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Por los caminos del café

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La afinidad étnica de los pobladores del Eje Cafetero -Caldas, Quindío y Risaralda- ha sido el lazo principal que mantiene unida la región por encima de emulaciones y luchas territoriales. Otro punto de coincidencia es el café, alrededor del cual giraban las tres economías. Es preciso hablar en pasado, ya que el grano agrícola ha dejado de ser básico tanto para el país como para las zonas productoras. Cuando yo vivía en el Quindío, el café era soberano. Un dios todopoderoso. El desarrollo económico lo generaban las cosechas, en altísimo grado, y salirse de esa realidad era andar en contravía.

Voces aisladas, por respetables que fueran, se quedaban sin audiencia cuando proponían diversificar la agricultura o industrializar la región. Euclides Jaramillo Arango, ilustre escritor quindiano y además cafetero, es autor de amena crónica elaborada con fina ironía y delicioso tono folclórico: “Estoy diversificando mis cultivos”. Alberto Gómez Ceballos, que ocupaba la Secretaría de Hacienda, escribió una tesis brillante sobre la necesidad de liberar su tierra de la dependencia rural, divulgada en el libro Industrializar el Quindío: ¿una utopía? Ambos escritos fueron leídos por la gente con simpatía y al mismo tiempo con escepticismo, y hoy son  documentos memorables.

Lo que aconteció después es dantesco. Vino primero la bonanza cafetera, que tantas perturbaciones sociales produjo en la zona, y luego la caída estrepitosa del café en los mercados mundiales (hasta el sol de hoy). Como si fuera poco, el terremoto de 1999 terminó de hundir la región en la peor crisis que se haya registrado en toda su historia. Por poco desaparece el departamento bajo el furor del cataclismo, el que también castigó a los vecinos, aunque allí los estragos fueron menos severos. El Quindío quedó sin fuerzas para levantarse de la destrucción.

Pero el propósito de esta nota no es el de hacer un inventario de calamidades, sino el de mostrar en qué forma una estirpe recia, laboriosa y luchadora -que es la raza paisa que puebla las tres comarcas- logró levantarse de entre las ruinas y edificar el futuro -que hoy es ya presente-, removiendo escombros y poniéndole nuevos cimientos a la existencia, sobre los campos abatidos por la adversidad.

Los quindianos comprendieron al fin que debían diversificar sus cultivos e industrializar su economía. Y se inventaron el concepto de la ciudad-campo. Las fincas comenzaron a organizarse como hoteles campestres, bajo el aroma de los cafetales y el atractivo de los paisajes embrujados. Vinieron los llamados parques temáticos -el del Café y el de Panaca-, se establecieron confortables hoteles cinco estrellas en Armenia y los alrededores, se idearon novedosos motivos de atracción y se creó una  mentalidad nueva, lo que permitió que el país pusiera los ojos en aquel edén tropical y de paso se impulsara el turismo como poderoso resorte para reactivar la economía.

A su vez, Caldas y Risaralda acometían programas similares. Más que competir entre sí los tres departamentos, lo que hacían era formar una conciencia colectiva para conseguir el progreso de toda la zona. El agroturismo se convirtió en la nueva fuente de prosperidad del Eje Cafetero, y el café, por primera vez, pasó a segundo plano.

Nunca antes se había visto tal sentido de integración mediante el empleo de los recursos de cada ciudad y la actitud de la gente para seducir al forastero y lograr el resurgir de un territorio trabajador, habitado por 2’500.000 personas, que no se arredra ante las dificultades. La Autopista del Café, obra vital para este proceso futurista, que abarca 230 kilómetros entre Armenia y Manizales y cuyo costo es de $ 420 mil millones, avanza a todo ritmo.

El maestro Valencia bautizó a Armenia, entonces un poblado incipiente, como la Ciudad Milagro. Si él hubiera presenciado el florecimiento actual tras la catástrofe telúrica, habría confirmado su vaticinio. El mayor milagro consiste en haber vuelto a levantarse la ciudad en solo tres años, luego de ser destruida por el terremoto. Difícil encontrar mayor ejemplo de superación. Una lección para todo el país.

