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Plumas navideñas

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La compilación de 65 artículos navideños, suscritos por 53 columnistas de El Espectador, constituye el libro que con el título Plumas navideñas a diestra y siniestra publicó el periódico en diciembre pasado, como “significativo regalo de Navidad para expresar nuestro agradecimiento a amigos, lectores y anunciantes”, según manifiesta el director, Fidel Cano Correa, en la nota de presentación de la obra.

La idea fue sugerida por Jorge Cardona Alzate, jefe de Redacción, que se encargó de recolectar el material, tarea nada fácil de realizar cuando en el archivo del periódico, a lo largo de sus 117 años de existencia, se guardan centenares de escritos sobresalientes sobre el tema de la Navidad y esto daría lugar a numerosos libros de la misma índole.

Uno de los archivos más ricos de la prensa colombiana es el de El Espectador. El fuego y las bombas no han conseguido, a pesar de su ímpetu arrasador, desmontar el acervo cultural que afamadas plumas de la inteligencia han sembrado en las páginas del rotativo. Este tesoro inapreciable fue el que permitió que surgieran infinidad de enfoques sobre la Navidad, todos dignos de rescate, pero de imposible inclusión en un tomo que se proponía ser ágil y de agradable manejo.

Queda para el futuro, así lo esperamos, la agrupación de otros temas, como el de la crónica y el reportaje, el de los editoriales y las columnas de opinión, el de la caricatura y la fotografía, el de las estupendas prosas que marcaron el nervio y el estilo insuperable del Magazín Dominical. Y en el género literario, el del cuento, que tanto lustre le dio a la literatura colombiana desde las páginas del citado suplemento, y tanto interés despertó en el público.

Aquí están reunidas plumas excelsas como la de Luis Tejada, maestro por excelencia de la crónica colombiana; o la de José María Cordovez Moure, muerto en 1918, que escribió un extraordinario proceso histórico bajo el título Reminiscencias de Santafé y Bogotá, uno de cuyos pasajes fue recogido en la Navidad de 1954; o la Alberto Lleras, autor de tantas páginas magistrales; o la de Gabriel García Márquez, que antes de obtener el Nóbel de Literatura era cronista estrella de la casa Cano; o la de Eduardo Caballero Calderón, figura cimera de nuestras letras; o la de su hermano Lucas –Klim–, cuya mordaz  vena humorística fustigaba a los funcionarios y a los gobiernos y era capaz, al mismo tiempo, de forjar grandes escritos.

Pedro Gómez Valderrama, uno de los escritores contemporáneos de mayor vocación humanística, es autor de preciosa página sobre la tarjeta navideña, costumbre hoy en decadencia y que en otros tiempos representó un fuerte lazo de unión y alegría. Abelardo Forero Benavides dice que “mientras la humanidad se congregue alrededor de la cuna, símbolo victorioso de la humildad sobre los poderes efímeros, habrá para ella posibilidades de rescate”. El padre Camilo Torres, situado frente al desamparo de los pobres en los días del jolgorio colectivo, expresa: “No creamos celebrar el nacimiento de Jesús si no nos decidimos a vivir su vida, a desearla con la austeridad humilde de los pobres, de los pobres a quienes está reservado el reino”.

Íntimo motivo de complacencia representa para mí el hecho de que el artículo Navidad, tesoro perdido, que escribí hace 25 años y que apareció en la primera página del Magazín Dominical, hubiera sido seleccionado dentro de este material. Es la Navidad, sin duda, época de colores, con los que se reflejan distintas tonalidades del sentimiento popular y del ámbito individual. Así lo revelan los títulos de varios de los trabajos recuperados: Navidad gris, de William Jaramillo Gómez; Navidad: luces y sombras, de Plinio Apuleyo Mendoza; Colores de Navidad, de Óscar López Pulecio; Navidades negras, de Guillermo Cano.

Cuán doloroso resulta el hecho de que esta última nota del ilustre director del periódico, escrita en la Navidad de 1986 (y que se publicaría en forma  póstuma en el mismo diciembre), fuera premonitoria de su propio asesinato a manos del narcotráfico. En ella transcribe la dramática carta de una hija angustiada que ocho años atrás había presenciado el rapto de su padre, de quien no volvió a saber nada. Al anunciar dicho documento, decía don Guillermo en aquella Navidad negra: “Transcribo –aunque comprendo que voy a causar entre no pocos de mis lectores un efecto desagradable cuando todos nos encontramos predispuestos a llegar a la Nochebuena con piticos y cantares– el texto de la carta que me puso a llorar en plena Navidad”.

En el poema Nochebuena, César Vallejo pinta en este cuarteto el claroscuro de las navidades:

Hay labios que lloran arias olvidadas, / grandes lirios fingen los ebúrneos trajes. / Charlas y sonrisas en locas bandadas / perfuman de seda los rudos boscajes.

