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Michelle Obama

jueves, 7 de febrero de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Formidable el libro Mi historia, de Michelle Obama. A los pocos días de su salida, en noviembre pasado, lo habían comprado más de 2 millones de lectores en Estados Unidos, y hoy continúa ocupando el número uno en ventas en ese y otros países. Ha sido traducido a 31 idiomas.

De manera auténtica y desprovista de toda ostentación, la autora cuenta sus primeros años de pobreza hasta llegar a ser la primera dama de los Estados Unidos. No se trataba de una ciudadana común y corriente, sino de algo mucho más restrictivo: de una mujer de raza negra que al lado de su novio y luego esposo, Barack Obama, del mismo color, se abría campo en medio de enormes aprietos, tanto para entrar a universidades en las que la gran mayoría de estudiantes eran blancos, como para hacerse valer en los círculos del trabajo, de la sociedad y la política.

Su mundo se circunscribía a un barrio de clase pobre en las afueras de Chicago. Desde entonces, sus padres le inculcaron la regla de que tenía que ser mujer fuerte, de carácter y principios. Robbie, su tía abuela, le mostró caminos de superación, le dio clases de piano y a su muerte dejó de herencia a sus padres la casa donde vivía. Fueron propietarios por primera vez de un inmueble.

Estudió en las universidades de Princeton y Harvard. Y se vinculó a prestante firma de abogados en Chicago. Allí conoció a Barack Obama, con quien se casó en 1992. La empatía con el futuro mandatario, tanto en el campo afectivo como en el de los ideales, era evidente. Sin embargo, Michelle no se sentía atraída por la política, si bien se propuso –y logró– ser la mano derecha de su esposo en la vida pública.

La llegada de los cónyuges con sus dos hijas a la Casa Blanca marca un hito en la historia norteamericana. El libro describe a la perfección la atmósfera de luces y sombras que se respira en el dorado recinto de los presidentes, lleno esplendor y al mismo tiempo de limitaciones, sofocos y cosas extrañas. Ellos supieron acomodar este ámbito a su propio estilo como la primera pareja de raza negra que accedía al poder de la nación.

La Casa Blanca es un palacio desconcertante, con 132 habitaciones, 35 baños y 28 chimeneas. Comparada con la humilde vivienda donde Michelle y su familia residieron en convivencia con sus tíos y primos, representaba un salto no tanto deslumbrador, como traumático. Pero se acostumbraron al cambio. De entrada, la nueva ama de casa informó al personal doméstico que sus hijas se harían la cama todas las mañanas, y a ellas les advirtió que debían mantener la educación y la amabilidad que habían aprendido en el hogar y abstenerse de solicitar lo que no necesitaran o que pudieran conseguir por sus propios medios.

Mientras Obama acometía grandes programas nacionales y mundiales, la primera dama se las ingeniaba para desarrollar ideas de menor entidad, pero benéficas y trascendentes en los campos de la salud infantil, la educación, la actividad física y la alimentación saludable. Concientizó a la opinión pública sobre los peligros que entraña la obesidad infantil, tan marcada en el país. Y dejó su huella personal en el huerto orgánico de la Casa Blanca.

Este es su mensaje final: “Hay cosas que nos hacen poderosos: darnos a conocer, hacernos oír, ser dueños de nuestro relato personal y único, expresarnos con nuestra auténtica voz. Y hay algo que nos confiere dignidad: estar dispuestos a conocer y escuchar a los demás. Para mí, así es como forjamos nuestra historia”.

El Espectador, Bogotá, 2-II-2019.
Eje 21, Manizales, 2-II-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 3-II-2019.

Comentarios 

Michelle Obama y toda su familia son personas que no se dejan influenciar por la fama y el poder. De sencillez admirable, que los hace ser muy especiales en cualquier parte, sobre todo en Estados Unidos, país donde todo gira alrededor de lo material y el consumo. Este escrito induce  a leer su historia y conocer al detalle cómo surgió en medio de la pobreza y cómo llegó a ser la primera dama del país más poderoso del mundo. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Estoy precisamente comenzando a leerla (15 páginas llevo) y estoy sorprendido del estilo, la sencillez y la sinceridad como se expresa en algunas partes. Hay Michelle para rato. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Todo un testimonio y ejemplo de vida para muchas generaciones. Jaime Vásquez Restrepo, Medellín.

