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Archivo para octubre, 2018

Jirones de niebla

miércoles, 24 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(prólogo)
Niebla 

A Fabricio Perdomo no se le borrará de la mente la imagen fantasmal en la que  fueron abatidos el día de elecciones, en la plaza del pueblo, tres vecinos por un soldado atemorizado ante la turba enfurecida. Era apenas un niño. Con el correr de los años, muchas veces se sentirá solitario en el balcón desde el que presenció esa escena de terror, imposible de olvidar.

En 1948, a raíz de la muerte de Gaitán, se vivía una de las convulsiones más atroces de la violencia fratricida que no ha dejado de azotar a Colombia desde los días de la Independencia. Era época de bárbaras naciones originada, bajo la ley del talión, por los odios atizados por el fanatismo político y religioso. El contubernio entre clero y política generó uno de los estados más funestos de la vida colombiana.

Tiempo, además, regido por la mojigatería y la hipocresía fomentadas por el poderoso dominio patriarcal de que dan cuenta las crónicas de la época. Bajo esa atmósfera de falsedad, opresión y simulación, a la familia se le nubló el horizonte. Y la sociedad perdió su rumbo. En el ámbito hogareño prevalecía la falta de libertad para que la mujer opinara y escogiera sus propios caminos del amor.

Colombia vivía el período tenebroso de la violencia encarnizada que ponía muertos a granel en los dos partidos tradicionales. Hasta el balcón de la plaza llegó el eco de los disparos, y a partir de entonces Fabricio Perdomo comenzó a captar la realidad nacional y a sufrir la dureza de su destino.

Por estas páginas, movidas –como debe suceder en la novela– por la realidad y la ficción, corren sucesos de distorsión social y desasosiego familiar, y también, por supuesto, de lucha, esfuerzo, amor y esperanza. Así es la vida.

Palmasola, que es cualquiera de los municipios del país, dibuja una época. El eje de esta historia, o de las varias historias narradas, es una casa solariega que ha resistido la embestida del tiempo y emerge entre la niebla de los años como un emblema del pasado y una reflexión para el futuro.   

Bogotá, octubre de 2018

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Me ha atrapado tu jirón de niebla, narrado en un lenguaje limpio, castigado, sencillo, difícil de encontrar por estas calendas. Ya casi termino de leer tu relato. Pero el mejor homenaje es que tu niña nieta vaya adelante en la lectura de la mano de su abuelo ¡Qué maravilla! Augusto León Restrepo, Bogotá.

La lectora está muy linda, se ve cómo tiene cautivado al abuelo con su encanto. Es muy posible que herede las dotes de escritor del abuelo. De verdad, los abuelos nos renovamos a través de nuestros nietos. Elvira Lozano Torres, Tunja.

¡Valeria está preciosa! La foto no podía ser más bella: la guardé. No me extraña en absoluto que tu novela consiga la valoración que merece; tu narrativa es muy agradable y, además, la trama es tan cierta como la vida misma. Muestras al ser humano en su dimensión con sus trazos de luz y de opacidad permanentes. Esperanza Jaramillo, Armenia.

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Regresa Blanca Isaza

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Medio siglo después de su muerte, ocurrida en Manizales en septiembre de 1967, regresa la poetisa Blanca Isaza (mejor, Blanca Isaza de Jaramillo Meza, como le gustaba figurar). Regresa en el precioso libro que lleva por título Blanca, como única palabra que la define en el ámbito regional y que representa el color de la nieve. Eso fue ella: nieve, luz, claridad, diafanidad.

El libro, impreso con arte exquisito por Matiz Taller Editorial de Manizales, se convierte en tributo que rinden a la poetisa el municipio de Abejorral, donde nació en enero de 1898, y la Universidad de Caldas, en nombre de la comarca a la que se vinculó desde los tres años de edad. Es una antología de su obra, en 272 páginas, compilada por Alba Mery Botero, Fernando León González y Juan Camilo Jaramillo. En el prólogo, el profesor de la Universidad de Caldas Nicolás Duque Buitrago hace detenido análisis sobre las facetas de esta producción literaria.

Blanca comenzó a escribir poesía a los 14 años, y tiempo después se le citaba al lado de las grandes poetisas latinoamericanas. Con Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou tuvo estrecha amistad y muchas de sus cartas fueron conservadas por su hija Aída. Alternaba la poesía con la crónica, el cuento y el cuadro de costumbres. Su obra está conformada por 17 libros.

