1971 – 1980

martes, 25 de marzo de 2014 Dejar un comentario Ir a comentarios

EPISTOLARIO
1971-1980


ADEL LÓPEZ GÓMEZ
CARLOS ENRIQUE RUIZ
CARLOS LLERAS RESTREPO
HERNANDO MEJÍA ARIAS
OTTO MORALES BENÍTEZ
RAFAEL TORRES QUINTERO
RAMÓN C. CORREA SAMUDIO
TULIO BAYER JARAMILLO
VICENTE PÉREZ SILVA

TULIO BAYER JARAMILLO

Nació en Riosucio, Caldas, el 18 de enero de 1924. Médico de la Universidad de Antioquia y especializado en Farmacología en la Universidad de Harvard. En Manizales fue profesor de la Universidad de Caldas y secretario de Salud de Manizales, posición desde la cual adelantó una campaña contra los adulteradores de la leche y ejerció otros actos por la moral pública. Debido a la persecución de que fue objeto en Manizales, se trasladó al Putumayo como jefe del puesto de salud de Puerto Leguízamo. Allí se convirtió en defensor de los indígenas. Luego viajó a Bogotá como director científico de Laboratorios CUP. Su espíritu justiciero y contestatario lo llevó a rebelarse contra la autoridad y vincularse a movimientos sediciosos en las selvas colombianas, a raíz de lo cual estuvo detenido un año en la Cárcel Modelo de Bogotá. Asilado en Francia por largos años, murió en París el 27 de junio de 1982. En esta ciudad se le consultaba como ideólogo de los conflictos latinoamericanos. En la última etapa de su vida pregonó la ecología como causa política.

Libros: Carretera al mar (1960), Carta abierta a un analfabeto político (1968), Gancho ciego (1978), San BAR, vestal y contratista (1978).

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La Dorada (Caldas), 9 de enero de 1978

Doctor Tulio Bayer Jaramillo
París

Estimado Tulio:

Me identificarás cuando te diga que fuimos amigos en Puerto Leguízamo, tú como médico del puesto de salud de la población y yo como directivo del Banco Popular. Compartíamos la cámara de oficiales de la Armada, hasta tu discurso aquel en que retaste la autoridad del capitán Monzón (1) y esa misma noche te fuiste para el pueblo en acto de rebeldía.

Dando vueltas la vida, soy ahora gerente del Banco Popular en la ciudad de Armenia (Quindío). Quizás pienses al vuelo que soy un burgués, pero no es así: apenas un asalariado que perseveró en un oficio duro para ganarse la vida.

He seguido de lejos y con incongruencias tu vida. Siempre te he visto luchando con arrojo por tus ideas. Los periódicos de tarde en tarde traen alguna notica tuya. La última fue la del reportaje de Cromos. Aquella vez escribí a la revista en busca de tu dirección en París, pero no pude conseguirla.

Ahora, de paso por La Dorada, me encontré con la sorpresa de hallar tu libro Carta abierta a un analfabeto político, que yo andaba buscando. Te interesará saber que está en manos de un médico amigo tuyo. Apenas pude mirarlo de afán. Desde luego, deseo adquirirlo, y tú me dirás qué debo hacer. También me interesan Carretera al mar, Fineglass y Gancho ciego.

Da la casualidad de que también me volví escritor. Soy autor de dos novelas, de las cuales no me quedan ejemplares; en caso contrario, te las enviaría. La imprenta acaba de entregarme un nuevo libro: Alas de papel (crónicas y ensayos literarios), que te haré llegar si esta carta cumple su destino. Además, soy columnista de El Espectador y La Patria de Manizales.

Tú llevas trazado un rumbo diferente. Me interesa conocer tu pensamiento a través de tus libros. Admiro tu entereza para decir la verdad y combatir las cosas que no compartes. No tengo la seguridad de que me encuentre de acuerdo con el camino que elegiste para fustigar las oligarquías, pero sí sé que combates con convicción y con valentía. Y por encima de todo, prevalece el recuerdo sobre la amistad que nos unió en Puerto Leguízamo. Así lo siento yo.

Voy de regreso de vacaciones a Armenia. Mucho me gustaría tener noticias tuyas. Recibe un abrazo, también de parte asiada, (2) como el de tu amigo Pacho, ¿oíste? (3)

Gustavo Páez Escobar

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(1) Capitán de navío Medardo Monzón Coronado, comandante de la Fuerza Naval del Sur, con sede en Puerto Leguízamo.
(2) En la carátula de Carta abierta figura la siguiente anotación manuscrita: “Mi querido Pacho: Yo creo que al último que le va a llegar esta carta es a vos, pero en todo caso es de parte asiada y con mucho gusto, oíste? Tulio Bayer, París, oct. 1968”.
(3) Francisco Arango Londoño (médico), destinatario de Carta abierta, con el cual Bayer hizo el año rural de medicina en pueblos de Antioquia.

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París, 14 de enero de 1978

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Apreciado amigo:

Te reconocí inmediatamente, antes de abrir la carta. A pesar de la larga navegación, un mensaje de Páez y Banco Popular no podía ser sino de mi viejo amigo Páez el de Puerto Leguízamo ¡Qué gustazo!

No se me olvidará que te acercaste a mí para decirme que me felicitabas por haberme salido de la Base Naval después del famoso discurso, antes de que el reverendo (1) Monzón me echara… como me echó por escrito, dos días después, exigiéndome groseramente el pago de gastos de alcoholes consumidos en la cámara de oficiales… En fin, lo que me movió a la rebeldía fue más que todo la prohibición que este comandante les hacía a los pobres colombianos de esas orillas para algunos servicios médicos, muy al contrario de lo que me comentó el médico peruano que vino a visitarnos ese día, que pasó repartiendo mercancías y medicamentos por la otra orilla.

En todo caso, te recuerdo como un joven alegre y observador que poseía algo bastante escaso entre la fauna que nos rodeaba: la personalidad. Cuéntame de tu vida. Más a espacio. Me interesa tanto como tu obra. Sales de un momento a otro de lo más profundo de la selva amazónica y eres una de las pocas personas que he recordado siempre con simpatía, casi en la seguridad de que jamás volvería a saber de ellas. Uno de los aspectos trágicos del exilio es que uno se desvincula de sus amigos, mientras que los enemigos le siguen llegando por la prensa, cada vez más abyectos, cada vez más repugnantes…

El reportaje de Cromos al que aludes (muy malo por cierto) inicia sin embargo un inesperado ciclo de publicación de mis obras.

Ese reportaje me lo hizo un hermano de García Márquez, (2) y me disgustó mucho pues contra todas mis indicaciones y condiciones, destacó el aspecto pintoresco y digamos «locato” del personaje sin hacer notar que yo no soy un aventurero porque sí, sino que he sido llevado de la mano hasta hacerme revolucionario mucho antes de haber leído a Marx y haber tenido una saludable experiencia en un país socialista, que no mató mi revolucionarismo sino que puso las cosas en su punto.

Tal vez hablaremos de eso más tarde. De todos modos, la publicación de ese reportaje despertó cierto interés sobre Tulio Bayer, que está ya hace diez años en París, en el difícil combate de ganarse simplemente la vida.

Recibí una carta a principios del año pasado, de un tal Jesús María Gómez (Ediciones Hombre Nuevo, de Medellín) que me proponía publicar Carta abierta, libro escrito en 1964, que yo tenía archivado junto con Gancho ciego y un borrador de Fineglass. (3) Me sorprendió el coraje del editor (un joven abogado). Llegamos a un acuerdo, por lo demás sencillo, pues yo no exigí sino que el libro saliera sin omisiones y con nombres propios. Una edición de 2.000 ejemplares. De ello me corresponde un 5% dentro de dos años.

El año pasado, que fue malo para mí en cuanto a traducciones, lo dediqué a escribir una especie de biografía de Baltasar Álvarez Restrepo, personaje que fue rector de mi colegio de bachillerato en Manizales (yo no nací en Manizales sino en Riosucio, pero estudié en Manizales), un sátrapa que personifica bastante bien la noción de santidad. Es alrededor de esta noción, copiada por el catolicismo de la filosofía griega, como está hecho el libro. Lo de menos es el personaje, pero es importante, a mi juicio, mostrar en qué consiste la santidad según San Tulio.

Carretera al mar no vale la pena, creo yo. Pero de todos modos tampoco tengo ningún ejemplar de esa mi primera novela que Alfonsito López Michelsen llamó una «curiosidad bibliográfica”. Por la época, Alfonsito estaba exiliado en México y yo me hice la ilusión de que iban a hacer una película con el libro. Pero a Alfonsito no debió gustarle el libro puesto que con cierta intuición adivinó mi futuro marxismo. Yo increpo allí a los jefes liberales que hubiesen estado fuera del país mientras masacraban a los liberales durante ese período de violencia que ha dado en llamarse «la violencia”.

En resumen, yo soy un revolucionario que está fuera de órbita. No he sido ni soy comunista militante, por la simple razón de que ya me hubieran echado de cualquier partido comunista. Mi ubicación está un poco alejada de los modelos que nos presentan ahora, y mi preocupación actual es ecológica. Creo que el problema fundamental es hoy el de la vida, a secas. El de la destrucción de la fauna y de la flora debido a los desechos radioactivos y demás porquerías químicas.

Me alegra pues mucho tu carta. Espero que me escribas más a espacio. En Armenia tengo yo una sobrina. (4) Es un curioso personaje, hija de un ricachón, mi único hermano, Javier Bayer. Pero la niña se casó un día con un obrero, y al parecer no lo hizo con suficiente bagaje ideológico sino más bien impulsada por el ambiente puritano y pestilente que respiraba en su hogar. Tuvo sin embargo el talento de no abandonar sus estudios médicos.

Ahora está interna en un hospital de Armenia, en trance de divorciarse. Recibí de ella una carta en la que me dice que leyó Carta abierta y que está comprendiendo muchas cosas que no sabía. Incidentalmente te cuento que cuando el escándalo de su matrimonio con el obrero, yo le remití de París el manuscrito original de Carta abierta como regalo de bodas. Pero su señor padre se presentó a su casa y lo pidió para leerlo. Cuando se lo reclamaron, le compró su parte al marido, declaró que su hija no podía leer algo en que hablaban mal de su padre, y así mi sobrina vino a leer el tal libro ahora (1977).

Comprenderás que por detalles como este yo estoy muy agradecido de mi editor y muy contento de la salida del libro, del cual no habían circulado en Colombia sino unos diez ejemplares (en mimeógrafo), que supongo fueron sometidos a autos de fe por gentes como mi hermano, que ha hecho su dinero explotando a sus obreros (algunos de ellos murieron ya de silicosis pues picaban la piedra caliza sin ninguna protección, y mi enemistad con este sujeto nació de allí, puesto que yo le había advertido el peligro y la responsabilidad que tenía a este respecto).

Acabemos pues agradeciéndote tu amable carta y deseándote muchos éxitos. Hasta la próxima.

Cordialmente,

Tulio Bayer

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(1) Término gracioso, o despectivo, con que Bayer alude al capitán Monzón.
(2) Se refiere a Eligio García Márquez.
(3) Este libro nunca lo publicaría.
(4) María Emilia Bayer (médica).

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Armenia, 2 de febrero de 1978

Doctor Tulio Bayer Jaramillo
París

Estimado Tulio:

A mi regreso de vacaciones encontré tu carta del 14 de enero y por cierto me sorprendió que en tan corto tiempo tuviera respuesta a la que de afán te había escrito el 9 del mismo mes. Te envié hace pocos días mi libro Alas de papel, como una manera de que supieras que había recibido tu carta.

El abundante oficio que he hallado a mi regreso a la oficina no me ha permitido terminar la lectura de Carta abierta, pero ya voy por la página 156, donde comienza tu aventura de Puerto Ayacucho, que representa para ti «la más amarga, la más instructiva y la más dura» de tus luchas. He querido suspender en ese preciso capítulo para enviarte la presente y luego dedicar la atención a la que sin duda será una extraordinaria vivencia tuya. Apenas por noticias vagas de prensa me enteré, en su época, del movimiento que acaudillaste y que te llevó a la cárcel. Después la imagen del amigo poco a poco se fue tomando más borrosa, aunque de tarde en tarde alguien me comentaba cualquier cosa sobre ti. Así pasaron diez años, hasta que te descubro en París.

