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Trescientos años de Medellín

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Con verdadero alborozo he recibido de Celanese Colom­biana, de parte de su presidente Jaime Lizarralde L., el precioso libro editado como homenaje a la ciudad de Medellín en el tricentenario de su fundación. Digno del mayor encomio resulta este gesto de la entidad que entiende como una de las más significativas expresiones de aprecio la de lanzar, con ocasión de este aniversario in­crustado en la nacionalidad del país, el refinado volumen que recoge vibrantes páginas de nuestra literatura. La ilustre Villa de la Candelaria recibe uno de los mejores tributos en este recuerdo que plumas maestras enaltecen con la fecundidad de sus in­teligencias.

Colombia, país de letrados, no puede subordinar, ni si­quiera en esta era moderna cargada de frivolidades y vanos alardes materialistas, su esencia de pueblo culto. Será preciso recordar una y otra vez que si por algo sobresale el país ante el concierto de las naciones es por su bagaje in­telectual. Es ahora Celanese la que escruta fibras sensi­bles de nuestra idiosincrasia al poner en letras doradas, como mensaje para todo Colombia, escritos memora­bles que no perderán vigencia y que en ocasión tan propicia como la de la efeméri­des de Medellín es preciso exaltar para afirmar la vigencia del país amante de sus tradiciones.

Celanese da en el clavo cuando acomete la ponderada labor de armar una reliquia en este tomo que ingresa con honores —y cuyo ejemplo ojalá sea seguido por otras empresas— al patrimonio bi­bliográfico del país. Afortunado empeño este de conmemorar una fecha refrescando la memoria del pueblo a veces confuso entre mediocridades y sacudido otras por los vientos de la descomposición social, y que no puede ambicionar mejores días si se olvida de sus escritores y poetas.

Otto Morales Benítez, en semblanza de la ciudad «orquídea», evoca el significado de una raza que tanto lustre le ha dado a Colombia. «Y Medellín  –di­ce– era el eje de esa gran aventura del antioqueño, que aún, por fortuna para el país, no ha terminado. La arriería tuvo dones esenciales: la honorabilidad del transpor­tador; la puntualidad en los tiempos de recibo y entrega; la apertura de todas las rutas convergentes hacia un interés económico y social».

Más adelante anota, entre los muchos enfoques que contiene su  ensayo sobre la raza antioqueña: «Se puede hacer un desafío a quien logre escribir un ensayo en el país sin tener que volver la memoria a Antioquia para situar su in­flujo». Otto Morales Benítez, testigo del tránsito del arisco poblado a ciudad poderosa, y que lleva en sus venas sangre de arrieros, le cuenta al país cuánto pesa la historia de este pueblo que ha jalonado la grandeza de Colombia a golpes de hacha, de ingenio y de temples creado­res. El nombre de Medellín —agrega— se confunde con el de orquídea, esfuerzo y gloria. Cabe, en tan certera síntesis, todo el señorío de la ciudad preclara.

Ediciones Sol y Luna de Bogotá está a la altura de las circunstancias al presentarnos este libro bellamente elaborado donde alterna la pulcritud de la edición con la elegancia de los grabados. Fueron estos toma­dos de Le Tour du Monde, París 1872-1873. La diagramación corre por cuenta de Jorge Luis Arango, de la casa editora, y se pone de manifiesto en ella la capacidad artística de su autor, de que ya ha hecho gala en otras realizaciones.

La enumeración de los escritores que engrandecen estas páginas es suficiente para sa­ber que se trata de un suceso destacado: Otto Morales Benítez, Gui­llermo Valencia, Francisco Villaespesa, Andrés Posada Arango, Charles Saffray, Emiro Kastos, Antonio José Restrepo, Baldomero Sanín Cano, Emilio Robledo, Luis López  de  Mesa, Tomás Carrasquilla.

La bibliografía del país queda en deuda con Celanese Colombia por este maravilloso presente. Palmaria demostración del interés con que la firma industrial está identificada con nuestro devenir histórico.

