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En tiempos del general

martes, 15 de mayo de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En mi artículo anterior conté dos curiosas anécdotas relacionadas con el retrato del general Rojas Pinilla, ocurridas casi al mismo tiempo en Manizales y Tunja. Anoté que dicho retrato fue elaborado por Bené en 1953, año en que el general dio el golpe de Estado. Esa foto fue colgada en todos los despachos públicos, al tiempo que se bajaba a toda prisa la de Laureano Gómez, el presidente derrocado.

En la época de la dictadura fui testigo en la ciudad de Tunja, donde residía, de algunos sucesos que conservo nítidos en la memoria. Uno de ellos, el de un teniente de la Policía que en el café Bolívar desenfundó su revólver y bajo los gritos de ¡Viva Laureano Gómez!, ¡Abajo Rojas Pinilla!, disparó toda la carga contra la foto del general instalada al fondo del establecimiento.

Uno de los disparos perforó el escudo de Colombia y la bandera nacional que el general exhibía sobre el pecho. Delicada situación, por tratarse de un ultraje a los símbolos patrios. Aquella vez estuvo a punto de ocurrir en Tunja, la tierra nativa del general, una grave perturbación del orden público. El sedicioso quedó detenido en la instalación militar, y más tarde pasó a la cárcel Modelo en Bogotá.

Tiempo después, Rojas Pinilla lo perdonó en gesto generoso que tuvo amplio despliegue en la prensa. Era, también, un acto publicitario, en tiempos en que el régimen militar atravesaba por serias dificultades de gobernabilidad. Para celebrar el primer año, fue decretada para los empleados públicos la “prima del 13 de junio”, que se entregó mediante la firma de un documento de adhesión al Gobierno. Hasta aquí llegó la luna de miel.

La llegada de Rojas Pinilla al poder fue recibida con júbilo nacional, dado el clima de violencia que azotaba a Colombia. El primer año fue excelente. A partir del segundo se desdibujó por completo el ritmo que se llevaba. La ambición por el poder y el dinero creó el estado de corrupción en que cayó la alta administración, y el hundimiento moral sepultó los postulados puestos en marcha por el general Rojas al comenzar su mandato. Esta historia funesta fue recogida por Alberto Donadío en su libro El Uñilargo.

En la Tunja que evoco, un hombre de pueblo que era conocido como “el loquito” entraba a los cafés y se dedicaba a vitorear a Laureano Gómez. De tanto repetir la escena, ya nadie le ponía atención. Pero una noche le dio por gritar: ¡Abajo el general Rojas Pinilla! En minutos, llegó una patrulla de la PM (Policía Militar), cuerpo que vigilaba la vida ciudadana y reprimía el desorden contra la autoridad. La patrulla lo conminó a que abandonara  con ellos el café. Sin embargo, él no se amilanó. Miró con prosopopeya a los militares, se tocó la garganta, y a pleno pulmón pregonó: ¡Viva el general… (y se detuvo).

Era posible que estuviera poseído por el terror, pues bien se conocía cómo actuaba la PM. Mientras tanto, el grupo militar sentía complacencia por el cambio de actitud del “loquito”. Después del suspenso, este volvió a tocarse la garganta, tomó aliento, miró a la expectante concurrencia, y así remató el grito contenido: ¡Viva el general… jefe supremo… Laureano Gómez!  

El Espectador, Bogotá, 11-V-2018.
Eje 21, Manizales, 11-V-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 13-V-2018.

Comentario

Muy buena reminiscencia. Recuerdo que Tulio Bayer cuando era secretario de Higiene  en Manizales descolgó la efigie de Rojas que era colocada en todas las dependencias gubernamentales, y en su reemplazo colocó la fotografía de un hermoso caballo purasangre. Alberto Gómez Aristizábal, Cali.

