Archivo

Entradas Etiquetadas ‘Personajes singulares’

El maestro Raúl Borja Ávila

jueves, 18 de mayo de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A los 10 años, Raúl Borja Ávila, nacido en Tunja el 10 de abril de 1944 y que  residía en Zipaquirá, ya mostraba afición por el ajedrez. Vocación estimulada por las enseñanzas recibidas de Victoria Ávila de Borja, su madre, e  impulsada por su padre, Abraham Borja Rubio, brillante maestro de ajedrez, que además cumplió exitosa carrera en el poder judicial. El “archiduque” lo llamaban sus amigos en el ambiente ajedrecístico.

Como dato curioso, Raúl nació el día en que sus padres cumplían un año de matrimonio. Este hecho resulta premonitorio de la alta figuración que tendría como protagonista del juego soberano, que requiere altas dosis de inteligencia y que es movido por la táctica, la estrategia y la lógica.

Según el ajedrecista ruso Anatoli Kárpov, “El ajedrez lo es todo: arte, ciencia y deporte”. Y según Benjamin Franklin, «La vida es como el ajedrez, con lucha, competición y eventos buenos y malos». Estas premisas, que parecen desprenderse del tablero de 64 escaques y 16 piezas enfrentadas en buena lid,  movieron el tránsito por el mundo de los dos Borja maestros del ajedrez –padre e hijo– y guían la conducta de los otros hermanos Borja Ávila practicantes de dicho deporte.

El niño de 10 años que en 1954 sentía en Zipaquirá el ardor de su afición precoz,  impresionó al hermano Arturo, promotor de ajedrez en el colegio La Salle de Zipaquirá. Tiempo después Raúl ingresó al seminario de Tuta (Boyacá). Pero no fue sacerdote, sino ajedrecista profesional. Esa era su verdadera vocación.

Fue campeón en Zipaquirá en 1962; en el departamento de Cundinamarca, en 1963 y 1965; en Ávila (España), en el 2000; en Guadalajara (España), en 2001; en el primer y tercer torneos interclubes (club El Nogal), en 2007 y 2009; en el torneo nacional Sénior Máster de Manizales, en el 2008; en el campeonato nacional Sénior Máster de Armenia, en el 2011.

Y obtuvo otros títulos como subcampeón, entre ellos el continental Sénior Máster de Mar del Plata (Argentina), en 2012. En 1975, en torneo magistral, ganó la partida al maestro Miguel Cuéllar Gacharná. Al tiempo con este ejercicio, era profesor de ajedrez en la Policía, en colegios y otras entidades. Esa era su función vital.

En mi época juvenil, un grupo de amigos fundamos en Tunja el Club Social Capablanca, en honor del genio cubano de ajedrez José Raúl Capablanca. Allí organizábamos campeonatos “caseros” de ajedrez y cumplíamos activas tertulias literarias. Ya ausente de Tunja, no volví a saber nada de la pretenciosa asociación surgida alrededor del ajedrez y que nos despertó la mente hacia la inquietud intelectual.

Abraham Borja Rubio, el padre y maestro del personaje reseñado en estas líneas,  murió en el año 2001. En honor suyo, sus hijos crearon la fundación que lleva su nombre. A esta fundación ingresa, por supuesto, el nombre de Raúl, cuyo paso por la vida concluyó el pasado 15 de abril. Dolor que comparto con su familia.

Con fecha 31 de marzo de 2014, la Federación Colombiana de Ajedrez otorgó el título de “maestro nacional” a Raúl Borja Ávila, al acreditar los requisitos fijados por la entidad dos años atrás. El mundo del deporte, donde vibra el alma de la patria, se enaltece con esta dinastía de ajedrecistas.

El Espectador, Bogotá, 12-V-2017.
Eje 21, Manizales, 12-V-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 14-V-2017.

Comentarios

Estamos muy complacidos y muy agradecidos por el cálido y afectuoso homenaje tributado a mi hermano Raúl, a propósito de su reciente paso al Oriente Eterno, y también a mi padre Abraham, que ciertamente fue nuestro maestro, no sólo en el juego de los escaques sino también en el de la vida, con su ejemplo y su ilustración. Ramiro Borja Ávila, Bogotá.

