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Archivo para domingo, 22 de diciembre de 2013

Un hueco en el camino

domingo, 22 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Michel Dayana Barrera, de dos años de edad, caminaba con su madre por una calle del centro de Bogotá, de pronto vio una paloma y se fue detrás de ella. La paloma de la dulzura. Se me ocurre pensar que esa era la paloma de la paz, que se le aparecía a la pequeña con un mensaje de bienandanza para Colombia, que tanto necesitamos en estos momentos de confusión, de violencia, ira y rencor.

Pero no. Era la paloma de la fatalidad. Un hueco se abrió en el camino, y por allí se fue el cuerpo frágil de Michel Dayana, ante la mirada de terror de su madre. Se trataba de una alcantarilla a la que el abominable vandalismo le había robado la tapa para venderla, por unos pocos pesos, a las mafias de reducidores que hacen de las suyas bajo el amparo de la impunidad.

¿Cuánto tiempo llevaba sin tapa aquella alcantarilla que en minutos segó la vida de este ángel inocente que, pretendiendo alcanzar a la paloma –como se va detrás de  una ilusión–, se encontró con la muerte en la corriente subterránea del río San Francisco? Varios días, se supone. Nadie lo sabe, y esto ya no le importa a la gente, ni impresiona a las autoridades, pues innumerables sitios de la ciudad permanecen en el mismo estado, por días y días. Lo común es ver las alcantarillas abiertas que destrozan a los vehículos y atrapan a las personas. Faltaba que muriera una niña.

Cambiar las tapas se volvió asunto de rutina. Tan rutinario, que la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá tiene abierto en su presupuesto un rubro crecido para atender este latrocinio habitual, de todos los días y todas las horas. En Bogotá desaparecen cinco tapas diarias en promedio. En lo corrido del año van 1.400 tapas, cuya reposición tiene un costo de 500 millones de pesos.

Cuantas veces se aborda este tema, se dice que reprimir el robo es muy difícil. Es increíble que en tantos años de vigencia de este crimen callejero no se haya buscado el medio efectivo para ponerle coto a la situación. Medellín sí lo hizo. Allí no se ven alcantarillas abiertas y tampoco un hueco en el pavimento. ¿Por qué lo logra la capital antioqueña, mientras la capital del país vive con los brazos atados? Si las tapas terminan en manos de los reducidores, ¿por qué nunca se ha sabido de un golpe certero a estas bandas?

La respuesta es obvia: lo que falta en la capital del país es eficiencia administrativa. Falta mayor acción policial para descubrir y castigar a los traficantes de este mercado monstruoso. Bogotá es un hueco. No se trata solo de las tapas que desaparecen todos los días, sino de los cráteres de la malla vial que hacen insufrible la vida capitalina. Este hueco, este vacío de autoridad, es el que permite las alcantarillas abiertas y tiene destrozada a la ciudad.

El fenómeno de las tapas es nacional. Otras ciudades, como Ibagué, Bucaramanga, Pereira y Cali, sufren el mismo lastre. La consigna, ante el drama desgarrador de Michel Dayana, debe consistir en desplegar una batalla vigorosa contra los reducidores. Pero que esto no suceda solo porque el país ha levantado su voz de alarma y de rechazo ante la ineficiencia, sino porque eso es lo que corresponde hacer dentro del sano ejercicio de la autoridad.

El Espectador, Bogotá, 25-X_2013.
Eje 21, Manizales, 25-X-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 26-X-2013.

* * *

Comentarios:

Sin duda es un problema de negligencia administrativa, de falta de autoridad y de voluntad, para erradicar esta vergüenza; una más de esta sociedad pasiva e indolente. Gustavo Valencia, Armenia.

 ¡Qué artículo tan acertado! A aquellos que roban y a quienes compran debería acusárseles de homicidio deliberado, o como se le llame en la jerga judicial. Y sin contemplaciones. Pero plantear esto parece cosa de locos en medio de ese inconmensurable hueco de inmoralidad en que se convirtió el Estado colombiano, en todas sus instituciones. Colombia es un hueco sin fondo, y su justicia un hazmerreír que se hace sentir solo para los de ruana. Jorge Mora Forero, colombiano residente en Weston (USA).