Su palabra es fluida, espontánea, limpia, sin afectaciones ni adornos superfluos. Le brotaba el adjetivo preciso y rechazaba el término impropio. Este rescate literario muestra un legado del bien decir, fortalecido por el uso exigente del idioma y la sensible expresión de las ideas. “Se canta porque sí, porque es preciso fraguar la vida en moldes de belleza”, dijo la poetisa.

Además, dictaba conferencias, asistía a eventos cívicos y culturales, realizaba intensas obras sociales, dirigía su propia revista, y como si fuera poco, era madre de 13 hijos, a la usanza de la época. “Mujer múltiple”, la llama el prologuista. Desde la publicación de su primer libro, Selva florida (1917), hasta el día de su muerte, fueron 50 años dedicados al arte y el hogar. Esas fueron sus dos pasiones entrañables, que se volvieron la justificación de su vida.

Era maestra de la crónica. En la antología se recogen textos magistrales inspirados por su atenta  percepción del mundo cotidiano, al que penetraba con ojo avizor y mente lúcida. La lluvia de los pájaros muertos sobre la ciudad, días antes de la aparición del cometa Halley, adquiere el carácter de cuento fantástico que gira entre la realidad y la ficción. El turpial inválido, comprado  en Armenia, es un canto al amor y al dolor, aspectos que se mezclan en la frágil criatura que enternece el alma.

En la crónica titulada La ilusión del oro estalla la angustia de la madre ante la aventura del hijo que se va a la montaña en busca del tesoro de las minas, y nunca lo encuentra. Con motivo de la muerte de Barba-Jacob, Blanca escribe una perturbadora página en la que narra los infortunios del poeta frente a la indolencia de sus amigos y el desamparo de la patria. En el campo de la poesía es autora de estremecidas creaciones, como Preludio de invierno, Camino de llanto, La vejez del árbol, Y llegará por fin una mañana, Canto a Abejorral, Cuentos a Aída. Y en el cuento, recoge cuadros de tierna sutileza en los que unas veces es el niño el protagonista y otras, el adulto que recorre los caminos de la fantasía.   

Su hija Aída fue la última directora de la revista Manizales, fundada por la poetisa en 1940 y que en unión de su esposo, Juan Bautista Jaramillo Meza, dirigió hasta 1967, cuando ella falleció. Luego, el marido quedó al frente de la nave hasta 1978, cuando el desaparecido fue él. A partir de entonces, Aída, en forma sorprendente –ya que no se le conocían tales habilidades–, tomó el timón y condujo el barco durante 26 años, hasta diciembre de 2004, cuando fue clausurada por estrechez económica, tras 64 años de labor continua. La revista Manizales era alta insignia cultural de Caldas, y es de lamentar que no hubiera recibido el apoyo que requería en el momento más duro de su existencia.

Los esposos Jaramillo Isaza fueron coronados poetas en diciembre de 1951. Sus nombres brillaron durante largo tiempo en la cultura regional e incluso nacional. Este libro de Blanca hace resurgir el pasado glorioso. Hoy, Esperanza Jaramillo García, nieta de la pareja ilustre, ocupa puesto destacado en el campo de la poesía. La semilla quedó bien sembrada.

La célebre casa de los esposos, situada en la Avenida Santander número 45-05, fue comprada por un anticuario hace 3 años. Todo el archivo de la revista y los documentos protegidos por Aída pasaron a una sala abierta en la Universidad de Caldas, en la que fue creada, bajo el auspicio de Francisco González, de la misma universidad, la cátedra denominada Blanca Isaza, que busca recuperar la memoria de quienes forjaron la grandeza intelectual y material de la región.

De los 13 hermanos, la única sobreviviente es Aída Jaramillo, en cuyos oídos repercuten, sin duda, estas palabras desoladas que Blanca sembró en su poema Camino de llanto: “Hermano, el soplo helado del infortunio pasa; / hermano, qué tristeza, se ha acabado la casa, / la casa solariega donde la vida era / un discurrir amable de anhelos y cariños”… 

El Espectador, Bogotá, 12-X-2018.
Eje 21, Manizales, 12-X-2018.
La Crónica del Quindío, 14-X-2018.

