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Me encontré en la vida con . . . Gustavo Páez Escobar

lunes, 17 de agosto de 2020 Comments off

Autor: Gabriel Echeverri González

Notable escritor colombiano nacido en Soatá -Boyacá- el primero de abril de 1936, sus padres Pedro Páez Cuervo, quien ejerció la medicina tropical en Casanare, dueño  de inspiración poética, y Herminia Escobar, afamada profesora en Boyacá; en este hogar nacieron: Gilberto, Graciela, Pedro Elías, Leonor, Jorge Alberto, capitán de navío de la Armada Nacional y autor de un libro de poesía denominado Bitácora de ensueños, publicado  en 2001, y, desde  luego, Gustavo.

Cursó  sus  estudios  básicos en su ciudad natal y en Servitá culminó  con éxito su bachillerato en el colegio de los Hermanos Redentoristas; su vocación de estudio y su formación en latín y en griego fue decisiva para la cimentación de su cultura, la preparación intelectual y el desarrollo vital de escritor consagrado.

Contrajo matrimonio con la distinguida señora Astrid Silva Ortiz, de cuya unión nacieron 3 hijos: Liliana, diseñadora gráfica, funcionaria de Caracol Radio; Fabiola, ingeniera de sistemas y especializada en administración de empresas, y Gustavo, administrador de empresas, con especialización en mercadeo, trabaja en Enel-Codensa.

Dedicación y empeño

Desde la adolescencia inició su vida laboral, primero en la Contraloría Departamental de Boyacá, por 2 años, y más tarde como funcionario del Banco Popular, lugar donde alcanzó importantes responsabilidades con mucho éxito, como ser gerente de una oficina de Bogotá a los 26 años, otras gerencias y otras tareas ejecutivas, durante 36 años de su vida

Banco Popular de Armenia

Encargado de la gerencia y con la misión de conseguir gerente titular, apenas llegó al Quindío sintió el influjo mágico de la tierra y, de una vez, solicitó la gerencia para sí mismo; durante 15 años realizó una maravillosa gestión al servicio de la región, logró que el banco construyera la sede moderna de la calle 21 y que el presidente del banco en esa época, doctor  Eduardo Nieto Calderón, afamado promotor de la cultura, ayudara a Páez Escobar en su empeño de que los 2 pisos superiores fueran ocupados por el Museo Arqueológico, como en efecto ocurrió. Durante su gerencia el museo funcionó en forma admirable.

Novelista y cuentista desde la primera hora

Sus estudios  clásicos lo llevaron muy pronto a la literatura y a los 17 años de edad y viviendo  en Tunja, escribió  su primera  novela, Destinos Cruzados, que publicó en 1971, cuando vivía en la ‘Ciudad Milagro’; dicha obra fue la primera telenovela de RCN, con guion de Fernando Soto Aparicio, paisano de Gustavo  y escritor consagrado, y la dirección  técnica del argentino David Stivel.

En Armenia su producción intelectual fue numerosa: publicó  en 1974, Alborada en penumbra; en 1977, Alas de papel, y en 1982, Caminos, además escribió  20 cuentos  que reunió en un libro que denominó El sapo burlón, publicado  en 1981 por la biblioteca del Banco Popular.

En 1998 fue editada su novela La noche de Zamira, uno de sus trabajos más elogiados por la crítica que tiene como escenario la bonanza cafetera, con los problemas sociales y económicos que se derivaron del singular hecho económico  e histórico.

Entre sus libros publicados en Bogotá es dable mencionar los siguientes: la novela Ráfagas de silencio, una obra de vivencias de selva inhóspita con la figura del legendario Tulio Bayer, como personaje central; Ventisca, que describe la destrucción de un pueblo, con cierta semejanza a la inolvidable tragedia de Armero; Biografía de una angustia, sobre la vida  del reconocido poeta colombiano Germán Pardo García, por muchos años residente en México; Laura Victoria, sensual y mística, la vida de su ilustre paisana, una de las aventajadas poetas eróticas del país. En total 13 libros en los géneros de novela, cuento, ensayo, biografía y periodismo.

Columnista de periódicos y revistas

Viviendo en Armenia se hizo columnista de los diarios El Espectador y La Patria de Manizales, con los años sostiene sus colaboraciones además en La Crónica del Quindío, Eje 21 de Manizales y algunas revistas, como Mirador del Suroeste de Medellín y Aristos Internacional de Alicante, España; cerca de 2.000 columnas, un poco más de 300 sobre el Quindío, recogidas casi todas en  su página web.

Debo destacar que Páez ha sido un constante pregonero de nuestra región, de sus tradiciones, de sus gentes, nunca fue en vano su veneración por el Quindío y desde el primer día fue amor a primera vista, igual su familia; lleva con mucho honor su distinción de hijo adoptivo de nuestra región.

Distinciones y reconocimientos

El gobernador Rodrigo Gómez Jaramillo, ya fallecido, a nombre del departamento del  Quindío le otorgó la Medalla al Mérito Artístico; la ciudad de Armenia, el Cafeto de Oro y la Flor del Café; el municipio de Calarcá, la Medalla Eduardo Arias Suárez; la Contraloría de Boyacá, la Medalla Francisca Josefa del Castillo.

La Imperial Orden de la Doctora de la Iglesia santa Elizabeth de Hesse –Darmstadt– le entregó el título de «Barón de los  caminos» por la semejanza con su libro Caminos, editado por la Gobernación del Quindío en su serie de la Biblioteca de Autores Quindianos.

Este libro y El sapo burlón fueron incluidos en la Cápsula de El Tiempo, a ser descubierta en 2052.

Academias

Es miembro de la Academia de Historia de Boyacá, de la Academia Patriótica Antonio Nariño, del Instituto Sanmartiniano de Colombia, entre otras.

Gustavo Páez Escobar es un ciudadano probo y aplicado a su vocación y a su trabajo diario; como banquero fue un ejecutivo correcto y diamantino, que no obstante sus ocupaciones en el  Banco Popular, ejercitó  la pluma y la lectura con constancia ejemplar; ya libre de esas ataduras laborales, está dedicado de tiempo completo a sus  amados libros, a escribir con dedicación, a la elaboración de sus  columnas y a su condición de padre amantísimo de su familia y de su país.

Lo conocí en la gerencia de la oficina principal en Armenia y desde ese momento entablamos una amistad literaria e intelectual: con el aprecio y admiración que le profeso desde esa época, por su honorabilidad a toda prueba, por su vigoroso estilo de escritor ameno y agradable y por su  señorío de boyacense trasplantado al Quindío, un gran señor con toda su cordialidad y sencillez.

Como bien lo dice, supo combinar las letras de cambio con las letras del espíritu, en ambos frentes se ha desempeñado con altura, con paso firme, con seriedad y certeza, en medio de ideales, esfuerzos y muchas realizaciones, un escritor y un hombre de bien; un ejemplo para todos aquellos que avanzan con dificultad en sus tareas diarias: Don Gustavo, valioso ser humano, registro con inmensa alegría su madurez y su consagración.

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Además: Eje 21, Manizales, 10-VIII-2020. Blog de la Academia de Historia del Quindío, 15-VIII-2020.

