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Bolívar en Soatá

viernes, 25 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Siete veces pasó Bolívar por Soatá, unas por breves horas y otras con estadía mayor. El general O’Leary, en viaje de 1827, pintó a Soatá como “una villa aseada y bonita, compuesta de varias casas de teja que encierran una plaza amplia y buenas calles”.

El  Libertador se quedó en una casona colonial del costado norte de la plaza, vecina de la residencia de mis abuelos. La imagen de Bolívar está exaltada en aquella mansión –convertida por él en palacio ambulante de gobierno–, pero el verdadero recuerdo del héroe quedó grabado para siempre en la memoria de la población.

El origen de la casona donde moró Bolívar es bien antiguo: el terreno lo compró en 1808 el párroco de entonces, José Eusebio Camacho, y la construcción concluyó en 1814. Fue primero casa cural y después cuartel en las guerras de la Independencia. Se aproxima a los 200 años de existencia, cifra de respeto en la vida de los inmuebles –e impensable para los mortales–, aunque inferior a la edad mucho más longeva de la casa de mis abuelos, que cumple 252 años.

La primera visita tuvo lugar en octubre de 1814 y correspondió al primer viaje que Bolívar realizó desde Venezuela al interior de nuestro país. Tenía 31 años. Trece años atrás había enviudado, sin cumplir aún los 19 años, y ese hecho lo empujó a ser héroe: “Quise mucho a mi mujer y su muerte me hizo jurar no volver a casarme. Si no hubiera enviudado, no sería el general Bolívar, ni el Libertador. La muerte de mi mujer me puso muy temprano en el camino de la política”.

En 1814 ya había cumplido resonantes acciones políticas en su tierra nativa. Era figura de prestigio que incursionaba con éxito en los destinos de su patria y quien se señalabga como una esperanza para acaudillar grandes causas por la libertad. Durante sus años de estudio en España lo picó el germen de la política, y en Europa se sintió seducido por las ideas de Voltaire y las epopeyas de Napoleón. En Roma juró dedicar su vida a redimir su pueblo de la esclavitud española, y en Londres pidió ayuda para proteger su patria contra la invasión extranjera.

En octubre de 1813 –un año antes de su viaje a Soatá– entró jubiloso a Caracas, donde fue proclamado Libertador. Con esos arreos llegó a Soatá, un oasis de hospitalidad en medio de aquellas latitudes abruptas. Debido a su posición estratégica, Soatá era un cruce de caminos entre el Nuevo Reino y Venezuela. Tierras tranquilas y serenas donde todo caminaba con lentitud y modorra, y rodeadas de despeñaderos bruñidos de sol.

A Bolívar se le recuerda el día de su aparición en la primera calle del pueblo, cansado y sudoroso tras fatigante jornada a caballo. Apuesto, recorrió las calles llenas de vecinos entusiastas que le daban la bienvenida. En la plaza se apeó de brioso corcel y se encontró con el país, ya que llegaba no solo a Soatá sino a toda Colombia. A mi pueblo le correspondió el privilegio de ser la antesala de las gestas libertadoras. Desde entonces la tierra soatense quedó impregnada de gloria. El sentido de patria y libertad que la poetisa Laura Victoria irradia en su vida y en su obra se origina en su patria chica.

En octubre de 1821, vencedor en Carabobo y en camino hacia el sur de Colombia, el Libertador pasó de nuevo por Soatá. El 25 de marzo de 1828, por última vez. De allí se dirigió a Bucaramanga a observar el desarrollo de la Convención de Ocaña, uno de los episodios más amargos de su vida. Derrotado en la Convención, los partidos políticos comenzaron a alinearse en cabezas de Bolívar y Santander.

Lo sucedido a partir de ese momento no podía ser sino el reflejo de la atmósfera encarnizada que causó el derrumbe de la Gran Colombia. El héroe caía abatido por la insensatez. Había roto las cadenas de la opresión y ahora era víctima de la ingratitud humana. Dos años después marchaba hacia las playas de la muerte.