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No había oído hablar de ella y como me ha sucedido varias veces, una nota tuya me ha dado a conocer personajes de la zona cafetera ignorados por mí. Admirable esta multifacética mujer, pues con una prole tan numerosa, pudo destacarse en otros campos como el cultural y el social. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Le reenvío una parte del boletín de la Corporación Otraparte (Casa Museo Fernando González, Envigado) en donde se invita a un homenaje a Blanca Isaza Londoño. Su oportuno y buen artículo sobre esta poeta fue incluido en el mismo. Jesús Antonio Camacho Pérez, antropólogo, Abejorral.

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La exmonja Julia Ruiz

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

En mi artículo anterior hablé del insurgente Biófilo Panclasta (1879-1942), basado en libro del historiador Orlando Villanueva Martínez. El nombre del anarquista causó curiosidad a los lectores, hasta el punto de suponerlo irreal. Esa suposición también existió en el pasado: cuando la vida de Biófilo Panclasta fue llevada a una obra de teatro, el público creyó que era un personaje ficticio. Su verdadero nombre era Vicente Lizcano, que tampoco dice nada hoy en día, ni se mencionaba en su tiempo.

Julia Ruiz era una humilde mujer de origen boyacense que a corta edad se hizo monja de la Caridad, y diez años después abandonó el convento y emprendió una cruzada a favor de los pobres y los marginados. Como monja fue enfermera en los ejércitos de Rafael Uribe Uribe, caso insólito en los inicios del siglo XX, ya que la mujer se mantenía alejada de la actividad pública y sobre todo de las contiendas bélicas. Lo que vio en la guerra y lo que captó en el discurrir cotidiano incentivaron su vocación por la causa social.

Poseía honda sensibilidad por las dolencias de la gente desprotegida, clase a la que pertenecía y a la que se le hacía objeto de menosprecios y penalidades. La actividad religiosa no le aportaba las soluciones que perseguía, y por el contrario, en el monasterio era víctima de afrentas y discriminaciones. Su estadía en el convento le hizo ver la realidad que no se imaginaba. No comulgaba con ciertas normas de la Iglesia católica, como los diezmos y primicias, y le dolía la actitud arrogante de sus compañeras y directoras, que no mostraban el verdadero espíritu cristiano.

Un día se rebeló contra ese estado de cosas y desertó de la vida religiosa. Pero conservó los principios de la religión. “Yo tuve –dijo más tarde– el coraje y el carácter de abandonar el convento y el hábito talar, porque ni ese hábito ni esa vida convenían a mi altivez espiritual, sentimientos cristianos y energía personales”. Y se volvió anticlerical.

En medio de absoluta pobreza y sin saber qué rumbo tomar en los caminos del mundo, se estableció en el centro de Bogotá, en algún cuchitril que surgió a su paso. Montó un rústico  negocio de mercaderías menudas que vendía a los transeúntes, y esa tarea le permitió la congrua subsistencia. A medida que pasaba el tiempo y palpaba mejor la pobreza, y por eso mismo conocía mejor a la gente, sentía acrecentarse su solidaridad con los desamparados.

Los vecinos admiraban su talante humano, sus actos generosos, su figura amable y sencilla. Julia Ruiz se hizo notar en el sector y se volvió líder de la comunidad. Nadie ignoraba que la exmonja rebelde –y ahora libertaria– era abanderada de las angustias del pueblo. Dirigió cartas vehementes a los periódicos, furiosas cartas de protesta en las que denunciaba la injusticia y clamaba por la libertad y el equilibrio social. Además, abogaba por la causa de las mujeres. Cual otra María Cano, luchaba por los derechos fundamentales de la población y por la dignidad del trabajo. Las dos mujeres estaban motivadas por sus ideas socialistas.

Un día Julia Ruiz sintió poderes de adivinadora y fundó un consultorio en la carrera 9ª número 4-56. Bien pronto corrió la noticia de que la exmonja se comunicaba con los espíritus y descubría o predecía los hechos ocultos. Los habitantes preguntaban a la pitonisa por los caminos que debían seguir, y de consulta en consulta, su fama se extendió por el pequeño poblado de entonces.

