Archivo

Archivo para la categoría ‘Poesía’

Gabriela Mistral en Colombia

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Gabriela Mistral nunca estuvo en Colombia. Sin embargo, fue una enamorada de nuestra tierra y mantuvo cercanía espiritual o epistolar con notables figuras nacionales, como el presidente Eduardo Santos y los escritores Germán Arciniegas, Agustín Nieto Caballero, Germán Pardo García, Amira de la Rosa, León de Greiff, Rafael Vásquez, Luis Enrique Osorio, Baldomero Sanín Cano. Sin conocer la geografía colombiana -pues su salud, siempre que intentó viajar a Bogotá, se veía amenazada por los riesgos de la altura-, era como si aquí hubiera residido toda la vida. Su visión del país, sobre la cultura, la gente y los paisajes nacionales, era increíble.

Otto Morales Benítez la define como la hermana mayor de la cultura colombiana. En un escrito de 1934, así se expresó la poetisa: “Decir Colombia es un modo hasta más exacto de decir América”. Ese afecto consentido la llevó en repetidas ocasiones a hablar de “nuestra Colombia”, con énfasis y orgullo, como si se tratara de su propia patria. Eduardo Santos, inmejorable cultor de su amistad y ferviente admirador de su valía literaria, le mantuvo abiertas las páginas de El Tiempo y en él escribió Gabriela magistrales ensayos (iniciados hacia 1923 y que llegan hasta el 45, cuando obtuvo el Premio Nóbel), los que habían quedado sepultados en el olvido.

Con la publicación que acaba de hacer el Convenio Andrés Bello, dirigido en Colombia por Ana Milena Escobar Araújo, con la asesoría de Otto Morales Benítez -quien desde hace varios años trabajaba en este proyecto gigante-, viene a rescatarse no ya la figura poética de Gabriela, difundida en el mundo entero con las excelencias que le da su obra lírica, sino a la prosista que pocos conocen. Tras una pesquisa por diarios, revistas y archivos epistolares, y movido por la obsesión que le produjo años atrás el conocimiento fragmentario de este acervo cultural, Morales Benítez logró compilar, sacudiéndoles el polvo de los años y de la ingratitud, refulgentes escritos que son recogidos hoy en los tres volúmenes de lujo que llevan por título Gabriela Mistral, su obra y poesía en Colombia.

El torrente de inquietudes, recuerdos y reflexiones que la autora sembró en sus cartas y ensayos constituye un monumento de la mayor altura intelectual, que quizá los académicos suecos, orientados sólo por la fama de la chilena en el campo de la poesía, no llegaron a descubrir. Suele suceder que cuando se examina una obra, los ojos se van detrás de los libros publicados y pocas veces se reflexiona sobre la producción dispersa en periódicos y revistas, y menos en el género epistolar, que permanece escondido y por lo general se ignora. Ese es el tesoro que sale ahora a la luz, 45 años después de fallecida la escritora, hecho ocurrido en Nueva York en 1957.

El verdadero pensamiento suyo como humanista, sicóloga y socióloga está contenido en estos documentos de inestimable valor. La fuerza de su espíritu se manifiesta aquí con los rayos luminosos de un lenguaje rico en ideas y matizado con los dones de la serenidad, la donosura y la firmeza intelectual. En su epistolario se disfruta del encanto de un alma sensible que se dispensaba a los demás con efusión y generosidad. Sus enfoques sobre el continente americano -la Indoamérica que ella exaltó- reflejan, como gran pensadora y crítica social, sus hondas raíces humanas dentro de una región amarga, donde los moradores viven vejados por la tiranía y la explotación y languidecen agobiados por la miseria y la desesperanza. “Por el ímpetu de la herencia y por una lealtad elemental -proclama Gabriela-, mi defensa del indígena americano durará lo que mi vida”.

Su sentido de la democracia contradice su decir constante de que no era política. Sus obras y expresiones revelan todo lo contrario: pocas personas como ella, de su estirpe cultural y de su fibra indígena, se han compenetrado tanto con los seres tristes y amargados, con los niños y los desvalidos, con los pobres y los hambrientos. En carta dirigida al Club Rotario de Bogotá, publicada por El Tiempo en 1941, presenta un cuadro estremecedor sobre el hambre y la miseria, como si se tratara de un fenómeno de los días actuales, y puntualiza: “Lo único válido es una liquidación de la hambruna, la desnudez y la ignorancia populares. Y cuando digo aquí “desnudez” tengo en los ojos la carencia de casa y vestido, es decir, la falta de algodón sobre el cuerpo y la escasez de habitación humana”.

