios de filosofía y letras en la Universidad Javeriana. Editó 11 libros, la mayoría de historia, entre ellos, El florero de Llorente, Don Dinero en la Independencia, Melo, Biografía de Núñez, Así fue el 9 de abril. Fue columnista de El Siglo, El Colombiano, El Tiempo y El Nuevo Siglo (periódico donde escribió hasta última hora), así como de diversas revistas.

Al preguntársele cómo quería que lo recordaran: como periodista, historiador o filólogo, no dudó en responder: “¡Como periodista!, que ha sido mi gran pasión”. Y vaticinó que moriría siendo periodista. Ya deteriorada su salud en forma severa, su hijo Andrés lo ayudó a sacar en limpio sus dos últimos artículos para el Nuevo Siglo, que él le dictaba. De este modo, se repetía la misma historia de Teófilo Gautier, que en sus días postreros, carente de fuerzas para seguir escribiendo, se empeñaba en hacerlo; cuando no podía escribir, dictaba. Y murió con la pluma en los dedos.

La referencia que hacía el periodista sobre sus fuentes de alta fidelidad, es aplicable a su propia vida. La lealtad fue norma inquebrantable de su espíritu: primero, con sus principios y creencias; luego, con sus amigos, y en tercer lugar, con la política, campo en que mantuvo estrecha amistad con Laureano Gómez y su familia. Nunca fue sectario. Su mente abierta no le permitía serlo.

Todas las lealtades ocuparon sitio eminente en el carácter de Arturo Abella. Pero el periodismo fue su más alta fidelidad.

El Espectador, Bogotá, 25 de febrero de 2006.

* * *

Comentarios:

Retrato fidelísimo de Arturo Abella, inolvidable periodista del buen decir, a cuya memoria dedicas uno de tus mejores artículos, que lo retrata psicológica y físicamente con gran maestría. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

 Como estudiante de periodismo aquí en La Sabana es de suma importancia conocer el legado del señor Abella como periodista. Siempre escuché de los abuelos de los insuperables momentos de “7 en punto” en los 60 y 70, y ahora me encargo de su conocimiento por medio de sus libros y escritos. Trabajo para el periódico de la facultad y compuse una pequeña nota necrológica a propósito de su muerte, presenciando su inhumación el pasado 20 de febrero en el Cementerio Central. Para mi tristeza fui el único medio presente allí y noté también la ausencia de sus “amigos” de la política con los cuales siempre se codeó. Carlos A. García R., Sala de Redacción del periódico Indirecto, Universidad de La Sabana, Bogotá.

Lo felicito por la columna en El Espectador sobre ese gran hombre y periodista don Arturo Abella. Es un homenaje póstumo para ese gran señor de las letras y del buen castellano. Tuve el honor de conocer a don Arturo Abella y fue para mí piedra fundamental para encarrilarme en el periodismo. José Linares Suárez, Miami.

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La cátedra de Drezner

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando en 1984 Preguntas y Respuestas, de Manuel Drezner, cumplía  35 años de vida en las páginas de El Espectador, Pedro Gómez Valderrama decía en el mismo diario: “Hay algo que es fascinante en ese género de columna periodística, y es la posibilidad de permitir que el lector exprese sus dudas, sus inquietudes, su humor. Manuel lo hace a la perfección, con unas respuestas envidiables por su sabiduría, precisión y lógica”.

Hoy la sección lleva 57 años de ejercicio continuo y se ha convertido en la columna más antigua de la prensa colombiana y una de las más llamativas del rotativo bogotano. Durante casi medio siglo, Preguntas y Respuestas ha sido dirigida por Manuel Drezner. Antes estuvo a cargo de Gonzalo González, GOG, el inolvidable director del Magazín Dominical en una de sus épocas más floridas. (De paso, sea oportuno lamentar la desaparición del Magazín, escuela de escritores que no ha sido superada por ningún otro espacio).

Don Guillermo Cano, director de El Espectador, le propuso un día a Manuel Drezner que manejara dicha sección en vista del retiro de GOG. Aunque el nominado, ingeniero de profesión, se desempeñaba en el mismo periódico en campos que no tenían nada que ver con resolver consultas de los lectores (era comentarista musical y cultural), le pareció interesante la idea y asumió el reto.

Para marcar otro tono, introdujo algunos cambios a la columna e implantó este derrotero claro: hacer una sección ágil y variada donde prevalecieran la amenidad, el humor y la sencillez, y que fuera recinto de temas novedosos, sin penachos de sapiencia pero con respuestas certeras que dejaran enseñanzas útiles para toda clase de lectores.

