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Honor a César Hoyos Salazar

miércoles, 28 de octubre de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Corría el año 1969. Han pasado 51 años desde el día que llegué a Armenia y conocí a César Hoyos Salazar como secretario de Gobierno del municipio. Había terminado en la Universidad Nacional sus estudios en Derecho y Ciencias Políticas, y le faltaba obtener el grado al interponerse su compromiso con el alcalde de la ciudad, quien lo motivó para que le prestara ese servicio a su tierra.

No era usual que un joven de 23 años ocupara la segunda posición del municipio, hecho que demuestra la competencia que ya era evidente en su personalidad. Lo recuerdo como persona afable y caballerosa y que además poseía fino sentido del humor. La faceta del humor la exhibía en reunión de amigos con unas cuantas actuaciones jocosas que nos hacían desternillar de la risa, entre ellas la genial imitación del famoso culebrero de las plazas de mercado.

En 1970 se fue para Bogotá a preparar la tesis. Yo le había propuesto que una vez obtenido el título fuera el abogado del banco. En 1971, en viaje que hice a Bogotá, lo encontré de repente en una oficina de correos en la que iba a franquear un paquete de sobres: era la participación a familiares y amigos de su título profesional. Buscó mi sobre y lo puso en mis propias manos. Allí mismo cerramos el proyecto de su ingreso al banco, y de esta manera conté con su valioso concurso en los cobros por la vía judicial.

Bien pronto comenzó a sobresalir en diversas actividades. Fue director de Fenalco y Comfenalco, profesor de la Universidad del Quindío y de La Gran Colombia y decano de la facultad de Derecho de esta última. Cuando me ausenté de Armenia en 1983, era el jurista más prestigioso de la ciudad.

Fue alcalde de Armenia en 1990, posición en la que ejerció una tarea ejemplar, tanto en el manejo económico como en la moralidad pública. Para la primera diligencia que realizó en Bogotá le fue girado el cheque por los gastos de representación, y a su regreso presentó los comprobantes por lo que en realidad había gastado, y el resto lo reintegró a la tesorería municipal. Hecho insólito y único en el país, que hizo resaltar el espíritu moralista con que manejaría su administración.

Cuando su secretario de Obras Públicas provocó un escándalo al llevarse las volquetas del municipio para una construcción particular, y por ese hecho presentó renuncia del cargo, en lugar de aceptársela, como suele ocurrir, lo destituyó en forma fulminante.

En Bogotá desempeñó el cargo de director jurídico de la Federación Nacional de Cafeteros. Luego llegó al Consejo de Estado, y al poco tiempo ocupó la presidencia de la Sala de Consulta. Y más tarde, la presidencia de la corporación. En suma, una carrera en constante ascenso, guiada por el estudio y el trabajo, la moral, la ética y la eficiencia. Ya en la vida privada, fue árbitro de la Cámara de Comercio de Bogotá durante 10 años. A su regreso al Quindío se dedicó a escribir una serie de reseñas biográficas de gente importante de la región, las que merecen editarse en un libro auspiciado, ojalá, por el municipio u otra entidad.

Como reconocimiento a su vida ejemplar y productiva acaba de serle otorgado el Cordón de los Fundadores, la máxima presea regional con que se exalta el mérito de quienes contribuyen al progreso de la ciudad. Aplaudimos esta justa decisión.

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El Espectador, Bogotá, 24-X-2020.
Eje 21, Manizales, 23-X-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 25-X-2020.

Comentarios 

Quiero decirte que has hecho una formidable semblanza de César, incluso con datos que desconocía. Hace poco, por la radio, me preguntaron acerca de él a propósito de la condecoración, y dije: «Basta contar un breve episodio de su vida y lo demás es una deducción de la audiencia», y narré el caso de la devolución de los viáticos que confirmas en esta columna. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Bella nota sobre el eximio amigo común César Hoyos Salazar, un señor de los pocos que aún existen. Gabriel Echeverri González, Armenia.

