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El legendario José Gregorio

lunes, 12 de mayo de 2025 Comments off

Gustavo Páez Escobar

En el libro de la editorial Planeta que lleva por título José Gregorio Hernández: médico y santo (1987), Antonio Cacua Prada cuenta el suceso milagroso que le ocurrió, en abril de 1971, cuando estuvo en grave riesgo de morir ahogado en el mar, y lo salvó el entonces beato venezolano José Gregorio. Nuestro compatriota ocupaba la curul de senador de la república, y el presidente Pastrana Borrero lo designó delegado ante la asamblea general de la OEA que tuvo lugar en Costa Rica.

Acompañado con varios de los asistentes al acto, el senador se dirigió, un día de descanso, a gozar de las delicias del mar en Punta Arenas. De repente, irrumpió una tromba submarina que disgregó al grupo y le produjo terror. Las olas caían como cataratas sobre ellos. Arrastrado por la furia del mar, Cacua Prada intentaba nadar hacia la playa, y cada vez se alejaba más. Extenuado por completo, pensó –si acaso le quedaban fuerzas para pensar– que la muerte era inminente.

No logró rezar oración alguna, porque la mente se le había obnubilado, y ni siquiera le surgió el elemental padrenuestro que aprendemos de niños. Ya el mundo no existía para él. Sin embargo, al fulgurar en su alma una luz inesperada, se acordó del beato José Gregorio, tan de moda en la época y sobre quien se pregonaban milagros asombrosos. Movido por el connatural instinto de salvación que no muere ni en la hora suprema, invocó al médico milagroso con esta exclamación que le brotó desde lo más profundo de su ser: “¡Sálvame!”. Y lo salvó.

Oigamos sus propias palabras: “Sentí que una ola me llevaba dulcemente, empujándome, y en minutos y en línea recta me depositó en la playa. Había resucitado, gracias al doctor José Gregorio Hernández. Se había hecho lo que yo llamé milagro”. Lo mismo sucedió con otros compañeros suyos que sufrieron la misma emergencia. En señal de gratitud, Cacua Prada –reconocido historiador, académico, periodista, diplomático, parlamentario– ofreció escribir el libro atrás mencionado acerca del venezolano portentoso que acaba de ser proclamado santo por el papa Francisco. 

No queda difícil pensar que José Gregorio Hernández Cisneros (1864-1919) ha sido, con base en sus prodigios científicos y paranormales, el personaje más popular de Venezuela durante el último siglo. Estudió medicina en su país, adelantó estudios de posgrado en París y Berlín y desempeñó su profesión con alto espíritu humanitario. Bajo la evidencia de sus acciones filantrópicas, se ganó el título de “médico de los pobres”. Son incontables los casos de sanación que se le atribuyen, no solo en su tierra, sino en otras naciones del continente.

Es autor de trece ensayos científicos. Fundó la cátedra de Bacteriología, calificada como la primera en América. Fue el pionero de la docencia científica de su país. Hablaba seis idiomas, y era persona culta por excelencia. En suma, un ser superior que ojalá sirviera de guía para quienes, desviados del sano manejo del poder, arrastran hoy al pueblo por los abismos de la opresión, la corrupción y el desprecio de la dignidad humana. Al respecto, José Gregorio escribió estas palabras lapidarias: “El bien solo puede venir de la verdad, nunca del error. El error es el veneno de la inteligencia”.

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El Quindiano, Armenia, 7-III-2025. Eje 21, Manizales, 8-III-2025. Nueva Crónica del Quindío, Armenia, 9-III-2025. Letras Hispanas por el Mundo, Alicante, España, marzo de 2025.

Comentarios

Muy complacido leí tu artículo sobre nuestro nuevo santo. Él te acompañará a ti y a toda tu familia en estas horas amargas que estamos viviendo en nuestra patria, y será el mejor intercesor ante el Creador para salvarnos. Antonio Cacua Prada, Bogotá.