Gabriela Mistral se marchó de la vida con el dolor de no haber estado nunca en Colombia. Pero fue de espíritu una colombiana más -y por extensión, una americana airosa, o mejor, una mestiza auténtica, una indoamericana de carne y corazón-, que vivía nuestras angustias y esperanzas; que admiraba a nuestros escritores y poetas; que soñaba con nuestros ríos, valles y montañas; que mantuvo cálida correspondencia con destacadas personalidades nacionales, y que siempre llevó a flor de labio el nombre de Colombia como un heraldo de su alma romántica. El presidente Eduardo Santos, su mecenas e indeclinable amigo, era uno de sus mayores ídolos.

Gabriela llegó a Colombia en días pasados, en estos tres libros maravillosos de su propia creación. En el homenaje que le tributó en el Gimnasio Moderno el embajador de Chile, don Óscar Pizarro Romero, escuchamos la voz viva de la poetisa, con su mensaje de amor y perennidad, y nos sentimos jubilosos con ella y con su herencia literaria, y orgullosos de ser sus hermanos colombianos.

El Espectador, Bogotá, 21 de diciembre de 2002.
La Patria, Mnizales, 29 de enero de 2003.
6Columnas, 2 de diciembre de 2009.
Eje 21, Manizales, 3 de diciembre de 2009.
Revista Aristos  n.° 32, Alicante (España), junio de 2020.
Comentario
Leí el artículo de su autoría acerca de nuestra querida Gabriela. Quisiera aprovechar esta oportunidad para destacar los mensajes y contenido de tan magnífico artículo, que en definitiva realza una vez más el entrañable afecto entre colombianos y chilenos. Óscar Pizarro,  embajador de Chile en Colombia.

Memoria de un gran boyacense

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace un siglo, el 26 de julio de 1903, nacía en Tunja Eduardo Torres Quintero. Y hace treinta años, el 10 de mayo de 1973, ocurría su muerte en la misma ciudad. Se trata de uno de los prosistas más grandes que ha tenido Boyacá, y el abanderado por excelencia de las humanidades, la cultura y las tradiciones de la región. Marcó toda una época como literato, educador, crítico, poeta, orador, académico y estilista de vuelo magistral. Difícil encontrar en el departamento una persona, como él, de tan acendrada vocación por el arte y la belleza, con un magisterio insigne en todo lo que fuera inquietud intelectual, y dueño de vasta y exquisita sabiduría, de carácter excepcional y de maravilloso don de gentes.

Cuando dirigió la Contraloría General de Boyacá, en los años 50 del siglo pasado, su sentido de la moral se manifestó en férreas y eficaces acciones que pusieron en la picota a los funcionarios corruptos y crearon un clima de resonante depuración de la vida pública. Ese sello de la honestidad y el decoro, que era distintivo sobresaliente de su cuna ilustre, se reflejaba en todos los actos de su vida. Si su ejemplo se aplicara en los días actuales, qué distinto sería el país.

El Concejo de Tunja dispuso en 1976, como homenaje a su memoria, la publicación de sus mejores páginas, acto que se cumplió con la edición del libro Escritos selectos, bajo la asesoría de su hermano Rafael, que ocupaba la dirección del Instituto Caro y Cuervo. Otras de sus obras son Lira joven, Boyacá a Julio Flórez, Fantasía del soñador y la dama, Cantar del Mío Cid, y numerosos discursos, artículos, traducciones y ensayos. Muchos de estos trabajos fueron recogidos en las revistas Boyacá, Cauce y Cultura, que él dirigió, en diferentes etapas, con singular brillo.

Sus escritos resplandecen como dechados de estética, elegancia y depuración idiomática. Manejó un lenguaje castizo, galano y armonioso, donde campean el vocablo preciso y el adjetivo cabal, que convencen y emocionan. Era maestro en el arte de engalanar la palabra hasta hacerla refulgente, a fin de que el pensamiento tuviera exacta y abrillantada expresión. La misma disciplina, y acaso más rigurosa, se impuso con su obra poética, donde aparece el vate tierno y romántico, de fina entonación y florido lenguaje. “Fue un explorador de las letras, las artes, los estilos”, dijo Rafael Bernal Jiménez, y Vicente Landínez Castro agrega que “escribir fue siempre para él una especie de liturgia, y también un oficio de magia”.

Fuera de la cultura y las letras, la mayor pasión de Torres Quintero fue Tunja, su cuna natal, y con ella Boyacá. Compenetrado con la idiosincrasia de la comarca, auscultó el alma boyacense como un explorador de los tesoros inmutables de la raza y los de la riqueza histórica y destacó o criticó la permanencia o el menoscabo de los bienes culturales. Nunca toleró mutilaciones del patrimonio colonial y religioso, y siempre levantó su voz airada, con esa vehemencia tan propia de su espíritu combativo y demoledor, cuando se cometía un atropello o se incurría en el simple olvido o menosprecio de lo que debe conservarse en el acervo de los pueblos.