Excelente y muy justiciera nota con un noble y grande amigo. Alpher Rojas, Bogotá.

Un ser humano de tan elevadas cualidades es digno de exaltación. Personas de ese talante, hoy por hoy, ni mandadas a hacer. Inés Blanco, Bogotá.

El drama del jardín quindiano

jueves, 23 de julio de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

El Quindío todo es un jardín. La presencia de las flores viene desde tiempos remotos y  continúa en las delicadas manos femeninas que las consienten como una insignia de la región. Así, surgieron clubes de jardinería en los municipios empeñados en hacer de ellas un encanto de los paisajes y un embeleso de la vida. Recuerdo en Armenia la famosa floristería Ardeflor, de Argelia Palacio, quien con su talento artístico y su donaire femenino hizo sobresalir su nombre en la ciudad.

Testimonio de esta tradición es el Jardín Botánico del Quindío, creado en 1979 por el exalcalde de Armenia Alberto Gómez Mejía y abierto al público en diciembre del 2000. Aparte de ser el jardín más importante de la región, es uno de los principales de Colombia. Además, Gómez Mejía preside desde 1996 la Red Nacional de Jardines.

Antes de propagarse el coronavirus, el jardín era visitado por un promedio de 5.000 personas cada mes. Esto permitía atender la nómina de 31 empleados y los otros gastos, con un costo entre 35 y 40 millones de pesos. Desde que irrumpió la pandemia, nadie visita las instalaciones y todos los ingresos se derrumbaron, ya que no recibe ningún patrocinio oficial o privado.

Frente a este panorama desolador, Gómez Mejía eleva su voz de alarma para mostrar la dramática realidad y pedir ayuda para que no naufrague el barco. Ha tocado en muchas puertas. Acudió a los bancos, y como no existe flujo de dinero, la respuesta ha sido negativa. Así son los bancos. Ante el apremio que no da espera, se vio precisado a utilizar en Calarcá el crédito extrabancario.

En síntesis, una cadena de adversidades. Pero él no pierde la esperanza de encontrar  los caminos salvadores. Con el optimismo que lo anima –y le aplaudimos como ejemplo edificante para los colombianos en estos días de borrasca–, lucha como un titán para no despedir a ningún empleado. “Toda la gente del jardín –dice– está trabajando con emoción y pasión para que salgamos adelante”.

Para atenuar el problema, pide que le ayuden a vender 70.000 árboles de 37 especies nativas que están listos para la venta. Sus precios van de $ 5.000 a $ 200.000. Además, busca vender miel de las 200.000 abejas que viven en 4 colmenas. Y solicita donaciones a través de las cuentas de Bancolombia y Banco Agrario, información que está en la página web de la entidad. Los quindianos, que poseen espíritu generoso y altruista, saldrán, sin duda, en defensa de su jardín maravilloso, admirado por miles de turistas nacionales y extranjeros.

Me viene a la mente el Monumento al Esfuerzo, levantado por Rodrigo Arenas Betancourt en la plaza principal de Armenia. Ese esfuerzo legendario representa el empuje quindiano que ha hecho posibles hechos sorprendentes como la creación del departamento y la reconstrucción de Armenia después del terremoto de 1999.

Sobre este luchador incansable de la ecología que es Gómez Mejía, manifiesta César Hoyos Salazar, exalcalde de Armenia y expresidente del Consejo de Estado: “Al frente de su jardín botánico y su mariposario, el Quindío tiene un señor líder, hombre brillante, emprendedor y pulcro”. Y el exministro y exgobernador del Quindío Diego Moreno Jaramillo afirma que es una de las figuras más destacadas de la región en todos los tiempos. El reto actual es salvar esta obra emblemática convertida en un canto a la naturaleza.

El Espectador, Bogotá, 18-VII-2020.
Eje 21, Manizales, 17-VII-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 19-VII-2020.