Comentarios 

Leí con satisfacción el escrito de Gabriel Echeverri González, en el cual presenta las diversas facetas de tu vida, una descripción de tus numerosas e importantes obras literarias, una maravillosa semblanza sobre tu valiosa vida. Felicitaciones y gracias por honrar al Quindío. César Hoyos Salazar, Armenia.

Bien merecidos los elogios que en su columna de La Crónica del Quindío te hace Gabriel Echeverri. A ellos me uno. Siempre te he profesado una profunda admiración por tus invaluables méritos intelectuales, pero principalmente por tu hombría de bien. Diego Moreno Jaramillo, Bogotá.

Muy merecido el testimonio de Gabriel, porque ha sido una vida magnífica, que bien merecía ser exaltada. Alberto Gómez Mejía, Armenia.

Más que merecida la referencia de Gabriel a tu vida y obra cuya cercanía con nuestra región ya es un logro. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Me enorgullece verte bien plasmado en las letras de Gabriel. Te veo quindiano y amigo como el mejor. Luis Fernando Jaramillo Arias, Bogotá.

Se quedan cortas las palabras al describir la vida de mi papá. En la parte humana: intachable y lleno de sabiduría y de enseñanzas para quienes hemos tenido la dicha de poder caminar al lado, viendo cómo con esfuerzo, amor, disciplina y constancia ha realizado el gran trabajo literario. Gracias, papi, por tantos años de buen trabajo, por seguir creando y dejarnos la mejor de las herencias que son las letras. Estoy muy orgullosa y feliz con esta publicación. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Muy merecido el homenaje que el doctor Echeverri González hace a tu vida y realizaciones. Cuando en vida ocurren estos reconocimientos, se tiene la satisfacción de compartirlos con la familia y amigos, ocasionando, de hecho, otra satisfacción más.  Me adhiero a este reconocimiento. Jaime Vásquez Restrepo, Medellín.

Un justo reconocimiento a la vida y obra del ejecutivo bancario, del escritor y del amigo. Muchos podemos decir también que hace ya bastantes  años  nos cruzamos por la ruta de la palabra con este mismo hombre multifacético de Soatá y que hoy felizmente contamos con el regalo maravilloso de la amistad. Inés Blanco, Bogotá.

Justo reconocimiento a un hombre ejemplar. Tuve el privilegio de estar cerca de ti por un período suficiente para admirar tus valores. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

Gabriel Echeverri pone de relieve en esta semblanza tus dos más grandes cualidades, como son las de escritor y hombre de bien. La primera con sobradas razones, pues tu amplia trayectoria en el difícil arte de escribir bien ha quedado grabada en toda tu vasta producción literaria. Y la segunda, en mi criterio, es la más preciada cualidad que actualmente se le puede reconocer a un ser humano, pues infortunadamente en estos oscuros tiempos que nos ha tocado vivir, pocos son los que se hacen acreedores a este honroso título. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Excelente hoja de vida, resultado del estudio, la disciplina y la dedicación. Es un legado a las letras y periodismo de Colombia. Humberto Escobar Molano, Villa de Leiva.

Honrosa semblanza la que hace don Gabriel Echeverri. Un reconocimiento a tu vida honrada y fructífera, plena de realizaciones. Comparto la satisfacción por tan merecido homenaje. Elvira Lozano Torres, Tunja.  

Todas las crónicas sobre personajes quindianos de Gabriel las acostumbro leer. En ellas, como en tu caso, se trata de amigos o personas conocidas que con su accionar le han dado lustre o han impulsado obras que han beneficiado a nuestro querido Quindío. Estar en la lista es algo que emociona e impulsa a seguir adelante. William Piedrahíta, Estados Unidos.

La página de Gabriel es un sincero reconocimiento a tu vida de trabajo, estudio permanente y producción literaria. Aquí te sentimos como nuestro, de igual manera a todos los tuyos. La vida se trata de dejar huella: y qué bien que lo has hecho. Esperanza Jaramillo, Armenia.

Un gran reconocimiento a tu labor y a tu vida.  Me alegro mucho que Gabriel haya publicado tu semblanza porque es muy importante, además del reconocimiento público, que se sepa sobre las contribuciones de personajes como tú a la historia del Quindío. Alister Ramírez, Nueva York.

Diálogo con Laura Victoria

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Reside en Ciudad de Méjico hace 48 años. Vive solitaria, rodeada de libros, de recuerdos y nostalgias, entranquilo apartamento sobre la avenida Coyocán. Su hija Beatriz la visita todos los días. Humberto y Mario, sus hijos, también están pendientes de ella. Y el calor de sus cinco nietos la mantiene en armonía interior. La poetisa, que siempre ha ardido en amor hacia sus hijos y sus nietos, siente menos la ausencia de la patria bajo el amparo de estos sentimientos vitalizantes.

Laura Victoria, la sensual y tierna poeti­sa de antaño, que en la década del treinta al cuarenta hizo vibrar de romanticismo el corazón de los colombianos, es hoy una dama meditativa que ya pasó la cumbre dorada de los 80 años de su existencia pródiga y radiante. Vive pesarosa de su patria y con deseos permanentes de volver a ella, así sea por breve temporada.

Desde su radicación en Méjico varió su esencia poética y se volvió mística. Durante largos años ha trabajado este género literario y mantiene inédi­ta su producción. Se dedicó, por otra par­te, al estudio profundo de la Biblia y desde el año de 1972 tiene registrado en Méjico el que ella considera su libro más importante, titulado Actualidad de las profe­cías bíblicas, que mereció elevado concepto del sacerdote jesuita Óscar Gonzá­lez Quevedo, doctor en teología y en Sagradas Escrituras y catalogado como el mejor parasicólogo de habla hispana.

Laura Victoria, como ironía, es hoy po­co conocida en Colombia. Sus libros no volvieron a editarse en nuestra patria. Las nuevas generaciones ignoran su grande­za. Ella me anuncia, una vez más, que se halla próxima a realizar el tan ansiado viaje a Colombia. Es un regreso que por diferentes motivos se ha aplazado varias veces durante los últimos dos años.

Le he pedido, mientras tanto, un mensaje para el país, como un anticipo de su veni­da. Y ella ha accedido a res­ponder a mis curiosidades y a comunicar­se con sus compatriotas. Es un retorno espiritual a la patria y a su comarca boyacense.

Hemos tenido en los últimos años estrecho y continuo trato epistolar, que me ha permitido comprender la majestad de su alma. La trascendencia de su po­esía. Nacidos ambos en Soatá, nuestras familias mantuvieron hondas raíces de amistad. «Sólo siento –me dice– que me conozcas al final de mi vida y con tan mala salud, pero mi mente sigue siendo joven».

Este diálogo, que no tiene la solemni­dad del reportaje periodístico, es más bien el amable coloquio entre amigos y paisanos, la conversación despreveni­da y armoniosa entre escritores que coin­ciden en los nobles postulados de las letras y la solidaridad del espíritu.

* * *

Inicios en la poesía

–Pertenecemos los dos a distintas generaciones, Laura Victoria.  Me propongo en este diálogo, si me ayudas, retroceder sobre el tiempo para situarnos en los ini­cios de tu carrera literaria y averiguar cir­cunstancias de tu vida y tu obra que se­rán de gran utilidad para que las nuevas generaciones conozcan tu grandeza po­ética. Quisiera saber, en primer lugar, cuándo y por qué motivo tomaste el nombre de Laura Victoria.

