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¡Vigorizar la provincia!

domingo, 15 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El anuncio del Gobierno de aplazar el traslado de institutos descentralizados de Bogotá a otras ciudades mientras se estructuran mejor los procedimientos técnicos que sea preciso acometer, ojalá ponga freno a los insistentes movimientos regionales que se vienen suscitando. Pocas son las ciu­dades que no se creen con derecho a albergar la sede de una de esas ramales del Estado. Cuando varios lugares pa­recen propicios para establecer la mis­ma entidad, el clamor ciudadano se ha traducido en mensajes, en plebiscitos, en actos cívicos, en forcejeos e intrigas de mayor o menor grado.

Existe en tales aspira­ciones un razonable comportamiento para propugnar el progreso de la provincia. Es comprensible la actividad humana que han desplegado las fuerzas vivas para atraer el interés de las altas esferas gubernamentales desde cada sitio opcionable. Por anticipado, aunque sin medir exactamente las incidencias no siempre claras de esos despla­zamientos hacia la periferia, se tejen planes, más o menos deleznables, acer­ca de la nueva época de prosperidad que reportará la llegada del organismo estatal.

Loable el propósito del Gobierno de descon­gestionar la capital del país del agobiante poder de concentración que es­tá haciendo invivible, por lo complicada y lo caótica, la vida de una urbe con tres millones de habitantes y con creciente presión de necesidades. Lo indicado, entonces, es desplazar varios de los estamentos del estado, no solo como fórmula para hacer más respirable la atmósfera capitalina sino también para imprimirle mayor vigor a las regiones.

Las trabas, los contra­tiempos, la desazón que se viven en una ciudad como Bogotá atiborrada de problemas, de asfixias y de neuróticos, son factores que conforman la antesala del infierno. Pueda ser que el ilustre Cofrade no cambie pronto esta vida airada por la paz de su biblioteca

La provincia, con su vida y sus cos­tumbres apacibles, con su ambiente puro, con su potencial de desarrollo y hasta con cierto discurrir entre con­templativo y bucólico, está de pronto trocando la paz, en aras del progreso, por el alboroto y el absurdo. Es inevitable que las ciudades, sobre todo las intermedias, tarde o temprano rom­pan esa barrera invisible que preservaba su encanto, y al entrar en la órbita de crecimientos no siempre planificados, encaren vicisitudes y dificultades prematuras. Es como pasar de la desprevenida adolescencia a la conturbada pubertad.

La riqueza, con todo, está en la provincia. Deben, por eso, fortalecerse las ciudades y hacerse mayores. Es un tránsito inevitable para el progreso. Pero, paradójicamente, el poder político y el poder económico están empotrados en Bogotá. Antes de pensar en trasladar las sedes de los bancos y de los institutos descentralizados, debe dárseles mayor participación a las regiones.

Que no todas las decisiones se to­men en la capital a espaldas de las zo­nas productoras de la prosperidad. Las ciudades necesitan y reclaman autono­mía para determinados actos. Se requie­re mayor influjo en la periferia. Es todo asunto de atribuciones. Con esa participación y esa presencia en los destinos públicos, habrá mayor aceleramiento.

Para desmontar el poder concentrado en la capital del país es necesario comenzar por hacer más representativa la provincia. Después vendrá poco a po­co el acto material de ubicar las sedes en los puntos más indicados. Complejo programa de estrategias. Cir­cunstancia esta que no puede afron­tarse de buenas a primeras, ante el implícito peligro de traumatizar la vida de las ciudades con problemas de espa­cio, de habitación, de funcionabilidad, y los esencialmente humanos, en lugar de proporcionarles el proyectado bienestar.

Se requiere ahora, ante todo, una buena inyección de poder decisorio, distribuido equitativamente en todo el país, y muchas ventajas llegarán por añadidura Que sigan después los movi­mientos y las emulaciones para con­quistar las sedes. Esto es también buen síntoma de superación, pero sin peleas entre hermanos.

La Patria, Manizales, 17-IX-1974.

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El alcalde mordelón

miércoles, 27 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El mordisco que el alcalde de Carta­gena acaba de propinarle a un turista exaltado, médico para colmo del do­lor, con lesiones en su indefensa oreja izquierda, no es un mordisco cualquie­ra. Si usted camina tranquilamente por la calle y siente, en el momento menos pensado, los colmillos del perro vagabundo, al que sin darse cuenta le había pisado la cola, clavados en el muslo o en la nalga (y quiera Dios que no en lugares limítrofes más sensibles), el ca­so pasará inadvertido y no revestirá ninguna importancia, por más impor­tante que usted sea.