Sea lo que fuere, y por más que nuestros destinos llevan rumbos diferentes, ha primado un recuerdo entrañable sobre nuestro encuentro y amistad en Puerto Leguízamo, quizá porque para este par de civiles, huéspedes de la Armada, la vida en aquellos parajes tenía que ser dura, y terminó siendo solidaria en medio de tanta privación y rudeza. Recuerdo con gratitud, por supuesto, que tú me curaste de la fiebre tifoidea.

Tengo escrito un cuento que llamé Barro, sobre impresiones que me quedaron de la selva. No solo es el barro físico, sino sobre todo el espiritual, sufridos ambos con intensidad. Por allí en mi cuento aparece una mujerzuela enterrada en el fango, pero con alma buena. Cómo me complace, a propósito, saber de tu célebre campaña en Manizales por la rehabilitación de las prostitutas y hallar, sobre todo, ese gran episodio de tu unión con Josefina, la presunta «lideresa», que te hizo perder terreno en Manizales y buscar refugio en otros confines, nada menos que en Puerto Leguízamo.

Si este capítulo de tu vida se juzgara sin el rencor de una sociedad que solo vio un exabrupto social, se encontraría una bella página romántica, y sobre todo un vehemente propósito de redención a favor de las prostitutas. Pero no te olvides, Tulio, que la sociedad, que vive de cánones y de pruritos, no perdona, ni ha perdonado jamás, lo que se aparte del amaneramiento fijado en las reglas.

Tu episodio del Club Manizales es magnífico. Daría lugar para muchas páginas noveladas. Por estas regiones del Antiguo Caldas se te recuerda, ante todo, por aquel suceso. Muchos hablan del «locato» Bayer, pero por lo general la gente reconoce un acto de intrepidez y una lección para una sociedad dormida sobre sus pergaminos. Está probado que los sucesos cambian a la larga de fisonomía. Por eso, con el tiempo tú serás un personaje de leyenda.

Sobre esta página tuya, tan apasionante como atrevida, recuerdo el cuento Bola de sebo, de Guy de Maupassant, escritor metido en las intimidades de los salones parisienses, quien también se rebeló contra ciertos moldes sociales. La vida no cambia, aunque siempre pretendemos verla diferente.

Acuérdate de que a Jesucristo lo crucificaron por revolucionario, y ni aun así el mundo se rehabilitó. No comulgas con los curas, los obispos ni los generales. Esa es una vieja línea de conducta tuya. Sin embargo, no sé por qué en el trasfondo de tu conciencia se me ocurre ver un alma simple. Un alma buena. El mismo hecho de dedicar el libro a la madre Martina María, tu tía, y de referirte con afecto a otras monjas familiares tuyas, que tanto te han ayudado y tanto han sufrido con tus reveses, indica que acaso personifiques en las monjas y en los curas ciertos vicios seculares, pero que también reconoces la virtud en otras personas y en determinadas circunstancias.

Pasaré luego a referirte algunos datos veloces sobre mi vida, como me pides. El tiempo transforma. A veces destruye. Te ha sorprendido que aquel joven «alegre y observador» que un día conociste en la selva, aparezca veinte años después (con 42 calendarios a cuestas) gerenciando un banco en Armenia. Y además como escritor y periodista. Trataré, a grandes pasos, de llenarte los intervalos que ignoras.

Ligado desde antes de Puerto Leguízamo al Banco Popular, perseveré en la empresa. De la selva pasé a La Dorada, de allí a Cartagena, y luego me ubiqué en Bogotá por cerca de diez años. Ocupé dos gerencias de ese banco en Bogotá y luego llegué a igual posición en Armenia, donde cumplo ocho años. Y vivo bien, sin derroches de opulencia (que no la tengo, ni deseo tenerla), en medio de una gran suerte conyugal.

Al lado del oficio bancario se me fue despertando la vena de escritor, que por lo demás ya la poseía desde mis primeros años de existencia. Me inicié con éxito en la página literaria de El Espectador y luego llegué a la página de opinión, hasta ser columnista frecuente. Alternaba con otros periódicos, sobre todo La Patria, y luego de tanto trajinar en la prensa me volví mitad banquero y mitad periodista. Es decir, no sería ni lo uno ni lo otro, por cuanto las mitades descompensan. Pero no: atiendo con cierta habilidad los dos frentes, sin ser ningún titiritero.

Recuerdo bien el suceso de la cámara de oficiales, cuando hubo escándalo porque había ingresado en tu busca la hermana de tu enfermera, por no ser de «buena familia», como dices. Yo estaba presente en dicha ocasión. También recuerdo la escena de la presunta «periodista» francesa, recibida y acreditada en la cámara por Monzón, y que de inmediato, dados sus atributos femeninos, fue asediada por los oficiales solteros, con explicables murmullos en el grupo de las esposas, hasta que el propio Monzón la despidió de manera olímpica, para acallar la insatisfacción de las damas.

También están presentes nuestras alegres incursiones por los ríos de la selva y tu aventura loca en busca del “infierno verde” que por poco termina contigo. De eso y de otras cosas me acuerdo con claridad y afecto.

Tu libro merece comentario aparte. Tienes una vena extraordinaria de narrador. Parece una auténtica novela, con el fondo de una denuncia social. Manejas muy bien la ironía. Y hay de todo. Desde veracidad, hasta poesía y trama. Me llama la atención tu soltura para narrar. Lo haces en lenguaje expresivo, dramático a veces, y siempre enjuiciador. Tus denuncios son valerosos. Veo que en todos los actos de tu vida buscas el equilibrio. Te volviste rebelde porque hallaste un mundo disparejo.

Hoy, con muchas cicatrices, vives más cerca que antes de los humildes, ya que eres víctima de los desequilibrios sociales. Admiro tu temple y tu causa. Los sistemas que elegiste, los más difíciles de practicar y sostener, te han causado serias desgarraduras. El mundo, Tulio, es una empresa compleja. Reformarlo no ha sido nunca fácil. Tú estás contribuyendo, a tu manera, a limar injusticias. La gente no te entiende a veces, porque haces cosas insólitas. Creo que en la intimidad de tu conciencia vives satisfecho de tu rebeldía constante. Eso es más valioso que recibir grandes plebiscitos.

Escribí a tu editor en Medellín y me envió el libro. He preguntado por tu sobrina la médica. Está haciendo el año rural en un municipio del Quindío. Parece que ya se efectuó la separación legal del matrimonio.

Y por hoy nada más. Buena suerte para este año, con mi cordial abrazo.

Gustavo Páez Escobar

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París, 1 de febrero de 1978

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Apreciado amigo:

La presente es para acusar recibo de tu libro Alas de papel, y agradecértelo conjuntamente con la dedicatoria. He leído con placer tu libro, más que todo porque me trajo noticias tuyas, supe que te habías casado, tenías tres hijos, dos niñas y un varón, en fin, que has ingresado de lleno y como toro de pura casta en esa cofradía de bienaventurados de la burguesía, de la variedad greco-latino-quimbaya, a lo largo de una vida de esfuerzos, adjuntando a tu ascenso en la carrera bancaria un ribete de hombre de letras que te sienta muy bien y que muestra a las claras no solamente inteligencia y bonhomía sino tu preocupación por disciplinas, inquietudes y problemas que suelen brillar por su ausencia (valga el ripio) en los llamados hombres de negocios.

Tu estilo es diplomático, como tenía que ser. Y mirando bien la cosa, vos sos un jodido, estás avanzando bien y en dos frentes, de los cuales uno apoya al otro. Imposible saber si detrás del gerente de hoy está un poco ahogado el escritor de siempre.

No me extrañaría que un día viraras en redondo y nos sorprendieras con una novela basada en esos personajes municipales y espesos, en las eminencias locales que te lisonjean o que preten­den «protegerte», en fin, en ese mundo que también se desnuda en las gerencias como se desnuda en los consultorios o en los confesionarios, aunque no se quite la ropa que lleva encima.

Me gustó el artículo sobre Lascarro, de cu­yo hijo, médico, fui amigo en Santa Clara (Bogotá). Veladamente este artículo involucra una denuncia contra la sociedad, que nunca ha tenido presupuesto para educación pública y que ha entregado esta educación a los zamuros del Vaticano. Lascarro se hizo solo.

También me gustó tu artículo sobre el cementerio indígena de Córdoba. Más tarde, puedes sacar de allí un excelente cuento corto. Miss Coco y Corrida de toros son de una ternura encantadora. No sé por qué se me mete en la cabeza que podrías ser un talento escribiendo crítica social en forma de cuentos infantiles. En fin, no dejaré de mencionar que me gustó también lo de la Virgen pobre y la Virgen de Las Lajas, y que te faltan apenas unos milímetros para darle consistencia ideológica a la exquisita sensibilidad social que posees.

Si quieres que lo diga, yo encuentro que el peor subdesarrollo colombiano es el literario, el cultural. Vargas Llosa o Cortázar, para no citar sino un peruano y un argentino, son superiores a Gabriel García Márquez. Cien años de soledad es un buen libro, pero no es colombiano. Es Faulkner in spanish. Y el resto es pura publicidad. En fin, hablar de literatura es cosa larga.

Yo espero que hagas el oficio que no han hecho los manizalitas. Escríbete algo sobre Carta abierta, atacándome, o preguntando al menos, con la diplomacia que te gastas, si es que todo lo que se dice es falso, y si es así, por qué no me piden cuentas. De todos modos, tú podrías darte cuenta ahora de quién soy, realmente, y espero que el joven alegre que me acompañaba en las cacerías en el Putumayo recoja sus experiencias humanas, que son muchas, enfoque la sociedad, eche por la ventana toda esa falsa pedrería manizalita y se escriba una obra de verdad que no sea un juego floral sino una carga a la bayoneta.

No te escribo como crítico, ni como intelectual, ni como médico eminente, que nada de eso soy, ni podía serlo en un país colonizado por el Vaticano, en que grandes talentos no tienen plata para estudiar y los que tuvimos el privilegio (en mi caso por grandes sacrificios de mi padre) de ir a un colegio, pues nos desinformaron, nos engañaron, nos catequizaron, hasta el punto de que se necesita la segunda mitad de la vida para darse cuenta de los errores y falsedades que nos enseñaron en la primera mitad de la misma.

Yo te escribo como amigo y ojalá nos encontráramos un día de estos para celebrar todas las grandes vainas que hemos hecho, empezando por habernos salido del infierno verde.

Recibe un estrecho abrazo de tu hermano en la colombianitud,

Tulio Bayer

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París, 17 de febrero de 1978

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Apreciado Gustavo Páez Escobar:

Te agradezco que el libro te haya gustado por algún aspecto. A mí no me gustó de esa publicación sino un hecho, que definió mi aceptación a la propuesta: que se sepan cuáles eran las motivaciones del “loco” Bayer en 1960 y en los años subsiguientes. Un menudo asunto personal. Experimental.

A quien ya escribió “¡Mi libro!” (1) no tengo que darle detalles.

Resultó que para algunos Carta abierta no está pasada de moda, para otro sí. Ningún ideólogo marxista ha hecho un análisis. Hay un elogio que como dice mi editor “promovió mucho la venta”: el de Samper Pizano (que salió en El Tiempo, lo cual me sorprendió, pero ya estoy informado de estos milagros). Te remito el recorte, por si no lo conoces.

En resumidas cuentas: lo mejor ha sido tu carta, recordando el incidente de la cámara de oficiales cuando brindé por el Perú y por su política naval.

Cometí sin duda el error de escribirte una serie de pendejadas sobre Alas de Papel que en último término son artículos de periódico, de diversas épocas, y que sólo dejan ver, como lo hice notar, tus dotes de escritor, pero que no era del caso refutar políticamente. Es mi manía. Soy un animal de combate.

A veces olvido que yo escribí como tú, en La Patria, la columna que se llamaba El rincón del Jaibaná, en la que hablaba de temas médicos, y que incluso llegué a pronunciar discursos de coronación de reinas… Así que estaba meando fuera del tiesto, puesto que mi materialismo, mi ateísmo, mis convicciones filosóficas al parecer opuestas a las tuyas, no tienen nada que ver en este bello episodio vital de recibir una carta y en seguida un libro de un amigo auténtico, pues cosas así no las hacen sino los amigos verdaderos.