No es entendible que los entes encargados, Policía, servicios secretos, juzgados, alcaldías menores y ciudadanía en general se hagan los de la vista gorda con los ladrones y bribonzuelos. Un ejemplo: ¿será que no se han enterado de que en los Barrios Unidos, en el centro y en el Barrio Restrepo hay cuadras completas en las que se expenden autopartes de carros robados? Si hasta se ven a los patrulleros de la Policía conversando alegremente con esos “comerciantes”. En la llamada “Playa” de las Calle 6ª –centro–, a cuatro cuadras de la Estación Sexta de Policía, se ven nubes de vendedores ofreciendo la “merca”. ¿Qué pasará? flecha veloz 1943 (correo a El Espectador).

Los reducidores son quienes tienen la mayor culpa. A quien sea detectado comprando este material y los cables que contienen cobre deben cerrarles inmediatamente sus negocios por atentar contra la sociedad. No debe haber ninguna excusa ni dilación en tomar dicha medida.

luisfernagui@live.com.mx (correo a La Crónica del Quindío).

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La fulgurante Rosa Montero

domingo, 22 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

A la escritora y periodista española Rosa Montero (Madrid, 1951) la conocí por La loca de la casa (Alfaguara, 2003). Es libro alucinante que se mueve entre la novela, el ensayo y la autobiografía y representa un manual para el arte de escribir. Al mismo tiempo que deleita, le enseña al escritor normas valiosas para su oficio.

Leo ahora este nuevo libro suyo, tan fascinante como el anterior: La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral, 2013). Como él, es obra que no puede situarse en un género preciso, y de hecho posee los mismos ingredientes que se hallan en el título atrás citado. En este lapso de diez años no son muchos los libros que ha escrito Rosa Montero, y así practica una de las reglas que pregona: que al escritor no le conviene crecer demasiado y debe preocuparse más por la calidad que por la cantidad si aspira a conquistar el favor del lector. Al público no hay que fatigarlo.

Ella gasta entre tres y cuatro años en la redacción de la nueva novela y solo la entrega al público cuando está convencida de que ha sabido emplear todos los recursos de la buena escritura. De lo contrario, vuelve a comenzar. “El buen artista –dice– sólo sabe escribir bien, de la misma manera que el malo sólo es capaz de escribir mal”. De este modo, sigue las reglas de Flaubert, cuya obra trasciende –siglo y medio después de su tiempo– por la brevedad, la concisión, el rigor y la elocuencia de su contenido.

En las 237 páginas de La ridícula idea de no volver a verte, que he leído de un tirón y con absoluto placer, establezco dos factores primordiales de la existencia: el amor y la muerte. Son ellos los que configuran el tránsito del hombre sobre el planeta. El amor concluye en la muerte, es una verdad inexorable. Sin amor no tendría sentido la vida. La propia muerte en un acto de amor.

La escritora describe en prosa tersa e impactante la vida de Marie Curie, laureada dos veces con el Premio Nóbel, en Física y Química, y se siente deslumbrada por la personalidad de esta mujer admirable que, contra múltiples obstáculos, no solo desarrolla los avances de su ciencia, sino que se defiende como mujer en aquel mundo dominado por el predominio machista de sus días.

Marie Curie va de la mano de su marido Pierre Curie. Con él obtiene el Nóbel en Física. La pareja protagoniza un caso excepcional de consagración al estudio, de convivencia ejemplar, de desafío y superación del medio estrecho en que deben cumplir sus investigaciones y subsistir al mismo tiempo. Cuando fallece el esposo, Marie se siente desolada. Su terrible viudez se hunde en la soledad más pavorosa. Más tarde le aparece un amor súbito, un compañero de ruta, y ella vuelve a vivir. Está en su derecho. Pero la rigurosa y mojigata sociedad de la época la condena y la maltrata por ser él hombre casado, en plan de separación.

Un día Rosa Montero descubre el breve y estremecedor diario escrito por Marie Curie en su primer año de viudez. Y se siente sobrecogida. Es un diario movido por el dolor, el desamparo y el recuerdo de su esposo, hechos que la mueven a trabajar la imagen del amor y la muerte, que es la vértebra de su nuevo libro.