Se trata de una pareja bonita, por decirlo de alguna manera, que se hizo querer a nivel mundial y que da a conocer sus historias con la sencillez, calidad y cualidad de personajes ni más ni menos que presidente y primera dama  de los Estados Unidos. Su carisma, inteligencia y origen son sellos de garantía. Inés Blanco, Bogotá.

Momentos con Belisario

miércoles, 26 de diciembre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Mis encuentros con el presidente Belisario Betancur fueron siempre amables y efusivos. Ese era su talante. A veces una sola entrevista es suficiente para producir impacto. Hay momentos que nunca se olvidan. Desde mi época juvenil en Tunja, por los días de la dictadura de Rojas Pinilla, percibí su imagen como la de un político osado y valiente, de ideas avanzadas.

Mientras muchos colombianos se deshacían en elogios hacia el nuevo régimen y gozaban de sus prebendas, él seguía firme en la oposición. Lideraba el famoso Batallón Suicida, integrado por otras 6 figuras notables de su partido. Esa actitud equivalía a un suicidio. Colosal ejemplo de carácter, coraje y dignidad.

Belisario se hizo a puro pulso. Campesino nato, salido de las breñas antioqueñas de Amagá, sus  primeros años fueron de pobreza absoluta. Con el pie al suelo asistió a la escuela pública. Luego  ingresó al seminario misional de Yarumal, de donde lo expulsaron por carecer de vocación para la vida religiosa. Mediante una beca para la gente pobre obtuvo el grado de abogado en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.

En 1945, de 22 años, se casó con Rosa Helena Álvarez. Ese mismo año inició su carrera política como diputado a la Asamblea de Antioquia. Fue el único diputado que no abandonó a Laureano Gómez como presidente constitucional. En 1950 ingresó a la Cámara de Representantes. Entre 1953 y 1957 fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente convocada por Rojas Pinilla. Carrera fulminante y admirable, producto de su aptitud y su ética en el campo de la política.

En el Frente Nacional fue ministro de Trabajo, senador y embajador ante España. En 1970 se postuló como candidato presidencial y perdió la contienda. En 1978 se enfrentó a Turbay Ayala, quien le ganó por estrecha diferencia. Y llegó el tercer intento, el de 1982, cuando  todo parecía indicar que el vencedor sería López Michelsen, que buscaba la reelección con fuerte maquinaria electoral. Pero Belisario, experto en derrotas, convenció al país de que él era la carta cabal para ese momento, y días después acarició las mieles del triunfo.

López Michelsen había puesto como símbolo de su campaña al gallo ‘colorao’, y ubicó en el otro extremo al gallo plebeyo. A la gente no le gustó la actitud arrogante de López, y la votación por el candidato de aparente minoría fue aplastante. De entrada, el día de la posesión pronunció estas palabras que se volverían la mayor enseña de su gobierno: “Ante el pueblo de Colombia levanto una alta y blanca bandera de paz: la levanto ante los oprimidos, la levanto ante los perseguidos, la levanto ante los alzados en armas, ante mis compatriotas de todos los partidos y de los de sin partido”.

Fue el gran abanderado de la paz, mucho antes que Juan Manuel Santos. Los guerrilleros acogieron la invitación a la concordia, y hubo avances significativos. Más tarde, se aprovecharon de la magnanimidad presidencial, y vino el rompimiento. La inmolación del ministro Lara Bonilla fue decisiva para que el presidente tomara medidas drásticas. Como respuesta, el M-19 se tomó el Palacio de Justicia y declaró al presidente objetivo militar. La recuperación del edificio por el Ejército implicó una dantesca operación de sangre y terror, que la Historia no podrá olvidar.

Todo fue confusión los días 6 y 7 de noviembre de 1985. Los hechos hacen pensar que en esa encrucijada hubo vacío de poder. Más tarde Belisario asumió toda la responsabilidad por lo que había sucedido y ofreció que dejaría su propio testimonio sobre la realidad, para que se conociera después de su muerte. Apenas habían pasado 6 días de sofocada la rebelión, cuando se presentó la catástrofe del Nevado del Ruiz que destruyó a Armero y dejó más de 20.000 muertos.

El 31 de marzo de 1983 un sismo había devastado la ciudad de Popayán y dejado un saldo de 300 muertos y 10.000 damnificados. Ningún otro presidente de Colombia ha afrontado tantas adversidades como las ocurridas en el gobierno de Belisario.