Para tu simple información te digo que yo no soy cristiano. Si menciono bastante a Cristo, es porque quiero refregarles bien en la jeta a los oligarcas esa contracción entre el cristianismo y el catolicismo, el uno democrático, pacifista, espiritual, y el otro aristocrático, guerrero, torturador, inquisidor, negociante de indulgencias y de armas de guerra.

En cuanto a Dios, te informo confidencialmente que no creo en él, porque no existe. Pero esta noticia es poco conocida en Colombia. Ni la muerte de Dios anunciada por Nietzsche, ni la teoría de Einstein sobre el espacio no euclidiano, que hace posible explicar la cosmogonía sin necesidad de acudir al espacio absoluto, al «sensorium dei» que el viejo Newton acabó por admitir, refugiándose en la metafísica y en la teología para «redondear» su teoría. Estos asuntos ocurrieron antes de mi nacimiento, pero no han sido confirmados por los obispos colombianos ni por el comité central del partido comunista.

No tenemos remedio. Por eso, hay otro libro, muy distinto a Carta abierta, que si llega a publicarse te remitiré, y es San BAR, vestal y contratista sobre Baltasar Álvarez Restrepo, el primer obispo de Pereira, cuya obra «educadora» analizo.

Así pues, prefiero que hablemos de literatura y de amistad. Y de literatura, te diré que nadie habría podido encontrar un título mejor que Barro para hablar de Puerto Leguízamo. Es un barro que todavía yo no he acabado de quitarme de mis botas y que me salpicó indeleblemente la piel y el corazón. ¡Qué venero, qué mina ese Puerto Leguízamo-La Tagua para escribir un cuento o una novela! Yo espero que si el cuento es tan bueno como el título, saques ventaja de tanta realidad increíble como la que tenemos en esos trópicos.

Afuera, París está cubierto de nieve. Pero mi pequeño apartamento está tibio, en el noveno piso de una torre. Soy un «torrícola» desde hace cinco años, después de habitar toda clase de «taudis» (tugurios). No tengo plata, tampoco, sobraba casi decirlo.

Recibe mi abrazo muy cordial y mi saludo para todos los tuyos.

Tulio Bayer

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(1) Artículo del libro Alas de papel, de Gustavo Páez Escobar.

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Armenia, 10 de marzo de 1978

Doctor Tulio Bayer Jaramillo
París

Estimado Tulio:

No puedo concebir a un Tulio Bayer en el destierro absoluto y se me ocurre que tu compañera puede ser una colombiana, acaso aquella fiel mujer que desde Caracas te envió, en los sucesos de Puerto Ayacucho, un pan solitario en momentos para ti angustiosos, como un símbolo de hermandad. La célebre «lideresa», otro personaje tuyo, a la que dedicas un emotivo recuerdo en tu libro, y que bebió contigo las últimas cervezas antes de tu partida de Manizales, con la ciudad al frente como un crepúsculo titilante que duraría toda la vida en tu memoria, a buen seguro cogió otros rumbos dentro de su destino marcado para los deslices del sexo.

Alguna vez me hablaste de tu primera esposa. (1) En Puerto Leguízamo te tropezaste una noche con una maravillosa “mujer de cobre”, que no hablaba castellano, y a la que raptaste de la inmundicia y la hiciste tu «perrita fiel» por unos meses, hasta que te llegó la invitación de los laboratorios CUP. (2)

Veo, en fin, siluetas femeninas cruzando por tus intimidades, dondequiera que estás. Mucho te ha inspirado la mujer, sin duda. Es el cántaro que apuras cuando el mundo se te voltea. Tus amigos, tus colegas, tus compañeros de luchas y de armas, todos parece que alguna vez te han dejado solo. Pero has tenido, en las buenas y en las malas, una mujer segura que ha protegido tu espalda y que a veces se la ha jugado toda por ti. Me entra la curiosidad por saber quién es ahora esa mujer.

Hoy leí en La Patria un comentario sobre tu libro. Me ha gustado el enfoque que el autor hace, en breves líneas, sobre tu vida y tu obra. Ya ves que en Manizales, escenario de tus triunfos y también de tus frustraciones, aún quedan personas que siguen de lejos pero con nitidez tus pasos. Quizás te empeñaste en atacar demasiado al establecimiento y por eso, al ver que no puedes recomponer lo que no tiene solución, te impacientas y quieres reformar el mundo. Yo a veces preferiría que, a cambio de tanto ímpetu revolucionario, te pusieras frente a tu máquina de escribir y terminaras tanto proyecto que te bulle en la cabeza.

Espero seguir recibiendo tus noticias. Tus cartas son vehementes, polémicas, nítidas. Manejas con propiedad el idioma. Eres como una ametralladora, según dices, pero no en el acto físico de lanzar balas, sino ideas, estupendas ideas, que expresas con claridad de pensamiento.

Con Astrid, mi esposa, que te admira sin conocerte, te va un fuerte abrazo.
Gustavo Páez Escobar

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(1) Morelia Angulo, a quien Bayer llamaba Bambi.
(2) De médico en Puerto Leguízamo, Bayer pasó a ser director científico de Laboratorios CUP en Bogotá. Se había graduado en Farmacología en la Universidad de Harvard.

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París, 17 de marzo de 1978

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Hombre Gustavo:

Mi mujer y yo te agradecemos una vez más tu nueva carta. Ella es venezolana, la misma Tanque (1) que envió el pan desde Caracas, cuando yo me instalé en Maicao, Guajira colombiana. Allí trabajó conmigo como enfermera, tal como se menciona en Carta Abierta, obligada a salir del país cada tres meses, pues era venezolana y sigue siéndolo.

Esta molestia trimestral fue puntualmente el regalo que nos hacia el jefe local del DAS, hasta el día en que yo decidí irme con algunos jóvenes guajiros a organizar otro foco guerrillero en la Sierra Nevada, naturalmente con ella.

Es la época de Carta abierta (que fue escrita prácticamente en el monte), 1964. Por supuesto, otros incidentes (encuentro con un sargento del ejército que me había conocido en Apiay en el ferrocarril, en un desplazamiento mío a Bogotá), me obligó a pedir el asilo político, pistola en mano, en la embajada de México. Tanque se fue a Caracas, yo partí a México, meses después le escribí a Fidel Castro y fue con dinero cubano en parte, y en parte con el de una asociación norteamericana protestante, que la pude movilizar hasta México. Me acompañó a Cuba. Y me acompaña ahora

Jurídicamente, es mi esposa legítima puesto que me casé con ella civilmente en Puerto Ayacucho. El Estado francés, que me otorgó el asilo político, reconoció igualmente esta unión como legítima y es dentro de la legitimidad jurídica que funciona aquí nuestro matrimonio.

Mi mujer colombiana de los años 50, (2) que fue a visitarme a la cárcel Modelo e incluso a proponerme pagar un abogado para defenderme, es una persona encantadora, librepensadora e independiente como yo, con quien he mantenido una amistad. Lo que no impide que yo hubiese rechazado su abogado y que dos años más tarde, cuando por desgracia mató a un niño con su automóvil, ella hubiese rechazado también mi abogado. Nos sigue pues uniendo el rechazo de los abogados. Y de otras muchas cosas. Pero nos ha separado definitivamente lo que dichosamente nos unió por algún tiempo: la pasión, el deseo.

Tanque es una mujer que aprendió la plusvalía en su hogar caraqueño, en lucha por la educación de sus hermanos y hermanas más pequeños y por su propia educación. Nada de raro que aceptara la guerrilla del Vichada como regalo de bodas… Nada de raro que el enlace sea estable.

Los revolucionarios verdaderos (y en verdad somos pocos) no podemos vivir sin encontrar a alguien que comparta nuestro entusiasmo por algo que no es precisamente la ganancia, sino fundamentalmente la libertad.

En fin, esto ya es política. Solamente quería decirte que yo no veo mi vida como un proceso donjuanesco. Debe de ser porque me he dirigido a la condición femenina que ninguna mujer me ha traicionado y ha creído siempre en mis juramentos de amor eterno. (¿Demagógico, no?).

Bueno, siguiendo este hilo, te cuento que mi sobrina médica, María Emilia, divorciada, y con dos hijos pequeños, no encontró puesto alguno en el Quindío (pese a sus calificaciones). Repite la aventura de Tulio Bayer en los Llanos Orientales, precisamente en el más remoto pueblo, que no había encontrado un sólo candidato masculino para ejercer allí la medicina: La Macarena. Que entre sus libros de patología vaya también Carta abierta es una justificación de mi trabajo. Lo demás es… literatura.

A tu esposa Astrid, le ruego recibir mi respetuoso y cordial saludo. Yo estoy seguro de que si me admira es precisamente porque no me conoce…. Eso diría mi mujer, por lo menos.

Un abrazo muy cordial,

Tulio Bayer

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(1) Así la llamaba Bayer. Nombre real: Amira Pérez Amaral.
(2) Morelia Angulo, atrás citada.

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Armenia, 26 de febrero de 1979

Doctor Tulio Bayer Jaramillo
París

Querido amigo Tulio:

¡Claro que el viejo BAR (1) no ha muerto! Cuando te envié el artículo de Yagarí, (2) yo sabía que tu exrector seguía gozando de salud en su refugio de Medellín, al lado de la hermana millonaria. La Patria rectificó al día siguiente al despistado de Yagarí. Lo puedes leer en el recorte adjunto. Quería ver tu reacción y esta no se hizo esperar.

Tengo un buen amigo, Fidel Botero Vallejo, a quien obsequié dos de tus libros: Carta abierta y San BAR. Gozó con la lectura, y el segundo le hizo revivir un dormido encono hacia Baltasar Álvarez. Como alumno que fue del Colegio de Nuestra Señora, ha encontrado similares las vivencias suyas en aquel centro educativo de Manizales donde también sufrió rigores e injusticias. Por lo tanto, tu libro gana lectores. Fidel es un respetable finquero, muy conocido en el Quindío, y en corto tiempo devoró el par de libros.

A tu amigo el médico Ernesto Ramírez Molina le pasé tu recado. Te recuerda muy bien. Ernesto, reconocido médico de señoras, se ha retirado de la profesión y ahora, en su época de jubilado, se dedica al disfrute de una finca cafetera.

Tu estadía en aquel colegio te dejó cicatrices profundas. Tu libro me ayuda más a entender tu personalidad. Veo que muchos de los actos de tu vida tienen relación con tus años del bachillerato, vapuleados por la furia sorda de quien te persiguió sin cuartel. Creo que BAR te volvió rebelde. Te dejó marcado. Por eso, cuando tantos años después lanzas una tesis sobre la santidad y el embeleco de los curas “santos”, lo haces con detenido análisis sobre los errores de tu formación.

Coincido con varias de tus apreciaciones. En otros casos no estoy de acuerdo, como bien lo sabes. La mayoría de los grandes problemas del universo se miran bajo distintos enfoques, a veces antagónicos, sin que exista la verdad absoluta. Tú piensas que la única manera para arreglar a Colombia es con la revolución armada. Pero de ahí a hacer esa revolución y conseguir que triunfe, y sobre todo que lleve verdaderas soluciones sociales, hay un largo camino.

En otras partes del mundo, y en sentido contrario, se ha hecho la revolución pacífica. Gandhi fue un revolucionario pacífico, el gran amigo de la no violencia, y su causa por la independencia de la India no puede ignorarse. Ese será el eterno juego de la humanidad: lo que para unos es bueno, para otros es malo.

Entre amigos solemos hacer debates sobre tu manera de actuar y de pensar, y llegamos a tablas rasas. Unos te defienden, otros te atacan. También tú te sientes por momentos confuso (lo has confesado). Yo diría que por encima de cualquier ideología, de cualquier desenfoque en lo conceptual o en lo teórico, te he sabido entender.

Cargas contigo un agudo drama, y por eso eres en ocasiones duro en la crítica. Los métodos a veces te fallan. Pero sueles decir grandes verdades.

Hace mucho tiempo que pasaron para ti las coronaciones de reinas que hacías en Manizales. Ahora tu literatura es de combate. Dando un gran salto sobre tus ideas y tus prácticas, puedo decirte que yo no concibo al mundo sin poesía. Esto hay que saber entenderlo, por supuesto. Sin poesía, sin arte, sin letras, la vida sería grotesca. Cuando desaparezcan las expresiones estéticas, si es que llegan algún día a desaparecer, todavía tendríamos a algún rezagado bohemio conciliando las brutalidades de la vida con una trova sentimental.