También Rosa Montero ha tenido su propia tragedia al perder a su compañero de 21 años de convivencia. Esto le ha truncado la vida, lo mismo que le sucedió a Marie Curie. Son dos casos paralelos que unen a estas mujeres que se encuentran en la distancia del tiempo, y que la española solo menciona en forma incidental, sin darle mayor realce a su propio dolor, pero que de todas maneras establecen un destino común entre ambas. El amor y el dolor –como la muerte– son los compañeros más seguros en el recorrido del hombre sobre la tierra.

El Espectador, Bogotá, 18-X-2013.
Eje 21, Manizales, 18-X-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 19-X-2013.

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Comentarios:

Carmen Sotomayor, colega española de mi Universidad, ha escrito mucho sobre Rosa Montero. La he leído varias veces a través de El País. A ella he trasladado tu artículo, y sé que le encantará leerlo. Ramiro Lagos, Greensboro (USA).

El libro Historias de mujeres, de Rosa Montero, es bellísimo. Muy concreta tu referencia sobre la escritora, donde destacas sus méritos esenciales. Hay que leer esta nueva obra. Esperanza Jaramillo, Armenia.

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Cartas de amor

domingo, 22 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Bajo la dirección de los hermanos Alberto y Lucía Donadío –propietaria en Medellín de Sílaba Editores–, se publicó en dicha editorial el libro que lleva por título Me he traído tu alma. Se trata del epistolario amoroso de Alejandro Galvis Galvis con su novia, y luego su esposa, Alicia Ramírez Nava, que ella guardaba en el cofre secreto que por casualidad fue encontrado por sus hijas Hortensia y Silvia durante los días en que la destinataria de las cartas estaba muy enferma (moriría en octubre de 2008, a los 86 años de edad).

Alejandro Galvis fundó en Bucaramanga, en 1919, el periódico Vanguardia Liberal; en 1938 se casó en Méjico con Tita Baroni, y meses después quedó viudo. A su regreso a Bucaramanga luego de desempeñar su misión diplomática, se recogió en su finca Galvisia y desde allí se desplazaba a cumplir su oficio periodístico.

En junio de 1940, a la edad de 49 años, conoció a Alicia Ramírez, linda joven de 19 años que apenas acababa de salir del colegio, y de inmediato se enamoró de ella. Amor a primera vista. “Un corazón apenas entreabierto, como un botón de rosa, una chiquilla sin casi malicia, ni conocimiento de la vida y los hombres (…) un alma blanca”, así la define el pretendiente. El amor se tornó mutuo, y la amada hizo caso omiso de la diferencia de treinta años de edad que había entre ellos.

La mayor intensidad de este amor súbito, cumplido en noviazgo de siete meses, se realizó por cartas entre Bogotá, donde Alejandro Galvis desarrollaba su actividad política en el Senado, y Santander, donde residía su novia. La primera carta que a ella dirigió está fechada el 14 de agosto de 1940. El matrimonio tuvo lugar en Curití, en enero de 1941, y duró cuarenta años en absoluta armonía. Así se vivía el amor de entonces.

Las cartas eran el canal más genuino, más delicado y entrañable para que los enamorados se expresaran sus sentimientos. Hoy la correspondencia afectiva ha desaparecido de las costumbres, y es preciso hacer un réquiem sentido, frente a este recobrado tesoro sentimental, por el idilio tierno y fantástico, inexistente en nuestros días, que nos dejan ver los herederos de Alejandro Galvis en estas cartas íntimas. Una nota gallarda que engalanaba la vida social de hace siete décadas. El amor será siempre el cemento más sólido que une a la humanidad. En el lado opuesto están el odio y la destrucción.

Se trata, cómo no, de una curiosidad doméstica que dejó perder nuestra época deshumanizada. Y retrata muy bien los finos hábitos del ayer, tan contrarios a la frivolidad y la ligereza –por no decir la tosquedad o la rudeza– que suelen mover las relaciones de pareja en la actualidad. Son pocos los epistolarios amorosos editados  en el país. Otro es el de Silvio Villegas con Carlota, recogido en la obra El hada Melusina (Panamericana, 1996). En España está el de Antonio Machado con Guiomar, hoy de difícil consecución, y muy apetecido en el mundo de las letras.

