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Letras de Tuluá

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Por gesto amable de Óscar Londoño Pineda, el cronista de Tuluá, he conocido algunas obras de escritores de su tierra, a las que dedico esta columna. Ante todo, registro la salida del cuarto tomo de la serie Tuluá, visión personal, en la que el propio Londoño, con alma emotiva y memoriosa, viene concatenando menudos y grandes sucesos de su patria chica, con especial mención de los personajes literarios y sus realizaciones. Este trabajo constituye pieza valiosa para el estudio de la historia regional.

Durante la violencia partidista que se recrudeció en el país en los años 50 del siglo pasado, Tuluá fue escenario de horrendos sucesos protagonizados por los llamados “pájaros” (sinónimo de matones). Etapa turbulenta que movió a Gustavo Álvarez Gardeazábal a escribir su novela Cóndores no entierran todos los días. Con el fondo de aquella violencia fratricida que dejó en el país una mortandad escalofriante, Fernando Charry Lara elaboró uno de sus más bellos poemas: Llanura de Tuluá.

Hay otro libro que dibuja con agilidad y crudeza aquellos episodios: Horizontes cerrados, de Fernán Muñoz Jiménez, nacido en Tuluá en 1932 y muerto de manera prematura en 1978. Es una breve obra –de 124 páginas– que se publicó en 1954. Al comienzo aparecen unas palabras de Camilo José Cela, futuro nóbel de literatura, quien visitó a Cali en 1953, y dice lo siguiente sobre el autor: “Un artista de la prosa y un desvelado cantor de emociones. Salud, prosista condenado a tu puebluco para expresar el encanto de su monotonía”.

Muñoz Jiménez ofrece capítulos patéticos sobre la barbarie que le correspondió vivir en medio de disparos, carros fantasmas, asesinatos,  cadáveres tirados a los ríos o colgados de los árboles, desolación y miedo. Los zarpazos del sectarismo político mantenían asustada a la población, y la respuesta a tanto salvajismo era la impunidad. Colombia era una hoguera de odios y terror. La novela, conocida hoy por poca gente, y que es el testimonio de una época demencial, merece ser reeditada.

La Unidad Central del Valle del Cauca ha rescatado otro libro valioso –y olvidado–, de Mercedes Gómez Victoria, nacida en Tuluá en 1837 y quien en 1889 –hace 116 años– editó dicha obra con el título Misterios de la vida. Siempre se ha dicho que Soledad Acosta de Samper fue la primera mujer colombiana que puso en circulación una novela. Esto no es así: Soledad publicó su primer libro de ensayos en 1895 y su obra novelística apareció en los inicios del siglo XX. Se le adelantó la escritora tulueña.

Misterios de la vida, basada en la propia realidad de la autora, es una crítica contra la irresponsabilidad de los padres que descuidan a sus hijos. Los tres personajes centrales de la narración son hijos expósitos, como lo fue la novelista. Con tal condición, ésta plantea pautas de comportamiento social como soporte de la familia.

Omar Franco Duque, escritor, periodista y elemento cívico de amplia trayectoria en sus lares nativos, recoge una sabrosa muestra de la idiosincrasia local en el libro El humor en las letras de Tuluá. Por este trabajo me entero de que su comarca ha sido favorecida con grandes humoristas que, al igual que los miembros de la Gruta Simbólica, conjugan la existencia con gotas de gracia y sapiencia, como píldoras de buena vida.

Eminente personaje del pasado tulueño es Carlos E. Martínez Martínez, muerto en 1960 a la temprana edad de 44 años, y que cumplió destacada actividad cívica, pedagógica, periodística y literaria. Escritor culto y castizo, dejó obra refinada que no alcanzó a publicar en su totalidad, y que con el paso del tiempo, de modo inexplicable, se perdió en buena parte. Dos de sus poemas son de antología: In memoriam y En un álbum. Además, compuso la letra del himno de Tuluá.

Su sobrino Carlos Ochoa Martínez acaba de publicar una obra esmerada donde describe el itinerario de su tío y recoge una selección de su quehacer poético, programa que contó con el patrocinio de la Alcaldía de Tuluá y la vinculación de la Cámara de Comercio. Libro de grata lectura, que permite valorar el desempeño humano e intelectual de una figura olvidada.

Tuluá muestra con estos y otros libros, al igual que con revistas y otras expresiones, permanente afán cultural, que realizan con brillo sus hombres de letras y fomentan las autoridades con amor al arte.

El Espectador, 11 de octubre de 2005.

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Comentarios:

Tuve el día de hoy la fortuna de encontrar su columna titulada Letras de Tuluá. Quería solicitarle su autorización para reproducirla en nuestro periódico La Variante. Somos un medio nuevo, de circulación semanal en más de 20 municipios del Valle del Cauca. No me cabe la menor duda de que su magnífica columna tendría el mayor interés en nuestra comunidad. Ivanov Russi Urbano, Tuluá.

