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EPISODIOS Y GENTES Nuevo libro de Gustavo Páez Escobar

domingo, 17 de marzo de 2024 Comments off

El autor se asomó hace medio siglo al mundo literario con su cuento El sapo burlón, que fue publicado con honores dentro de un concurso del Magazín Dominical de El Espectador. Con el mismo nombre editó, diez años después, su primer libro de cuentos, que un jurado escogió –junto con otra obra suya, Caminos– para integrar la Cápsula del Tiempo, que será abierta en el año 2052. En el 2000, apareció Humo, su segundo tomo de narrativa breve.

Lanzamiento «Brisas del atardecer» Librería Lerner.

Con el tercero, Brisas del atardecer, que ha entrado en circulación con el sello de la editorial La Serpiente Emplumada, y que comienza a distribuirse en la librería Nacional, regresa, por el camino de los cuentos, a su nacimiento literario, como un tributo al recorrido persistente y fructífero que se traduce en catorce libros editados y en más de dos mil artículos de prensa. La presente edición consta de treinta cuentos: doce inéditos y dieciocho rescatados de su época dorada en el Magazín Dominical, hace medio siglo, y llevan, cuando cae la tarde, el entrañable sabor de la nostalgia.

Valeria, la nieta única del escritor, es una estrella en el firmamento que representa la renovación de la vida y el fulgor de la esperanza. A sus diez años de edad se vincula a este suceso con la alegre carátula en la que pinta, con gracia y talento, el mundo elemental que ella concibe, movida por el encanto y la fantasía, que también son características del cuento.

Sobre el cuentista escribió Fernando Soto Aparicio por los días en que su paisano boyacense iniciaba su carrera literaria y periodística, y al mismo tiempo ejercía la gerencia del Banco Popular en la ciudad de Armenia:

“Raro es hallar un escritor dentro de gentes metidas en las disciplinas de la economía y de la banca. Gustavo Páez Escobar lleva años vinculado al mundo (para mí oscuro y misterioso, indescifrable) de las finanzas. Y dentro de ese trajín cotidiano, ha sacado tiempo para escribir varios libros y cuentos que se leen con interés y agrado”.          

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Omar Morales: tejedor de cuentos

miércoles, 28 de septiembre de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Con el título Venga le cuento, de reciente edición, Omar Morales Benítez completa 4 libros en el género de la narrativa breve. Esta vocación le nace desde muy joven. Recuerda Omar que cuando era estudiante del Instituto Universitario de Caldas fundó un periódico estudiantil y en él publicó su primer intento de cuento: Misiá Verónica. Este paso inicial indica que ya la simiente estaba sembrada.

En 1977 conocí su primera colección cuentística en el libro Bajo la piel. Eran 10 temas sociales que se movían en el ámbito de la angustia, el dolor y la crueldad de la vida. Destaqué entonces el que lleva por título El espejo, en el que describe la historia de un pobre beodo, agobiado por la angustia, que deambula por las calles del pueblo y se tropieza con un almacén de espejos que lo muestran sin cabeza. Con el desespero de verse descabezado, rompe el vidrio en múltiples pedazos, y los trozos transmiten miles de rostros afligidos. Miles de angustias. Es un cuento maestro que no he olvidado.

Transcurrieron 34 años para publicar su segundo libro: Los ojos del viento (2011). Está compuesto por 7 historias sacadas de los bajos fondos y marcadas por el desacomodo de la vida, la pobreza, el abandono, la desesperanza, la violencia familiar, la miseria. Capítulos que conducen a reflexionar sobre la condición humana como factor de desajuste de la conducta y muchas veces de la turbulencia caótica. Dos cuentos de esta serie me causaron especial impacto: La certeza de otras muertes y Tiro de gracia, que resaltan los genes dañinos que caminan de generación en generación como estigmas imperecederos.

En Bajo el ala del sombrero (2019), que recoge otras 9 historias extraídas de la vida convulsa, el escritor enfoca su sensibilidad hacia los misterios, los conflictos morales y los interrogantes que oprimen al ser humano a todo momento. Aquí el narrador no hace otra cosa que afirmar, a través de estremecidas alegorías, que el hombre es sujeto eterno de pasiones y también de enmiendas. Puede que estas últimas no siempre se vean en los relatos, pero dejan lugar para que sea el propio lector quien defina los finales ocultos.