Pero si la morde­dura proviene de dientes tan finos co­mo los del señor alcalde, el hecho, a más de pintoresco y por más desgarra­dor que resulte, despertará el interés que suscitan los actos oficiales, y es po­sible que su adolorido apéndice se con­vierta, como en las fiestas bravas, en emblema de triunfo.

Recordemos, para corroborar la trascendencia de ciertos incidentes exóticos, el arrebato de Nikita Kruschef que movió la atención del mundo, y no armado de bombas atómicas, como era su distracción y continúa siendo la de sus sucesores, si­no con su bota como medio para hacerse escuchar. Es el único hombre que ha sido capaz de ta­conear tan fuerte, tan enérgico, que el mundo entero se eri­zó. Aquella bota, de por sí un elemento insignificante, pasó a las pá­ginas de la historia solo por haberla agitado el bravo Nikita en ademán tan inesperado como grandilocuente.

Laureano Gómez, otro bravo de la historia, cobró una discordia a paraguazos en pleno centro de Bogotá. Aunque no causó daños físicos, nunca un paraguas había sido tan aplastante ni desmoralizador.

Lleras Restrepo, genio igualmente volcánico –y los volcanes son sober­bios–, aplastó una revolución con su reloj de pulso, al manifestar a los colombia­nos, en escalofriante escena de firme­za, que la ley marcial que se impon­dría en una hora no quería gente en las calles. Los hogares quedaron com­pletos en contados minutos, pues se comprendió que el desacato a la advertencia presidencial podría de­jarlos incompletos.

Pero no confundamos las arremeti­das que tienen un fondo oculto de grandeza, con lo que en otro terreno puede ser un simple deseo de hacerse notar. La separación de Liz Taylor de su bohemio Richard, sus posteriores coqueteos y su dulce reconciliación, como si nada hubiera sucedido, hacen pensar en un aparato publicitario, tan útil para las personas que comienzan a oxidarse.

Los políticos se desgastan más que las luminarias del cine. Y también los alcaldes. Si esto, de pronto, le ha suce­dido al burgomaestre cartagenero, claro está que un mordisco bien dado puede restablecer su popularidad. Su fogosidad ha creado suspenso, expectativa y hasta cierto entusiasmo para algunos que no quieren que sus alcaldes se pas­men y desean, por el contrario, que salgan de inconvenientes marasmos, así sea a empellones o a mordiscos.

Falta saber si la «legítima defensa» que llama el alcalde de marras a su ac­ción extraoficial con el galeno bogota­no es un toque publicitario o un arre­bato de mal genio. La discusión entre varios amigos está dividida. Unos ha­blan de canibalismo; otros de desenfre­no tropical; y otros de un acto de au­toridad. Pero todos coincidimos en que el precedente no es bueno, porque puede ser prendedizo.

Ayer estuve metiendo el hocico en las finanzas municipales de Armenia, en amable tertulia con su alcalde, mi caro amigo, bajo la sombra hospitalaria de una casa de campo. Al llegar a cierto punto de cor­dial controversia, la ficción  me hizo verle los colmillos demasia­do afilados. Desde entonces preferí ponerme de acuerdo en todos los plan­teamientos y pensar, más bien, en el paraguazo de Laureano, pues por for­tuna mi dilecto amigo no usa tal arte­facto.

La Patria, Manizales, 11-I-1974.

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La remesa fúnebre

miércoles, 27 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Eso de descuartizar un hombre, suc­cionarle la sangre, empacarlo en bolsas plásticas como a los pollos congelados, acomodarlo en dos maletas y ponerlo a rodar hasta que el bus detiene la mar­cha en Cali, no sólo resulta macabro, sino que parece inverosímil. El caso, por más tétrico que sea, tiene un fon­do de chiflada comicidad.

La vida es una comedia. La historia parece una tragedia griega. Esquilo, o Sófocles, o Eurípides, hubieran montado un drama para ridiculi­zar, en nuestra época, tanto disparate de la humanidad, como en su tiempo lo hicieron con los aconteceres de su pueblo.

Detrás de esto que ha dado en lla­marse la «remesa fúnebre» hay un telón de burla. Y la burla se contrae con un rictus de risa y de tragedia. Fue primero la madre angustiada que reco­noció en los restos al hijo ausente, el calavera que se había perdido muchos años atrás. Pero el hijo descarriado, a la vista de su propia estampa publicada en los periódicos, debió cerciorarse pri­mero de que sus costillas estaban com­pletas y que aún mantenía puesta la cabeza sobre el tronco, para luego con­solar el llanto de su familia. Se presen­tó a las autoridades en carne y hueso y caminando por sus propios medios, para probar su supervivencia y acusar al muerto de ser un vil usurpador de derechos ajenos.