El Espectador, Bogotá, 10 de abril de 2003.
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El chisme, cizaña social

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Gustavo Páez Escobar

El alcalde de Icononzo nunca llegó a suponer que el decreto 091, dictado dentro de los estrechos linderos de un vecindario de 11.500 almas, le daría la vuelta al planeta y conseguiría para la localidad, según una crónica periodística, el rimbombante título de capital mundial del chisme. Se trata de una nombradía ingrata, que no corresponde a la realidad, pero que al mismo tiempo hace conocer a Icononzo más allá de nuestras fronteras (cuando los propios colombianos no tienen conocimiento exacto de este montañoso territorio incrustado en una vertiente de la cordillera Oriental).

Parece que el decreto se ideó como instrumento para contrarrestar la oposición de algunos dirigentes locales, y terminó involucrando a toda la población en el terreno del chisme. Razones tendría el alcalde Ignacio Jiménez para expedir la norma citada, en virtud de la cual se castiga con multas y cárcel a los chismosos del pueblo. Dice el funcionario que sesenta familias tuvieron que desplazarse el año pasado de su jurisdicción y varias personas están encarceladas en Ibagué, debido a que las habladurías populares las vinculaban con grupos guerrilleros.

Quizá se trate de una alcaldada la expedición del precepto por parte del singular burgomaestre, al invadir los terrenos de la ley penal, que contempla penas severas para los delitos de injuria, calumnia, falso testimonio y similares.  De todas maneras, él ha puesto el dedo en la llaga sobre uno de los vicios más arraigados del pueblo colombiano. En otro sentido, sus enemigos argumentan que con esa disposición se ha estigmatizado el nombre de Icononzo con una calificación degradante.

El susodicho decreto –que de paso se volvió un personaje en la historia local– ha polarizado al municipio. Arbitraria o inocua, legal o ilegal, la norma contiene un fondo moralizador, de carácter simbólico (o pedagógico, como lo llama el alcalde), que no se puede ignorar. Tal vez el mandatario, sin proponérselo, llevó a cabo la brillante alcaldada, que desde luego no le reconocen sus opositores, con la que puso a pensar a Colombia.

Del chisme, como de la calumnia, algo queda. Quitar honras bajo las sombras de la murmuración, o levantar cuentos que desacreditan al vecino, o propalar noticias que causan daño, es nociva tendencia humana. En Colombia se convirtió en deporte nacional.

Las almas torcidas gozan llevando y trayendo cuentos. Con el chismorreo se destruyen prestigios y se fomentan enredos devastadores en contra de una persona o de una familia. El chismoso mueve la lengua, tira la piedra y esconde la mano. Y como goza de impunidad para la difamación, nunca es castigado. Pretendía hacerlo el alcalde de Icononzo, pero se le han atravesado serios obstáculos.

El chisme, la murmuración, el chismorreo, la habladuría, el cotilleo, la hablilla, el embuste, el cuento, la mentira, el comadreo… son actitudes que se anidan en las conductas morbosas para distorsionar la verdad. El Diccionario de la Real Academia define el chisme como “noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguien”.

No creo que los habitantes del municipio tolimense sean los más chismosos del mundo. ¿Cómo se hace esa medición y quién la realiza? En todas partes existe la misma especie antisocial de los difamadores, y en algunos lugares actúan de manera más pronunciada y destructiva que en Icononzo.

Pero este pueblito acaba de ganarse una fama absurda –por fortuna perecedera, como todas las famas–, gracias al viaje que unos periodistas hicieron allí para informarse de la extraña norma municipal. Y descubrieron el decreto 091, que según ellos le ha dado la vuelta al mundo. Otra exageración.

Por supuesto, fueron ellos quienes se inventaron el apelativo para los vecinos del municipio. A Icononzo llegaron tras un rumor sugestivo (otro señuelo del chisme), y a raíz de sus comentarios de prensa se armó soberano embrollo. Así hay que llamarlo, pues después de las crónicas periodísticas la población se dividió en dos bandos: los que están con el alcalde y los que buscan su salida.

Ahora los rumores galopan por la epidermis pueblerina. Por curiosa analogía, el nombre de Icononzo (que proviene del término indígena “icononzué”) significa “murmullo de aguas”.

Con la exhibición de la comedia ligera que los periodistas montaron en el poblado, se toca un nervio sensible de las costumbres colombianas: el del chisme como cizañaza social. Dicha realidad, causante de incalculables destrozos humanos, es la que interesa a esta columna. La otra hipótesis, la tergiversada figuración del municipio como “capital mundial del chisme”, no pasa de ser un pasatiempo frívolo. Una noticia chismosa.