Qué buen artículo sobre Raúl. Resume muy bien los aspectos básicos de su vida y sus logros ajedrecísticos. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

No conocía a los ajedrecistas Borja. Cada uno tiene un destino que por más que desee desviarlo, siempre gana la batalla. Eso le sucedió al señor Raúl Borja en el juego ciencia: encontró su ruta y su meta. Quizás los hijos (y nietos) sigan sus pasos por la ruta de la sangre. Inés Blanco, Bogotá.

Excelente columna. Es el tipo de información que no puede pasar desapercibida en los medios. Gustavo Valencia García, Armenia.

Héroe del mar y la grandeza

sábado, 29 de abril de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nunca imaginó Eric Thiriez que el viaje que el 7 de abril inició en su velero Saquerlotte a República Dominicana sería el último de su vida. Iba en compañía de  Frank Camacho, Roberto Reyes y Luis Miguel Herrera, el piloto. Como capitán actuaba el propio Eric, legendario lobo de mar. De República Dominicana seguirían a Europa, en un periplo de varios meses.

Francisco José Aldana, viejo amigo suyo y compañero en más de 100 travesías marítimas en los últimos 20 años, lo había acompañado a Europa, 6 años atrás, a comprar el velero que ahora zarpaba, altivo y majestuoso, desde el Club de Pesca de Cartagena. La embarcación, fabricada en aluminio y cruzada por una franja verde, tenía una longitud de 16 metros.

Con su aliado irrestricto de tantos recorridos había planeado la nueva aventura en forma minuciosa. Lo esperó durante 3 días, mientras Francisco José resolvía alguna dificultad de última hora, pero a la postre tuvo que partir sin él. Un capricho del destino dispuso esta misteriosa separación en cercanías de la muerte.

Eric, ingeniero mecánico francés, llegó a Cartagena en 1970. Venía desde Suiza con su esposa Loredana. Como enamorado del mar, hallaba en la Ciudad Heroica el paraíso ideal. Dentro de esa tónica, fue profesor de física y matemáticas de la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla.

En 1980 fundó su propia empresa, relacionada con el agua. Se llama Etec, y se  dedica a la fabricación de bombas. Tiene ramificación en más de 32 países del mundo y está especializada en el manejo de grandes volúmenes de agua. En el 2010 Eric contribuyó, en forma silenciosa y con hondo sentido cívico, a evacuar el agua que inundó varios pueblos debido al rompimiento del Canal del Dique.

Hacia las 9 de la noche del día del zarpe, bajo un temporal dantesco donde el viento corría a 35 nudos y las olas se levantaban a 7 metros de altura, se averió la quilla de la embarcación y el agua comenzó a penetrar a raudales. La oscuridad era absoluta. La confusión, pavorosa. El velero estaba a unos 100 kilómetros de Cartagena, entre Galerazamba y Barranquilla.

Uno de los tripulantes, Frank Camacho, logró comunicarse con su esposa para informarle que el velero se hundía a merced del mar embravecido. Con la alarma, vino el rápido movimiento de los sistemas de salvamento. Solo hacia las 11 de la mañana del día siguiente, al ser divisados por miembros de la Armada varios puntos color naranja que salían de los salvavidas, fue localizado el grupo de los náufragos. Los tres acompañantes se sostenían a flote, y faltaba Eric.

Lo último que supieron de él fue que se quedó en el bote, mientras ellos utilizaban los salvavidas. El mar –colosal, fascinante, estremecedor–, que le corría alma adentro con cantos de sirena y voces de grandeza, lo atraía y lo arrullaba. Era su razón de ser. Bajo el embate de las olas, hizo del mar su morada eterna.

Mi hijo Gustavo Enrique viajó hace 15 años en otro velero de Eric Thiriez, llamado Alegría Cartagena, desde San Andrés hasta las islas San Blas, en Panamá. Iba con su compañero de trabajo en Codensa –el otro Eric Thiriez– y 3 personas más. El mando de la nave lo ejercía, por supuesto, el lobo de mar. El regreso fue a Cartagena, y el viaje total se realizó en 6 días.