Y existe algo deplorable: el mundo está lleno de literatura revolucionaria, de protestas, de fórmulas que se dicen salvadoras, y al mismo tiempo nos ahogamos entre la guerra del papel. Sin embargo, el planeta no se arregla. Al mundo se lo llevó el diablo.

Bueno, hombre Tulio. Saludos para tu mujer, en asocio de Astrid.

Te aprecia,

Gustavo Páez Escobar

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(1) Baltasar Álvarez Restrepo.
(2) Columnista del periódico La Patria de Manizales.

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París, 4 de marzo de 1979

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Apreciado amigo:

Es muy gracioso el episodio de la muerte de BAR, propinada por Luis Yagarí, que a lo mejor es un envidioso que decidió matarlo primero él, antes de que mi irreverente biografía le provocara otro infarto.

Parece, no obstante, que al virtuoso y próspero exrector del Colegio de Nuestra Señora y exobispo de Pereira no lo vamos a liquidar con letras de imprenta. El mismo día del lanzamiento del libro, un periodista lo entrevistó para Toledar y, con voz muy clara y nada reveladora de decadencia física, le dijo, entre otras cosas, que «ese pobre muchacho (es decir, yo) había andado capitaneando una banda de… guerrilleros, que el gobierno lo había desterrado y que vivía ahora en Suiza”… Aquí tengo el casete respectivo. Como ves, uno se topa con el mismo BAR, sin que sea posible decir que sus imprecisiones o sus deliberadas mentiras se deban a la senectud.

Mi impresión personal es que eso de que yo esté en Suiza es para sugerir que vivo de la plata robada en mis asaltos, por aquello de que en Suiza es donde guardan el botín todos los hampones de algún vuelo. El libro se ha convertido en la biblia de los jesuitas que están contra la jerarquía eclesiástica, algunos de los cuales (cinco hasta ahora) han venido a visitarme aquí, en diversas fechas, desde que hice relaciones con el primero de ellos, a quien conocí en una reunión de colombianos por la defensa de los derechos del hombre en Colombia.

Estos “padres”, cuya ideología no es homogénea, me han comentado con detalles aspectos evidentes y aspectos insospechados del libro San BAR, que por supuesto, como era de esperar, no han sido mencionados por los pocos “críticos” de moda en Colombia, que han escrito pendejadas a favor de Tulio Bayer o de BAR, pero que no han leído, o entendido el libro. Todo el mundo sabe, y yo el primero, que San BAR contiene un capítulo que es un arreglo de cuentas con el cura Baltasar, exrector del colegio donde me vendieron la enseñanza del bachillerato. Y en el que viví una experiencia singular.

Pero contiene también una serie de ideas. Una tesis original sobre los nuevos filósofos. Algunas ideas originales, otras que son nuevas en el medio colombiano. Una serie de planteamientos. Una serie de apreciaciones para discutir. De esto último nada dijeron los “críticos” de moda que se han ocupado hasta ahora del libro (El Tiempo, El Colombiano, El País de Cali). Si todo se hubiera quedado allí, yo estaría un poco decepcionado. Pero no. De Colombia, de Suiza, de U.S.A., de España, de Bélgica y de París han venido los comentarios. De todos ellos, los más vivos y abundantes vienen de jesuitas colombianos, españoles y mexicanos, que ya te dije, adelantan estudios en diversas universidades de París.

Desde el punto de vista histórico, por ejemplo, recibí una carta de Bogotá (firmada por Hernando Mejía Arias), un historiador o sociólogo a quien no conozco personalmente, que me remitió entre otros el recorte de El Tiempo del 12 de noviembre de 1935, en el que relata el incidente entre Juan Manuel González, obispo fundador del colegio, y Darío Echandía. Este recorte confirma lo que dije de memoria, y les da una nueva luz y un formidable apoyo fundamental a mis afirmaciones.

Más sorprendente y satisfactorio es esto: otro jesuita, 32 años, me confiesa, en larga y minuciosa confesión, su neurosis cristiana y la forma como Daniélou, el cardenal jesuita que murió aquí en un prostíbulo, fue allá a ponerlos en orden, y se presentó como ejemplo de castidad… Yo absolví al penitente, que es materialista ya, y que muy pronto se reconciliará con la vida en los brazos de una amante experta.

Para mí escribir libros no es negocio. Es un oficio intelectual, que se hace porque da placer (como podría darlo jugar ajedrez, billar, o montar a caballo). Y en mi caso se justifica cuando se logra poner en circulación una idea, o un cierto número de ideas, que para mí contribuyen al mejoramiento de la especie humana. Dicho esto, me quedará aclarar que la rebeldía por la rebeldía, o la violencia por la violencia, no es mi credo.

Leyendo tu carta, me di cuenta de que tú tienes muchos amigos propietarios de fincas. Y en esas fincas debe haber cocuyos. Cocuyos digo, y no luciérnagas o gusanitos de luz. Ahora bien, yo estoy ahora interesado en una investigación sobre estos insectos. He comenzado a documentarme y a planificar el trabajo.

Parece que no se conocen muy en detalle los pormenores de la reproducción de este insecto, y que hay algunas lagunas por llenar en cuanto a la producción de la «luz fría» que emiten. Los campesinos, o algunos hacendados de esa zona quindiana, puede que hayan observado si estos cocuyos ponen sus huevos en la tierra húmeda, a algunos centímetros de profundidad, o si como creo, los ponen en troncos de árboles podridos, y saber si se han visto sus huevos, las larvas, y el estado de pupa o ninfa. De haber alguien que reconozca los huevos y pueda enviarlos en su medio de madera podrida, la cosa sería más fácil. En fin, se trata de que yo quiero disponer de algunos cocuyos que lleguen vivos, aquí a París.

Para enviarlos, te advierto que no hay necesidad de hacerle agujeros o huequitos a una caja. Pueden venir en contenedores estancos llenos de aserrín húmedo. El insecto puede respirar perfectamente con el aire que queda en los intersticios. El alimento no se necesita. Pero si se quiere, se puede poner un pedazo muy pequeño de panela, o unos granos de azúcar, sobre el aserrín.

Los tubos de película (de aluminio o de plástico para películas de 35 mm) son bastante buenos. Con el aserrín el animal queda protegido contra los golpes y en un medio húmedo, en el que no sufre desecación. Para enviar por correo, basta meter la cajita en el empaque reglamentario de correo.

Te cuento que ya escribí a la British Encyclopaedia, con la cual tengo derecho a un servicio de 10 consultas por año, solicitándoles toda la literatura al respecto, ya que en la Enciclopedia que poseo, tanto en inglés como en francés confunden un poco la luciérnaga con el cocuyo. Tú verás si quieres contribuir al adelanto de la ciencia en este “luminoso” capítulo de los cocuyos.

Muchas gracias por tu carta, salúdame a todos los amigos de por allá, y también a los enemigos (lo importante es que den sus razones). Y recibe un abrazo en unión de tu mujer y de tus hijos.

Cordialmente,

Tulio Bayer

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París, 16 de octubre de 1980

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Apreciado Gustavo:

Fidel Botero y su encantadora esposa, junto con Fabio Londoño y su no menos encantadora mujer, estuvieron aquí. Tuve el honor de recibir una visita de burgueses colombianos de alta calidad y gran distinción, el uno conservador (Fabio Londoño), liberal el otro (Fidel Botero). Ambos, perfectos caballeros.

Estuve muy contento durante esa entrevista, la agradecí mucho, y creo que les dije a ellos que a mí no me visitan “gentes bien»: es un episodio raro en mi vida de exiliado político.

Yo recibo mucha gente, más o menos cretina, más o menos marxista leninista, más o menos insignificante con ínfulas de grandeza… En fin, rara vez vienen aquí estos personajes de pura cepa antioqueña, luchadores con plata y con ambiciones, un poco distanciados de mi vida a la vez miserable y al margen de lo que suelen llamarse las ambiciones normales. Son gentes que me fascinan, porque yo soy anormal.

Armenia hace parte de mi teogonía, de mi mundo infantil. En Armenia, hace ya muchos años, mi padre –godo, y visitador fiscal del departamento de Caldas– fue a investigar un asunto contra el general Carlos Barrera Uribe. Años más tarde, Barrera Uribe mató a Clímaco Villegas, conservador, y gran amigo de mi padre, en Manizales. Y años más tarde, mi padre, investigador del asunto, fue amigo del hijo de Carlos Barrera Uribe, que un día vino a almorzar a mi casa.

Todos mis recuerdos infantiles giran en torno a Armenia, gran ciudad vecina a Pereira, que para mi madre era el símbolo de la perdición, y que en una época de mi infancia constituía el lugar en donde iban a matar a mi papá. Luego fue el sitio en donde se me curó la tos ferina. Armenia es, para mí, mi Macondo.

Tu amigo de siempre,

Tulio Bayer

Ver epistolario Tulio Bayer Jaramillo 1981-1990

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RAMÓN C. CORREA SAMUDIO

Nació en Nobsa, Boyacá, el 7 de agosto de 1896. Profesor, académico, historiador y prosista. Gran investigador de la historia de Boyacá. Secretario perpetuo de la Academia Boyacense de Historia durante 68 años, a partir de 1923, y de otras academias. Miembro benemérito de la misma entidad. Codirector de Repertorio Boyacense. Murió en Tunja el 9 de septiembre de 1991.

Libros: Antología de poesías patrióticas, Parnaso boyacense, Historia de la literatura boyacense, Diccionario de boyacenses ilustres, Historia de Tunja, Monografías de pueblos de Boyacá (cuatro tomos), Guía histórico-geográfica de los municipios de Boyacá, Guía his­tórica para el turismo en Boyacá, Guía histórico-geográfica de la ciudad de Tunja y Anécdotas de carácter histórico.

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Tunja, 3 de agosto de 1979

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Distinguido señor:

Lo saludo atentamente. Hace varios días recibí una brillante página de usted, publicada en el prestigioso diario La Patria, de junio 22 de 1979, en relación al ilustre boyacense doctor Eduardo Torres Quintero.

Su estudio está escrito en prosa pulcra y elegante. Analiza la vida preclara de Eduardo, como notable organizador de la Contraloría General de Boyacá, como literato de bien cortada pluma, como crítico cáustico, como poeta de sonora lira, como elocuente orador de temas históricos y del bello idioma de Castilla. Fue miembro de número de la Academia Boyacense de Historia y correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua. Dirigió, durante varios años, la importante revista Cultura, órgano de la Extensión Cultural de Boyacá. En cada entrega dio a luz excelentes trabajos de literatura, historia, poesía, etc.

La Extensión Cultural funcionó, durante la dirección de Eduardo, en una casa de dos plantas de la acerca occidental de la plaza de Bolívar. Esta mansión, con hermoso balcón corrido, de estilo español, todavía está en pie. El actual competente director del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, señor don Gustavo Mateus Cortés, la tiene en restauración. En el amplio patio hizo construir dos plantas, de columnas de piedras y arcos de estilo románico. Tal vez para finales de 1979 todo el conjunto esté terminado. Se salvó la reliquia colonial.

Usted dice en su erudita página: “En otra página maestra de sutilísima ironía e incontenible furor literario y conceptual, vapulea a su paisano el panfletario Vargas Vila, a quien cita como el gigantesco paranoico boyacense”.

El panfletario Vargas Vila dirigió las escuelas urbanas de niños, en el siglo pasado, de los municipios de Boyacá y Villa de Leiva, pero no fue boyacense. Nació en Bogotá, según partida de bautismo que un diario de la capital de Colombia publicó en una de sus páginas, hace buenos años. Yo incluí ese documento en un artículo que di a la luz en un semanario de Tunja, relacionado con el señor Vargas Vila, periódico que se perdió en el traslado de los objetos de la Academia Boyacense de Historia, de la carrera 12 a su propia residencia, la Casa del Fundador de Tunja, Plaza de Bolívar, piso primero, interior.

Eduardo permaneció viudo un buen número de años. Su bella y aristocrática esposa murió en Tunja.