He leído con enorme fruición su admirable artículo. Gracias por Tuluá y por todos los escritores cuyas obras comentas con excepcional maestría y prodigioso poder de síntesis. Carlos Ochoa Martínez, Bogotá.

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Miradas a Boyacá

miércoles, 2 de diciembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Boyacá y su academia

En el Ciclorama del Puente de Boyacá, el pasado 9 de abril, la Academia Boyacense de Historia se reunió en sesión solemne para celebrar sus cien años de vida. No ha podido escogerse mejor escenario para esta efeméride: allí palpita el corazón de la patria en medio de los símbolos que recuerdan la derrota de la opresión española y el nacimiento de la libertad. A partir de ese momento se iniciaba la historia grande de un pueblo que rompía las cadenas de la esclavitud y se volvía soberano.

La Academia Boyacense de Historia fue fundada el 9 de abril de 1905 con el nombre de Centro de Historia de Tunja (que llevó hasta 1946), por Cayetano Vásquez Elizalde, y su primer presidente fue el canónigo Aquilino Niño Camacho. A través de los años, la entidad se ha encargado de mantener prendida la llama del nacionalismo y el culto a las tradiciones, comenzando por afirmar los episodios históricos de la propia región. Pocas zonas del país aglutinaron en los días de la Independencia tanta variedad de personajes y de sucesos heroicos como los ocurridos en esta tierra de epopeyas y oraciones. Y pocas poseen en los días actuales su misma esencia cultural.

El segundo presidente fue el canónigo Cayo Leonidas Peñuela Quintero, tío de la poetisa Laura Victoria, célebre historiador y polemista que en 1912 fundó el Repertorio Boyacense, órgano oficial de la Academia, que acaba de llegar a 341 ediciones. Se trata de la revista más antigua de las academias regionales de Historia y del departamento de Boyacá, por cuyas páginas han desfilado egregios escritores dedicados a destacar los valores de la comarca, decantar la historia, fortalecer la cultura y afianzar el sentido de pertenencia a la patria. Publicación de lujo y de sólido contenido, en la que se ventilan los temas más variados y profundos que hacen relación con el campo académico, siempre con la mira puesta en Boyacá y en Colombia.

Quince presidentes ha tenido la entidad en su siglo de existencia. Seis de ellos provienen del ámbito eclesiástico, lo que refrenda una de las características más propias de Boyacá: el espíritu religioso que se respira en todas partes. Y dos secretarios perpetuos: Ramón C. Correa Samudio, que estuvo al frente del cargo, con ejemplar entrega y maravillosa labor productiva, durante 68 años, y Enrique Medina Flórez, insigne personaje de las letras y la docencia, que lo remplazó en 1991 y acaba de recibir, en la ceremonia del Puente de Boyacá, la exaltación como miembro benemérito. El presidente actual, que ha ocupado la posición en dos ocasiones, es Javier Ocampo López, maestro de Historia y gran promotor de la cultura boyacense.

En el centro académico se ha dado cita, a través de todas las épocas, lo más granado de la inteligencia boyacense: literatos de amplio prestigio, historiadores de vasta cultura, prestigiosos sacerdotes, profesores e investigadores, dedicados todos a la causa común de escudriñar la historia y difundirla en conferencias, libros y otros medios de comunicación. Son ellos, sin duda, una de las fuerzas vivas con que cuenta el departamento para mantenerse como modelo cultural del país.

Hay varias actividades institucionales que merecen especial mención: una es la Cátedra de Boyacá, dirigida a maestros y estudiantes, programa que se desplaza por los municipios con seminarios sobre la Historia, las letras, el arte y la arquitectura, entre otros aspectos, y que busca la identidad local y regional; otra, el equipo de las “guardias cívicas”, conformadas por grupos juveniles que impulsan el civismo y preservan el patrimonio histórico en toda la comarca; la tercera, la administración del Archivo Histórico Regional de Boyacá, donde se protege la memoria documental que viene desde la conquista y colonización del país; y por último, la estupenda labor bibliográfica que, estimulada por la Gobernación de Boyacá, ha hecho posible la publicación de 135 libros hasta el momento, sobre diferentes asuntos históricos y culturales.

El paisaje y el espíritu son en Boyacá las insignias mayores de una raza legendaria, a la que tanto le cantó Armando Solano en páginas memorables. No en vano los actuales directivos de la corporación prosiguen en el empeño que animó al fundador y a sus colaboradores: recoger e interpretar el alma boyacense en los innumerables estudios realizados por parte de las mentes eruditas que engrandecen la vida regional.