El capitán era muy estricto con la planeación de los viajes, el manejo del agua potable y el empleo de todos los recursos disponibles. Llamaba la atención su habilidad para cocinar. Su función era múltiple: capitán, mecánico, cocinero y conocedor del mar.

Al salir de San Andrés se rompió una pieza clave de la vela mayor, y por eso tuvieron que regresar al puerto. Él diseñó la pieza en un papel, envió el plano a Cartagena para que su empresa la elaborara, y al día siguiente reanudaron la marcha. Ahora, el suceso trágico me hace compenetrar con el alma del velero Saquerlotte. Con el espíritu del lobo de mar.

Mi hermano Jorge Alberto, que se retiró de la Armada colombiana como capitán de navío luego de 38 años de servicios (especializado como submarinista, buzo táctico y buzo maestro salvamentista), define en su libro Bitácora de ensueños al marino de corazón (en este caso, Eric Thiriez): “Ser marino es entregarse sin palabras a las mil y una estrellas del universo y depositarlas en el cristal del alma”.  

El Espectador, Bogotá, 21-IV-2017.
Eje 21, Manizales, 21-IV-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-IV-2017.
Mirador del Suroeste, n°. 61, Medellín, junio-2017.

Comentarios

Eric Thiriez tuvo una muerte merecida y terminó oficiando en su templo: Saquerlotte; como el torero que culmina su ciclo vital en los pitones de un bravo burel. Gustavo Valencia García, Armenia.

Descriptivo y bello artículo sobre el duro acontecimiento de una persona que entregó su vida, literalmente, al mar. El texto logra convertir esa situación tan triste en sensibilizar a los lectores sobre lo que pudo ser ese momento para un lobo de mar. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Dolorosa columna sobre el naufragio de un lobo de mar, el capitán, quien responsable y sabedor de su misión no abandonó el barco y pereció en él, alzando su bandera. Amó tanto el mar, que este le ofreció la sepultura. Paz para su espíritu. Inés Blanco, Bogotá.

Excelente narrativa para una fascinante aventura. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

Ciertamente un héroe de la grandeza que sacrificó su vida por la de sus amigos. César Hoyos Salazar, Armenia.

Lindo artículo poético. Se siente uno viviendo en la majestuosidad del océano. Y ve cómo el mar le dio la vida que tuvo y allá mismo la devolvió. Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Disfruté –y me entristeció– la  bella crónica, la bella despedida que le diste al señor Eric Thiriez, quien acaba de morir en su elemento, el mar. Es una hermosa despedida la que tú le haces y me emocionó aun cuando nunca antes, por supuesto, escuché hablar de ese amante del mar y del agua. Gloria López de Zumaya, Méjico, D. F.

Mujica, sin corbata

martes, 7 de marzo de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

José Mujica (Pepe, o el Pepe, lo llaman en Uruguay) nunca ha usado corbata. Tal vez eso ha contribuido a mantener auténtica su personalidad. Durante los  años de su gobierno (2010-2015) siempre concurría al despacho en traje sencillo y sin la menor afectación, como si se tratara del más simple de los ciudadanos que recorriera las calles de Montevideo. No cambió su chacra en Rincón del Cerro, donde vivía con absoluta felicidad en compañía de su esposa, por el palacio presidencial, donde se sentiría extraño y cohibido.

Ni quiso cambiar su viejo automóvil Volkswagen Fusca, modelo 1987, por el lujoso de la presidencia. Una vez un jeque árabe le ofreció un millón de dólares por el auto desvencijado, y él rechazó la oferta con esta razón genial: “Ese vehículo nos lo regaló un puñado de amigos que hizo una colecta. Nunca podríamos venderlo, pues ofenderíamos a ese puñado de amigos”.

 Hombre modesto, bonachón, elemental, bromista, y dotado al mismo tiempo de aguda concepción filosófica y gran sensibilidad humana, desconcertó al mundo con su carisma y sus singulares maneras de gobernar en medio de la pobreza, la pulcritud y la renuncia a las aureolas y los bienes materiales. Por encima de su propia condición económica estaba la suerte de la nación y de sus paisanos, y a esa causa consagró todas sus energías y capacidad social, con resultados admirables.