A Soatá, por cruel ironía, le correspondió presenciar dos sucesos memorables y antagónicos de la vida del Libertador: primero, su camino a la gloria, en 1814; luego, su marcha al ocaso, en 1827. Trece años de distancia marcaron el ascenso al poder y el descenso a las sombras. Si retrocedemos en las páginas de la Historia, hallaremos dos hechos similares, demostrativos de que la vida está siempre marcada por el éxito y el fracaso: primero, el triunfo de los conquistadores al derrocar al cacique Soatá; luego, la derrota de estos bajo el genio militar de Bolívar.

Y todo sucedió en un cruce de caminos…

El Espectador, Bogotá, 21 de mayo de 2010.
Eje 21, Manizales, 22 de mayo de 2010.

* * *

Comentarios:

No sabía que al honor de ser Soatá cuna de escritores ilustres se añadiera otro tan honroso: haber sido punto de estadía de nuestro Libertador cuando triunfa y se convierte en héroe inolvidable y luego cuando declina su fuerza vital y nos abandona. Me complace mucho este conocimiento histórico. José Antonio Vergel Alarcón, Ibagué.

Me ha impactado tu relato, por cuanto mi tío Miguel Feres (q.e.p.d)  regaló alguna vez un reverbero de aluminio en el que nuestras bisabuelas le habían calentado el café a Bolívar cuando llegó a Soatá a la casa de las Mesa. Dicho reverbero está ahora en París en manos de un amigo francés.  Marta Nalús Feres, Bogotá.

Para los soatenses es un orgullo leer un artículo sobre nuestro querido municipio y tan detallado sobre la historia.  Juan Rubier Ayala Mejía, Bogotá.

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Las tumbas de Ñito Restrepo

jueves, 17 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A finales de diciembre pasado, el periodista antioqueño-caldense Orlando Cadavid Correa publicó una columna en El Mundo, de Medellín, y La Patria, de Manizales, donde daba cuenta del hallazgo de la tumba de Antonio José Restrepo –mejor conocido como Ñito Restrepo– en el Cementerio Central de Bogotá.

Tiempo atrás, el mismo Orlando Cadavid había escrito otra columna donde lamentaba que no se supiera el lugar de la última morada del ilustre colombiano, nacido en Concordia (Antioquia) en 1855 y muerto en Barcelona (España) en 1933. Como yo sí conocía ese sitio, del que me enteré por la lectura de la excelente biografía de Ñito Restrepo publicada en 1974 por Alirio Gómez Picón, se lo hice saber, incluso señalándole la ubicación exacta en el cementerio bogotano.

Y él divulgó el dato en su columna atrás citada, con la intención que ambos teníamos sobre el traslado de los restos a Concordia, o a Titiribí, pueblo al que Ñito estuvo más vinculado, y que consideraba su verdadera patria chica. Pasado un mes desde la publicación de la columna de Orlando, ninguno de los dos municipios antioqueños ha hecho pronunciamiento alguno sobre el particular, lo que da a entender que no tienen interés en el asunto.

Debe tenerse en cuenta que la llegada de las cenizas a Bogotá, desde la ciudad de Barcelona, obedeció a un acto del presidente Eduardo Santos (hace más de siete décadas), quien las hizo transportar en el barco Magallanes y luego dispuso, como tributo al ilustre escritor y hombre público, la construcción de una bella tumba en el sector 2 del Cementerio Central, denominado Sector Trapecio. Sobre la lápida aparece escrito el nombre de Antonio José Restrepo en letras de hierro, y la tumba, elaborada en piedra maciza, se encuentra  ubicada en tierra, en alto relieve.