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El retrato del general

martes, 1 de mayo de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El historiador Orlando Villanueva Martínez ha concluido, después de varios años de rigurosa   investigación, la biografía de Tulio Bayer titulada El luchador solitario, la única que se ha elaborado sobre el famoso médico guerrillero, y pronto la editará. Es un trabajo serio y bien documentado, como todos los que el autor ha escrito sobre legendarios personajes de la insurgencia colombiana.

Este libro le hará justicia a Tulio Bayer como promotor de implacables campañas contra el desequilibrio social y la inmoralidad pública. Fue una figura incomprendida y muy distorsionada.  Lo que ahora deseo comentar es un simpático episodio de la época en que fue secretario de Higiene y Educación de Manizales. Dice la biografía: “Su primer acto de gobierno fue descolgar, de su nueva oficina, una réplica de un cuadro de Rojas Pinilla, ‘el jefe supremo’, que estaba hasta en los inodoros de todas las oficinas públicas. En su reemplazo colocó el retablo de un caballo de pura sangre”.

Durante mi residencia en Tunja por los días del golpe militar fui testigo de la bajada, en las oficinas públicas, del cuadro de Laureano Gómez y la subida del retrato del general Rojas. Esto sucedía en todo el país. Se buscaba opacar la imagen del presidente derrocado con la del dictador victorioso.

Bené, célebre fotógrafo austriaco, llegó de casualidad a Bogotá el mismo año 53. Más tarde, el general lo contrató para retratar a la familia presidencial. Con el tiempo fue el fotógrafo de los presidentes, y por su lente pasaron Carlos Lleras, Guillermo León Valencia, Belisario Betancur, Andrés Pastrana, Virgilio Barco, César Gaviria y familias. El retrato que no quiso colgar Bayer en su oficina era de la autoría, por supuesto, de Bené. El mismo que volaba por todo el país.

En Tunja, Eduardo Torres Quintero, reconocido laureanista y por lo tanto adversario del gobierno militar, desempeñaba el cargo de personero del municipio. Como alcalde de Tunja fue nombrado un destacado coronel. Era lo que sucedía en muchos sitios del país. En Caldas, el  coronel Gustavo Sierra Ochoa se posesionó como gobernador en septiembre de 1953, y tres años después fue trasladado como gobernador de Antioquia.

Dentro de las reglas del nuevo gobierno, el alcalde-coronel de Tunja envió a Torres Quintero el retrato de moda para que lo entronizara en su despacho. “Déjelo en aquel rincón”, le indicó el personero al portador del cuadro. Y allí se quedó muchos días. Hasta que una mañana entró a su oficina y encontró que el retrato de Laureano Gómez había desaparecido y en lugar de él estaba el del general.

Frente a este hecho, Torres Quintero reunió a sus empleados y les manifestó que no iba a ponerlos en aprietos para que contaran qué había sucedido, pero siendo el cuadro un bien público que figuraba en el inventario con su respectivo precio, debían hacer una colecta para comprar otro cuadro similar. El plazo fue perentorio, mientras salía a dar una vuelta por la plaza. Cuando regresó, otra vez se hallaba el retrato de Laureano Gómez en su sitio.

Epílogo: el personero fue destituido ipso facto, y lo primero que hizo su reemplazo fue instalar otra vez la figura del general captada por Bené. Hasta que años después alguien tuvo que revertir de nuevo la operación.

El Espectador, Bogotá, 27-IV-2018.
Eje 21, Manizales, 27-IV-2018.
La Crónica del Quindío, 29-IV-2018.

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Maestro del humorismo

lunes, 23 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

 Julio de 1952. Murió en Manizales, a los 62 años de edad, el escritor costumbrista Rafael Arango Villegas, cuya prosa impregnada de exquisito humor constituía un manjar para sus innumerables lectores. Era uno de los escritores más destacados de la época, y su fallecimiento súbito estremeció a Caldas y al país.

La muerte lo sorprendió en la casa de Ambrosio Echeverri, donde todas las tardes un grupo de amigos realizaba una especie de rito sacramental alrededor del juego de lulo, con el combustible indispensable de las tazas de café y la vena humorística del escritor. Tertulia de típico sabor antioqueño.