Y llegamos a Venga le cuento (2022). Con 7 capítulos nuevos, los cuentos iniciados en 1977 llegan a 33 en casi medio siglo de la silenciosa literatura de Omar Morales Benítez, hermano de otros dos escritores caldenses ya fallecidos –Otto y Armando–. Estas narraciones se distinguen por la brevedad, la versatilidad y la agilidad. Ninguno de los libros citados pasa de 100 páginas, lo cual refleja un modelo de concisión. En la serie actual se tocan sucesos del momento, como La pandemia vuelve y juega, La imposible muerte de Gabo y El gamonal. Pintan la época, censuran lo absurdo y lo aparente, atacan lo rutinario y lo trivial, y se ríen, en fin, de la cursilería que se ha apoderado de la vida moderna.

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Medio siglo en las letras

miércoles, 8 de diciembre de 2021 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

En 1971, siendo gerente de un banco en Armenia, publiqué mi primer libro, la novela Destinos cruzados, escrita en Tunja a los 17 años, y que vio la luz en medio de la expectativa de los escritores quindianos, que dudaban de la idoneidad del escritor en ciernes. En efecto, las cifras y las letras nunca han sido compatibles. Se rechazan, aunque a veces se dan la mano. Ese mismo año, el Magazín Dominical de El Espectador publicó con honores mi primer cuento, El sapo burlón, dentro de un concurso promovido por el periódico. 

No quiero despedir el 2021 sin celebrar con mis amables lectores el medio siglo cumplido en el arduo y al mismo tiempo gratificante oficio de escribir. Es el oficio más bello del mundo, y también el más solitario. Mis primeras lecturas en Tunja, ciudad propicia para el sosiego y la reflexión, fueron Madame Bovary y La prima Bette, integrantes de la serie Grandes novelas de la literatura universal, de la editorial Jackson de Buenos Aires.

Esa fue mi primera biblioteca, que siempre me ha acompañado, y está constituida por 32 volúmenes y 62 novelas ejemplares. Conforme avanzaba por el mundo fantástico de la narrativa, más me mordía el gusanillo del escritor que dormía en mis venas. Y un buen día tuve el atrevimiento y el coraje, incitado por las obras maestras que devoraba noche tras noche, de ser también novelista.

Inicié Destinos cruzados en un cuaderno escolar que supo de mis vigilias y mis ardores literarios, hasta que un año después tuve que suspender el proyecto novelístico, que ya iba en el 80 %, para trasladarme a la selva del Putumayo, donde continué mi vida laboral. A mi regreso, recuperé el bendito borrador que estaba escondido, como un huérfano indefenso, en el fondo del baúl protector donde por poco se extingue bajo la humedad del clima tunjano.

Años después, Fernando Soto Aparicio conoció la novela, ya editada, y se interesó por llevarla a la televisión, como en efecto ocurrió: con ella inició RCN, en 1987, sus telenovelas nacionales. “¡Lo que puede la edición!”, dijo el poeta chocoano Ricardo Carrasquilla (1827-1886), quien nos anima a los “pobrecitos escribidores” –en palabras de Larra– a no quedarnos inéditos. En mi caso, esto se traduce en 13 libros  publicados y 2.000 artículos de prensa.

Quien quiera ser escritor debe saber que este no es un camino de rosas. Al revés, lo es de espinas, privación y sacrificio. Tarea exigente que reclama paciencia, consagración y altas miras para no conformarse con  la mediocridad de la vida y de la propia escritura. “Escribe con sangre –dijo Nietzsche–, y sabrás que la sangre es espíritu”.

Quiero celebrar este medio siglo con la evocación de las dos obras citadas, la novela y el cuento inaugurales, que constituyen el eje de toda mi producción. Y siguieron textos constantes trabajados con empeño, esfuerzo y rigor. Desde entonces, la mente no ha dejado de pensar.

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El Espectador, Bogotá, 4-XII-2021.
Eje 21, Manizales, 3-XII-2021.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-XII-2021.

Comentarios 

Qué buen trabajo. Pero, sobre todo, somos tus lectores quienes más disfrutamos y nos beneficiamos con tu don para hacerlo. Has tenido una disciplina digna de imitar. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

Bien celebrado el medio siglo con la magnífica reseña autobiográfica. Siempre te leo con atención y admiración. Esperaré la columna del siglo. Alpher Rojas, Bogotá.