«Es cierto, Gustavo. Los dos pertene­cemos a distintas generaciones pues yo soy contemporánea de Herminia, tu madre, a quien recuerdo siempre con gra­ta emoción. El seudónimo de Laura Victo­ria lo adopté en vista de que mi nombre ci­vil es muy largo y poco poético; fue por el año de 1933, cuando iba a salir mi primer libro, Llamas azules. Recuerdo que nos reunimos en mi casa un grupo de amigos y entre todos acordamos ese seudónimo. Éramos: Rafael Vásquez, Luis Enrique Osorio, Pablo de la Cruz, Víctor Amaya González, no recuerdo cuál otro, y yo. Después de barajar varios nombres, al fin llegamos a la conclusión de que Laura Victoria era el más apropiado y así se quedó. Desde entonces lo uso no sólo en mis producciones literarias sino en mi vi­da civil».

–¿A qué edad hiciste tu primer poema?

«A los 14 años. Fue publicado en un periódico de provincia que dirigía un sacerdote, pero antes, cuando estaba en el Colegio de la Presentación, en Tunja, les componía acrósticos a mis compañeras, quienes no creían que yo escribiera ver­sos; y para que me creyeran, hacía los acrósticos con sus nombres y apellidos».

Sensualismo poético

–Como ardiente poetisa del amor culti­vaste el género erótico. Le dejas a la literatura bellísimos poemas amorosos (co­mo En secreto y La entrega), movi­dos por delicado sensualismo. Esta pro­ducción la lanzaste en los años treinta, en medio de un país de gazmoñerías y puritanismos. Corrías el peligro de que no se te entendiera. Eras además sobrina del canónigo Peñuela, sacerdote de rigurosas normas.

«Es cierto que yo cultivé el género po­ético amoroso allá por la década de los años treinta a cuarenta. Esos poemas los escribí en medio de un ambiente puritano que era el de entonces, a pesar de lo cual pude triunfar y adquirir un prestigio litera­rio que me abrió el camino para que mi nombre pudiera traspasar las fronteras patrias. Son muchos los recuerdos que guardo de aquella época: homenajes, artículos elogiosos de los mejores escritores de entonces, giras por todo el país reci­tando mis versos, así como por Vene­zuela, Ecuador, Panamá, Estados Unidos, Guatemala y Méjico; todos con teatros llenos y grandes elogios de la prensa.

El escape a Méjico

“Fue una época de éxitos que tuve que in­terrumpir en el año 39, cuando por mis problemas familiares y el conflicto con mi marido para recuperar la patria potestad de mis hijos me vi precisada a retirarme de aquellas giras y de la intensa labor literaria, pues la razón de mi vida era y ha si­do el amor a mis hijos, por quienes dejé todo para radicarme en Méjico, huyendo de la persecución de mi marido. Ya en ese país y sin medios suficientes para sostenerme, me vi obligada a trabajar en periodismo para subsistir y atender a la educación de mis hijos. Fue una lucha dura, pero gracias a la protección divina logré triunfar y salir adelante. No puedo olvidar que Méjico me abrió las puertas y me ayudó en todo, por lo cual me quedé definitivamente en este gran país».

–Fuiste laureada en los Juegos Florales de 1937. ¿Qué recuerdos tienes de ese suceso?

«En 1937 gané en Bogotá la Violeta de Oro, en competencia con Eduardo Carranza, quien obtuvo el Jazmín de Pla­ta. Los recuerdos que guardo de entonces son inolvidables. Aquellos Juegos Flo­rales fueron magníficos, con la corona­ción de la reina y la entrega de los trofeos».

–¿Cuáles son tus libros publicados?

«He publicado tres libros de poesía: Llamas azules, con tres ediciones ago­tadas, Cráter sellado y Cuando flore­ce el llanto, también agotados. En prosa sólo tengo Viaje a Jerusalén, en el que narro las experiencias que viví en ese viaje inolvidable”.

El amor maternal

–De Colombia saliste a Nueva York ha­cia el año de 1935 y sólo has regresado por breves periodos. Más tarde te radi­caste en Méjico. De aquella época son dos de tus mejores poemas, A Beatriz y Elefante de viento, recogidos en las an­tologías como estremecidos cantos de amor maternal. Háblame de tus hijos, qué tanto significan en tu producción literaria, y de las circunstancias para haberte quedado con ellos en el país azteca

«Como dije antes, mis hijos son la razón de mi vida. Gracias a mi esfuerzo y a la protección de Dios logré sacarlos adelante. Humberto, el mayor, es médico con dos especialidades, y Mario, el segundo, es ingeniero civil; ambos terminaron con éxito sus carreras profesionales y se han abierto paso en la vida ocupando altas po­siciones. Mi hija Beatriz, la menor, entró al cine con el nombre de Alicia Caro y logró consolidar una brillante carrera; hi­zo 36 películas como estrella, pero tuvo que retirarse a causa de una molestia en la piel, porque la intensa luz de los reflectores le producía una alergia que no podía evitar. Su última película fue María, de Jorge Isaacs, en donde desempeñó el pa­pel de doña Manuela».

Viraje al misticismo

–Años más tarde diste un viraje a la po­esía mística. Este género lo has cultivado con vigor en los últimos años y de él tienes un libro inédito. ¿Cómo explicas el tránsito de la poesía erótica a la mística?

«El viraje de la poesía romántica sen­sual a la poesía mística se debió a las hondas raíces religiosas que siempre he tenido y al estudio constante de las Sagradas Escrituras, estudio que me ha conducido al conocimiento profundo de Jesucristo y de su doctrina, lo que ha ori­ginado mi acercamiento a la vida mística; por eso mi poesía de los últimos años es­tá impregnada de amor a Dios.

«Tengo un libro inédito titulado Actualidad de las profecías bíblicas, en el que hago un es­tudio pormenorizado de cada profeta bíblico, tanto de los cuatro mayores como de los menores. En escribirlo gasté tres años, pues tuve que profundizar en los grandes exegetas tanto judíos como cris­tianos. El famoso jesuita Oscar González Quevedo dice:

‘El suyo es un libro admi­rable, un estudio completo de los diversos profetas a quienes cataloga perfectamen­te dentro de la Biblia, destacando la im­portancia de cada una de sus profecías. Usted resume admirablemente la historia del pueblo judío y de su pluma brota pal­maria, evidente, diáfana, una visión tras­cendente de esa historia. En su pluma los hechos tienen sentido, finalidad, conse­cuencia desde un punto diferente de la mera historia; en otro plano, así lo vería Dios. He leído muchos libros sobre las profecías bíblicas, escritos por sabios te­ólogos y exegetas, libros llenos de notas eruditas, de interpretaciones muy compli­cadas, difusas, sin compromisos, espe­cialmente para las profecías que habrán de cumplirse. Pero su libro es claro, es diáfano. Con asombrosa claridad desvenda usted el futuro. No parece un libro de interpretación de profecías. Parece un libro de historia’.