El Espectador, Bogotá, 22 de junio de 2005.

Boyacá y su Academia

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En el Ciclorama del Puente de Boyacá, el pasado 9 de abril, la Academia Boyacense de Historia se reunió en sesión solemne para celebrar sus cien años de vida. No ha podido escogerse mejor escenario para esta efemérides: allí palpita el corazón de la patria en medio de los símbolos que recuerdan la derrota de la opresión española y el nacimiento de la libertad. A partir de ese momento se iniciaba la historia grande de un pueblo que rompía las cadenas de la esclavitud y se volvía soberano.

La Academia Boyacense de Historia fue fundada el 9 de abril de 1905 con el nombre de Centro de Historia de Tunja (que llevó hasta 1946), por Cayetano Vásquez Elizalde, y su primer presidente fue el canónigo Aquilino Niño Camacho. A través de los años, la entidad se ha encargado de mantener prendida la llama del nacionalismo y el culto a las tradiciones, comenzando por afirmar los episodios históricos de la propia región. Pocas zonas del país aglutinaron en los días de la Independencia tanta variedad de personajes y de sucesos heroicos como los ocurridos en esta tierra de epopeyas y oraciones. Y pocas poseen en los días actuales su misma esencia cultural.

El segundo presidente fue el canónigo Cayo Leonidas Peñuela Quintero, tío de la poetisa Laura Victoria, célebre historiador y polemista que en 1912 fundó el Repertorio Boyacense, órgano oficial de la Academia, el que acaba de llegar a 341 ediciones. Se trata de la revista más antigua de las academias regionales de historia y del departamento de Boyacá, por cuyas páginas han desfilado egregios escritores dedicados a destacar los valores de la comarca, decantar la historia, fortalecer la cultura y afianzar el sentido de pertenencia a la patria. Es una publicación de lujo y de sólido contenido, en la cual se ventilan los temas más variados y profundos que hacen relación con el campo académico, siempre con la mira puesta en Boyacá y en Colombia.

Quince presidentes ha tenido la institución en su siglo de existencia. Seis de ellos provienen del ámbito eclesiástico, lo que refrenda una de las características más propias de Boyacá: el espíritu religioso que se respira en todas partes. Y dos secretarios perpetuos: Ramón C. Correa Samudio, que estuvo al frente del cargo, con ejemplar entrega y maravillosa labor productiva, durante 68 años, y Enrique Medina Flórez, insigne personaje de las letras y la docencia, que lo reemplazó en 1991 y acaba de recibir, en la ceremonia del Puente de Boyacá, la exaltación como miembro benemérito. El presidente actual, que ha ocupado la posición en dos ocasiones, es Javier Ocampo López, maestro de historia y gran promotor de la cultura boyacense.

En el centro académico se ha dado cita, a través de todas las épocas, lo más granado de la inteligencia boyacense: literatos de amplio prestigio, historiadores de vasta cultura, prestigiosos sacerdotes, profesores e investigadores, dedicados todos a la causa común de escudriñar la historia y difundirla en conferencias, libros y otros medios de comunicación. Son ellos, sin duda, una de las fuerzas vivas con que cuenta el departamento para mantenerse como modelo cultural del país.

Hay varias actividades institucionales que merecen especial mención: una es la “Cátedra de Boyacá”, dirigida a maestros y estudiantes, programa que se desplaza por los municipios con seminarios sobre la historia, las letras, el arte y la arquitectura, entre otros aspectos, y que busca la identidad local y regional; otra, el equipo de las “guardias cívicas”,  conformadas por grupos juveniles que impulsan el civismo y preservan el patrimonio histórico en toda la comarca; la tercera, la administración del Archivo Histórico Regional de Boyacá, donde se protege la memoria documental que viene desde la conquista y colonización del país; y por último, la labor bibliográfica que, estimulada por la Gobernación de Boyacá, ha hecho posible la publicación de 135 libros hasta el momento, sobre diferentes asuntos históricos y culturales.

El paisaje y el espíritu son en Boyacá las insignias mayores de esta raza legendaria, a la que tanto le cantó Armando Solano en páginas memorables, y no en vano los actuales directivos de la corporación prosiguen en el empeño que animó al fundador y a sus colaboradores: recoger e interpretar el alma boyacense en los innumerables estudios realizados por parte de mentes eruditas que engrandecen la vida regional.