La Cardeñosa

En julio de 1537, cuando los españoles buscaban el camino para llegar a los Llanos Orientales y descubrir el tesoro de El Dorado, encontraron a los indios teguas, que moraban en el actual municipio boyacense de Campohermoso y poseían grandes conocimientos medicinales extraídos de las yerbas. Eran famosos por sus sorprendentes poderes curativos y puede decirse que de allí nació la ciencia médica en Colombia. De ellos se derivó el término “tegua”, con el que más tarde se denominaría a la persona que ejerce la medicina sin poseer título profesional.

Estos indios valerosos se opusieron al conquistador español y lucharon con desespero por proteger sus valiosas riquezas, representadas en oro y esmeraldas, que guardaron con sigilo en profundas guacas diseminadas en sus tierras montañosas. De ellos se dice que eran formidables constructores de acueductos y puentes colgantes. Además se distinguían por su amor a la naturaleza y su organización comunitaria. A lo largo del tiempo, los guaqueros se apoderaron en forma gradual de la fortuna escondida en los montes, hasta hacer desaparecer toda huella de la comunidad teguana, que se extinguió durante el siglo XX, en forma silenciosa y en medio del olvido de los nuevos tiempos.

De aquella cultura emerge la imagen fulgurante de la Cardeñosa, india de extraordinaria belleza, rescatada como prototipo de la mujer teguana y, por extensión, de la mujer boyacense. El ilustre escritor de la comarca Pedro Gustavo Huertas Ramírez, expresidente de la Academia Boyacense de Historia y catedrático de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, es autor de una serie de investigaciones sobre este personaje legendario, y a través de los años se ha convertido en el mayor pregonero de sus atributos y su trascendencia histórica.

La primera noticia que tuve sobre la Cardeñosa fue en el libro Guerreros, beldades y curanderos. El enigma de los indios teguas, que el citado escritor publicó en 1995. Ahora, de su misma autoría, sale la obra Boyacá: perfiles de identidad regional y nacional, donde, con el rigor histórico con que Huertas Ramírez elabora sus trabajos, ofrece distintos enfoques sobre la idiosincrasia boyacense y sus símbolos regionales. Entre ellos está el de la preciosa nativa, que esta vez adquiere mayor relevancia gracias al reconocimiento público que ha recibido tanto de los medios culturales como del sector oficial.

¿Quién era la Cardeñosa? La mujer más bella que los españoles hallaron en tierras colombianas, ante quien se sintieron deslumbrados como si el hechizo proviniera de una deidad mágica. Todos pretendían conquistar sus favores, pero ella, recatada y huidiza como el viento, esquivaba los asedios y mantenía su reputación impoluta. Juan de Castellanos dice que era “una india que doquiera pudiera ser juzgada por hermosa, gentil disposición y rostro grave”. Fray Pedro Simón afirma que “era tan hermosa, modesta y grave, que podía competir con la española más adornada de estas prendas”. El obispo Lucas Fernández de Piedrahíta la describe como “una india que en cualquier parte del mundo pudiera señalarse en hermosura”. Todos los documentos de la época coinciden en el mismo concepto.

Las crónicas no revelan el verdadero nombre de la india, pero se sabe que se le dio el apelativo de Cardeñosa por su semejanza con una española dotada también de singulares encantos que los conquistadores habían conocido en la ciudad de Santa Marta, fundada doce años antes. A su turno, la dama española debía su nombre al hecho de ser oriunda del municipio de Cardeñosa, circunstancia ignorada en la época actual y que vino a descubrir el historiador Huertas Ramírez. Con ese motivo viajó en agosto de 2004 a aquella distante localidad española y se entrevistó con sus autoridades para hacerles conocer la existencia de otra Cardeñosa: no un pueblo, sino una india colombiana convertida en mito.

El municipio de Campohermoso, donde se han confeccionado diferentes obras artísticas para exaltar a su diosa aborigen, creó además el galardón bautizado como la Cardeñosa de Oro, estatuilla con que se premia cada dos años a los ganadores del Festival Regional del Folclor Llanero. Así, el fervor popular conserva la memoria de aquella etapa histórica iluminada con el embrujo de esta mujer fabulosa.

 Los demonios de Vargas Vila

Ningún escritor tan odiado y tan admirado como José María Vargas Vila. Mientras muchos lo denostaban por sus escritos urticantes, otros lo aplaudían por su estilo desenfadado y su verbo demoledor. Fue el censor implacable de las tiranías tropicales, bien desde sus artículos en periódicos y revistas, bien desde sus libros, unos y otros huracanados. Nunca cedió en su posición crítica, por más persecuciones que se desataron en su contra. Su furioso anticlericalismo le valió el veto de la Iglesia Católica y la prohibición para los fieles, bajo advertencia de excomunión, de que leyeran sus obras.