Examinando mejor el caso, cabe pensar que aquella determinación del presidente Santos tuvo que contar con la aprobación de la familia Restrepo. Álvaro J. Wolf, uno de los pocos descendientes que quedan de ese tronco, dice lo siguiente en mensaje enviado a mi correo electrónico: “Siempre supimos que estaba enterrado en Bogotá. Dudo mucho que a la gente de Concordia le interese esta información, por el hecho de que si bien Ñito naciera allí, él siempre se consideró titiribiseño. Además, Concordia pertenecía geográficamente a Titiribí cuando él nació. En Titiribí siempre se ha honrado la memoria de Ñito. En su parque existe un busto de mármol que siempre se ha mostrado orgullosamente”.

Por otro lado, Gustavo Álvarez Gardeazábal considera que “un librepensador como Ñito Restrepo debería reposar en el Cementerio Libre de Circasia. Si no estoy mal, el poema que hay esculpido en mármol a la derecha de la entrada del cementerio es de su autoría”. Y agrega: “Yo asumo todas las vueltas y costos de Circasia y contribuyo, si es necesario económicamente, a las vueltas de Bogotá. El homenaje y el ditirambo con que debe revestirse el trasteo se lo dejamos a la sapiencia y el conocimiento que Páez y Otto tienen del personaje”.

En efecto, el poema a que hace alusión Álvarez Gardeazábal existe allí y es de la autoría de Ñito Restrepo. Su título es Himno de los muertos, en una de cuyas estrofas dice: “No me espantan mentidos terrores; / sin doblar la rodilla viví; / del hermano calmé los dolores; / de la Patria el pendón defendí”. El himno fue compuesto como respuesta a la petición que le hizo la Junta Pro Cementerio Libre de Circasia –presidida por Braulio Botero Londoño, el mayor promotor de la obra– en carta dirigida a Ñito el 22 de septiembre de 1932, a Ginebra (Suiza), donde cumplía una misión diplomática del gobierno colombiano.

Vale la pena comentar para los tiempos actuales que el entonces diplomático –ya en las postrimerías de su existencia– había cumplido brillante carrera como abogado, político, parlamentario, poeta, cuentista, periodista, panfletario, traductor, prosista de alto vuelo. Personaje de gran peso en la vida nacional, fue representante a la Asamblea de Antioquia y al Congreso de Colombia, procurador general de Antioquia y de la Nación. Militó en las filas del liberalismo y se caracterizó por su estilo combativo y su espíritu librepensador. Además, manejó la copla y el gracejo de manera magistral. Sus enemigos políticos le tenían terror.

Con carta fechada el 2 de noviembre de 1932, Ñito remitió a Braulio Botero su famoso himno a la libertad, que más tarde fue musicalizado por el maestro quindiano Rafael Moncada. Cinco meses después moría en Barcelona, a donde había llegado de paso, procedente de Bruselas. Su busto fue erigido en la entrada del cementerio, a mano izquierda; y a mano derecha, como lo anota Álvarez Gardeazábal, se encuentra el himno.

Hay un hecho curioso. Navegando por internet, hallé en Wikipedia una pequeña biografía del personaje, de la que extracto lo siguiente: “Sus restos reposan en el Cementerio Libre de Circasia, Quindío, donde se enterraban los librepensadores para hacer escapar a su familia de un vergonzoso entierro en los muladares dispuestos por la Iglesia Católica, de entonces”.

El ex gobernador quindiano Jaime Lopera manifiesta que el hecho importante para la reubicación de la tumba, sea en Antioquia o en el Quindío, es que no permanezca “casi anónima en un oscuro pasillo del cementerio bogotano, sino en un lugar destacado para su recordación”. Por su parte, el ex ministro Jorge Valencia Jaramillo ofrece sus servicios para los trámites respectivos, contando con la experiencia que tuvo en igual sentido con el traslado de los restos de José María Vargas Vila, desde Barcelona.

Queda claro que el espíritu de Ñito Restrepo, superior, por supuesto, a sus restos mortales, pervive en Circasia. Esto no se opone a que deambule también por varios pueblos antioqueños donde pasó sus mejores días entre repentismos, coplas,  tiples y camaraderías, como lo recuerda Juan Fernando Echeverri Calle en mensaje dirigido a esta columna (un legítimo paisa que quisiera, claro está, que la tumba de Bogotá fuera trasladada a su tierra).