El Espectador, Bogotá, 3 de febrero de 2005.

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Gracias, Aída

viernes, 27 de noviembre de 2009 Comments off

Con el número 733 del volumen XLV, del actual mes de diciembre, la revista Manizales se despide de sus lectores luego de 64 años de labor continua. Su directora, Aída Jaramillo Isaza, valerosa y perseverante combatiente de las lides culturales, basa su determinación en los agudos problemas económicos que desde tiempo atrás han hecho insostenible la supervivencia de la veterana publicación.

De los 33 anunciadores con que contaba la revista en otra época, el número descendió a tres: Mazda, Varta y Editorial Zapata. A pesar de los ingentes esfuerzos adelantados por Aída, no consiguió que sus paisanos le prestaran el apoyo necesario para superar la crisis.

Hace cinco años, en diciembre de 1999, estuvo a punto de producirse la clausura, pero el tesón y la esperanza de la diligente directora sacaron a flote la empresa. En aquella ocasión, y con el fin de aminorar costos, la publicación dejó de ser mensual y se volvió bimestral, conservando la misma calidad editorial y sobre todo el mismo espíritu de lucha y de entrega a la causa de las letras.

Por aquellos días, teniendo en cuenta la fragilidad de las cifras y la falta de empeño de algunas personas que podían dar su granito de arena, escribí un artículo donde afirmaba: “Si la ciudad de Manizales dejara extinguir esta atalaya, sería lo mismo que arriar una bandera, olvidándose del pasado glorioso”.

De todos modos, la revista Manizales ha llegado a su final doloroso. Aída Jaramillo, en sus palabras de despedida, no tiene tono de reproche sino de conformidad con los hechos inevitables. “No hay lugar en esta despedida -dice- para ninguna queja ni reclamo”.

Y expresa la ilusión de que con el paso de los años aparezca algún descendiente de sus progenitores que pueda proseguir la tarea que ella acometió con tanto brillo y coraje a lo largo de 26 años, tras la muerte de su padre en 1978. En dicho período realizó 280 ediciones, cifra que habla por sí sola de su capacidad de resistencia y de su recia voluntad en medio de los tropiezos, los sinsabores y las incomprensiones.

Sería deseable que, si los organismos culturales de Caldas no hicieron o no pudieron hacer nada para evitar el cierre, la Secretaría de Cultura de Caldas recogiera en una antología los miles de escritos que desfilaron por las páginas de la revista en sus 64 años de existencia. Sería un semillero de las tradiciones y el bien decir que enaltecen la vida de la comarca, convertido en tributo a los forjadores de la gaceta, como sucedió en 1991, por ejemplo, con las páginas del suplemento Generación del periódico El Colombiano, por parte de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Blanca Isaza, la fundadora de la revista, nacida en Abejorral, llegó a Manizales de tres años de edad, y allí se encontraría con Juan Bautista Jaramillo Meza, nacido en Jericó. En 1916 se unieron en matrimonio, y en 1951 fueron coronados poetas. En 1940 nacía la revista Manizales, que fue dirigida por Blanca Isaza hasta el día de su muerte, en 1967. Acto seguido se puso al frente del timonel su esposo Juan Bautista Jaramillo, y muerto este, en 1978, surgió en forma inesperada Aída Jaramillo, que no dejó naufragar el barco.

Hoy, agobiada por las cifras (y dice que sus pasajeros quebrantos de salud no son ningún obstáculo), no lo deja ir al garete sino que lo reclina en puerto seguro, en espera de mejores vientos.

A Aída tenemos que darle las gracias, sus devotos lectores, por la horas de goce espiritual que nos deparó en los 26 años de incesante ejercicio editorial, caracterizado por el rigor de la expresión cultural, por el cultivo del bello idioma y por la lucidez de las ideas. Gracias, Aída, en nombre de la cultura nacional, por todo lo que hiciste para preservar las banderas del espíritu.

El Espectador, Bogotá, 24 de diciembre de 2004.
Eje 21, Manizales, 23 de diciembre de 2015.

La publicación en Eje 21 está precedida de la siguiente nota:

«En su columna Contraplano, Orlando Cadavid Correa rinde sentido homenaje a los poetas Juan Bautista Jaramillo y Blanca Isaza, y a su hija Aída, directores de la revista Manizales, con motivo de la venta de la casona donde residió la ilustre familia. Es oportuna la ocasión para recuperar la presente nota, de diciembre de 2004, que comenta la clausura de la revista y da las gracias a Aída por su heroica labor al frente de la emblemática publicación.