“Pero este libro, escrito en prosa, desde hace diez años tiene fuerzas negativas que han impedido su edición. Algo extraño pasa con él, pues cuantas veces lo he querido editar surgen problemas que impiden su publicación. Ahora mismo, cuando tú estás interesado en hacerlo llegar al gobernador de Boyacá, quien generosamente lo quiere sacar a la luz, el libro, que te lo mandé certificado y por vía aérea, lleva más de un mes demorado en el correo.

–En tu Canto a un veterano, publicado recientemente en la revista Nivel que dirige en Méjico Germán Pardo García –hermoso poema que se hallaba inédito–, encuentro la misma vena romántica de la Laura Victoria de otras épocas.

“En mi Canto a un veterano, escrito en 1968, existe el mismo estilo de otras épocas, pero eso se debe al motivo que lo inspiró. Sin embargo, mi mente sigue siendo joven, a pesar de la edad y de la poca salud».

Méjico, su segunda patria

–En Méjico te han rendido varios homenajes, uno de ellos con la presencia del presidente de la República. Eres amiga cercana de nuestro poeta Germán Pardo García, y él te considera la mayor poetisa de Colombia y una de las más ilustres de América. Pero en Colombia, querida amiga, los nuevos tiempos te han olvidado. Tu poesía, sin embargo, es inmortal. ¿Será que en Méjico existe un terreno más fecundo que en Colombia para el escritor y el poeta?

“En Méjico me han tributado algunos homenajes y cuando el presidente López Portillo viajó a Colombia me invitó para que lo acompañara y fui con él en su avión presidencial, en compañía de seis de sus ministros; fue un honor muy grande.

«Soy muy amiga del poeta Germán Pardo García; diariamente hablamos por teléfono y él viene siempre a traerme su revista Nivel; yo lo quiero y aprecio mucho, es una amistad de largos años, desde la juventud. Como tú dices, Pardo García tiene un alto concepto de mi po­esía, situándome en un lugar privilegiado no sólo en la literatura colombiana sino en la continental. Este concepto es para mí de extraordinario valor porque Germán Pardo García está considerado como el mayor poeta vivo de habla española.

«Me preguntas si en Méjico existe un terreno más fecundo que en Colombia pa­ra la poesía y yo te contesto que de nin­gún modo, pues el pueblo mejicano no posee para la poesía el mismo grado de sensibilidad que tiene Colombia. Lo que pasa es que como Méjico es tan naciona­lista, cuando surge un verdadero poeta lo apoya aunque no viva aquí. Lo importante es que sea mejicano.

“Al contrario de Colombia, México sí ama a sus escritores y los tiene presentes a toda hora. En Co­lombia el poeta no es apreciado en lo que vale y tiene que estar intrigando para que lo admitan en la Academia de la Lengua, cosa que yo no he hecho nunca y por eso no figuro en ella como otras escritoras».

–Eres hermana en la poesía de Gabriela Mistral, Rosario Sansores, Juana Ibarbourou, Alfonsina Storni y Delmira Agustini. Es decir, es­tás consagrada entre las grandes poeti­sas de América por libros escritos antes de los 30 años de edad. ¿Querría decir que por ese motivo diste por concluida tu poesía romántica, tu poesía sensual?

«Yo pertenezco a la época de Gabriela Mistral, Juana Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Rosario Sansores, que me citas. Tanto de Gabriela como de Rosario fui amiga personal y con las otras sostuve correspondencia. Sus conceptos sobre mi poesía los conservo como pre­ciadas joyas pues son muy elogiosos y fi­guran en los libros que he publicado».

Cuando florece el llanto, publicado en  España en 1960, es un libro de profun­do contenido sentimental. ¿Pertenece a tu época juvenil?

«Pertenece a mi época de madurez, no a la juvenil. Actualmente tengo recopila­dos varios poemas que no cupieron en ese libro y los pienso publicar junto con mi poesía mística”.

Canto a Colombia

–Tienes una vena poética muy acen­tuada hacia la patria, la tierra, los paisa­jes, la naturaleza en general. Tu Canto a Colombia es extraordinario. A Soatá, nuestra tierra natal, la recuerdas con nos­talgia y emoción. ¿No tendrás en mente, con tales manifestaciones, regresar defi­nitivamente a Colombia?

«Es cierto, tengo una vena poética muy acentuada hacia la patria. Mi vida en Méjico me ha acercado más a la tierra que me vio nacer. No hay día que no recuerde a Colombia. A medida que pasan los años me siento más vinculada a ella. Extraño sus paisajes, su clima, sus costumbres y su gente. Nunca me he podido adaptar del todo a Méjico, a pesar de que aquí me han tratado muy bien. El recuerdo de la patria me lacera y cada día lo siento más profundo. A Soatá, nuestra tierra natal, la llevo en el alma y añoro sus calles, su par­que, la casa paterna, sus bellos paisajes; por eso mi poesía está impregnada de esos recuerdos.

«Pero no puedo regresar a vivir del to­do en mi patria; no podría, tengo dema­siadas raíces en Méjico. Son 47 años de vida en este país. Aquí han nacido mis cinco nietos, que aman a Méjico como su patria que es; sería imposible arrancarlos de ella, lo mismo que a mis tres hijos que han crecido en esta tierra y en ella han establecido sus hogares. Así pues, aquí me tocará morir porque estoy muy unida a Méjico con vínculos indisolubles, pero mi corazón y mi mente están en Colombia».

Dominical de La República, Bogotá, 12-II-1989.
Occidente, Cali, 25-VI-1989.

El hombre nuevo

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La segunda parte del espectacular reportaje –como todas sus esculturas– que el maestro Arenas Betancourt concedió a la socióloga de la Universidad Central, María Cristina Laverde Toscano, y al que me referí en días pasados en esta columna, está dedicada a las reflexiones que suscita en el artista, a los pocos días de ser liberado de su cautiverio, el drama secuestro.

Condenando la represión de la vida, como lo hace con dolor y profundas cavilaciones filosóficas, Arenas Betancourt ensalza el sentido de la libertad. Toda su obra tiende hacia esa meta inconquistada por los colombianos: la libertad. Los caballos dinámicos del escultor, sus lanzas aceradas, sus Cristos agonizantes, su Bolívar vertiginoso, sus estampas de la esclavitud y la muerte, todo, absolutamente todo, le canta a la libertad como un respiro del alma, como un oxígeno de la existencia.

Y situado en Colombia, uno de los países más inseguros del mundo, donde la vida no vale nada y la muerte violenta es la insignia de todos los días; donde secuestrar periodistas y escritores y políticos y ricos —e incluso pobres hombres— es negocio redondo para sembrar el desconcierto y acrecentar las bolsas piratas; donde no importa dejar un reguero de viudas y huérfanos que sollozan por la herida sangrante de esta Colombia descuartizada…, situado Arenas Betancourt ante este cuadro infamante, clama por un hombre nuevo.

Para eso es necesario el exterminio de la bestia. No será posible una Colombia nueva si antes no se purifica el país y emprende el regreso, desde el abismo a que ha llegado, hasta la cumbre de la redención.