El Espectador, Bogotá, 13-X-1976.

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El retiro de José Restrepo Restrepo

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No por esperada resulta menos sensible la decisión del doctor José Restrepo Restrepo de retirarse de la actividad política, a la que se entregó por vocación y con denuedo por espacio de 35 años. Un grupo de dirigentes conservadores de Caldas lo ha lla­mado, como en tantas ocasiones anteriores, a ocupar el puesto de jefe que por derecho le corresponde en las justas del inme­diato futuro que han comenzado a repicar en la epidermis del país.

Pero él, que nunca eludió deberes y responsabilidades, y que siempre se mantuvo incólume lo mismo ante el triunfo que ante el fracaso, renuncia ahora a la prerrogativa de encabezar, como en el cercano pasado, los movimientos de restauración por los que ahora, más que antes, claman sus copartidarios.

Se advierte en varios pasajes de su carta el sentimiento afli­gido, que no amargo, con que debe repasar episodios recientes que desmembraron la unidad de su partido, hasta perderse para él y para el amigo en discordia la vocería popular, que pasó, por los azares de la política, a una fuerza minoritaria.

Recuer­da sus intentos de recomposición de los cuadros directivos del partido tras el descalabro electoral, y se duele de que haya sido la suya una voz que se perdió en el vacío ante la errónea interpretación de quienes solo fueron capaces de adjudicarle deseos de ventajas personales.

Circunstancia deprimente para él que ha sido prototipo de desprendimiento para su partido, para su departamento y para Colombia. La carta de sus fervorosos adherentes no ha hecho cosa dis­tinta que atizar recuerdos difíciles para un hombre que, por temperamento y nobleza, no se resigna a los golpes bajos.

Para el doctor Restrepo Restrepo las cartas deben ser limpias y la personalidad no admite desdobles. Es, si se quiere, un rene­gado de la política que se considera exento de nuevos combates después de haber concluido, por la que anuncia como resolución irrevocable, un itinerario de 35 años de fructífera labor.

Esquivo el autor de esta nota al acontecer político, que no lo seduce, pero no por eso ajeno al curso de la historia, que lo apasiona, le ha tocado en suerte mirar el hecho humano del doctor Restrepo Restrepo. Si se han pergeñado las citadas circunstancias anteriores que hacen ya parte de la historia de Caldas, es para descifrar la esencia humana del gran hombre que hay en el doctor Restrepo Restrepo, talante que no se podrá entender con prescindencia de sus raíces políticas, porque se desdibujaría su personalidad.

La figura del doctor José Restrepo Restrepo es cimera en las glorias del partido al que consa­gró sus amores y sus energías, y sobre todo en la vida de su comarca, a la que ha servido con desinterés y patriotis­mo. Para él, cuyo ánimo no decae en las horas del infortunio, «es más fecunda fuente de energía la adversa que la próspera fortuna», como lo proclamó al día siguiente de su injusta derrota.

No es fácil admitir que este desvelado servidor de los intereses regionales pueda retirarse impunemente de la es­cena, si el pasado de contiendas gloriosas lo atrapa, y casi que lo esclaviza, en la hora del retiro. No en vano se ha sido paladín de la democracia. Eso ha sido, por sobre todo, la existencia del doctor Restrepo Restrepo: un permanente ser­vidor de la patria.

Pierde Manizales, pierde Caldas, pierde Colombia, en la hora confusa de los conflictos, a uno de los más significativos aban­derados de las causas nobles. Su vocación de bienhechor, que lo mismo lo empujó a trabajar por la escuela de vereda que por el auxilio creador de progreso, y que buscaba con igual ahínco el engrandecimiento de su región que la protección para el más modesto empleado, resulta en él un venero inagotable de generosidad.

Mecenas de escritores y de artistas, y li­gado como el que más a la suerte de la cultura, ha sabido com­binar su calidad de combatiente público con su sensibilidad es­tética.