Mis congratulaciones por su loable doble esfuerzo de trabajar, para algunos en asunto de precario esfuerzo mental –yo también lo viví y lo alterné con el emprendimiento–, y su dedicación intelectual. Es innegable la calidad de sus escritos. Enhorabuena. Atenas (mensaje a El Espectador).  

Cumplir las bodas de oro en el oficio y arte de escribir es un logro muy meritorio, pero haberlo logrado escribiendo bien, como es tu caso, es sobresaliente. Ese recorrido, como lo anotas en tu artículo, se hace con dificultades y a veces es tortuoso, pero a la postre gratificante. Para mí ha sido muy grato haberme encontrado, aunque tardíamente, con tus escritos y tu amistad y espero seguir disfrutando de ellos por mucho tiempo más. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Cincuenta años de amor, pasión y consagración al difícil y gratísimo oficio de escribir. Amén del feliz resultado de 13 libros y 2.000 artículos y todo cuanto vendrá de tu pluma inagotable. Este afortunado balance no es venido del azar, sino el resultado del impulso interior, la disciplina, la investigación y el gran placer de llenar cuartillas que se han convertido en letras de molde, para solaz espiritual y alegría para los lectores. Bien se dice que el escritor y el poeta y el artista, en general, son los cronistas del tiempo que les ha correspondido vivir. Brindo por la palabra, la soledad, la calidad y cualidad de tus obras, con el mismo regocijo con el cual fueron escritas. Inés Blanco, Bogotá.

Medio siglo dedicado a las letras constituye una proeza que pocos pueden igualar. Reciba el más entrañable abrazo en esta fecha tan especial para el inicio de su brillante carrera literaria. Gustavo Valencia García, Armenia.

Nos ha contado Gustavo Páez Escobar, columnista y escritor, colaborado de El Espectador, Eje 21y otras publicaciones de aquí y del exterior, que ha llegado a sus cincuenta años de vida periodística y literaria. Gustavo es boyacense-quindiano. Les ha dado lustre a las letras de esos departamentos y goza de reconocimiento nacional.

Sus novelas, sus ensayos –Biografía de una angustia, sobre uno de los grandes de la poesía colombiana, Germán Pardo García, es uno de mis textos de cabecera–, sus columnas, son un ejemplo del bien escribir. Su castigado estilo, el encuentro de la palabra clara y precisa para expresar su pensamiento y del personaje, cuando de novela se trata, lo hacen un paradigma en el periodismo y en la literatura. (De la columna Salpicón navideño, de Augusto León Retrepo, Eje 21, Manizales, 12-XII-2021).

Eduardo Santa

miércoles, 27 de mayo de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

En diciembre de 1977, hace 42 años, José Restrepo Restrepo, propietario y director de  La Patria de Manizales, me obsequió un precioso libro: El pastor y las estrellas, de Eduardo Santa. Por aquellos días mi conocimiento sobre Eduardo Santa era escaso. Años después, con motivo de mi traslado a Bogotá, tuve la oportunidad de entablar amistad con él y penetrar en su mundo creativo. Hoy me precio de poseer 11 de sus obras, de las 38 que conforman su haber literario. La muestra es significativa.

Sobre Eduardo Santa debe decirse que es, ante todo, un escritor polifacético que deja valiosos testimonios acerca de los temas que abordó a partir de 1951, a los 24 años de edad, cuando editó el libro de poesía Sonoro zarzal, y el titulado La provincia perdida, que hizo resaltar su nombre en el país. En cuanto a su fibra poética, que casi nadie notó, es oportuno señalar que esa fue, ni más ni menos, la revelada en el inicio de su carrera literaria.

Este hecho solo vino a ponerse de relieve, 44 años después, con El paso de las nubes (1995), que recoge poemas dispersos que mantenía guardados en sus archivos. Por otra parte, El pastor y las estrellas es un bello trabajo en prosa poética. Sobre este libro dijo Eduardo Carranza que estaba “escrito con la punta del corazón, con la punta del ensueño, por el poeta Eduardo Santa”. Es decir, sus dos primeros libros fueron dictados por la poesía.