Seis décadas han transcurrido desde entonces, y hoy el nombre de Arango Villegas, que el paso del tiempo ha condenado al olvido, revive con el libro que lleva por título Este soy yo, tal cual…, que acaba de ver la luz en los talleres de artes gráficas de AD Impresos, de Manizales. El autor y compilador de la obra es el escritor y periodista José Jaramillo Mejía, otro destacado oficiante del humorismo en su columna de La Patria y autor de varios libros de este género.

Eduardo Arango Restrepo, único hijo sobreviviente del escritor, cumplió la feliz tarea de recoger entre familiares y amigos el material que sirve de base para exaltar la memoria de su padre. Nadie tan indicado como Jaramillo Mejía para ordenar recortes de prensa, anécdotas, fotos, textos críticos, páginas inéditas y otros papeles, y saber encarrilarlos y comentarlos dentro del propósito de presentar la imagen cabal del maestro del gracejo, la gracia y la simpatía que fue Arango Villegas. El diseño y diagramación de la obra lo ejecuta Álvaro Marín Ocampo, versado en esta materia.

Se tienen, pues, distintas voluntades, aptitudes y adhesiones que confluyen hacia una misma finalidad: revivir la estampa de este personaje del pasado que con sus humoradas de fina ley hizo reír al país y dejó en sus páginas grandes trozos del género costumbrista, hoy, por desgracia, en desuso. Sus escritos son retozones y al mismo tiempo pintan la seriedad y la filosofía de la vida corriente a través de menudos y típicos personajes del diario acontecer.

Virtud suya muy acentuada fue la de no zaherir a nadie con sus agudezas mentales, que manejaba con caballerosidad, tino y donaire. Era respetuoso, como el más, del prójimo que recreaba en sus escritos. No tenía un solo enemigo. Todos gozaban con sus ocurrencias geniales. Al reírse de la humanidad, se reía primero que todo de él mismo. Con su personaje Feliciano Ríos dibujó muchas facetas humanas.

Su legado está constituido por libros de delicada ironía, que ojalá volvieran a tener imprenta, como Bobadas mías (su obra más popular), Asistencia y camas (adaptada en Bogotá por Jaime Botero Gómez como obra de teatro, en 1995), Astillas del corazón, Cómo narraba la Historia Sagrada el maestro Feliciano Ríos, Salve mochito, Ai perdonan pues, Pago a todos, entre otros. Y dejó inédito La familia Castañeda, por un suceso muy simpático que el autor narra en escrito que ahora se divulga. (Don Eduardo: ¿cuándo nos hará conocer las intimidades de la familia Castañeda?).

Muy apropiado el título Este soy yo, tal cual… Si alguien quiere tener un bosquejo fiel sobre el singular escritor caldense, maestro del talento humorístico y la pluma fina, no es sino que lea este libro.

El Espectador, Bogotá, 1-XI-2013.
Eje 21, Manizales, 1-XI-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 2-XI-2013.

* * *

Comentarios:

Sin duda alguna don Rafael Arango Villegas es todo un maestro del humorismo. Lo he leído con devoción desde hace muchísimos años (…) Conozco sus obras completas (1979), en 623 páginas,  impresas por  Editorial Quingráficas de Armenia, para Ediciones Seguros Atlas, de la Compañía de Seguros Atlas. Mi amplio conocimiento de la obra de Arango Villegas, por lo tanto, me permite hacer unas precisiones a su columna en este sentido: Cómo narraba la Historia Sagrada el maestro Feliciano Ríos no es un libro, es una de las crónicas de su libro Bobadas mías; Salve mochito tampoco lo es, pues es una de las crónicas de Sal… de Inglaterra (crónicas de Listz); Ai perdonan… pues tampoco es un libro, es el muy breve prólogo (página y media) de su novela Asistencia y camas.

Durante más de 50 años he mirado con mucho detenimiento su obra, pues ella refleja su enorme inteligencia y su buen humor del que él mismo era víctima, en tantas de sus crónicas, como su divertida Mis primeros calzoncillos, o Fregao de ángel, para citar sólo dos. Cómo no destacar su pulcritud intelectual cuando nunca utilizó su pluma contra persona alguna y en sus escritos, algunos muy críticos a entes públicos, o al sistema bancario, en su crónica El cupo,  y en  El problema agrario, y en El café palo arriba, se manifestó como un hombre conocedor de los problemas del país en su época. Gustavo Valencia García, Armenia.

Respuesta. Mi fuente de información, que está equivocada, fue el Diccionario de escritores colombianos (Plaza & Janés, 1982), de Luis María Sánchez López. La carta de usted, que revela amplio conocimiento sobre el autor y su obra, queda incorporada a mi columna en su traslado a mi página web, y de esta manera se corrigen los errores que anota. Gracias por su aclaración. GPE


Leí su columna de hoy y me hizo recordar Bobadas mías, que leí hace unos 40 años. Todavía recuerdo las risas de mi padre desde su cuarto lejano leyendo el libro. Me gustaría leer el libro que usted menciona en su artículo y le agradecería si me puede orientar para comprarlo. Alfredo Echavarría, Medellín.

Respuesta. El libro se puede conseguir en Manizales por intermedio de José Jaramillo Mejía  (josejara@epm.net.co). GPE


Gracias por mostrarnos la inteligencia de este gran señor del gracejo, Rafael Arango Villegas.  Gracias a su hijo Eduardo por la tarea de recopilar y hacer posible, junto con  el periodista José Jaramillo Mejía, la edición del libro. En este país tan convulsionado por el dolor, una buena dosis de fino humor nos caería muy bien. Inés Blanco, Bogotá.

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La mudanza

viernes, 22 de noviembre de 2013 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Pues sí: llegó la hora de la mudanza. Una amiga mía dice que no hay nada tan parecido a una hecatombe como un trasteo. Esto de dejar el sitio donde hemos visto transcurrir gratos años de nuestra existencia, para enfrentarnos a lo incógnito, a lo sorpresivo e impredecible, produce nostalgia.

La tortura de la mudanza empieza desde el día en que empacamos la primera caja. De ahí en adelante no cesamos en la carrera loca de hacer caber todo nuestro mundo en la hilera de cajas que nos aguardan. Mi ama de casa, tan minuciosa, tan detallista, tan previsiva, comienza a bajar de los estantes las vajillas que solo usamos en circunstancias especiales. Después viene el desfile implacable de los artículos de uso diario. A los tres días de esta tarea, ya no se encuentran, dentro del terrible revoltijo en que ha quedado convertido todo el apartamento, ni los platos para el desayuno, ni el pocillo para el café, ni el azúcar para endulzarnos la vida.

Se alterna la labor del empaque con la desocupación de los clósets colmados de ropa que no usamos desde hace varios años, y que ya “está pasada de moda”, como dice mi señora. Es entonces cuando descubrimos que nos hemos llenado de una cantidad de ajuares, de trapos, de cosas innecesarias que es preciso eliminar si pretendemos caber en el nuevo espacio, que es cómodo y suficiente. En esta labor de limpieza de los objetos inútiles, viene el sentido de la poda, de la destrucción de papeles, de la simplificación de nuestro cotidiano modo de vivir.

 Hace veinte años nos trasladamos a un lugar tranquilo, delicioso, rodeado de preciosa arboleda. Pocos años después, el ímpetu del “progreso” destruyó la arboleda para darle salida a una arteria necesaria para hacer avanzar la ciudad, abrió la calle cerrada, invadió el ambiente de estrépitos, de toxinas, de pitos y carros desaforados, de sirenas en eterna estridencia.

Los depredadores del urbanismo comenzaron a reemplazar las bellas casas coloniales por airosos edificios. El barrio se desfiguró. Con esta metamorfosis, llegó la época de los hoteles de lujo, de los grandes almacenes, de los emporios empresariales. El sosiego del paraíso fue trocado por el arrebato del modernismo.

Ahora, el mismo escritor de hace veinte años tiene que enfrentarse al traslado de sus libros, los que han crecido de manera providencial, pero inmanejable. Por eso, parte de la biblioteca la traslada a la casa campestre de Villa de Leiva. Otra parte la obsequia a la Casa de Cultura de Choachí, como homenaje al poeta Germán Pardo García, cuya memoria se enaltece en el museo que lleva su nombre.

El resto de los libros ya está en el nuevo apartamento, en infinidad de cajas henchidas de letras resignadas, y al mismo tiempo victoriosas, por haberse salvado del naufragio que significa el cambio de residencia. Dentro del caos imperante no se localiza nada, todo se enreda, a cada rato nos tropezamos unos contra otros y nos sacamos chispas.

 A pesar de todo, ya estoy en el nuevo apartamento, escondido detrás de una caja donde he logrado instalar el computador para comunicarme con mis lectores. Y para que sepan que no he naufragado, pues me acompañan mis libros, los amigos que nunca fallan. Esto representa un triunfo grande en medio de la hecatombe de que habla mi amiga. Hemos vuelto a un sitio sosegado, encantador, con calle cerrada y arboleda al frente de las ventanas. Como hace veinte años.

Solo siento que Bogotá se haya deshumanizado cada vez más y haya perdido la amabilidad de otras épocas, para volverse la ciudad áspera de hoy en día, que parece salírsele de las manos al alcalde Petro. De todas maneras, es una urbe esplendorosa en muchos aspectos, en medio de infinidad de problemas que, por falta de soluciones oportunas, asfixian hoy la vida de los ciudadanos.

El Espectador, Bogotá, 30-IX-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-XI-2012.
Eje 21, Manizales, 1-XII-2012.  

 * * *

 Comentarios:

Ah, vida miserable la de los pobres que tienen que «trastearse». Nosotros los de la realeza tenemos villas, palacios, cotos de caza, pied de terre, piso en el centro y un avión privado tanqueado para salir volando cuando nos aburrimos. Dolores Edelmyra (correo a El Espectador). Respuesta: Menos mal que el corresponsal posee sentido del humor. GPE

Para la pobre víctima del trasteo hay dos sentimientos bien opuestos: lo positivo y renovador que resulta, generalmente, ese tipo de cambio de residencia, con el buen añadido en su caso de hacer la generosa donación en Choachí, y el dejar un vecindario ya no agradable, para ubicarse en un lugar mucho mejor, frente a lo molesto e incómodo que resulta ese inevitable trajín con enseres. Su columna, tan hermosa y descriptiva, tiene para mí ese valor. Sobre todo que la presentó cuando estamos fatigados de noticias tan negativas, en estos días. Obró como un bálsamo. Gustavo Valencia García, Armenia.

Tú retratas tu mudanza, pero retratas las de todo el mundo: la hecatombe, la locura.   Me reí con eso que dices: que estás escondido detrás de una caja, usando la computadora casi a hurtadillas, en una vivienda bella pero que aún no termina de estar arreglada del todo  por las manos hábiles de tu excelente ama de casa, mientras a tu alrededor todavía reina el caos. Diana López de Zumaya, Méjico, D. F.

Completamente de acuerdo con los trajines del trasteo. Por las cosas sin utilidad  que acumulamos con el tiempo y por el despojo de los libros, que son nuestros compañeros, que nos cobijan en días de soledades, que están ahí…  pero de todo hay que ir desprendiéndonos. Elvira Lozano Torres, Tunja.

En esta región le decimos a la mudanza trasteo o coroteo. Cosas del lenguaje coloquial. Pablo Mejía Arango, Manizales. Respuesta: También en Bogotá la palabra trasteo es la más empleada. Coroteo, según aprendí en el Quindío, es término muy paisa y muy auténtico. Yo utilicé mudanza, sinónimo legítimo de trasteo, aunque no tan usado como este, para despertar cierto interés sobre mi nota. De todas maneras, cualquiera de los tres vocablos nos saca chispas cuando tenemos que trasladar nuestros corotos. Así califica Euclides Jaramillo Arango (tan paisa él y tan genial) el verbo corotiar, en Un extraño diccionario (1980): “Trastear. Cambiar de domicilio y llevar, del antiguo al nuevo, todos los enseres del hogar. Se dice que tres corotiadas equivalen a un incendio”. GPE

Si en Choachí hay una Casa de la Cultura que lleva el nombre de alguien tan querido como lo fue para mí Germán Pardo García, me gustaría mucho aportarles algunos libros. Dime cómo puedo entrar en contacto con ellos y espero que el trasteo, que tan estupendamente describes, te sea cada vez más leve. Maruja Vieira, Bogotá.

Leer sobre tu trasteo es volver a generar los fantasmas que creía haber enterrado hace mucho tiempo. Te compadezco. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Toda mudanza o trasteo nos hace descubrir  que tenemos cosas que queremos mucho, otras de las cuales ni siquiera recordábamos nada, y algunas que creemos que definitivamente nos sobran. Pero, en segundo lugar, la mudanza también nos recuerda, yendo un poco a lo filosófico y sobre todo cuando nuestro calendario está avanzado, que somos peregrinos, que estamos de paso y que de todo eso que vemos y que hemos acumulado, en la mudanza final no nos llevaremos nada como no sea la esperanza, basada en la fe, de un encuentro con los seres que hemos amado. Jorge Rafael Mora Forero, colombiano residente en Estados Unidos.

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El castigo de los inocentes (2)

lunes, 28 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Después de mi artículo de la semana pasada que se refiere al alarmante estado de inseguridad que viven los clientes de la banca por la clonación de tarjetas y la adulteración de otros sistemas, ha caído en Bogotá un pez gordo de este delito. Detrás de él se esconde una poderosa banda criminal.

Se trata de Jorge M. Pachón, alias “Pachoviola, a quien la Policía atribuye, solo en los últimos cinco meses, el robo de datos de 8.000 usuarios de una entidad bancaria y el hurto de 15.780 millones de pesos. Es todo un profesional en la instalación de microcámaras y dispositivos en cajeros automáticos, para apoderarse de las claves y clonar las tarjetas. Este es un caso evidente de lo que sucede con la multitud de colombianos víctimas de tales maniobras, a quienes las entidades financieras niegan la devolución de los dineros robados, con el manido argumento de que las claves salieron de las tarjetas y por lo tanto el usuario es el responsable.

Dicha argucia, contra la que los usuarios estafados no tienen cómo defenderse, clama por acciones severas en el sector financiero, para que se corrija tal proceder, a todas luces injusto y leonino, que vulnera la ética bancaria y hace perder la confianza en el sector. Y que ocasiona graves perjuicios a las personas asaltadas en su buena fe.

Diversas expresiones se produjeron con motivo de mi artículo anterior, de las cuales selecciono las siguientes:

«Gracias por llevar a la luz pública este grave problema de impunidad para los defraudadores y de «lavado de manos» de nuestros billonarios bancos. He sufrido el robo de dos de mis cuentas y es al banco donde han «entrado» electrónicamente para saber mis claves. Pero ni el banco ni el supuesto «Defensor» hacen nada para devolver el dinero y proteger las cuentas. Albamor» (correo a  El Espectador). 

«Gracias por este buen artículo que revela el refinamiento de métodos delincuenciales en los que el fácil expediente del sector financiero es echarles la culpa a los defraudadores externos y alzarse de hombros. Alpher Rojas Carvajal», Bogotá.

«Siempre el «paganini» es el cuentahabiente, comparable con los desfalcos de la contratación en que el pueblo paga con los impuestos y la justicia premia a los estafadores con castigos ínfimos tanto monetariamente como con mínima cárcel. Humberto Escobar Molano», Bogotá.

«Eso es abordar con autoridad un tema. Todo avance tecnológico presenta, siempre, una faz negativa. Así ha ocurrido desde que el hombre habita la tierra, pero no resulta justo que el usuario, casi en toda ocasión, el de menos recursos, termine siendo la víctima de la falta de controles de las entidades financieras y de los organismos de vigilancia de ellos. Gustavo Valencia García», Armenia.

«Aquí se legisla para mantener y aumentar las prerrogativas de los bancos. ¿Cómo es posible que una chequera de 30 cheques valga $130.000, que en proporción a su tamaño es más cara que un libro de medicina? Carlos Abdul» (correo a El Espectador). 

«Si los bancos son obligados a responder, ahí sí se acabará este robo o fraude descarado, o llegará a la mínima expresión. Lira» (correo a El Espectador). 

«En días pasados me llamaron de la entidad financiera para ofrecerme el famoso seguro antirrobo de mi tarjeta de crédito. Esto me hizo cuestionar las garantías que me ofrece la entidad que me presta el servicio de crédito (Colpatria). ¿Cómo así que yo tengo que asumir el costo de protección? Encima de pagar una altísima cuota de manejo que me cobran, encima del interés oneroso por los dineros utilizados, encima de las comisiones que me roban por pedir un simple extracto… Lo ancho para ellos, lo angosto para uno. Aristóbulo Socarrás» (correo a El Espectador).

El Espectador, Bogotá, 20-IV-2012.
Eje 21, Manizales, 20-IV-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 21-IV-2012.

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Comentarios:

Conocí a alguien a quien le clonaron una tarjeta en Inglaterra. Fueron tres mil libras. Pero mi amigo no perdió ni un peso. El banco le restituyó el dinero. Los bancos en Colombia abusan mucho del usuario. Tratan muy mal a los clientes, no se hacen responsables de nada. Es un horror. Mariadolores (correo a El Espectador).

Felicito su valiente opinión, en este país donde nuestros mandatarios prefieren salvar un banco en quiebra que un hospital en crisis. Callaron al ministro de Hacienda, que hablaba de poner en cintura a los bancos, y no se volvió a hablar del 4xmil y de los intereses de usura. La indolencia y abusos de los bancos es atroz y no existe ninguna entidad ni autoridad que defienda a los usuarios víctimas. La atrocidad de los bancos tiene mucha tela de dónde cortar. No es el sector industrial o el agrícola el que presenta inmensas utilidades cada año, sino el financiero, que obtiene sus desbordadas ganancias a costa de «banquear» a la gente. Carlos Alfredo Roncancio Roncancio.

El 23 de julio de 2009 consulto mi saldo y veo con gran sorpresa y asombro que me han retirado la suma de $14.499.004 de mi cuenta corriente de Bancolombia (Cúcuta).  Hice mil reclamaciones a todos: Grupo Bancolombia, Defensor del Cliente… Al verme completamente perdida solicité ayuda de un abogado y se presentó ante la Fiscalía la respectiva denuncia, pero hasta el momento no he recibido respuesta… Jackeline Cañizares Pacheco, Cúcuta.

Dio en el clavo de la situación: los bancos se hinchan el pecho cuando tienen que fanfarronear por los billones de ganancias, pero son los primeros en hacerse los de la vista gorda delante de los desfalcos que le pasan al usuario en manos de la inseguridad que ellos están obligados a resolver  Ozcvrvm (correo a El Espectador).

Buena columna sobre un tema de «misterio» donde todo el fraude se hace con absoluta precisión y las grabaciones solo muestran al cliente como único «sospechoso» claro, sin serlo. Indoamericano (correo a El Espectador).

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