* * *

En agosto de 1990, 4 años después de que entregó el poder, publiqué en El Espectador el artículo titulado Presidente: ¡salve usted al poeta! Me refería a la crisis económica que atravesaba en Méjico el poeta Germán Pardo García. El recién posesionado presidente era César Gaviria, y quizás por eso el artículo no tuvo eco en su despacho. El que se apersonó de la situación fue Belisario, quien como presidente de la Casa de Poesía Silva consiguió un auxilio para el poeta en apuros.     

En un acto cultural, 2 años después, lo saludé en un grupo de amigos. Acababa yo de escribir un artículo sobre la muerte de Pablo Echeverri, mi excolega de la banca en Armenia, víctima de un infarto en una calle de París. Narraba en esa nota la maravillosa atención que María Clara Betancur, cónsul general de Colombia en aquella ciudad, había prestado a la viuda. Belisario, con gran emoción, me presentó a su esposa Rosa Helena y me manifestó que el mismo día del artículo había llamado por teléfono a su hija a contarle el reconocimiento que se le hacía por su noble acción en la columna de El Espectador. Eso era él: emotivo, sincero, deferente. Dicho en otra forma, montañero puro.

Tengo otros recuerdos gratos sobre el hijo de Amagá que la brevedad del espacio no me permite incluir aquí. Cuando supe la noticia de su muerte, sentí que se había ido un gran colombiano. Entre tantos títulos conquistados está el de evangelista de la cultura. Desde antes de morir, ya había ingresado a la galería de los hombres ilustres. Saltó de los barrizales de su tierra al palacio de los presidentes.

El Espectador, Bogotá, 22-XII-2018.
Eje 21, Manizales, 21-XII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 23-XII-2018.
Mirador del Suroeste, n.° 67, Medellín/2019.

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Magnífico artículo sobre nuestro admirado paisano. Amagá, su tierra natal, pertenece a la subregión del Suroeste Antioqueño, por lo que te pido autorización para publicarlo en la edición # 67. Considero a Belisario  el más importante personaje nacido en esta subregión. Jaime Vásquez Restrepo, fundador de la revista Mirador del Suroeste, Medellín.

Ha sido para mí el presidente más admirado, no por sus realizaciones políticas ni por su condición de gobernante, que también, sino por el talante humano y cultural que lo caracterizaba y que tanta falta le hace al político contemporáneo. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

Muy gratos los recuerdos y muy bien traído el breve, pero sentido, homenaje que en su amena prosa hace del presidente Belisario Betancur, prohombre salido de las breñas antioqueñas. Es justo y merecido el reconocimiento, pues fue un luchador denodado, un hombre sencillo y poseedor de una cultura superior. Gustavo Valencia García, Armenia.

La singular historia de Silfo Cifuentes

jueves, 15 de noviembre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace años conocí La Guajira. Desde que hice la primera parada en Riohacha, comencé a sentir el aire del desierto, la soledad y el silencio, y conforme avanzaba por las llanuras infinitas aparecía el territorio mítico narrado por Eduardo Zalamea en Cuatro años a bordo de mí mismo. Esta novela no es un simple viaje por la geografía primitiva y los ásperos caminos, sino además una excursión por los paisajes y las emociones que alimentan la fascinación. Como lo dice Zalamea, su obra es “un diario de los cinco sentidos”. Un despertar, ante la belleza, del mundo sensible que todos llevamos en el interior del alma.

Es ahora mi nieta Valeria, de cinco años, quien de manos de sus padres y bajo su propio impulso se adentró en el alma de La Guajira, más allá de lo que yo lo hice. No sé si mañana se acordará de que en Palomino conoció a Silfo Cifuentes, el hombre de ciudad que se convirtió en indígena kogui, y puso esta dedicatoria en su libro El indio interior, editado en el 2016: “Valeria, eres una niña y alma hermosa. La vida te ama. ¡Ama la vida! Ama a tu familia. Ámate a ti misma”.

Voy a contar la historia de Silfo, tomada de su propio libro y de varios registros de internet. Nació en la hacienda que tenía su padre en Palmira, y en Cali cursó sus primeras letras y obtuvo el grado de artista plástico. Luego estudió arquitectura, que no terminó. Con el paso del tiempo, se desilusionó de la sociedad civilizada y se sintió atraído por las comunidades indígenas. Para tal fin recorrió varios países de Sudamérica, y a la postre se fue en busca del pueblo kogui, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Corrían los años 70 del siglo pasado.