El tema se presta para diversos enfoques. Y hay deseos y sentimientos encontrados. Resolverlo no es fácil. Quizá la mejor fórmula es dejarlo como está. En fin de cuentas, son varias las tumbas de Ñito: Barcelona (la inicial); Bogotá, la siguiente; Circasia, la atribuida por Wikipedia; Titiribí, la que sus habitantes llevan en el alma… Lo más importante de todo esto es que a través de los artículos de prensa y del cruce de correspondencia que ellos suscitaron, ha crecido el recuerdo sobre el insigne colombiano (yo diría que antioqueño, bogotano y quindiano a la vez), 77 años después de su muerte en tierra ajena.

El Espectador, Bogotá, 22 de enero de 2010.
Eje 21,
Manizales, 23 de enero de 2010.
Noti20 del Quindío,
Armenia, 24 de enero de 2010.
Mirador del Suroeste, No. 34, Medellín, marzo de 2010.

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Cuando la sal se corrompe

jueves, 9 de diciembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En reciente columna de El Tiempo, Andrés Hurtado García, oriundo de Armenia, se muestra indignado por el nivel de corrupción que vive su patria chica, y que él tuvo oportunidad de detectar con solo tomar un taxi en el aeropuerto y más tarde asistir a un acto programado dentro de las festividades aniversarias de la ciudad.

Por el radio del taxi escuchaba Andrés Hurtado una serie de defraudaciones cometidas por sus paisanos, ante lo cual no pudo ocultar su enojo. Pero el taxista, restándole importancia a esa situación que se ha vuelto rutinaria en el Quindío –y que es la misma que invade al país entero–, le dijo con la mayor tranquilidad: “¡Déjelos, no sufra, que aprovechen su cuarto de hora!”.

En un acto público, sus acompañantes le señalaban a personajes locales que se pavoneaban en la graderías y que eran autores de diversos delitos de corrupción  que permanecen sin castigo bajo la ola de impunidad que ha hecho de Colombia uno de los territorios más corruptos del mundo. Dice el columnista que él los miraba estupefacto, avergonzado de su tierra, mientras los delincuentes de cuello blanco aparecían satisfechos, sonrientes, felices.

Aquí cabe aplicar el pasaje de la Biblia en que Cristo les dice a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra, y si ustedes se corrompen, ¿cómo evitar que se corrompa el pueblo cristiano?”. Eso fue lo que le sucedió al Quindío: con la desviación de la moral pública que protagonizó Carlos Lehder en los años de su infernal imperio económico (1978-1987), las virtudes ancestrales de la región se vinieron al suelo.

Más de veinte años después de aquella nefasta noche de corrupción (que dio lugar a mi novela La noche de Zamira, publicada en 1998), el fantasma de Lehder continúa recorriendo las calles de la querida comarca. Y sobre todo, duerme aún en la conciencia de muchos ciudadanos ávidos de placeres y del dinero dañino. Qué fácil es deformar una obra buena, y qué difícil reconstruirla.

Hoy recuerdo, con el mismo estupor que refleja Andrés Hurtado en su columna, la época aquella de concupiscencia y derrumbe de los sagrados principios que guardaba la ciudad, época en que todo lo compraba el dinero y todo se pervertía bajo su influjo.

Un día me acerqué a un grupo que dialogaba en una esquina de la ciudad. Se hablaba de Lehder. Uno de los contertulios, médico muy prestante, se ufanaba de que el capo le estuviera enviando numerosos pacientes a su consultorio, ante lo cual alguien del grupo le preguntó por la tarifa establecida. El médico le repuso, con visible satisfacción, que era abierta, al precio que él quisiera, y que además la cobraría en dólares, como se lo había indicado la organización de Lehder.

“Yo no soy ningún bobo”, agregó el galeno. Estaba en el cuarto de hora que acentuó el taxista del aeropuerto de El Edén, y que al columnista de El Tiempo lo estremeció.