No es el suyo marginamieno fácil. En su fibra humana se­guirá vibrando su impulso de servir, imposible de renunciar. Desde su tribuna periodística de La Patria continuará su acción de líder de la comunidad, acaso más vehemente ahora en el reposo de sus fatigas políticas.

Si se perdió, y ojalá que no sea cierto, a un combatiente activo del partido conservador, se ha agigantado más la dimen­sión humana de este prócer que se ve más grande en la tregua del combate. Mucho es lo que tienen que imitar las generacio­nes futuras de este forjador de gestos grandiosos.

La Patria, Manizales, 20-X-1975.

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Una Colombia doliente

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hemos enterrado a Obdulio Barrios Roa. La sociedad de Armenia y de este Quindío todo que fue azotado por una de las más implacables olas de violencia, se puso de pie, estremecida, ante el fé­retro cruzado por balas monstruosas. La violen­cia, el mayor castigo de la humanidad, fiera tene­brosa que deambula por calles y veredas, que per­sigue y tortura y asesina, ha cobrado una nueva víc­tima. Es una fuerza embrutecida, dragón de siete cabezas, empeñada en destruir los cimientos de la civilización. Lo mismo ataca en la oscuridad de la noche, porque es cobarde y alevosa, que a plena luz, porque es maquiavélica.

Obdulio Barrios Roa era un ciudadano ejemplar. De los pocos ejemplares ciudadanos que todavía se mantienen inalterables en este mundo que se está disolviendo por falta de principios y por ex­ceso de corrupciones. En la dorada juventud de 35 años promisorios, todo se esperaba de él. Se había graduado de ingeniero agrónomo en Palmira y había reforzado en los Estados Unidos una carrera que quiso más especializada para venir a servir a los suyos en estas fértiles campiñas del Quindío, donde prac­ticaba de sol a sol, entre sudores y optimismos, las enseñanzas del buen sembrador.

Consejero agríco­la, empujaba con su esfuerzo y con su sabiduría el progreso de la región. Se le confundió, quizás, con el desaforado terrateniente, cuando había ape­nas echado las primeras raíces para pegarse a la tierra. O quiso tomársele como rehén para cerce­nar otros patrimonios. Y en una vuelta de la ca­rretera de Pereira-Armenia —como testigo el sol que maduraba los cafetales de la prosperidad— lo esperaba la cuadrilla asesina.

Tortuosos caminos estos donde es posible cer­car, como en las desoladas estepas del oeste ame­ricano, al indefenso ciudadano que transita con su esposa y sus dos pequeños hijos camino del fuego hogareño. Pero estos malhechores sin entra­ñas no entienden de otro fuego que no sea el de la iniquidad.

Una cuña periodística habló, con cierto entusiasmo, de un frustrado secuestro. No recapa­citó lo suficiente, de seguro, en el filón de sangre que quedaba —y que ya nunca podrá desvanecerse— sobre la brillantez de la vía asfaltada. Es una mancha abierta en el corazón de la patria. Sobre el asfalto del progreso cayó con el cerebro perforado, sin saberse por qué, este ciudadano de bien que pagaba cara su devoción a la tierra.

Hoy, después del estallido de la pasión, Glenda, la joven viuda torturada en lo más profundo del ser, y sus dos pequeños hijos, que apenas están abrien­do los ojos a la vida cuando ya se oscurecen en un horizonte de sangre, le entregan a la sociedad este lacerante drama de un episodio más de la violencia. De esta violencia torpe que siembra, aquí y allá, lo mismo en la profundidad de la noche que en la plenitud del día, y lo mismo en los más apartados parajes que en los escenarios más concurridos, el zarpazo de la barbarie.

El ánimo se conturba con tanta atrocidad. El país, que sabe hoy de un secuestro que se negocia a empellones, se entera mañana de la víctima sacrificada sin esperar ninguna transacción. Nebuloso panorama alimentado por los traficantes de la delincuencia con el dolor de viudas, huérfanos, parientes, ante la faz de un país atemorizado. En esta degradación de los valores la vida no vale nada. La sociedad pide justicia, se conmueve y se aterro­riza por estos hechos que se van registrando con incontenible furia satánica.