Tunja fue la ciudad de sus ensueños, sus adoraciones y sus amores. Y Boyacá, la tierra grande, sufrida y gloriosa, que le enardecía el sentimiento al avivarle el amor patrio y afianzarle el cariño por el paisaje, la gente y lo terrígeno. Su obra  es un canto perenne a Tunja y Boyacá, a través de múltiples motivos, bien fuera la de sus escritores y poetas, bien la de su historia y tradiciones, o la del pasado histórico, o la del magisterio y la juventud, o la de los templos en peligro de destrucción. Su pluma, como la lanza de don Quijote, vivía en ristre para atacar los exabruptos, y también dispensaba con profusión el reconocimiento franco hacia lo noble, lo bello y lo sublime.

Eduardo Torres Quintero, el cronista mayor de Tunja, como se le llamó, también fue el caballero andante de la cultura boyacense. Títulos ambos que acrecientan su recuerdo en este aniversario memorable.

El Espectador, 24 de julio de 2003.
Categories: Cultura, Ensayo, Poesía Tags: , ,

Sinfonía de los árboles viejos

viernes, 9 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El primer libro de poesía de Héctor Ocampo Marín, Sinfonía de los árboles viejos, fue la obra ganadora del III Certamen de Poesía “María Luisa García Sierra”, realizado en Villa de Bornos (Cádiz), España, en octubre de 2001. El premio contemplaba, entre otras cosas, la publicación del libro, del que se entregaría una cuota de ejemplares al ganador. Han pasado tres años desde que se produjo el fallo, y el escritor no ha obtenido los premios anunciados. Lo cual significa que su obra sigue inédita.

¿Qué ha sucedido? Es lo que no han explicado los promotores del certamen, que comprometían al Ayuntamiento de Bornos por actuar en su nombre. Ellos, al comunicar al ganador la decisión del jurado, le decían: “Es para nosotros, como organizadores, un orgullo que este concurso literario traspase no sólo las fronteras de la Sierra de Cádiz, sino lo que en principio nos hubiera parecido impensable, el Atlántico”.

Sin embargo, ese orgullo de hacer llegar el eco del certamen a nuestro continente, no ha tenido culminación. España es el país que más concursos realiza en el mundo de las letras castellanas. En diversas ocasiones esas preseas, que representan una oportunidad para que los autores difundan sus obras y se hagan conocer en otras latitudes, han sacado del anonimato a varias de nuestras figuras literarias.

Pero esta vez el Ayuntamiento de Bornos se desentendió de entregar el premio en comentario. Al conocer la extraña noticia, le pedí a Ocampo Marín que me diera su opinión sobre la falta de palabra de los organizadores. Considera él que, debido a la ausencia suya en el acto de premiación, quedó en suspenso la edición de su obra, que era lo que en realidad le interesaba. Para asistir a la ceremonia, a la que fue invitado, el escritor debía costearse el transporte y la estadía en España. Es decir, valía más el viaje que los galardones. Y han pasado tres años…

Mientras tanto, el público se ha privado de conocer este poemario, que yo he tenido la fortuna de leer por amable deferencia del autor. Pocos saben que Ocampo Marín sea poeta. Sus campos de mayor figuración han sido el ensayo, la historia y el periodismo, y también ha incursionado en la novela y el cuento. Ahora venimos a enterarnos de que ha sido poeta clandestino que a lo largo del tiempo produjo su obra silenciosa y supo guardar muy bien el secreto.

Sinfonía de los árboles viejos es un delicado opúsculo movido por el lirismo, la filosofía, el sensualismo, el amor a la naturaleza y a la vida. El autor les pone alma y sentimiento a sus árboles y los transforma en seres animados que, al igual que los hombres, aman y sufren, gozan y lloran. Conversan con Dios, con el viento y la floresta. Sufren la intemperie y se refrescan con la lluvia. Tienen horas de hastío y también de alborozo. Los hay sensuales, y hedonistas, y tiernos. Otros cargan con la soledad de los años y se les enfría el corazón. En medio del universo telúrico, disfrutan la cantata del agua y perforan el alma de la piedra.

El árbol habita la llanura o la ciudad, unas veces “ebrio de Dios” y otras “sensual y opulento”. Adquiere la propia epidermis del hombre y, como él, padece vejaciones e irradia amor. El árbol viejo de la avenida “enseña escoriaciones hondas. / Contra su haber sexagenario / se han estrellado viejas cóleras… / Y en la media noche invernal / o amaneceres de alba ciega, / al blanco inerte de su cuerpo / apuntan las esquizofrenias”.

Ojalá escuchemos pronto la Sinfonía de los árboles viejos, convertida en libro,  que nos debe, tanto al escritor victorioso como a sus lectores, que somos muchos, el extraño Ayuntamiento de Bornos.

El Espectador, Bogotá, 16 de septiembre de 2004.
Categories: Poesía Tags: