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Archivo para lunes, 17 de octubre de 2011

Escritos escogidos de Lenc

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Difícil labor la realizada por Luis Carlos Adames Santos, el silencioso y admirable editor del Banco Popular, al recopilar la obra más representativa de Luis Eduardo Nieto Caballero. Tra­tándose del escritor más fecundo que haya tenido Colombia, de quien se dice que poseía la extraña facultad de escribir sobre un tema mientras conversaba u oía conversar de otro, su obra literaria es asombrosa. Aparte de la veintena de libros publicados, su obra se encuentra  dispersa en periódicos, revistas y toda suerte de publicaciones, como real  monumento de ideas elabo­rado durante medio siglo de ininte­rrumpido ejercicio intelectual.

Germán Arciniegas lo compara con la hormiguita artesana que no se cansaba de apilar, día tras día y siempre con esfuerzo y placer inagotables, inmensas fortunas de cuartillas caudalosas. Luis Carlos Ga­lán afirma que no dejó de escribir ni un solo día entre 1910 y 1957, movilizando todos los temas de interés nacional. «Aunque escribió para el día que pasa, de acuerdo con su propia declaración —dice Abdón Espinosa Valderrama—, esos días fueron jalonando la historia. Y en ella vivirá, por siempre, aquel admirable río de sus palabras, en­crespado o tranquilo, que nunca deseó ser ajeno a su curso».

«Era un atento, meditabundo e ingenioso viajero por los libros», como lo define Carranza, y poseía el raro don de impulsar al lejano escritor de provincia y de entresacar de su producción las perlas ocultas que ignora el crítico regañón. Maestro bondadoso de generaciones, nunca adoptó poses doctorales para comentar la literatura colombiana y sabía pro­digar el consejo sabio que corregía y estimulaba al mismo tiempo. Cuanto libro se imprimiera en Colombia tenía en LENC un destinatario seguro, y fuera de él no se conoce un caso similar de lector impenitente y generoso.

Como biógrafo excepcional de su época, deja un acopio maravilloso de semblanzas y necrologías, de recuerdos y divagaciones, que saben a historia patria. Los nuevos tiempos deben leer en esta pluma erudita todo lo grande y auténtico que tiene nuestra naciona­lidad y guiarse, para no continuar al garete, por las enseñanzas de dignidad y patriotismo que escribió con su vida ejemplar.

«Lo que en mí puede haber de bueno, fue hallado en el hogar», es no sólo testimonio de su sensibilidad humana –sin duda ésta su mayor condición–, sino reto para la era moderna de disolución y desafecto. Luis Eduardo Nieto Caballero, escritor prolífico, periodista vigi­lante, diplomático sagaz y prudente, historiador desapasionado, político constructor, es primero una lección de ética y un maravilloso molde de pulcritud y de talento social.

Cuando la dictadura quiso acallar la expresión de los hombres libres y se estrelló contra la imprenta y los escritores, LENC comprendió que era necesario librar la batalla del pen­samiento. Y cuanto más disparaban los exabruptos oficiales, más se enardecía la pluma diáfana y denodada del solitario francotirador que fue capaz de derrumbar un imperio con sus dardos mortales, las célebres cartas clandes­tinas, llenas de respetuosas ironías y temibles enjuiciamientos.

Si LENC es conocido como el poeta de la política, sus escritos también fueron incendiarios cuando se vulneró la libertad y se entronizó el despotis­mo. El ser poeta no se opone a ser valiente. Era una conciencia libre y no podía transigir con la tiranía del poder. «Quiero caer como liberal, como republicano, es decir, confiado en la acción de las ideas, enamorado de mi patria, pero lleno de respeto por las patrias y las ideas ajenas», he ahí su ideario, que se cumple al pie de la letra al morir con dignidad y en pie de lucha, el 7 de abril de 1957, pocas semanas antes del derrumbe del amo supremo.

*

La presidencia del Banco Popular cumple el feliz acierto de honrar la memoria del gran colombiano a los 25 años de su muerte, con esta antología, en 5 volúmenes, que acaba de publicar con la esmerada asesoría y la cariñosa dedicación de Adames Santos.

El Fondo de Promoción de la Cultura, con cerca de 160 títulos publicados en excelente confección técnica y rigurosa búsqueda de temas, fue creado por un amante de las tradiciones cultas, a la par que afortunado descendiente de su es­tirpe, el doctor Eduardo Nieto Calde­rón.

El Banco Popular, bajo su dirección, logró los mayores derroteros de progreso y dignidad, tanto en lo económico como en lo cultural, y ahora su obra selecta, dirigida por otras manos, termina exaltando la dimensión histórica de su ilustre progenitor. Es ésta la traducción exacta de un anhelo espiritual, en buena hora interpretado y preservado por las directivas suce­sivas de la entidad crediticia.

El Espectador, Bogotá, 22-XII-1984.

 

 

 

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Santa Marta tropical

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Una ciudad como Santa Marta, con 459 años de vida, tiene que registrar historia muy extensa. Descubierta por Rodrigo de Bastidas en 1502, y fundada por él mismo en su segundo viaje, en 1525, cuenta con el privilegio de ser la ciudad más antigua de Colombia. El Libertador, postrado física y moralmente, viajó a Santa Marta en busca de reposo para sus últimos días, atraído por el embrujo de la costa tropical, y en ella dejó sus restos, dándole el honor de haber sido la elegida de su penoso atardecer.

Su bahía está calificada como obra maravillosa, tanto por la transparencia  de las aguas y la esplendidez de las playas, como por el soberbio espectáculo que la envuelve. Las refrescantes corrientes de los vientos alisios hacen las delicias de los veraneantes. El alma de Santa Marta es turística. Dondequiera que se mire se hallarán sitios naturales de extraordinario encanto, que nada tienen qué envidiar a los parajes más seductores del planeta.

La Sierra Nevada, monumento impresionante de las nieves perpetuas y el gigantismo terráqueo, con cerca de 6.000 metros de altura, parece la guardiana majestuosa de los viejos blasones. Ayer plaza fuerte, Santa Marta tuvo que resistir los ataques de los enemigos y fue quemada y sa­queada 19 veces en el curso de 38 años.

Desde El Morro, islote rocoso situado a dos millas de la ciudad, se oteaba y se repelía el avance de los piratas, y hoy, convertido en faro, representa una de las imágenes más características del pasado bélico.

En Punta de Betín funciona el Instituto de Investigaciones Marinas. El capitán de navío Francisco Ospina Navia, legendario personaje de los secretos del mar, mantiene a diez minutos de El Rodadero su acuario y museo donde se exhiben tiburones, delfines, focas, peces de todas las variedades y además llama­tivas muestras de la historia mundial de la navegación.

En la isla de Salamanca el turista admirará la fauna y la flora del trópico, con su gran diversidad de micos, patos, flamingos, serpientes, aves multicolores, que deambulan por los manglares y la prodigiosa vegetación circundante.

El Parque Tayrona es rico en fondos coralinos y nichos ecológicos de singular contextura. La Ciudad Per­dida, que apenas ahora comienza a abrirse a nuestra curiosidad, es todavía un mensaje indescifrado de los tiempos pretéritos y conduce al escrutinio de la densa cultura precolombina ente­rrada en esas latitudes.

Taganga, pueblo de pescadores y en el pasado criadero de perlas, ofrece un romántico cuadro que invita al ensueño. En estos pueblitos costeros, salpicados de fan­tasías, se han recreado los poetas y los pintores para plasmar sus inspiracio­nes marinas.

Este, en grandes contornos, es el ámbito absorbente que ha visto rielar el cronista durante placentera estadía en el paraíso samario. Aquí la naturaleza tropical le hierve a uno en la sangre y es como si se convirtiera en tónico del cuerpo y del espíritu para darle otro sabor a la vida.

*

Ya en lo económico y en lo social, la región ha sufrido agudos altibajos al saltar de abundantes períodos de riqueza a otros de gran pobreza. La irrupción de la mafia, pesadilla catastrófica, frenó el desarrollo turís­tico y dislocó la conciencia moral. Aunque es ya un capítulo distante, todavía se recuerda el enfrentamiento diabólico de dos familias guajiras que, queriendo exterminarse entre sí, sembraron el terror en la comarca.

Cesaron los flujos turísticos, los hoteles se desocuparon y la prosperidad regional se vino al suelo. Esto explica que ni en la ciudad ni en El Rodadero existan hoteles de más de dos estrellas. Hasta ahora está volviendo la recuperación.

Ciudad sin desarrollo industrial, su economía se muestra deprimida y la desocupación laboral es dramática. No hay hambre, pero sí miseria: el mar da comida, aunque por sí sólo no permite el pleno crecimiento del hombre. Falta mayor avance social y económico. Santa Marta puede ser, y seguramente va a ser pronto, más cívica, más aseada, más dinámica en su progreso. El espacio está abierto para los líderes de la comunidad.

La Zona Bananera, de tan acciden­tada historia, sigue siendo el mayor polo de riqueza regional. Fuera de los cultivos tradicionales ya se piensa en mejores alternativas, como la palma africana, que está sembrándose cada vez con mayor vigor, como solución promisoria para el futuro.

También se notan diversos empeños turísticos que impulsarán la ciudad. A 14 kilómetros se encuentra un exce­lente sitio campestre, muy confortable e ideal para el descanso, el hotel Irotama, «con todas las estrellas del Caribe», como reza su sugestiva propaganda, el que conquista continuas corrientes de visitantes en todas las épocas del año.

Pasar por Santa Marta es grata experiencia. Al escritor el cielo le ha sido propicio para extraer del ambiente todo un venero de enseñanzas y amables vivencias. Los viajes, el sol, el mar, la brisa, como pregona Hermann Hesse, serán siempre los mejores amigos del hombre. Pero hay que saber vivirlos.

El Espectador, Bogotá, 13-XI-1984.

 

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Blanca Cecilia

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Gratas sorpresas se lleva el escritor cuando, como en el caso de Blanca Cecilia, lectora insospechada, descubre revelaciones que jamás había imaginado. ¿Escribir para quién?, es la pregunta intranquila que suelo formularme en mis ratos de incertidumbre, cuando pienso que al paso que lleva el mundo los lectores se agotan con la misma velocidad con que aumenta la frivolidad. Leer, leer con placer y raciocinio, no es una disposición de los tiempos modernos.

El problema del escritor no está tanto en saber para qué escribe, si ese ejercicio por sí sólo es un tónico para la inteligencia y un bálsamo para el corazón, sino en averiguar si sus palabras tienen destinatario y cumplen algún objetivo social. Se escribe para curar el hastío y ensanchar el alma. Se escribe para huir de los mediocres. Los libros y el simple garrapateo en los periódicos, siendo canales idóneos para la transmisión del pensamiento, se convierten en medios inmejorables de comunicación humana. ¿Pero el público sí recibe los mensajes, los digiere, los controvierte?

Ninguna vanidad me acompaña al narrar aquí un episodio personal que se vuelve motivador para mis colegas periodistas y escritores sobre la reali­dad de gentes escondidas que nos siguen los rastros. No hay ningún afán publicitario, sino un pretexto para estimular el penoso oficio de quienes escribimos para el grueso público.

Blanca Cecilia, lectora anónima que coincide con mis puntos de vista, quiso conocerme en persona. Había visto en el periódico la referencia sobre un libro mío que deseaba adquirir, lo que se convertía de paso en un acceso al autor. Supuso que me localizaría en El Espectador, donde me creía redactor de planta o contertulio habitual. Pero en dos llamadas sucesivas resulté allí desconocido. Con el tercer interlocutor obtuvo la certeza de que el columnista no era ningún fantasma y que además sería de fácil localización.

Mi incógnita lectora, que desde ya me producía inquietud, quedaba pendiente de mi llamada. Pero ésta sólo era posible a horas fijas, lo cual, sonando a misterioso, hacía crecer la fantasía. Dar con Blanca Cecilia fue más difícil que ella comprobar mi existencia.

Como su teléfono no contestaba, había que pensar en la trampa burlesca con que el público, protegido por el anonimato, se ríe de nosotros los pobrecitos escribidores de que habla Larra. Con bromas semejantes nos arman deliciosas aventuras y luego nos castigan por cándidos. Pero como la provocación puede más que la prohibición, no tardé en descubrir la residencia. Era una casa silenciosa y hermética, sin nin­guna señal de vida.

*

Al fin se entreabrió el postigo. Luego apareció la borrosa silueta femenina que se negaba a dejar de frente el rostro de la dama. Algunas hebras doradas de la abundante cabellera flotaban en el aire y una sugestiva mujer inquisidora, en esta Bogotá de las sorpresas y los peligros, más suspenso le creaba a la escena.

Me identifiqué, y ella se mostró solícita. Fue como si las sombras de la mansión se hubieran iluminado. Y seguí.

Blanca Cecilia es una anciana invá­lida que vive solitaria en un palacio, colosal para su soledad. Maneja con maestría la quietud de sus miembros atrofiados y tiene incluso horas establecidas para deambular, abandonando la silla y las muletas, por un espacio seguro de su tranquilo territorio. Ella misma se prepara  los alimentos y mantiene en orden y armonía el ambiente doméstico. “¿Para qué empleadas del servicio si éstas no se consiguen y son un problema mayor que tenerlas?”, argumentó.

Sería, por estos indicios, una mujer afligida y neurótica. Tal vez una excéntrica millonaria que, como Howard Hughes, se mantiene aislada de los contagios y la gente. ¡Nada de esto! Es una septuagenaria inválida —ya a esta edad la mujer confiesa sus años— que se ha quedado sola y sin embargo vive alegre y saludable. A pesar de su postración física hace ejercicios circulatorios por la casa (y por eso la hora de pasar al teléfono es restringida).

Quedé sorprendido con su vitalidad y su entusiasmo. En su cuerpo y en su espíritu la senectud está derrotada y la supervivencia, garantizada. “Hasta los cien años”, me dice con optimismo. He aquí el personaje íntegro, el anciano glorioso que pregona Gonzalo Canal Ramírez en su libro Envejecer no es deteriorarse.

¿Su secreto? Ya lo habrán adivinado los lectores que siguen el relato, de pronto por camino equivocado. Mi recién descubierta amiga es lectora voraz. Sus horas de soledad, que para otros son catastróficas, Blanca Cecilia las llena de lecturas exquisitas y música selecta.

Conforme recorro los estantes de su biblioteca surgen en envidiable profusión los clásicos de todas las épocas. La feliz señora, una brillante excepción en nuestro mundillo de mínimos lectores, se emociona hablándome de libros y personajes y se detiene en pasajes enteros que la apasionan y no le permiten declinar el ánimo.

Cuadros, porcelanas, diversas expresiones artísticas refulgen en el espacio encerrado y mágico que el mundo externo ignora y son el marco ideal de su alma en constante combustión espiritual. Me muestra de salida el arrume de periódicos. “El Espectador –me dice– es mi solaz diario. Yo distingo a los columnistas, califico sus escritos y diferencio los estilos. Vivo las emociones del periodismo y los libros…” Salí complacido con su ejemplo y me propuse compartir con mis lectores tan saludable experiencia.

*

¿Para quién se escribe?, fue la pregunta inicial. El desconsuelo de la escritura, que a veces nos golpea, tal vez no existiera si pensáramos en las Blancas Cecilias, recónditas hadas madrinas que todos tenemos vigilantes en las vueltas del camino.

El Espectador, Bogotá, 10-XII-1984.

Carta inédita de Isaacs

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Com-Industria, la Caja de Compen­sación de Palmira, ha tenido la gentileza de darme a conocer, por mano de su inteligente directivo el doctor Alfonso Meza Caicedo, una carta inédita de Jorge Isaacs para otro Jorge (tal vez Holguín), que la entidad acaba de adquirir para su sala cultural. Documento de profundo contenido humano y ético, en el que vale la pena reflexionar.

«Ya no puedo cortarme el sacrificio de hablarle con toda franqueza» —inicia la misiva—. «Quizá, dentro de poco tiempo, usted hallaría imperdonable no haber hecho lo que hago. No me atormente más así. Traje esos caballos, que por lo menos valen baratos $1.500, para cubrir con tal suma sus gastos y otros urgentes en casa, demasiado urgentes. No he podido realizar ni uno solo de esos animales. Si hubieran sido de hombre acomodado, valdrían mucho y sobrarían compradores…»

Y sigue narrando su lucha de meses para vender los animales y poder subsistir. «Mientras tanto —excla­ma—, ¡imagine usted qué habrá sido de mí y de las gentes de mi casa!». Luego menciona el proyecto de una empresa de minas que vislumbra como una esperanza para su futuro económico. Habla de gestiones inútiles para con­seguir un préstamo a pocos meses, en las que todos le voltean la espalda.

Y se duele: «Usted no sabe, amigo mío, leal y bueno, todo lo que me ha hecho padecer en estos cinco meses: mis hijos y Felisa se horrorizarían al saberlo: nunca sabrán, por ahora, lo que me cuesta trabajar por su felici­dad. Hace ya cinco meses que no tengo con qué pagar los alimentos en el hotel donde vivo. Se espanta usted, ¿no? ¿Se imagina qué veneno habré comido en estos cinco meses día a día? ¿Se imagina qué pensarán de mí los comensales que saben que no puedo pagar lo que como? Se figura usted cuál habrá sido mi tortura de cada instante. Qué valor y paciencia de amar a los míos como los amo. Estoy vivo, y esa es la prueba.

«Ahora hace tres semanas que no puedo pagar el lavado de la ropa… ni tengo dinero para fumar… Lo espanta todo esto. Sí, debe de espantarlo. ¿En qué tierra estoy, pues? ¿Quién soy sino el que hace treinta años trabajaba honradamente para vivir con pobreza, pero honrando al país y procurando enriquecerlo? ¡Ah! Todo esto podría volverlo a uno malo si no hubiera nacido bueno y fuerte. Todo esto podría llenarle de ira el alma, de ira fatal…»

*

Esta carta, que no cita lugar de origen, parece escrita en Buenaventura, donde Isaacs residía por épocas. De su lectura se desprende la angustia del hombre que, confiado en la venta de unos animales que le había dejado a su amigo Jorge, estaba reducido a mísera condición hu­mana por falta del vil metal que no fluía.

Increpa así a su amigo tardío: «Remedie tanta injusticia y desamparo mañana mismo: haga usted lo que yo haría, gozoso, y sin pérdida de instantes, hallándose usted en mi lugar. Así sufrí de marzo a septiembre de 1886, y Campo Serrano me salvó para bien del país; ya sabe usted cómo. Y ahora, cuando la obra heroica (déjeme llamarla así, dirigiéndome a usted) está al coronarse para bien de la nación y premio de mis esfuerzos; ahora cuando el país debía cuidar de que mi vejez prematura por él no fuera mi martirio, mi salud se agota en los sufrimientos y no puedo ocultarlos…”

Y concluye: «… no me deje ahogar así, tocando ya la orilla salvadora que debe darme reposo. Guarde oculta esta carta. Si después de que muera, alguno de mis hijos olvida cuánto me cuesta darles independencia y libertad, que él lo vea. No, Dios mediante todos serán…” (La parte final no ha aparecido).

*

Ahora que la dignidad y los valores morales se han eclipsado, acaso de­sentone este testimonio de recie­dumbre. Ahora que el ansia de dinero y la explotación son el signo más visible de la época, no se entenderá cómo este hombre cercado por el infortunio, infortunio material y espiritual, podía sostenerse con la sola fe en su capacidad de persona recta, que ade­más mantenía íntegro el sentido del honor, luchando contra la dureza de sus amigos.

La pobreza vergonzante es la peor de las pobrezas y en ella se esconden más personajes de los que se supone. Este mensaje de Isaacs no puede perderse. El país tiene que recuperar sus valores éticos. Del latrocinio permanente, de la distorsión de las costumbres, tenemos que re­gresar al ejemplo de los viejos que, como Isaacs, son brújulas redentoras.

El autor de María, abandonado por la buena estrella, suplicaba en silencio un mendrugo de pan. Resistía con estoicismo su adversidad, y antes que delinquir, jugaba su última esperanza. María le llegó a la posteridad como mensaje romántico, cuya esencia he­mos dejado evaporar, y pocos saben que detrás de la obra maestra había, como ven los lectores de estas líneas, un gigante de la grandeza humana.

El Espectador, Bogotá, 2-XI-1984.

 

Peligros de la fama

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El nivel de la fama, mientras más alto esté, más peligroso se vuelve. En las alturas se cometen los peores errores, porque las cumbres, que representan el ascenso del hombre en busca de celebridad, marean. Cuando se ha logrado ponderación humana, el hombre suele desentenderse de sus deficiencias al verse calificado como persona capaz y a veces como genio. De ahí el refrán de «cría fama y échate a dormir».

La fama abre todas las puertas. El misterio está en adquirirla. En los elevados sitios de la pirámide, lo mismo de una profesión que de un estado social, más facilidad existe para que el hombre cometa ligerezas y abuse de su estatura.

Lo mismo ocurre en el mundo de las letras. Al escritor le quedará cuesta arriba encontrar editor para su primer libro, y tampoco lo hallará en el décimo si para entonces su nombre no es comercial. Lo será con trucos publici­tarios, con uno que otro escándalo y de pronto con algún puño célebre, como el de Vargas Llosa a García Márquez, magos de la literatura y de la publicidad. La calidad del producto literario y su comercio caminan en distinta dirección y no basta que el novelista escriba excelentes obras para que éstas sean vendibles.

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Doris Lessing, ponderada escri­tora inglesa, sabe que su solo nombre es suficiente para colocar cuanto libro quiera difundir. Los editores viven detrás de ella en persecución de la última novedad, que se negocia a cualquier precio. Pero no fue sino ponerse un seudónimo para comprobar que El diario del buen vecino, novela que ofreció de edi­torial en editorial, no despertaba interés. Podía ser superior a las anteriores, pero carecía de sello co­mercial. ¡Lo que hay detrás de un nombre!, exclama Panesso Robledo.

Los socios del boom latinoamericano, que se unieron no sólo para encumbrar la literatura regional sino para vender libros, no ignoran lo que significa ser célebres. La mejor obra de cada uno de ellos no es, posiblemente, la escrita después de la consagración sino la sudada en largas y precarias noches de lucha diabólica. Creo que García Már­quez no producirá nada mejor que El coronel no tiene quien le escriba, aunque fue Cien años de soledad la que lo hizo universal.

Hay escritores que con un solo libro consiguen la gloria. Esto pasa con Juan Rulfo y su Pedro Páramo, obra de escasas cien páginas que él no logrará superar. La escribió en un estado luminoso, pero no habría llegado a ser famosa si no hubiera contado con el instante de suerte que abre las puertas del triunfo. Estos instantes son esquivos y por lo general no se repiten. Cuando a Rulfo se le pregunta por un nuevo libro, responde con excelente lógica que todo cuanto tenía que decir ya está expresado en Pedro Páramo.

Alcanzar la fama es ambición humana. Muchos llegan antes de tiempo y se frustran para el resto de la vida. También con la fama se encuentra, cuando es prematura, el nivel de la incompetencia. Se cierra el horizonte y el escritor se limita, como Rulfo, a una sola novela. Otros, como García Márquez, viven anunciando su obra cumbre, cuando ésta ya está escrita y ninguna posterior logrará desplazar la consagrada por la nombradía.

El escritor de carrera gasta media vida buscando editor y la otra media huyendo de los editores. Menos, claro está, cuando se cambia de nombre, como le ocurrió a Doris Lessing, que, encubierta como Jane Somers, descu­brió que su literatura, o sea, su mercancía, no valía un céntimo en los mercados.

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La fama tiene un precio, a veces muy costoso. Se dice que la soledad es el peor castigo de llegar tan alto. Y es que en medio de los oropeles de la gloria el alma puede vivir desolada. García Márquez, que ha recorrido todas las escalas del escritor, siente hoy nostalgia por la vida simple del reportero y la placidez del cuentista y del novelista normal. Cuando era feliz e indocumentado es el título que le asigna a uno de sus libros, de regreso de los escenarios del aplauso.

Algo bárbaro debe de tener la fama cuando atrapa a la persona y no le permite escapes. Los que están afuera la persiguen tontamente, tal vez por ignorar que también es un suplicio, y por desgracia un suplicio irreversible.

El Espectador, Bogotá, 18-X-1984.