En la tumba recién abierta de Obdulio Barrios Roa, un pacífico ciudadano que en el Quindío no supo practicar sino el bien, ajeno a pasiones par­tidistas y forjador de progreso, es preciso depositar, como en tantas otras del país entero, la aflicción de la Colombia doliente que pide garantías para la vida, honra y bienes de los ciudadanos.

La Patria, Manizales, 13-IX-1975.

¡Buena suerte, Risaralda!

lunes, 26 de septiembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

«Al Risaralda no lo maneja ni el diab­lo», es la gráfica expresión con que el nuevo gobernador, doctor Mario Delgado Echeverri, describe el estado caótico de su departamento, y renuncia antes de posesionarse. «Por favor, déje­nme gobernar», había pedido cuarenta días atrás María Isabel Mejía Marulanda en su discurso de posesión. Dos horas después de pronunciada esta frase, sus coterráneos, lejos de entender el llamado con que una decidida mujer convocaba la sensatez de su pueblo, le propinaban el primer rechazo por parte de un grupo o subgrupo que no había recibido la esperada cuota burocrática.

Es el de doña María Isabel un efímero gobierno, casi tan caduco como un reinado de belleza. Su antecesor, José Jaramillo Botero, fue más resistente, pues duró dos meses. Y antes que él, Dora Luz Campo de Botero no alcanzó siquiera a posesionarse, castigada por lo que se conoció como el baculazo pas­toral, hecho que provocó una ola de ingrata espectacularidad.

Recuérdase la polvareda que se levantó en torno al matrimonio civil, tema que es hoy de actualidad pero que en aquella ocasión se mostró tan candente que frustró las aspiraciones de servicio de esta valerosa mujer que parecía destinada a reconciliar las ambiciones políticas, haciendo olvidar de momento los resquemores y los caciquismos. Pero, de haber aceptado, no queda difícil predecir que la hubieran tumbado a la semana siguiente.

Son cinco los gobernadores en lo que va corrido del año, incluyendo a los dos que renunciaron antes de llegar al despacho y que no tienen, por lo mismo, que dolerse hoy del sinsabor del servicio público en una parcela condenada por las pasiones partidistas al ostracismo. Y el año no ha concluido.

Resulta deplorable que siendo el Risaralda una de las regiones de mayor pujanza y que está llamada a ocupar puesto destacado en el futuro del  país, no logre superar el estado de crisis permanente en que vive desde tiempo atrás. Es un departamento que merece mejores destinos, por muchas circunstancias, como la feracidad de sus suelos, su privilegiada posición geográfica, la laboriosidad de sus gentes, su empuje industrial, para citar apenas algunos de sus rasgos genéricos. Pero en mala hora la voracidad política lo tiene frenado.

Con ocho años de independencia ad­ministrativa, lleva dieciséis gobernado­res. O sea que el término promedio pa­ra un gobernador en el Risaralda es de seis meses. Plazo tan breve, que es me­jor no posesionarse, como en su caletre lo debió calcular Mario Del­gado Echeverri, cuya renuncia, por lo instantánea, parece sintomática del de­sarreglo existente. Ha sido el mandato más corto, renunciado como respuesta fulminante que no debía hacerse esperar.

Lástima grande que personeros tan prestantes deban excluirse del servicio a su tierra, solo por ser esta pródiga para los conflictos políticos. No es lógico, por decir lo menos, que se continúe privando a Risaralda de las luces de sus buenos hijos en esta rebatiña politiquera. María Isabel Me­jía Marulanda, mujer inteligente y con formidable voluntad de acertar, se sacrifica ante la intemperancia de sus paisanos que desoyeron sus intencio­nes.