Los periodistas y la guerra

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Daniel Esteban Hernández Vanegas, estudiante de Comunicación Social de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, me hace por internet la siguiente pregunta, dentro de un trabajo de periodismo que adelanta sobre la guerra de Irak: “¿Cuál es el papel que juegan los medios de comunicación en la formación de opinión pública en todo el mundo acerca de la guerra y cómo cree usted que fue el tratamiento periodístico?”. Y yo le respondo:

Lo primero que debe anotarse es que si no existieran sistemas informativos, el hombre se quedaría a oscuras sobre los sucesos de la humanidad. La libertad de expresión, por más defectuosa que sea -como a veces lo es, y no podremos evitarlo-, le permite al individuo identificar el curso de la historia y la contundencia de los hechos, para adaptar su mente y su conducta a las grandes perturbaciones sociales, económicas o políticas de los conflictos vesánicos -como son las guerras- que repercuten en todo el planeta y causan enormes destrozos materiales y morales.

En el caso de Irak, los medios modernos de comunicación fueron los canales  indicados para que el mundo conociera lo que acontecía en el campo de batalla, a veces con precisión asombrosa, minuto a minuto. No siempre, sin embargo, las noticias eran claras, lo que, por lógica, creaba desorientación, pero esa circunstancia obedecía a la misma oscuridad y velocidad con que se presentaban algunos acontecimientos, en esta guerra movida por métodos tan sofisticados como los que se emplearon en Irak, tan diferentes a los de las otras guerras (sobre todo la primera y la segunda guerras mundiales, que tuvieron una duración de varios años y dejaron millones de muertos y daños incontables).

Las noticias confusas de Irak se clarificaban en corto tiempo, gracias al profesionalismo con que las grandes cadenas periodísticas se encargaron de contarle al mundo la verdad de los sucesos. Cuando ocurren estos embrollos de las noticias, tan comunes en cualquier actividad humana y sobre todo en casos vertiginosos, es a la propia persona a quien corresponde desenredar el ovillo, aguzando los sentidos y buscando precisión con cuanto recurso tenga a la mano. Muchos no se enteran bien, o se enteran con desfiguraciones peligrosas, porque no leen bien las noticias o no saben escoger el canal idóneo de información.

Además, hay que distinguir la precipitación y la ligereza con que algunos periodistas, con ánimo de protagonismo o carentes de responsabilidad, narraban los sucesos. Pero la mayoría de los enfoques fueron veraces y supieron transmitir los dramas que se vivían detrás de las balas y los misiles. Puede asegurarse que, en su conjunto, los medios de comunicación formaron opinión pública, y la siguen formando después de derrumbado el régimen de aquel país. ¿Qué habría pasado si los sistemas informativos no hubieran tenido libertad para transmitir sus despachos a todos los vientos de la opinión mundial?

Cuando no existe libertad de prensa, habrá opresión. Las dictaduras prosperan a la sombra del silencio y la mansedumbre de la opinión pública. De ahí que los  tiranos le tengan tanto miedo al periodismo calificado y busquen, por los métodos represivos con que se sostienen en el poder, acallar a los periodistas libres, e incluso arrasarlos.

Por causas diversas, señor Hernández, catorce seguidores de la noble profesión que usted ha elegido pagaron con su vida una  absurda cuota en esta guerra estúpida que marca otra demencia del hombre en su eterna carrera de destrucción, legada por Caín. El gobierno de Irak le ocultó al pueblo la realidad de lo que ocurría en los enfrentamientos con las fuerzas invasoras, al no permitir la transmisión de las noticias desfavorables, alentando falsas esperanzas.

Es preferible un periodismo defectuoso o imperfecto, a otro silenciado o arrodillado. El periodismo y la democracia caminan de la mano. Usted, señor Hernández, ha sabido escoger su destino. Recordemos, a propósito, estas palabras de Ángel Ganivet: “Un pueblo culto, es un pueblo libre; un pueblo salvaje, es un pueblo esclavo; y un pueblo instruido a la ligera, a paso de carga, es un pueblo ingobernable”.

El Espectador, Bogotá, 8 de mayo de 2003.

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Evocación de don Guillermo Cano

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando conocí personalmente a don Guillermo Cano, el renombrado Director de El Espectador a quien leía con interés en sus editoriales formidables, ya llevaba varios años escribiendo en su periódico. Por aquellos días desempeñaba yo el oficio de gerente de un banco en la ciudad de Armenia, y en una venida a Bogotá le pedí a Otto Morales Benítez que me consiguiera una entrevista con el periodista estrella del país, diligencia de primer orden que no podía aplazar por más tiempo, si don Guillermo, con su proverbial generosidad hacia los escritores anónimos, había acogido mis colaboraciones con la sola credencial de cuartillas bien elaboradas, sin importarle que su autor fuera un solemne desconocido en el mundo del periodismo.