Se jacta en decir que es rico con lo poco que tiene. No necesita más para ser feliz: “Pobre no es el que tiene poco –dice–, pobre es el que necesita infinitamente mucho y desea más y más”. El 90 por ciento del sueldo de presidente lo donó para los pobres, y lo mismo hizo su esposa, la senadora Lucía Topolansky.

Conducta ejemplar y desconcertante frente a los bochornosos sucesos de corrupción y pillaje que hoy se destapan en los países latinoamericanos, en cabeza de presidentes, ministros, altos funcionarios y políticos de toda laya. La ley del momento es llegar a las altas posiciones para enriquecerse.

A Mujica se le conoce como el presidente más pobre del mundo. Difícil, cuando no imposible, que su caso tenga seguidores. Pero de lo que no puede dudarse es del asombro que despierta en un mundo envilecido por la avaricia y la corrupción. Quizás la mayoría de los gobernantes compadezcan a este buen señor de la decencia, la pulcritud y la moralidad, pero algún freno se opera en el campo de los desenfrenos del poder. La semilla está sembrada.

Mujica es un político distinto. De su experiencia como guerrillero y de los largos años pasados en presidio extrajo el conocimiento de la sociedad y la sabiduría del filósofo. Y los aplicó en su tránsito por la vida pública, como diputado, senador, ministro y presidente de la república.

Su lenguaje es claro, sencillo, directo, sin retóricas ni esguinces. Amante de decir la verdad, su discurso llegó a la masa, y la gente supo captarlo y lo siguió como el líder capaz de adelantar la silenciosa revolución que se adelantó en su gobierno.

Por eso, Pepe Mujica, el del pueblo, fue un presidente sin corbata. Con ella, se habría falseado. Así lo analiza Allan Percy en el libro Mujica, una biografía inspiradora, que me obsequió mi nieta Valeria, de 3 años, y que he leído con mucho agrado. Los nietos saben penetrar en la mente de los abuelos.

El Espectador, Bogotá, 3-III-2017.
Eje 21, Manizales, 3-III-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-III-2017.
La Píldora, n.° 187, Cali, mayo-junio/2017.

Comentarios

Excelente y justísima nota sobre un hombre admirable por su sabiduría y su actitud democrática. He leído esta nota con extraordinario agrado. Alpher Rojas, Bogotá.

Hermoso y expresivo artículo en relación con este personaje de tan elemental como ejemplar personalidad. Él es un terrón de la fecunda tierra latinoamericana. Carlos Martínez Vargas, Fusagasugá.

El expresidente Mujica es un ejemplo para el mundo y  para una clase dirigente y política que cada día da peor ejemplo de ambición mezquina, donde imperan la corrupción y las ansias de poder, cuando arrasa con valores sin importar las nefastas consecuencias. Gustavo Valencia, Armenia.

Comparto completamente el sentimiento frente a la corrupción que por estos días no deja de sorprendernos con más casos. Mujica, gran líder y ejemplo de lo que realmente es vivir plenamente feliz sin bienes materiales. Ah, maravillosa la mención de la nieta Valeria, qué alegría disfrutar de su regalo. Diana Muñoz, Bogotá.

Muy oportuna, en el momento por el cual pasan las FARC-EP en Colombia, esta columna sobre el admirable Mujica, cuyo pasado guerrillero en las filas de los aguerridos tupamaros bien podría servir de modelo y ejemplo a los empecinados en desvirtuar, social y políticamente, cuanto ha ocurrido y viene sucediendo con el proceso de paz en nuestro país. Sorprendente este político, quien afirma carecer de religión y ser un panteísta siempre asombrado con el espectáculo de la naturaleza. El director de cine servio-francés Kusturica lleva cuatro años filmando un documental sobre este hombre de alma confuciana a quien considera «el último héroe de la política». Umberto Senegal, Calarcá.