No ha sido bastante, para el pobre difunto, el haber recorrido media Co­lombia entre la incomodidad de una bodega, expuesto a los zangoloteos de un bus desaforado, sino que por segun­da vez vuelven a perturbar la tranquili­dad de su morada para verificar si coin­ciden sus huellas, y la mueca que aún le baila en el rostro desfigurado, con los rasgos de otro candidato a difunto que, como el anterior, pudo ser utiliza­do para escribir el mensaje que quiso enviarse a Cali con fines que, si no completamente claros, tampoco son indescifrables.

Pero, según reza la noti­cia, también en este intento el indefen­so cadáver regresa a su tumba como un simple suplantador, ya que en los Esta­dos Unidos «resucita» el mortal sospe­choso.

Tener semejanzas con momias sin dueño ni identificación no es nada agradable. Sigue, entre tanto, la incóg­nita. ¿Quién es el muerto? Lástima grande que Agatha Cristhie se nos haya vuelto tan vieja para que descubra el misterio. Para quienes creen en la reen­carnación, el ánima de esta remesa fúnebre ya está unida a otro ser y desde allí se burla de los investigadores que no han podido identificar la osamenta.

Habría un buen consejo para las es­posas con maridos parrandistas, de esos que acostumbran perderse duran­te varios días sin dejar huella. La sos­pecha, hecha pública, con la divulga­ción de la fotografía en los periódicos, seguramente logrará que su marido «resucite» en el acto y que, como los anteriores, demuestre su integridad.

Pero si en tres días no ha aparecido, permítame darle desde ahora mi más sentida condolencia –o mis parabie­nes, según sean sus circunstancias personales–, y no porque sea el hombre de la remesa fúnebre, sino porque hay maridos muy vivos que no resisten las bromas pesadas y prefieren que se les tenga por muertos.

La Patria, Manizales, 18-II-1974.

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Nuestro pobre billete de $ 500

martes, 26 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El robo cometido en el Banco de la República de Cartagena suscita no pocas consideraciones. La atención del país, que solo parece impresionarse con hechos espectaculares, pues estam­os en la época de la estampida y el sensacionalismo, estuvo concentrada en este acontecimiento insólito. No puede ser de otra manera cuando de la noche a la mañana desaparecen $42 millones en papel moneda.

Hoy, apenas tres meses después, la noticia ya no es noticia, y muy pocos se ocupan del desarrollo de los acontecimientos. Las páginas de los periódicos solo de vez en cuando, y como caso secundario, registran cualquier referencia sobre el sonado suceso que mantuvo en suspenso al país durante una efímera temporada de rumores y especulaciones. Al voluminoso expediente ha comenzado a caerle el polvo con que la opinión pública se olvida tan de las cosas trasnochadas.

Se refrescará quizás el caso cuando la justicia deje en libertad al gerente o encuentre motivos para enclaustrarlo definitivamente. Mi colega, entre tanto, que ayer fue noticia y hoy ya no lo es, estará acosado en este momento por angustiosas tribulaciones. Sobre su celda carcelaria está marcada ya esta regla de la vida: “Un instante más y habrás olvidado to­do; otro, y todos te habrán olvidado».

Es tan aguda e insidiosa la imagina­ción callejera que, antes de pronunciarse la justicia en aquellos días de expectativa, se adelantó a acomodar ocultas maniobras, fabricando fantasías. Acaso la historia de Caribesa hizo despertar explicables suspica­cias al repetirse en el mismo escenario otra danza de millones.

Los malhechores, que debieron sen­tirse confusos y deslumbrados con el tesoro que no cabía en sus manos, de­cidieron llevarse la mayor cantidad de dinero grueso para no enredarse con billetes extenuados. Pero nuestra mayor cifra monetaria, los rozagantes billetes de $ 500 escogidos para hacer menos pesada la huida, ha quedado bloqueada por las autoridades. Es una serie aco­rralada. Un billete avergonzado.

Los colombianos corrieron a los bancos (y aún hay muchos afanados) a cambiar las existencias por valores de libre cir­culación. El billete de  $500 es, hoy por hoy, un papel desprestigiado. Los coleccionistas están en dificultades. Muchos preferirán esconderlos antes que prestarse a sospechas o someterse a preguntas incómodas. Otros pasarán necesidades antes que vergüenzas.