El propio Santa no intuía en ese momento que incursionaría además en los campos de la narrativa, la historia, la biografía, las leyes, las costumbres, la sociología, con títulos como Sin tierra para morir, Arrieros y fundadores, Rafael Uribe Uribe, El libro de los oficios de antaño, Cuarto menguante, El general Isidro Parra, Crónica de un bandido legendario, Los caballos de fuego, Las señales de Anteo, Don Quijote por los caminos de América…

Nació en Líbano (Tolima) en 1927, se graduó de abogado en la Universidad Nacional y se especializó en ciencias políticas en la Universidad George Washington. Fue la suya una vida guiada por la inteligencia y dirigida en buena parte al cultivo de la literatura. Tuvo brillante desempeño en la vida académica y universitaria, lo mismo que en la actividad pública. En el gobierno de Alberto Lleras Camargo fue secretario general, director de Acción Comunal y director de Territorios Nacionales. Dirigió durante varios años la Biblioteca Nacional. Obtuvo numerosas condecoraciones.

Releyendo en estos días El pastor y las estrellas, me encontré con la feliz sorpresa de que Abenámar, pastor de cabras y protagonista de la obra, es el propio Eduardo Santa. Abenámar camina detrás de un lucero que lo lleva por caminos abruptos, por arroyos y bosques, por castillos y parajes medrosos, en los que tiene que defenderse de gente ruin. Para disipar los peligros que surgen a su paso, no deja de tocar su caramillo y mirar la estrella. En un cerro, donde ha coronado la travesía, su esposa Izcai presencia el instante en que el pastor cierra los ojos con absoluta placidez. Y se apaga el lucero.

Luminosa metáfora en la que el escritor se representa a sí mismo en ese personaje desde el comienzo de su carrera en 1951. La estrella era su guía, y se fue en pos de ella por el resto de sus días. Falleció en paz este 2 de mayo, a los 93 años, en medio de la soledad causada por el covid-19 y teniendo a su lado a su inseparable esposa Ruth.  Así  había sucedido con Abenámar en la soledad de los montes y bajo el sosiego del alma, cuando muere al lado de su esposa Izcai.

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El Espectador, Bogotá, 23-V-2020.
Eje 21, Manizales, 22-V-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 24-V-2010.

Comentarios 

Extraordinaria y muy merecida semblanza del inolvidable maestro Eduardo Santa. Tuve la fortuna de disfrutar de su fecunda amistad y la vida nos llevó a compartir muchos espacios intelectuales. En su etapa final me correspondió el honor de elevarlo a la categoría de Miembro Honorario de la Academia Colombiana de Historia. Su legado en la cultura colombiana es inmenso, y apenas comienza ese repaso grandioso, al que esta columna contribuye con enorme acierto. Eduardo Durán Gómez, presidente de la Academia Colombiana de Historia.

A Eduardo lo conocí en el año 1967 en Nueva York, cuando estaba de visita en casa de sus parientes Velásquez Loboguerrero. En esos días había leído un cuento suyo: Aquel pueblo de Tolvo, creo que se titulaba, publicado por El Espectador. Compartimos unos días y jamás lo volví a ver. En los diarios El Tiempo y El Espectador, años después, leí elogiosos comentarios sobre su obra literaria. Lástima que se nos vayan los valiosos. William Piedrahíta González, Estados Unidos.

Muy buena nota sobre Eduardo Santa, sobre todo por la alegoría final, tan elocuente como en cualquier mitología. Este tolimense era grande. Jaime Lopera, Armenia.   

El legado de Adel López Gómez

miércoles, 26 de junio de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nació en Armenia el 18 de octubre de 1900, y a los 20 años se trasladó a Medellín, donde inició su oficio periodístico. Años después se radicó en Bogotá y se vinculó a Cromos, El Gráfico, Revista de las Indias, Revista de América, El Tiempo y El Espectador. La labor más notable la desarrolló en La Patria, de Manizales, donde se residenció en 1940 por el resto de sus días.

Allí sobresalió como uno de los cuentistas más importantes del país. Maestro de la crónica y del género costumbrista, sus artículos en La Patria representan un dechado de pulcritud idiomática y belleza literaria. Esta virtud le valió el ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua y el doctorado honoris causa conferido por la Universidad de Caldas.

Un día le dio por irse a vivir sin esposa ni hijos al Urabá antioqueño como almacenista de una empresa constructora de la carretera al mar. Sobre este episodio hizo años después esta confesión: “En 1939 me marché a las selvas de Urabá. Quería un tratamiento de violencia para cierto sarampión pasional y extramatrimonial que se había apoderado de mí”. Frutos de esta fugaz aventura fueron la novela Allá en el golfo y Cuentos del lugar y de la manigua.