Terminó asociada en el negocio de la quiromancia y la creencia espiritista con Biófilo Panclasta, a quien acababa de conocer en estado lastimero. Ella se condolió de su suerte. Maltrecho y menesteroso, el anarquista volvía a Bogotá derrotado por su cadena de infortunios. Había visitado numerosos países, había sufrido hambres y cárceles, se había entrevistado con grandes figuras del mundo, había tenido un hijo con una princesa rusa, y ahora se hallaba en el fracaso total. Estaba entregado a la vagancia y el licor. Y se le apareció Julia Ruiz, que lo sacó del abismo. Ambos tenían las mismas ideas, ambos eran anarquistas, ambos conocían la miseria humana. La pareja perfecta.

Unidos en el amor y la bienandanza que nunca habían disfrutado, pasaron los mejores años de sus vidas. El mundo vino a sonreírles en la edad otoñal, y supieron que la equidad que buscaban para los demás se cumplía en ellos mismos. Corría el año 1934. Cinco años después (enero de 1939), moría Julia Ruiz dejando a su compañero hundido en la desolación. Lo abrumaron la pena y el desespero, y su existencia volvió a derrumbarse. Se refugió en Barranquilla, y allí intentó dos veces suicidarse. Más tarde fue a dar al Asilo de Ancianos de Pamplona, donde falleció de fulminante paro cardiaco en marzo de 1942, tres años después de la muerte de Julia.

El Espectador, Bogotá, 29-IX-2018.
Eje 21, Manizales, 28-IX-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-IX-2018.

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Qué buen trabajo revivir la historia, la que el sistema no quiere que las nuevas generaciones conozcan. Igual pasa con la revolución comunera. En México se sienten orgullosos del grito de Hidalgo, igual al de José Antonio Galán. La historia de Hidalgo en México es un orgullo, la de Galán en Colombia no la conoce nadie. Gupinzón (comentario en El Espectador).

Atrayente historia de amor la de la monja Julia, que le he mandado, para promoverla, a Daniel Ferreira, el excelente novelista que acaba de publicar la abrumadora novela sobre la Guerra de los Mil Días y la batalla de Palonegro. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Muy interesante, y por qué no decir, conmovedor, el artículo sobre Julia Ruiz y su compañero, quienes al final de la vida encontraron el amor «perfecto» en medio de sus avatares como seres rebeldes. Tal para cual, diría mi abuela. Es una aproximación de carácter novelesco. Inés Blanco, Bogotá.

Memoria de la insurgencia

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

El historiador y profesor Orlando Villanueva Martínez es una autoridad en el campo de la insurgencia colombiana. Ha publicado alrededor 15 libros sobre esta materia, y 5 más se hallan inéditos. Tras exhaustivas investigaciones, ha revelado la vida y las circunstancias en que actuaron grandes figuras de los conflictos sociales, como Camilo Torres, Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure, Biófilo Panclasta, Manuel Quintín Lame, Sangrenegra, Pedro Brincos. Y viene en camino el libro ya concluido sobre el médico Tulio Bayer, el luchador solitario.

He leído en estos días 2 de estos textos, y a ellos voy a referirme. Más allá de narrar la vida de los líderes de la violencia partidista que se acentuó en las décadas del 40 y 50 del siglo XX, Villanueva escruta las causas que dieron origen a los movimientos de protesta y rebelión. Se calcula entre 200.000 y 300.000 los muertos por las luchas entre liberales y conservadores.

¿Alguien sabe quién fue Pedro Brincos? El historiador lo cuenta en libro reciente de la Biblioteca Libanense de Cultura. El apodo respondía al nombre de Roberto González Prieto, honorable habitante de Líbano (Tolima), donde había nacido el 8 de mayo de 1921 y ejercía el oficio de dentista. En 1948, cuando estalló la violencia con la muerte de Gaitán, fue asesinado su padre y quemadas las propiedades de la familia. Esto determinó que su hijo, que había prestado servicio militar, se vinculara a un grupo armado en el norte de Tolima.

En la región se desató implacable combate entre liberales y conservadores. El odio campeaba en todo el país. Pedro Brincos militaba en la fuerza rebelde, y el grupo vengaba la matanza de liberales. Con el tiempo, 3 de sus hermanos caerían asesinados. Los chulavitas y los “pájaros” del Valle arremetían contra los liberales. Unas células comunistas azuzaban a los campesinos para la toma del poder.