Comentarios

Lamentable la situación del Jardín Botánico del Quindío. Es de esperarse el respaldo de los quindianos para salvar esta joya de su departamento y a sus colaboradores. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

La Academia de Historia del Quindío avala esta solicitud de replicar la cuenta del Jardín Botánico a la colonia quindiana en Bogotá, una maravillosa iniciativa del escritor Gustavo Páez que debe respaldarse con entusiasmo y patriotismo para ayudar económicamente a esta entidad emblemática de nuestro departamento. Jaime Lopera, presidente

Ha sido publicada en nuestra página web una nota especial con el fin de promover y apoyar las donaciones con destino al Jardín Botánico del Quindío. Agradecemos su especial interés en el tema y el habernos contactado. Isabel Patricia Orozco Orozco, directora de la Casa Delegada del Quindío en Bogotá.

Quedé emocionado y conmovido por este artículo maravilloso. Te lo quiero agradecer de corazón, porque, además, tu generosidad desborda mis méritos reales. Alberto Gómez Mejía.

El periodista mágico

martes, 12 de mayo de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A Guillermo “el Mago” Dávila lo conocí en el funeral de Ignacio Ramírez Pinzón (diciembre de 2007). Pero ya lo conocía por referencias. En noviembre de 2007 fue editada en Bogotá la novela En tierra derecha, cuyos autores son Alfredo Arango y “el Mago” Dávila. Resulta curioso el título de Dávila como novelista, pues fue un oficio que nunca ejerció; debe pensarse que ese hecho se debe a su poder de mago, que siempre practicó.

La historia como novelista se inicia en una comida que mi prima Colombia Páez, residente en Miami, ofreció a Dávila durante su paso por la ciudad. Con él había compartido en Bogotá, años atrás, las lides del periodismo. Luego, mi prima se casó con Alfredo Arango, abogado, profesor, escritor y periodista, y se fueron a vivir a Estados Unidos.

En la comida de Miami salió a colación el oficio de comentarista de hípica que Dávila había cumplido durante varios años. Fuera de dirigir varias revistas de carreras, había sido jefe de prensa del Hipódromo de Techo, obra fundada en 1954 y que se convirtió en una leyenda hasta 1982, cuando fue clausurada. Al conocer Alfredo Arango la noticia, le propuso que escribieran entre ambos la historia del hipódromo, proyecto que le daba vueltas en la cabeza desde mucho tiempo atrás.

La idea no era fácil de realizar por carecer Dávila de suficiente información para ese efecto. Surgió, en cambio, otra propuesta de Arango: que escribieran una novela sobre las carreras de caballos aprovechando los datos que poseía el curtido periodista. Pero este adujo que, por no ser novelista sino periodista y cronista, debían desistir de esa posibilidad.

Sin embargo, Arango no se dio por vencido: le sugirió que desempolvara esas páginas añejas, las seleccionara y se las remitiera por internet, a fin de que él, como escritor que era, pudiera forjar la novela. Y así se hizo. Durante varios meses tuvieron continuo contacto por correo electrónico, gracias al cual el escritor de Miami le planteaba al periodista de Bogotá las dudas que le surgían al leer esos textos, dudas que Dávila no solo le resolvía, sino que aportaba su propia imaginación para darle mayor vivacidad al relato.

Así nació la criatura. Fue bautizada con el nombre de En tierra derecha, un nombre muy propio de la hípica. En esta novela se pinta con propiedad la atmósfera del dinero que agita la vida de los hipódromos donde todo el mundo va a ganar, por supuesto, pero ignora el ambiente turbio de intrigas, corrupción, maniobras y trampas que puede desviar el juego legítimo. Novela de pasión amorosa, de suspenso, de historias subterráneas muy bien urdidas por el par de autores cuyo mérito en la obra puede asignarse por partes iguales.