Ansiaba el contacto con la naturaleza, el aire puro, los ríos incontaminados, el cielo abierto, la sabiduría de los seres primitivos. Quería ser indígena, pero los koguis le negaban el acceso a su comunidad. Lo creían un aventurero, quizás un vago. Un año duró pidiendo que lo recibieran, o por lo menos le dieran la oportunidad de demostrarles su convicción. De hecho, su cruce racial venía de blanco español y americana afroindígena. Hasta que al fin, de tanto insistir, el mamo mayor autorizó su ingreso.

El primer paso fue vestir como ellos. Después aprendió a cultivar la tierra, pescar, tejer, hilar,  fabricar chinchorros y los productos autóctonos. La lengua la fue asimilando poco a poco. Al correr de los días, se familiarizaba con las costumbres y las creencias de su nueva sociedad. Mascaba la hoja de coca tostada, que da energía, y consumía los alimentos hechos con fórmulas naturistas, que protegen la salud y alargan la vida. Desencantado de su propia religión, que para él era sinónimo de inquisición y sumisión, comulgaba ahora con la espiritualidad que buscaba en otros caminos. Y la había encontrado.

Así pasaron cuarenta años. Su alma se purificó en la rusticidad de los montes y en la limpieza de las tradiciones aborígenes. “La sabiduría –dice en su libro– viene de adentro; el conocimiento y la información se adquieren, se aprenden, se reciben de afuera”. El alcohol y los vicios tóxicos los considera letales: están acabando con la humanidad. Solo los estados espirituales –afirma–  mantienen la paz del ser humano.

Silfo es un sabio, pero la gente que pasa a su lado no lo nota. He aquí algunos de los principios plasmados en su libro: “Cuando tenemos un problema emocional hay dolor, y el dolor es un crisol apto para purificar”. “La verdad ha sido perseguida, eclipsada, sacrificada por la oscuridad; este es el mejor termómetro para saber cuándo algo es verdad”. “Uno de los enemigos más esclavizantes que nos impiden ‘nacer de nuevo’ es la ignorancia”. “No podemos decir que el dinero sea bueno ni malo, depende del manejo; si lo usas como poder, te corrompe; si lo metes en tu corazón, te esclaviza”.

Silfo tuvo que descender de la Sierra Nevada cuando los grupos guerrilleros crearon inseguridad en la zona. Ahora vive en Palomino, en el hotel Playa La Roca, que construyó junto con su hija Samila y su yerno Mario. Allí lo encontraron mi nieta Valeria, sus papás y su tía Liliana, los excursionistas de esta crónica que se fueron a descubrir mundos nuevos en el remoto y embrujado mapa de La Guajira. Silfo viste el traje de los koguis y lleva, sobre todo, el alma pura que le otorgó la convivencia con la naturaleza.

Su nombre de pila es Luis Alfonso (Cifuentes), pero un compañero de estudios lo bautizó Silfo. Apelativo perfecto, ya que silfo, según los cabalistas, es un “ser fantástico o espíritu elemental del aire”.

El Espectador, Bogotá, 10-XI-2018.
Eje 21, Manizales, 9-XI-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 11-XI-2018.

Comentarios 

Muy bella la historia de Silfo Cifuentes y muy exótica, pues no espera uno que un hombre «civilizado» quiera volverse indígena. Pero estas culturas tienen su sabiduría y no están contaminadas de modernidad y por ello se hacen atrayentes. Qué bueno que la nietecita esté empezando a llenarse de » mundo». Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

El pueblo kogui es hermético, y si Silfo Cifuentes logró adentrarse, es toda una hazaña. La Guajira  no la conozco. Loretta van Iterson, Ámsterdam (ciudadana holandesa que vivió varios años en Colombia).

Bella crónica del personaje Silfo Cifuentes. Su historia es salida del aire, del espacio, de la arena y del corazón de La Guajira. Qué alegría para Valeria, quien va acumulando esta riqueza espiritual. Inés Blanco, Bogotá.