No necesitó mucho tiempo para ingresar a la lista de los escritores “malditos”. Con él se inicia en el país esa histórica clasificación, nacida en Francia con Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, los cuatro principales poetas del simbolismo, que marcaron toda una época por su genialidad y rebeldía. Sin ser bohemio como ellos, Vargas Vila se convirtió en el mayor espíritu enjuiciador de la sociedad y los gobernantes y, al igual que los poetas franceses, dio muestras de acendrada independencia y temible capacidad de combate y sarcasmo,  hasta el punto de ser catalogado como monstruo luciferino.

El escritor boyacense Eduardo Torres Quintero lo denominó el “gigantesco paranoico” y con esas palabras definió el ambiente que en parte de la sociedad  irradiaba Vargas Vila por su arrogancia y su carácter panfletario. En el otro extremo de la opinión pública, el poeta Valencia lo calificó como el “divino”, y así pasaría a la historia. Título apropiado para este ser salido de lo común, que parecía irreal y causaba arrebato en la multitud. Arrebato que lo mismo podía provenir de su instinto diabólico que de sus destellos fulgurantes. Personaje casi indefinible, que puede situarse entre ángel y demonio.

Mario H. Perico Ramírez es autor de la estupenda biografía de Vargas Vila titulada “¿Las uñas de Satanás?”, que lleva tres ediciones y ha entrado en nueva circulación en estos días. Dentro de su peculiar estilo de presentar a sus biografiados en primera persona, con la técnica del monólogo interior y el recurso de toques originales (como lo ha hecho, entre otros, con Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera y Manuelita Sáenz), Perico Ramírez se mete en el alma y en el cuero de sus personajes y los pone a actuar en su momento y sus circunstancias con exactitud histórica.

Su intuitiva facultad de interpretar el carácter de la gente, apoyado por hondas lecturas y su fecunda imaginación, permite al escritor boyacense elaborar novedosos estudios críticos sobre etapas de la vida colombiana que giran alrededor de los protagonistas de la Historia. Se aparta de la regla académica de ofrecer los relatos con la engorrosa enumeración de fechas y circunstancias triviales que poco o nada aportan para el conocimiento genuino de las personas, y emplea la penetración sicológica para definir los hechos y las épocas y desentrañar los rasgos individuales.

A Vargas Vila lo analiza como un ser angustiado desde la niñez, que queda huérfano de padre a los cuatro años y debe soportar la estrechez económica a que se ve sometida su madre, quien con grandes dificultades sobrevive con una pensión insuficiente. Los estudios del futuro libelista son precarios, pero su vocación autodidacta le permitirá obtener sólidos conocimientos. Apenas adolescente, se enrola en la milicia y se compromete con afanes partidistas que dejarán un rastro perturbador en su espíritu, en medio de las grandes conmociones públicas que afectan la vida nacional.

Luego ejerce como maestro de escuela en diferentes pueblos. Suspende esa actividad cuando estalla la revolución de 1885 y toma partido en uno de los bandos en conflicto. Derrotado su ejército, se refugia en los Llanos y caen sobre él duros tiempos de persecución. Su vida queda marcada por una borrascosa época de agitación política y de enormes sinsabores, que incidirá en el carácter rebelde que nunca lo abandonará.

Viaja por distintos países, ejerce el periodismo, funda revistas. Arremete contra los tiranos de Colombia y Venezuela y cada vez sus luchas se vuelven más radicales y más intransigentes. Ingresa a la diplomacia, y su nombre, ya célebre por el éxito y el escándalo de sus libros, resuena con estrépito y admiración en todas partes. Adquiere destreza impresionante para escribir libros de choque ideológico y de pasiones sentimentales, que causan revuelo en el continente e incluso en España, a donde ha llegado su prestigio y donde reside por largos años, hasta su muerte.

Cada obra suya suscita polémica, rechazo, protesta, adhesión, delirio. Son sentimientos encontrados que crean el mito. Los públicos, que unas veces lo aplauden y otras lo detestan, lo proclaman, de todas maneras, como el “divino Vargas Vila”, rótulo en el que va incluida la imagen del ángel perverso. Sí: Vargas Vila es Lucifer, el príncipe de los ángeles rebeldes. Destruye reputaciones con fulminante poder de condena y así mismo despedaza los ídolos de barro. Su ímpetu jupiterino no tolera los abusos de poder ni la injusticia social. Por eso se le idolatra, se le respeta y se le teme.

Perico Ramírez, otro rebelde de las letras y polémico con sus escritos, diseña a la perfección la figura controvertida de Vargas Vila. Sabe dibujarlo en la distancia de los años y lo trae a nuestros días con cierta duda (que asiste a la mayoría de escritores) sobre la verdadera esencia del personaje. De ahí el título de su libro: “¿Las uñas de Satanás?”. Sobre lo que no existe duda es sobre la trascendencia histórica y literaria de este panfletario de difícil repetición.