Los nietos saben penetrar en la mente de los abuelos y Mujica lo hizo en su pueblo y en quienes admiramos su manera correcta para actuar, su honestidad y sus principios morales irrompibles. Linda reseña de un excelente presidente y de un ser humano extraordinario. No podía terminar mejor el artículo que con el comentario hacia los nietos y en este caso hacia Valeria. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Un hombre diferente, como lo pinta el artículo y como él se ha dado a conocer en el mundo. Nunca se dejó tentar por el diablo del dinero, a pesar del poder que ha tenido en la vida política de su país. Valeria, tan linda, ya veremos en pocos años lo que esa niña, con la luz del abuelo, el apoyo de los padres y el consentimiento de la abuela, llegará a ser. Inés Blanco, Bogotá.

Valeriano Lanchas, niño prodigio

martes, 20 de octubre de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nació en Bogotá el 16 de julio de 1976, el mismo día que se estrenaba la Ópera de Colombia. Cuando en el 2006 la entidad cumplía 30 años, le pidió un concierto para celebrar dicha efeméride.

El ciudadano español Felipe Lanchas, su padre, se estableció en Bogotá en 1973 y se casó con la colombiana Marta Nalús, de origen libanés, con quien tuvo 3 hijos. Vinculados al campo docente, los esposos cumplirían destacada labor en varias universidades –dentro del campo de la investigación– y serían los primeros maestros del futuro cantante lírico. Su padre le enseñó a leer música, y de ambos heredó la riqueza de la voz. Dice Valeriano que la voz de su mamá es superior a la de Helenita Vargas, “La Ronca de Oro”.

Marta Nalús me narra el siguiente episodio. A los 6 años lo llevó a la primera ópera en vivo, El matrimonio secreto. Debido a su corta edad, el portero le negó la entrada. “Por favor, déjeme entrar. Yo no molesto”, rogaba el niño. De tanto insistir, logró al fin el acceso al teatro. Sentado en la silla de terciopelo rojo, sus pies no llegaban al suelo. Pero se sentía grande.

Abrumado con la inmensidad del teatro y embelesado con la lámpara y el telón de boca, en un intermedio le dijo a su mamá: “Cuando sea grande, quiero estar donde se paran los señores a cantar”. En ese momento se reveló su vocación musical. El ambiente de su casa vibraba con la música de Garzón y Collazos, con el piano, la guitarra o las rancheras. Los padres cantaban a dúo áreas de ópera o de zarzuela. Esa mezcla entre la música clásica y la popular afinaba el oído, y sobre todo el alma, de quien ya era niño prodigio.

Por aquellos días iniciaba Marta Senn su carrera de mesosoprano, y más adelante ponderaba el talento vocal de Valeriano y su hermoso e inconfundible timbre de voz. Consideraba que “si sabe aconsejarse bien por sus maestros y si sabe evitar la manipulación de los directores de casas de ópera y de los agentes de artistas, sus rutas por el panorama internacional de la lírica le están abiertas”.

En 1986, cuando Hernando Valencia Goelkel cerró la ópera y les dijo a los amantes del género que debían ir al Metropolitan de Nueva York, Valeriano, de 10 años, fundaba la nueva ópera en Colombia. Ópera infantil que se presentaba en reuniones de familiares y amigos con títulos como Rigoletto, Carmen, La flauta mágica.

A los 12 años, daba su primera conferencia de ópera en una fundación cultural de Bogotá. A los 14, metió la ópera –representada en plastilina– en la canastilla de la basura situada al frente de la casa y, ante el estupor de todos, anunció: “Se acabó la ópera de plastilina y empezó la ópera de verdad”.    

A los 19, entró por los caminos de la fama como ganador del concurso dirigido por Pavarotti, cuya finalidad era descubrir talentos jóvenes. En tal escenario cantó Tosca al lado del tenor italiano, que lo calificó como el bajo más joven del mundo. Era su debut internacional. Había abierto el cielo con la voz. Después vendría la cadena de éxitos incesantes por los teatros más prestantes del orbe.