E] camino es escabroso. Es el mismo cami­no del Evangelio. Se trata nada menos que de formar una nueva sociedad, de crear otra mentalidad. Para eso es preciso el castigo: castigo a la inmoralidad, a la insensatez, a la cobardía. Castigo a la  monstruosidad del hombre contemporáneo, ese matón de los campos y las ciudades que ya le perdió el respeto a ley y no escucha siquiera el timbre de su propia conciencia adormilada. Castigo a la clase política, que a veces parece que viviera de es­paldas a la realidad y se ha dejado ganar la partida de las reformas sociales; y que en lugar de asumir su misión histórica en este momento de grandes decisiones, es cómplice del desbarajuste nacional.

Pero las sociedades, para que rectifiquen sus desvíos, deben antes purgar sus pecados. Es necesario tocar fondo, como Colombia lo ha hecho, para reaccionar. Este proceso colombiano de descomposición y demencia no se ha  producido de la noche a la mañana. En pocas naciones como la nuestra son tan acentuadas las diferencias entre ricos y pobres. Muchos latifundistas, esparcidos a lo largo de esta geografía asustada, como reductos de épocas que se creían superadas, ignoran que el concepto feudal de esclavitud y explotación es el causante de grandes perturbaciones sociales.

*

Arenas Betancourt pregona la necesidad de un líder, de un líder capaz de empujar hacia nuestro verdadero destino de pueblo civilizado, que ya  perdimos hace mucho tiempo. La ausencia de ese líder es la que nos mantiene en nebulosas.

«Sin lugar a dudas –dice–, e insistiendo en mis tesis, nos hace falta un Bolívar, un Morelos, un individuo providencial… un Gandhi,  que logre enfrentar, en la conciencia individual y social, esta terrible violencia que ha rebasado los límites humanos. Alguien que pueda proponerle al país un programa redondo: ideológica, política, social y espiritualmente».

El Espectador, Bogotá, 28-VI-1988.
Revista Nivel, Méjico, agosto de 1988.

 

Diálogo entre sombras con Germán Pardo García

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Inmensidad del anacoreta

Este reportaje es el resultado de una gran insisten­cia. Yo sabía de antemano que entrevistar a Germán Pardo García no era empresa fácil. Casi un imposible. El poeta se mantiene aislado en su domicilio de Ciudad de Méjico y evita el contacto con el mundo externo. «El mundo falsario y estridente —como lo califica—, con el que está por contraste en bronco trato diario sacán­dole chispas a golpes de lucha». La gente lo perturba, lo disipa, lo irrita. Su alma, atormentada y fugitiva, vaga por el laberinto de penumbras en que ha convertido, desde siempre, su residencia en la tierra. Vive a plenitud su tremenda inmensidad de anacoreta.

El teléfono permanece interrumpido y las ventanas cerradas. Muy pocas personas logran traspasar el muro que lo separa del bullicio mundanal y, ya en su interior, surge la trascendental y desolada constancia de una vida que huye del ruido y la frivolidad para mantenerse en diálogo con sus dioses y sus fantasmas. Y se le considera, como ironía, tal vez el mayor poeta vivo en el mundo. Varias veces se le ha postulado para el Premio Nóbel de Literatura, pero él dice que «no nació para obtener pre­mios, para el triunfo, sino para la lucha y el dolor».

Sin embargo, me propuse comunicarme con él. Con­seguir sus respuestas se convirtió para mí en una obse­sión. Antes de tocar a su puerta llamé a su alma. Y obtuve contestación. El poeta me había cogido aprecio y accedió a mi pretensión. «Quiero ponerlo a hablar con su conciencia. Cuando se está en la última etapa de la vida el corazón habla con más sinceridad», le manifesté.

Y él, al final del diálogo y cuando las sombras se habían despejado, me expresó: «Gracias, querido amigo Gus­tavo Páez Escobar, por hacerme compañía. Ahí queda el reportaje. Pero no me torture más… No tengo Dios, no tengo eternidad, sólo la oscuridad y el terror. Aun así, le escribo en griego, el idioma que tanto me ayudó, las palabras que fueron mi divisa: «Irene kai elpis: paz y esperanza».

Niñez y adolescencia desamparadas

Quise llegar hasta las raíces de su neurosis, remo­viendo las brumas de su niñez y su adolescencia desam­paradas. El individuo, para explicarse a sí mismo y hallar la clave de sus enigmas, debe descender hasta los abis­mos de sus más recónditas honduras. En esta charla entre penumbras y frente al majestuoso símbolo de su patria colombiana, que él conserva como un grito de rebeldía — la bandera victoriosa—, habla el poeta, pero sobre todo habla el hombre. Franco, descarnado, desnudo, caó­tico, exhibe entre agnosticismos y perplejidades, entre soberbias y humildades, sus duelos y cicatrices como proclama de miserias y grandezas. «Poeta de la brizna y el cosmos», lo llama Adel López Gómez.

Con Últimas odas, la obra que acaba de salir publi­cada como las anteriores por la Editorial Libros de Mé­jico, Pardo García da por concluida su labor de 72 años ininterrumpidos haciendo poesía. Se traiciona, porque luego elaboró otro poema, como aquí se verá. Ojalá éste no sea su último reportaje. Es, por lo pronto, el de mayor densidad humana.

–Usted comenzó a ser poeta a los 11 años de edad. Su primer libro lo publica en 1930, cuando tenía 28 años. Acaba de cumplir 72 años ininterrumpidos de poesía y en ese trayecto realizó una obra extensa y selecta. Se me ocurre esta pregunta: ¿el nombre de Voluntad que le puso a su primer libro tiene algún significado con esta fecunda realización intelectual?

«En efecto, ese título de Voluntad para el segundo de los libros —porque el primero, hoy desaparecido, es Árbol del alba, publicado por Germán Arciniegas en su colección de Universidad— lleva implícito un poderoso deseo mío de no permitir que la adversidad de mi in­fancia y primera juventud doblegara mi carácter. Ahora, a los 85 años de mi atormentada vida, desgarrado por el recuerdo de mis primeros infortunios, Voluntad es no solamente el título de una obra sino el grito de rebe­lión de mi espíritu. Mi labor será oscura pero mi destino quedó cumplido».

Ahora, cuando se acerca a los 85 años de edad, interrumpe usted el ciclo con el poema Un sueño me aguarda. Y dice, refiriéndose a usted mismo (Nivel, noviembre/85): «Fue solitario y atormentado, no alcanzó gloria literaria alguna, pero cumplió su destino». Yo le refuto, maestro: su gloria es inmensa. Su nombre es universal. ¿Cree usted que habría podido cumplir la mis­ma obra y obtener la misma fama sin su aislamiento y su intranquilidad espiritual?

«Mi grande infortunio, mis pasiones sombrías, me condenaron a una inmensa soledad. Me volví la bestia herida que se esconde en su cueva a lamer la sangre que sus heridas derraman. Pero es verdad: sin ese bes­tial asalto de la existencia a mis primeros años de vida tal vez hubiese sido yo un versificador más, y no el poeta que hoy el mundo proclama. No creo en mí mismo, pero es tan abrumador el empuje de los testimonios que de todo el mundo me llegan, que me resigno, sin sober­bia, a aceptar lo que me llaman: un genio atormentado hasta más allá de la muerte».