Julio Flórez, poeta esencial

En el año 1909, bajo el sofoco de tórrida temperatura superior a los 30 grados, avanza Julio Flórez por la vía polvorienta que va de Barranquilla a Usiacurí. Se dirige a este caserío en busca de una cura medicinal para el cáncer que le ha aparecido en el rostro, del que espera curarse en las aguas azufradas, famosas en el país, de que es rico el lugar. Además, el desengaño del mundo y sus vanidades que ha seguido a sus resonantes días de gloria y a sus bohemias memorables, lo lleva en secreto a buscar refugio seguro en aquel pueblo oculto de la Costa Atlántica. “Ya poco o nada de mi gloria queda”, confiesa.

Tiene 42 años de edad, y morirá en cercanía de los 56, el 7 de febrero de 1923, en la misma estrecha aldea (hoy de 8.000 habitantes) escogida como residencia bucólica para el resto de sus días, después de haber probado el alboroto y la embriaguez de las ciudades. Había nacido en Chiquinquirá el 22 de mayo de 1867. Su época dorada la vivió en Bogotá, en largas noches de bohemia, de tristeza y soledad, si bien allí se le confundía con un alma alegre, por ser el centro y la chispa mayor de la Gruta Simbólica. Había viajado por Guatemala, Méjico, España, París, en aparentes excursiones de placer. Pero su mundo era Colombia. Su gente lo esperaba en los bares de la capital.

Compra en Usiacurí una pequeña tierra poblada de frondosa vegetación tropical y se dedica, con amoroso empeño, a reparar la casita rústica que habrá de compartir con su esposa y sus hijos. En los alrededores florecen las matas de florón, los mamoncillos, los olivos, las ceibas y los árboles cargados de frutos generosos, donde escucha desde las primeras horas del día los arpegios de las aves congregadas en torno al santuario de la poesía. Feliz en la vida pastoril, alterna sus horas entre el laboreo agrícola y el cultivo poético. Tanta es su identidad  con su nuevo hábitat, que un día exclama: “Oculta entre los árboles mi casa / bajo denso ramaje florecido / aparece a los ojos del que pasa / como un fragante y delicioso nido”. 

Julio Flórez está catalogado como el más representativo de nuestros poetas. Poeta esencial e íntegro. O, como lo define Jorge Rojas, “poeta de la cabeza a los pies”. Era uno de esos trovadores espontáneos que, al igual que en la época medieval, iba por los caminos derramando su cosecha de versos. Sin mayores años de escolaridad (se dice que apenas adelantó estudios mínimos en una escuela o colegio de Puente Nacional), el lenguaje le fluía como de un manantial puro, lleno de murmullos y resonancias.

Como nació con alma romántica, al igual que Byron, la inspiración le venía por soplos mágicos, algo indescifrable para los profanos, y que sólo conocen las almas predestinadas para tan noble quehacer. Julio Flórez no era gramático, ni poseía grandes conocimientos literarios, pero tenía alma sensitiva. Eso es el poeta: caja de vibración de los amores y pesares del ser humano. La sensibilidad, por encima de los cánones académicos, es la que determina el arte lírico.

Y era gran lector. Desde joven se apasionó por los poetas franceses, y de 16 años le hizo una oda a Víctor Hugo, su ídolo mayor. ¿Qué importa que no fuera culto? ¡Era poeta! Uno de los poetas más populares que ha tenido Colombia. Su genialidad se manifestó en lenguaje sencillo y tierno, sentimental y melancólico, que supo interpretar las alegrías y pesares del pueblo. Por eso estremecía el corazón de las multitudes. Sus cantos movían el amor y el desencanto, la tristeza y la añoranza, la sinceridad y la humildad, el dolor y la nostalgia. La poesía era para él rito sagrado, donde el poeta actúa como ser divino.

Guillermo Valencia, en reportaje a Martín Pomala, en 1928, anota: “Respecto de Flórez le diré que lo he admirado siempre por su inspiración sin igual. Julio fue a mis ojos el poeta por esencia”. Otras figuras destacadas han expresado elogiosos conceptos sobre este personaje bohemio (el legítimo bohemio intelectual de comienzos del siglo XX), que permanece en el tiempo como una leyenda romántica y acaso fantasmal.

Se dice de él que acostumbraba irse con sus compañeros de libaciones a darles serenatas a los muertos (serenatas a él mismo) en el Cementerio Central. Su inclinación a la tristeza y las sombras se advierte en buena parte de su obra, y de ello han quedado claros rastros en poemas como Mis flores negras, Todo nos llega tarde, Boda negra, Resurrecciones. Sus versos son el reflejo de un alma desolada y sombría que deambulaba por las calles bogotanas en medio de dolores y amarguras. Fue a dar a Usiacurí para seguir con su sombra a cuestas.