El Espectador, Bogotá, 28 de abril de 2005.
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Regiones

lunes, 27 de octubre de 2008 Comments off

 

 

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La Dorada, centro dinámico

jueves, 20 de noviembre de 2003 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Muy diferente La Dorada que conocí en 1959 -hace 44 años- a la actual. Era entonces un pueblo pequeño, cuya población apenas llegaría a veinte mil almas, y hoy es un pujante centro comercial con cerca de cien mil habitantes. No sólo ha cambiado la dimensión urbana, sino que los vestigios del antiguo poblado son irreconocibles. Ahora encuentro una ciudad nueva que se edificó sobre la anterior y la transformó casi hasta borrarla. En los últimos años, más allá de lo que señalan los índices demográficos, el municipio ha crecido en forma acelerada. A ese crecimiento vertiginoso se suma el fenómeno nacional de los desplazados, que en el caso de La Dorada significa una numerosa población flotante que todos los días llega a su territorio por  diferentes caminos, atraída por el próspero municipio ganadero.

Es la ciudad caldense que ha tenido mayor desarrollo en menos tiempo. Y se trata de una de las ciudades más jóvenes del país. Se erigió como municipio en 1922, o sea que hoy tiene 81 años, edad juvenil en la vida de los pueblos. Situada al lado del río Magdalena, sus temperaturas habituales pasan de 30 grados y están entre las más ardientes de Colombia. La circundan varios ríos importantes, hecho fundamental para que la población disfrute de eficiente suministro de agua.

Su privilegiada posición geográfica la convierte en un nervio de comunicaciones. Está situada a 180 kilómetros de Manizales, y hay vías fáciles hacia Bogotá, Ibagué, Medellín y la Costa. A La Dorada se le recuerda como uno de los puertos vitales para la navegación por el Magdalena. Aunque esta actividad ha disminuido en los tiempos actuales, todavía se practica. En viejas épocas fue buen productor de oro, y siempre ha sido zona ideal para la cría y la comercialización ganadera.

Especial atención me causó el aseo urbano -que se inicia a las cuatro de la mañana-, aspecto que se suma a la rica arborización que existe en el casco urbano y en los alrededores. Como en el ordenamiento municipal las cosas no se dan solas, supe que estos y otros frentes han sido afán prioritario del alcalde César Alzate Montes, joven y dinámico funcionario que ha hecho de su administración un ejemplo de pulcritud y eficacia. Entre las obras significativas que el alcalde entrega a la ciudadanía, y que en reciente visita fueron ponderadas por el presidente Uribe, están el coliseo cubierto, la vía circunvalar de doble calzada, la central de abastos y el acueducto por gravedad.

Tuve oportunidad de observar estos logros en compañía de mi viejo amigo Bernardo Nieto Quijano, notable dirigente cívico de la ciudad, que promueve hoy la creación del Museo Histórico y Cultural de la Dorada. El rescate que se va a hacer del patrimonio histórico, y que cuenta con el apoyo decidido de la Alcaldía, el Club Rotario y la Cámara de Comercio, ha despertado enorme acogida entre los habitantes.

En su planeación han tomado cuerpo facetas tan destacables como la historia de la ganadería (mediante la recolección de antigüedades y demás signos del desarrollo regional), o la historia de la aviación (con los aportes que hará la base de Palanquero), o el salón dedicado a mostrar en fotografías la vida de la localidad y de su gente, o la fundación de una biblioteca con obras de escritores caldenses. Me parece que podría pensarse en establecer una gran biblioteca pública, aprovechando el espacio que proporciona la antigua Casa Inglesa, donde funcionará el centro cultural.

El odontólogo Bernardo Nieto Quijano -que es, además, gerente-fundador del Gimnasio Palma Real, uno de los principales centros docentes de La Dorada-,  me invitó a dictar una conferencia sobre la importancia de la lectura, con motivo de la inauguración de la biblioteca infantil del colegio. Ocasión propicia para haber hecho este recorrido gratificante por el municipio incipiente que conocí en 1959, y que entonces sólo tenía 37 años de vida administrativa.

Y vuelvo de La Dorada con la imagen de una ciudad en desarrollo, que ha salido de los estrechos marcos parroquiales, que ha derrotado la nociva politiquería de otra época y que mira al futuro con esperanza.

El Espectador, Bogotá, 20 de noviembre de 2003.
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