Drezner, que es persona de fino humor y al mismo tiempo erudito sin pretensiones, y por añadidura investigador impenitente (una de las claves de la sabiduría), implantó su propio estilo. Y se ha mantenido en las páginas del periódico por cerca de cincuenta años, hazaña que poca gente consigue.

Hoy es el decano de los escritores del rotativo, después del éxodo silencioso de José Salgar. Otro veterano de la misma casa, aunque con algo menos de antigüedad y con tiempo interrumpido, es el caricaturista Osuna, maestro en su género y además columnista de opinión, independiente y original. Drezner dice que no tiene afán de jubilarse y que no sabría qué hacer cuando se desconecte de su público.

Las más variadas inquietudes, provenientes de personas ilustradas o de gente del común, son resueltas por el periodista con claridad, gracia y talento. Cuando no abarca el tema o se le escapa algún detalle, no tiene inconveniente en reconocerlo y entonces acude a los propios lectores para que aporten luces o información precisa que permitan dilucidar el asunto.

A veces, el corresponsal no está de acuerdo con determinada respuesta y controvierte el tema. Así se enriquece la cultura. La incredulidad, inmortalizada por el apóstol Tomás, es camino para llegar al conocimiento. De tal manera, la sección se ha convertido en cátedra de amplio bagaje, trabajada por profesor y alumnos.

Otras veces, la duda que se plantea es tan curiosa, imprecisa o insólita, que el consultor debe echar mano de penetrante imaginación para ofrecer hipótesis valederas y al mismo tiempo creíbles, sin llegar al dogmatismo. Preguntar, por ejemplo, como lo hizo la persona que desde Cali se firmó como Richi, cuál es el sexo de los ángeles, es algo que se sale del caso corriente.

Tal vez a nadie más que a Richi se le ha ocurrido presentar semejante acertijo, pero Drezner se las ingenió para escudriñar el secreto angelical tan bien guardado. El maestro, después de mucho tocar y oler el campo bíblico, llegó a la conclusión de que, por tratarse de seres divinos, los ángeles son asexuados y por tanto desconocen las artes de la reproducción.

Con el título ¿Cuál es el sexo de los ángeles?, Manuel Drezner recogió hace poco, en obra editada por Editorial Fonolibros de Colombia, una selección de sus luminosas respuestas, que deben extenderse –así lo esperamos– a varios tomos  más. Se trata de valioso texto de consulta que entra a enriquecer la bibliografía cultural del país y que recibimos con alborozo los lectores constantes de la columna emblemática de El Espectador.

El Espectador, Bogotá, 5 de marzo de 2006.

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Periodista integral

viernes, 30 de abril de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

José Salgar es el periodista más completo que tiene el país. A la edad de doce años se inició como ayudante de linotipo y diez años después fue el jefe de Redacción de El Espectador. Durante las siete décadas que lleva vinculado a este periódico, ha pasado por todas las responsabilidades, desde la más modesta hasta la dirección del diario, en 1998. En este recorrido ejemplar, buena parte del cual lo cumplió al lado de Guillermo Cano -otro maestro del oficio-, ha puesto en evidencia lo que vale el empirismo como fuente del conocimiento.

Durante largo tiempo ocupó la subdirección de El Espectador, y fue director de El Vespertino por espacio de quince años. En 1933 ingresó a esta misión apasionante, y desde entonces no se ha apartado de su derrotero. Hoy, a los 82 años de vida, exhibe el itinerario más largo y meritorio que haya tenido periodista alguno en el país. Es hombre de lucha y realizaciones.

El saber que obtuvo en el campo de batalla lo ha transmitido a quienes han jalonado con él, a lo largo de setenta años, la grandeza de El Espectador. Lo mismo como soldado raso que como directivo del periódico, su bandera ha sido la misma: servir con devoción, rectitud y entereza las causas justas. Su olfato periodístico lo convirtió en inmejorable intérprete del acontecer nacional.

Cuando en 1989 fueron destruidas las instalaciones de El Espectador por una carga de dinamita, en medio de los escombros lanzó una de esas frases lapidarias que quedan grabadas para la posteridad, como respuesta genuina para quienes pretendían -y pretenden- atentar contra la libertad de pesamiento: “Seguimos adelante”. El periódico no fue destruido: sólo se vinieron al suelo unas paredes y se dañaron unos equipos. Su esencia vital quedó en pie. La mole estaba sostenida por personas valientes como José Salgar, preparadas para no desfallecer en los momentos de peligro. Y El Espectador siguió adelante. Aquí lo tenemos.