Sorprendente anécdota la que narras acerca del milagro concedido por el beato José Gregorio Hernández al historiador Cacua Prada, de quien poseo y he leído varios de sus libros. Soy poco crédulo de estos fenómenos, pero con este caso, he registrado dos testimonios serios sobre los favores milagrosos del ahora santo. El otro me lo describió un buen amigo con pelos y señales y fue la cirugía que le practicó en una madrugada a su esposa, quien sufría de tremendas jaquecas que no habían podido ser curadas por ningún médico vivo. Sea como sea, han sido dos episodios milagrosos que han mermado mi incredulidad. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Respuesta. Yo también he sido escéptico respecto a las historias de los milagros, provenientes en su mayoría de la excesiva credulidad de la gente o del tonto fanatismo. En el caso de Cacua Prada, te cuento que desde que él me obsequió su libro en 1989, y luego amplió el suceso en tertulias de amigos, me convencí de que el hecho era evidente. La respetable personalidad de mi amigo no puede hacerme caer en equívocos respecto a su vivencia frente al mar embravecido. GPE

El último gamonal

lunes, 12 de mayo de 2025 Comments off

Gustavo Páez Escobar

El título de este artículo, que es el mismo de la famosa novela de Álvarez Gardeazábal, conduce a pensar que los gamonales han desaparecido. No: el gamonal es eterno por hacer parte de la propia sociedad. O se impone, mejor, como la persona que ejerce un poder excesivo en la vida comunitaria. Esta novela, editada en Colombia en 1987, tuvo luego nueva edición en Méjico, pero fue necesario cambiar el vocablo gamonal, que allí no se conocía, por el de cacique. Hoy vuelve a salir la obra con el sello de Intermedio Editores.   

Desde tiempos remotos, el cacique era una persona prevalente en el ámbito regional. En el terreno indígena, están los cacicazgos dirigidos por caudillos poderosos como Bacatá, Bochica, Hunza, Nutibara, Tisquesusa o Calarcá. En el campo femenino, figuran cacicas aguerridas como la Gaitana. Esta posición se fue degradando hasta el extremo de ser ejercida por gente ambiciosa o corrupta que miraba más sus propios intereses que el progreso local. Así, el gamonal o cacique se volvió sinónimo de tirano, déspota o matón.

El personaje de Álvarez Gardeazábal es el último gamonal, pero no en el suelo colombiano,  sino que está incrustado en un pueblo del Valle del Cauca azotado por la violencia. Y encarna al prototipo de la barbarie que vivió el país en tiempos manejados por la rapiña, la crueldad, el odio y la muerte. Este personaje se llama –en la novela y en la vida real– Leonardo Espinosa, el gamonal de Trujillo, municipio próximo a Tuluá, la tierra del novelista. Álvarez Gardeazábal lo llama –con sorna– don Leonardo, y este era un vecino analfabeto que nada sabía de política, pero que fue hábil para aprender las mañas y amasar un cuantioso capital apoderándose de los bienes ajenos.

Surgido de la nada, el gamonal agrandaba cada vez más su fortuna con sitios de comercio, tierras, ganados, papeles bancarios. Destronó a Leocadio Salazar, el fundador de Trujillo, quien tuvo que abandonar el sitio para evitarse problemas. El primer juez que llegó al pueblo, animado con la intención de aplicar justicia, bien pronto abandonó el cargo ante el poderío del mandamás.

Don Leonardo era el amo y señor de cuanto giraba en el entorno. En sus comienzos apareció como un filántropo o un mecenas, pero esto era una treta para hacerse sentir. Después perdió el escrúpulo, y si alguien se interponía en su camino, lo eliminaba. El asesinato era la vía franca para seguir incrementando sus arcas. Extorsionaba, intimidaba, aplicaba sistemas bárbaros. Era una autoridad avasalladora ante la cual todos se rendían.

Sus 38 fincas, 11 carros, el millar de vacas y otros bienes de impacto le conferían un mando soberano. Quiero revelar que soy amigo de una parienda suya que me ratificó el ambiente pintado por el novelista, y me contó otros episodios espeluznantes. La población vivía estremecida en medio del terror, las balas, las venganzas y las auroras sin esperanza, mientras el tirano se solazaba en su imperio omnipotente. Ya envejecido, sintió el punzón de los temores, la inseguridad y la angustia, y por primera vez tuvo miedo de sus paisanos. Se volvió cobarde después de tanta prepotencia. De repente, una mano vengadora y justiciera accionó cuatro tiros que acabaron con la vida del último gamonal de Trujillo.

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El Quindiano, Armenia, 21-II-2015. Ene 21, Manizales, 22-II-2025.  Nueva Crónica del Quindío, Armenia, 23-II-2025.