El 14 de enero de 1923, días antes de su muerte, fue coronado poeta nacional en su propio terruño. Todo el país volvió los ojos hacia el escondido refugio sentimental que el ilustre boyacense había elegido como su última morada en la tierra. Con él desapareció el último de los poetas románticos. Años después, la humilde vivienda sería declarada patrimonio cultural de la nación. Y hoy, según dan cuenta las noticias de prensa, está a punto de derrumbarse por falta de recursos para sostenerla. Mientras tanto, por los contornos sigue vibrando la voz pesarosa del poeta: “Todos nos llega tarde, hasta la muerte…”

Bogotá, 2005.

Dolor en Chita

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A Chita nunca había ido un presidente de la República. Es uno de esos muncipios olvidados que la gente casi no sabe que existen. Sólo ahora, cuando un atentado dinamitero mató a 8 personas e hirió a 15, llegó el doctor Álvaro Uribe dentro de su conocido plan de hacer acto de presencia en los sitios más castigados por la violencia. Si no hubiera sido por este golpe despiadado contra la población civil, los habitantes -¡qué ironía!- seguirían excluidos de la honrosa visita presidencial.

Golpe que hoy sucede en Chita, y mañana en cualquier lugar del país. Este estallido de la dinamita repercute en la provincia ignorada y se siente en todo el país. Y una población desconocida como Chita, por donde apenas pasan de tarde en tarde los políticos que buscan votos y reparten abrazos y sonrisas, adquiere notoriedad y salta a la primera página de los periódicos.

Debo hacer una rectificación a la noticia de que a Chita nunca había ido un presidente: por allí pasó nada menos que Bolívar en los días de la campaña libertadora, hace casi dos siglos. Desde entonces ningún otro mandatario se había atrevido a remontar aquella geografía abrupta y glacial, rodeada de precipicios por toda parte, hasta que el doctor Álvaro Uribe -llamado por el dolor de la patria ensangrentada- tomó su helicóptero y aterrizó en la plaza del pueblo. La diferencia con Bolívar reside en que el Libertador tenía que escalar aquellas cumbres a caballo, durante largas y penosas jornadas.

De todas maneras estuvo en Chita un presidente de la Colombia actual, y esto quedará grabado para siempre en los anales del pueblo. ¿Cuándo volverá el próximo? Quizá dentro de 200 años. Los 8 muertos y los 15 heridos tuvieron, por desgracia, el poder publicitario, en medio de las lágrimas de todos los chitanos, de llamar la atención oficial sobre el desamparo en que han vivido.

Era un desastre que se veía venir. Desde hace varios años operan en los alrededores del Nevado de El Cocuy grupos sediciosos que siembran el terror en esa provincia y en las vecinas. Hace cerca de dos años fue dinamitado el puente Pinzón, situado a pocos kilómetros de Soatá, y aún no ha sido reparado. El tráfico vehicular sigue interrumpido y son enormes, por supuesto, los perjuicios que reciben aquellos pueblos marginados.

La pregunta es elemental: ¿por qué no se ha dado al servicio un puente que es primordial para el desarrollo de la región? Está bien que viaje el Presidente cuando escucha el estruendo de la dinamita, pero es más importante que haya soluciones efectivas y prontas para reparar los daños causados.

La sevicia con que actúan los malhechores es inaudita. En el caso de Chita, utilizaron un caballo cargado de papa, en el que ocultaron 100 kilos de anfo. La explosión, fuera de la cifra ya mencionada de muertos y heridos, dejó 25 viviendas inservibles y rompió todos los ventanales del pueblo. Los 68 policías que habían llegado un mes antes, luego de 12 años de ausencia de la fuerza pública, nada pudieron hacer. Otro municipio destruido, mientras la patria entera se eriza de terror y rabia.

Chita es uno de los pueblos más antiguos del país: su fundación data de 1532, y su erección como municipio, de 1769. Allí moraban los indios laches, de gran ferocidad, los cuales se transformaron en los pacíficos habitantes actuales -alrededor de 20.000-, dedicados a la agricultura y los tejidos. La historia registra un importante pasado patriótico: los chitanos formaron en las huestes de los comuneros, aportando buen número de hombres y de recursos materiales. Los laches adoraban las piedras con la creencia de que ellas habían sido seres humanos. La palabra chita, en lengua quechua, quiere decir cabra, nombre apropiado para aquellos desfiladeros impresionantes.

Región montañosa por esencia, esto ha facilitado la instalación de las fuerzas apátridas que pusieron a correr al señor Presidente. Desde luego, la demencia de los guerrilleros no se detiene en pasados históricos: lo único que les interesa es destruir. Por eso, el país los repudia. Y se solidariza con los sufridos chitanos, que simbolizan a la provincia escondida. La que no vemos y nos duele: esa es Colombia.