Ahora, frente a la noticia de su deceso a los 90 años de edad me digo que todo lo que “el Mago” deseaba en la vida lo cumplió a cabalidad. Fue socio de Gabriel García Márquez en el periódico Comprimido, el más pequeño del mundo, y que en sus seis días de existencia se volvió el precursor del realismo mágico. Fue linotipista, periodista, cronista de hípica,  relacionista, fundador de la Asociación Colombiana de Magos… Le faltaba ser novelista, y lo fue.

Una vez tuvo un cáncer, y lo derrotó con magia. Utilizó el poder de la mente, y jugó con los dados ganadores. Decía: “Yo le voy a ganar a esa enfermedad, yo no tengo nada, yo no tengo nada, saldré adelante”. De esta manera amplió el calendario para seguir disfrutando de la vida.

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El Espectador, Bogotá, 9-V-2020.
Eje 21, Manizales, 8-V-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 10-V-2020.
Aristos Internacional, n.° 34, Alicante (España), agosto/2020. 

Comentarios 

Excelente remembranza. La he leído con  especial atención. Hay que resaltar el estilo impecable del buen biógrafo. Alpher Rojas, Bogotá.

Resulta muy interesante conocer a estos personajes que de alguna manera han dejado una bonita historia en algunos de los campos del arte y el deporte, extinto en este caso, de las carreras de caballos. Y, cosa curiosa en el “Mago”, fundador del grupo de magia. Inés Blanco, Bogotá.

Debe ser una interesante novela pues en ese mundillo de la hípica –como en todos los que mueven dinero– hay mucha «mafia» y el lucro principal es para los que por su conocimiento del medio pueden organizar sus torcidos intereses para beneficio personal. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

 

Pies descalzos

martes, 3 de marzo de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

En el libro Mi Marulanda inolvidable, de Josué López Jaramillo, me llamó la atención el óleo entronizado en el salón del concejo, obra que muestra la figura del general Cosme Marulanda, fundador del pueblo en 1877. Por supuesto, bien podemos imaginarnos a este general de las guerras del siglo XIX –que se ganó un puesto eminente en la historia– enmarcado en aureola marcial. Pero no: quien aparece en la pintura es un hombre sencillo, abrigado con gruesa ruana debido al clima glacial de la población y con los pies descalzos.

Ahondando en este caso insólito, vine a saber que el general se destacó por su espíritu cívico y su calor humano. Cumplía las funciones de la guerra como un deber patriótico. Con su vestimenta buscaba no diferenciarse de los trabajadores. Por eso, llevaba los pies descalzos, hábito que era distintivo de la época, y que él practicaba como signo de humildad. No le fastidiaba que lo llamaran “el general descalzo”, y además se sentía contento con el trato afectuoso de “don Cosmito” que le prodigaban los vecinos.

Veinte años después de leer el libro de Josué López, me encontré con un caso similar en la novela Guayacanal, de William Ospina. En la portada están los bisabuelos del escritor, Benedicto y Rafaela, con apariencia ceremoniosa: ella, toda vestida de negro, incluyendo los zapatos, y en la mano, una cartera muy femenina como exhibición de atuendo;  y él, con vestido de paño oscuro, mostacho categórico –que podría significar el don de mando de aquella época machista–, sombrero inglés y… los pies descalzos.

En tiempos remotos y en algunos sitios del país, sobre todo los rurales, los zapatos eran casi inexistentes. Los pies se endurecían en su contacto con la tierra, y casi no se sufrían las asperezas del camino. Las alpargatas solo se usaban para ir al pueblo, sobre todo a la misa del domingo. En esa forma se desempeñó la numerosa prole que tuvieron los padres de Belisario Betancur. Quien rompió la norma fue Belisario, cuando se fue a estudiar al seminario de Yarumal con la ayuda de su tío sacerdote.

Hay otros escenarios en los que la situación comentada entraña especiales significados.