Comentarios

Los gamonales cambian de nombre y tristemente siguen existiendo con las mismas características. No los vemos en ciudades grandes y de pronto sí en regiones pequeñas donde el poder corrompe por sus posesiones y su tiranía. Qué bueno para Gustavo Álvarez Gardeazabal este artículo que invita a leer su interesante libro sobre una historia enmarcada en el Valle del Cauca. Liliana Páez Silva, Bogotá.

El último gamonal y Cóndores no entierran todos los días, de Álvarez Gardeazábal, describen muy bien cómo operaban (¿operan?) estos funestos personajes que respaldados por sus gorilas, su riqueza y su carencia de escrúpulos, llegaban a dominar una población o una región sembrando el terror entre los pobladores pacíficos e indefensos que obligados por las amenazas de muerte tenían que soportar un verdadero infierno. Infortunadamente en la actualidad ha comenzado a surgir esta figura amenazante en varias regiones del país ante la irritante pusilanimidad del actual gobierno. Muy triste situación. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Nada ha cambiado en los gamonales, desde los ignorantes hasta los letrados, que agobian nuestra sociedad ávida de poder, el crimen y la muerte, sin que les tiemble la conciencia ni la mano criminal. Inés Blanco, Bogotá.

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Las grandes cortesanas (5)

miércoles, 7 de mayo de 2025 Comments off
Gustavo Páez Escobar

Concluye con la presente entrega la serie de artículos que he escrito sobre grandes cortesanas de la historia, basado en el libro De ciertas damas, delpresidente Carlos Lleras Restrepo, quien maneja un lenguaje reposado, ameno, picante y erudito. Tales recursos hacen divertidos estos episodios protagonizados por bellas mujeres que marcaron sus épocas mediante los vínculos que tuvieron con personajes poderosos.

En el Renacimiento, siglos XV y XVI, proliferaron esas historias como parte de la expresión cultural que llevaba a las cortesanas a buscar la intimidad con figuras de la nobleza, la realeza, el capital, e incluso con altos dignatarios eclesiásticos. En Venecia la música se volvió sonido armonioso del ambiente y de la propia vida. La música estaba en todas partes y su encanto vibraba con emoción en el alma femenina. Hubo cortesanas que, fuera de poseer el nombre de escritoras, filósofas o poetisas, ostentaban el de músicas prestigiosas.    

Muchas cultivaban este arte como herramienta propicia para el amor y la conquista. Ser cortesana era un título apetecido que daba categoría. Los griegos las llamaban “heteras”, sinónimo de compañeras o camaradas, situación que fue decayendo al paso del tiempo bajo los rótulos de hetairas, zorras, rameras, furcias, prostitutas… Así de cambiante es la condición humana.

En mis notas anteriores hice alusión a seis preciosas mujeres reseñadas en el libro que comento, el que por supuesto recomiendo con sumo agrado a mis lectores, al igual que Las historias de amor de la historia de Francia, de Guy Breton. El libro de Lleras Restrepo escudriña además los sucesos de otras damas destacadas: Gaspara Stampa, Tulia d’Aragona, Verónica Franco, Diana de Poitiers, Gabrielle d’Estrées. 

Gabrielle d’Estrées (París, 1573-1599) despertó en Enrique IV de Francia, desde el momento mismo que la conoció, una pasión frenética. Él tenía 36 años, y ella 17. La joven no se sentía atraída por el monarca, pero aceptó volverse su amante, y pronto le fue desleal con otro hombre. Ejerció sobre el rey fuerte dominio, hasta el punto de influir en la abjuración del trono que pensaba hacer. Quedó embarazada por él, y este hecho ocasionó furioso rechazo en la opinión pública.

Tiempo después, Enrique luchaba por la anulación de su primer matrimonio en medio de la creciente protesta que llegó al extremo de apodar a la concubina como la duquesa de la Basura. Ante semejante borrasca, ocurrió el desenlace inesperado: el embarazo de turno, que llevaba cuatro meses (tuvo tres hijos con Enrique), se deshizo en un parto anormal, a raíz del cual la criatura nació muerta. El 10 de abril de 1599 murió la cortesana, muy rica pero abandonada por todos, y víctima de atroces dolores causados por la eclampsia. 