Dedicatoria a Silfo en la novela Ráfagas de silencio: “A Silfo, en su paraíso ecológico. Por allá pasó mi nieta Valeria, de 5 años, y me trajo el libro El indio interior que usted le obsequió con bella dedicatoria. Con mucho agrado lo hago partícipe de esta novela de mi autoría en la que se mueven los indígenas del Putumayo. Admiro su sabiduría, Silfo. GPE”.

La holandesa que amó a Colombia

lunes, 5 de noviembre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hay personas que en su tránsito por el mundo realizan actos destacados y estos no siempre se conocen y aprecian en su justo valor. El correr de los años trae olvido. Es el caso del personaje que hoy traigo a mi columna, cuyo nombre tal vez resulte extraño para el lector. Se trata de la ciudadana holandesa Siny van Iterson, que vivió 30 años en Colombia (1958-1988), amó a nuestro país y aquí escribió 11 de los 13 libros de cuentos enfocados sobre la población juvenil colombiana. Todos sus libros fueron escritos en idioma holandés, y varios se tradujeron al danés, alemán e inglés.

Solo uno fue traducido al español: Pulga, ayudante de camionero (1967), que fue galardonado en Holanda con el Premio de Literatura Infantil de 1968. La autora fue nominada para el Premio Hans Christian Andersen en 1972. En Holanda se le considera una de las escritoras de libros juveniles más notables en los años 60 y 70.

Otras de sus obras son Sombra sobre Chocamata, Bajo el hechizo del alcantilado del diablo, La caña de azúcar dorada (sobre el pueblo colombiano de Agua de Dios), El susto de las grandes llanuras (sobre los Llanos orientales de Colombia), El oro de los quimbayas y Los contrabandistas de Buenaventura (otros dos temas colombianos). Siny quería a nuestro país como su segunda patria y nunca dejó de pensar en él. Han pasado 30 años desde que regresó a Holanda, y es natural que por esa situación se haya evaporado su recuerdo en la Colombia actual.

Nació en Curazao, el 5 de octubre de 1919, de padres holandeses, y a los 2 años se trasladó a los Países Bajos. Se casó con Gerrit van Iterson, ingeniero de puertos y caminos. En 1958, Gerrit viajó a Colombia en unión de Siny y los tres hijos del matrimonio (el cuarto hijo lo tendrían en este país). Aquí nace la conexión de esta familia holandesa con Colombia.

Cuando en 1968 recibió Siny el premio literario otorgado por su país, uno de los asistentes que acudieron a celebrar el suceso en la casa de Teusaquillo, aristocrático barrio bogotano donde moraba la escritora, fue el prestigioso escritor Eduardo Caballero Calderón, vecino del sector. He tenido oportunidad de conocer una foto de aquella época en la que aparece Siny –mujer bella y distinguida– rodeada de libros en su biblioteca de Teusaquillo.

Ella no solo se interesó en el país, sino que aquí tuvo gratas experiencias durante los 30 años de su residencia. En viajes a los Llanos, le gustaba observar cómo se marca el ganado y se ejecutan los  oficios pecuarios. Admiraba, en compañía de su esposo y sus hijos, el proceso del arroz en la finca de unos amigos en el Meta, escuchaba los monos aulladores al amanecer, y vivía fascinada con los paisajes y las creencias de la región.

Dice su hija Loretta que los mejores años de su mamá fueron los pasados en Colombia entregada al quehacer literario. Fue justamente en Pulga, ayudante de camionero, que escribió esta dedicatoria para sus cuatro hijos: “Este libro es para ustedes, y para Colombia, el país que ustedes tuvieron el privilegio de conocer”.

Por una feliz circunstancia me relacioné con Loretta cuando vino a Colombia a presentar su libro Nidos de oropéndola, publicado en Bogotá por la editorial La Serpiente Emplumada. Esto sucedió en el año 2010. Loretta aprendió de su mamá el arte de escribir. En este precioso libro relata el viaje que efectuó con una amiga por los Andes de Colombia y Venezuela. Es viajera incansable que ha recorrido muchos países, sobre todo los suramericanos, y de preferencia el nuestro. En Bogotá adelantó los estudios primarios y secundarios, y después volvió a Holanda, donde se especializó en neuropsicología infantil. Y viaja con frecuencia a Colombia.