Gracias a la gentileza del escritor y periodista investigativo Alberto Donadío, yerno de los esposos Alejandro Galvis Galvis y Alicia Ramírez Nava (y cuya esposa Silvia Galvis, directora que fue de Vanguardia Liberal, murió hace cuatro años), me he deleitado con esta preciosa edición. Con ella, Sílaba Editores inicia la colección  En voz baja, dedicada a epistolarios, biografías, diarios, memorias, libretas de apuntes y otros textos similares. Maravillosa idea.

Coincide esta columna con la celebración del Día Mundial del Correo, este 9 de octubre. La ocasión no puede ser más propicia para rendir honores a las cartas de antaño representadas en el bello epistolario que da lugar a estas líneas.

El Espectador, Bogotá, 11-X-2013.
Eje 21, Manizales, 11-X-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 12-X-2013.

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Comentarios:

Es imposible describir la ansiedad que nos despertaba el recibir una carta. Ese lapso mientras buscábamos con qué abrir el sobre, o si tocaba romperlo, hacerlo con mucho cuidado para no ir a dañar el texto. Si la misiva era de la novia, olerla, tocarla, mimarla… Pablo Mejía Arango, Manizales.

Muy acertadas reflexiones sobre el amor de ayer y el de doy, «tan pagano», quiero decir, tan poco espiritualizado y romántico, como los concebimos nosotros los viejos amantes de la poesía en carne de espíritu y en espejos de perfumados donaires. Ramiro Lagos, Greenboro (USA).

Me apasiona el género epistolar. Muy interesante que en medio de tanto silencio se haya publicado esta obra; casi nunca es posible hacerlo, y se pierden en el olvido estas  cartas de amor por el secreto implícito que conllevan. Inés Blanco, Bogotá.

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Vicente Landínez (1922–2013)

domingo, 22 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Las letras de Boyacá están de duelo con la muerte súbita de Vicente Landínez Castro, ocurrida en Duitama el pasado 28 de septiembre. Se aproximaba a los 92 años de edad. Su vida transcurrió entre Villa de Leiva, lugar de su nacimiento; Tunja, donde ejerció durante largo tiempo brillante labor cultural; Barichara, adonde se trasladó en busca de reposo y meditación, y Duitama, donde pasó sus últimos años.

Al incorporar hace poco a mi página web la correspondencia que me he cruzado con mis amigos, le envié a Duitama por una mensajería (sabedor de que él no usaba el computador) la circular en que informaba dicha noticia. Vicente fue uno de mis corresponsales más preciados, y sus cartas enriquecen el espacio que dedico, con honores, al género epistolar. Me hallaba fuera de Bogotá cuando sucedió su muerte, y a mi regreso me encontré con la respuesta inmediata que daba a mi correo, un día antes de su deceso. Fue la última carta que escribió en su vida.

Maestro en diversas facetas del arte literario, lo fue con excelencia en el quehacer de escribir cartas, que él hacía con deleite intelectual, rigor estilístico y exquisitas dotes de gallardía y efusión humana. Las numerosas cartas que salieron de su pluma son preciosos ensayos literarios y filosóficos, y hoy darían lugar a no pocos volúmenes si algún editor supiera utilizar esta riqueza inapreciable.

Hace años lo visité en Barichara. En la entrada de la casona colonial, una placa de piedra identificaba el lugar con esta leyenda: “Villa Laura” (el nombre de su esposa, a quien, como cabeza de su distinguida familia, expreso mi hondo pesar por la ida del entrañable amigo de siempre). En el frontis de su ilustrada y copiosa biblioteca se leía esta inscripción: “Remedios del alma”. El universo de los libros era su refugio más seguro y más apetecido.