Portar en adelante un billete de $ 500 no es, como antes, signo de liquidez ni de distinción. Negro será el horizonte para los cargado­res de este tesoro público cuando, bo­rrados los caminos del libre comercio, se encuentren pobres (como ya suce­dió con varios de ellos) en medio de la abundancia.

El Espectador, Bogotá, 17-VIII-1973.
La Patria, Manizales, 20-XI-1973.

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La Virgen rica y pobre

domingo, 10 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El delito tiene muchas modalidades. No respeta personas ni cosas. Ni lugares sagrados. Mucho menos los no sagrados. Es por lo general ingenioso y en ocasiones irónico. Ahora las ba­terías han sido enfocadas contra los intereses de la Virgen. Preciosas joyas acaban de ser ro­badas del Santuario de Las Lajas. El asalto se cometió a plena luz del día, sin me­tralletas ni antifaces.

A estas horas los malhechores se reirán de su proeza. Han dejado un mensaje mordaz. «Laja», en sentido literal, es una piedra lisa. Se ha de­bido, entonces, entronizar allí una Virgen pobre. Pero la jactancia del hombre, tan apegado a lo material, colocó una Virgen rica, excesivamente rica. La llenó de costosas “alhajas”, en lugar de justificar el sentido de «laja», de liso, de mo­desto. Era suficiente la simple evocación. Pero el hombre no se conforma con los símbolos y pre­fiere colmarlos de riqueza.

Quiero imaginarme a la Virgen deshacién­dose de su corona repleta de piedras preciosas, y de su gargantilla de oro purísimo, y de sus aretes de esmeralda, para entregarlos sin resistencia al asaltante. Quién sabe si este llevaba el estómago vacío y lo esperaban en su casa siete cria­turas desnutridas Y de pronto la Virgen se hizo cómplice del asalto.

En Boyacá

Recorriendo los caminos de Boyacá, llegué un día a Monguí. Fue preciso esperar algún tiempo para que se permitiera la entrada a este monumento religioso, que permanecía cerrado con fuertes candados y enormes trancas, como si se tratara de una fortaleza. En su interior el espíritu se conmueve ante el arte, ante la magni­ficencia. Se respira olor a santidad. Los cuadros son verdaderas reliquias.

Es un museo de extraordinario valor, que debe conservarse y protegerse. Me encontré allí con otra Virgen rica. Confieso que me deslumbró tanto derroche, tanta suntuosidad. Abandonando el recinto, pregunté si esta era más milagrosa que la de Morcá, su vecina. Pregunta ingenua, casi que infantil. La respuesta era lógica:

—Es más milagrosa la nuestra. Y también más rica. ¿No sabe que a la de Morcá acaban de robarla?

A Monguí se llega por carretera asfaltada, muy bien mantenida. El camino a Morcá es abrupto, casi de herradura. Pero experimenté una grata sensación al visitar a la Virgen pobre. La iglesia estaba abierta y solitaria. En la plaza dos parroquianos espiaban. De seguro no desconfiaban, pues la patrona había perdido todos sus bienes. Cuando los recobre, la puerta de la iglesia no permanecerá tan desamparada.

Si de mí dependiera, haría rápido un traslado: me llevaría la Virgen de Morcá a Las Lajas, desprovista de atuendos y fantasías, como yo la vi. En el vacío, mi paisana exhibiría como una reina su pobreza boyacense. La de Las Lajas no tendría inconveniente en ascender el escarpado camino, tan transitado como el de Ipiales en tiempo de romería.

Pero el regionalismo y el exceso religioso no permitirán estos canjes. Entre tanto, seguirán llegando donaciones convertidas en coronas, y en gargantillas, y en aretes. Quizá la evolución de la Iglesia permita que se transmuten esos obsequios en obras benéficas, sin herir sus­ceptibilidades. La Virgen no necesita oro. El mundo tiene hambre. Su vida transcurrió entre los tablones y virutas de un taller modesto. Allí no había el menor atisbo de opulencia. ¿Para qué tentar ahora la codicia?

Esta multiplicación de Vírgenes es separa­tista. Los bienes tienen carta de propiedad en ca­da región. Y los ladrones van también a romerías, a explorar mercados. Se abusa de la fe religiosa, hasta el punto de inventar símbolos, o piendamós, como imán para los incautos.

Pero la Virgen está prevenida después de los últimos atentados y es posible que ilumine a alguien para que el patrimonio que se le ha acomodado sirva para calmar penurias, antes de que los vivos sigan apuntando sus baterías.

El Espectador, Bogotá, 4-IX-1972.

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