–¿Vale la pena ser poeta de renombre, como usted lo es (postulado varias veces al Premio Nóbel de Litera­tura), a costa de una vida marginada y atormentada?

«El verdadero poeta no debe aceptar la dura ley de ser o no reconocido. Se es poeta como se es león de la selva o escorpión sumergido en los más vergonzosos te­rrenos del mundo. Yo no busqué ser un gran poeta. Crear, sí, una necesidad biológica mía, como beber zu­mos amargos o aspirar nubes deletéreas».

Poeta de las agonías

Pardo García es el poeta de la angustia, la sole­dad, las agonías. Usted ha encumbrado estos sentimien­tos, en hermoso español, al plano de la auténtica belleza. ¿Para sublimar el dolor se necesita que uno mismo sien­ta las desgarraduras de la existencia?

«Sin el dolor, sin la imagen del poeta manchada por todas las culpas, no es posible ser humano y por ende imposible ser poeta. Yo mismo me apliqué desde la infancia el terrible precepto de Menandro: nada de lo que es humano me es desconocido. Estoy atravesado por todas las espadas de la angustia, aun aquéllas que le está vedado al hombre portar sobre su cintura como palancas horribles, similares de la palanca de Arquímedes. El poeta, con su dolor como palanca, estremece al mundo, se suicida mil veces, como yo mismo me suicidé en una madrugada de espanto, pero alcanza el poder de la luz que, como afirmó Plotino, se mueve hacia la oscuridad. La luz de un gran poeta es su inmensa os­curidad».

—Leyendo uno su obra advierte, aquí y allá, la in­fluencia del páramo que usted vivió —y padeció— en su niñez y juventud. Este ambiente, unido a la dictadura de la nodriza sicópata al lado de la cual transcurrieron sus primeros años, y de la madrastra irascible y medio bruja que le infundió terror, lo marcó para siempre. ¿Es­tas dos mujeres, semblantes del páramo, no formarían en usted una aversión hacia las mujeres en general?

«A pesar de que las mujeres que presidieron mi in­fancia, nodrizas, madrastras, fueron diabólicas y me tor­turaron, nunca pude experimentar hacia la mujer un re­chazo físico o mental. Las he seguido amando hasta las postrimerías de mi vida. Mi libro Tempestad y el poema de ese libro Canto salvaje son la lucha de mi ser íntegro contra la mujer, a la que amé desesperadamente y odié hasta convertirla en un espectro del infierno que llevo por dentro, que me incendia y me devora».

La soledad física y mental

Usted no es un cantor de la mujer. El amor lo toca tangencialmente. ¿No le faltaría la compañera per­manente y auténtica que compartiera su esencia varonil?

«Fui la soledad física y mental más aterradora que es posible imaginar. La forma como se desenvolvió mi infancia en las colindancias de los páramos colombianos que me formaron a su imagen y semejanza me condenó al aislamiento químico y físico del ser. No pude, no puedo tolerar delante de mí una presencia insistente. Ni siquiera un dulce animal doméstico, como los perritos que me siguieron en mi destierro. Comienzo, como los potros que nunca han sido montados, a escarbar con mis pezuñas, a bufar, a odiar al que insista en acompañarme. Y, a la postre, me quedo, me quedé, como lo quise, mortuoriamente solo».

«No tengo Dios, no tengo esperanza»

La muerte está presente en su obra a través de muchos símbolos: la angustia, la soledad, la ansiedad, las sombras, el páramo… Me gustaría saber si morir es para usted una liberación o un golpe, un hallazgo o una negación.

«A pesar de mi inmersión en el enorme pensamien­to griego, en este caso la epístola de Epicuro a Meneceo, la muerte la considero un acto negativo de la naturaleza. No tengo Dios, no tengo esperanza, y la presencia de la muerte me atribula y enfurece, porque no la considero, como los filósofos románticos, un tránsito, pero sí una evolución de la materia».

El 29 de septiembre de 1979, usted se cortó las venas, y el presidente de Méjico, licenciado José López Portillo, lo salvó mediante los auxilios rápidos de la Cruz Roja. Entiendo que entonces pasaba usted por una fuerte depresión. ¿Ha logrado superar este estado de ánimo?

“En efecto: el 29 de septiembre, día domingo, a las 5 de la mañana, en un trance de pavura, destrozado materialmente por la imagen de una mujer a la que sigo amando, sin recursos económicos suficientes para salirme a la media noche a desalojar mi angustia por medio del juego —he sido tahúr desde los 18 años—, me sobrevino una crisis salvaje, quizá como la de Silva, y me abrí las venas.

“Mi sangre quedó espantosamente re­gada por mi humilde apartamento, se regó de la vasija en que yo la veía acumularse, salió a la calle; un amigo vio aquel drama, derribó la puerta y me arrastró mori­bundo hacia la Cruz Roja. Allá, médicos eminentes en­viados por la primera autoridad de la República me volvieron a la vida cuando ya mi corazón apenas tenía 25 pulsaciones. Me alojaron en un sanatorio, después fui a convalecer a la casa de una prima hermana mía, y al mes me levanté del sepulcro, como Lázaro, aterrado de vivir y de morir, me cambió la mirada, se me volvió honda y desolada, y toda mi estructura física y moral quedó modificada por completo.

“Por contraste, comencé a cantar como jamás lo había hecho, y Tempestad, la obra salida como una fiera hambrienta desde el fondo de mi padecer y de mi derrota, fue mi libro supremo, mi lenguaje adquirió una densidad desconocida y es el libro que no ha escrito aún ningún poeta. Se lo digo con humildad pero con soberbia, porque un gran poeta sin soberbia es como un águila sin alas».

Idea negativa de la muerte

–Como auténtico cantor de la muerte, con la que se codeó, ¿qué supone que vendrá después de la vida? ¿Le teme al hecho físico de desaparecer? ¿O, por el contrario, desea sumergirse pronto en ese sueño qué lo aguarda…?

«No tengo de la muerte, como le digo, sino una idea negativa. Ella no es para mí sino la desintegración de un ser para unirse a la materia universal. He creído poderosamente en la materia, y como usted lo vio en Últimas odas, la materia es para mí, como para Parménides, «la razón de ser del universo». Fui astrofísico como no lo ha sido otro poeta del mundo, y me volví cósmi­co y soñé con la vida y la muerte en razón de ser as­trofísico. Debo mucho de ello a los grandes líricos ale­manes, principalmente a Novalis».

–Mucho me ha llamado la atención el hecho de que usted fue hasta los 82 años tahúr profesional. Utili­zó, inclusive, dos nombres ficticios de jugador para no manchar su excelso nombre de poeta: en Colombia fue Manuel Zárate y en Méjico José Pelayo. Como quien dice, dos fantasmas encubiertos por una gran personali­dad. ¿Esta inclinación por los antros responde a algún sentimiento frustrado de su niñez?

«Como usted lo ha leído en Etiología y síndrome de una angustia, a los 18 años el desamparo, la miseria, la soledad en que vivía, me arrojaron en los brazos desnu­dos y crueles del juego. Nadie lo supo sino hasta ahora. Y nadie me lo cree, porque no fue Germán Pardo Gar­cía el tahúr, el lenón*, el burdelario, el vago nocturno, sino, en Colombia, Manuel Zárate y, en Méjico, José Pelayo, nombres que me puse como una máscara para cubrir mi desvergüenza y no ser rechazado por la gran burguesía que rodeaba a mi padre, el ilustre magistrado doctor Germán D. Pardo, que nunca supo, como no lo supieron mis desventurados hermanos, que yo era un detritus de la noche, y un dandy, un gran señor en el día».