Está el de los carmelitas descalzos, caracterizados por la pobreza y la modestia, quienes al principio andaban sin calzado, luego lo hacían en alpargatas de esparto, y ahora usan sandalias de cuero cerradas en los talones. Los apóstoles de Cristo eran humildes pescadores que recorrían las riberas de los ríos a pie limpio, en busca de la pesca para asegurar la subsistencia. Los fieles musulmanes se quitan los zapatos antes de entrar a las mezquitas. Entre nosotros, existe la Fundación Pies Descalzos, creada por Shakira en 1997 para amparar a los niños pobres y víctimas de la violencia.

En crónica de Juan Gossaín aparecida hace poco en El Tiempo, acerca de varias cartas escritas por García Márquez a la edad de veinte años, salió una foto que encaja muy bien en el tono de esta nota: la del escritor de Macondo sentado frente a un escritorio   en actitud de lectura o de escritura y con los pies descalzos. A su lado se aprecian unos zapatos con visible deterioro. Le pregunté a Juan Gossaín si conocía el momento en que se había tomado dicha foto, y él me respondió: “Si mal no recuerdo, es de por allá a comienzos de los años 60, cuando vivía en un humilde hotelito de París, pasando necesidades, y empezaba a escribir El coronel no tiene quien le escriba”. 

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El Espectador, Bogotá, 29-II-2020.
Eje 21, Manizales, 28-II-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 1-III-2010.

Comentarios 

Encantador artículo. Es muy fácil imaginar el ambiente y la belleza del lugar y sus personajes. José Arcesio Escobar Escobar, carmelita descalzo, Villa de Leiva.

Muy curioso el tema de esta nota. Nunca me imaginé que un general pudiera aparecer descalzo en una pintura y mucho menos que en  una fotografía ceremoniosa, como la de los bisabuelos de William Ospina, apareciera el señor descalzo al lado de su esposa ataviada formalmente. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Los «pies descalzos» fueron una constante. En mi libro Las trochas de la memoria hay una foto de mi familia materna, en la que están todos los muchachos a pie limpio. Enrique Mejía, mi tío, que era tan gracioso como exagerado, cuando cumplió 80 años, en una entrevista que le hicimos, decía que los primeros zapatos que tuvo eran 42 y que ya estaba calzando 38. Los pies ya se habían recogido. José Jaramillo Mejía, Manizales.

Leí con placer e interés tu columna. También la novela de William Ospina, y vi las fotografías muy antiguas que dan soporte a la historia. Era la usanza de esas épocas y tal como lo mencionas, los pies no se resentían por el rudo contacto con los caminos. Inés Blanco, Bogotá.

Los pies y el contacto con la tierra recargan el espíritu. Me gusta hacerlo en la finca de Villa de Leiva, y lo hacía más seguido cuando estaba en el tratamiento de mi enfermedad: estoy segura de que esto también me ayudó mucho. Liliana Páez Silva, Bogotá.

¡Qué página tan bella! Un ejemplo para resaltar es la humildad del general Cosme Marulanda. Cierras muy bien tu crónica al mencionar la carátula de la magnífica novela de William Ospina. Definitivamente quienes asumieron el reto de la colonización tenían por escudo el compromiso y la fe. Esperanza Jaramillo, Armenia.

Me encantó tu artículo. Tu cuidado y elegancia al escribir hace que tus lectores disfrutemos periódicamente tus columnas. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

Años atrás vino un famoso historiador a entrevistarse conmigo y, al entrar a mi apartamento, se quitó los zapatos. Yo lo miré con cierta sorpresa, y él me explicó que esa era una tradición suya. Y seguimos a la sala. Gustavo Páez Escobar.

La Ñata Tulia

martes, 21 de enero de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Muchas veces oí hablar de la Ñata Tulia durante los años que residí en el Quindío. Las pícaras lenguas me contaban bellezas sobre esta atractiva mujer que causaba impacto en Armenia, donde apareció como diva del sexo que alborotaba con sus hechizos la vida local. Hombres notables frecuentaban su casa de citas en el sector de Arenales. La Ñata Tulia –Tulia Rendón Guzmán– nació en Armenia en 1925 y se convertiría en un ícono de la ciudad.