Risaralda está en crisis. Crisis de su clase diri­gente, o por «lo alto», como deben pensar los de abajo, que solo desean trabajar. No puede hablarse de deter­minado partido, porque tanto liberales como conservadores, anapistas como comunistas, parecen puestos de acuer­do para volver imposible cualquier ad­ministración. Nadie se muestra dis­puesto a ceder, así haya que sacrificar gobernadores.

Urge, antes que cualquier programa de gobierno, mayor civilización políti­ca, si se quiere en realidad que esta importante región no se anquilose en­tre los arrebatos de ambiciones perso­nalistas.

Ojalá se rectifique pronto el criterio de que «al Risaralda no lo maneja ni el diablo», y su clase dirigente demuestre lo contrario. Al desearle, desde la vecindad, una mejoría a la comarca ami­ga, estamos al mismo tiempo expresán­dole a su pueblo, con simpatía y sinceridad: ¡Buena suerte, Risaralda!

El Espectador, Bogotá, 6-XI-1975.
La Patria,
Manizales, 21-XI-1975.

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Baculazo pastoral

lunes, 26 de septiembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cancelado por parte de los señores obispos de Pereira el «penoso incidente» que suscitó el veto eclesiástico a la designación de Dora Luz Campo de Botero como gobernadora de su departamento, circunstancia sin duda penosa para ella al ver invadida su vida privada, cabe desearle buena suerte a esta valerosa mujer que asume dentro de circunstancias poco comunes los destinos de su tierra.

Su gesto altivo y humilde al propio tiempo, cuando tuvo que resistir lo que ha dado en llamarse el «baculazo pastoral» en virtud de su matrimonio civil, y que provocó una ola de ingrata espectacularidad, pero también estimuló en torno suyo la solidaridad del país, enaltece las virtudes de la mujer colombiana. Después de alguna indecisión, ratificó su voluntad de aceptar el alto honor, manifestando de paso que lo hacía no como reto para la Iglesia, sino como motivo para ser útil a la comunidad.

Dicha indecisión obedeció más a su acongojado estado de ánimo, sin saber a qué hora estaba convirtiéndose en la comidilla del país, que a falta de temple para afrontar la adversidad. Su enfrentamiento con la Iglesia, o mejor, de la Iglesia hacia ella, parece quedar reconciliado. Ojalá suceda aquí lo de los grandes temporales: que terminan dominados por la calma después de la turbulencia.

El caso de Dora Luz queda incrustado en los anales de la historia. Expertos en asuntos religiosos, temas conciliares, concordatos y cuestiones morales, y la inmensa masa de profanos que se guían por el sentido común, movieron la controversia nacional. Nos encontramos ante un mundo en crisis, ante una Iglesia cambiante, que se quisiera más flexible. Episodios como este donde se ventilan tesis controvertidas, con partici­pación de autorizados voceros, entre ellos el señor Presidente de la República, aportan elementos de juicio para preservar, en esta  nación libre y católica, la democracia del pensamiento y la paz de la conciencia.

Dora Luz Campo, que por circunstancias imprevisibles se ha convertido en personaje popular y en líder de la mujer, ya no se pertenece por completo a sí misma y a los suyos tras el penoso incidente. El clero de su departamento ha conseguido aglutinar alrededor de su nombre un plebiscito de opinión que la respalda desde antes de posesionarse del cargo.

Risaralda, tierra pródiga para los conflictos políticos, con una docena de gobernadores durante su breve independencia administrativa, se ha unido en torno a esta mujer que por lo menos en principio ha reconciliado las ambiciones políticas haciendo olvidar los resquemo­res y los caciquismos.

Es solemne el compromiso que se le presenta a la clase dirigente, del que no debe excluirse la Iglesia, para sacar con brillo la gestión de esta decidida mujer dispuesta a acertar.

Armenia, 9-III-1975.

(Este artículo se envió a La Patria, pero no fue publicado. Dora Luz Campo renunció a su nombramiento de gobernadora después de una conversación con el presidente López Michelsen. El artículo, que ha permanecido inédito durante 35 años, se recupera para mi página web. GPE)