La escuela en que él militó pertenece ya al pasado. Las grandes figuras del diarismo nacional cumplieron su misión y dejaron el campo a las nuevas generaciones. El rastro de los viejos queda como estímulo y título de orgullo para los batallones de periodistas que hoy engrandecen la carrera. En este relevo generacional hay una excepción: la de José Salgar, que sigue activo, como uno de esos robles que nunca se vienen al suelo.

Ahí lo vemos en sus largas caminatas, preservando las energías físicas y vitalizando el espíritu. Lo vemos en sus viajes por el exterior, dictando conferencias y auscultando los hechos mundiales. Lo vemos en su oficina discreta de El Espectador, como una de esas lámparas votivas que están siempre encendidas. Hasta hace poco era el decano de periodismo de la  Universidad Sergio Arboleda. Todo un milagro de supervivencia. Un testimonio vivo para los seguidores de la noble profesión.

El mejor juicio que se ha expresado sobre él lo dio Guillermo Cano en 1983, al cumplir Salgar cincuenta años de actividad: “Fue un periodista que se hizo a sí mismo en todos los sentidos. Se educó, se capacitó, se perfeccionó por su propio esfuerzo sin ayuda externa, en razón de su inteligencia y del alma de periodista que nació con su alma”. 

Esta labor infatigable y brillante le ha hecho conquistar preseas de alta jerarquía, como el Premio SIP Mergenthaler y el Premio Simón Bolívar. A ellas se suma la que acaba de conferirle la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, otorgada por primera vez a un colombiano. El país, con dicha distinción, también se siente honrado. Es la honra que le transmite este victorioso Hombre de la Calle, su columna durante más de treinta años. Ejemplo en verdad edificante el que deja para los jóvenes este viejo luchador de las noticias y las ideas.

El Espectador, Bogotá, 4 de septiembre de 2003.

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La muerte del general París

miércoles, 2 de diciembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El Tiempo, en su edición del pasado 25 de junio, informó que el general Gabriel París Gordillo, presidente de la Junta Militar que reemplazó al general Rojas Pinilla en 1957, había muerto en la ciudad de Bogotá y que sus exequias se realizarían al día siguiente con asistencia del presidente Álvaro Uribe Vélez. Al día siguiente, en lugar de las exequias y de los numerosos avisos funerarios que se presentían, apareció en el mismo diario la rectificación de la noticia, con esta manifestación de un hijo del general: “Él está en una finca del Tolima, no tiene problemas de salud y hasta da conferencias”.

Lo cual, por supuesto, es digno de celebración. Un personaje de la categoría del general París, que aparte de cumplir brillante carrera militar tuvo alta figuración en aquellos lejanos sucesos, ocupa sitio destacado en la historia colombiana. Sus otros compañeros del gobierno provisional fueron los generales Luis E. Ordóñez Castillo, Rafael Navas Pardo, Deogracias Fonseca Espinosa y el contralmirante Rubén Piedrahíta Arango. En ese tiempo, el general París contaba 47 años de edad, y hoy tiene 95. De entonces a hoy mucha agua ha corrido bajo los puentes, y la historia se ha olvidado.

El alto militar resucitó con estas palabras suyas, expresadas desde Flandes a un corresponsal del periódico, municipio donde reside desde hace varios años: “No estoy muerto, estoy vivito y coleando, con 95 años de vida, bien bebidos y bien comidos”. Palabras que equivalen a otra célebre frase que se viene repitiendo a lo largo de los años, como respuesta irónica, e incluso festiva, ante las muertes inexistentes (que las hay, las hay, como queda visto): “Los muertos que vos matáis gozan de completa salud”.

Ya ocurrido el caso, es pertinente hacer unas reflexiones sobre la falsa noticia,   cometida acaso por los apuros con que se arma el diario los fines de semana. Esto, desde luego, no justifica semejante equivocación. Frente a los códigos de responsabilidad que debe observar el periodismo en el campo informativo, no se entiende cómo se coló la pifia sin que nadie la hubiera detectado.

El Manual de Redacción de El Tiempo, en el numeral 2.05.07, dice que “los rumores no son noticia” y recomienda a los periodistas acudir a fuentes serias de información para confirmar la exactitud de los hechos. Aquí se pretermitió esa regla. Era fácil buscar contactos con la familia del presunto muerto, o con los mandos militares, y de paso enterarse de otras circunstancias relacionadas con el deceso. Y no se hizo.

La noticia fue a dar a página interior del periódico y no tuvo la notoriedad que ha debido concedérsele. La presente nota no entra a enjuiciar la gestión pública cumplida por el general París, figura sobresaliente del gobierno militar –tanto el de la dictadura como el le que siguió en el período de transición–, sino la equivocación cometida al darse una noticia infundada.