Ese cuarto de hora fue el que acabó con la moral pública en el Quindío. En aquel banquete opíparo se sirvieron los platos y los vinos más suculentos de la perversión, que se pasaban con las drogas más sofisticadas. Amparado por el falso emblema de benefactor público que fomentaba obras sociales, abría supermercados para las gentes pobres, apoyaba obras pías, dispensaba auxilios al deporte y a los periodistas, compraba gente “incomprable” y se apoderaba de todos los hilos de la ciudad, Lehder montó su imperio desestabilizador y monstruoso.

La corrupción se apoderó de toda Colombia. La moda es hacer dinero rápido, antes de que pase el cuarto de hora. La clase política, antigua guardiana de la heredad, hoy vive ausente de principios. El delito de cuello blanco se pasea por las altas posiciones del Estado.

De los 1.115 municipios del país, 870 están investigados. Se compran y se venden notarías, y gana el mejor postor. Se va a la cárcel, y se sale de ella para seguir en las mismas. El poder es para poder: para delinquir y enriquecerse.

La conciencia colectiva duerme la deliciosa modorra de esas caras satisfechas que vio Andrés Hurtado en Armenia. Mientras tanto, vibra en las almas buenas la sentencia bíblica, que destroza los oídos: Si la sal se corrompe, ¿cómo evitar que se corrompa el pueblo colombiano?

El Espectador, Bogotá, 7-IX-2009.
Eje 21, Manizales, 7-XI-2009.

* * *

Comentarios:

Conocí a Andrés Hurtado desde que era yo muy niño. Entré a estudiar al Colegio Champagnat (antiguo Instituto del Carmen de los hermanos Maristas) a hacer kínder. Andrés siempre ha tenido un temperamento crítico, activo, altruista, ambientalista, en fin, un personaje con tantas cualidades que el ser contestatario se suma a las mencionadas, ya que lo hace de forma directa, sin tapujos, altivo y con la justa razón de las cosas. Ando un poco desconcertado, algo confuso y con mucho desánimo por la cantidad de corrupción existente. Todo el mundo quiere llegar a los 40 con casa, carro, beca, y no hacer nada más en la vida, cuando lo más bello es poder construir una vida honesta. Ricardo Hernández Rodríguez, Bogotá.

Tu columna es como la punta de la flecha clavada en el corazón, sin posibilidades de liberarse de ella. Cómo nos duele la patria sumida en la corrupción. Inés Blanco, Bogotá.

 

Recuerdo de Moravia

martes, 5 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No voy a hablar, como pudiera pensarse, del novelista italiano Alberto Moravia, autor, entre otras obras, de Los indiferentes, La campesina y La romana. Tampoco de la región de Moravia en la República Checa. Hablaré del barrio Moravia en la ciudad de Medellín.

Dicho nombre lo lleva un sector pobre que en estos días se volvió noticia nacional debido al voraz incendio que destruyó humildes viviendas y dejó en la calle a más de 1.000 habitantes. Hace 17 años visité el suburbio, ubicado en una ladera abrupta del nororiente de Medellín, cuyo asentamiento se iniciaba sobre el terreno que había sido basurero de la ciudad.

Gloria Inés Palomino, directora de la Biblioteca Pública Piloto, me llevó a conocer Moravia. Deseaba mostrarme el prodigio surgido alrededor de la biblioteca que  había fundado allí y que hacía parte de la red que se extendía por diferentes sectores marginados, como organismos satélites de la Piloto. Una manera de rescatar de la vagancia a los jóvenes castigados por la pobreza y el abandono era crear en su propio territorio el motor cultural de una biblioteca pública.

Unas calles mal trazadas le daban a Moravia apariencia de barrio. Brotaban las primeras casas con fallas evidentes de construcción –muy explicables, desde luego–, que los propios vecinos levantaban de afán, ignorantes de toda norma de planeación. Aquellos pobladores presurosos, movidos por la necesidad del techo propio, iniciaron la invasión que dos décadas después está hoy constituida por más de 40.000 personas que se alojan en 8.300 viviendas, la mayoría de ellas auténticos tugurios.