Eduardo dejó de hijos dos competentes abogados, dos que no se doctoraron y varias distinguidas hijas, ya casadas todas. El hijo mayor es el doctor don Guillermo Torres Barrera, actual senador principal de la República. Todos los hijos de Eduardo reunieron buen número de trabajos de su padre, en prosa y en verso, y publicaron, auspiciado por la municipalidad de Tunja, un libro de 298 páginas titulado Eduardo Torres Quintero – Escritos selectos, 1903-1973.

Con sentimientos de aprecio me suscribo de usted,

Ramón C. Correa

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Armenia, 9 de agosto de 1979

Señor don Ramón C. Correa
Academia Boyacense de Historia
Tunja

Estimado don Ramón C.:

He leído con agrado su carta del 3 de agosto a propósito de mi artículo sobre el doctor Eduardo Torres Quintero (a quien en el escrito denomino hombre y mito), su amigo personal y colega de la Academia y de afanes culturales. Mi trabajo ha caído en magníficas manos y esto me retribuye el esfuerzo y el entusiasmo puestos por mí en dicha evocación.

Es usted la primera persona que acusa recibo del envío, entre una lista de veinte tunjanos notables que escogí para que se enteraran de la publicación que con gran despliegue hizo el diario La Patria de Manizales.

Qué interesante resultaría para mí conocer su trabajo sobre Vargas Vila. Es la primera noticia que tengo sobre su nacimiento en Bogotá, pues siempre había creído que era boyacense, como figura en los textos literarios.

Si tiene algún ejemplar de Repertorio Boyacense, órgano de la Academia, no importa que sea viejo, ojalá me lo haga llegar. Y estoy interesado en conocer el libro Soatá, del canónigo Cayo Leonidas Peñuela. En un viaje reciente que hice a Soatá, mi pueblo nativo, lo pregunté al párroco, José Agustín Amaya, y él no supo darme razón de ninguna persona que pudiera facilitármelo.

Alcancé a recibir los números finales de la revista Cultura que dirigía Eduardo Torres Quintero. Una joya literaria. Qué importante resulta hoy tener la colección completa, o por lo menos varios ejemplares.

Con Tunja conservo algunos vínculos. En reciente paso por la ciudad hablé con Vicente Landínez Castro, amigo mío personal de largos años y gran promotor de cultura.

Reciba usted mi afectísimo saludo,

Gustavo Páez Escobar

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ADEL LÓPEZ GÓMEZ

Nació en Armenia (Quindío) el 18 de octubre de 1900, de donde emigró a los veinte años a Medellín. Allí formó par­te (1923-1927) de las redacciones de Colombia, El Espectador y El Correo Liberal. En 1928 diri­gió en la capital de Antioquia, en colaboración con el escritor Romualdo Gallego, la revista Sábado. Colaboró regularmente en Cromos, El Gráfico, Revista de las Indias, Revista de América y en los suple­mentos literarios de El Tiempo y El Espectador. Radicado en Manizales, fue columnista durante largos años del diario La Patria. Su labor de cuentista y novelista no tuvo interrupción. En 1958 fue elegido miembro de la Acade­mia Colombiana de la Lengua, y en 1980, Doctor honoris causa en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas. Desempeñó en 1961 y 1962 el cargo de secretario de Educación Pública de Caldas. Murió en Manizales el 19 de agosto de 1989.

Libros: Por los caminos de la tierra (1928), El niño que vivió su vida (1929), El fugitivo (1931), Las ventanas del día (1934), El hombre, la mujer y la noche (1938), Cuentos del lugar y de la manigua (1941), La noche de Satanás (1944), Claraboya (1950), Cuentos selectos (1956), El costumbrismo (1959), El diablo anda por la aldea (1963), Ellos eran así… (1966), Tres vidas y un momento (1971), Ocho cuentistas del Antiguo Caldas (1974), Asesinato a la madrugada y otros cuentos para la escena (1974), El árbol, el mundo y tú (1974), El retrato de monseñor (1976), La sandalia y el camino (1978), Aldea (1981), Huella (1990), Antología (1994), Allá en el Golfo (1995), ABC de la literatura del Gran Caldas (1997).

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Armenia, 13 de octubre de 1979

Señor don Adel López Gómez
Manizales

Estimado Adel:

Recibí el recorte que me envías de La Patria. También me llegó de Susana Muñoz de Arias (1) el prólogo manuscrito por Baldomero Sanín Cano para la novela de Arias Suárez. Es un trabajo excelente, que sin duda suscitará interés. Por eso considero que no habrá necesidad, como lo sugieres y te lo agradezco, de ninguna nota mía de presentación de la obra. Escribiré al principio del libro alguna noticia sobre el aporte del Comité de Cafeteros del Quindío para la recuperación de esta joya literaria.

En vacaciones leí todos los libros de Eduardo Arias Suárez, que al fin logré que alguien me prestara. Quedé convencido de sus eximias condiciones literarias. Ojalá algún día se logre publicar su obra completa, entre ella, los cuentos inéditos. (2) Soy un ferviente admirador de esta personalidad literaria.

Recibe un cordial abrazo,

Gustavo Páez Escobar

Nota:

Adel López Gómez, custodio de la obra de Eduardo Arias Suárez, y gran amigo suyo, hizo llegar al Comité de Cafeteros del Quindío, con fecha 5 de julio de 1979, una carta de la cual me envió copia, en la que se refiere al proyecto que él tenía de escribir un ensayo sobre la obra de Eduardo Arias Suárez dentro de la novela rescatada. Al prólogo de Adel se opuso la viuda del novelista. Dice Adel en la parte pertinente de su comunicación al Comité:

“En relación con el libro del doctor Arias Suárez, la viuda del infortunado escritor puede obrar como a bien tenga, por más que su conducta sea contraria a las conveniencias de la memoria de su marido, como siempre lo ha sido. Mi intención y deseo eran actualizar, restaurar, revivir críticamente la memoria de un gran escritor, dando cuenta de él, de su vida, de su tiempo y de su obra, para conocimiento de las nuevas generaciones.

“El prólogo del insigne polígrafo don Baldomero Sanín Cano, escrito hace medio siglo, se refiere exclusivamente a la novela Bajo la luna negra, y no cumple esta obvia finalidad que yo perseguía al buscar, como efectivamente busqué, el patrocinio de ustedes, en cumplimiento además de la íntima y expresa voluntad de Eduardo Arias Suárez, como permanente mantenedor de su memoria que he sido desde su muerte. La pobre señora viuda del escritor no es apta para entender estas cosas. Así se lo expresaré a ella cuando le escriba al respecto y le transcriba textualmente el presente párrafo. Con toda humildad les suplico perdonarme los áridos términos de este molesto aparte, en lo que atañe a mi oferta de escribir un prólogo para el libro del doctor Arias Suárez. Adel López Gómez”.

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(1) Viuda del escritor Eduardo Arias Suárez, quien tramitaba la publicación de Bajo la luna negra, novela escrita por su esposo cincuenta años atrás. Yo dirigía dicha publicación por cuenta del Comité de Cafeteros del Quindío. Superadas algunas dificultades que presentó la familia del escritor fallecido, la obra fue editada en septiembre de 1980. El recuento de estos sucesos está contenido en el artículo Noticia de una novela quindiana (octubre de 2009) que se recoge en mi página web.
(2) Treinta y dos años después (julio de 2012) de escrita esta carta, dichos cuentos continúan inéditos.


Ver epistolario Adel López Gómez 1981-1990

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CARLOS LLERAS RESTREPO

Nació en Bogotá el 12 de abril de 1908. Abogado, economista, orador, ensayista, periodista. Prosista de estilo castizo, claro, ameno, elegante, en ocasiones mordaz y humorístico. Presidente de Colombia durante el período 19661970. Gran estadista del siglo XX. Fundador de los semanarios Política y Algo Más (1961) y Nueva Frontera (1975). Murió en Bogotá el 27 de septiembre de 1994.

Libros: Crónicas y coloquios, Hacia la restauración democrática y el cambo social, El Liberalismo y el Frente Nacional, De la República a la Dictadura, Política cafetera, Historia y Política, Estudios económicos, Reforma agraria, El cambio social, Los días y los años, De ciertas damas, Crónica de mi propia vida, entre otros.

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Armenia, 30 de mayo de 1979

Doctor Carlos Lleras Restrepo
Bogotá

Doctor Lleras:

Tiene usted la propiedad de hacer mover en torno suyo el interés del país hacia una de las figuras más representativas de la vida colombiana. Ya usted, por encima de la vana ponderación, ha llegado al sereno equilibrio de la vida donde los elogios son apenas la expresión natural hacia una obra coronada de éxito, como sin duda usted la siente, en su más alta cúspide, por haberla luchado y haberla merecido.

La salida de su libro Los días y los años, editado por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, que he leído con interés, constituye un suceso nacional, porque detrás del material periodístico se encuentra uno de los autores de la historia contemporánea. Así se nota en las referencias de la prensa nacional.

Permítame que le diga mi admiración por esta nueva expresión cultural. En artículos que publico en El Espectador he tenido el gusto de referirme a usted como uno de los luchadores más grandes de la patria. Para tal reconocimiento sólo se necesita patriotismo, por fuera de banderas partidistas.

Hago votos por el éxito de su vida periodística, de tan claras evidencias, de la cual se considerará usted orgulloso al haber librado las mejores batallas, en la buena y en la mala fortuna, bajo la concepción de ideas claras y aguerridas.

Me sumo a la solidaridad general que se aprecia en torno a su obra y formulo los mejores votos para usted y su ejemplar compañera, doña Cecilia, a quien usted le rinde emocionado homenaje en sus palabras de Medellín. Ella, como usted, merece este homenaje.

Mi saludo respetuoso,

Gustavo Páez Escobar

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HERNANDO MEJÍA ARIAS

Nació en Pereira. Su pasión fueron los libros, y los cultivó en su vasta biblioteca. Lector impenitente, sobre él escribe Juan Gustavo Cobo Borda: “Fue uno de los primeros visitantes de las librerías de segunda que hoy proliferan en todo Bogotá con nombres como Homero, El Dinosaurio, Luvina o Trilce. Sin olvidar las aceras de la carrera séptima los domingos”.

Que se sepa, nunca escribió un libro, pero era erudito en obras maestras de la literatura colombiana y de otras latitudes. Dirigió varias publicaciones del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), como Gotas de tinta, de Luis Tejada, Paipa, mi pueblo, de Armando Solano, y la obra completa de José Asunción Silva. Labor admirable la suya, por su discreción y efectividad.

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Armenia, 20 de septiembre de 1979

Señor don Hernando Mejía Arias
Bogotá

Estimado amigo:

No supe quién dejó hoy en mi casa el libro publicado por Colcultura con la obra completa –la más completa que haya salido– de José Asunción Silva, lo mismo que el último número de la revista Gaceta. Al recibirlos, deduje de inmediato que el amable envío procedía de usted.

Le expreso mi sincera gratitud por su deferencia y su cordial dedicatoria. Se convierte esta obra en una joya bibliográfica de intensa in­vestigación; no solo recoge toda la producción del poeta, sino que se complementa el enfoque sobre él con trabajos profundos de varios escri­tores colombianos. Veo que usted ha tenido una valiosa contribución, lo cual lo enaltece una vez más. Su aporte al libro de Tejada es de significación y lo vincula a un hecho importante de la cultura colombiana.

Como admirador que siempre he sido de Tejada, pude repasar sus grandes crónicas en el libro de Colcultura dirigido por usted. En el Magazín Dominical de El Espectador escribí un trabajo sobre la obra y la personalidad del mejor cronista que ha tenido Colombia, que sin duda es Tejada. Nadie lo ha superado en la sencillez, en la amenidad, en la filosofía de sus planteamientos.

La revista Gaceta se luce con este recorrido por 36 revistas culturales del país.  Hay material para consulta y regocijo espiritual. Es un excelente inventario, de los que pocas veces se acometen, por el mundo de los literatos que toman como bandera una revista para difundir el pensamiento.

Ambas cosas las leeré con inmenso agrado. Me siento enaltecido con que usted se haya acordado de mi nombre. De nuevo mil gracias por su amabilidad y un afectísimo saludo de

Gustavo Páez Escobar

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OTTO MORALES BENÍTEZ

Nació en Riosucio (Caldas) 7 de agosto de 1920. Abogado, político, ministro, parlamentario, académico, crítico, investigador y ensayista. Ha sido candidato a la Presidencia de la República. Es autor de más de cien libros, es decir, se trata de uno de los escritores más prolíficos del país. Su género preferido es el ensayo. Pertenece a numerosas academias tanto de Colombia como del exterior. Sus hijos Adela y Olympo fundaron en Bogotá el Centro Otto Morales Benítez – Centotto con el fin de ubicar su voluminosa biblioteca y estudiar la obra del autor en torno a sus ideas sociales, políticas y culturales.