La rectificación apareció en el mismo espacio interior del diario, cuando lo indicado era hacerlo en primera página por tratarse de un error de gran tamaño, ya difundido en todo el país. Además, El Tiempo ha debido presentar excusas al general y su familia, por las incomodidades y el dolor que les causó. Una hija suya que vive en Bogotá quedó consternada cuando supo la muerte de su padre, y las horas siguientes fueron de ahogo y sufrimiento en medio de las incontables llamadas telefónicas que entraron a su residencia. ¿Qué piensa sobre este caso la defensora del lector de El Tiempo, en lo referente al ejercicio periodístico?

En la hoja de vida del general París se destacan las posiciones de comandante de la segunda y cuarta brigadas, con sedes en Barranquilla y Medellín. Durante el gobierno militar fue comandante del Ejército, embajador extraordinario y plenipotenciario en una misión en Estados Unidos, ministro de Justicia y de Guerra y encargado del Ministerio de Relaciones Exteriores. El 10 de mayo de 1957, a la caída de la dictadura, Rojas Pinilla lo escogió para presidir la Junta Militar, la que designó un gabinete de reconciliación nacional y convocó al plebiscito que estableció la alternación de los partidos en el poder durante 16 años, fórmula conocida como el Frente Nacional.

El 7 de agosto de 1958, los cinco militares entregaron el gobierno al doctor Alberto Lleras Camargo tras cumplir un papel de equilibrio y moderación luego de los graves hechos que había vivido la nación, y Colombia pasó a otro proceso histórico. De ese equipo, el único sobreviviente es el general París.

El Espectador, Bogotá, 30 de junio de 2005.

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Comentarios:

Felicitaciones por tu muy acertado y ameno artículo sobre la “muerte” que El Tiempo le dio al general París. Das una lección sobre cómo se deben manejar esas cosas desde el rigor periodístico que merecen. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

En nombre de toda nuestra familia, le agradezco infinitamente el artículo que escribió sobre la metidota de pata de El Tiempo. Y lo que usted dice es cierto: ni le dieron a la noticia la dimensión que merecía, ni la corrigieron con la misma fuerza. Tan cierto es esto, que cuando me comuniqué telefónicamente con él, me dijo que lo grave de ese asunto no era que lo hubieran matado, sino que no lo habían revivido. A mí, además de haberme dañado el sueño –pues mi mamá me llamó muy a las 5 a.m. a darme la noticia–, por poco me hacen abordar un avión hasta Bogotá. ¿Puede creer que hasta la oficina de Protocolo de la Presidencia llamaron a mamá a preguntar si la noticia era cierta, pues el presidente Uribe estaba preocupado y necesitaba saber los detalles de la situación? Enrique Gómez París, director de Desarrollo Económico, Gobernación de Santander.

La reacción que tuvo tu corrección sobre la supuesta muerte del general París es más que merecida, pues tú pusiste las cosas en su sitio. Los columnistas mayores –¿viejos?– al menos tenemos la virtud de la indagación, la reflexión y la prudencia, asuntos bastante menospreciados por los jóvenes picateclas. Hernando García Mejía, Medellín.

(El general París murió en Girardot el 21 de marzo de 2008, a los 98 años de edad. Es decir, murió cerca de tres años después de que El Tiempo dio la falsa noticia).

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Defensora del lector de El Tiempo: Cecilia Orozco T:

El 10 de julio intervino en este caso la Defensora del lector con la columna Sucesión de errores, quien anota, entre otras cosas: “Pese a que las posibilidades de equivocarse siempre están presentes, no es usual que se cometa un error tras otro (…) La responsable es una reportera experta en trabajos espinosos (…) Pero es obvio que en esta oportunidad falló (…)”.

La Defensora del lector  hace hincapié en las siguientes normas periodísticas:

“Podemos aprender varias lecciones de este capítulo excepcional:

“A. Las apariencias son más engañosas de lo que solemos aceptar. Con demasiada frecuencia, los periodistas llegamos a conclusiones apresuradas, basados en premisas tales como “todo indica que”…

“B. Es indispensable entender que cada uno de los datos que se van a utilizar tiene importancia y, en consecuencia, debe ser preciso. Muchos reporteros le dan prioridad a la verificación del punto central de su artículo y subestiman los detalles. Si estos son de corte histórico, el desprecio parece incrementarse, lo que puede conducir a serias inconsistencias, como quedó demostrado.

“C. La falta de interés en la historia es una falencia grave en cualquier periodista, no importa cuál posición ocupe en su profesión.

“Finalmente, si uno se equivoca, lo peor es evitar el tema. La mejor forma de salir airosos del apuro es reconocer con grandeza el error y guardar en la memoria –para no fallar de nuevo– el descuido que nos hizo caer en la trampa”.         

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