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El Quindiano, Armenia, 7-II-2025. Eje 21, Manizales, 8-II-2025. Nueva Crónica del Quindío, Armenia, 9-II-2025. Letras Hispanas por el Mundo, Alicante, España, febrero.

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Las grandes cortesanas (4)

lunes, 5 de mayo de 2025 Comments off
Gustavo Páez Escobar

Carolina Otero, que pasó a la historia de las grandes cortesanas con el apelativo de la Bella Otero, nació en Valga, España, el 4 de noviembre de 1868. Domiciliada en Francia, se convirtió en la reina de París a los 35 años. Era la mujer más fascinante de la Belle Époque. Carlos Lleras Restrepo, en el escrutinio que sobre ella hace en el libro De ciertas damas, recuerda que todos afirmaban que era imposible ser más bella. José Martí, deslumbrado con tanta hermosura y tanto encanto, manifiesta: Ya llega la bailarina: / soberbia y pálida llega; / ¿cómo dicen que es gallega? / Pues dicen mal: es divina.

Afincada en la cima de la celebridad, todos querían llegar hasta la Bella Otero, cortejarla y amarla, como si fuera fácil distinguirse en medio del desfile de amantes que la conquistaban con joyas, riquezas y títulos nobiliarios. Era una de las figuras más cotizadas en los altos círculos parisinos, y de allí se derivaba el incontable capital que llegó a tener. Insaciable en el anhelo de poseer, disfrutaba de sus amantes con el apetito obsceno que la consumía.

Como hija de madre soltera, conoció la pobreza extrema. Fue violada a los 10 años. Ejecutó oficios humildes, como el de bailarina de cafetines, atmósfera en que ejerció la prostitución. Un día se cruzó por su vida un banquero que, admirador de su arte para el baile, la condujo a Marsella, donde inició sus giras como bailarina erótica y consiguió fama internacional. De ahí en adelante se haría amante de hombres poderosos. El olor del dinero la llevó a los casinos de Montecarlo y Niza, escenarios absorbentes en los que dilapidó gruesas sumas de dinero.

En Niza compró una suntuosa casa de 15 cuartos, que bautizó –en su honor– como Villa Carolina, y más tarde se vio precisada a venderla cuando sus finanzas se vinieron al suelo. Y conoció la infelicidad. Ya en esas alturas de su fulgurante existencia, un día se encontró atrapada por su edad decadente. Sus hechizos se habían ajado y sus amantes se habían apartado de su camino, como suele ser la amarga verdad de la gloria efímera. El olvido la agobiaba. Era una flor seca que rodaba por las calles de Niza, donde miraba con grima su mundo arruinado: había perdido todo su capital y se hallaba sola.

Frente a semejante realidad, y rumiando la fama y los halagos del pasado lisonjero, una noche intentó suicidarse. Sin embargo, detuvo el arma y se desgonzó sobre su adversidad. Extinguida la llama amorosa, fue invadida por la melancolía. El cuerpo fulgurante de otra época estaba desfigurado por la decrepitud. Evocando su época de fasto, volvieron a su mente los días acariciantes en los que el mundo se rendía a sus pies. Se vio en la distancia del tiempo como la diosa de la Belle Époque, idea torturante que pretendió desvanecer con un alucinógeno.

Quiso prepararse un poco de café, pero fue incapaz de manejar el hornillo. Una camarera del hotel Nouvel, que descubrió el humo que salía de la habitación, penetró en el recinto y la encontró sin vida. Murió de 96 años, el 10 de abril de 1965. Solo asistieron al funeral varios crupieres y el gerente del casino de Montecarlo, que no la habían olvidado.

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El Quindiano, Armenia, 17-I-2025. Eje 21, Manizales, 17-I-2025. Nueva Crónica del Quindío, Armenia, 2-II-2025. Letras Hispanas por el Mundo, Alicante, España,  enero/2025.   