Pedro Brincos se convirtió en el jefe supremo de la revuelta. Se volvió bandido con todas las de la ley, porque a eso lo obligaban los hechos. Muchas veces fue a dar a la cárcel. Se desplazaba por muchos sitios de la región y del país. La Dirección Nacional Liberal le enviaba armas y recursos para la defensa. A la postre, lo dejó solo. Un día se marginó de la contienda y se acogió a la ley de amnistía que había sido decretada por el Gobierno.

Pero no lo dejaban tranquilo. Fue atacado desde los periódicos por habérsele otorgado un préstamo dentro del programa de rehabilitación. Su causa tenía motivación social, pero esta pasaba inadvertida en la guerra fratricida que desangraba al país. El 15 de septiembre de 1963, a la edad de 42 años, cayó abatido por el Ejército en área rural de Lérida.

* * *

¿Alguien sabe quién fue Biófilo Panclasta? Su nombre de pila era Vicente Lizcano, nacido en Chinácota (Norte de Santander) el 26 de octubre de 1879. En 1904 adoptó el alias de Biófilo Panclasta por sugerencia del escritor y revolucionario ruso Máximo Gorki, a quien había conocido en sus andanzas por el mundo. La primera palabra significa en griego “amante de la vida”, y la segunda, “enemigo de todo”. Definición perfecta para este anarquista consumado.

Villanueva Martínez describe en libro de Editorial El Búho la extraña, enigmática y alucinante personalidad de Panclasta, quien a los 20 años es expulsado de la Escuela Normal de Bucaramanga por indisciplinado. Allí comienza su itinerario de rebeldías. En la dictadura de Juan Vicente Gómez, en Venezuela, va a dar a la cárcel por revoltoso, entre 1914 y 1921. Allí padece los peores horrores, y la experiencia lo hace más rebelde y a la vez más fuerte.

Odia a los dictadores y en general a los usufructuarios del poder. Busca estar al lado de los desamparados. Él es uno de ellos. Participa en mítines y aviva las luchas populares. Una vez declara: “Yo de los gobiernos no he comido otro pan que el de las cárceles”. La cárcel parece ser su morada continua. Es expulsado de su propia patria. Sufre 3 años de destierro en Siberia. En todas partes forma problemas y termina detenido. En ningún lugar o gobierno halla respuesta a las angustias del hombre.

Escribe libros, poemas, cartas, panfletos. Conoce a grandes personajes (Lenin, Gorki, Rasputín, Kroptokin –uno de los principales pensadores de la causa anarquista–). Nietzsche es su filósofo de cabecera. Despierta simpatía en la gente que trata, y conquista amores fugaces. Tiene un hijo con una princesa rusa. Comenta: “He tratado a príncipes y mendigos; he sufrido, he amado, he esperado. Mis libros son obras vividas, son páginas escritas con sangre y lágrimas”. En su vida se mezclan el amor y el odio, el idealismo y la miseria.

En suma, un personaje de leyenda. Excéntrico y genial, loco y cuerdo, filósofo y revolucionario, vagabundo y borracho, nunca disfruta de sosiego ni satisfacción. Con sus propias fuerzas se encara al mundo y reta a todos los tiranos. Recorre más de 50 países y descubre todas las miserias humanas. Notables escritores, como José Antonio Osorio, Rafael Gómez Picón, Luis Eduardo Nieto Caballero, Armando Gómez Latorre, Gonzalo Buenahora, dejaron sobre él páginas memorables que están rescatadas en el libro que comento.

Vino a encontrar el amor otoñal en Julia Ruiz, exmonja de la Caridad que se había retirado del convento impulsada por la frustración religiosa y el ánimo de servirle a la gente en el ámbito seglar. Ella muere en enero de 1939. Julia merece página aparte, que me propongo escribir otro día. En marzo de 1942, en completa soledad y víctima de un fulminante paro cardiaco, fallece Biófilo Panclasta en el Asilo de Ancianos de Pamplona, a la edad de 62 años. Los 3 años que siguieron a la muerte de su compañera fueron de absoluta desolación. Al fin conoció el amor verdadero, pero fue un amor trágico. Como toda su vida.

El Espectador, Bogotá, 15, IX-2018.
Eje 21, Manizales, 14-IX-2018.
La Crónica del Quindío, Armenio, 16-IX-2018.   