Cuando llegó al diario aquel sábado, hacía media hora que yo lo esperaba en la sala de recepción. A simple vista, el personaje me pareció frío y distante, y yo me preguntaba si aquella figura breve podía corresponder a la del temible catón de la vida colombiana. Esa silueta veloz, que pronto desapareció de mi vista mientras saboreaba el último sorbo de café ofrecido por su secretaria, no identificaba, por cierto, al coloso del periodismo nacional. En su despacho, el encuentro fue caluroso y espontáneo, y al instante descubrí un ser de extraordinaria simpatía y encantadora sencillez, que contrastaba con la primera apariencia surgida en la sala de espera.

Le agradecí, claro está, su benevolencia hacia mis artículos, y él me contestó que era el propio escritor el que se abría las puertas del periódico. Y me invitó a que conociera la poderosa rotativa que acababa de ser instalada como una respuesta al desafío de la tecnología. En el recorrido me preguntó por la vida del Quindío, por la suerte del café, por los políticos y los escritores de la región. De todo quería estar enterado como observador atento del acontecer cotidiano.

-¿Cómo hace usted para manejar al mismo tiempo la actividad de  gerente de banco y la de escritor, si son dos campos antagónicos? -me preguntó con curiosidad.
-¡Con disciplina, don Guillermo! -le repuse con la misma seguridad con que él manejaba las riendas de su periódico.
-No olvide que esta es su casa -me dijo con efusión en la despedida.

Mi primera vinculación con El Espectador ocurrió en mayo de 1971, cuando un cuento mío remitido al Magazín Dominical, y que años después le daría título a uno de mis libros, apareció galardonado en sus páginas. Vinieron luego otros trabajos literarios, y todos corrieron con buena suerte. Tiempo después me encontré con la grata sorpresa de que otro de mis escritos salía publicado en la página editorial. Don José Salgar, subdirector del diario y maestro de periodistas, me manifestaba lo siguiente en aquellos días de ascenso: “Ese estilo de lecturas es el que quisiéramos siempre ofrecer en nuestras páginas y en adelante estaremos atentos a prestar la mayor acogida a las colaboraciones que usted nos envíe”.

Era inmenso el reto que imponía este estímulo, pero la oportunidad no podía desaprovecharse. Pasaron los días, y casi no advertí el momento en que pasé de colaborador eventual a columnista permanente. Hoy, treinta años después, en esta mirada retrospectiva al nacimiento y avance de mi carrera periodística, aparece diáfana e imprescindible la imagen de don Guillermo Cano como motivador y guía de dicho destino. Pienso que los 1.500 artículos de prensa sembrados en ese itinerario no habrían sido posibles sin aquel impulso inicial.

Este recuento, que alguien podría tildar de presuntuoso, es en realidad la manera apropiada de contar cómo nace y se forma un periodista. Lejos yo de vanidades malsanas, creo que a los nuevos periodistas y escritores hay que enseñarles los caminos de la lucha, de la superación y el triunfo de este oficio exigente. La universidad de esta profesión, como bien se sabe, se cumple al pie del cañón.

Hay que recordar que la mejor escuela de periodistas del país ha sido siempre la de El Espectador. Esta tradición, fomentada por el fundador, don Fidel Cano, y seguida por sus descendientes batalladores, ha llegado hasta los tiempos actuales, con el doctor Carlos Lleras de la Fuente como el valiente capitán de la nave en esta nueva tempestad que embiste al periódico.

El 12 de diciembre de 1986 fue la última vez en que me vi con don Guillermo Cano. Y le expresé mis mejores deseos para el nuevo año, cuando El Espectador cumpliría, en marzo siguiente, el primer centenario de su fundación. Cinco días después de aquella entrevista, que se convertiría en la despedida final de mi personaje inolvidable, el narcotráfico lo asesinaba a la salida del diario.

La sangre del periodista caía como mancha horrenda sobre la libertad de expresión y estremecía con furor la conciencia nacional, a veces amodorrada y a veces apática cuando se trata de arremeter, como con tanta vehemencia, coraje y lucidez lo hacía don Guillermo, contra la corrupción pública y los abusos de gobernantes y poderosos.

Aquel 17 de diciembre de 1986, de paso por la ciudad de Cúcuta antes de proseguir la marcha de vacaciones hasta la Isla de Margarita, la noticia fatal me heló la sangre y me enturbió el espíritu. El país entero se paralizó de desconcierto e indignación, mientras crecían las sombras de la insensatez y la demencia y nacía el mayor mártir del periodismo colombiano. Toda una epopeya en la democracia universal de las ideas.

El Espectador, Bogotá, 20 de septiembre de 2001.

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