Las esferas del bajo mundo

—En su juventud, usted frecuentó los bajos mundos del hampa y la prostitución. Fue estudiante rebelde, aunque inteligente y aprovechado. Fue precoz para el latín y el griego, pero reacio a las solemnidades aca­démicas. Fustigó, con sus indisciplinas, a sus profesores. En síntesis, comenzó siendo una mezcla de vagabundo, insolente, antisocial, tahúr, estudioso y poeta… Explíqueme, por favor, esa rara amalgama.

«No acierto a explicar con certeza cómo fui a rodar a las esferas del bajo mundo y del hampa. Pero experi­mentaba un afán sordo, un deseo infinito de mezclarme con lo más hediondo de la sociedad, allá y aquí, en busca de una atmósfera satánica que me fascinaba y que es la columna vertebral de mi vida y de mi obra. A los 82 años tuve que retirarme, porque ya mi naturaleza no aguantaba las noches enteras en pie entre prostitutas, ebrios, homosexuales, fracasados, hombres que la marea nocturna arroja a las riberas, devorados por sus delitos, peces hediondos en la playa de un mar impío y agobiador. Toda mi vida quedó signada por esta manera dúplice de existir.

“Manuel Zárate y José Pelayo se arrastra­ron por los delitos que guardo dentro de mí, y salpicaron y alcanzaron a manchar el peplo del poeta amado de los dioses. Manuel Zárate y José Pelayo murieron antes de mí, pero Germán los ama y los recuerda con lágri­mas. Muchos que han sabido tardíamente cómo fui en verdad me miran con desdén y me arrojan saliva. Yo alzo la testa humillada y les muestro que porto sobre los hombros casi cuarenta libros, obra nunca escrita por otro poeta cualquiera del mundo y que, si se penetra, deja escapar un vaho fétido, parecido al que surge de las letrinas de las grandes avenidas. Eso fui: una metró­poli con deslumbramientos arriba, y por dentro la depravación y el caos».

–¿Ha sido bebedor o adicto a la marihuana y las drogas alucinógenas? ¿Ha necesitado de estos recursos para inspirarse o evadirse de este mundo de fantasmas?

«Con el propósito de que nada de lo humano me fuera desconocido, según el mandato que me diera Menandro, me valí ocasionalmente de alucinógenos y drogas inter­dictas. Pero no las necesitaba para crear: de por sí mi siquis estaba desquiciada y cualesquiera drogas no hacían sino atormentarme más».

Temporada en el infierno

Usted, como Rimbaud, ha pasado su temporada en el infierno. Y como él, ha sido un poeta iluminado. La única diferencia es que él murió joven y usted va a morir viejo. ¿Considera que para el poeta es indispen­sable descender —o ascender (y aquí también incluyo a Porfirio Barba-Jacob, a quien usted conoció en perso­na)— a los límites luciferinos?

«El verdadero poeta es ya de por sí un ser contra natura, y su asomo a los resquicios de la podre humana no es una invención sino una necesidad de su conciencia. No creo en los poetas académicos, en los Premios Nóbel, en las condecoraciones. Una muy ilustre que me dio Colombia la jugué en una noche de tragedia, de miseria total, de locura, y la perdí. La rescaté en una noche de azar y de horror, y para no volverla a jugar se la regalé al poeta colombiano Luis Enrique Sendoya, aquí residen­te.

“Otra condecoración que me dio mi entrañable amigo el presidente Betancur, y que me fue impuesta por el embajador de Colombia aquí, hace dos años, al terminar la ceremonia me la quité y se la regalé al mismo embaja­dor. Soy incapaz de portar sobre mi pecho desolado algo que me distinga. Sé cómo soy por dentro y cuando me enteré de que en Ibagué le habían puesto mi nombre miserable a un colegio ilustre, protesté con violencia, pero de nada sirvió. Mi nombre sigue ahí, infamando a ese colegio».

Vida en Méjico

Desde muy joven se fue a vivir a Méjico y sólo eventualmente ha regresado a Colombia. El poeta meji­cano Carlos Pellicer, por quien usted se estableció en el país azteca huyendo de una época bárbara para usted en Colombia, representa, sin duda, una especie de sombra protectora. ¿Qué sentimientos guarda hoy en día por su patria colombiana?

«Vine a Méjico el 14 de febrero de 1931, invitado por Carlos Pellicer y antes por José Vasconcelos. A los dos los amé hasta el delirio. Pero Colombia es mi norte físico, hacia ella apunta la aguja magnética de mi vida sin órbitas, y una bandera de la patria está siempre en mi modestísima habitación».

Descubro signos conflictivos en sus comienzos co­mo desorientado (y pavorido, mejor) habitante del pá­ramo. Quisiera, y perdóneme que insista en buscar algu­nas claves en su oscura niñez, que me definiera en pocas palabras el sentido de estos personajes en su vida: su padre, su madre, su nodriza, su madrastra, sus hermanos, el páramo, la mujer, el hampa, el juego.

«Mi padre, un ser constructor formidable. Positivo siempre. Mi madre, no la conocí. Mi nodriza, una bruja de la noche de Walpurgis**. Mi madrastra, la esposa de Satán. Mis hermanos, ignorantes de mí. El páramo, la razón de ser de mi subconciencia. El huracán del pára­mo no ha cesado un instante de soplar sobre mí. La mujer, un estado de ser de mi naturaleza, un conflicto, un sexo abierto atormentándome. El hampa y el juego, mis hospitales nocturnos».

Tal vez para el común de la gente sea usted un ser descreído. Yo, por el contrario, creo que tiene fe. Pero admito que es víctima de grandes conflictos. Así se confiesa usted mismo en Etiología y síndrome de una angustia. Germán Pardo García puede ser, en mi con­cepto, escéptico pero no descreído. De lo contrario, las célebres palabras anotadas al comienzo de sus libros y en sus cartas a los amigos —Paz y esperanza— (o Irene kai elpis, como le gusta paladearlas en griego), no tendrían sentido.

«No tengo fe, y me hace falta creer en Dios, en algo más allá. Sin ideas teológicas desde mi juventud, he flo­tado como una bandera derrotada. Si yo tuviera Dios, no hubiera llegado a las negras orillas de la tánatos***  griega desprovisto de todo auxilio humano. Si supiera, si pudiera rezar, rezaría. ¿Pero a quién, si no creo sino en la materia? Por ella he vivido y trabajado como verá usted en Las voces del abismo. Toda intención, toda la buena voluntad que pongo en creer, fracasan”.

La sombra, elemento sublime

Usted aparece en las fotos entre sombras. Le gusta que el claroscuro sea su telón de fondo. Esto le ha dibu­jado un enigma a su personalidad. Y supongo que us­ted, que es un maestro en artes gráficas, ha creado, para transmitirse mejor, estos ribetes de misterio. Hablemos de sombras, maestro.