En diciembre próximo será el primer colombiano que cantará como solista en el Metropolitan Opera de Nueva York, la mayor institución de música clásica de Estados Unidos y uno de los recintos más importantes de la ópera mundial. Sitio reservado a figuras consagradas del canto: Plácido Domingo, Luciano Pavarotti, José Carreras… Ahora entra el colombiano a compartir honores con los famosos.

Este recorrido al vuelo por la vida de Valeriano Lanchas permite resaltar su talento innato, que sacó a relucir a los 6 años, cuando Marta Nalús lo llevó al Teatro Colón de Bogotá. Allí quedó seducido por el mundo fascinante que se abría ante sus ojos. El arte lo llevaba por dentro.

Su vida ha estado gobernada por la disciplina, el estudio, la reflexión y la entrega apasionada al bel canto. Por otra parte, es lector empedernido y pintor aficionado. Escribe una novela, que puede suponerse basada en la gran novela de su vida. De chico era aficionado a la colección de gafas y de billetes del mundo. En suma, una inteligencia inquieta y aguda.

Hoy, a los 39 años, Valeriano Lanchas es un niño grande. Goza con los dones de la vida, ríe con las cosas gratas, se complace con los hechos simples. Y ama a su familia. Dueño de exquisito sentido del humor, esa condición la transmite con naturalidad a los personajes bufones que encarna en la ópera. No ha dejado de ser el niño prodigio de los 6 años.

No lo marean los aplausos, ni se deja envanecer por el éxito. Lo emocionan, pero no lo desquician. Sabe que lo que cuenta, por encima de todo, es la conjunción de su arte con su mundo interior.

El Espectador, Bogotá, 16-X-2015.
Eje 21, Manizales, 16-X-2015.

Comentarios

Historia inspiradora. Trataré de ver a Valeriano en el Met. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Lo he oído un par de veces en vivo y varias en grabaciones y sin lugar a dudas es uno de los mejores bajos de la actualidad. Alberto Lozano Torres, Bogotá.

Qué gran talento Valeriano Lanchas. Está joven y cuenta con amplios horizontes. Carlos Martínez Vargas, Fusagasugá.

¡Adiós, mi General!

martes, 8 de julio de 2014 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Pocos días antes de su muerte, el 23 de diciem­bre, lo llamé a su pieza de enfermo del Hospital Mi­litar a desearle feliz Navidad. No era fácil poder ha­blar con él. Dos operaciones seguidas lo mantenían prácticamente aislado y apenas se le permitían bre­ves visitas de sus familiares. Mientras la línea tele­fónica hacía el primer contacto con el conmutador del hospital, yo pensaba en las hazañas del ilustre hombre que en un día ya lejano había hecho tremo­lar nuestros colores patrios en las cúspides belige­rantes de Corea. Por mi mente desfilaban las conde­coraciones y símbolos de su brillante carrera mili­tar que él mantenía con discreto orgullo en el museo abierto en la intimidad de su hogar.

En ese momento oí el retumbar de la artillería atronando los cielos de una Corea convulsionada por el turbión de la guerra. Allí, en pleno campo de batalla, jadeante e intrépido, como coloso enfada­do, nuestro glorioso Batallón Colombia ganaba posi­ciones con el ardor de un puñado de valientes que bajo el mando del entonces teniente coronel Jaime Polanía Puyo había traspuesto los mares y desafiado el peligro para luchar por la libertad. A paso de tita­nes este grupo de hombres aguerridos se abrió cam­po por entre brigadas enfurecidas que pretendían sembrar la barbarie en un planeta todavía convaleciente de la última hecatombe mundial. La mayor nostalgia del soldado es, sin duda, la ausencia de su patria y de su hogar. Recuerdo que alguna vez me contaba Jaime Polanía Puyo las penalidades que se viven al pie de un cañón de guerra, lejos de lo que más se ama.

Y este 23 de diciembre, mientras el hilo telefó­nico buscaba comunicación con el héroe de Corea, ahora reducido a un duro lecho de hospital —¡él, que había sido todo vigor!—, pensaba yo en lo efí­mero de la gloria. Trabajo me costaba admitir que este hombre templado en los rigores de un campo de batalla y que había clavado en lo más alto de la cumbre la bandera del heroísmo, tuviera que acep­tar su propia inexorable decadencia ante el asedio de una tenaz enfermedad.