Regresando a la época de mi visita, que coincidió con los días en que el novelista  Alberto Moravia moría en Roma (personaje que podría ser el padrino de este barrio deprimido), alcancé a vislumbrar el nacimiento caótico que tendría la comuna 4, de la que hacen parte los sectores de El Bosque, Moravia, El Morro, El Oasis Tropical y la Herradura.

Con Gloria Inés llegué a la biblioteca local al filo del medio día, cuando los alumnos, que asistían a la pequeña escuela en la mansión de los libros, finalizaban la jornada matinal y convertían sus pupitres en mesas para almorzar. La directora del grupo era una vecina del sector dotada de idoneidad para fomentar el hábito de la lectura y enseñar los primeros conocimientos escolares.

Los jóvenes del barrio aprendieron a querer los libros. Y como deseaban que su casa de cultura tuviera más volúmenes, una brigada de aquellos muchachos entusiastas se encargó los fines de semana de buscar chatarra en los basureros, que vendían a clientes seguros para comprar nuevos libros.

Los estudiantes disponían de un carné que les permitía llevar las obras a su casa. Entre ellos había un lector apasionado que a la vuelta de los días solicitó la expedición de otro documento para su padre, ante lo cual la directora se mostró extrañada, ya que un carné era suficiente para los dos. Pero el alumno le explicó que su padre, que también se había vuelto lector, utilizaba sus libros y no le permitía una lectura tranquila. Por lo tanto, sorprendió a su progenitor, el día de su cumpleaños, con el regalo de un carné expedido a su nombre.

Moravia ya no es aquel barrio sosegado que conocí hace 17 años: se volvió un problema social. La invasión de nuevos moradores llegados en tropel y acosados por la angustia de sobrevivir rompió los límites razonables y creó un caos en la montaña de basura. Se levantaron ranchos de tablas, plásticos y cartón. Las casas de cemento son muy contadas y las condiciones de vida, desastrosas. Como consecuencia del crecimiento desordenado, la zona se llenó de cantinas, droga y prostitución.

A una veladora se atribuye el incendio colectivo que acaba de pasar, el quinto ocurrido en los últimos cinco años. La fragilidad de las viviendas y la existencia de materias comburentes del antiguo basurero seguirán perturbando la vida de estas familias hermanadas en la desgracia. La Alcaldía de Medellín trabaja desde el año pasado en un plan cuyo costo es de 53 mil millones de pesos, con el que se busca trasladar parte de la población a viviendas de interés social. Ojalá le alcance el tiempo al alcalde Fajardo para dejar en marcha su programa.

Moravia, por afinidad, es cualquiera de las zonas de invasión de los centros urbanos del país. El éxodo del campo a la ciudad representa una de las principales causas para la creación de los cinturones de miseria que algún día explotan, como sucedió en Medellín, y muestran la cara amarga de la pobreza y la desigualdad social.

Quiero pensar que el viejo basurero de Moravia, que por ironía lleva nombre de escritor, conserva en pie aquella biblioteca ejemplar que formó lectores y sembró ideas para combatir la desesperanza.

El Espectador, Bogotá, 30 de marzo de 2007.

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El territorio de las sombras

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Armero dormirá para siempre el sueño de los muertos. No podrá ser reconstruida porque es irrecuperable. Quedó convertida en campo arrasado, en erial de tumbas y soledad. Los pocos habitantes que se salvaron corrieron a Guayabal y Lérida. Otros sobrevivientes no volverán nunca al territorio siniestro, como huyendo de la pesadilla de aquella noche fantasmal. Desde el camposanto se mira de frente, como si estuviera a pocos pasos, el soberbio Nevado del Ruiz, dios castigador que hizo desaparecer 30.000 habitantes y 25.000 hectáreas de producción agrícola.