Algunos de sus libros: Estudios críticos, Testimonio de un pueblo, Claves de mi generación, Aguja de marear, Memorias del mestizaje, Revolución y caudillos, Muchedumbres y banderas, Itinerario, Cátedra caldense, Señales de Indoamérica, Caminos del hombre en la literatura.

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Bogotá, 7 de diciembre de 1976

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Apreciado amigo:

Gracias por tu mensaje sobre mi elección como presidente de Andiarios. Es una  demostración de tu amistad y de tu cordial sentido de ella.

Espero corresponder a la confianza que me ha otorgado la prensa nacional. Ella nos enorgullece a todos por su sentido de la libertad y de la democracia. Además, para mí es una misión grata, pues he sido, desde mi juventud, colaborador de varios diarios nacionales, liberales y conservadores, que me han estimulado sin límites.

Nuevamente gracias y,  desde ahora, felices pascuas y un buen año de 1977.

Otto Morales Benítez

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Bogotá, 27 de diciembre de 1977

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Apreciado amigo:

Rocío Vélez de Piedrahíta, quien viene escribiendo hace algunos años en El Espectador, con información y gracia intelectuales, ha acometido una gran tarea: la de hacer una revisión del estudio de nuestra literatura, buscando los orígenes nacionales de ella. En la información preliminar nos advierte cuáles son sus orientaciones y cómo discrepa de Vergara y Vergara y Gómez Restrepo. Además, cómo desea avanzar hacia los nuevos ciclos, pues estos dos estudios avanzan hasta Epifanio Mejía, que «es su último grande», como dice la autora.

De suerte que es un empeño respetable el de Rocío. Yo le he dado tu nombre para que leas sus textos. Ella te hará remisión del primer tomo que ha     publicado. Realmente, es una tarea ejemplar. Y muy importante para la vida intelectual colombiana.

Va un saludo de felices pascuas y próspero año en 1978 de,

Otto Morales Benítez

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Bogotá, 30 de julio de 1979

Doctor Otto Morales Benítez
Bogotá

Mi querido Otto:

Me he dado el gusto de leer en toda su extensión el suplemento literario de La República del 15 de julio, dedicado casi por completo a recoger tus palabras de ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua. Si demoraste tu llegada al augusto recinto, lo haces ahora con la serenidad y el juicio profundo que consigues después de haberte consagrado a pulir la inteligencia y desentrañar los misterios de la palabra, «la que nos enseña la medida de todas las cosas de la vida», según afirmas.

Has elaborado una página reposada, de honda elocuencia y sutil erudición. Entras disculpándote de no ser un buen académico y te das el lujo de fabricar un texto de jugosa maestría. No es un ensayo cualquiera, porque no ha sido un compromiso cualquiera. Quedará grabada en los registros de la Academia la lección de un estudioso del idioma que penetra con seguridad hasta el sitio que es suyo por conquista y por mérito.

El esmero puesto por La República es una adición para enmarcar esta página que tan bien te ha salido. En esto creo adivinar la presencia de Héctor Ocampo Marín, alma del suplemento y exigente tallador del idioma, ahora directivo del diario y autor, con Ovidio Rincón, del buen estilo que allí se usa.

Aparte de la magnífica composición gráfica, está el respeto de la puntuación. Yo sé lo que duele y enardece el robo da las comas –un real atentado contra el idioma–, o su caprichosa distribución, que algunos barbaros copiadores manejan a su arbitrio como para desencadenar las iras santas del autor y del lector.

En tu caso, ¡Otto académico!, te han consentido tus comas, tus signos, tu modulación, tus palabras. Además te obsequian con cuadros y recuadros, con figuras y pinceladas, y hasta con el anchuroso abrazo de tu hermoso ángel protector que te sigue con «solidaridad amorosa». Todo esto es admirable, y te lo mereces.

Te dejo en tu soberano sillón, comprometido con la lengua. Procura hacerla más «sonora», como una de tus jocundas carcajadas. Y para Livia, presente en todos tus actos, va, con Astrid, nuestra cordial solidaridad,

Gustavo Páez Escobar

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Bogotá, 18 de diciembre de 1979

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Apreciado amigo:

Me hallo profundamente agradecido contigo por las generosas palabras de tu comunicación sobre el prólogo que escribí para la obra de don Gabriel Cano; que me estimulan altamente para proseguir en mi tarea intelectual.

En tal escrito no pretendí nada distinto a poner en su realidad histórica pasajes de la vida y la lucha periodística de esa gran familia que constituyen los Canos, desde don Fidel hasta su última generación, tratando de destacar cómo ha sido de cruenta la lucha en Colombia por la libertad de prensa y cómo hay existen  hagiográficos muy dicientes de la manera como se la ha atropellado y desconocido.

Además, era bueno puntualizar cómo la Regeneración no tiene acento liberal, como lo pretenden algunos. Y que el liberalismo debe vigilar la prensa como parte de su lucha ideológica.

Si he logrado ello y si constituye una voz de alerta hacia el futuro, me siento muy complacido. De toda suerte tu generosidad intelectual para conmigo y tu solidaridad con mis conceptos me comprometen –aún más– a continuar desmitificando tantos períodos de nuestra nacionalidad.

Te saludo con toda cordialidad y amistad,

Otto Morales Benítez

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Bogotá, 18 de marzo de 1980

Señor Gustavo Páez Escobar
Armenia

Mi querido Gustavo:

Gracias por haberme enviado la carta de Bayer, mi paisano. No conozco el libro de él que han pirateado en España. ¿Cómo se llama y de qué editorial es?

La novela de Plinio Apuleyo me gustó mucho. Escribí una nota para el tercer número de Correo de los Andes, la revista del maestro Germán Arciniegas. El tema es muy profundo y de importancia para el continente. ¿Una generación revolucionaria o frustrada? El libro lo examino por varios aspectos que me parecieron de hondura acerca de la realidad de lo que pasó a la generación del 60.

Eduardo Franco Isaza publicó un libro, Las guerrillas del Llano, (1) que es lo más importante que se ha editado acerca de ese fenómeno. Lo leí hace muchos años, pero recuerdo que era un relato bien hecho, con análisis social, etc. De lo demás, no tengo noticia.

La novela salió con errores. Pero Plinio es de una riqueza en el relato, y de una abundancia en la maestría del lenguaje, que quienes lo hemos leído sabemos que no son sus defectos. Me gustaría que me enviaras la lista, con páginas, de los errores ortográficos. Esto se le podría hacer llegar a Plinio para que llame la atención sobre este aspecto.

Van saludos muy cordiales,

Otto Morales Benítez

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(1) Sobre este libro escribí años después (enero de 2008), al leer la obra, un comentario en El Espectador. El libro está agotado hace mucho tiempo.

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Armenia, 29 de marzo de 1980

Doctor Otto Morales Benítez
Bogotá

Mi querido Otto:

Mil gracias anticipadas por El desertor, de Plinio Apuleyo Mendoza, que me anuncias. No he recibido los Apuntes de un Espectador y supongo que vienen en camino.

El libro de Bayer que le piratearon en España es Carta Abierta, que tú conoces. Después apare­ció el falsificador. Tulio cedió los derechos de au­tor para la comisión mundial de derechos humanos que nuestro amigo viene respaldando.

Deseas conocer los errores de Plinio Apuleyo (no de él, perdón, sino de la edición) que yo detecté en sus Años de fuga y que parece que tienen molesto al autor, como me comenta Tulio Bayer en su última carta. Lo hago con mucho gusto, para que tú los pongas en conocimiento de Plinio Apuleyo.

Son muchos, y están contenidos en las varias páginas que te acompaño. La mayoría, de ortografía. La ortografía evoluciona, y tal parece que el copiador del libro, o el corrector, que no se ve por parte alguna, no saben, por ejemplo, que los monosílabos no llevan tilde (dio, fue). En cambio, a otros monosílabos, que son la excepción de esta regla, dejaron de marcársela.

Me he actualizado mucho en ortografía, tal vez para salir del montón. Es una materia en evolución. Hoy la gente escribe sin ortografía. Leí, a propósito, un voluminoso tratado de la revista Selecciones, muy ameno, La fuerza de las palabras (800 páginas), que me ha hecho mucho bien.

También, como a ti, me gustó el libro de Plinio Apuleyo, mi paisano boyacense.  Está escrito con vigor y profundidad. La insa­tisfacción de una generación un tanto errátil sabe ex­presarla él con riqueza de lenguaje y con fuerza novelísti­ca. Lástima que Plaza y Janés hubiera permitido tantos deslices. Te parecerá extraña mi pacien­cia, ¿verdad? (¿Será manía?). De hecho, yo no puedo leer sin lápiz en mano. Subrayo frases, como todo buen lector, pero también castigo los errores.

Me preguntarás si leo los libros con tanta ociosidad… Te aclaro: en vistazo antes de emprender la lectura de Años de fuga noté muchos errores y me propuse marcar­los. La cosecha es abundante, mucho más que los cafetales del Quindío que ahora se están secando por el sol.

Estas erratas no demeritan la calidad intelectual de la obra. Pero afean la estética. Plinio Apuleyo maneja un lenguaje dinámico y una intención tales, que hasta puede perdonársele a Plaza y Janés por no habernos brindado una obra depurada.

Recibe un cordial abrazo,

Gustavo Páez Escobar

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Bogotá, 8 de junio de 1980

Doctor Otto Morales Benítez
Bogotá

Mi querido Otto:

Fue una noticia extraordinaria la que me dio el Banco Popular al anunciarme que mi libro de cuentos había sido aprobado y quedaba en turno para próxima edición. El doctor Francisco Gaviria Rincón, presidente de la entidad, se ha portado a las mil maravillas. Hablé después con Luis Carlos Adames, director de la Imprenta del Banco Popular, (1) y él me ofreció todo su interés para darle prelación a la obra.

He meditado mucho en el nombre del libro. Es la duda que acompaña siempre al escritor. A veces se escoge el título menos pensado, y otras veces, el más desacertado. Yo lo llamaré El sapo burlón. (2) Y quedo satisfecho.

El cuento titular es el que más ha gustado, más satisfacción me produce y más me identifica. Fue el primer cuento que escribí, con emoción y gran naturalidad. Mi sapito travieso recibió honores en el Magazín Dominical de El Espectador y fue ponderado por escritores de valía. Después, el departamento de Boyacá lo incluyó en una antología.

Creo que en mí había algún sentimiento subconsciente que me hacía querer al sapo, acaso por su fealdad. Quizá veía en él un espejo del hombre, y fui capaz hasta de encontrarle corazón.

Años después hallé, en forma inesperada, la perfecta definición del sapo, la que yo llevaba en el cerebro y no había visto en ningún texto. Es del escritor José Arreola, uno de los precursores, con Juan Rulfo, del cuento mejicano. Contiene pensamientos profundos y bellamente expresados. Te la copio:

“Salta de vez en cuando, solo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.

“Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se ha operado en él. Es más sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias,

“Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo”.

Los pensamos mucho en la inmensa pena que les produce la muerte de Daniel. (3) Livia, tú y los hijos deben confiar en que poco a poco se restablecerá la tranquilidad del espíritu. La propia vida, que da zarpazos, también enseña a vivir. Y hay que vivir.

Van con Astrid nuestros afectuosos abrazos,

Gustavo Páez Escobar

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(1) Imprenta que se hizo famosa en el país con la Biblioteca Banco Popular, obra cultural propiciada por el doctor Eduardo Nieto Calderón, quien fue presidente de la institución por espacio de 17 años, y que contó con la asesoría de Luis Carlos Adames. A Nieto Calderón se debe también el Museo Arqueológico del Banco Popular, que dejó una obra emblemática en Bogotá: la Casa del Marqués de San Jorge.
(2)  Este libro lleva el prólogo de Otto Morales Benítez.(3)  Hijo menor de Otto Morales Benítez, que estudiaba en París y murió en una avenida mientras montaba en bicicleta. Sobre este doloroso hecho escribí en El

Espectador la nota titulada Una esperanza trunca.