El Espectador, Bogotá, 18 de septiembre de 2003.

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Medellín, ciudad prodigio

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Trece años llevaba sin visitar a Medellín -falla que me reprocho como imperdonable-, y ahora, en asocio de mi esposa, regreso a la ciudad con el mismo asombro y la misma fascinación que experimenté cuando la conocí. Esta distancia de trece años ocurrida desde mi anterior visita sirve para hacer algunas comparaciones valiosas entre la urbe violenta de entonces, sometida  por la ley de la bala, y la actual, que no sólo ha derrotado la negra noche que le decretó el narcotráfico, sino que marcha por caminos de franca recuperación y positivo progreso.

Una demostración admirable sobre el valor de los antioqueños para encarar las adversidades lo constituye el hecho de que El Tesoro, que en enero del año 2001 sufrió grave atentado dinamitero -con la destrucción de 180 vehículos y 30 locales comerciales-, sólo duró dos días cerrado y hoy funciona como si nada hubiera sucedido. Es, además, uno de los centros comerciales más hermosos de la capital, a la altura de los mejores de Estados Unidos.

Retrocediendo al mes de agosto de 1990 -cuando escribí en estas mismas páginas el artículo Una ciudad perpleja-, me encuentro con la urbe agonizante que se recogía en los hogares antes de las siete de la noche, miedosa de las tropelías que ejecutaba la mafia en horas nocturnas. Era la época en que Pablo Escobar pagaba una retribución económica por cada policía muerto, y en que El Espectador había dejado de circular en Antioquia tras los bárbaros atentados de que se le hizo víctima por combatir el terrorismo y el dinero corrupto de las mafias.

Hace trece años las obras del metro estaban paralizadas por falta de recursos. Hoy es un servicio en pleno funcionamiento, convertido en eje fundamental del desarrollo vertiginoso que registra la metrópoli. Da gusto observar el sentido de pulcritud, estética y aseo que se exhibe en los vagones, y es placentero disfrutar  de la eficiencia y la comodidad de los viajes. El metro marcó otra cultura ciudadana y le da ejemplo al país sobre lo que significa el espíritu emprendedor de la raza paisa.

La estructura vial es básica para el florecimiento urbanístico y el bienestar de la gente. Este aspecto lo ha cuidado Medellín con celo riguroso, lo que le permite mantener sus calles en óptimas condiciones, tan distinto al caso que se vive hoy en Bogotá, donde los huecos -verdaderos cánceres del espacio público- son desesperantes. Si bien la congestión vehicular en la capital antioqueña es manifiesta, las avenidas periféricas y los puentes elevados ayudan a desenredar el tráfico. Pero falta más por hacer.

El tradicional desfile de los silleteros, que tuvimos oportunidad de presenciar en todo su esplendor, esparce sobre la urbe una lluvia de colorido y fantasía. La magia de las flores acaricia el alma antioqueña como un beso de la naturaleza.

Pocas ciudades tan floridas, arborizadas y fascinantes como Medellín. Las vías por Las Palmas y por barrios espléndidos como El Poblado, fuera de embellecer el paisaje con sus frondosas arboledas, muestran el apego a la montaña como sustancia de la vida. La montaña se anida en el corazón de los antioqueños y es parte de su idiosincrasia.

Hace trece años no existía el Museo Botero y no se vislumbraba que este legado fantástico pudiera llegar algún día. Las gordas -y los gordos- del genial artista se quedarán para siempre como la expresión viva de esta tierra culta, junto con los mensajes perennes de otros maestros antioqueños, en todos los géneros del arte.

Con el escritor Fernando García Mejía visitamos el centro histórico y cultural y nos detenemos, claro está, en las librerías, nuestra pasión irrenunciable. Allí adquiero el libro titulado El Uñilargo, de Alberto Donadío, editado en Medellín por la editorial Hombre Nuevo, texto que recoge la documentada historia sobre la quiebra fraudulenta del Banco Popular en manos de su gerente y fundador, Luis Morales Gómez. El subtítulo de la obra revela su contenido: “La corrupción en el régimen de Rojas Pinilla”.

En otro recorrido, el industrial Manuel Vélez me señala este detalle curioso en sectores deprimidos: las casas se van ampliando con nuevos pisos a medida que crecen las familias, lo que se cumple utilizando las varillas de hierro que se dejan al descubierto en el último tramo construido, para continuar el crecimiento demográfico. Esta circunstancia tendría dos significados: el sentido de unidad familiar, y la previsión para albergar la numerosa descendencia que el antioqueño -con su bien ganada fama de prolífico- avizora en el futuro.