Un pariente suyo me había advertido que era difícil hablar con él. La buena suerte me per­mitió, sin embargo, que le expresara de viva voz el saludo navideño. Algo me decía que era un adiós definitivo. Supe que sus compañeros de armas lo habían visitado y, como en sus tiempos de comba­tientes, habían hermanado sus emociones y rememorado tácitamente las gestas de sus días glo­riosos. El soldado muere reposado cuando puede acu­mular al final de la jornada los recuerdos fortifi­cantes de una misión bien cumplida.

Viajero de los caminos del mundo, un día se estableció en Armenia. Había concluido una eximia carrera militar que le hizo ganar los más altos ho­nores no solo de su patria sino de otras naciones. El presidente Truman le otorgó la Estrella de Pla­ta, por «extraordinario heroísmo», y la Legión del Mérito, en grado de Legionario, las dos distin­ciones más altas que otorgan los Estados Unidos a oficiales extranjeros. A su regreso de Corea pasó a comandar importantes guarniciones del país y fue gobernador del Valle en el final del régimen militar.

Condecoraciones, documentos y todo un acervo de libros, cartas y fotografías con personalidades del mundo los guarda hoy celosamente su familia y fueron mantenidos por él con entrañable afecto, y nunca con vanidad, de no ser el sano orgullo de haber sido un hombre que les dio lustre a su patria y a los suyos. Amante de las disciplinas humanísti­cas, era un asiduo lector de historia y él mismo escribió importantes trabajos sobre la materia.

En el Quindío, tierra de cafetales y de ensoña­ciones, se volvió soñador. Labró la tierra y apelma­zó su sensibilidad en estos predios de la exuberan­cia. El héroe busca siempre el reposo del atardecer. Por eso, cambiado el fusil por la dócil herramienta del trabajo, rastrilló las entrañas de la tierra y dis­trajo sus horas entre crepúsculos y arrobamientos. Persona sencilla, dadivoso y envuel­to en una radiante campechanía que le abrió pronto el aprecio de estas gentes que rechazan los modales afectados, discurrió con naturalidad por entre sur­cos y minerías, siempre con el gracejo en los labios y con el ánimo abierto a la camaradería.

Le dio por volverse minero. Y como minero que se respete, nunca hizo capital. Pero al lado de la minería montó un mundo de anchas vivencias, aca­so irreal, pero siempre eufórico. Los estudios que levantó sobre yacimientos de la zona de Salento, que algún día serán realidad, constituyen valiosos puntales que deben ser aprovechados para explotar esta riqueza. A Jaime Polanía Puyo se le recuerda rodeado de funcionarios del Gobierno, a cuyas puer­tas vivía tocando para despertar el interés oficial, de misiones extranjeras, de mapas, de gruesos volú­menes en varias lenguas y de misteriosas pedrerías que, junto a sus blasones, constituían su razón de ser.

 Espíritu inquieto, nunca se conformó con la improductividad. Al abrigo de sus ilusiones, ilusio­nes de hombre visionario y tenaz, recorría el país con inusitada obstinación —¡la quijotesca terque­dad del minero!— y estaba pronto para opinar y aconsejar siempre que sabía de la aparición de un nuevo filón. Era invitado principal en toda reunión o congreso sobre minería.

Nunca se dejó vencer por los incrédulos. Y mu­rió en su ley, batallando al pie de las minas y aca­riciando sus glorias pretéritas. Su casa es hoy un baluarte de grandezas, que guarda con igual auten­ticidad las medallas ganadas en buena lid, que los filones de una vigorosa personalidad que lo mantu­vo alerta, en el reposo del guerrero, ante las perspectivas de un horizonte vivificante. Su mejor bla­són, una familia envidiable, se levanta hoy como testimonio elocuente de las andanzas del héroe que supo ser grande para hacer grandes a los suyos.

 La Patria, Manizales, 2-II-1976.