Comentarios

La forma en que retratas la vida de la Bella Otero, con todos sus contrastes de esplendor y decadencia, es fascinante y profundamente conmovedora. Logras plasmar no solo los hechos de su vida, sino también el trasfondo emocional de una época marcada por el brillo efímero y el olvido implacable. Tu narrativa no solo atrapa por su riqueza en detalles, sino también por la reflexión sobre el poder, la belleza y la fugacidad de la gloria. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

Muy triste historia la de la Bella Otero. Es una enseñanza más para recordarnos que no somos eternos y que la ineludible involución humana nos toca a todos. Riqueza mal administrada y soberbia constituyen un binomio que con frecuencia conduce a la ruina y a la desesperanza. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Nunca dejará de sorprendernos cada una de las vidas de estas mujeres, rodeadas de los más insólitos comportamientos, belleza, aciertos y desaciertos que, para la época, harían sonrojar al más audaz de los mortales. Deliciosas páginas. Inés Blanco, Bogotá.

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Las grandes cortesanas (3)

jueves, 30 de enero de 2025 Comments off
Gustavo Páez Escobar

Clara Petacci, que pasó a la historia con el nombre de Claretta, nació en Roma en 1912. Desde muy joven sentía admiración por el dictador Benito Mussolini, con quien un día se encontró de casualidad a las afueras de Roma. Desde entonces se inició el romance que se prolongaría durante 13 años. Ella tenía 20 años y Mussolini 49. Claretta pertenecía a la clase burguesa y poseía alto nivel cultural. Era inteligente, atractiva y dulce. Mussolini, hombre violento que lideró una época de terror bajo la bandera fascista, era mujeriego irreductible. Lleras Restrepo, el autor de estas reseñas convertidas en libro, le atribuye al menos 400 mujeres en sus lances lujuriosos.

No se entiende cómo dos personas tan disímiles pudieron ser pareja sin sortear mayores problemas. Cabe aquí una reflexión: la inteligencia de Claretta, unida a la pasión que sentía por el Duce (caudillo), como se hizo nombrar, superaba todos los obstáculos. Mussolini, a pesar de sus numerosas mujeres de paso, hallaba en ella la perfecta fórmula amorosa. Desde que Claretta se separó de su esposo, Ricardo Federici, teniente de la Fuerza Aérea Italiana, con quien llevaba una relación postiza, se entregó en cuerpo y alma al Duce.

Y no hubo poder humano que la hiciera desistir de esa seducción frenética, convertida en sublime obsesión. Raquel, la esposa de Mussolini, conocía de sobra los amoríos de su cónyuge, cada vez más descarados, a los que ni siquiera les daba el título de infidelidades, por saber que eran pasajeros. Y también enfermizos, claro está. Hasta tal punto llega a veces la tolerancia excedida, la cual linda con la sandez y la indignidad.

Consideraba Raquel que el problema no eran las 400 mujeres a que alude Lleras Restrepo, las cuales se esfumaban como sombras huidizas, tal vez para no volver. Su verdadero malestar residía en la bella Claretta, una pasión cierta. Por lo tanto, sus armas se dirigieron hacia esta mujer fatal, a quien debía separar de las complacencias de su esposo y nunca lo consiguió. El propio Mussolini intentó más de una vez sacarla de su vida, pero luego sucumbía ante esta atracción subyugante, difícil de interpretar en el hombre poderoso que dominaba a Italia y causaba revuelo en el mundo.

Mussolini nunca renunció a Raquel y tampoco alejó a Claretta. Ambas le saciaban sus apetitos lujuriosos con diferente sazón: estaba la esposa legítima, que con él convivía, y a corta distancia, la amante romántica, valiente y victoriosa, que defendía su papel de preferida. Esta historia contiene un fondo burlesco y transmite un suceso disparatado e insondable bajo el sello burgués de la época. Curiosa, por decir lo menos, esta dualidad insólita.

Cuando el tirano presintió el final irremediable de su mandato, se trasladó a Milán y tomó la decisión de huir. Iba disfrazado de soldado, a bordo de un convoy alemán. Claretta lo acompañaba y le daba fuerzas para seguir por las vías del escape. Él era un ser demacrado y horrorizado. Un grupo de militares, que creía sus protectores, le comunicó de repente la orden de ser fusilado “como un perro rabioso”. Era el 28 de abril de 1945. Al ser activados los fusiles, Claretta corrió cerca de él y cayó fusilada, cual una heroína del amor, al lado de su hombre. Tenía 33 años.

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El Quindiano, Armenia, 29-XI-2024. Eje 21, Manizales, 29-I-2024. Nueva Crónica del Quindío, Armenia-1-XII-2024. Letras Hispanas por el Mundo, Alicante, España, diciembre/2024.

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