De aquella Medellín de 1770, definida como un pueblito con buenas corrientes de agua y cuatro caminos, se ha saltado a la soberbia metrópoli de hoy, cruzada por veloces avenidas y adornada con suntuosos edificios, airosas residencias, florecientes centros comerciales y encantadoras zonas verdes. Posee la mejor  estructura urbanística y los servicios públicos más eficientes del país. Su  empuje empresarial la sitúa como un emporio en constante progreso.

El paisa, nacido para el diálogo y el trabajo creativo, lleva en la sangre el porte montañero de la franca amistad y la simpatía espontánea, dones que representan su mayor identidad ante la vida.

El Espectador, 21 de agosto de 2003.
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Cometas y desenfrenos

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Villa de Leiva, la plácida localidad boyacense que en junio cumplió 433 años de vida, intensifica el turismo, de por sí numeroso los fines de semana, con dos festivales de alto renombre nacional: el de las cometas, que se realiza en agosto, y el de las luces, en diciembre. Además, existen otros eventos menores, como las Fiestas de La luna y el Fuego, el Festival Gastronómico y el Festival del Árbol.

Este año nos fuimos a elevar cometas e ilusiones por aquel horizonte mágico, pero como los vientos tradicionales ya no soplan en agosto sino en julio (debido a los cambios climatológicos que se han presentado en los últimos años), a duras penas logramos que nuestros hermosos pájaros de fantasía, con sus alas inmóviles y sus colas inertes, despegaran de la tierra.

De paso, tuve ocasión de conocer la locura colectiva de una población juvenil que asiste a Villa de Leiva, con el pretexto de las cometas, a cometer toda clase de desenfrenos. Durante los tres días que dura el festival, la parranda se vuelve frenética. Los residentes de la ciudad, que en su gran mayoría no participan del jolgorio, tienen que resignarse al alboroto y los desmanes que ocurren sobre todo en horas nocturnas.

Parejas juveniles, a veces de trece o catorce años de edad, se dedican en forma desvergonzada al consumo de licor y droga en cantidades insólitas. Para eso vinieron. La juventud moderna no entiende, por lo general, de diversiones sanas, y en materia alcohólica proceden como adultos. Hoy en día salirse de las normas, atropellar y dar escándalo público se volvió una costumbre social.

Deprimente espectáculo el de muchos jovencitos –de ambos sexos– que caminan por las calles de Villa de Leiva (como puede ser por las de cualquier sitio turístico del país) exhibiendo sus terribles borracheras, con una botella en la mano y el ánimo bullicioso y desafiante. Más tarde, repletos de licor y de vicio, muchos buscan la bronca, a veces con resultados peligrosos, y terminan dormidos en plena vía pública, mientras los transeúntes se tropiezan con ellos y hasta se solidarizan con esos cuadros borrascosos que hacen parte de la propia fiesta.

Licor, droga, sexo… A eso va cierta juventud a los festivales de Villa de Leiva. Qué horror. Los flujos de corrientes turísticas encarecen la hotelería y los servicios afines. El costo normal de una habitación se eleva a cifras absurdas. Esto, cuando se consigue hotel, ya que la mayoría han quedado copados desde tiempo atrás.

La preocupación natural que suscita este estado de descomposición es la de averiguar por la actitud de los padres frente al descarrío de sus hijos. La triste realidad indica que ellos viven ajenos a esa conducta, la que no sólo es tolerada por la sociedad moderna, sino que hoy es un sistema de vida. Ya no cabe hablar de disciplina social, porque el mundo contemporáneo marcha a la loca, cada vez más carente de principios y propiciador, además, del libertinaje que invade todos los ámbitos. Ese es el libertinaje que en días pasados vivieron muchos adolescentes, algunos de ellos casi niños, en la fiesta tradicional de Villa de Leiva.

Alguien me contaba un suceso escalofriante: el de una jovencita que, fingiendo llamar desde Bogotá, lo hacía desde Villa de Leiva para decirle a su madre que ese fin de semana iba a estudiar en la casa de una amiga, y que por favor no la interrumpiera, porque iba a estar muy ocupada con los textos. Luego apagó el celular y, asida a su compañero, entró a la carpa instalada en el sitio del camping. Lo que ocurrió durante los tres días del jolgorio licencioso, debe imaginárselo el lector.

Las autoridades de la preciosa villa viven, sin duda, preocupadas por ese desborde de la alegría y asimismo por ese vergonzoso desenfreno colectivo, provocados por la atracción turística que deja beneficios económicos a la población. Es, por supuesto, problema de difícil manejo. Pero se requiere extremar las medidas de control para mantener en tales días, tan propicios para el desorden y la liviandad, un clima de mayor cultura ciudadana.

Por lo demás, Villa de Leiva es sitio encantador. Lugar amable y hospitalario. Paraíso de descanso y contemplación, que ojalá logre preservar su embrujo y su reposo contra las perturbaciones de la paz y del ensueño.

El Espectador, Bogotá, 30 de agosto de 2005.
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