Todo el mundo tenía que ver con ella, bien por gozar de sus favores, o bien porque su nombradía llegaba a todas partes. Esto llevó al ingeniero y poeta humorista Alberto Gutiérrez Jaramillo, alcalde de Armenia, a escribirle un picante soneto que así empieza: “Era la Ñata Tulia un monumento / sin pedestal en mi ciudad, rescoldo / de un juego juvenil, vaso sin fondo, / lista al amor para cualquier momento”. Y así termina: “Todo Armenia recuerda su dulzura, / puesto que su portal lo traspasaban / ¡el notario, el alcalde y hasta el cura!”.

César Hoyos Salazar, que fue secretario de Gobierno en la alcaldía del poeta Gutiérrez,  y llegaría a ser alcalde de Armenia y presidente del Consejo de Estado, comenta que como funcionario municipal firmaba frecuentes licencias de funcionamiento a bares, almacenes, ferreterías, etcétera, y no recordaba haber dado ninguna a prostíbulos o burdeles o mancebías o lupanares.

Le planteó esta inquietud a su secretaria, quien le explicó que su antecesor había hecho cambiar, por pudor, estos nombres por el de “coreográficos” para los establecimientos donde se ejercía la profesión más antigua del mundo. La Ñata figuró en aquella ocasión como dueña, no de un burdel, sino de una coreografía: “un conjunto de pasos y figuras de un espectáculo de danza o baile”, como lo define el diccionario.

Cuando en Armenia me hablaban de la Ñata Tulia, supuse que era un personaje del pasado que había fallecido mucho tiempo atrás. Ahora vengo a saber que su deceso ocurrió el pasado 2 de octubre, a la edad de 94 años. Hacía mucho tiempo se había jubilado y ya no ejercía la profesión, pero no faltaban quienes solicitaban con sigilo sus servicios, y ella se los negaba. Al periodista Miguel Ángel Rojas le contó que se había dedicado a ahorrar dinero durante varios años, y cuando reunió buen capital compró una casa y se fue a vivir con su mamá y sus sobrinos, alejada del mundanal ruido (léase “burdel”).

No conocí a la Ñata Tulia, pero las referencias recibidas sobre ella me sirvieron para hacer un símil suyo en La noche de Zamira (1998), novela que dibuja la prostitución vivida en los tiempos de cosecha. Allí le di el nombre de Diosa, y la atmósfera lujuriosa está plasmada en los capítulos Todos llevan máscaras y La noche demencial. 

Óscar Domínguez escribió en la revista Malpensante, de julio de 2016, una semblanza sobre Marta Pintuco –María Teresa Pineda–, famosa mujer de la vida alborotada del Medellín de antaño. Considero, y motivos tengo, que Jaime Sanín Echeverri tomó a Marta Pintuco como modelo para personificar a Helena Restrepo en la novela Una mujer de cuatro en conducta (1948).

La historia universal es rica en estas mujeres emblemáticas. Ellas representan el arte amatorio de todos los tiempos. Recordemos a las célebres cocottes de la época de Proust, y a Blanca Barón, en el gobierno de Valencia. Lleras Restrepo es autor de un delicioso libro: De ciertas damas (Mesalina, Lucrecia Borja, Clareta, La bella Otero, y cinco más). Todas, reinas y cortesanas, grandes damas y prostitutas, encarnan el mito femenino. No faltará alguien en la Armenia de hoy a quien se le ocurra levantarle el busto a la Ñata Tulia en el ya decaído –como ella– sector de Arenales.

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El Espectador, Bogotá, 18-I-2020.
Eje 21, Manizales, 17-I-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 19-I-2020.
Aristos Internacional, n.° 33, Alicante (España), julio/2020.