Con él se va el último de los grandes estilistas boyacenses, hermanado con ese otro prohombre –cantor perenne de la tierra, el paisaje y las virtudes de la comarca– que fue Eduardo Torres Quintero. Fueron dos almas gemelas que vivieron en función de la cultura, la creación artística y la apología de los valores literarios. Sus nombres integran la nómina más valiosa que ha tenido Boyacá, como ensayistas, críticos, poetas, catedráticos, historiadores y prosistas de castiza y diáfana expresión.

Vicente era miembro de la Academia Boyacense de Historia, Academia Colombiana de la Lengua, Academia Colombiana de Historia y de las Academias de Historia de Santander, Norte de Santander, Cundinamarca y Táchira (Venezuela). La Universidad Nacional de Panamá lo condecoró con la medalla Octavio Méndez Pereira por la “efectividad de su apoyo a la cultura del continente”.

En 1958 publicó su primer libro, Almas de dos mundos, al que seguirían diversos títulos, como Primera antología de la poesía boyacense, Testigos del tiempo, El lector boyacense, Novelando la historia, Estampas, Miradas y aproximaciones a la obra múltiple de Otto Morales Benítez, Bocetos y vivencias, Síntesis panorámica de la literatura boyacense.

Su vida plena estuvo dedicada a la literatura, la cátedra y la cultura. Gran señor de las letras, las dejó plasmadas lo mismo en sus libros que en sus incontables cartas. Yo las llamo cartas-ensayo, y sobrada razón me asiste. “Hasta donde yo conozco –dijo Germán Arciniegas en su columna de El Tiempo–, no hay otro colombiano que escriba un castellano más perfecto, expresivo, elegante y jugoso como el suyo”.

El Espectador, Bogotá, 4-X-2013.
Eje 21, Manizales, 4-X-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-X-2013.

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Comentarios:

Permítame expresarle, en nombre de todos y cada uno de los miembros de la familia Landínez Lara, el infinito agradecimiento que sentimos por la silueta que con aprecio fraterno realizó de nuestro baluarte familiar, en el diario El Espectador, con ocasión de su súbito deceso. Supo usted, como ningún otro, comprender las dos razones de su existencia: su familia y la literatura. Con la misma delicadeza que siempre mostró en el trato a sus amigos, nos enseñó a volar, también a soñar y al mismo tiempo el valor de la palabra, haciéndonos comprender que ella es símbolo eterno de la vida y nutriente sustancia del hombre. También nos incitó a vivir y es por ello que en cada vida y sueño nuestro perdurará por siempre la huella del camino que nos enseñó. Su forma de morir fue digna y justa, lo que nos llena de gran consuelo. Vicente Landínez Lara, Medellín.

Lamento mucho el fallecimiento de Vicente Landínez Castro. Trabajé en ese grupo de Extensión Cultural de Boyacá durante los años 1964-1965 y pude conocerlo de cerca. No era solamente una pluma pulcra, sino un caballero de una gran nobleza y de una extraordinaria sencillez. Con todo lo que sabía, jamás vi que quisiera hacer sentir mal a quien no estuviese a la altura de sus conocimientos. Yo lo admiraba y lo estimaba de verdad. Jorge Mora Forero, colombiano residente en Weston (USA). 

Parece que la súbita muerte, no obstante su larga trayectoria vital, es para un hombre aquilatado de méritos, como seguramente lo fue Vicente Landínez Castro, el mejor premio al que se puede aspirar y con el cual esa misma vida premia a sus mejores mortales. Gustavo Valencia García, Armenia.

Qué efímera es la vida: con menos, quizá, de veinticuatro horas de haber firmado su última carta, Vicente ya no está. Pero  el color y el matiz de sus palabras también nos obligan a sentir, frente a lo efímero del tiempo cronológico, cuán  maravillosa es la vida y qué importante no postergar los deseos… No postergó su respuesta, hubiera sido demasiado tarde.  Marta Nalús Feres, Bogotá.

Una gran pérdida para las letras. Se va un caballero y un amigo, y nos deja su grandiosa calidad como escritor, su sencillez y una alta cifra en la amistad. Te dejó para tu alegría el regalo de la última carta escrita, muy bella como toda su obra y como su excelente correspondencia. Inés Blanco, Bogotá.