En este recorrido veloz efectuado por la zona del desastre, 16 meses después de ocurridos los hechos, llegué hasta Lérida, que dista una hora de Honda. La región pasa por una de sus épocas más calurosas del año. Ernesto Alcalá, el vendedor de paletas que vive a la caza de turistas en el cementerio de Armero, parece que también les diera de beber a los difuntos.

En tal forma se muestra familiarizado con la vida del cementerio –como si un cementerio tuviera vida–, que puede tomarse por una larva de la tierra o una visión de ultratumba. Creo que este comerciante de la sed mantiene, de tanto caminar sobre los cadáveres, comunicación con los espíritus: así se transfigura una persona a golpes de sugestión.

Doy tres vueltas por la plaza de Lérida en plan de observación y en busca de novedades. Leo sobre una pared: “Lérida: un corazón de sol”. Mejor lema no se ha podido fabricar. La atmósfera parece a punto de incendiarse. El termómetro marca 43 grados. Ninguna hoja se mueve en los árboles cargados de sopor, y hasta la música que suena en el bar de la plaza, donde me he situado en persecución de una cerveza, camina con modorra.

Surge aquí otro personaje parecido al vendedor de paletas. Es el embolador del pueblo. Un moreno de unos 50 años, quemado por muchos soles (llegó de Palmira hace 8 meses), simpático y charlatán. Siempre he pensado que el embolador, por lo bien relacionado que se mantiene, es gran intérprete de la humanidad.

Apenas en la mitad de su trabajo ya me había comentado que la muerte de Armero le dio vida a Lérida. Contrastes del destino. Guayabal y Lérida, antes minúsculos lugares que no lograban surgir a causa de su vecino desarrollado, ahora tienen el porvenir abierto. ¿Y el peligro de una nueva avalancha?, pregunto. Mi contertulio me explica que estas poblaciones se salvaron por una ‘oreja’. Contra esta oreja de la montaña se estrellaron toneladas de piedra y así pudo Lérida –y Guayabal por su lado– protegerse contra la destrucción. Ambos pueblos luchan hoy por su crecimiento.

He aquí otro comerciante de las circunstancias: el embolador de turistas. Se vino desde Palmira en busca de un lote. El pánico inicial hizo que la población se desbandara. La tierra casi la regalaban. Un lote en proximidades de la plaza, de 25 por 40 metros, se conseguía por seis mil pesos. Mi ocasional confidente, que llegó con ocho meses de retardo, lo adquirió por cien mil.

“Hoy me dan cuatrocientos mil y no lo vendo”, agrega triunfante mientras le echa el ojo a otro cliente. Sabe, desde luego, que al correr del tiempo su propiedad valdrá un platal. Ya liberada la deuda inicial, pronto comenzará la construcción de la vivienda. Todo se lo ha dado la caja mágica que hace relucir los zapatos después del recorrido por los senderos polvorientos de las tumbas. El paletero y el embolador deben de tener alguna secreta alianza en el arte de sobrevivir en esta zona castigada por la fatalidad.

Observo que muchos negocios –piscinas, restaurantes, puestos de comida– se montan apresuradamente en busca de turistas. Concateno, por una serie de historias escuchadas al vuelo, todo un eslabón de hechos que se están formando alrededor del oportunismo. Entiendo las dificultades de Resurgir para administrar sus caudales millonarios. Conforme hay gente honrada y recursiva, como los dos pintorescos personajes de esta crónica, que parecen irreales, existen piratas que pretenden pescar en el río revuelto de la tragedia humana.

Me quedé meditando sobre la oreja pintada tan gráficamente por mi interlocutor, la que descubrí más tarde, y pensé, en efecto, que la vida era caprichosa: esta oreja había salvado dos poblaciones, y la falta de ella había consumido a otra en este desierto pavoroso donde un vendedor de paletas mitiga la sed de los turistas y resuelve, con la elemental caja laboriosa, sus propias necesidades de subsistencia.

El Espectador, Bogotá, 7 de abril de 1987.

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