Comentarios

Fenomenal el contexto histórico donde elevaste el busto caído. Quedé absolutamente convencido de que jamás traspasaste el portal de la Rendón Guzmán. Cuando me regalaste la novela, allí pude identificar a varios personajes amigos de Armenia, entre ellos la Ñata. Óscar Jiménez Leal, Bogotá. (Respuesta: yo no traspasé su portal, pero ella sí traspasó el portal de La noche de Zamira y se volvió personaje de novela. GPE).

A medida que avanzaba en la lectura del artículo esperaba que el autor iba a confesar que había caído en la tentación de visitar la “coreografía”, pero sentí un fresco cuando me encontré con la frase salvadora: “No conocí a la Ñata Tulia”. Eduardo Lozano Torres, Bogotá. (Respuesta: el don portentoso de la escritura le permite al novelista penetrar con la imaginación hasta en los lugares más ocultos. GPE).

No se te ocurra proponer levantarle un busto a quien de hecho lo tenía enhiesto desde jovencita como emprendedora de lupanares que era (¡no en vano Leonisa nació aquí!). Jaime Lopera (Armenia).

Muy merecido el reconocimiento para quien desempeñó un oficio tan difícil. El más difícil de todos. Esperanza Jaramillo, Armenia.

La Ñata Tulia me hizo recordar a Anita la Chiquita, personaje con una trayectoria de vida muy similar en Chinchiná, Caldas. ¿Cómo hago para obtener La Noche de Zamira que quiero leer puesto que me evoca mi nacimiento y juventud en el recordado Eje Cafetero? Rodrigo López, Montería. (Respuesta: lamentablemente, esta obra, publicada hace veintiún años, está agotada. GPE).

En Marulanda, mi pueblo, ese personaje se llamaba la Ñata Quintero. Su centro de operaciones era El Portal, y en su numerosa prole hubo alcaldes y gobernador. Josué López Jaramillo, Bogotá.

En mi novela San Rafael de los Vientos hablo de la Mona Miriam, una mujer que llegó a la zona de tolerancia de Aranzazu en los años setenta y dejó honda huella por sus atributos físicos. José Miguel Alzate, Manizales.

Gracias por el crédito que me das con Marta Pintuco a quien tampoco conocí. Tampoco sé si la yarumaleña está viva. Serían de la misma edad. Óscar Domínguez, Bogotá.

Cierto: el libro De ciertas damas es una delicia. Estas historias son amables, despiertan curiosidad y suceden en cada pueblo, ciudad y país del mundo. Inés Blanco, Bogotá.

También podrían escribirse las miles de historias de hogares destruidos gracias al matronato de la madame que abrió las puertas de la desintegración moral del Quindío. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Innegable personaje de la ciudad. Yo la conocí, porque viví en Armenia en la época en que ella salía en un taxi, por el centro de la ciudad, a mostrar las nuevas adquisiciones de su casa de citas. Nunca visité su casa. Josué Carrillo, Armenia.

Creo que ningún varón en “edad de merecer” que haya vivido en Armenia en los años cincuenta y sesenta, época del mayor esplendor de su famoso burdel, diga que nunca estuvo allí, pues si lo hace está mintiendo. La “ñata” recorría varias ciudades, especialmente Cúcuta, para proveerse de hermosas chicas, las cuales paseaba en automóviles de Tax Páramo por los principales sitios de la ciudad, donde sabía se encontraba o acudía la juventud de la clase alta y media de la época: alrededores del Club América, la Fuente El Prado, etc. Era muy común encontrar allí, cuando los jóvenes nos dábamos nuestras escapaditas, gente encumbrada de la época (los riquitos de entonces), quienes después de sus traguitos en el América o Campestre acudían allí para, en medio de ese ambiente de “amor”, suplir sus falencias amatorias. Definitivamente fue un personaje de la época. Muy buen artículo sobre una persona que marcó una época, así muchos camanduleros, hipócritamente, se escandalicen. William Piedrahíta González, Miami.