Por Loretta me enteré de la muerte de su mamá, ocurrida en La Haya el pasado 7 de agosto, faltándole dos meses para cumplir 99 años de edad. Esto me movió a hacer esta justa evocación sobre la ilustre escritora que por múltiples méritos podría considerarse colombiana. Desde muy corta edad, Siny se apasionó por los libros y la escritura de cuentos, y en Colombia encontró el  ambiente indicado para desarrollar su vocación. Sé que los lectores lamentarán la desaparición de esta gran amiga del país que un día pasó por el suelo colombiano y se identificó con nuestra idiosincrasia. Dejó huella, y esta no puede pasar inadvertida.

El Espectador, Bogotá, 27-X-2018.
Eje 21, Manizales, 26-X-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 28-X-2018.

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 Qué bueno que le hayas dedicado a Siny van Iterson tu magnífica columna de hoy. En mi casa, en mi familia, donde el tercer idioma es el neerlandés, conocemos su obra y sabemos de sus grandes méritos, así es que nos ha alegrado mucho ver cómo es que se le reconocen también en Colombia, tierra que tanto amó. Un abrazo sabatino desde la orilla buena del Rhin, en Colonia, cuya catedral «tiene tanto a la vez de piedra y nube». Ricardo Bada, Colonia (Alemania).

Me encantó el artículo La holandesa que amó a Colombia. Muy merecido el homenaje que usted le hace. Basta que hubiera amado a Colombia. Se percibe muy fácilmente en su escrito la sensibilidad exquisita de que era poseedora. Un ser muy especial. Diego Ramírez Lema, Manizales.

Qué buen homenaje para una persona que sin ser de acá destacó tanto a nuestro país y que con sus cuentos hizo seguramente felices a muchas personas. Increíble coincidencia la de conocer a Loretta, lo que ratifica que todo tiene su razón de ser, en especial las personas que nos acompañan en cada camino. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Buen homenaje a una extranjera que quiso a Colombia más que muchos de nosotros y no como los bandidos que tenemos que andan por el mundo acabando con nuestra imagen. vigaes1951 (correo a El Espectador).

 Gracias por tamaña evocación para tan distinguida dama holandesa-colombiana. Felicitaciones por tu magnanimidad de corazón y la manera de hacernos entender cómo es de inspiradora Colombia. Carlos Martínez Vargas, Fusagasugá.

Otro personaje desconocido por mí y que merced a un escrito tuyo puedo conocer. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Interesante historia de esta gran escritora, desconocida en nuestro país, pero que dejó gratos recuerdos a través de sus libros. Ligia González, Bogotá.

Valeria

viernes, 19 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En La Habana supimos que venía en camino. Era diciembre del 2012. Nuestro grupo familiar se había reunido en el bar restaurante La Floridita, donde Hemingway se encontraba con sus amigos alrededor de animadas copas de daiquirí. Allí se ve hoy al escritor dialogando con los visitantes en forma tan natural que parece estar de cuerpo presente. Esta ficción la transmite la soberbia escultura de José Villa Soberón. Cerca queda La Bodeguita del Medio, otro sitio muy frecuentado por Hemingway, donde las libaciones se hacían con otro licor autóctono: el mojito.

De pronto, la pareja conyugal –Gustavo Enrique y Diana– nos entregó un sobre que mostraba los visos de la Navidad que ya estaba próxima. La sorpresa fue grande al hallar en el sobre la radiografía de un ser vivo, casi invisible, que latía y se movía en el vientre materno como deseoso de salir pronto de su encierro. Sí: ella venía en camino.

La madre llevaba seis semanas de embarazo y había mantenido muy bien guardado el secreto. La noticia, por supuesto, produjo explosión de alegría, y con ella iniciamos las vacaciones en La Habana. Con Hemingway como testigo, quien desde la barra del bar nos miraba con simpatía, alzamos las copas en instantáneo brindis por la nueva vida.

Así nació Valeria en nuestros corazones. Entonces no se llamaba Valeria, pero ya tenía asignado un puesto en el mundo: sería princesa, y colibrí, y ensueño, y fantasía. Esto, de hecho, son los bebés para sus padres, sus abuelos y familiares. En las primeras seis semanas de gestación que recuerda esta crónica, Valeria era apenas un embrión, una línea en el horizonte, una figura amorfa, una ilusión. Y conforme avanzaban las semanas, se volvía carne, y brazos, y ojos, y músculos, y pulmones… Sentía, cómo no, que el corazón le crecía.