«La sombra es para mí uno de los fenómenos más sublimes del universo. Tengo la certidumbre de que todo el universo es sombra, y esa sombra formidable me en­volvió por completo, no como una entelequia, sino como un postulado físico. Por desventura, mi penetración en el universo, llevado de la mano de Einstein, mi primero y mi único maestro, me condujo al caos. Yo creo que a pesar del orden matemático del universo, el caos im­pera.

“Las estrellas novas, los hoyos negros, las moléculas aerodinámicas, todo me indica que el universo no ha acabado ni acabará de formarse jamás. Estas son divaga­ciones de un hombre que se extravió de toda la ciencia que ha bebido sin poder asimilarla, y el ser un matemá­tico, un científico, me destruyó para siempre. Ahora, al borde de los 85 años, acabo de escribir un poema ate­rrador: Divagación sobre las ideas. Usted lo verá en Ni­vel. Es un último asomo de espanto, del caos».

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* Lenón: vocablo latino que en la antigüedad expresaba lo que para nosotros significa alcahuete y que con el pulimento de los siglos quedó en rufián, que es como se usa hoy.

** Walpurgis: se refiere a una leyenda medieval del norte de Europa y muy emparentada con las de la Selva Negra en noches de conjunciones astrales calculadas por brujos y nigromantes para evocaciones malignas.

*** Tánatos: expresión griega que abarca la idea de la muerte y se extiende al sentido de desastre, ruina, torpor.  El ruso Elie Metchnikoff creó en 1901 la palabra tanatología, o sea, ciencia de la muerte.

El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 14-IX-1986.
Hojas Universitarias, Universidad Central, Bogotá, julio de 1988.
Occidente, Cali, 12-III-1989.

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Comentarios:

Solamente un hombre joven como usted, limpio de toda pequeñez, grande y hermoso en sus ámbitos, podía acercarse a mis oscuridades, no extraviarse en ellas, perdonarme y aceptar las extrañas simbiosis de que estoy constituido, y comprender mi entropía como algo que no pertenece a la creatura humana y se forma en las órbitas confusas del cosmos, en las doctrinas de los enormes físicos matemáticos y astrónomos que, al ser contemplados por mi espíritu, me desintegraron por completo e hicieron de mí una creatura mitad bestia y mitad pensador y poeta. Germán Pardo García, México, D. F.

Mil gracias por el envío de su correspondencia con el maestro Pardo García, a quien tanto quiero, a quien admiro tanto. Y a quien Colombia debe mucho, por la gloria que le ha dado, con una poesía ya colocada entre las más bellas jamás escrita. Belisario Betancur, Bogotá.

Tu reportaje con Germán Pardo García es una pieza magistral. Lograste una imagen patética, inquietante y total, tal como es ella en su tremenda y delirante verdad, en la intimidad que yo conozco y conocí siempre en medio siglo de mi amistad estrechísima con él. Y en interpretación, además, por tu parte de su quimérico mundo agregado, que él ha creado y convertido en su verdadera verdad. Adel López Gómez, Manizales.  

 

El banquero humanista

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Reportaje de Gonzalo Villegas Jaramillo a Gustavo Páez Escobar, gerente del Banco Popular de Armenia

¿En qué estado se encuentra la labor literaria, en su concepto, dentro de las viejas y nuevas generaciones del Quindío?

El Quindío es tierra fértil para el campo literario. Siempre que se haga un inventario real de la cultura del país, habrá que incluir al Quindío como universidad de escritores, poetas, cuentistas, novelistas, periodistas, quienes les dan renombre a las letras nacionales y mantienen, a pesar de los pocos estímulos existentes, un nivel destacado como tierra de literatos. Se extraña que organismos como Colcultura no incluyan en sus tirajes a representantes de la inteligencia quindiana, y cuando lo hacen, solo sea de paso y no con la profundidad que merecen nuestros escritores.

¿Cree usted que es compatible la afición o vocación literaria dentro de la actividad bancaria?

No es muy frecuente el escritor en el campo bancario. Por el contrario, es muy escaso. Cuando alguien de la banca escribe, generalmente es sobre economía y temas fríos. Eso obedece a que el empleado bancario, y digamos más bien el gerente –que esa es la intención de su pregunta–, se maquiniza entre el rigor de cuadros estadísticos, encajes, créditos, lo que termina esterilizando la mente para producir ideas alejadas de la frialdad de un despacho de finanzas. El dinero deshumaniza. Por experiencia sé, sin embargo, que con disciplina es posible atender el mundo de las cifras y el mundo de las letras, y más aún, ser humanista a pesar de las rigideces y limitaciones de un campo tan árido como el bancario.

¿Para usted cuáles serían los autores de cabecera del Viejo Caldas?

El Viejo Caldas cuenta con una nómina preclara de escritores. No en vano se dice que el meridiano de la cultura pasa por estas latitudes. Y seamos justos. No es tan sólo Manizales, como se proclama, la cuna de la cultura. Es todo el territorio entregado a los afanes de la inteligencia y que da muestras de superioridad en el país. No quiero, por miedo a las omisiones, hacer nóminas de cabecera. Pero sí deseo manifestar que he pasado horas entrañables, de inmensas satisfacciones espirituales, leyendo a los escritores de los tres departamentos y viendo el ímpetu de una nueva generación que no deja decaer la cultura. Hay grandes talentos ocultos que deben rescatarse, como Jaime Buitrago Cardona, calarqueño, que dejó obra valiosa en tres novelas indigenistas que pocos conocen, o el de Eduardo Arias Suárez, de Armenia, maestro insuperable del cuento y vertido a otros idiomas, cuya obra anda dispersa y debe revaluarse.

¿Entre los géneros de ensayo, crónica, poesía, novela, etc., cuál es el de su predilección?

Todos los géneros de la literatura me seducen. Ojalá no se entienda esto  como presunción o vanagloria. No es una evasiva ni la respuesta de una reina de belleza. Para ser humanista hay que apasionarse por la literatura en general. Para aclarar el concepto, le manifiesto que para mi gusto no hay preferencias acentuadas entre los distintos géneros de lectura, sino buenos o malos escritores, buenos o malos poetas. Tengo como hábito el de leer varios libros en serie, que voy alternando, de acuerdo con mi estado de ánimo. Tanto sabor, por ejemplo, le tomo a una crónica de Luis Tejada que a un cuento de Maupassant, y lo mismo a los Carnets de José Umaña Bernal, que leo ahora con verdadero deleite, que a Tiempo inmóvil de Carmelina Soto, que releo con igual complacencia. Me gusta la poesía profunda, la romántica, y detesto la moderna en general, la que pretende expresar el sentimiento con contorsiones más que con palabras. El gusto es el que manda. Lo importante no está en leer mucho sino en saber digerir. Yo saboreo los manjares para mi propio paladar, y rechazo los que me disgusten. Por fortuna, hace mucho tiempo que dejé de creer en los críticos. Mejor: en los seudocríticos, de que está poblado el mundo de las letras.

Armenia, junio de 1978.

(Este reportaje fue tomado para una revista bogotana que anunció una edición especial dedicada al Antiguo Caldas. No supe si salió dicho número. Pero quedó el reportaje. GPE).