El primero de tales libros fue publicado en 1995, como obra póstuma, por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. El autor no tuvo interés en que saliera a la luz durante su vida. En él pinta las características de aquella región plagada de contrabandistas, miseria, enfermedades, pasiones borrascosas y convulsos dramas humanos.

Adel López Gómez es autor de más de 20 obras publicadas. Ejecutó su haber literario entre Medellín, Bogotá, Turbo y Manizales. Dejó inéditos los libros Escribe Eros, que reposa en la Biblioteca Piloto de Medellín, y Las ventanas del día, elaborado en un solo ejemplar, con bella ornamentación del pintor Restrepo Rivera, texto que está en poder de un pariente suyo en Cali. Una copia se encuentra en la biblioteca antes citada.

Murió el 19 de agosto de 1989. Dos años atrás había deplorado yo su ausencia de La Patria, y así lo expresé en un artículo. Él me contestó que tan dolorosa circunstancia, después de cerca de medio siglo de labor continua, obedecía a su estado físico que le había hecho perder sus ritmos interiores.

El filántropo Braulio Botero Londoño, fundador del Cementerio Libre de Circasia, me contó que la víspera del deceso fue a visitarlo al hospital y tuvo con él calurosa entrevista. Lo invitó a que pasara los días de la convalecencia en su finca Versalles, de Circasia, y en eso quedaron. Al día siguiente por la tarde se enteró de que lo estaban sepultando.

Adel respiraba literatura por todos los poros. Las letras eran su credo y su esencia vital. Con su pluma dibujó paisajes, montañas, ríos, almas, alegrías y tristezas. Su prosa castiza y amena era la delicia diaria de sus fervientes lectores de La Patria. Pertenecía a la escuela de los grandes cuentistas antioqueños e hizo de Maupassant su maestro de cabecera. Su biblioteca y valiosos archivos están hoy en la Sala Antioquia de la Biblioteca Piloto de Medellín.

Al cumplirse en los próximos días 30 años de su muerte, nada mejor que volver, como lo hace esta nota, sobre las huellas de este personaje emblemático de la zona cafetera que con su creación artística supo engrandecer el destino.

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El Espectador, Bogotá, 22-VI-2019.
Eje 21, Manizales, 21-VI-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 23-VI-2019.

Comentarios 

Muchas gracias por compartir este bello escrito sobre el gran personaje que fue Adel López, de quien contamos con el privilegio de poseer sus archivos en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto; con toda seguridad lo tendremos muy presente como aporte para aquellos usuarios interesados en investigar o conocer más sobre este importante escritor colombiano. Sala Antioquia.

Qué grato leer estas notas sobre Adel. Recuerdo que en los últimos días de octubre de 1985, cuando regresaba de dictar unas charlas en Armero y Honda sobre los peligros del volcán, paré en su casa a hacerle una visita y explicarle mi teoría y mis temores, que él ya había leído y entendido por mis columnas en La Patria sobre el tema. Me queda la satisfacción de que gracias a los diálogos esporádicos con Braulio Botero Londoño logramos hacerle más de una reverencia, a la que era tan huraño. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

De Adel leí algunas de sus publicaciones en La Patria hace muchos años. Lo recuerdo como gran escritor. Su influencia de Maupassant debe haber sido muy valiosa. Para mí, Maupassant es lo máximo como cuentista. Recuerdo cuando leí Relatos, que, tan pronto empezaba uno de sus cuentos, de inmediato me atrapaba y no quería que se terminara por ese gran encanto que tenían sus narraciones. Muy buena columna. William Piedrahíta González, Miami.

William Piedrahita al referirse a tu columna sobre mi papá, ha dicho «muy buena columna». Yo coincido con esa apreciación, pero agrego algo más: bella y generosa columna sobre alguien que es vital en mi vida: mi papá. Gracias por recordarlo. Tu generosa tarea de toda la vida ha sido esa: no dejar que caigan en el olvido total todos aquellos que han escrito en nuestra patria, todos aquellos que, junto contigo, forman esa élite, ese grupo de privilegio de escribir, de dar opinión, de emitir conceptos, de hablar de belleza, de amistad, de entendimiento. Diana López de Zumaya, Ciudad de Méjico.