Cuando escuchamos en la Clínica del Country su primer llanto, supimos que el milagro de la vida estaba cumplido. Nada tan fantástico, tan asombroso e inexplicable como ver surgir de la nada y  el misterio a una criatura minúscula dotada de alma, cuerpo y emociones, que desde ya expresa su derecho a llorar, reír, gatear y cometer travesuras, para más tarde proclamar su libertad para pensar, obrar y amar.

Cuando Valeria sea grande y lea estas líneas, sabrá que no nació en el mejor de los mundos – porque el mundo que le toca vivir hoy en Colombia es incierto, convulso, conflictivo, lleno de violencia, injusticia, maldad, abusos contra la mujer…–, pero sí nació en un gran hogar. El hogar prima sobre la degradación social.

Por lo pronto, la vemos pasar a nuestro lado con sus correteos joviales y sus risas bulliciosas, mientras el entorno se llena de encanto y ella nos conduce de la mano a su universo mágico. Con su mirada inteligente y su astucia aguda, que contienen al mismo tiempo picardía y seriedad,  analiza con cierta curiosidad a sus abuelitos y luego se echa a reír, sin que logremos saber qué pensamientos cruzan por su mente perspicaz. Es nuestra primera nieta, y ya podemos irnos tranquilos del mundo. Sin ella, algo nos hacía falta.

Valeria en el 2024, con 10 años, entrevista a su abuelito.

Valeria tiene hoy cinco años. Algún día sabrá quién es Hemingway. El escritor fue testigo de su nacimiento en La Floridita. Allí lo encontrará con su eterna copa de daiquirí, y ella le pedirá que le enseñe a escribir cuentos.

 

 

 

 

 

El Espectador, Bogotá, 17-VIII-2018.
Eje 21, Manizales, 17-VIII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 19-VIII-2018.

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Hermosa la crónica sobre Valeria, esa Valeria linda de ahora que anunció su llegada en un momento especial en el que la familia estaba de vacaciones en Cuba.  Es bella tu familia y me da mucha alegría que así lo sea. Me emocionó mucho esa nota, es hermosa y celebra la llegada y la presencia de la dulce Valeria, llenándoles a todos el corazón. Diana López de Zumaya, Ciudad de Méjico.

Qué escrito tan hermoso. Me llegó hasta el fondo del alma. Removió todos los sentimientos tiernos que un angelito como Valeria pueda transmitir. María Susana Molano, Bogotá.

Lindo artículo. El abuelazgo es maravilloso. Augusto León Retrepo, Bogotá.

Hermosa columna plena de remembranzas. Para Valeria un saludo especial. William Piedrahíta González, Miami.

Muy agradable escrito, que también me trae gratos recuerdos con mi única nieta, que ya pasó los dieciséis años, pero la sigo queriendo como si tuviera cinco. Tulio Neira Caballero Crónica del Quindío).

Muy lindo artículo para la consentida de la familia.  Seguramente Valeria lo guardará como  un tesoro. Pedro y Ligia, Bogotá.

Me encantó la calidez de la columna. Gustavo Valencia García, Armenia. 

Los nietos nos traen un aire de renovación, de amor, de ternura.  Ahora, tengo otro nietecito de tres años, y una nena de nueve meses, que me llenan de ilusiones. La mayor ya termina su carrera, y el otro cumplió 10 años. Cada uno, con los sucesos de la edad, mantiene los días y los años con mejores perspectivas. Elvira Lozano Torres, Tunja. 

Muy bonita la remembranza que haces, en la que es palpable el cariño inmenso de ustedes dos por la nietecita. Dios la guarde y les proporcione muchas alegrías y satisfacciones. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

En Cuba llegó la noticia: un gran escritor como testigo y el brindis por la vida. Todo se conjugó para que sus vacaciones trajeran a Colombia el aliento de una bella niña para guiar y seguir sus pasos en el más entrañable amor. Es una maravilla compartir con los nietos, son seres que uno como abuelo cree que han venido de otro mundo, que son únicos, inmejorables. Esa prolongación de la sangre es muy fuerte. El regocijo de verlos crecer, de saberlos ajenos y propios hacen las delicias  para los abuelos que, como dices, ya podemos irnos en paz, envueltos en la magia de la risa, en la mirada de esos pequeños seres que un día serán grandes para saber del mundo, de las letras, del arte… Inés Blanco (poetisa), Bogotá.