Ver epistolario Otto Morales Benítez 1981-1990

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VICENTE PÉREZ SILVA

Nació en 1929 en La Cruz, Nariño (también conocida como La Cruz de Mayo). Abogado, escritor, ensayista e investigador de temas históricos y literarios. Fue asesor de ediciones del Instituto Caro y Cuervo y ha publicado numerosos trabajos en periódicos y revistas. En 1965 fue galardonado con el premio Dante Alighieri. Erudito en la obra de don Quijote, sobre ella ha escrito páginas magistrales. Se trata de un desvelado investigador y promotor de la cultura colombiana, campo que ha enriquecido con escritos originales y novedosos, producto de sus rigurosos escrutinios y penetrante imaginación.

Libros: Sonetos para Cristo, Don Quijote en la poesía colombiana, Vida y obra de José Rafael Sañudo, Epistolario de Rufino José Cuervo y Belisario Peña, Un nariñense en la trapa, José Eustasio Rivera, polemista, Quijotes y quijotadas, Trilogías, Este…, Código del amor, Anécdotas de la historia colombiana, Picaresca judicial en Colombia, Libro de los nocturnos, Yo fui el benjamín de una academia, Dionisia Mosquera: amazona de la crueldad, Federico García Lorca, Autobiografía en Colombia, Raíces históricas de La vorágine, Tomás Carrasquilla.

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Bogotá, 23 de febrero de 1977

Doctor Vicente Pérez Silva
Bogotá

Apreciado amigo:

Repito para ti y los tuyos mis mejores votos por tu felicidad durarte el nuevo año y mis agradecimientos por el envío de los interesantes libros que me llegaron en días pasados.

Algunas averiguaciones he logrado realizar respecto al libro de versos La demanda, de Santiago Vélez Escobar, (1) el célebre «Caratejo», y te las comento a continuación en forma deshilvanada.

El libro fue publicado en el año de 1938 por la Editorial Bedout. Años después murió el «Caratejo», a los 50 años de edad. El proceso amoroso que desarrolla la obra, en verso, parece que es imaginario. Julio Alfonso Cáceres, (2) uno de los poetas que corren por las páginas del libro, y amigo mío, de quien más adelante te hablaré, me cuenta que no le conoció por aquella época novia al «Caratejo», y si existió, fue invisible para sus amigos.

Era el “Caratejo” un bohemio que, entre taberna y taberna, iba creando interés hacia la novia del «proceso». Se ignora a quién corresponden las iniciales que anota como las de su amada –o la «demandada» de su serie sentimental–, y todo hace suponer que era producto de su imaginación.

El «Caratejo» pedía a sus amigos de copas que se hicieran parte en el proceso y por eso se explica que la mayor parte de los autores estuvieran radicados en Antioquia y el antiguo Caldas. Algunos de esos versos comenzaron a editarse en el Diario del Quindío, que dirigía en Armenia Eduardo Arias Suárez, célebre cuentista y poeta. Este Diario del Quindío es diferente al que lleva el mismo título en la época actual; es interesante anotar que este último periódico, anunciado como diario, circula en forma inter­mitente, o dicho de otra manera, cuando se puede.

En periódicos de poca circulación se publicaban, en Medellín, versos que iban acumulándose a «la demanda», y poco a poco se agregaban nuevos poetas, próximos y lejanos, que en últimas fueron los que rubricaron aquel proceso amoroso que cayó en manos tuyas, y que yo también tuve oportunidad de conocer por gentileza de mi amigo Julio Alfonso Cáceres, con dedicatoria de Santiago Vélez Escobar. (3)

El grupo de poetas se ha ido extinguiendo, como que han transcurrido 40 años. Se cree que la mitad de ellos ya no vive hoy en día. Esa, en síntesis, es la historia, y considero que estas particularidades han de serte de interés para tu tarea investigativa sobre las rarezas de los libros,

Paso a darte algunos detalles sobre Julio Alfonso Cáceres. Es un hombre  acreditado en las lides intelectuales del Quindío, autor de seis libros, tres de  poesía y tres de prosa. Pre­para en este momento un libro de ensayos. Nacido en Armenia, estuvo radicado en Cali por cerca de 30 años y acaba de re­gresar a Armenia, donde se ha radicado. Ahora su ambición espiritual es la de escribir con reposo y pasar sus últimos días en el remanso de sus libros.

Posee una estupenda biblioteca, con unos cinco mil volúmenes, por la que el rector de la Universidad de Cali le ofreció comprársela por $ 800 mil. Es una labor dis­pendiosa la de formar una biblioteca selecta, que en este caso el propietario no está dispuesto a vender, y que si lo hiciera, sería a una entidad seria que le diera garan­tía para su conservación. (4)

Queda cumplida, mi caro amigo, la misión que me encomendaste, por lo menos hasta donde he podido investigar. Son puntales que te servirán para ahondar más en el itinerario de este libro curioso.

He extrañado la interrupción de Noticias Culturales del Instituto Caro y Cuervo y espero que, con la nueva vinculación tuya al medio bogotano, luego de tu excursión por la tierra pastusa, prosiga tan formidable publicación.

Recibe un cordial saludo con mis deseos por tu bienestar,

Gustavo Páez Escobar

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(1) Poeta humorista nacido en Titiribí (Antioquia) el 26 de junio de 1900 y fallecido en Medellín el 18 de enero de 1955.
(2) Notable poeta quindiano, nacido en Armenia en 1916 y fallecido en Cali en 1980.
(3) Vicente Pérez Silva recoge la historia del “Caratejo” y de su soneto La demanda (1923) en el libro La picaresca judicial en Colombia (Ediciones Jurídicas Gustavo Ibáñez, 1999, pág. 327).
(4) Sobre esta biblioteca escribí en La Patria (22-VIII-1980) el artículo titulado Una biblioteca que se fue.

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Bogotá, 5 de noviembre de 1978

Señor don Gustavo Páez Escobar
Armenia

Muy apreciado e ilustre amigo:

En día reciente tuve la gratísima satisfacción de recibir tu nuevo libro Alas de papel que tuviste a bien enviarme al Instituto Caro y Cuervo. La demora en haber llegado a mis ma­nos se debe a que desde enero de este año me retiré del Instituto y a pesar de que allá conocen a cabalidad mi dirección, no me explico por qué tardaron tanto tiempo en hacerme llegar tu gentil envío. De todas maneras ya se halla en mi poder y ahora me apresuro a expresarte mi gratitud y congratulaciones por este advenimiento. Yo veo siempre con agrado que tu pluma no desfallece y que por el contrario la cultivas con devoción y esmero.

Como será de tu conocimiento, el doctor Rivas Sacconi, direc­tor del Instituto, viajó a Italia a comienzos del año como embajador y las Noticias Culturales que venían a mi cargo, prácticamente se acabaron por voluntad del direc­tor. Lástima grande, pues veo muy remota su deseable reapari­ción. Ahora me encuentro vinculado al Icfes, en cuanto hace relación con las facultades de derecho. Allí me tienes enteramente a tu mandar.

Gustosamente te envío el Epistolario de R. J. Cuervo y M. A. Caro con Belisario Peña y una modesta inquietud de afecto fa­miliar. Ojalá sean de tu agrado. Me gustaría saber si de la Universidad Pedagógica de Tunja te enviaron el libro Akimen Zaque, publicado el año pasado bajo mi dirección.

Me será muy grato recibir tus noticias y cumplir tus órdenes. Tu amigo que te estima en alto grado,

Vicente Pérez Silva

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Armenia, 8 de noviembre de 1978

Doctor Vicente Pérez Silva
Bogotá

Muy apreciado amigo:

Me proporcionas un inmenso placer con la llegada del Epistolario de R.J. Cuervo y M.A. Caro con Belisario Peña y lo que llamas una “modesta inquietud de afecto familiar» –Un nariñense en la trapa–, que desde luego es mucho más. Leeré ambas obras con deleite y con la complacencia de refrescar el espíritu con material tan selecto.

Con bastante frecuencia te veo en El Espectador, unas veces en las páginas del diario y otras en las literarias. Tu pluma sigue vigilante, y no puede ser de otra manera. Dominas, con gran pericia, la anécdota histórica y gustas de adornar tus comentarios con gracia y desenvoltura.

Akimen Zaque, el libro por el que me preguntas y que lleva comentarios tuyos como director de la publicación, lo recibí de la Universidad Pedagógica de Tunja. Mil gracias. Vicente Landínez Castro demuestra magnífico interés en la divulgación de los libros boyacenses y me viene enviando diferentes ediciones, gesto que mucho aprecio por la devoción que profeso al libro.

Alas de papel me lo regresaron del correo y ahí sí quedé descontrolado pues no me fue fácil precisar tu dirección. Por eso volví a despacharlo al Instituto Caro y Cuervo como dirección que consideré confiable, aunque también corría con la probabilidad de que el despacho torciera su destino. Tarde, pero te lo entregaron. Me agrada mucho que mi trabajo ocupe sitio en tu biblioteca.

Como quijote de la literatura, ahí voy… Editar libros siempre será una aventura. A veces ni siquiera se sabe si el destinatario recibió el correo. Y quitándole el “a veces», esa es la norma general, como bien lo sabes. La gente es mal educada. Pocas personas dan las gracias.

Muchos éxitos en tus actividades en el Icfes. Aquí sigo a tus gratas órdenes.

Recibe la amistad de

Gustavo Páez Escobar

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Armenia, 2 de octubre de 1979

Doctor Vicente Pérez Silva
Bogotá

Muy estimado amigo:

Me entero por El Espectador del rescate que haces de la obra Los tres Pedros, de mi paisano boyacense Temístocles Avella Mendoza. Este escritor sogamoseño tuvo mucho eco entre sus contemporáneos, y las generaciones futuras poco a poco lo fueron olvidando, hasta ser hoy casi un desconocido.

Es, por lo tanto, significativo tu aporte al vincularte a este hecho cultural. Como estudioso de los libros y los autores, logras un indudable acierto con esta obra. Permíteme felicitarte con mucha  sinceridad.

En días pasados te envié el suplemento literario de La Patria donde apareció una crónica mía sobre Tipacoque y Eduardo Caballero Calderón, que espero te haya llegado.

En el Quindío tenemos un grandioso escritor olvidado, acaso el mejor cuentista colombiano: Eduardo Arias Suárez. Estoy ahora colaborando con el Comité de Cafeteros para la edición de una novela que dejó inédita hace 50 años, y que se titula Bajo la luna negra. Imagínate que don Baldomero Sanín Cano escribió el prólogo para dicha obra, trabajo que también está inédito.

Ya estamos en conversaciones con la editorial para la publicación. Cuando aparezca, te la haré llegar. La viuda de Arias Suárez, que vive en Bogotá, tiene un acopio de cuentos de su marido, también sin publicar, que el autor tituló Cuentos heteróclitos. Esta obra debe ser también rescatada para bien de la cultura nacional. (1)

Te repito mi complacencia por tu incursión en mis predios boyacenses. Deseo que transmitas el mismo sentimiento a Fernando Soto Aparicio. .

Recibe mi cordial saludo,

Gustavo Páez Escobar

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(1) Estamos en el 2012 y la obra continúa inédita, unos ochenta años después de haber sido escrita. Así es la lucha por los libros.

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Bogotá, 13 de enero de 1980

Señor don Gustavo Páez Escobar
Armenia

Muy apreciado amigo:

En primer lugar debo pedirte mil perdones por el hecho de no haber dado cumplida respuesta a tu gentil comunicación de comienzos de octubre pasado, motivo a que durante dicho mes y los siguientes tuve que ausentarme de la ciudad en varias ocasiones; también tuve que viajar a Venezuela algunos días y, últimamente, aprovechando las festividades de diciembre y de comienzos de año, salí con mi familia a disfrutar el mar en las hermosas playas de Coveñas, de donde acabamos de regresar.

No te extrañes, últimamente me he tornado un viajero completo, en razón de asuntos profesionales, claro está. Hecha esta aclaración que justifique mi tardanza en escribirte, me apresuro a reanudar este diálogo epistolar que tan grato y satisfactorio resulta para mí.