Comentarios 

Su pluma impulsa a leer las obras de Orlando Villanueva sobre esos héroes a los que la historia oficial ni siquiera da cabida en la contracarátula, pero que son hilos, e hilos muy fuertes, que llevan al fondo de la madeja del conflicto social que ha atravesado nuestra historia con un ADN de odio y discriminación. Jorge Mora Forero (colombiano residente en Weston, Florida, USA).

Nunca había escuchado ni leído nada sobre Pedro Brincos ni sobre Biófilo Panclasta. Desconocía su existencia, y tal vez si alguna vez olvidada por mí llegaron a mi cerebro, tuve que imaginar que eran personajes ficticios, pues con esos nombres no puede uno pensar en otra cosa. Esta columna aporta nuevo conocimiento sobre la historia colombiana. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

A los insurgentes alzados en armas no se les pacifica quitándoles las armas sino quitándoles las razones que tienen para utilizarlas. julioh78 (en El Espectador).

O cambiamos o nos cambian

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La chispa que prendió la controversia

Política con pimienta

Augustolión tiene la razón

Hoy le echó gasolina al fuego otro gran colaborador de EJE 21: Gustavo Páez Escobar. Con pruebas irrefutables, sostuvo que Augustolión sí tiene la razón y que fue Fabio Valencia Cossio quien acuñó esta frase que hizo carrera en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. “Valencia Cossio era el presidente del Congreso en 1998, y en tal carácter le dio posesión a Andrés Pastrana como presidente de la República y pronunció la frase aludida. Esto lo dice mucha gente. La confusión está en el año, y desde luego en el nombre del presidente de la República”, escribió Páez Escobar.

 Lo que dice Páez Escobar:

Apreciado Augusto León:

Me puso a pensar la rectificación que haces a tu columna de Eje 21 respecto a que el autor de la frase “O cambiamos o nos cambian”, pronunciada en la posesión de Álvaro Uribe en el 2002, no fue Fabio Valencia Cossio sino Luis Alfredo Ramos. En efecto, Ramos era en el 2002 el presidente del Congreso, y no Valencia Cossio, y por lo tanto este no podía ser el autor de dicha frase.

En cambio, Valencia Cossio era el presidente del Congreso en 1998, y en tal carácter le dio posesión a Andrés Pastrana como presidente de la República y pronunció la frase aludida. Esto lo dice mucha gente. La confusión está en el año, y desde luego en el nombre del presidente de la República.

Navegando por internet, encontré varios artículos de prensa que afirman este hecho. Por otra parte, Valencia publicó un libro que lleva por título O cambiamos o nos cambian, que parece refrendar su frase histórica. Esto es lo que dicen los artículos leídos en internet:

Vlado (El Tiempo, 23-VIII-2017): “…tal y como lo hizo el 7 de agosto de 1998, en la posesión presidencial de Andrés Pastrana, el flamante presidente del Congreso, Fabio Valencia Cossio, quien se fajó un discurso en el cual acuñó una frase histórica. “O cambiamos o nos cambian”.

Columna en El Pilón, Valledupar, 24-VII-2018: “Casi 20 años han pasado desde que Fabio Valencia Cossio, como presidente del Senado en el discurso de posesión de Andrés Pastrana, sentenciara a sus colegas congresistas con la doblemente incumplida frase, “o cambiamos o nos cambian”.

Entrevista con Fabio Valencia Cossio, ministro del Interior y de Justicia. Por Hugo García Segura y Carlos J. Murcia (El Espectador, 19-VII-2008): “Dice que su famosa frase “O cambiamos o nos cambian”, pronunciada hace diez años en el Congreso, sigue vigente”.

Sergio Ocampo Madrid (El Espectador, 20-VIII-2018): “O cambiamos o nos cambian”, dijo Fabio Valencia hace 20 años en su discurso como presidente del Congreso para posesionar a Pastrana en el periodo 1998-2002”.

Gustavo Gómez Córdoba (El País.com.co, 8-IV-2018): “Fabio Valencia Cossio, célebre autor de la frase “o cambiamos o nos cambian”.

Con base en estas aseveraciones, no quedaría duda al respecto. Sin embargo, suele suceder que hay frases o hechos que, sin ser reales, pasan de boca en boca y se vuelven ciertos. Desenreda el ovillo, querido Augusto León.

Abrazos, 

Gustavo Páez Escobar

Eje 21, Manizales, 8-IX-2018.

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