A raíz de la publicación de la novela Los tres Pedros, de tu ilustre coterráneo Temístocles Avella Mendoza, a petición del presidente de la Asociación de Amigos de Sogamoso, le entregué una lista de amigos y entidades para hacer los respectivos envíos. Infortunadamente, como suele ocurrir en estos casos, no se cumplió el deseado ofrecimiento. Con todo, gustosamente te hago llegar un ejemplar de esta verdadera curiosidad bibliográfica. Como dijo el poe­ta: “Tarde, pero a tiempo”.

Sobra decirte que espero su autorizado y valioso comentario. Y para mejor reivindicarme de mi involuntario silencio, también te hago llegar un ejemplar del sonado proceso Santofimio, del cual preparo una segunda edición aumentada, y otra inquietud de afecto familiar.

Para este año tengo varios proyectos que confío sacar adelante; entre ellos, un viejo compromiso con mi amigo Jorge Guerrero, de la Edito­rial Temis, sobre el llamativo tema de la picaresca judicial. A pro­pósito, como si fuera hoy, recuerdo que alguna vez, departiendo contigo, me regalaste un soneto sobre una minuta bancaria, si mal no re­cuerdo. ¿Me podrías repetir la dosis?, pues la otra copia se me extra­vió.

Tan pronto como aparezca la novela de Arias Suárez que me anuncias, espero me la hagas llegar; por lo pronto recibe mis congratulaciones por este feliz emprendimiento. Te cuento que el año pasado reapare­ció el Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblioteca Luis Ángel Arango, que con tanto acierto dirige Jaime Duarte French. No sé si recibes esta magnífica publicación, al igual que Arco, bajo la dirección de Jaime Sanín Echeverri. Pues sería muy satisfactoria tu vinculación a estas publicaciones periódicas. En fin, hay tantas astillas para quebrar sobre estos y tantos otros temas…

Por hoy, sólo me resta desearte un nuevo año pleno de prosperidades, muchos éxitos en tu cargo y en tus labores intelectuales, como siempre.

Cordialísimo saludo de este tu amigo,

Vicente Pérez Silva

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Armenia, 16 de enero de 1980

Doctor Vicente Pérez Silva
Bogotá

Muy estimado amigo:

Extrañaba tu silencio después de mi última carta de inicios de octubre. Pero el correo me ha llegado colmado de amistad con los tres libros que me envías y con tu amable epístola. Te quedo muy agradecido.

El folleto Un nariñense en la trapa, que ya había leído con mucho deleite y que ha entrado con honores a mi biblioteca, lo pasé a un amigo que lo va a disfrutar. Se hace buena labor poniendo los libros en buenas manos. Leeré con  atención Los tres Pedros, de mi coterráneo Temístocles Avella Mendoza. Lo comentaré como la joya bibliográfica que es. (1)

Te acompaño la copia del soneto que me solicitas sobre la hipoteca bancaria. Es una novedad. Este soneto es muy conocido en Armenia y también ha salido a otras partes por la origi­nalidad que tiene. (2)

Recibo con regularidad el Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblioteca Luis Angel Arango. Excelente la reanudación de tan importante órgano cultural. Arco solo eventualmente la leo, cuando la encuentro en los puestos de venta.

Te veo muy comprometido en diversos asuntos culturales. Ojalá salga pronto el proyecto de la picaresca judicial. Desde tiempo atrás, a propósito, me da vueltas en la cabeza la idea de recoger en un libro no pocos de los cuentos que andan dispersos sobre los bancos. Tengo deseos de hacer una promoción para que los colegas de la banca me envíen los chistes que conozcan sobre el particular, los cuales se reunirían en una antología. Falta el editor. Ojalá expongas esta idea a alguien que pudiera inte­resarse en este asunto. (3)

Correspondo tu atento saludo para el nuevo año, con un abrazo muy cordial,

Gustavo Páez Escobar

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(1) Comenté dicha obra en El Espectador (1-II-1980), en artículo titulado Los tres Pedros.
(2) Soneto de Alberto Gutiérrez Jaramillo, poeta repentista de Armenia, de admirable ingenio. El caso de la hipoteca bancaria lo divulgué en El Espectador, en la columna La hipoteca (7-IV-1983).
(3) Buena idea que nunca se realizó.

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Bogotá, 12 de febrero de 1980

Señor don Gustavo Páez Escobar
Armenia

Muy apreciado amigo:

Quiero agradecerte sinceramente la nota aparecida ­en El Espectador y cuya copia me habías hecho llegar con anterioridad, sobre la reciente publicación de la novela Los tres Pedros. Para uno resulta muy satisfactorio lograr estos recobros literarios que sin lugar a dudas enaltecen nuestras bellas letras. Muy pronto tendré la ocasión de remitirte otro libraco de este género, cuya reedición está en manos de Colcultura. Oportunamente recibí también la copia del soneto A don Silvio del festivo ingenio de Alberto Gutiérrez Jaramillo. De esta suerte, poco a poco, voy allegando un precioso material para la obra que me propongo sobre la picaresca judicial en Colombia. (1)

Aprovecho esta oportunidad para poner en tus manos el No. 1 de la revista Derecho y Justicia, publicación del Club Abogados de esta capital, con una colaboración mía, que espero sea de tu satisfacción y agrado.

Quiero aprovechar esta magnífica ocasión para pedirte me saludes al doctor Euclides Jaramillo Arango, con mis agradecimientos por el gentil envío de sus libros La extraordinaria vida de Sebastián de las Gracias y la segunda edición de la Antología del juguete. Sobra todo comentario para tan destacado escritor. Le hago llegar por tu conducto un ejemplar de la novela histórica de marras.

Cuánto me alegra que hayas tenido la ocasión de departir con Hernando García Mejía, a quien también hice llegar la novela y de quien recibí a comienzos del año el bello poemario Por la señal de la luz. Quizás se publique un comentario que escribí sobre este libro realmente excepcional en el panorama de la literatura colombiana.

Y no más por hoy. Cordialísimo saludo y quedo en espera de tus gratísimas órdenes y noticias.

Tu amigo,

Vicente Pérez Silva

P.S. No sé si tienes información de la Enciclopedia de Colombia. Me dirás si tienes interés en ella.

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(1) Este libro de Vicente Pérez Silva solo vería la luz 19 años después.


Ver epistolario Vicente Pérez Silva 2001-2010

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CARLOS ENRIQUE RUIZ

Nació en Manizales en 1943. Ingeniero de Caminos. Director-fundador de la revista Aleph, creada en 1966 (con 46 años de existencia y 161 ediciones al segundo trimestre de 2012). Profesor emérito, honorario y especial ad honórem de la Universidad Nacional de Colombia. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua. Se ha desempeñado como director de la Biblioteca Nacional, en la dirección universitaria y profesor siempre. Doctor honoris causa en Humanidades de la Universidad de Caldas. La biblioteca central de la Universidad Nacional de Colombia (Manizales, Campus La Nubia) lleva su nombre, asignado por resoluciones del Ministerio de Educación Nacional y del Consejo de Sede. Poeta, académico, ensayista. Columnista de La Patria, de Manizales.

Libros: Decires (1981), Imaginería de caminos (1989), Ciencia, filosofía y poesía (2003), Sesgo de claveles (2004), Nociones del vigía (2005), Las lluvias del verano 2006), Tregua al amanecer (2007), Cien años en el espejismo de la nostalgia (2007), Reportajes de Aleph – Selección (2007), Los signos de la espera (2008),  Matilde Espinosa en la contienda de vida y poesía (2009), El velo de la ensoñación (2009), Educación y humanismo en la vida universitaria (2010), El clamor de la clepsidra (2010), Meditación acerca del Desasosiego de Pessoa (2011), La redondez del alba (2011), Media hora de lluvia en el jardín (2012).

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Armenia, 12 de septiembre de 1979

Señor Carlos Enrique Ruiz
Director de la revista Aleph

Manizales

Distinguido señor:

Sin duda es usted muy “distinguido” cuando acomete la nada fácil tarea de mantener un órgano cultural, una de las empresas menos agradecidas, pero muy honrosa. Veo que su revista va por el número 30, lo que denota un empeño persistente.

Ya tenía conocimiento de ella, pero no habla podido adquirirla. Ahora mi amigo el doctor Euclides Jaramillo Arango me ha obsequiado el último número y, con solo hojearla, advierto una estupenda publi­cación, no solo por su esmero tipográfico, sino sobre todo por la calidad del material literario.

Veo el énfasis que usted le da a la cultura de provincia –en este caso, el Viejo Caldas–, hecho plausible si se considera que la verdadera cultura nace en la provincia y emigra hacia los centros, donde por lo general termina sofisticada, mientras lo vernáculo sigue conservándose intacto en su fuente de origen. Pocos se dedican a defender y propagar el acervo regional, lo que usted hace con decisión; a la mayoría de la gente le gusta irse por las ramas, descuidando las raíces.

Quiero decirle que su revista es excelente. El material del ejemplar que tengo en mis manos es de investigación profunda. Sus autores, personas de avance en las letras, les imprimen categoría a los temas.

Como escritor y periodista (primero escritor) que se preocupa por la cultura regional, tengo que admirar la obra que usted adelanta. Se me ocurre que detrás del andamiaje se encuentra un mecenas. Pregunto: ¿cómo se sostiene una revista sin anuncios publicitarios?
Reciba mi cordial congratulación,

Gustavo Páez Escobar

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Armenia, 3 de octubre de 1980

Señor Carlos Enrique Ruiz
Director de la revista Aleph
Manizales

Estimado amigo:

La novela de Eduardo Arias Suárez, por la que us­ted me pregunta, no ha salido al público. Yo lo tengo incluido a usted en la lista entregada hace varios días al Comité de Cafeteros, para que le envíen el libro. La obra está concluida, pero sólo circulará dentro de unos quince días, ya que el director del Comité ha viajado a los Estados Unidos. En caso de que no le llegue, le ruego hacérmelo saber.

Recibí ayer la última edición de Aleph. Como siem­pre, selecto material. Mil gracias por su de­ferencia.

Cordial saludo,

Gustavo Páez Escobar

Ver epistolario Carlos Enrique Ruiz 1991-2000

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RAFAEL TORRES QUINTERO

Nació en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, en 1909. Educador, filólogo, académico, lingüista. Prosista castizo, claro y profundo. Director del Insti­tuto Caro y Cuervo. Subdirector de la Academia Colombiana de la Lengua. Murió en Bogotá el 21 de marzo de 1987.

Libros: Modernidad de la Gramática de don Andrés Bello, Bello en Colombia, La enseñanza del castellano, La planeación lingüística, Cervantes en Colombia, Bibliografía de Rufino José Cuervo, Bibliografía de y sobre Gonzalo Jiménez de Quesada en el Antijovio, Rufino José Cuervo, El lenguaje de Jiménez de Quesada, Bibliografía de Hernando Domínguez Camargo, Una página desconocida de don Rufino José Cuervo, Terminología gramatical, entre otros.

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Bogotá, 23 de diciembre de 1978

Doctor Rafael Torres Quintero
Instituto Caro y Cuervo
Bogotá

Estimado amigo:

La bella página Navidad, divino tesoro, de su hermano Eduardo, publicada por el Magazín Dominical, fue enviada por mí a don Guillermo Cano con la solicitud de que la incluyera como texto muy apropiado de diciembre. Entre el excelente material del libro Escritos selectos encontré maravillosa esta añoranza de los diciembres de antaño, que fueron desfigurados por la frivolidad de los tiempos presentes.

A Vicente Landínez Castro –gran admirador, como yo, del hermano de usted Eduardo– le pedí que me consiguiera una foto para ilustrar la página del periódico y parece que él hizo con usted alguna gestión. La foto no alcanzó a llegar, pero veo ahora, con gran satisfacción, que el propio Magazín tributó los honores merecidos al situar el artículo en la página central y engalanarlo con preciosos motivos navideños.

Guardo, como usted sabe, gratísima memoria de Eduardo Torres Quintero, mi  primer jefe cuando fue contralor general de Boyacá, y me siento muy satisfecho al poder contribuir en parte a que su nombre sea evocado con admiración en estos tiempos superfluos. Aparte de la relación del trabajo, hay lazos especiales de amistad que quiero preservar. Entre mis padres y su hermano Eduardo existieron vínculos de una vieja relación personal que no podría yo interrumpir.

Es bueno el motivo para hacer llegar a usted mis mejores votos navideños y de Año Nuevo, extensivos a los suyos,

Gustavo Páez Escobar

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